El caso del doctor es un cuento del autor estadounidense Stephen King, publicado originalmente en 1987 en la antolog铆a Las nuevas aventuras de Sherlock Holmes. Narra la historia como el inspector Lestrade entra en el 221B de Baker Street con un desaf铆o irresistible para Sherlock Holmes, un asesinato cometido en una habitaci贸n cerrada. La v铆ctima es un arist贸crata cruel y odiado por su familia, que ha sido apu帽alado. Con la escena del crimen intacta y los sospechosos a煤n presentes, Holmes y Watson se dirigen al lugar de los hechos, sin imaginar que esta vez ser谩 el doctor quien resolver谩 el misterio.
El caso del doctor
Stephen King
[Cuento completo]
Creo que solo hubo una ocasi贸n en la que yo resolviese un crimen antes que mi escasamente imaginativo amigo Sherlock Holmes. Digo creo porque mi memoria empez贸 a volverse borrosa por los bordes cuando alcanc茅 mi novena d茅cada, y ahora que me acerco a la centena, toda ella se ha vuelto decididamente nebulosa. Puede que hubiera otra ocasi贸n, pero no recuerdo si la hubo.
Dudo que alguna vez pueda llegar a olvidar este caso en particular, por muy oscuros que puedan volverse mis pensamientos y recuerdos, pero sospecho que no me queda mucho tiempo para seguir escribiendo, as铆 que pens茅 que deb铆a pasarlo al papel. Dios sabe que ya no puede humillar a Holmes, pues hace ya cuarenta a帽os que est谩 en la tumba. Creo que es tiempo suficiente para haber dejado la historia sin contar. Ni siquiera Lestrade, que sol铆a emplear a menudo a Holmes, aunque nunca sinti贸 especial apego por 茅l, rompi贸 el silencio sobre el caso de lord Hull, aunque, considerando las circunstancias, dif铆cilmente podr铆a haberlo hecho. E incluso dudo que lo hubiera hecho si las circunstancias hubieran sido diferentes. Holmes y 茅l podr铆an sentir una mutua enemistad, pero Lestrade sent铆a un respeto peculiar por mi amigo.
¿Por qu茅 lo recuerdo tan claramente? Porque el caso que resolv铆, y, seg煤n creo, el 煤nico que yo resolv铆 durante mi larga asociaci贸n con Holmes, fue precisamente aquel que Holmes deseaba resolver m谩s que ning煤n otro.
Hac铆a una tarde h煤meda y deprimente y el reloj acababa de dar la una y media. Holmes estaba sentado junto a la ventana, sosteniendo su viol铆n, pero no toc谩ndolo, mirando en silencio la lluvia. Hab铆a ocasiones, sobre todo cuando hab铆a dejado atr谩s sus d铆as de cocain贸mano, en que Holmes pod铆a ponerse taciturno hasta la displicencia cuando los cielos permanec铆an insistentemente grises durante una semana o m谩s, y aquel d铆a deb铆a sentirse decepcionado, ya que el bar贸metro hab铆a estado subiendo desde la noche anterior y hab铆a predicho confiadamente que, como mucho, el cielo habr铆a despejado para las diez de la ma帽ana. Sin embargo, la bruma que flotaba en el aire cuando despert茅 se hab铆a espesado hasta convertirse en una lluvia continua. Y si hab铆a algo que pudiera volverle m谩s taciturno que los largos periodos de lluvia, era el equivocarse.
Se levant贸 bruscamente, hizo sonar el viol铆n tirando con una u帽a de una cuerda y sonri贸 sard贸nicamente.
—¡Watson! ¡F铆jese en esa imagen! ¡El sabueso m谩s mojado que habr谩 visto en su vida!
Era Lestrade, por supuesto, sentado en la trasera de un coche descubierto, con el agua chorreando por entre sus ojos ferozmente inquisitivos. Baj贸 del coche apenas se detuvo, tir谩ndole una moneda al conductor y dirigi茅ndose a continuaci贸n hacia el 221B de Baker Street. Iba tan deprisa que pens茅 que se dar铆a de bruces contra nuestra puerta.
O铆 a la se帽ora Hudson quej谩ndose sobre su estado decididamente h煤medo y el efecto que tendr铆a en las alfombras tanto de abajo como de arriba. Entonces, Holmes, que puede hacer que Lestrade parezca una tortuga cuando la urgencia le mueve, se asom贸 a nuestra puerta y grit贸 hacia abajo.
—D茅jele subir, se帽ora Hudson. Pondr茅 un peri贸dico bajo sus botas si se queda mucho tiempo, pero me parece que…
Lestrade ya estaba subiendo las escaleras, dejando que la se帽ora Hudson le reconviniera desde abajo. Estaba acalorado, sus ojos desped铆an chispas y ense帽aba los dientes, decididamente amarilleados por el tabaco, formando una sonrisa lobuna.
—¡Inspector Lestrade! —exclam贸 Holmes jovialmente—. ¿Qu茅 le trae por aqu铆 con semejante…?
No fue m谩s all谩. Lestrade le interrumpi贸, jadeante por la subida.
—Creo que los gitanos dicen que los deseos los concede el diablo. Ahora lo creo. Venga cuanto antes si quiere echar un vistazo, Holmes; el cad谩ver est谩 fresco y los sospechosos en el banquillo.
—¿De qu茅 se trata?
—De aquello que, en su orgullo, le he o铆do desear un centenar de veces o m谩s, mi querido amigo. ¡El crimen perfecto en una habitaci贸n cerrada!
Ahora eran los ojos de Holmes los que echaban chispas.
—¿De verdad? ¿Lo dice en serio?
—¿Acaso me habr铆a arriesgado a coger una pulmon铆a viniendo hasta aqu铆 en un coche descubierto si no lo estuviera?
Entonces, en la 煤nica vez que le o铆 decirlo (pese a las incontables veces que se le ha atribuido la frase), Holmes se volvi贸 hacia m铆 y grit贸:
—¡Vamos, Watson! ¡Empieza el juego!
Mientras 铆bamos de camino a la casa de lord Hull, Lestrade coment贸 amargamente que Holmes tambi茅n ten铆a la suerte del diablo, ya que, aunque Lestrade hab铆a pedido al conductor que le esperara y este se hab铆a ido, apenas salimos de nuestros aposentos, apareci贸 tranquilamente calle abajo esa exquisita rareza que es un coche de punto desocupado en medio de lo que se hab铆a convertido en una lluvia torrencial. Subimos a 茅l y enseguida nos pusimos en camino. Holmes se sent贸 en el lado de la izquierda, como siempre, con sus ojos examinando incansables lo que le rodeaba, catalogando todo lo que ve铆a, aunque aquel d铆a hubiese muy poco que ver… o, al menos, eso le habr铆a parecido a la gente como yo. No tengo ninguna duda de que cada esquina de calle vac铆a y cada tienda ba帽ada por la lluvia le dec铆a mucho a Holmes.
Lestrade dirigi贸 al conductor hacia lo que parec铆a una direcci贸n elegante de Saville Row, y luego pregunt贸 a Holmes si conoc铆a a lord Hull.
—He o铆do hablar de 茅l —dijo Holmes—, pero nunca tuve la suerte de conocerle. Y ahora parece que nunca la tendr茅. Naviero, ¿verdad?
—Era naviero, s铆, pero ten铆a la mejor suerte del mundo. Seg煤n los que le conocieron (incluyendo a las personas que le eran m谩s pr贸ximas y… ¡Ejem!… Queridas), lord Hull era una persona completamente detestable, y tan molesto como el rompecabezas de un cuento para ni帽os. Al final de su vida se portaba de forma detestable y molesta por el mero hecho de portarse as铆. El caso es que, a cosa de la una del mediod铆a, hace… —Sac贸 su grueso reloj de bolsillo—… dos horas y cuarenta minutos, alguien le clav贸 una daga en la espalda cuando estaba sentado en su estudio, con su testamento en el secante situado ante 茅l.
—As铆 que —dijo Holmes pensativo, encendiendo la pipa—, usted cree que el estudio de este desagradable lord Hull es la habitaci贸n completamente cerrada que llevo esperando toda mi vida, ¿no es as铆?
Sus ojos miraron con escepticismo a trav茅s de la ascendiente vaharada de humo azul.
—Creo que as铆 es —dijo Lestrade con calma.
—Watson y yo ya hemos cavado en pozos parecidos y todav铆a no hemos encontrado agua —dijo Holmes, y me mir贸 antes de volver a su incesante catalogaci贸n de las calles por las que pas谩bamos—. ¿Se acuerda de la «Banda de lunares», Watson?
No necesitaba responderle. En ese asunto tambi茅n hubo una habitaci贸n cerrada, cierto, pero tambi茅n hab铆a en ella un tubo de ventilaci贸n, una serpiente llena de veneno y un asesino lo bastante malvado como para permitir que la una entrara en la otra. Fue algo diab贸lico, pero Holmes comprendi贸 la situaci贸n en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Cu谩les son los hechos, inspector? —pregunt贸 Holmes.
Lestrade empez贸 a enumer谩rnoslos con el tono cortante de los polic铆as entrenados. Lord Albert Hull hab铆a sido un tirano en los negocios y un d茅spota en casa. Su esposa era una mosquita aterrorizada. El hecho de que le hubiera dado tres hijos no parec铆a haber dulcificado en nada sus sentimientos hacia ella. Ella se hab铆a mostrado reticente a hablar de sus relaciones sociales, pero sus hijos no ten铆an esa reserva: su padre, dijeron, no perd铆a una oportunidad para meterse con ella, criticarla o burlarse a su costa… todo esto cuando estaban en presencia de alguien. Cuando estaban solos, pr谩cticamente la ignoraba. Y, a veces, la pegaba, a帽adi贸 Lestrade.
—El mayor, William, me dijo que ella siempre contaba la misma historia cuando acud铆a a la mesa con un ojo hinchado o un morat贸n en la cara: que hab铆a olvidado ponerse las gafas y se hab铆a dado contra una puerta. «A veces se daba contra una puerta hasta una y dos veces por semana», me dijo William. «No sab铆a que ten铆amos tantas puertas en casa».
—¡Hmmm! ¡Un individuo muy jovial! —dijo Holmes—. ¿Y los hijos nunca intervinieron?
—Ella no lo habr铆a permitido —dijo Lestrade.
—De locos —coment茅—. Un hombre que pega a su mujer es una abominaci贸n, y una mujer que lo permite es una abominaci贸n y una incertidumbre.
—Pero hab铆a un m茅todo en su locura —dijo Lestrade—. Aunque uno no lo dir铆a al verla, era veinte a帽os m谩s joven que Hull. 脡l siempre hab铆a sido un gran bebedor y un campe贸n a la hora de comer. A los sesenta a帽os, hace cinco a帽os, contrajo gota y una angina.
