Bola de Sebo - Guy de Maupassant - Amantes de la literatura

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2.13.2026

Bola de Sebo - Guy de Maupassant


Cuento-Bola-de-sebo-Guy-de-Maupassant

Durante muchos d铆as consecutivos pasaron por la ciudad restosdel ej茅rcito derrotado. M谩s que tropas regulares, parec铆anhordas en dispersi贸n. Los soldados llevaban las barbas crecidasy sucias, los uniformes hechos jirones, y llegaban con apariencia de cansancio,sin bandera, sin disciplina. Todos parec铆an abrumados y derrengados,incapaces de concebir una idea o de tomar una resoluci贸n; andabans贸lo por costumbre y ca铆an muertos de fatiga en cuanto separaban. Los m谩s eran movilizados, hombres pac铆ficos, muchosde los cuales no hicieron otra cosa en el mundo que disfrutar de sus rentas,y los abrumaba el peso del fusil; otros eran j贸venes voluntariosimpresionables, prontos al terror y al entusiasmo, dispuestos f谩cilmentea huir o acometer; y mezclados con ellos iban algunos veteranos aguerridos,restos de una divisi贸n destrozada en un terrible combate; artillerosde uniforme oscuro, alineados con reclutas de varias procedencias, entrelos cuales aparec铆a el brillante casco de alg煤n drag贸ntardo en el andar, que segu铆a dif铆cilmente la marcha ligerade los infantes.

Compa帽铆as de francotiradores, bautizados con ep铆tetosheroicos: Los Vengadores de la Derrota, Los Ciudadanos de la Tumba, LosCompa帽eros de la Muerte, aparec铆an a su vez con aspecto defacinerosos, capitaneados por antiguos almacenistas de pa帽os o decereales, convertidos en jefes gracias a su dinero -cuando no al tama帽ode las gu铆as de sus bigotes-, cargados de armas, de abrigos y degalones, que hablaban con voz campanuda, proyectaban planes de campa帽ay pretend铆an ser los 煤nicos cimientos, el 煤nico sost茅nde Francia agonizante, cuyo peso moral gravitaba por entero sobre sus hombrosde fanfarrones, a la vez que se mostraban temerosos de sus mismos soldados,gentes del bronce, muchos de ellos valientes, y tambi茅n forajidosy truhanes.

Por entonces se dijo que los prusianos iban a entrar en Ru谩n.

La Guardia Nacional, que desde dos meses atr谩s practicaba congran lujo de precauciones prudentes reconocimientos en los bosques vecinos,fusilando a veces a sus propios centinelas y aprest谩ndose al combatecuando un conejo hac铆a crujir la hojarasca, se retir贸 a sushogares. Las armas, los uniformes, todos los mort铆feros arreos quehasta entonces derramaron el terror sobre las carreteras nacionales, entreleguas a la redonda, desaparecieron de repente.

Los 煤ltimos soldados franceses acababan de atravesar el Senabuscando el camino de Pont-Audemer por Saint-Severt y Bourg-Achard, y sugeneral iba tras ellos entre dos de sus ayudantes, a pie, desalentado porqueno pod铆a intentar nada con jirones de un ej茅rcito deshechoy enloquecido por el terrible desastre de un pueblo acostumbrado a vencery al presente vencido, sin gloria ni desquite, a pesar de su bravura legendaria.

Una calma profunda, una terrible y silenciosa inquietud, abrumaron ala poblaci贸n. Muchos burgueses acomodados, entumecidos en el comercio,esperaban ansiosamente a los invasores, con el temor de que juzgasen armasde combate un asador y un cuchillo de cocina.

La vida se paraliz贸, se cerraron las tiendas, las calles enmudecieron.De tarde en tarde un transe煤nte, acobardado por aquel mortal silencio,al deslizarse r谩pidamente, rozaba el revoco de las fachadas.

La zozobra, la incertidumbre, hicieron al fin desear que llegase, deuna vez, el invasor.
En la tarde del d铆a que sigui贸 a la marcha de las tropasfrancesas, aparecieron algunos ulanos, sin que nadie se diese cuenta dec贸mo ni por d贸nde, y atravesaron a galope la ciudad. Luego,una masa negra se present贸 por Santa Catalina, en tanto que otrasdos oleadas de alemanes llegaba por los caminos de Darnetal y de Boisguillaume.Las vanguardias de los tres cuerpos se reunieron a una hora fija en laplaza del Ayuntamiento y por todas las calles pr贸ximas afluy贸el ej茅rcito victorioso, desplegando sus batallones, que hac铆anresonar en el empedrado el comp谩s de su paso r铆tmico y recio.

Las voces de mando, chilladas guturalmente, repercut铆an a lolargo de los edificios, que parec铆an muertos y abandonados, mientrasque detr谩s de los postigos entornados algunos ojos inquietos observabana los invasores, due帽os de la ciudad y de vidas y haciendas porderecho de conquista. Los habitantes, a oscuras en sus vivencias, sent铆anla desesperaci贸n que producen los cataclismos, los grandes trastornosasoladores de la tierra, contra los cuales toda precauci贸n y todaenerg铆a son est茅riles. La misma sensaci贸n se reproducecada vez que se altera el orden establecido, cada vez que deja de existirla seguridad personal, y todo lo que protegen las leyes de los hombreso de la naturaleza se pone a merced de una brutalidad inconsciente y feroz.Un terremoto aplastando entre los escombros de las casas a todo el vecindario;un r铆o desbordado que arrastra los cad谩veres de los campesinosahogados, junto a los bueyes y las vigas de sus viviendas, o un ej茅rcitovictorioso que acuchilla a los que se defienden, hace a los dem谩sprisioneros, saquea en nombre de las armas vencedoras y ofrenda sus precesa un dios, al comp谩s de los ca帽onazos, son otros tantos azoteshorribles que destruyen toda creencia en la eterna justicia, toda la confianzaque nos han ense帽ado a tener en la protecci贸n del cielo yen el juicio humano.

Se acercaba a cada puerta un grupo de alemanes y se alojaban en todaslas casas. Despu茅s del triunfo, la ocupaci贸n. Los vencidosse ve铆an obligados a mostrarse atentos con los vencedores.

Al cabo de algunos d铆as, y disipado ya el temor del principio,se restableci贸 la calma. En muchas casas un oficial prusiano compart铆ala mesa de una familia. Algunos, por cortes铆a o por tener sentimientosdelicados, compadec铆an a los franceses y manifestaban que les repugnabaverse obligados a tomar parte activa en la guerra. Se les agradec铆anesas demostraciones de aprecio, pensando, adem谩s, que alguna vezser铆a necesaria su protecci贸n. Con adulaciones, acaso evitar铆anel trastorno y el gasto de m谩s alojamientos. ¿A qu茅hubiera conducido herir a los poderosos, de quienes depend铆an? Fueram谩s temerario que patri贸tico. Y la temeridad no es un defectode los actuales burgueses de Ru谩n, como lo hab铆a sido enaquellos tiempos de heroicas defensas, que glorificaron y dieron lustrea la ciudad. Se razonaba -escud谩ndose para ello en la caballerosidadfrancesa- que no pod铆a juzgarse un desdoro extremar dentro de casalas atenciones, mientras en p煤blico se manifestase cada cual pocodeferente con el soldado extranjero. En la calle, como si no se conocieran;pero en casa era muy distinto, y de tal modo lo trataban, que reten铆antodas las noches a su alem谩n de tertulia junto al hogar, en familia.

La ciudad recobraba poco a poco su pl谩cido aspecto exterior.Los franceses no sal铆an con frecuencia, pero los soldados prusianostransitaban por las calles a todas horas. Al fin y al cabo, los oficialesde h煤sares azules, que arrastraban con arrogancia sus sables poraceras, no demostraban a los humildes ciudadanos mayor desprecio del queles hab铆an manifestado el a帽o anterior los oficiales de cazadoresfranceses que frecuentaban los mismos caf茅s.

Hab铆a, sin embargo, un algo especial en el ambiente; algo sutily desconocido; una atm贸sfera extra帽a e intolerable, comouna peste difundida: la peste de la invasi贸n. Esa peste saturabalas viviendas, las plazas p煤blicas, trocaba el sabor de los alimentos,produciendo la impresi贸n sentida cuando se viaja lejos del propiopa铆s, entre b谩rbaras y amenazadoras tribus.

Los vencedores exig铆an dinero, mucho dinero. Los habitantes pagabansin chistar; eran ricos. Pero cuanto m谩s opulento es el negociantenormando, m谩s le hace sufrir verse obligado a sacrificar una parte,por peque帽a que sea, de su fortuna, poni茅ndola en manos deotro.

A pesar de la sumisi贸n aparente, a dos o tres leguas de la ciudad,siguiendo el curso del r铆o hacia Croiset, Dieppedalle o Biessart,los marineros y los pescadores con frecuencia sacaban del agua el cad谩verde alg煤n alem谩n, abotagado, muerto de una cuchillada, o deun garrotazo, con la cabeza aplastada por una piedra o lanzado al aguade un empuj贸n desde oscuras venganzas, salvajes y leg铆timasrepresalias, desconocidos hero铆smos, ataques mudos, m谩s peligrososque las batallas campales y sin estruendo glorioso.

Porque los odios que inspira el invasor arman siempre los brazos dealgunos intr茅pidos, resignados a morir por una idea.

Pero como los vencedores, a pesar de haber sometido la ciudad al rigorde su disciplina inflexible, no hab铆an cometido ninguna de las brutalidadesque les atribu铆a y afirmaba su fama de crueles en el curso de sumarcha triunfal, se rehicieron los 谩nimos de los vencidos y la convenienciadel negocio rein贸 de nuevo entre los comerciantes de la regi贸n.Algunos ten铆an planteados asuntos de importancia en El Havre, ocupadotodav铆a por el ej茅rcito franc茅s, y se propusieronhacer una intentona para llegar a ese puerto, yendo en coche a Dieppe,en donde podr铆an embarcar.

Apoyados en la influencia de algunos oficiales alemanes, a los que tratabanamistosamente, obtuvieron del general un salvoconducto para el viaje.

As铆, pues, se hab铆a prevenido una espaciosa diligenciade cuatro caballos para 10 personas, previamente inscritas en el establecimientode un alquilador de coches; y se fij贸 la salida para un martes,muy temprano, con objeto de evitar la curiosidad y aglomeraci贸nde transe煤ntes.