—Esperaban a que terminara la tormenta para luego disfrutar del sol —remarc贸 Holmes.
—S铆 —dijo Lestrade—. Se asegur贸 de que conocieran su fortuna y lo que hab铆a previsto en su testamento. Eran poco m谩s que esclavos…
—… y el testamento era como un contrato —murmur贸 Holmes.
—Exacto. En el momento de su muerte, su valor ascend铆a a trescientas mil libras. Nunca les pidi贸 que aceptaran su palabra en esto; hac铆a que su jefe contable pasara por la casa cada quincena a detallarles el balance de la Naviera Hull… aunque sujetaba con firmeza las riendas monetarias.
—¡Diab贸lico! —exclam茅, pensando en la crueldad de los chicos que a veces se ven en Eastcheap o Piccadilly, chicos que a veces le ense帽an un dulce a un perro hambriento para verle agitarse… y luego se lo comen ellos. Unos momentos despu茅s descubrir铆a que la comparaci贸n era mucho m谩s adecuada de lo que cre铆a.
—A su muerte, lady Rebecca Hull recibir铆a ciento cincuenta mil libras. William, el mayor, recibir铆a cincuenta mil; Jory, el segundo, cuarenta mil; y Stephen, el m谩s joven, treinta mil.
—¿Y las otras treinta mil? —pregunt茅.
—Siete mil quinientas se van, divididas entre dos, a un hermano que vive en Gales y a una t铆a que tiene en Britany (ni un centavo para los parientes de ella), cinco mil en diversas donaciones a los sirvientes de la casa de la ciudad y de la finca del campo, y (esto le gustar谩, Holmes) diez mil libras al Hogar para Gatos Abandonados de la se帽ora Hemphill.
—¡Est谩 bromeando! —exclam茅, pero si Lestrade esperaba una reacci贸n semejante por parte de Holmes, se vio decepcionado. Holmes se limit贸 a volver a encender su pipa y asentir como si esperase aquello, o algo semejante—. Con la cantidad de beb茅s que se mueren de hambre en el East End y de hu茅rfanos sin hogar que pierden todos los dientes al cumplir los diez a帽os por trabajar en las f谩bricas de azufre, va este individuo y le deja diez mil libras a… ¿A un motel para gatos?
—He querido decir exactamente eso —dijo Lestrade, complacido—. Y, lo que es m谩s, habr铆a dejado veintisiete veces esa cantidad a los Gatos Abandonados de la se帽ora Hemphill de no ser por lo que sucedi贸 esta ma帽ana, y por quien cometi贸 el crimen.
No pude hacer otra cosa m谩s que quedarme con la boca abierta e intentar multiplicar mentalmente. Mientras yo llegaba a la conclusi贸n de que lord Hull pretend铆a desheredar tanto a su mujer como a sus hijos en beneficio de un orfanato para felinos, Holmes miraba agriamente a Lestrade y le dec铆a algo que me pareci贸 completamente non sequitur.
—Estornudar茅, ¿verdad?
Lestrade sonri贸. Era una sonrisa de enorme dulzura.
—Oh, s铆, mi querido Holmes. Me temo que estornudar谩 mucho y con intensidad.
Holmes cogi贸 su pipa, que acababa de alcanzar el punto justo de su plena satisfacci贸n (pod铆a adivinarlo por la forma en que se echaba ligeramente hacia atr谩s en su asiento), la mir贸 un momento y luego la sac贸 a la lluvia. Contempl茅, m谩s at贸nito que nunca, c贸mo la vaciaba de h煤medo y humeante tabaco. Si me hubieran dicho en ese momento que ser铆a yo quien resolver铆a aquel caso, creo que habr铆a sido lo bastante maleducado como para re铆rme en su cara. En aquel momento ni siquiera sab铆a en qu茅 consist铆a el caso, aparte del hecho de que alguien (que cada vez se parec铆a m谩s a la clase de personas que se merecen estar en el palio de Buckingham Palace para recibir una medalla en lugar de en Old Bailey esperando sentencia) hab铆a matado a este despreciable lord Hull antes de que pudiera dejar lo que leg铆timamente era de su familia a una manada de gatos callejeros.
—¿Cu谩ntos? —pregunt贸 Holmes.
—Diez —dijo Lestrade.
—Sospechaba que era algo m谩s que esta habitaci贸n cerrada suya lo que le tra铆a en un coche descubierto en un d铆a tan h煤medo —dijo Holmes con amargura.
—Sospeche lo que quiera —dijo Lestrade alegremente—. Yo debo proseguir, pero puedo dejarle aqu铆, junto con el buen doctor, si as铆 lo prefiere.
—No importa —repuso Holmes—. ¿Cu谩ndo supo que iba a morir?
—¿Morir? —dije—. ¿C贸mo puede saber que…?
—Es obvio, Watson. Le divert铆a tenerlos esclavizados mediante su testamento. —Mir贸 a Lestrade—. No ten铆a ning煤n acuerdo crediticio, supongo.
Lestrade neg贸 con la cabeza.
—¿Ni vinculaciones de otra clase?
—Nada.
—¡Extraordinario! —dije.
—Quer铆a que comprendieran que todo ser铆a de ellos cuando 茅l tuviera la cortes铆a de morir, Watson —dijo Holmes—, pero nunca tuvo intenci贸n de que lo recibieran. Se daba cuenta de que estaba muri茅ndose. Esper贸… y entonces los convoc贸 esta ma帽ana. Esta ma帽ana, ¿no, inspector?
Lestrade asinti贸.
—S铆. Los convoc贸 esta ma帽ana y les dijo que hab铆a redactado un nuevo testamento donde los desheredaba a todos ellos… excepto a los sirvientes y a los parientes lejanos, supongo.
Abr铆 la boca para hablar, solo para descubrir que me sent铆a demasiado ultrajado para decir algo. La imagen que segu铆a acudiendo a mi mente era la de esos chicos crueles que hac铆an saltar a los chuchos hambrientos del East End con un trozo de cerdo o un pedazo de la costra de un pastel de carne. Debo a帽adir que nunca se me ocurri贸 preguntar si no podr铆a impugnarse un testamento semejante. En la actualidad, un hombre tendr铆a que esforzarse mucho para desairar a sus parientes pr贸ximos en favor de un hotel para gatos, pero en 1899, la 煤ltima voluntad de un hombre era la 煤ltima voluntad de un hombre, y, a no ser que pudiera probarse que hab铆a dado muchas muestras de locura, no de excentricidad, sino de clara locura, la 煤ltima voluntad de un hombre, al igual que la de Dios, se cumpl铆a.
—¿Este nuevo testamento estaba autentificado? —pregunt贸 Holmes, poniendo de inmediato el dedo en un posible agujero de aquel repugnante plan.
—Desde luego —replic贸 Lestrade—. El abogado de lord Hull y uno de sus ayudantes acudieron ayer a la casa y fueron conducidos a su estudio. Permanecieron en 茅l durante quince minutos. Stephen Hull dice que el abogado elev贸 la voz en una ocasi贸n para protestar por algo, no supo decirme por qu茅, y fue silenciado por Hull. Jory, el tercer hijo, estaba en el piso superior, pintando, y lady Hull hablaba por tel茅fono con un amigo, pero tanto Stephen como William los vieron entrar y salir. William dijo que cuando el abogado y su ayudante se fueron, lo hicieron con la cabeza baja, y aunque William se dirigi贸 a ellos, preguntando al se帽or Barnes, el abogado, si se encontraba bien, e hizo alg煤n comentario sociable sobre la persistente lluvia, Barnes no le respondi贸 y el ayudante pareci贸 apartar la cara. Era como si estuvieran avergonzados, dijo William.
Bueno, ah铆 estaba la autentificaci贸n. Un aplauso para ese agujero, pens茅.
—Ya que estamos en ello, hableme de los muchachos —dijo Holmes, uniendo sus delgados dedos.
—Como quiera. No hace falta decir que el odio que sent铆an hacia su padre solo se ve铆a superado por el desprecio sin barreras que les ten铆a su padre… aunque la raz贸n de que siguiera despreciando a Stephen es… bueno, no importa. Contar茅 las cosas por orden.
—Qu茅 amable por su parte, inspector Lestrade —dijo Holmes secamente.
—William tiene treinta y seis a帽os. Si su padre le hubiera dado alguna clase de asignaci贸n, supongo que la habr铆a gastado apostando. Como ten铆a poco o nada, daba largos paseos de d铆a, yendo a las cafeter铆as de noche o, cuando ten铆a un poco m谩s de dinero en el bolsillo, a un casino, donde lo perder铆a r谩pidamente jugando a las cartas. No es un hombre agradable, Holmes. Un hombre que no tiene ni finalidad, ni talento, ni hobby, ni ambici贸n alguna (salvo la de sobrevivir a su padre), dif铆cilmente ser铆a un hombre agradable. Cuando hablaba con 茅l, tuve la extra帽a idea de que estaba interrogando a una vasija vac铆a sobre la que se hab铆a estampado ligeramente el rostro de lord Hull.
—Una vasija que espera llenarse con el dinero de su padre —coment贸 Holmes.
—Jory es punto y aparte. Hull se reservaba la mayor parte de su desprecio para Jory, llam谩ndole desde su m谩s tierna infancia con apodos tan atractivos como «cara de pez», «patas de barrilete» o «vientre de comadreja». Desgraciadamente, no es muy dif铆cil comprender esos apodos. Jory Hull no supera los cinco pies de altura, si es que llega a ellos; tiene las piernas arqueadas, es cheposo y posee un semblante notablemente feo. Se parece un poco a ese poeta, el marica.
—¿Oscar Wilde? —pregunt茅 yo.
Holmes me dirigi贸 una breve mirada de diversi贸n.
—Creo que Lestrade se refiere a Algernon Swinburne —dijo—. El cual creo que es tan marica como usted, Watson.
—Jory Hull naci贸 muerto —dijo Lestrade—. Tras permanecer inm贸vil y azul durante todo un minuto, el m茅dico le declar贸 muerto y tap贸 su cuerpo informe con una servilleta de papel. Lady Hull, en un arrebato heroico, se incorpor贸, le quit贸 la servilleta y moj贸 las piernas del beb茅 en el agua caliente que hab铆an llevado para el parto. El beb茅 empez贸 a agitarse y a berrear.
Lestrade sonri贸 y encendi贸 un cigarrillo con una cerilla seguramente hecha por uno de los golfillos en los que hab铆a estado pensando.
—El propio Hull, siempre magn谩nimo, culpaba de sus piernas arqueadas a esta inmersi贸n en agua.