D铆as antes, las heladas hab铆an endurecido ya la tierra,y el lunes, a eso de las tres, densos nubarrones empujados por un vientonorte descargaron una tremenda nevada que dur贸 toda la tarde y todala noche.

A eso de las cuatro y media de la madrugada, los viajeros se reunieronen el patio de la Posada Normanda, en cuyo lugar deb铆an tomar ladiligencia.

Llegaban muertos de sue帽o; y tiritaban de fr铆o, arrebujadosen sus mantas de viaje. Apenas se distingu铆an en la oscuridad, yla superposici贸n de pesados abrigos daba el aspecto, a todas aquellaspersonas, de sacerdotes barrigudos, vestidos con sus largas sotanas. Dosde los viajeros se reconocieron; otro los abord贸 y hablaron.
-Voy con mi mujer -dijo uno.
-Y yo.

El primero a帽adi贸:
-No pensamos volver a Ru谩n, y si los prusianos se acercan a ElHavre, nos embarcaremos para Inglaterra.

Los tres eran de naturaleza semejante y, sin duda, por eso ten铆anaspiraciones id茅nticas.

A煤n estaba el coche sin enganchar. Un farolito llevado por unmozo de cuadra, de cuando en cuando aparec铆a en una puerta oscura,para desaparecer inmediatamente por otra. Los caballos her铆an conlos cascos el suelo, produciendo un ruido amortiguado por la paja de suscamas, y se o铆a una voz de hombre dirigi茅ndose a las bestias,a intervalos razonable o blasfemadora. Un ligero rumor de cascabeles anunciabael manejo de los arneses, cuyo rumor se convirti贸 bien pronto enun tintineo claro y continuo, regulado por los movimientos de una bestia;cesaba de pronto, y volv铆a a producirse con un brusca sacudida,acompa帽ado por el ruido seco de las herraduras al chocar en laspiedras.

Cerrose de golpe la puerta. Ces贸 todo ruido. Los burgueses,helados, ya no hablaban; permanec铆an inm贸viles y r铆gidos.

Una espesa cortina de copos blancos se desplegaba continuamente, abrillantaday temblorosa; cubr铆a la tierra, sumergi茅ndolo todo en unaespuma helada; y s贸lo se o铆a en el profundo silencio de laciudad el roce vago, inexplicable, tenue, de la nieve al caer, sensaci贸nm谩s que ruido, encruzamiento de 谩tomos ligeros que parecenllenar el espacio, cubrir el mundo.

El hombre reapareci贸 con su linterna, tirando de un ronzalsujeto al morro de un roc铆n que le segu铆a de mala gana. Loarrim贸 a la lanza, enganch贸 los tiros, dio varias vueltasen torno, asegurando los arneses; todo lo hac铆a con una sola mano,sin dejar el farol que llevaba en la otra. Cuando iba de nuevo al establopara sacar la segunda bestia repar贸 en los inm贸viles viajeros,blanqueados ya por la nieve, y les dijo:
-¿Por qu茅 no suben al coche y estar谩n resguardadosal menos?

Sin duda no es les hab铆a ocurrido, y ante aquella invitaci贸nse precipitaron a ocupar sus asientos. Los tres maridos instalaron a susmujeres en la parte anterior y subieron; en seguida, otras formas borrosasy arropadas fueron instal谩ndose como pod铆an, sin hablarni una palabra.

En el suelo del carruaje hab铆a una buena porci贸n de paja, en la cual se hund铆an los pies. Las se帽oras que hab铆an entrado primero llevaban calor铆feros de cobre con carb贸n qu铆mico, y mientras lo preparaban, charlaron a media voz: cambiaban impresiones acerca del buen resultado de aquellos aparatos y repet铆an cosas que de puro sabidas debieron tener olvidadas.

Por fin, una vez enganchados en la diligencia seis rocines en vez decuatro, porque las dificultades aumentaban con el mal tiempo, una voz desdeel pescante pregunt贸:
-¿Han subido ya todos?
Otra contest贸 desde dentro:
-S铆; no falta ninguno.
Y el coche se puso en marcha.

Avanzaba lentamente a paso corto. Las ruedas se hund铆an en lanieve, la caja entera cruj铆a con sordos rechinamientos; los animalesresbalaban, resollaban, humeaban; y el gigantesco l谩tigo de mayoralrestallaba, sin reposo, volteaba en todos sentidos, enroll谩ndose y desenroll谩ndosecomo una delgada culebra, y azotando bruscamente la grupa de alg煤ncaballo, que se agarraba entonces mejor, gracias a un esfuerzo m谩sgrande.

La claridad aumentaba imperceptiblemente. Aquellos ligeros copos queun viajero culto, natural de Ru谩n precisamente, hab铆a comparadoa una lluvia de algod贸n, luego dejaron de caer. Un resplandor amarillentose filtraba entre los nubarrones pesados y oscuros, bajo cuya sombra resaltabam谩s la resplandeciente blancura del campo donde aparec铆a,ya una hielera de 谩rboles cubiertos de blanqu铆sima escarcha,ya una choza con una caperuza de nieve.

A la triste claridad de la aurora l铆vida los viajeros empezarona mirarse curiosamente.

Ocupando los mejores asientos de la parte anterior, dormitaban, unofrente a otro, el se帽or y la se帽ora Loiseau, almacenistasde vinos en la calle de Grand Port.

Antiguo dependiente de un vinatero, hizo fortuna continuando por sucuenta el negocio que hab铆a sido la ruina de su principal. Vendiendobarato un vino mal铆simo a los taberneros rurales, adquiri贸fama de p铆caro redomado, y era un verdadero normando rebosante deastucia y jovialidad.

Tanto como sus bribonadas, coment谩banse tambi茅n sus agudezas,no siempre ocultas, y sus bromas de todo g茅nero; nadie pod铆areferirse a 茅l sin a帽adir como un estribillo necesario: “EseLoiseau es insustituible”.

De poca estatura, realzaba con una barriga hinchada como un globo lapeque帽ez de su cuerpo, al que serv铆a de remate una faz arreboladaentre dos patillas canosas.

Alta, robusta, decidida, con mucha entereza en la voz y seguridad ensus juicios, su mujer era el orden, el c谩lculo aritm茅ticode los negocios de la casa, mientras que Loiseau atra铆a con su actividadbulliciosa.

Junto a ellos iban sentados en la diligencia, muy dignos, como v谩stagosde una casta elegida, el se帽or Carr茅-Lamandon y su esposa.Era el se帽or Carr茅-Lamadon un hombre acaudalado, enriquecidoen la industria algodonera, due帽o de tres f谩bricas, caballerode la Legi贸n de Honor y diputado provincial. Se mantuvo siemprecontrario al Imperio, y capitaneaba un grupo de oposici贸n tolerante,sin m谩s objeto que hacerse valer sus condescendencias cerca delGobierno, al cual hab铆a combatido siempre “con armas corteses”,que as铆 calificaba 茅l mismo su pol铆tica. La se帽oraCarr茅-Lamadon, mucho m谩s joven que su marido, era el consuelode los militares distinguidos, mozos y arrogantes, que iban de guarnici贸na Ru谩n.

Sentada junto a la se帽ora de Loiseau, menuda, bonita, envueltaen su abrigo de pieles, contemplaba con los ojos lastimosos el lamentableinterior de la diligencia.

Inmediatamente a ellos se hallaban instalados el conde y la condesaHurbert de Breville, descendientes de uno de los m谩s nobles y antiguoslinajes de Normand铆a. El conde, viejo arist贸crata, de gallardocontinente, hac铆a lo posible para exagerar, con los artificios desu tocado, su natural semejanza con el rey Enrique IV, el cual, seg煤nuna leyenda gloriosa de la familia, goz贸, d谩ndole fruto debendici贸n, a una se帽ora de Breville, cuyo marido fue, poresta honra singular, nombrado conde y gobernador de provincia.

Colega del se帽or de Carr茅-Lamadon en la Diputaci贸nprovincial, representaba en el departamento al partido orleanista. Su enlacecon la hija de un humilde consignatario de Nantes fue incomprensible, ycontinuaba pareciendo misterioso. Pero como la condesa luci贸 desdeun principio aristocr谩ticas maneras, recibiendo en su casa con unadistinci贸n que se hizo proverbial, y hasta dio que decir sobre siestuvo en relaciones amorosas con un hijo de Luis Felipe, agasaj谩ronlamucho las damas de m谩s noble alcurnia; sus reuniones fueron lasm谩s brillantes y encopetadas, las 煤nicas donde se conservarontradiciones de rancia etiqueta, y en las cuales era dif铆cil seradmitido.

Las posesiones de los Brevilles produc铆an -al decir de las gentes-unos 500,000 francos de renta.

Por una casualidad imprevista, las se帽oras de aquellos tres caballerosacaudalados, representantes de la sociedad serena y fuerte, personas distinguidasy sensatas, que veneran la religi贸n y los principios, se hallabanjuntas a un mismo lado, cuyos otros asientos ocupaban dos monjas, que sincesar hac铆an correr entre sus dedos las cuentas de los rosarios,desgranando padrenuestros y avemar铆as. Una era vieja, con el rostrodescarnado, carcomido por la viruela, como si hubiera recibido en plenafaz una perdigonada. La otra, muy endeble, inclinaba sobre su pecho de t铆sicauna cabeza primorosa y febril, consumida por la fe devoradora de los m谩rtiresy de los iluminados.

Frente a las monjas, un hombre y una mujer atra铆an todas lasmiradas.

El hombre, muy conocido en todas partes, era Cornudet, fiero dem贸cratay terror de las gentes respetables. Hac铆a 20 a帽os que salpicabasu barba rubia con la cerveza de todos los caf茅s populares. Hab铆aderrochado en francachelas una regular fortuna que le dej贸 su padre,antiguo confitero, y aguardaba con impaciencia el triunfo de la Rep煤blica,para obtener al fin el puesto merecido por los innumerables tragos quele impusieron sus ideas revolucionarias. El d铆a 4 de septiembre,al caer el Gobierno, a causa de un error -o de una broma dispuesta intencionalmente-,se crey贸 nombrado prefecto; pero al ir a tomar posesi贸n delcargo, los ordenanzas de la Prefectura, 煤nicos empleados que all铆quedaban, se negaron a reconocer su autoridad, y eso le contrari贸hasta el punto de renunciar para siempre a sus ambiciones pol铆ticas.Buenazo, inofensivo y servicial, hab铆a organizado la defensa conardor incomparable, haciendo abrir zanjas en las llanuras, talando lasarboledas pr贸ximas, poniendo cepos en todos los caminos; y al aproximarselos invasores, orgulloso de su obra, se retir贸 m谩s que apaso hacia la ciudad. Luego, sin duda supuso que su presencia ser铆am谩s provechosa en El Havre, necesitado tal vez de nuevos atrincheramientos.