El 煤nico comentario de Holmes sobre esta extraordinaria historia (y bastante sospechosa para mi mente de m茅dico) fue el de inferir que Lestrade hab铆a conseguido una gran cantidad de informaci贸n de sus sospechosos en un corto periodo de tiempo.
—Es un aspecto del caso que pens茅 que le resultar铆a atractivo, mi querido Holmes —dijo Lestrade cuando entramos en Rollen Row con un giro y una salpicadura—. No necesitan que se les fuerce a hablar; m谩s bien hay que obligarles a callar; han permanecido en silencio demasiado tiempo. Y adem谩s est谩 el hecho de la desaparici贸n del Nuevo Testamento; he descubierto que el alivio suelta las lenguas m谩s all谩 de toda mesura.
—¡Desaparecido! —exclam茅, pero Holmes no hizo caso. Pregunt贸 a Lestrade sobre este segundo hijo deforme.
—Por muy feo que sea, creo que si su padre le vituperaba continuamente era porque…
—Porque Jory era el 煤nico hijo que no necesitaba depender del dinero de su padre para abrirse camino en el mundo —dijo Holmes, deferente.
—¡El diablo me valga! —¿C贸mo ha sabido eso? —Se sobresalt贸 Lestrade.
—Calificar a un hombre por defectos que todos pueden ver es el acto de un hombre asustado, adem谩s de ser alguien vengativo —dijo Holmes—. ¿Qu茅 llave ten铆a para salir de la celda?
—Como ya le he dicho, pinta —dijo Lestrade.
—¡Ah!
Jory Hull era, como luego probaron los lienzos que hab铆a en los salones de la casa Hull, un pintor muy bueno. No quisiera dar a entender que era un gran pintor, pero los retratos que ten铆a de su madre y sus hermanos eran lo bastante fieles como para que, a帽os despu茅s, cuando vi por primera vez fotos en color, mi mente retrocediera a aquella lluviosa tarde de noviembre de 1899. Y el que ten铆a de su padre, y que nos mostr贸 despu茅s… Puede que Jory se pareciera a Algernon Swinburne, pero su padre, al menos visto a trav茅s del ojo y la mano de Jory, me recordaba a un personaje de Oscar Wilde, ese rou茅 casi inmortal de Dorian Gray.
Sus lienzos requer铆an un trabajo largo y lento, pero era capaz de dibujar con tal rapidez que pod铆a volver una tarde de s谩bado de hacer retratos en Hyde Park con cuarenta libras en el bolsillo.
—Apuesto a que su padre disfrutaba con esto —dijo Holmes. Busc贸 inconscientemente su pipa y la devolvi贸 donde estaba—. Su hijo, un par del reino, haciendo retratos a acaudalados turistas americanos y a sus novias como un bohemio franc茅s.
—Le pon铆a furioso —dijo Lestrade—, pero Jory no renunci贸 a su puesto en Hyde Park… al menos, no hasta que su padre acept贸 pasarle una asignaci贸n de treinta y cinco libras semanales. Lo consideraba un vil chantaje.
—Mi coraz贸n sangra por 茅l —dije.
—Igual que el m铆o, Watson —dijo Holmes—. El tercer hijo, Lestrade… Creo que ya hemos llegado a la casa.
Como hab铆a dicho Lestrade, seguramente era Stephen Hull quien ten铆a m谩s motivos para odiar a su padre. A medida que empeoraba su gota y se le nublaba m谩s la cabeza, lord Hull iba pas谩ndole m谩s y m谩s asuntos de la compa帽铆a a Stephen, que solo ten铆a veintiocho a帽os cuando muri贸 su padre. Las responsabilidades recayeron entonces en Stephen, al igual que la culpa si su 煤ltima decisi贸n resultaba ser err贸nea… no recibiendo ninguna ganancia financiera si decid铆a correctamente.
Al ser el 煤nico de sus tres hijos que ten铆a alg煤n inter茅s en el negocio que hab铆a fundado, lord Hull deber铆a haber mirado a su hijo con aprobaci贸n. Al ser un hijo que manten铆a pr贸spero el negocio de su padre cuando pod铆a haber naufragado por los cada vez mayores problemas f铆sicos y mentales de lord Hull (y todo esto siendo tan solo un joven), deber铆a haber sido considerado adem谩s con amor y gratitud. Sin embargo, Stephen fue recompensado por su padre con sospechas, celos y la creencia, manifestada cada vez m谩s a menudo, de que su hijo «robar铆a los peniques de los ojos de un muerto».
—¡El muy bu…! —grit茅, incapaz de contenerme.
—Salv贸 el negocio y la fortuna familiar —dijo Holmes, volviendo a unir los dedos—, y su recompensa en el testamento sigui贸 siendo la parte del bot铆n correspondiente al hijo menor. Por cierto, ¿qu茅 dispon铆a el nuevo testamento para la compa帽铆a?
—Deb铆a ser entregada al comit茅 directivo de Hull Shipping, Ltd., sin disponer nada para el hijo —dijo Lestrade, y cogi贸 su cigarrillo cuando el caballo enfil贸 el camino de entrada de una casa que, en ese momento, me pareci贸 extraordinariamente fea, al alzarse de los mortecinos prados en medio de la lluvia—. Pero estando su padre muerto y al no haberse encontrado el nuevo testamento, Stephen Hull recibir谩 las treinta mil libras. El muchacho no pasar谩 apuros. Tiene lo que los americanos llaman «empuje» y la compa帽铆a lo aceptar谩 como director gerente. Lo habr铆an hecho de todos modos, pero ahora ser谩 con Stephen Hull imponiendo las condiciones.
—S铆. Empuje. Una buena palabra —coment贸 Holmes, asom谩ndose a continuaci贸n a la lluvia—. ¡Det茅ngase aqu铆, conductor! —grit贸—. ¡A煤n no hemos terminado!
—Lo que usted diga, gobernador —retruc贸 el conductor—, pero esto est谩 infernalmente h煤medo.
—Y usted se ir谩 con bastante en el bolsillo como para hacer que sus entra帽as est茅n tan infernalmente h煤medas como su fachada —dijo Holmes, lo cual pareci贸 satisfacer al conductor, que se detuvo a treinta yardas de la puerta.
Escuch茅 c贸mo la lluvia repiqueteaba en el techo mientras Holmes reflexionaba antes de hablar.
—El viejo testamento, aquel con el que les amenazaba… ese documento no falta, ¿verdad?
—En absoluto. Estaba en su escritorio, cerca de su cuerpo.
—¡Cuatro excelentes sospechosos! No hace falta considerar como tales a los sirvientes… o eso parece por ahora. Acabe r谩pido, Lestrade… Los 煤ltimos incidentes y la habitaci贸n cerrada.
Lestrade acab贸 en menos de diez minutos, consultando sus notas de cuando en cuando. Un mes antes, lord Hull not贸 un peque帽o lunar en su pierna derecha, justo detr谩s de la rodilla. Se llam贸 al m茅dico de la familia. Su diagn贸stico fue gangrena, una consecuencia inusual, pero no rara, de la gota y de la mala circulaci贸n. El doctor dijo que tendr铆a que amputarle la pierna, y bastante por encima del lugar de la infecci贸n.
Al o铆r esto, lord Hull se ech贸 a re铆r hasta que se le saltaron las l谩grimas. El m茅dico, que esperaba una reacci贸n muy distinta, se qued贸 sin habla.
—Cuando me metan en mi ata煤d, tendr茅 todav铆a las dos piernas, gracias, matasanos —dijo Hull.
El doctor le dijo que simpatizaba con su deseo de conservar la pierna, pero que sin la amputaci贸n morir铆a en el plazo de seis meses… y que pasar铆a los dos 煤ltimos sumido en intensos dolores. Lord Hull pregunt贸 al doctor cu谩les eran sus posibilidades de supervivencia si se somet铆a a la operaci贸n. Lo pregunt贸 ri茅ndose todav铆a, nos contaba Lestrade, como si fuera el mejor chiste que hab铆a o铆do nunca. Tras varios carraspeos y tosecillas, el doctor dijo que las probabilidades estaban a la par.
—Tonter铆as, dije yo.
—Justo lo que dijo lord Hull —replic贸 Lestrade—. Pero 茅l emple贸 un t茅rmino algo m谩s vulgar.
Hull le dijo al doctor que 茅l mismo hab铆a calculado que sus probabilidades no eran mejores que una entre cinco.
—En cuanto al dolor, no creo que llegue tan lejos —continu贸 diciendo—, mientras haya l谩udano y una cuchara para removerlo.
Al d铆a siguiente, Hull solt贸 su desagradable sorpresa: que estaba pensando en cambiar su testamento. Pero no dijo en qu茅 sentido.
—¿Oh? —dijo Holmes, mirando a Lestrade desde esos fr铆os ojos grises que ve铆an tanto—. ¿Y qui茅n se sorprendi贸 por ello?
—Ninguno de ellos, me parece. Pero ya conoce la naturaleza humana y la forma en que la gente puede llegar a esperar algo pese a no tener ninguna esperanza de obtenerlo.
—Y c贸mo algunos se preparan para lo peor —coment贸 Holmes somnoliento.
Aquella misma ma帽ana, lord Hull convoc贸 a su familia en el sal贸n y, cuando estuvo toda reunida, realiz贸 un acto que pocos testadores pueden hacer y que habitualmente corre a cargo de la boca de sus abogados cuando las suyas han quedado silenciadas para siempre. Resumiendo, les ley贸 su nuevo testamento, dejando el total de su herencia a los volubles mininos de la se帽ora Hemphill. En el silencio que rein贸 a continuaci贸n, se levant贸, no sin dificultad, y les obsequi贸 a todos con una sonrisa de calavera. Y, apoy谩ndose en su bast贸n, realiz贸 la siguiente declaraci贸n, que encuentro ahora tan impresionantemente llena de vileza como cuando Lestrade nos la repiti贸 en el interior de aquel coche de caballos.
—¡Ya est谩 hecho! Todo est谩 bien as铆, ¿verdad? ¡S铆, muy bien! Me hab茅is servido fielmente, durante unos cuarenta a帽os, mujer e hijos. Y, ahora, pienso repudiaros con la conciencia m谩s clara y serena imaginable. ¡Pero, animaos, que las cosas pod铆an ser peores! Hubo un tiempo en que los faraones hac铆an matar a sus mascotas favoritas, principalmente gatos, antes de morir ellos, para que sus mascotas pudieran darles la bienvenida en la otra vida y poder maltratarlas o acariciarlas, seg煤n se le antojase a su amo, para siempre… y para siempre… y para siempre.
Entonces se rio de ellos. Se apoy贸 en su bast贸n y su p谩lida, l铆vida y moribunda cara lanz贸 una carcajada, agarrando su nuevo testamento, que todos sab铆an que hab铆a sido firmado ante testigos, con la garra que era su mano.