La mujer que iba a su lado era una de las que llaman galantes, famosapor su abultamiento prematuro, que le vali贸 el sobrenombre de Bolade Sebo; de menos que mediana estatura, mantecosa, con las manos abotagadasy los dedos estrangulados en las falanges -como rosarios de salchichasgordas y enanas-, con una piel suave y lustrosa, con un pecho enorme, rebosante,de tal modo complac铆a su frescura, que muchos la deseaban porqueles parec铆a su carne apetitosa. Su rostro era como manzanita colorada,como un capullo de amapola en el momento de reventar; eran sus ojos negros,magn铆ficos, velados por grandes pesta帽as, y su boca provocativa,peque帽a, h煤meda, palpitante de besos, con unos dientecitosapretados, resplandecientes de blancura.

Pose铆a tambi茅n -a juicio de algunos- ciertas cualidadesmuy estimadas.

En cuanto la reconocieron las se帽oras que iban en la diligencia,comenzaron a murmurar; y las frases “verg眉enza p煤blica”, “mujerprostituida”, fueron pronunciadas con tal descaro, que le hicieron levantarla cabeza. Fij贸 en sus compa帽eros de viaje una mirada, tanprovocadora y arrogante que impuso de pronto silencio; y todos bajaronla vista excepto Loiseau, en cuyos ojos asomaba m谩s deseo reprimidoque disgusto exaltado.

Pronto la conversaci贸n se reh铆zo entre las tres damas,cuya rec铆proca simpat铆a se aumentaba por instantes con lapresencia de la moza, convirti茅ndose casi en intimidad. Cre铆anseobligadas a estrecharse, a protegerse, a reunir su honradez de mujereslegales contra la vendedora de amor, contra la desvergonzada que ofrec铆asus atractivos a cambio de alg煤n dinero; porque el amor legal acostumbraponerse muy fosco y malhumorado en presencia de una semejante libre.

Tambi茅n los tres hombres, agrupados por sus instintos conservadores,en oposici贸n a las ideas de Cornudet, hablaban de intereses conalardes fatuos y desde帽osos, ofensivos para los pobres. El condeHubert hac铆a relaci贸n de las p茅rdidas que le ocasionabanlos prusianos, las que sumar铆an las reses robadas y las cosechasabandonadas, con altivez de se帽or贸n diez veces millonario,en cuya fortuna tantos desastres no lograban hacer mella. El se帽orCarr茅-Lamadon, precavido industrial, se hab铆a curado en salud,enviando a Inglaterra 600,000 francos, una bicoca de que pod铆a disponeren cualquier instante. Y Loiseau dejaba ya vendido a la Intendencia delej茅rcito franc茅s todo el vino de sus bodegas, de manera quele deb铆a el Estado una suma de importancia, que har铆a efectivaen El Havre.

Se miraban los tres con benevolencia y agrado; aun cuando su cualidadera muy distinta, los hermanaba el dinero, porque pertenec铆an lostres a la francmasoner铆a de los pudientes que hacen sonar el oroal meter las manos en los bolsillos del pantal贸n.

El coche avanzaba tan lentamente, que a las 10 de la ma帽ana nohab铆a recorrido a煤n cuatro leguas. Se hab铆an apeadovarias veces los hombres para subir, haciendo ejercicio, algunas lomas.Comenzaron a intranquilizarse, porque salieron con la idea de almorzaren Totes, y no era ya posible que llegaran hasta el anochecer. Mirabana lo lejos con ansia de adivinar una posada en la carretera, cuando elcoche se atasc贸 en la nieve y estuvieron dos horas detenidos.

Al aumentar el hambre, perturbaba las inteligencias; nadie pod铆asocorrerlos, porque la temida invasi贸n de los prusianos y el pasodel ej茅rcito franc茅s hab铆an hecho imposibles todaslas industrias.

Los caballeros corr铆an en busca de provisiones de cortijo, acerc谩ndosea todos los que ve铆an pr贸ximos a la carretera; pero no pudieronconseguir ni un pedazo de pan, absolutamente nada, porque los campesinos,desconfiados y ladinos, ocultaban sus provisiones, temerosos de que alpasar el ej茅rcito franc茅s, falto de v铆veres, cogieracuanto encontrara.

Era poco m谩s de la una cuando Loiseau anunci贸 que sent铆aun gran vac铆o en el est贸mago. A todos los dem谩s lesocurr铆a otro tanto, y la invencible necesidad, manifest谩ndosea cada instante con m谩s fuerza, hizo languidecer horriblemente lasconversaciones, imponiendo, al fin, un silencio absoluto.

De cuando en cuando alguien bostezaba; otro le segu铆a inmediatamente,y todos, cada uno conforme a su calidad, su car谩cter, su educaci贸n,abr铆a la boca, escandalosa o disimuladamente, cubriendo con la manolas fauces ansiosas, que desped铆an un aliento de angustia.

Bola de Sebo se inclin贸 varias veces como si buscase alguna cosadebajo de sus faldas. Vacilaba un momento, contemplando a sus compa帽erosde viaje; luego, se ergu铆a tranquilamente. Los rostros palidec铆any se crispaban por instantes. Loiseau aseguraba que pagar铆a 1,000francos por un jamoncito. Su esposa dio un respingo en se帽al deprotesta, pero al punto se calm贸: para la se帽ora era un martiriola sola idea de un derroche, y no comprend铆a que ni en broma sedijeran semejantes atrocidades.
-La verdad es que me siento desmayado -advirti贸 el conde-. ¿C贸moes posible que no se me ocurriera traer provisiones?

Todos reflexionaban de un modo an谩logo.

Cornudet llevaba un frasquito de ron. Lo ofreci贸, y rehusaronsecamente. Pero Loiseau, menos aparatoso, se decidi贸 a beber unasgotas, y al devolver el frasquito, agradeci贸 el obsequio con estaspalabras:
-Al fin y al cabo, calienta el est贸mago y distrae un poco elhambre.

Reanimose y propuso alegremente que, ante la necesidad apremiante,deb铆an, como los n谩ufragos de la vieja canci贸n, comerseal m谩s gordo. Esta broma, en que se alud铆a muy directamentea Bola de Sebo, pareci贸 de mal gusto a los viajeros bien educados.Nadie la tom贸 en cuenta, y solamente Cornudet sonre铆a. Lasdos monjas acabaron de mascullar oraciones, y con las manos hundidas ensus anchurosas mangas, permanec铆an inm贸viles, bajaban losojos obstinadamente y sin duda ofrec铆an al Cielo el sufrimientoque les enviaba.

Por fin, a las tres de la tarde, mientras la diligencia atravesaba llanurasinterminables y solitarias, lejos de todo poblado, Bola de Sebo se inclin贸,resueltamente, para sacar de debajo del asiento una cesta.

Tom贸 primero un plato de fina loza; luego, un vasito de plata,y despu茅s, una fiambrera donde hab铆a dos pollos asados, yaen trozos, y cubiertos de gelatina; a煤n dej贸 en la cestaotros manjares y golosinas, todo ello apetitoso y envuelto cuidadosamente:pasteles, queso, frutas, las provisiones dispuestas para un viaje de tresd铆as, con objeto de no comer en las posadas. Cuatro botellas asomabanel cuello entre los paquetes.

Bola de Sebo cogi贸 un ala de pollo y se puso a comerla, con muchapulcritud, sobre medio panecillo de los que llaman regencias en Normand铆a.

El perfume de las viandas estimulaba el apetito de los otros y agravabala situaci贸n, produci茅ndoles abundante saliva y contrayendosus mand铆bulas dolorosamente. Ray贸 en ferocidad el desprecioque a las viajeras inspiraba la moza; la hubieran asesinado, la hubieranarrojado por una ventanilla con su cubierto, su vaso de plata y su cestay provisiones.

Pero Loiseau devoraba con los ojos la fiambrera de los pollos. Y dijo:
-La se帽ora fue m谩s precavida que nosotros. Hay gentesque no descuidan jam谩s ning煤n detalle.

Bola de sebo hizo un ofrecimiento amable:
-¿Usted gusta? ¿Le apetece algo, caballero? Es penosopasar todo un d铆a sin comer.

Loiseau hizo una reverencia de hombre agradecido:
-Francamente, acepto; el hambre obliga mucho. La guerra es la guerra.¿No es cierto, se帽ora?

Y lanzando en torno una mirada, prosigui贸:
-En momentos dif铆ciles como el presente, consuela encontrar almasgenerosas.

Llevaba en el bolsillo un peri贸dico y lo extendi贸 sobresus muslos para no mancharse los pantalones; con la punta de un cortaplumaspinch贸 una pata de pollo muy lustrosa, recubierta de gelatina.Le dio un bocado, y comenz贸 a comer tan complacido que aument贸con su alegr铆a la desventura de los dem谩s, que no pudieronreprimir un suspiro angustioso.

Con palabras cari帽osas y humildes, Bola de Sebo propuso a lasmonjitas que tomaran alg煤n alimento. Las dos aceptaron sin hacerserogar; y con los ojos bajos, se pusieron a comer de prisa, despu茅sde pronunciar a media voz una frase de cortes铆a. Tampoco se mostr贸esquivo Cornudet a las insinuaciones de la moza, y con ella y las monjitas,teniendo un peri贸dico sobre las rodillas de los cuatro, formaron,en la parte posterior del coche, una especie de mesa donde servirse.

Las mand铆bulas trabajaban sin descanso; abr铆anse y cerr谩banselas bocas hambrientas y feroces. Loiseau, en un rinconcito, se despachabamuy a su gusto, queriendo convencer a su esposa para que se decidiera aimitarle. Resist铆ase la se帽ora; pero, al fin, v铆ctimade un estremecimiento doloroso con floreos ret贸ricos, pidiolepermiso a “su encantadora compa帽era de viaje” para servir a la damauna tajadita.

Bola de Sebo se apresur贸 a decir:
-Cuanto usted guste.
Y sonri茅ndole con amabilidad, le alarg贸 la fiambrera.