—Se帽or, usted podr谩 ser mi padre y el autor de mi existencia —dijo William, levant谩ndose—, pero tambi茅n es la criatura m谩s baja que se ha arrastrado por la faz de la tierra desde que la serpiente tent贸 a Eva en el Jard铆n del Ed茅n.
—¡En absoluto! —retruc贸 el anciano monstruo—. Conozco cuatro m谩s bajas a煤n. Y ahora, si me perdon谩is, tengo que guardar en la caja fuerte unos documentos muy importantes… y quemar en la estufa otros sin valor.
—¿Segu铆a teniendo el viejo testamento cuando los reuni贸? —pregunt贸 Holmes. Parec铆a m谩s interesado que sorprendido.
—S铆.
—Pod铆a haberlo quemado en cuanto se hubiera firmado y validado el nuevo —musit贸 Holmes—. Tuvo toda la tarde y la noche del d铆a anterior para hacerlo. Pero no le bastaba con eso, ¿verdad? ¿Qu茅 piensa de eso, Lestrade?
—Que estaba burl谩ndose de ellos. Burl谩ndose de una posibilidad que cre铆a que todos rechazar铆an.
—Hay otra posibilidad —dijo Holmes—. Habl贸 de suicidio. ¿No ser铆a posible que un hombre as铆 pudiera esgrimir una tentaci贸n semejante, sabiendo que si uno de ellos, Stephen parece el m谩s probable a juzgar por lo que usted dice, lo hac铆a por 茅l, luego le coger铆an… y le ahorcar铆an por ello?
Mir茅 a Holmes con mudo horror.
—No importa —dijo Holmes—. Prosiga.
Los cuatro se quedaron sentados, paralizados y en silencio, mientras el anciano realizaba su lento recorrido pasillo arriba hasta su estudio. No se o铆a otro sonido salvo el golpear de su bast贸n, el trabajoso carraspeo de su respiraci贸n, el triste miau de queja de un gato en la cocina y el regular latido del reloj de p茅ndulo del sal贸n. Entonces oyeron el chirrido de las bisagras cuando Hull abri贸 la puerta de su estudio y entr贸 en 茅l.
—¡Un momento! —dijo Holmes cortante, inclin谩ndose hacia delante—. No le vio entrar nadie, ¿verdad?
—Me temo que no es as铆, viejo amigo —repuso Lestrade—. Oliver Stanley, ayuda de c谩mara de lord Hull, hab铆a o铆do el avance de su se帽or hacia el estudio y sali贸 del vestidor de lord Hull, se asom贸 a la barandilla de la galer铆a y llam贸 para preguntarle si se encontraba bien. Hull alz贸 la cabeza, y Stanley le vio con tanta claridad como yo le veo ahora a usted, viejo amigo, y respondi贸 que se encontraba en plena forma. Entonces se frot贸 la nuca, entr贸 en el estudio y cerr贸 la puerta tras de s铆. Para cuando lleg贸 a la puerta (el pasillo es bastante largo y debi贸 tardar unos buenos dos minutos en llegar sin ayuda), Stephen se hab铆a recuperado del estupor e ido hasta la puerta del sal贸n. Presenci贸 la conversaci贸n entre su padre y el ayuda de c谩mara. Naturalmente, su padre le daba la espalda, pero oy贸 su voz y describi贸 el mismo gesto: Hull frot谩ndose la nuca.
—¿Pudieron hablar Stephen Hull y ese Stanley antes de que llegara la polic铆a? —pregunt茅, cre铆 que con bastante astucia.
—Pues claro que pudieron, y probablemente lo hicieron —dijo Lestrade cansinamente—. Pero no es algo que hayan preparado.
—¿Est谩 seguro de eso? —pregunt贸 Holmes, aunque no parec铆a interesado.
—S铆. Creo que Stephen Hull sabr铆a mentir muy bien, pero Stanley lo har铆a muy mal. Usted sabr谩 si acepta o no mi opini贸n profesional, Holmes.
—La acepto.
Lord Hull entr贸 en su estudio, la famosa habitaci贸n cerrada, y todos oyeron el ruido de la cerradura cuando ech贸 la llave, la 煤nica llave que hab铆a de ese sancta sanctorum. Fue seguido de un sonido menos habitual, el del cerrojo asegurando la puerta.
Despu茅s, silencio.
Los cuatro, lady Hull y sus hijos, que pronto ser铆an mendigos de sangre azul, se miraron en silencio. El gato volvi贸 a maullar en la cocina y Lady Hull dijo en tono distra铆do que si el ama de llaves no le daba un cuenco con leche, tendr铆a que hacerlo ella misma. A帽adi贸 que sus maullidos la volver铆an loca si ten铆a que escucharlos mucho tiempo m谩s y sali贸 del sal贸n. Los tres hijos se marcharon un momento despu茅s, sin intercambiar palabra alguna entre ellos. William fue a su cuarto en el piso superior; Stephen se dirigi贸 hacia la sala de m煤sica. Jory fue a sentarse en un banco situado debajo de la escalera, al que, seg煤n le dijo a Lestrade, acud铆a desde su infancia cada vez que estaba triste o ten铆a asuntos sobre los que le costaba pensar.
Menos de cinco minutos despu茅s, surgi贸 un terrible grito del estudio. Stephen sali贸 de la sala de m煤sica, donde hab铆a estado tocando al azar algunas notas aisladas en el piano. Jory se reuni贸 con 茅l en la puerta. William ya sub铆a las escaleras cuando Stanley, el ayudante de c谩mara, sali贸 del vestidor de lord Hull y fue hasta la barandilla de la galer铆a por segunda vez. Vio a Stephen Hull derribar la puerta del estudio; vio a William poner el pie en las escaleras y casi caer de cara contra el m谩rmol; vio a Lady Hull aparecer por la puerta del comedor con una jarra de leche a煤n en su mano. Los dem谩s sirvientes llegaron momentos despu茅s. Lord Hull estaba derrumbado sobre su escritorio con los tres hijos a su alrededor. Ten铆a los ojos abiertos. En sus labios hab铆a un grito, en sus ojos una mirada de sorpresa. Agarraba con una mano el testamento… el viejo. No hab铆a se帽al alguna del nuevo. Y ten铆a un pu帽al clavado en la espalda.
Tras decir esto, Lestrade golpete贸 la pared para que el cochero prosiguiera. Entramos entre dos polic铆as de rostro tan inmutable como los centinelas de Buckingham Palace. En la entrada hab铆a un vest铆bulo muy largo, con el suelo de m谩rmol, de losetas negras y blancas como un tablero de ajedrez. Conduc铆a a una puerta abierta situada al final del mismo, donde hab铆a apostados dos polic铆as m谩s. El infame estudio. A la izquierda quedaban las escaleras; a la derecha hab铆a dos puertas; supuse que el sal贸n y la sala de m煤sica.
—La familia est谩 reunida en el sal贸n —dijo Lestrade.
—Bien —respondi贸 Holmes complacido—. Pero quiz谩 Watson y yo podamos echar antes un vistazo a esta habitaci贸n cerrada.
—¿Debo acompa帽arlos?
—No es necesario —repuso Holmes—. ¿Se han llevado ya el cuerpo?
—No, cuando sal铆 a buscarlos, pero a estas alturas ya deben haberlo hecho.
—Muy bien.
Holmes empez贸 a andar. Yo le segu铆. Lestrade le llam贸.
Holmes se volvi贸, con las cejas enarcadas.
—No hay paneles secretos, ni puertas secretas. Acepte mi palabra si quiere.
—Creo que esperar茅 a que… —empez贸 a decir Holmes, pero se puso a jadear y a respirar entrecortadamente.
Busc贸 en su bolsillo, encontr贸 una servilleta de papel, probablemente cogida inconscientemente de la casa de comidas donde cenamos la noche anterior, y estornud贸 sonoramente en ella. Mir茅 hacia abajo y vi un gran gato vagabundo, tan fuera de lugar en aquel gran vest铆bulo como lo habr铆a estado un cr铆o de los que trabajan en las f谩bricas, frot谩ndose contra las piernas de Holmes. Ten铆a una de las orejas echadas hacia atr谩s, pegada a la cabeza llena de cicatrices. Le faltaba la otra oreja; supuse que la habr铆a perdido hace tiempo en alguna pelea en un callej贸n.
Holmes estornud贸 repetidamente y alej贸 al gato de una patada. El felino se alej贸 mirando hacia atr谩s con reproche, en lugar del furioso siseo que habr铆a cabido esperar en semejante veterano. Holmes mir贸 a Lestrade por encima de la servilleta con ojos h煤medos y llenos de reproches. Lestrade sonri贸 sin contenerse en lo m谩s m铆nimo.
—Diez, Holmes —dijo—. Diez. La casa est谩 llena de felinos. A Hull le encantaban.
Dicho esto, se alej贸.
—¿Desde hace cu谩nto, viejo amigo? —pregunt茅.
—Desde siempre —dijo, volviendo a estornudar.
Me siento obligado a a帽adir que sigo creyendo que la soluci贸n al problema de la habitaci贸n cerrada habr铆a sido tan r谩pidamente evidente para Holmes como lo fue para m铆, de no haber mediado esta infortunada aflicci贸n. La palabra alergia apenas se conoc铆a en aquellos a帽os, pero ese era, desde luego, su problema.
—¿Quiere irse? —dije, algo alarmado. Una vez hab铆a presenciado un caso de semiasfixia a consecuencia de una aversi贸n semejante a las ovejas.
—Le encantar铆a —dijo Holmes. No necesit贸 decirme a qui茅n se refer铆a.
Holmes estornud贸 una vez m谩s (en su frente, normalmente p谩lida, apareci贸 una mancha roja) y pasamos entre los polic铆as que hab铆a ante la puerta del estudio. Holmes la cerr贸 tras 茅l.
La habitaci贸n era alargada y relativamente estrecha. Estaba en el extremo de algo que parec铆a el ala de una casa, con el cuerpo principal de la misma extendi茅ndose a ambos lados a partir de una zona situada a unas tres cuartas partes del camino al vest铆bulo. Por tanto, hab铆a ventanas a ambos lados y la habitaci贸n estaba bien iluminada pese al d铆a lluvioso y gris. Hab铆a cartas de navegaci贸n enmarcadas en casi todas las paredes, pero en una de ellas hab铆a un espl茅ndido juego de instrumentos para medir el tiempo atmosf茅rico en una caja de bronce: un anem贸metro (supongo que Hull tendr铆a las h茅lices giratorias instaladas en uno de los tejados), dos term贸metros (uno registraba la temperatura del exterior y el otro la del interior) y un bar贸metro muy similar al que hab铆a enga帽ado a Holmes haci茅ndole creer que por fin se acababa el mal tiempo. Not茅 que segu铆a subiendo y mir茅 afuera. La lluvia ca铆a con m谩s fuerza que nunca, subiera o no subiera el bar贸metro. Creemos saber mucho con todos nuestros instrumentos y aparatos, pero en realidad no sabemos ni la mitad de lo que creemos saber.
Holmes y yo nos volvimos para mirar a la puerta. El cerrojo segu铆a estando en su sitio, pero doblado hacia el interior. La llave segu铆a en la cerradura, todav铆a cerrada.
Los ojos de Holmes, pese a estar llorosos, lo examinaron todo en seguida, anotando, catalogando, archivando.
—Est谩 un poco mejor —observ茅.
—S铆 —dijo, bajando la servilleta y guard谩ndola indiferente en el bolsillo del abrigo—. Podr铆a quererlos mucho, pero parece que no les dejaba entrar aqu铆. Al menos no habitualmente. ¿Qu茅 opina, Watson?
Aunque mis ojos eran menos r谩pidos que los suyos, tambi茅n yo hab铆a estado examinando el lugar. Las ventanas dobles estaban cerradas y aseguradas con peque帽os cerrojos de bronce. Ninguno de los cristales hab铆a sido roto. Los mapas e instrumentos enmarcados estaban entre esas ventanas. Las otras dos paredes, delante y detr谩s del escritorio que dominaba la habitaci贸n, estaban llenas de libros. Hab铆a una peque帽a estufa de carb贸n en el extremo sur de la habitaci贸n, pero no una chimenea… El asesino no hab铆a bajado por la chimenea como San Nicol谩s, a no ser que hubiera sido lo bastante delgado como para caber por la tuber铆a y llevase puesto un traje de asbesto, ya que la chimenea segu铆a muy caliente. El extremo norte de la habitaci贸n estaba ocupado por una peque帽a biblioteca, con dos sillas de respaldo alto y una mesa de caf茅 entre ellas. En esa mesa hab铆a un mont贸n de libros. El techo estaba enyesado, y el suelo cubierto con una gran alfombra turca. Si el asesino hab铆a entrado mediante una trampilla, no ten铆a ni la menor idea de c贸mo habr铆a podido salir bajo la alfombra sin deshacerla, ya que no estaba desarreglada en lo m谩s m铆nimo. Permanec铆a completamente lisa y la sombra de las patas de la mesa de caf茅 ca铆a sobre ella sin una sola ondulaci贸n.
—¿Usted lo cree, Watson? —pregunt贸 Holmes, haciendo que saliera de algo semejante a un trance hipn贸tico. Hab铆a algo… algo en esa mesa de caf茅…
—¿Creer qu茅, Holmes?
—Que los cuatro se limitaron a salir del sal贸n en distintas direcciones, cuatro minutos antes del asesinato.
—No lo s茅 —dije d茅bilmente.
—Yo no lo creo; ni por un mo… —Se interrumpi贸—. ¡Watson! ¿Se encuentra bien?
—No —dije en un tono que apenas pude o铆r. Me derrumb茅 en una de las sillas de la biblioteca. Mi coraz贸n lat铆a demasiado r谩pido. No parec铆a recuperar el aliento. Me lat铆a la cabeza, y mis ojos parec铆an de pronto ser demasiado grandes para sus cuencas. No pod铆a apartarlos de la sombra de las patas de la mesa—. Estoy… Desde luego no… no estoy bien.
En ese momento Lestrade se asom贸 a la puerta del estudio.
—Si ya ha mirado bastante, Hol… ¿Qu茅 diablos le pasa a Watson?
—Creo que Watson ha resuelto el caso —dijo Holmes con voz calmada y controlada—. ¿No es as铆, Watson?
Asent铆 con la cabeza. No el caso entero, pero s铆 la mayor铆a. Sab铆a qui茅n, y sab铆a c贸mo.
—¿Es as铆 siempre, Holmes? —pregunt茅—. ¿Cu谩ndo… lo ve?
—S铆 —dijo.
—¿Watson ha resuelto el caso? —dijo Lestrade, impaciente—. ¡Bah! Watson ha ofrecido miles de soluciones a un centenar de casos anteriores a este, Holmes, como muy bien sabe, y todas ellas equivocadas. Recuerdo que este verano…
—S茅 m谩s de Watson de lo que usted llegar谩 a saber nunca —dijo Holmes, y esta vez ha acertado. Conozco esa mirada.
Volvi贸 a estornudar; el gato desorejado hab铆a entrado en la habitaci贸n por la puerta que Lestrade hab铆a dejado abierta. Se dirigi贸 directamente hacia Holmes con una expresi贸n en su fea cara que parec铆a ser afecto.
—Si es as铆 como se siente —dije—. Nunca volver茅 a envidiarle, Holmes. Mi coraz贸n tendr铆a un infarto.
—Uno se acostumbra a todo —dijo Holmes sin la menor traza de vanidad en la voz—. Su茅ltelo entonces… ¿O debemos traer aqu铆 a los sospechosos, como en el 煤ltimo cap铆tulo de una novela de detectives?
—¡No! —grit茅 horrorizado. No hab铆a visto a ninguno de ellos y no ten铆a prisa en hacerlo—. Creo que me basta con ense帽arle c贸mo se hizo. Si sale un momento con el inspector Lestrade…
El gato lleg贸 hasta Holmes y salt贸 a su regazo, ronroneando como si fuese la criatura m谩s satisfecha de la tierra.
Holmes estall贸 en una andanada de estornudos. Las manchas rojas de su cara, que hab铆an empezado a desaparecer, enrojecieron de nuevo. Apart贸 el gato y se puso en pie.
—Sea r谩pido, Watson, para que podamos irnos de este condenado lugar —dijo con voz ahogada, y dej贸 su perfecta habitaci贸n cerrada, encogiendo los hombros de forma inhabitual en 茅l, con la cabeza baja y sin mirar hacia atr谩s una sola vez. Cr茅anme si les digo que parte de mi coraz贸n se fue con 茅l.
Lestrade permaneci贸 inm贸vil, recostado contra la puerta; su abrigo mojado goteaba ligeramente. Ten铆a una detestable sonrisa en los labios.
—¿Debo coger al nuevo admirador de Holmes, Watson?
—D茅jelo aqu铆, pero cierre la puerta.
—Le apuesto uno de cinco a que est谩 perdiendo su tiempo, compa帽ero —dijo Lestrade, pero vi algo diferente en sus ojos. Si hubiese aceptado la apuesta, habr铆a encontrado una forma de zafarse del compromiso.
—Cierre la puerta —repet铆—. No tardar茅 mucho.
Cerr贸 la puerta. Me qued茅 solo en el estudio de Hull… a excepci贸n del gato, claro, que ahora estaba sentado en medio de la alfombra, con la cola curvada hasta posarse limpiamente sobre sus patas, vigil谩ndome con sus ojos verdes. Me tante茅 los bolsillos y encontr茅 mi propio recuerdo de la cena de la noche anterior. Me temo que los solteros son gente muy poco pulcra, pero hab铆a una raz贸n para este pedazo de pan adem谩s de mi general negligencia. Casi siempre guardo un corrusco en uno u otro bolsillo, pues me gusta dar de comer a las palomas que aterrizan en la ventana ante la que estaba Holmes cuando lleg贸 Lestrade.
—Minino —dije, y puse el pan bajo la mesa de caf茅; la misma mesa de caf茅 a la que lord Hull deb铆a dar la espalda cuando se sent贸 con sus dos testamentos, el detestable viejo testamento y el nuevo testamento m谩s detestable a煤n—. Minino-minino-minino.
El gato se levant贸 y camin贸 l谩nguidamente hasta debajo de la mesa para investigar.
Fui hasta la puerta y la abr铆.
—¡Holmes! ¡Lestrade! ¡R谩pido!
Entraron en la habitaci贸n.
—Qu茅dense ah铆 —dije, caminando hasta la mesita de caf茅.
Lestrade mir贸 a su alrededor y frunci贸 el ce帽o al no ver nada. Holmes, por supuesto, empez贸 a estornudar de nuevo.
—¿No podemos sacar de aqu铆 a esa cosa detestable? —consigui贸 decir desde debajo de la servilleta, ya bastante humedecida.
—Por supuesto —dije yo—, pero ¿d贸nde est谩, Holmes?
Una expresi贸n de sorpresa inund贸 los ojos que miraban por encima de la servilleta. Lestrade gir贸 sobre s铆 mismo, camin贸 hacia el escritorio de Hull y mir贸 detr谩s de 茅l. Holmes sab铆a que su reacci贸n no habr铆a sido tan violenta si el gato hubiera estado en el otro extremo de la habitaci贸n. Se inclin贸 y mir贸 debajo de la mesa, no viendo m谩s que el espacio vac铆o y el estante inferior de las dos estanter铆as de la pared norte de la habitaci贸n, y volvi贸 a incorporarse. Si sus ojos no hubieran estado llorando como dos fuentes, habr铆a visto entonces la estratagema; estaba justo encima de ella. Pero al mismo tiempo era diab贸licamente buena. El espacio vac铆o bajo la mesa de caf茅 era la obra maestra de Jory Hull.
—No… —empez贸 a decir Holmes, y entonces el gu铆a, que encontraba a Holmes mucho m谩s de su agrado que el pan, sali贸 de debajo de la mesa y volvi贸 a enroscarse extasiado en los tobillos del detective. Lestrade estaba otra vez con nosotros, y abri贸 tanto los ojos que cre铆 que pod铆an llegar a ca茅rsele. Yo mismo estaba asombrado pese a haberme dado cuenta. El destrozado gato parec铆a haberse materializado en el aire. La cabeza, el cuerpo y, finalmente, la cola con su punta blanca.
Se frot贸 contra la pierna de Holmes, ronroneando mientras este estornudaba.
—Ya basta —dije—. Ya has hecho tu trabajo; puedes irte.
Lo cog铆, lo llev茅 hasta la puerta (recibiendo un buen ara帽azo en pago a mis molestias) y lo ech茅 al vest铆bulo con pocos miramientos. Cerr茅 la puerta, ir谩s t煤.
Holmes se sent贸.
—¡Dios m铆o! —exclam贸 con voz nasal y griposa.
Lestrade era incapaz siquiera de hablar. Sus ojos no se hab铆an apartado de la mesa ni de la alfombra turca color rojo que hab铆a bajo sus pies, ni del espacio vac铆o que de alguna forma hab铆a dado a luz un gato.
—Deb铆 haberlo visto —murmuraba Holmes—. S铆… pero usted… ¿C贸mo se dio cuenta tan r谩pido?
Not茅 la d茅bil nota de orgullo herido y molesto en su voz… y lo perdon茅.