Al destaparse la primera botella de burdeos, se present贸 un conflicto.S贸lo hab铆a un vaso de plata. Se lo iban pasando uno al otro,despu茅s de restregar el borde con una servilleta. Cornudet, porgalanter铆a, sin duda, quiso aplicar sus labios donde los hab铆apuesto la moza.

Envueltos por la satisfacci贸n ajena, y sumidos en la propia necesidad,ahogados por las emanaciones provocadoras y excitantes de la comida, elconde y la condesa de Breville y el se帽or y la se帽ora deCarr茅-Landon padecieron el suplicio espantoso que ha inmortalizadoel nombre de T谩ntalo. De pronto, la mon铆sima esposa del fabricantelanz贸 un suspiro que atrajo todas las miradas, su rostro estabap谩lido, compitiendo en blancura con la nieve que sin cesar ca铆a;se cerraron sus ojos, y su cuerpo languideci贸; desmayose.Muy emocionado, el marido imploraba un socorro que los dem谩s, aturdidosa su vez, no sab铆an c贸mo procurarle, hasta que la mayor delas monjitas, apoyando la cabeza de la se帽ora sobre su hombro, aplic贸a sus labios el vaso de plata lleno de vino. La enferma se repuso; abri贸los ojos, volvieron sus mejillas a colorearse y dijo, sonriente, que sehallaba mejor que nunca; pero lo dijo con la voz desfallecida. Entoncesla monjita, insistiendo para que agotara el burdeos que hab铆a enel vaso, advirti贸:
-Es hambre, se帽ora; es hambre lo que tiene usted.

Bola de Sebo, desconcertada, ruborosa, dirigi茅ndose a los cuatroviajeros que no com铆an, balbuci贸:
-Yo les ofrecer铆a con mucho gusto…

Pero se interrumpi贸, temerosa de ofender con sus palabras lasusceptibilidad exquisita de aquellas nobles personas; Loiseau complet贸la invitaci贸n a su manera, librando de apuro a todos:

-¡Eh! ¡Caracoles! Hay que amoldarse a las circunstancias.¿No somos hermanos todos los hombres, hijos de Ad谩n, criaturasde Dios? Basta de cumplidos, y a remediarse caritativamente. Acaso no encontramosni un refugio para dormir esta noche. Al paso que vamos, ya ser谩ma帽ana muy entrado el d铆a cuando lleguemos a Totes.

Los cuatro dudaban, silenciosos, no queriendo asumir ninguno la responsabilidadque sobre un “s铆” pesar铆a.

El conde transigi贸, por fin, y dijo a la t铆mida moza,dando a sus palabras un tono solemne:
-Aceptamos, agradecidos a su mucha cortes铆a.

Lo dif铆cil era el primer envite. Una vez pasado el Rubic贸n,todo fue como un guante. Vaciaron la cesta. Comieron, adem谩s delos pollos, un tarro de pat茅, una empanada, un pedazo de lengua,frutas, dulces, pepinillos y cebollitas en vinagre.

Imposible devorar las viandas y no mostrarse atentos. Era inevitableuna conversaci贸n general en que la moza pudiese intervenir; al principioles violentaba un poco, pero Bola de Sebo, muy discreta, los condujo insensiblementea una confianza que hizo desvanecer todas las prevenciones. Las se帽orasde Breville y de Carr茅-Lamadon, que ten铆an un trato muy exquisito,se mostraron afectuosas y delicadas. Principalmente la condesa luci贸esa dulzura suave de gran se帽ora que a todo puede arriesgarse, porqueno hay en el mundo miseria que lograra manchar el rancio lustre de su alcurnia.Estuvo deliciosa. En cambio, la se帽ora Loiseau, que ten铆aun alma de gendarme, no quiso doblegarse: hablaba poco y com铆a mucho.

Trataron de la guerra, naturalmente. Adujeron infamias de los prusianosy heroicidades realizadas por los franceses: todas aquellas personas quehu铆an del peligro alababan el valor.

Arrastrada por las historias que unos y otros refer铆an, la mozacont贸, emocionada y humilde, los motivos que la obligaban a marcharsede Ru谩n:
-Al principio cre铆 que me ser铆a f谩cil permaneceren la ciudad vencida, ocupada por el enemigo. Hab铆a en mi casa muchasprovisiones y supuse m谩s c贸modo mantener a unos cuantos alemanesque abandonar mi patria. Pero cuando los vi, no pude contenerme; su presenciame alter贸: me descompuse y llor茅 de verg眉enza todo eld铆a. ¡Oh! ¡Quisiera ser hombre para vengarme! D茅bilmujer, con l谩grimas en los ojos los ve铆a pasar, ve铆asus corpachones de cerdo y sus puntiagudos cascos, y mi criada tuvo quesujetarme para que no les tirase a la cabeza los tiestos de los balcones.Despu茅s fueron alojados, y al ver en mi casa, junto a m铆aquella gentuza, ya no pude contenerme y me arroj茅 al cuello deuno para estrangularlo. ¡No son m谩s duros que los otros, no!¡Se hund铆an bien mis dedos en su garganta! Y lo hubiera matadosi entre todos no me lo quitan. Ignoro c贸mo pude salvarme. Unosvecinos me ocultaron, y al fin me dijeron que pod铆a irme a El Havre… As铆vengo.

La felicitaron; aquel patriotismo que ninguno de los viajeros fue capazde sentir agigantaba, sin embargo, la figura de la moza, y Cornudet sonre铆a,con una sonrisa complaciente y protectora de ap贸stol; as铆oye un sacerdote a un penitente alabar a Dios; porque los revolucionariosbarbudos monopolizan el patriotismo como los cl茅rigos monopolizanla religi贸n. Luego habl贸 doctrinalmente, con 茅nfasisaprendido en las proclamas que a diario pone alguno en cada esquina, yremat贸 su discurso con p谩rrafo magistral.

Bola de Sebo se exalt贸, y le contradijo; no, no pensaba como茅l; era bonapartista, y su indignaci贸n arrebolaba su rostrocuando balbuc铆a:
-¡Yo hubiera querido verlos a todos ustedes en su lugar! ¡Aver qu茅 hubieran hecho! ¡Ustedes tienen la culpa! ¡Elemperador es su v铆ctima! Con un gobierno de gandules como ustedes,¡dar铆a gusto vivir! ¡Pobre Francia!

Cornudet, impasible, sonre铆a desde帽osamente; pero el asuntotomaba ya un cariz alarmante cuando el conde intervino, esforz谩ndosepor calmar a la moza exasperada. Lo consigui贸 a duras penas y proclam贸,en frases corteses, que son respetables todas las opiniones.

Entre tanto, la condesa y la esposa del industrial, que profesaban ala Rep煤blica el odio implacable de las gentes distinguidas y reverenciabancon instinto femenil a todos los gobiernos altivos y desp贸ticos,involuntariamente sent铆anse atra铆das hacia la prostituta,cuyas opiniones eran semejantes a las m谩s prudentes y encopetadas.

Se hab铆a vaciado la cesta. Repartida entre 10 personas, aun pareci贸escasez su abundancia, y casi todas lamentaron prudentemente que no hubieram谩s. La conversaci贸n prosegu铆a, menos animada desdeque no hubo nada que engullir.

Cerraba la noche. La oscuridad era cada vez m谩s densa, y el fr铆o,punzante, penetraba y estremec铆a el cuerpo de Bola de Sebo, a pesarde su gordura. La se帽ora condesa de Breville le ofreci贸 surejilla, cuyo carb贸n qu铆mico hab铆a sido renovado yavarias veces, y la moza se lo agradeci贸 mucho, porque ten铆alos pies helados. Las se帽oras Carr茅-Lamdon y Loiseau corrieronlas suyas hasta los pies de las monjas.

El mayoral hab铆a encendido los faroles, que alumbraban con vivoresplandor las ancas de los jamelgos, y a uno y otro lado la nieve delcamino parec铆a desenrollarse bajo los reflejos temblorosos.

En el interior del coche nada se ve铆a; pero de pronto se pudonotar un manoteo entre Bola de Sebo y Cornudet; Loiseau, que disfrutabade una vista penetrante, crey贸 advertir que el hombre barbudo apartabar谩pidamente la cabeza para evitar el castigo de un pu帽o cerradoy certero.

En el camino aparecieron unos puntos luminosos. Llegaban a Totes, porfin. Despu茅s de 14 horas de viaje, la diligencia se detuvo frentea la posada del Comercio.

Abrieron la portezuela y algo terrible hizo estremecer a los viajeros:eran los tropezones de la vaina de un sable cencerreando contra las losas.Al punto se oyeron unas palabras dichas por el alem谩n.

La diligencia se hab铆a parado y nadie se apeaba, como si temieranque los acuchillasen al salir. Se acerc贸 a la portezuela el mayoralcon un farol en la mano, y alzando el farol, alumbr贸 s煤bitamentelas dos hileras de rostros p谩lidos, cuyas bocas abiertas y cuyosojos turbios denotaban sorpresa y espanto. Junto al mayoral, recibiendotambi茅n el chorro de luz, aparec铆a un oficial prusiano, joven,excesivamente delgado y rubio, con el uniforme ajustado como un cors茅,ladeada la gorra de plato que le daba el aspecto recadero de fonda inglesa.Muy largas y tiesas las gu铆as del bigote -que disminu铆anindefinidamente hasta rematar en un solo pelo rubio, tan delgado que noera f谩cil ver d贸nde terminaba-, parec铆an tener lasmejillas tirantes con su peso, violentando tambi茅n las cisuras dela boca.

En franc茅s-alsaciano indic贸 a los viajeros que se apearan.

Las dos monjitas, humildemente, obedecieron las primeras con una santadocilidad propia de las personas acostumbradas a la sumisi贸n. Luego,el conde y la condesa; en seguida, el fabricante y su esposa. Loiseau hizopasar delante a su cara mitad, y al poner los pies en tierra, dijo al oficial:

-Buenas noches, caballero.
El prusiano, insolente como todos los poderosos, no se dign贸contestar.