—Fue eso —dije, se帽alando las sombras que proyectaban las patas de la mesa.
—¡Por supuesto! —Casi gimi贸 Holmes. Se dio una palmada en la enrojecida frente—. ¡Idiota! ¡Soy un perfecto idiota!
—Tonter铆as —dije hip贸critamente—. Con diez gatos en la casa y uno que parece haberle tomado un afecto especial, sospecho que ver谩 todo por decuplicado.
—¿Qu茅 pasa con las sombras? —dijo Lestrade, encontrando por fin la voz.
—Ens茅帽eselo, Watson —dijo d茅bilmente Holmes, bajando la servilleta hasta su regazo.
As铆 que me agach茅 y cog铆 una de las sombras del suelo.
Lestrade se sent贸 en la otra silla, de golpe, como un hombre al que han golpeado inesperadamente.
—No dejaba de mirarlas, ¿sabe? —dije, hablando en un tono que no pude evitar que sonara a disculpa.
Me sonaba mal. A Holmes era a quien le correspond铆a explicar los qui茅nes y los c贸mos. Pero, aunque me daba cuenta de que mi amigo ya lo hab铆a comprendido todo, supe que se negar铆a a hablar en este caso. Y supongo que una parte de m铆, esa parte que sab铆a que probablemente no volver铆a a tener otra oportunidad de hacer algo as铆, quer铆a dar las explicaciones. Debo decir que lo del gato hab铆a sido un buen golpe. Un mago no lo habr铆a hecho mejor con un conejo y un sombrero de copa.
—Sab铆a que hab铆a algo que no cuadraba, pero me llev贸 un momento darme cuenta de lo que era. La habitaci贸n est谩 extremadamente bien iluminada, pero hoy est谩 lloviendo a c谩ntaros. Si mira a su alrededor, ver谩 que ning煤n objeto de la habitaci贸n proyecta una sombra… excepto las patas de esa mesa.
Lestrade profiri贸 un juramento.
Lleva lloviendo casi toda la semana —dije—, pero tanto el bar贸metro de Holmes como el del difunto lord Hull —y lo se帽al茅— indicaban que hoy pod铆a esperarse sol. De hecho, parec铆a algo seguro. As铆 que a帽adi贸 las sombras como 煤ltimo retoque.
—¿Qui茅n?
—Jory Hull —dijo Holmes en el mismo tono cansado—. ¿Qui茅n si no?
Me agach茅 y pas茅 la mano detr谩s del extremo derecho de la mesa. Desapareci贸 en el aire, del mismo modo en que apareci贸 el gato. Lestrade profiri贸 otro sorprendido juramento. Golpe茅 la parte de atr谩s del lienzo pegado a las patas delanteras de la mesa. Los libros y la alfombra se hincharon y arrugaron, y la imagen, que era casi perfecta, se deshizo.
Jory Hull hab铆a pintado la nada bajo la mesa de su padre; se hab铆a agazapado detr谩s de la nada cuando su padre entraba en la habitaci贸n, cerraba la puerta y se sentaba ante su escritorio con los dos testamentos, el viejo y el nuevo. Y cuando se levant贸 de su asiento, sali贸 de detr谩s de la nada, pu帽al en mano.
—Es el 煤nico que habr铆a podido ejecutar una obra tan realista —dije, pasando esta vez la mano por la superficie del lienzo. Todos pudimos o铆r el sonido que hizo, como el ronroneo de un gato muy viejo—. El 煤nico que pudo hacerla, y el 煤nico que pudo esconderse detr谩s de ella: Jory Hull, que no mide m谩s de cinco pies de alto, es patizambo y jorobado.
»Como dijo Holmes, la sorpresa del nuevo testamento no era ninguna sorpresa. Aunque el anciano hubiera mantenido en secreto la posibilidad de eliminar a sus parientes del testamento, cosa que no hizo, solo unos est煤pidos podr铆an haber interpretado mal la visita del abogado y, lo que es m谩s importante, de su ayudante. Se necesitan dos testigos para hacer que un testamento sea un documento v谩lido de cara a la canciller铆a. Lo que Holmes dijo sobre c贸mo algunos se preparan para lo peor es muy cierto. Un lienzo tan perfecto como este no se hace de la noche a la ma帽ana, y tampoco en un mes. Descubrir谩 que lo ten铆a listo, por si acaso necesitaba usarlo, desde hace un a帽o como m铆nimo…
—O cinco —interpel贸 Holmes.
Quiz谩s. De todos modos, supongo que Jory adivin贸 que hab铆a llegado el momento cuando Hull anunci贸 ayer que quer铆a ver a toda la familia esta ma帽ana en el sal贸n. Anoche debi贸 venir aqu铆 y montar el lienzo, cuando su padre se fue a la cama. Supongo que entonces pondr铆a las sombras falsas, pero yo en su lugar habr铆a venido aqu铆 esta ma帽ana a echar otra mirada al bar贸metro, antes de la reuni贸n en el sal贸n, solo para asegurarme de que segu铆a subiendo. Imagino que escamotear铆a la llave del bolsillo de su padre y la devolver铆a luego, en caso de que la puerta hubiera estado cerrada.
No estaba cerrada —dijo Lestrade con brevedad—. Ten铆a la norma de cerrarla para que no entraran los gatos, pero rara vez echaba la llave.
En cuanto a las sombras, ya ve que solo son tiras de fieltro. Tiene buen ojo; tienen la medida que habr铆an tenido las sombras a las once de esta ma帽ana… si el bar贸metro hubiera acertado.
—Si esperaba que brillara el sol, ¿por qu茅 se molest贸 en poner las sombras? —gru帽贸 Lestrade—. El sol las habr铆a puesto de todos modos, ¿o es que nunca se ha visto la suya, Watson?
No supe qu茅 decir. Mir茅 a Holmes, que parec铆a agradecido de tener alguna parte en la soluci贸n.
—¿No se da cuenta? ¡Esa es la mayor iron铆a de todas! Si el sol hubiera brillado como indicaba el bar贸metro, el lienzo habr铆a tapado las sombras. Las patas de mesa pintadas no proyectan sombras, como sabe. Ha sido descubierto por sombras en un d铆a que no las hay porque tem铆a ser descubierto al no haberlas en un d铆a que, seg煤n indicaba el bar贸metro de su padre, con casi toda seguridad las habr铆a en el resto de la habitaci贸n.
—Sigo sin entender c贸mo pudo entrar Jory sin que Hull le viera —dijo Lestrade.
—Eso tambi茅n me desconcert贸 —dijo Holmes. ¡Mi querido Holmes! Dudo que le hubiera desconcertado ni por un momento, pero eso fue lo que dijo—. ¿Watson?
—El sal贸n donde estaban los cuatro tiene una puerta que comunica con la sala de m煤sica, ¿verdad?
—S铆 —dijo Lestrade—, y la sala de m煤sica comunica con la salita de lady Hull, que es la siguiente que hay si seguimos la progresi贸n hasta la parte de atr谩s de la casa. Pero desde la salita s贸lo puede volverse al vest铆bulo, doctor Watson. De haber dos puertas que dieran al estudio de Hull, dif铆cilmente habr铆a ido a buscar a Holmes.
Dijo esto 煤ltimo con un tono d茅bil de autojustificaci贸n.
—Oh, pero es que volvi贸 al vest铆bulo —dije—, aunque su padre no lo vio.
—¡Estupideces!
—Se lo demostrar茅 —dije, y fui hasta el escritorio donde segu铆a estando apoyado el bast贸n del difunto. Lo cog铆 y les apunt茅 con 茅l—. En el instante en que lord Hull dej贸 el sal贸n, Jory se levant贸 y ech贸 a correr.
Lestrade dedic贸 a Holmes una mirada de sorpresa, pero Holmes le dedic贸 a cambio una ir贸nica y fr铆a. Y debo decir que todav铆a no comprend铆a todas las implicaciones de la escena que estaba pintando. Estaba demasiado concentrado en mi recreaci贸n, supongo.
—Cruz贸 la primera puerta, atraves贸 la sala de m煤sica y entr贸 en la salita de Lady Hull. Sali贸 al vest铆bulo y ech贸 un vistazo. Si la gota de lord Hull hab铆a empeorado tanto como para provocarle gangrena, no habr铆a recorrido ni la cuarta parte del vest铆bulo, y eso siendo optimistas. Y ahora f铆jese en m铆, inspector Lestrade, y le mostrar茅 c贸mo un hombre que ha pasado toda su vida comiendo ricos alimentos y bebiendo licor acaba pagando por ello. Si lo duda, le traer茅 una docena de enfermos de gota que le mostrar谩n exactamente lo mismo que voy a mostrarle yo ahora.
Con esto empec茅 a cojear lentamente por toda la habitaci贸n, dirigi茅ndome hacia ellos y apoy谩ndome con ambas manos en el bast贸n. Levantaba un pie a bastante altura, lo bajaba, hac铆a una pausa y luego arrastraba la otra pierna. Jam谩s alzaba la mirada. En vez de eso, la clavaba alternativamente en el bast贸n y en el pie que iba delante.
—S铆 —dijo Holmes con calma—. El buen doctor tiene toda la raz贸n, inspector Lestrade. Primero viene la gota, y luego (si el paciente vive lo suficiente, claro est谩) ese gesto caracter铆stico de mirar siempre hacia abajo.
—脡l tambi茅n lo sab铆a —dije—. Lord Hull llevaba cinco a帽os aquejado de una gota que empeoraba d铆a tras d铆a. Jory debi贸 darse cuenta de la forma en que caminaba, siempre mirando al bast贸n y a sus propios pies. Se asom贸 a la puerta de la salita, comprob贸 que estaba a salvo y se limit贸 a entrar en el estudio. No m谩s de tres segundos si se dio prisa. —Hice una pausa—. El suelo es de m谩rmol, ¿verdad? Debi贸 quitarse los zapatos.
—Llevaba zapatillas —dijo Lestrade cort茅s.
—Ah. Ya veo. Jory gan贸 el estudio y se escondi贸 detr谩s de su cuadro. Sac贸 la daga y esper贸. Su padre lleg贸 al final del vest铆bulo. Oy贸 c贸mo Stanley llamaba a su padre, y debi贸 de pasar un mal momento entonces. Su padre respondi贸 que estaba bien, entr贸 en la habitaci贸n y cerr贸 la puerta.
Los dos me miraban fijamente, y comprend铆 algo del poder divino que Holmes deb铆a sentir en momentos como ese, contando a otros lo que solo t煤 pod铆as saber. Pero debo repetir que no es una sensaci贸n que quiera tener muy a menudo. Creo que la necesidad de una sensaci贸n as铆 habr铆a corrompido a muchos hombres, hombres con menos entereza moral que la que pose铆a mi amigo Sherlock Holmes, claro est谩.