Bola de Sebo y Cornudet, aun cuando se hallaban m谩s pr贸ximosa la portezuela que todos los dem谩s, se apearon los 煤ltimos,erguidos y altaneros en presencia del enemigo. La moza trataba de contenersey mostrarse tranquila; el revolucionario se resobaba la barba rubicundacon mano inquieta y algo temblona. Los dos quer铆an mostrarse dignos,imaginando que representaba cada cual su patria en situaciones tan desagradables;y de modo semejante, fustigados por la frivolidad acomodaticia de sus compa帽eros,la moza estuvo m谩s altiva que las mujeres honradas, y el otro, decididoa dar ejemplo, reflejaba en su actitud la misi贸n de ind贸mitaresistencia que ya luci贸 al abrir zanjas, talar bosques y minarcaminos.

Entraron en la espaciosa cocina de la posada, y el prusiano, despu茅sde pedir el salvoconducto firmado por el general en jefe, donde constabanlos nombres de todos los viajeros y se detallaba su profesi贸n yestado, lo examin贸 detenidamente, comparando las personas con lasreferencias escritas.

Luego dijo, en tono brusco:
-Est谩 bien.

Y se retir贸.

Respiraron todos. A煤n ten铆an hambre y pidieron de cenar.Tardar铆an media hora en poder sentarse a la mesa, y mientras lascriadas hac铆an los preparativos, los viajeros curioseaban las habitacionesque les destinaban. Abr铆an sus puertas a un largo pasillo, al extremodel cual una mampara de cristales raspados luc铆a un expresivo n煤mero.

Iban a sentarse a la mesa cuando se present贸 el posadero. Eraun antiguo chal谩n asm谩tico y obeso que padec铆a constantesahogos, con resoplidos, ronqueras y estertores. De su padre hab铆aheredado el nombre de Follenvie.

Al entrar hizo esta pregunta:
-¿La se帽orita Isabel Rousset?
Bola de Sebo, sobresalt谩ndose, dijo:
-¿Qu茅 ocurre?
-Se帽orita, el oficial prusiano quiere hablar con usted ahoramismo.
-¿Para qu茅?
-Lo ignoro, pero quiere hablarle.
-Es posible. Yo, en cambio, no quiero hablar con 茅l.

Hubo un momento de preocupaci贸n; todos pretend铆an adivinarel motivo de aquella orden. El conde se acerc贸 a la moza:

-Se帽orita, es necesario reprimir ciertos 铆mpetus. Unaintemperancia por parte de usted podr铆a originar trastornos graves.No se debe nunca resistir a quien puede aplastarnos. La entrevista no revestir谩importancia y, sin duda, tiene por objeto aclarar alg煤n error deslizadoen el documento.

Los dem谩s se adhirieron a una opini贸n tan razonable; instaron,suplicaron, sermonearon y, al fin, la convencieron, porque todos tem铆anlas complicaciones que pudieran sobrevenir. La moza dijo:
-Lo hago solamente por complacerlos a ustedes.

La condesa le estrech贸 la mano al decir:
-Agradecemos el sacrificio.

Bola de Sebo sali贸, y aguardaron a servir la comida para cuandovolviera.

Todos hubieran preferido ser los llamados, temerosos de que la mozairascible cometiera una indiscreci贸n y cada cual preparaba en sumag铆n varias insulseces para el caso de comparecer.

Pero a los cinco minutos la moza reapareci贸, encendida, exasperada,balbuciendo:
-¡Miserable! ¡Ah, miserable!

Todos quisieron averiguar lo sucedido; pero ella no respondi贸a las preguntas y se limitaba a repetir:
-Es un asunto m铆o, s贸lo m铆o, y a nadie le importa.

Como la moza se neg贸 rotundamente a dar explicaciones, rein贸el silencio en torno de la sopera humeante. Cenaron bien y alegremente,a pesar de los malos augurios. Como era muy aceptable la sidra, el matrimonioLoiseau y las monjas la tomaron, para economizar. Los otros pidieron vino,excepto Cornudet, que pidi贸 cerveza. Ten铆a una manera especialde descorchar la botella, de hacer espuma, de contemplarla, inclinandoel vaso, y de alzarlo para observar a trasluz su transparencia. Cuandobeb铆a sus barbazas -de color de su brebaje predilecto- estremec铆ansede placer; gui帽aba los ojos para no perder su vaso de vista y sorb铆acon tanta solemnidad como si aqu茅lla fuese la 煤nica misi贸nde su vida. Se dir铆a que parangonaba en su esp铆ritu, herman谩ndolas,confundi茅ndolas en una, sus dos grandes pasiones: la cerveza y laRevoluci贸n, y seguramente no le fuera posible paladear aqu茅llasin pensar en 茅sta.

El posadero y su mujer com铆an al otro extremo de la mesa. Else帽or Follenvie, resoplando como una locomotora desportillada, ten铆ademasiado estertor para poder hablar mientras com铆a, pero ella nocallaba ni su solo instante. Refer铆a todas sus impresiones desdeque vio a los prusianos por vez primera, lo que hac铆an, lo que dec铆anlos invasores, maldici茅ndolos y odi谩ndolos porque le costabadinero mantenerlos, y tambi茅n porque ten铆a un hijo soldado.Se dirig铆a siempre a la condesa, orgullosa de que la oyese una damade tanto fuste.

Luego bajaba la voz para comunicar apreciaciones comprometidas; y sumarido, interrumpi茅ndola de cuando en cuando, aconsejaba:
-M谩s prudente fuera que callases.

Pero ella, sin hacer caso, prosegu铆a:
-S铆, se帽ora; esos hombres no hacen m谩s que atracarsede cerdo y papas, de papas y de cerdo. Y no crea usted que son pulcros.¡Oh, nada pulcros! Todo lo ensucian, y donde les apura… lo sueltan,con perd贸n sea dicho. Hacen el ejercicio durante horas todos losd铆as, y anda por arriba y anda por abajo, y vuelve a la derechay vuelve a la izquierda.¡Si labrasen los campos o trabajasen en lascarreteras de su pa铆s! Pero no, se帽ora; esos militares nosirven para nada. El pobre tiene que alimentarlos mientras aprenden a destruir.Yo soy una vieja sin estudios; a m铆 no me han educado, es cierto;pero al ver que se fatigan y se revientan en ese ir y venir ma帽anay tarde, me digo: habiendo tantas gentes que trabajaban para ser 煤tilesa los dem谩s, ¿por qu茅 otros procuran, a fuerza detanto sacrificio, ser perjudiciales? ¿No es una compasi贸nque se mate a los hombres, ya sean prusianos o ingleses, o poloneses ofranceses? Vengarse de uno que nos hizo da帽o es punible, y el juezlo condena; pero si deg眉ellan a nuestros hijos, como reses llevadasal matadero, no es punible, no se castiga; se dan condecoraciones al quedestruye m谩s.¿No es cierto? Nada s茅, nada me han ense帽ando;tal vez por mi falta de instrucci贸n ignoro ciertas cosas, y me pareceninjusticias.

Cornudet dijo campanudamente:
-La guerra es una salvajada cuando se hace contra un pueblo tranquilo;es una obligaci贸n cuando sirve para defender la patria.

La vieja murmur贸:
-S铆, defenderse ya es otra cosa. Pero ¿no deber铆amosantes ahorcar a todos los reyes que tienen la culpa?

Los ojos de Cornudet se abrillantaron:
-¡Magn铆fico, ciudadana!

El se帽or Carr茅-Lamadon reflexionaba. S铆, era fan谩ticopor la gloria y el hero铆smo de los famosos capitanes; pero el sentidopr谩ctico de aquella vieja le hac铆a calcular el provecho quereportar铆an al mundo todos los brazos que se adiestran en el manejode las armas, todas las energ铆as infecundas, consagradas a preparary sostener las guerras, cuando se aplicasen a industrias que necesitansiglos de actividad.

Levantose Loiseau y, acerc谩ndose al fondista, le habl贸en voz baja. Oy茅ndolo, Follenvie re铆a, tos铆a, escup铆a;su enorme vientre rebotaba gozoso con las guasas del forastero; y le compr贸seis barriles de burdeos para la primavera, cuando se hubiesen retiradolos invasores.

Acabada la cena, como era mucho el cansancio que sent铆an, sefueron todos a sus habitaciones.

Pero Loiseau, observador minucioso y sagaz, cuando su mujer se huboacostado, aplic贸 los ojos y o铆do alternativamente al agujerode la cerradura para descubrir lo que llamaba “misterios de pasillo”.

Al cabo de una hora, aproximadamente, vio pasar a Bola de Sebo, m谩sapetitosa que nunca, rebozando en su peinador de casimir con blondas blancas.Alumbr谩base con una palmatoria y se dirig铆a a la mamparade cristales raspados, en donde luc铆a un expresivo n煤mero.Y cuando la moza se retiraba, minutos despu茅s, Cornudet abr铆asu puerta y la segu铆a en calzoncillos.

Hablaron y despu茅s Bola de Sebo defend铆a en茅rgicamentela entrada de su alcoba. Loiseau, a pesar de sus esfuerzos, no pudo comprenderlo que dec铆an; pero, al fin, como levantaron la voz, cogi贸al vuelo algunas palabras. Cornudet, obstinado, resuelto, dec铆a:
-¿Por qu茅 no quieres? ¿Qu茅 te importa?

Ella, con indignada y arrogante apostura, le respondi贸:
-Amigo m铆o, hay circunstancias que obligan mucho; no siemprese puede hacer todo, y adem谩s, aqu铆 ser铆a una verg眉enza.

Sin duda, Cornudet no comprendi贸, y como se obstinase, insistiendoen sus pretensiones, la moza, m谩s arrogante aun y en voz m谩srecia, le dijo:
-¿No lo comprende?… ¿Cuando hay prusianos en la casa,tal vez pared por medio?

Y call贸. Ese pudor patri贸tico de cantinera que no permitelibertades frente al enemigo, debi贸 de reanimar la desfallecidafortaleza del revolucionario, quien despu茅s de besarla para despedirseafectuosamente, se retir贸 a paso de lobo hasta su alcoba.

Loiseau, bastante alterado, abandon贸 su observatorio, hizo unascabriolas y, al meterse de nuevo en la cama, despert贸 a su amigay correosa compa帽era, la bes贸 y le dijo al o铆do:
-¿Me quieres mucho, vida m铆a?

Rein贸 el silencio en toda la casa. Y al poco rato se alz贸resonando en todas partes, un ronquido, que bien pudiera salir de la cuevao del desv谩n; un ronquido alarmante, monstruoso, acompasado, interminable,con estremecimientos de caldera en ebullici贸n. El se帽or Follenviedorm铆a.

Como hab铆an convenido en proseguir el viaje a las ocho de lama帽ana, todos bajaron temprano a la cocina; pero la diligencia,enfundada por la nieve, permanec铆a en el patio, solitaria, sin caballosy sin mayoral. En vano buscaban a 茅ste por los desvanes y las cuadras.No encontr谩ndolo dentro de la posada, salieron a buscarlo y se hallaronde pronto en la plaza, frente a la Iglesia, entre casuchas de un solo piso,donde se ve铆an soldados alemanes. Uno pelaba papas; otro, muy barbudoy grandote, acariciaba a una criaturita de pecho que lloraba, y la mec铆asobre sus rodillas para que se calmase o se durmiese, y las campesinas,cuyos maridos y cuyos hijos estaban “en las tropas de la guerra”, indicabanpor signos a los vencedores, obedientes, los trabajos que deb铆anhacer: cortar le帽a, encender lumbre, moler caf茅. Uno lavabala ropa de su patrona, pobre vieja impedida.

El conde, sorprendido, interrog贸 al sacrist谩n, que sal铆adel presbiterio. El acartonado murci茅lago le respondi贸:

-¡Ah! Esos no son da帽inos; creo que no son prusianos: vienende m谩s lejos, ignoro de qu茅 pa铆s; y todos han dejadoen su pueblo un hogar, una mujer, unos hijos; la guerra no los divierte.Jurar铆a que tambi茅n sus familias lloran mucho, que tambi茅nse perdieron sus cosechas por la falta de brazos; que all铆 comoaqu铆, amenaza una espantosa miseria a los vencedores como a losvencidos. Despu茅s de todo, en este pueblo no podemos quejarnos,porque no maltratan a nadie y nos ayudan trabajando como si estuvieranen su casa. Ya ve usted, caballero: entre los pobres hay siempre caridad…Son los ricos los que hacen las guerras crueles.

Cornudet, indignado por la rec铆proca y cordial condescendenciaestablecida entre vencedores y vencidos, volvi贸 a la posada, porqueprefer铆a encerrarse aislado en su habitaci贸n a ver talesoprobios. Loiseau tuvo, como siempre, una frase oportuna y graciosa; “Repueblan”;y el se帽or Carr茅-Lamadon pronunci贸 una solemne frase”Restituyen”.

Pero no encontraban al mayoral. Despu茅s de muchas indagaciones,lo descubrieron sentado tranquilamente, con el ordenanza del oficial prusiano,en una taberna.

El conde lo interrog贸:
-¿No le hab铆an mandado enganchar a las ocho?
-S铆; pero despu茅s me dieron otra orden.
-¿Cu谩l?
-No enganchar.
-¿Qui茅n?
-El comandante prusiano.
-¿Por qu茅 motivo?
-Lo ignoro. Preg煤nteselo. Yo no soy curioso. Me proh铆benenganchar y no engancho. Ni m谩s ni menos.
-Pero ¿le ha dado esa orden el mismo comandante?
-No; el posadero, en su nombre.
-¿Cu谩ndo?
-Anoche, al retirarme.
Los tres caballeros volvieron a la posada bastante intranquilos.

Preguntaron por Follenvie, y la criada les dijo que no se levantabael se帽or hasta muy tarde, porque apenas lo dejaba dormir el asma;ten铆a terminantemente prohibido que lo llamasen antes de las diez,como no fuera en caso de incendio.

Quisieron ver al oficial, pero tampoco era posible, aun cuando se hospedabaen la casa, porque 煤nicamente Follenvie pod铆a tratar con茅l de sus asuntos civiles.
Mientras los maridos aguardaban en la cocina, las mujeres volvierona sus habitaciones para ocuparse de las minucias de su tocado.

Cornudet se instal贸 bajo la saliente campana del hogar, dondeard铆a un buen le帽o; mand贸 que le acercaran un veladorcitode hierro y que le sirvieran un jarro de cerveza; sac贸 la pipa,que gozaba entre los dem贸cratas casi tanta consideraci贸ncomo el personaje que chupaba en ella -una pipa que parec铆a servira la patria tanto como Cornudent-, y se puso a fumar entre sorbo y sorbo,chupada tras chupada.

Era una hermosa pipa de espuma, primorosamente trabajada, tan negracomo los dientes que la oprim铆an pero brillante, perfumada, conuna curvatura favorable a la mano, de una forma tan discreta, que parec铆auna facci贸n m谩s de su due帽o.

Y Cornudet, inm贸vil, tan pronto fijaba los ojos en las llamasdel hogar como en la espuma del jarro; despu茅s de cada sorbo acariciabasatisfecho con su mano flaca su cabellera sucia, cruzando vellones de humoblanco en las mara帽as de sus bigotes macilentos.

Loiseau, con el pretexto de salir a estirar las piernas, recorri贸el pueblo para negociar sus vinos en todos los comercios. El conde y elindustrial discurr铆an acerca de cuestiones pol铆ticas y profetizabanel provenir de Francia. Seg煤n el uno, todo lo remediar铆ael advenimiento de los Orle谩ns; el otro solamente confiaba en unredentor ignorado, un h茅roe que apareciera cuando todo agonizase;un Duguesclin, una Juana de Arco y ¿por qu茅 no un invencibleNapole贸n I? ¡Ah! ¡Si el pr铆ncipe imperial nofuese demasiado joven! Oy茅ndolos, Cornudet sonre铆a como quienya conoce los misterios del futuro; y su pipa embalsamaba el ambiente.

A las 10 baj贸 Follenvie. Le hicieron varias preguntas apremiantes,pero 茅l s贸lo pudo contestar:
-El comandante me dijo: “Se帽or Follenvie, no permita usted quema帽ana enganche la diligencia. Esos viajeros no saldr谩n deaqu铆 hasta que yo lo disponga”.

Entonces resolvieron avistarse con el oficial prusiano. El conde lehizo pasar una tarjeta, en la cual escribi贸 Carr茅-Lamdonsu nombre y sus t铆tulos.

El prusiano les hizo decir que los recibir铆a cuando hubiera almorzado.Faltaba una hora.
Ellos y ellas comieron, a pesar de su inquietud. Bola de Sebo estabafebril y extraordinariamente desconcertada.
Acababan de tomar el caf茅 cuando les avis贸 el ordenanza.

Loiseau se agreg贸 a la comisi贸n; intentaron arrastrara Cornudet, pero 茅ste dijo que no entraba en sus c谩lculospactar con los enemigos. Y volvi贸 a instalarse cerca del fuego,ante otro jarro de cerveza.

Los tres caballeros entraron en la mejor habitaci贸n de la casa,donde los recibi贸 el oficial, tendido en un sill贸n, con lospies encima de la chimenea, fumando en una larga pipa de loza y envueltoen una espl茅ndida bata, recogida tal vez en la residencia campestrede alg煤n ricacho de gustos chocarreros. No se levant贸, nisalud贸, ni los mir贸 siquiera. ¡Magn铆fico ejemplarde la soberbia desfachatez acostumbrada entre los militares victoriosos!

Luego dijo:
-¿Qu茅 desean ustedes?

El conde tom贸 la palabra:
-Deseamos proseguir nuestro viaje, caballero.
-No.
-Ser铆a usted lo bastante bondadoso para comunicarnos la causade tan imprevista detenci贸n?
-Mi voluntad.
-Me atrevo a recordarle, respetuosamente, que traemos un salvoconducto,firmado por el general en jefe, que nos permite llegar a Dieppe. Y supongoque nada justifica tales rigores.
-Nada m谩s que mi voluntad. Pueden ustedes retirarse.

Hicieron una reverencia y se retiraron.

La tarde fue desastrosa: no sab铆an c贸mo explicar el caprichodel prusiano y les preocupaban las ocurrencias m谩s inveros铆miles.Todos en la cocina se torturaban imaginando cu谩l pudiera ser elmotivo de su detenci贸n. ¿Los conservar铆an como rehenes?¿Por qu茅? ¿Los llevar铆an prisioneros? ¿Pedir铆anpor su libertad un rescate de importancia? El p谩nico los enloqueci贸.Los m谩s ricos se amilanaban con ese pensamiento: se cre铆anya obligados, para salvar la vida en aquel trance, a derramar tesoros entrela manos de un militar insolente. Se derret铆an la sesera inventandoembustes veros铆miles, fingimientos enga帽osos que salvaransu dinero del peligro en que lo ve铆an, haci茅ndolos aparecercomo infelices arruinados. Loiseau, disimuladamente, guard贸 en elbolsillo la pesada cadena de oro de su reloj. Al oscurecer aumentaron susaprensiones. Encendieron el quinqu茅, y, como a煤n faltabandos horas para la comida, resolvieron jugar a la treinta y una. Cornudet,hasta el propio Cornudet, apag贸 su pipa y, cort茅smente, seacerc贸 a la mesa.

El conde cogi贸 los naipes, Bola de Sebo hizo treinta y una. Elinter茅s del juego ahuyentaba los temores.

Cornudet pudo advertir que la se帽ora y el se帽or Loiseau,de com煤n acuerdo, hac铆an trampas.

Cuando iban a servir la comida, Follenvie apareci贸 y dijo:
-El oficial prusiano pregunta si la se帽ora Isabel Rousset seha decidido ya.

Bola de Sebo, en pie, al principio descolorida, luego arrebatada, sinti贸un impulso de c贸lera tan grande, que de pronto no le fue posiblehablar. Despu茅s dijo:
-Cont茅stele a ese canalla, sucio y repugnante, que nunca me decidir茅a eso. ¡Nunca, nunca, nunca!

El posadero se retir贸. Todos rodearon a Bola de Sebo, solicitada,interrogada por todos para revelar el misterio de aquel recado. Negoseal principio, hasta que revent贸 exasperada:
-¿Qu茅 quiere?… ¿Qu茅 quiere?… ¿Quequiere?… ¡Nada! ¡Estar conmigo!

La indignaci贸n instant谩nea no tuvo l铆mites. Sealz贸 un clamoreo de protesta contra semejante iniquidad. Cornudetrompi贸 un vaso, al dejarlo, violentamente, sobre la mesa. Se emocionabantodos, como si a todos alcanzara el sacrificio exigido a la moza. El condemanifest贸 que los invasores inspiraban m谩s repugnancia queterror, port谩ndose como los antiguos b谩rbaros. Las mujeresprodigaban a Bola de Sebo una piedad noble y cari帽osa.

Cuando le efervescencia hubo pasado, comieron. Se habl贸 poco.Meditaban.