—Jory, el viejo pata de palo, el viejo cheposo, debi贸 encogerse todo lo posible antes de que su padre cerrara la puerta, sabiendo que aqu茅l echar铆a una buena mirada a su alrededor antes de cerrar y echar el cerrojo. Quiz谩 estuviera gotoso y algo minusv谩lido, pero eso no quiere decir que estuviera ciego.
—Su ayuda de c谩mara dice que ten铆a muy buena vista —dijo Lestrade—. Es de las primeras cosas que le pregunt茅.
—Bravo, inspector —dijo Holmes con suavidad, y el inspector le devolvi贸 una mirada molesta.
—As铆 que mir贸 a su alrededor —dije, y de pronto pude verlo, y supuse que tambi茅n eso le pasaba a Holmes; esta reconstrucci贸n que, aunque s贸lo estaba basada en hechos y deducci贸n, parec铆a ser como una visi贸n—, y no vio otra cosa aparte del estudio de siempre, vac铆o excepto por su persona. Es una habitaci贸n bastante despejada, sin puertas de armarios y con ventanas a ambos lados; no tiene rincones oscuros ni siquiera en un d铆a como este. Satisfecho, cerr贸 la puerta, gir贸 la llave y ech贸 el cerrojo. Jory debi贸 o铆rle cojear hasta su escritorio. Debi贸 o铆r el pesado golpe y el deshincharse del coj铆n cuando su padre se sent贸. Un hombre con una gota tan avanzada no se sienta, se posiciona sobre un lugar blando para luego dejarse caer. Entonces Jory debi贸 arriesgarse a echar una mirada.
Mir茅 a Holmes.
—Adelante, compa帽ero —dijo c谩lidamente—. Lo est谩 haciendo espl茅ndidamente. De primera.
Me di cuenta de que lo dec铆a en serio. Miles de personas dir谩n que era fr铆o, y no se equivocar谩n, pero tambi茅n ten铆a un gran coraz贸n. Lo que ocurr铆a sencillamente era que Holmes lo proteg铆a mejor que algunos hombres.
—Gracias. Jory debi贸 ver c贸mo su padre dejaba a un lado el bast贸n y pon铆a los papeles, los dos grupos de papeles, sobre el secante. No mat贸 inmediatamente a su padre, aunque podr铆a haberlo hecho. Eso es lo horrible y pat茅tico de este asunto, y por eso no pienso entrar en ese sal贸n en el que est谩n ni por un millar de libras. No entrar铆a a no ser que usted y sus hombres me arrastraran adentro.
—¿C贸mo sabe que no lo hizo inmediatamente? —pregunt贸 Lestrade.
—El grito se oy贸 por lo menos dos minutos despu茅s de que echase la llave y el cerrojo; supongo que tendr谩 suficientes testimonios como para creerlo, pero no puede haber m谩s de siete pasos entre la puerta y el escritorio. Ni siquiera un hombre en el estado de lord Hull habr铆a tardado m谩s de medio minuto en llegar a 茅l, y otros catorce segundos para rodearlo, llegar a la silla y sentarse. A帽ada quince segundos para dejar el bast贸n donde lo encontr贸 usted y dejar los testamentos sobre el secante.
»¿Qu茅 pas贸 entonces? ¿Qu茅 pas贸 durante esos 煤ltimos dos o tres minutos que debieron parecer, al menos a Jory Hull, interminables? Creo que lord Hull se limit贸 a quedarse sentado, mirando a uno u otro testamento. Jory debi贸 ser capaz de distinguir con bastante facilidad entre uno y otro; el pergamino viejo deb铆a parecer m谩s antiguo.
»Sab铆a que su padre pretend铆a echar uno de ellos a la estufa.
»Creo que esper贸 a saber cu谩l de ellos ser铆a.
»Despu茅s de todo, hab铆a una posibilidad de que su padre s贸lo estuviera gast谩ndoles una broma cruel a expensas de la familia. Igual quemaba el nuevo y devolv铆a el viejo a la caja fuerte. Entonces saldr铆a y le dir铆a a su familia que hab铆a puesto a salvo el nuevo testamento. ¿Sabe d贸nde est谩, Lestrade? ¿La caja fuerte?
—Cinco de los libros de ese estante son falsos —dijo Lestrade brevemente, se帽alando a una estanter铆a de la biblioteca.
—Entonces habr铆an quedado satisfechos tanto el hombre como la familia; la familia habr铆a sabido que su bien ganada herencia estaba a salvo, y el anciano se habr铆a ido a la tumba creyendo haber llevado a cabo una de las bromas m谩s crueles de todos los tiempos… y siendo v铆ctima de Dios o de 茅l mismo, pero no de Jory Hull.
Una vez m谩s volvi贸 a cruzarse entre Holmes y Lestrade esa mirada que no comprend铆.
—Yo m谩s bien creo que el anciano solo estaba saboreando el momento, como un hombre saborea durante una tarde la perspectiva de una copa de licor a los postres o de un dulce, tras un largo periodo de abstinencia. En todo caso, el minuto transcurri贸 y lord Hull empez贸 a levantarse… pero con el pergamino m谩s oscuro en la mano, y mirando hacia la estufa en vez de a la caja fuerte. Fueran cuales fueran las esperanzas de Jory, cuando lleg贸 el momento no titube贸. Sali贸 de su escondite, atraves贸 en un instante la distancia que separaba la mesa caf茅 del escritorio y hundi贸 el cuchillo en la espalda de su padre antes de que este se hubiera levantado del todo.
»Sospecho que la autopsia mostrar谩 que la herida le atraviesa el ventr铆culo superior llegando al pulm贸n, lo cual explicar铆a la cantidad de sangre que expuls贸 por la boca. Tambi茅n explicar铆a por qu茅 lord Hull fue capaz de gritar antes de morir, causando la perdici贸n de Jory Hull.
—Expl铆quese —dijo Lestrade.
—Un asesinato en una habitaci贸n cerrada es un mal negocio a no ser que se pretenda hacer pasar un asesinato por un suicidio —dije mirando a Holmes. 脡l sonri贸 y asinti贸 ante esta m谩xima suya—. Lo 煤ltimo que Jory quer铆a es que las cosas tuvieran este aspecto… la habitaci贸n cerrada, las ventanas cerradas, el hombre con un pu帽al clavado que nunca podr铆a haberse clavado 茅l mismo. Creo que nunca previ贸 que su padre morir铆a lanzando tal alarido. Planeaba apu帽alarle, quemar el nuevo testamento, revolver el escritorio, abrir una de las ventanas y escapar por ella. Habr铆a entrado en la casa por otra puerta y ganado su sitio bajo las escaleras. Y luego, cuando por fin se descubriera el cuerpo, habr铆a parecido un robo.
—No para el abogado de Hull —dijo Lestrade.
—Podr铆a haber guardado silencio —dijo Holmes, anim谩ndose entonces—. Apostar铆a a que Jory pretend铆a abrir una de las ventanas y a帽adir adem谩s un par de huellas. Creo que todos estamos de acuerdo en que habr铆a parecido un crimen sospechosamente conveniente bajo esas circunstancias, pero, aunque el abogado hubiese hablado, nunca habr铆a podido probarse nada.
—Lord Hull lo estrope贸 todo al gritar —dije—, al igual que todas las cosas que hab铆a estropeado durante su vida. Toda la casa reaccion贸. Jory, seguramente presa del p谩nico, debi贸 quedarse quieto como un pasmarote.
»Stephen Hull fue quien salv贸 el d铆a, claro, o al menos la coartada de Jory, seg煤n la cual estaba sentado en el banco bajo las escaleras cuando su padre fue asesinado. Corri贸 hacia el vest铆bulo desde la sala de m煤sica, derrib贸 la puerta y debi贸 susurrar a Jory que le acompa帽ara al escritorio enseguida; as铆 parecer铆a que hab铆an entrado jun…
Enmudec铆 como golpeado por un rayo. Por fin comprend铆a las miradas que hab铆an intercambiado Holmes y Lestrade. Comprend铆 que deb铆an haberse dado cuenta, desde el momento en que les mostr茅 el truco del escondrijo, de que no pod铆a haberlo hecho una sola persona. El crimen s铆, pero el resto…
—Stephen testific贸 que Jory y 茅l se encontraron ante la puerta del estudio —dije lentamente—. Que 茅l derrib贸 la puerta y que entraron juntos, descubriendo los dos el cuerpo a la vez. Minti贸. Pudo haberlo hecho para proteger a su hermano, pero mentir tan bien cuando uno no sabe lo que ha pasado parece… parece…
—Imposible —apunt贸 Holmes—, es la palabra que busca, Watson.
—Entonces Jory y Stephen eran c贸mplices desde el principio —dije—. Lo planearon juntos… ¡Y a ojos de la ley ambos son culpables del asesinato de su padre! ¡Dios m铆o!
—No ambos, mi querido Watson —dijo Holmes con un curioso tono de amabilidad—. Todos ellos.
No pude hacer otra cosa que quedarme con la boca abierta.
Mi amigo asinti贸.
—Hoy est谩 mostrando una perspicacia notable, Watson. Por una vez en su vida arde con un calor deductivo que, apostar铆a, no volver谩 a generar nunca. Me descubro ante usted, mi querido amigo, como lo hago ante cualquier hombre capaz de trascender su habitual naturaleza, sin importar lo brevemente que lo haga. Pero hay un aspecto en el que ha continuado siendo el mismo hombre que siempre ha sido: aunque comprende lo buena que puede llegar a ser la gente, no tiene ni idea de lo negra que puede llegar a ser.
Le mir茅 en silencio, casi con humildad.
—Y no es que aqu铆 haya mucha negrura, si la mitad de lo que he o铆do sobre lord Hull es cierto —dijo Holmes. Se levant贸 y empez贸 a dar vueltas por el estudio, irritado—. ¿Qui茅n testificar谩 que Jory estaba con Stephen cuando derrib贸 la puerta? Jory, por supuesto. Stephen, por supuesto. Pero tambi茅n tenemos a los otros dos. Uno es William, el tercer hermano. ¿Me equivoco, Lestrade?
—No. Dijo que estaba bajando las escaleras cuando vio entrar a los otros dos juntos. Jory iba delante.
—¡Qu茅 interesante! —dijo Holmes con ojos brillantes—. Stephen derriba la puerta (cosa muy l贸gica, ya que es el m谩s joven y fuerte), y uno esperar铆a que el simple impulso hacia delante le hubiera hecho entrar primero en la habitaci贸n. Pero William, bajando las escaleras, ve a Jory entrar primero. ¿C贸mo es eso, Watson?
Solo pude negar torpemente con la cabeza.