Se retiraron pronto las se帽oras, y los caballeros organizaronuna partida de ecart茅, invitando a Follenvie con el prop贸sitode sondearle con habilidad en averiguaci贸n de los recursos m谩sconvenientes para vencer la obstinada insistencia del prusiano. Pero Follenvies贸lo pensaba en sus cartas, ajeno a cuanto le dec铆an y sincontestar a las preguntas, limit谩ndose a repetir:
-Al juego, al juego, se帽ores.

Fijaba tan profundamente su atenci贸n en los naipes, que hastase olvidaba de escupir y respiraba con estertor angustioso. Produc铆ansus pulmones todos los registros del asma, desde los m谩s gravesy profundos a los chillidos roncos y destemplados que lanzan los pollueloscuando aprenden a cacarear.

No quiso retirarse cuando su mujer, muerta de sue帽o, baj贸en su busca, y la vieja se volvi贸 sola porque ten铆a por costumbrelevantarse con el sol, mientras su marido, de natural trasnochador, estabasiempre dispuesto a no acostarse hasta el alba.

Cuando se convencieron de que no eran posible arrancarle ni media palabra,lo dejaron para irse cada cual a su alcoba.

Tampoco fueron perezosos para levantarse al otro d铆a, con laesperanza que les hizo concebir su deseo cada vez mayor de continuar librementesu viaje. Pero los caballos descansaban en los pesebres; el mayoral nocomparec铆a. Entretuvi茅ronse dando paseos en torno de la diligencia.

Desayunaron silenciosos, indiferentes ante Bola de Sebo. Las reflexionesde la noche hab铆an modificado sus juicios; odiaban a la moza porno haberse decidido a buscar en secreto al prusiano, preparando un alegredespertar, una sorpresa muy agradable a sus compa帽eros. ¿Hab铆anada m谩s justo? ¿Qui茅n lo hubiera sabido? Pudo salvarlas apariencias, dando a entender al oficial prusiano que ced铆apara no perjudicar a tan ilustres personajes. ¿Qu茅 importanciapudo tener su complacencia, para una moza como Bola de Sebo?

Reflexionaban as铆 todos, pero ninguno declaraba su opini贸n.

Al mediod铆a, para distraerse del aburrimiento, propuso el condeque diesen un paseo por las afueras. Se abrigaron bien y salieron; s贸loCornudet prefiri贸 quedarse junto a la lumbre, y las dos monjas pasabanlas horas en la iglesia o en casa del p谩rroco.

El fr铆o, cada vez m谩s intenso, les pellizcaba las orejasy las narices; los pies les dol铆an al andar; cada paso era un martirio.Y al descubrir la campi帽a les pareci贸 tan horrorosamentel煤gubre su extensa blancura, que todos a la vez retrocedieron conel coraz贸n oprimido y el alma helada.
Las cuatro se帽oras iban y las segu铆an a corta distancialos tres caballeros.

Loiseau, muy seguro de que los otros pensaban como 茅l, pregunt贸si aquella mala p茅cora no daba se帽ales de acceder, para evitarlesque se prolongara indefinidamente su detenci贸n. El conde, siemprecort茅s, dijo que no pod铆a exig铆rsele a una mujer sacrificiotan humillante cuando ella no se lanzaba por impulso propio.

El se帽or Carr茅-Lamdon hizo notar que si los franceses,como estaba proyectado, tomaran de nuevo la ofensiva por Dieppe, la batallaprobablemente se desarrollar铆a en Totes. Puso a los otrosdos en cuidado semejante ocurrencia.
-¿Y si huy茅ramos a pie? -dijo Loiseau.

-¿C贸mo es posible, pisando nieve y con las se帽oras?-exclam贸 el conde-. Adem谩s, nos perseguir铆an y luegonos juzgar铆an como prisioneros de guerra.
-Es cierto, no hay escape.

Y callaron.
Las se帽oras hablaban de vestidos; pero por su ligera conversaci贸nflotaba una inquietud que les hac铆a opinar de opuesto modo.

Cuando apenas lo recordaban, apareci贸 el oficial prusiano enel extremo de la calle. Sobre la nieve que cerraba el horizonte perfilabasu talle oprimido y separaba las rodillas al andar, con ese movimientopropio de los militares que procuran salvar del barro las botas primorosamentecharoladas.

Inclinose al pasar junto a las damas y mir贸 despreciativoa los caballeros, los cuales tuvieron suficiente coraje para no descubrirse,aun cuando Loiseau echase mano al sombrero.

La moza se ruboriz贸 hasta las orejas y las tres se帽orascasadas padecieron la humillaci贸n de que las viera el prusiano enla calle con la mujer a la cual trataba 茅l tan groseramente.

Y hablaron de su empaque, de su rostro. La se帽ora Carr茅-Lamdon,que por haber sido amiga de muchos oficiales pod铆a opinar con fundamento,juzg贸 al prusiano aceptable, y hasta se doli贸 de que no fuerafranc茅s, muy segura de que seducir铆a con el uniforme de h煤sara muchas mujeres.

Ya en casa, no se habl贸 m谩s del asunto. Se intercambiaronalgunas actitudes con motivos insignificantes. La cena, silenciosa, termin贸pronto, y cada uno fue a su alcoba con 谩nimo de buscar en el sue帽oun recurso contra el hast铆o.

Bajaron por la ma帽ana con los rostros fatigados; se mostraronirascibles; y las damas apenas dirigieron la palabra a Bola de Sebo.

La campana de la iglesia toc贸 a gloria. La muchacha record贸al pronto su casi olvidada maternidad (pues ten铆a una criatura encasa de unos labradores de Yvetot). El anunciado bautizo la enterneci贸y quiso asistir a la ceremonia.

Ya libres de su presencia, y reunidos los dem谩s, se agruparon,comprendiendo que ten铆an algo que decirse, algo que acordar. Sele ocurri贸 a Loiseau proponer al comandante que se quedara con lamoza y dejase a los otros proseguir tranquilamente su viaje.

Follenvie fue con la embajada y volvi贸 al punto, porque, sino铆rle siquiera, el oficial repiti贸 que ninguno se ir铆amientras 茅l no quedara complacido.
Entonces, el car谩cter populachero de la se帽ora Loiseaula hizo estallar:

-No podemos envejecer aqu铆. ¿No es el oficio de la mozacomplacer a todos los hombres? ¿C贸mo se permite rechazara uno? ¡Si la conoceremos! En R煤an lo arreba帽a todo;hasta los cocheros tienen que ver con ella. S铆, se帽ora; elcochero de la Prefectura. Lo s茅 de buena tinta; como que toman vinode casa. Y hoy que podr铆a sacarnos de un apuro sin la menor violencia,¡hoy hace dengues, la muy zorra! En mi opini贸n, ese prusianoes un hombre muy correcto. Ha vivido sin trato de mujeres muchos d铆as;hubiera preferido, seguramente, a cualquiera de nosotras; pero se contenta,para no abusar de nadie, con la que pertenece a todo el mundo. Respetael matrimonio y la virtud ¡cuando es el amo, el se帽or! Lebastar铆a decir: “脡sta quiero” y obligar a viva fuerza, entresoldados, a la elegida.

Estremeci茅ronse las damas. Los ojos de la se帽ora Carr茅-Lamadonbrillaron; sus mejillas palidecieron, como si ya se viese violada por elprusiano.

Los hombres discut铆an aparte y llegaron a un acuerdo.

Al principio, Loiseau, furibundo, quer铆a entregar a la miserableatada de pies y manos. Pero el conde, fruto de tres abuelos diplom谩ticos,prefer铆a tratar el asunto h谩bilmente, y propuso:
-Tratemos de convencerla.

Se unieron a las damas. La discusi贸n se generaliz贸. Todosopinaban en voz baja, con mesura. Principalmente las se帽oras propon铆anel asunto con rebuscamiento de frases ocultas y rodeos encantadores, parano proferir palabras vulgares.

Alguien que de pronto las hubiera o铆do, sin duda no sospecharael argumento de la conversaci贸n; de tal modo se cubr铆an conflores las torpezas audaces. Pero como el ba帽o de pudor que defiendea las damas distinguidas en sociedad es muy tenue, aquella brutal aventuralas divert铆a, sinti茅ndose a gusto, en su elemento, interviniendoen un lance de amor, con la sensualidad propia de un cocinero goloso queprepara una cena exquisita sin poder probarla siquiera.

Se alegraron, porque la historia les hac铆a mucha gracia. El condese permiti贸 alusiones bastantes atrevidas -pero decorosamente apuntadas-que hicieron sonre铆r. Loiseau estuvo menos correcto, y sus audaciasno lastimaron los o铆dos pulcros de sus oyentes. La idea, expresadabrutalmente por su mujer, persist铆a en los razonamientos de todos:”¿No es el oficio de la moza complacer a los hombres? ¿C贸mose permite rechazar a uno?” La delicada se帽ora Carr茅-Lamadonimaginaba tal vez que, puesta en tan duro trance, rechazar铆a menosal prusiano que a otro cualquiera.

Prepararon el bloqueo, lo que ten铆a que decir cada uno y lasmaniobras correspondientes; qued贸 en regla el plan de ataque, losama帽os y astucias que deber铆an abrir al enemigo la ciudadelaviviente.
Cornudet no entraba en la discusi贸n, completamente ajeno al asunto.

Estaban todos tan preocupados, que no sintieron llegar a Bola de Sebo;pero el conde, advertido al punto, hizo una se帽al que los dem谩scomprendieron.

Callaron, y la sorpresa prolong贸 aquel silencio, no permiti茅ndolesde pronto hablar. La condesa, m谩s versada en disimulos y tretasde sal贸n, dirigi贸 a la moza esta pregunta:
-¿Estuvo muy bien el bautizo?

Bola de Sebo, emocionada, les dio cuenta de todo, y acab贸 conesta frase:
-Algunas veces consuela mucho rezar.

Hasta la hora del almuerzo se limitaron a mostrarse amables con ella,para inspirarle confianza y docilidad a sus consejos.