—Preg煤ntese en qu茅 testimonio, en qu茅 煤nico testimonio, podemos confiar aqu铆. La respuesta est谩 en el cuarto testigo, el ayudante de c谩mara de lord Hull, Oliver Stanley. Se acerc贸 a la barandilla de la galer铆a a tiempo de ver a Stephen entrar en la habitaci贸n, y eso es correcto, ya que Stephen estaba solo cuando entr贸. Fue William, con mejor 谩ngulo de visi贸n desde las escaleras, quien dijo ver a Jory precediendo a Stephen. William dijo eso porque vio a Stanley y supo lo que deb铆a decir. Todo se reduce a lo siguiente, Watson: sabemos que Jory estaba dentro de la habitaci贸n. Dado que los dos hermanos testifican que estaba fuera, hay, como m铆nimo, connivencia. Pero, como usted ha dicho, la ausencia de confusi贸n, la forma en que todos se apoyaron tan eficazmente, sugiere algo m谩s.
—Una conspiraci贸n —dije est煤pidamente.
—S铆. Pero desgraciadamente para los Hull, eso no es todo. ¿Se acuerda de que le pregunt茅 si cre铆a que los cuatro se limitaron a salir del sal贸n en cuatro direcciones diferentes, sin decir palabra, en el momento que oyeron cerrarse la puerta del estudio?
—S铆. Lo recuerdo.
—Los cuatro. —Mir贸 a Lestrade—. Los cuatro testificaron que fueron los cuatro, ¿verdad?
—S铆.
—Eso incluye a lady Hull. Y sabemos que Jory debi贸 salir corriendo en el momento en que su padre dej贸 la habitaci贸n. Sabemos que estaba en el estudio cuando se cerr贸 la puerta y, aun as铆, los cuatro, incluyendo a Lady Hull, afirman que segu铆an en el sal贸n cuando oyeron cerrarse la puerta. Muy bien pudieron ser cuatro las manos que empu帽aron esa daga, Watson. El asesinato de lord Hull fue un asunto de familia.
Yo estaba demasiado abrumado para decir nada. Mir茅 a Lestrade y vi en su cara una mirada que no le hab铆a visto nunca y que no volver铆a a verle; una especie de seriedad enferma y cansada.
—¿Qu茅 pueden esperar? —dijo Holmes, casi genial.
—Jory ser谩 ahorcado con toda seguridad —dijo Lestrade—. Stephen tendr谩 c谩rcel de por vida. Quiz谩 perdonen la vida a William Hull, pero probablemente los condenar谩n a veinte a帽os en Broadmoor, y siendo tan d茅bil, casi seguro que morir谩 torturado por sus compa帽eros. La 煤nica diferencia entre lo que le espera a Jory y lo que le espera a William es que el fin de Jory ser谩 mucho m谩s r谩pido y piadoso.
Holmes se inclin贸 y pas贸 el dedo por el lienzo colocado entre las patas de la mesa caf茅. Hizo ese sonido ronco de ronroneo.
—Lady Hull —continu贸 Lestrade—, ir谩 durante cinco a帽os a Beechwood Manor, conocida por sus inquilinas como el Palacio de las carteristas… Pero, conociendo a la se帽ora, me inclino a sospechar que encontrar谩 otra salida. Yo dir铆a que su venerable marido.
—Y todo porque Jory Hull no le apu帽al贸 con limpieza —remarc贸 Holmes suspirando—. Si el anciano hubiera tenido la simple decencia de morir en silencio, todo habr铆a salido bien. Como dijo Watson, habr铆a salido por la ventana, llev谩ndose el cuadro consigo, por supuesto… por no mencionar las sombras postizas. En vez de eso, despert贸 a la casa. Todos los sirvientes entraron aqu铆, lanzando apenadas exclamaciones sobre su se帽or muerto. La familia sumida en la confusi贸n. ¡Qu茅 mala ha sido su suerte, Lestrade! ¿Estaba muy lejos el agente de polic铆a cuando Stanley le llam贸? A menos de cincuenta yardas, supongo.
—Estaba haciendo su ronda —dijo Lestrade—. Su suerte fue mala. Pasaba por aqu铆, oy贸 el grito y vino.
—Holmes —dije, sinti茅ndome mucho m谩s c贸modo en mi viejo papel—, ¿c贸mo supo que hab铆a cerca un agente de polic铆a?
—Es la misma simplicidad, Watson. De no ser as铆, la familia habr铆a alejado a los sirvientes lo bastante como para esconder el lienzo y las sombras.
—Y para quitarle el cerrojo a una ventana como m铆nimo, supongo —a帽adi贸 Lestrade con una voz anormalmente reposada.
—Pudieron haberse llevado el lienzo y las sombras —dije de pronto.
Holmes se volvi贸 hacia m铆.
—S铆.
Lestrade enarc贸 las cejas.
—Todo se reduc铆a a una elecci贸n —le dije—. Hab铆a tiempo suficiente para quemar el Nuevo Testamento o para deshacerse del escondite port谩til… Debieron decidirlo Stephen y Jory, claro, momentos despu茅s de que Stephen derribara la puerta. Decidieron o, si ha captado bien el car谩cter de todos los personajes, Stephen decidi贸 quemar el testamento y esperar lo mejor. Supongo que tuvieron el tiempo justo de meterlo en la estufa.
Lestrade se volvi贸, la mir贸 y volvi贸 a enfrentarse con nosotros.
—S贸lo un hombre de coraz贸n tan negro como Hull habr铆a tenido fuerzas suficientes para gritar al final —dijo.
—Solo un hombre de coraz贸n tan negro como Hull habr铆a hecho que un hijo lo matara —a帽adi贸 Holmes.
Lestrade y 茅l se miraron, y otra vez volvi贸 a existir entre ellos una comunicaci贸n perfecta que yo no comprend铆.
—¿Alguna vez lo ha hecho? —pregunt贸 Holmes, como retomando una vieja conversaci贸n.
Lestrade mene贸 la cabeza.
—Una vez estuve condenadamente cerca —dijo—. Hab铆a una muchacha implicada que no ten铆a la culpa en absoluto. Estuve a punto, pero… Esa fue una.
—Y estas son cuatro —dijo Holmes—. Cuatro personas maltratadas por un hombre malvado que, de todos modos, habr铆a muerto dentro de seis meses.
Ahora lo comprend铆a.
Holmes clav贸 en m铆 sus ojos grises.
—¿Qu茅 dice, Lestrade? Watson ha resuelto este caso, aunque no viera todas sus implicaciones. ¿Dejamos que Watson decida?
Muy bien —dijo Lestrade, gru帽贸n—. Pero sea r谩pido. Quiero salir de esta maldita habitaci贸n.
En vez de responder, me inclin茅, recog铆 las sombras de fieltro, las enroll茅 formando una bola y me las met铆 en el bolsillo del abrigo. Me sent铆 raro haciendo eso, tanto como cuando estaba con las fiebres que casi me quitaron la vida en la India.
—¡Bravo, Watson! —dijo Holmes—. ¡Ha resuelto su primer caso y se ha convertido en c贸mplice de un crimen en el mismo d铆a!, ¡y todo antes de la hora del t茅! Y aqu铆 tengo un recuerdo para m铆, un Jory Hull original. ¡No creo que est茅 firmado, pero uno debe sentirse agradecido por todo lo que los dioses tengan a bien enviarle en los d铆as lluviosos!
Y utiliz贸 su navaja de bolsillo para soltar la goma que sujetaba el lienzo a las patas de la mesa. Lo hizo con rapidez, y menos de un minuto despu茅s se guardaba una delgada tela en el bolsillo interior de su voluminoso sobretodo.
—Todo esto es un asunto muy sucio —dijo Lestrade, pero avanz贸 hasta una de las ventanas y, tras titubear un momento, solt贸 los pestillos que la cerraban y la dej贸 entreabierta.
—Hay algunos que son m谩s sucios cuando se hacen que cuando se deshacen —coment贸 Holmes—. V谩monos.
Nos dirigimos hacia la puerta. Lestrade la abri贸. Uno de los polic铆as pregunt贸 a Lestrade si hab铆a alg煤n progreso.
En otro momento, Lestrade habr铆a dado al hombre una respuesta cortante. Esta vez se limit贸 a decir:
—Parece ser que fue un intento de robo que acab贸 en algo peor. Yo me di cuenta enseguida, por supuesto; Holmes un momento despu茅s.
—Una pena —coment贸 el otro agente.
—S铆, una pena —dijo Lestrade—. Pero el grito del anciano hizo huir al ladr贸n antes de que pudiera llevarse nada. Vamos.
Nos fuimos. La puerta del sal贸n estaba abierta, pero mantuve la cabeza erguida al pasar ante ella. Holmes mir贸, por supuesto; no hab铆a ninguna posibilidad de que no lo hiciera. Est谩 en su personalidad. En cuanto a m铆, nunca vi a nadie de la familia. Nunca quise.
Holmes volv铆a a estornudar. Su amigo se restregaba contra sus piernas, maullando encantado.
—Salgamos de aqu铆 —dijo, saliendo a toda prisa.
Una hora despu茅s est谩bamos de vuelta en el 221B de Baker Street, en las mismas posiciones que ocup谩bamos cuando lleg贸 Lestrade: Holmes en el asiento junto a la ventana, y yo en el sof谩.
—Bueno, Watson —dijo Holmes—, ¿c贸mo cree que dormir谩 esta noche?
—De maravilla. ¿Y usted?
—Del mismo modo. Le aseguro que me alegro de estar lejos de esos malditos gatos.
—¿C贸mo cree que dormir谩 Lestrade?
Holmes me mir贸 y sonri贸.
—Esta noche, mal. Puede que est茅 mal durante una semana, pero luego se recuperar谩. Entre sus talentos, Lestrade cuenta con uno muy grande para el olvido creativo.
Eso me hizo re铆r, y con ganas.
—Mire, Watson —dijo Holmes. ¡Mire qu茅 paisaje!
Me levant茅 y fui hasta la ventana, convencido de ver otra vez a Lestrade en un coche de caballos. En vez de eso, vi al sol asomando entre las nubes, ba帽ando a Londres en una gloriosa luz crepuscular.
—Sali贸 despu茅s de todo —dijo Holmes—. ¡Espl茅ndido!
Cogi贸 el viol铆n y empez贸 a tocar, con el sol d谩ndole en la cara. Mir茅 a su bar贸metro y vi que empezaba a descender. Eso me hizo re铆r con tanta fuerza que tuve que sentarme. Cuando Holmes me mir贸 y me pregunt贸 qu茅 me hac铆a tanta gracia, no pude hacer otra cosa que menear la cabeza. Un hombre extra帽o este Holmes. De todos modos, dudo que lo hubiera entendido.
FIN

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