Ya en la mesa, emprendieron la conquista. Primero, una conversaci贸nsuperficial acerca del sacrificio. Se citaron ejemplos: Judit y Holofernes;y, sin venir al caso, Lucrecia y Sextus. Cleopatra, esclavizando con losplaceres de su lecho a todos los generales enemigos. Y apareci贸una historia fantaseada por aquellos millonarios ignorantes, conforme ala cual iban a Capua las matronas romanas para adormecer entre sus brazosamorosos al fiero An铆bal, a sus lugartenientes y a sus falangesde mercenarios. Citaron a todas las mujeres que han detenido a los conquistadoresofreciendo sus encantos para dominarlos con un arma poderosa e irresistible;que vencieron con sus caricias heroicas a monstruos repulsivos y odiados;que sacrificaron su castidad a la venganza o a la sublime abnegaci贸n.

Discretamente, fue mencionada la inglesa linajuda que se mand贸inocular una horrible y contagiosa podredumbre para transmit铆rselacon fingido amor a Bonaparte, quien se libr贸 milagrosamente graciasa una flojera repentina en la cita fatal.

Y todo se dec铆a con delicadeza y moderaci贸n, ofreci茅ndosede cuando en cuando el entusi谩stico elogio que provocase la curiosidadheroica.

De todos aquellos rasgos ejemplares pudiera deducirse que la misi贸nde la mujer en la tierra se reduc铆a solamente a sacrificar su cuerpo,abandon谩ndolo de continuo entre la soldadesca lujuriosa.

Las dos monjitas no atendieron, y es posible que ni se dieran cuentade lo que dec铆an los otros, ensimismadas en m谩s 铆ntimasreflexiones.

Bola de Sebo no despegaba los labios. Dej谩ronla reflexionar todala tarde.

Cuando iban a sentarse a la mesa para comer apareci贸 Follenviepara repetir la frase de la v铆spera.

Bola de Sebo respondi贸 谩speramente.
-Nunca me decidir茅 a eso.¡Nunca, nunca!

Durante la comida, los aliados tuvieron poca suerte. Loiseau dijo tresimpertinencias. Se devanaban los sesos para descubrir nuevas heroicidades-y sin que saltase al paso ninguna-, cuando la condesa, tal vez sin premeditarlo,sintiendo una irresistible comez贸n de rendir a la Iglesia un homenaje,se dirigi贸 a una de las monjas -la m谩s respetable por suedad- y le rog贸 que refiriese algunos actos heroicos de la historiade los santos que hab铆an cometido excesos criminales para humanosojos y apetecidos por la Divina Piedad, que los juzgaba conforme a la intenci贸n,sabedora de que se ofrec铆an a la gloria de Dios o a la salud y provechodel pr贸jimo. Era un argumento contundente. La condesa lo comprendi贸,y fuese por una t谩cita condescendencia natural en todos los quevisten h谩bitos religiosos, o sencillamente por una casualidad afortunada,lo cierto es que la monja contribuy贸 al triunfo de los aliados conun formidable refuerzo. La hab铆an juzgado t铆mida, y se mostr贸arrogante, violenta, elocuente. No tropezaba en incertidumbres caus铆sticas,era su doctrina como una barra de acero; su fe no vacilaba jam谩s,y no enturbiaba su conciencia ning煤n escr煤pulo. Le parec铆asencillo el sacrificio de Abrah谩n; tambi茅n ella hubiese matadoa su padre y a su madre por obedecer un mandato divino; y, en su concepto,nada pod铆a desagradar al Se帽or cuando las intenciones eranlaudables. Aprovechando la condesa tan favorable argumentaci贸n desu improvisada c贸mplice, la condujo a parafrasear un edificanteaxioma, “el fin justifica los medios”, con esta pregunta:

-¿Supone usted, hermana, que Dios acepta cualquier camino y perdonasiempre, cuando la intenci贸n es honrada?
-¿Qui茅n lo duda, se帽ora? Un acto punible puede,con frecuencia, ser meritorio por la intenci贸n que lo inspire.

Y continuaron as铆 discurriendo acerca de las decisiones rec贸nditasque atribu铆an a Dios, porque lo supon铆an interesado en sucesosque, a la verdad, no deben importarle mucho.

La conversaci贸n, as铆 encarrilada por la condesa, tom贸un giro h谩bil y discreto. Cada frase de la monja contribu铆apoderosamente a vencer la resistencia de la cortesana. Luego, apart谩ndosedel asunto ya de sobra repetido, la monja hizo menci贸n de variasfundaciones de su Orden; habl贸 de la superiora, de s铆 misma,de la hermana San Sulpicio, su acompa帽ante. Iban llamadas a El Havrepara asistir a cientos de soldados con viruela. Detall贸 las miseriasde tan cruel enfermedad, lament谩ndose de que, mientras in煤tilmentelas reten铆a el capricho de un oficial prusiano, algunos francesespod铆an morir en el hospital, faltos de auxilio. Su especialidadfue siempre asistir al soldado; estuvo en Crimea, en Italia, en Austria,y al referir azares de la guerra, se mostraba de pronto como una hermanade la Caridad belicosa y entusiasta, s贸lo nacida para recoger heridosen lo m谩s recio del combate; una especie de sor Mar铆a Ratapl谩n,cuyo rostro descarnado y descolorido era la imagen de las devastacionesde la guerra.

Cuando hubo terminado, el silencio de todos afirm贸 la oportunidadde sus palabras.
Despu茅s de cenar se fue cada cual a su alcoba, y al d铆asiguiente no se reunieron hasta la hora del almuerzo.

La condesa propuso, mientras almorzaban, que debieran ir de paseo porla tarde. Y el conde, que llevaba del brazo a la moza en aquella excursi贸n,se qued贸 rezagado.
Todo estaba convenido.

En tono paternal, franco y un poquito displicente, propio de un ” hombreserio” que se dirige a un pobre ser, la llam贸 ni帽a, con dulzura,desde su elevada posici贸n social y su honradez indiscutible, y sinpre谩mbulos se meti贸 de lleno en el asunto.
-¿Prefiere vernos aqu铆 v铆ctimas del enemigo y expuestosa sus violencias, a las represalias que seguir铆an indudablementea una derrota? ¿Lo prefiere usted a doblegarse a una… liberalidadmuchas veces por usted consentida?

La moza callaba.

El conde insist铆a, razonable y atento, sin dejar de ser “el se帽orconde”, muy galante con afabilidad, hasta con ternura si la frase lo exig铆a.Exalt贸 la importancia del servicio y el “imborrable agradecimiento”.Despu茅s comenz贸 a tutearla de pronto, alegremente:
-No seas tirana, permite al infeliz que se vanaglorie de haber gozadoa una criatura como no debe haberla en su pa铆s.

La moza, sin despegar los labios, fue a reunirse con el grupo de se帽oras.

Ya en casa se retir贸 a su cuarto, sin comparecer ni a la horade la comida. La esperaban con inquietud. ¿Qu茅 decidir铆a?

Al presentarse Follenvie, dijo que la se帽orita Isabel se hallabaindispuesta, que no la esperasen. Todos aguzaron el o铆do. El condese acerc贸 al posadero y le pregunt贸 en voz baja:
-¿Ya est谩?
-S铆.

Por decoro no pregunt贸 m谩s; hizo una mueca de satisfacci贸ndedicada a sus acompa帽antes, que respiraron satisfechos, y se reflej贸una retozona sonrisa en los rostros.

Loiseau no pudo contenerse:
-¡Caramba! Convido champa帽a para celebrarlo.
Y se le amargaron a la se帽ora Loiseau aquellas alegr铆ascuando apareci贸 Follenvie con cuatro botellas.

Mostr谩ndose a cual m谩s comunicativo y bullicioso, rebosabaen sus almas un goce fecundo. El conde advirti贸 que la se帽oraCarr茅-Lamadon era muy apetecible, y el industrial tuvo frases insinuantespara la condesa. La conversaci贸n chisporroteaba, graciosa, vivaracha,jovial.

De pronto, Loiseau, con los ojos muy abiertos y los brazos en alto,aull贸:
-¡Silencio!

Todos callaron estremecidos.
-¡Chist! -y arqueaba mucho las cejas para imponer atenci贸n.

Al poco rato dijo con suma naturalidad.
-Tranquil铆cense. Todo va como una seda.

Pasado el susto, le rieron la gracia.

Luego repiti贸 la broma:
-¡Chist!…

Y cada 15 minutos insist铆a. Como si hablara con alguien del pisoalto, daba consejos de doble sentido, producto de su ingenio de comisionista.Pon铆a de pronto la cara larga, y suspiraba al decir:
-¡Pobrecita!

O mascullaba una frase rabiosa:
-¡Prusiano asqueroso!

Cuando estaban distra铆dos, gritaban:
-¡No m谩s! ¡No m谩s!

Y como si reflexionase, a帽ad铆a entre dientes:
-¡Con tal que volvamos a verla y no la haga morir, el miserable!

A pesar de ser aquellas bromas de gusto deplorable, divert铆ana los que las toleraban y a nadie indignaron, porque la indignaci贸n,como todo, es relativa y conforme al medio en que se produce. Y all铆respiraban un aire infestado por todo g茅nero de malicias imp煤dicas.

Al fin, hasta las damas hac铆an alusiones ingeniosas y discretas.Se hab铆a bebido mucho, y los ojos encandilados chisporroteaban.El conde, que hasta en sus abandonos conservaba su respetable apariencia,tuvo una graciosa oportunidad, comparando su goce al que pueden sentirlos exploradores polares, bloqueados por el hielo, cuando ven abrirse uncamino hacia el Sur.

Loiseau, alborotado, levantose a brindar.
-¡Por nuestro rescate!

En pie, aclamaban todos, y hasta las monjitas, cediendo a la generalalegr铆a, humedec铆an sus labios en aquel vino espumoso queno hab铆an probado jam谩s. Les pareci贸 algo as铆como limonada gaseosa, pero m谩s fino.

Loiseau advert铆a:
-¡Qu茅 lastima! Si hubiera un piano podr铆amos bailarun rigod贸n.

Cornudet, que no hab铆a dicho ni media palabra, hizo un gestodesapacible. Parec铆a sumergido en pensamientos graves, y de cuandoen cuando estir谩base las barbas con violencia, como si quisieraalargarlas m谩s a煤n.

Hacia medianoche, al despedirse, Loiseau, que se tambaleaba, le dioun manotazo en la barriga, tartamudeando:
-¿No est谩 usted satisfecho? ¿No se le ocurre decirnada?
Cornudet, erguido el rostro y encarado con todos, como si quisiera retratarloscon una mirada terrible, respondi贸:
-S铆, por cierto. Se me ocurre decir a ustedes que han fraguadouna canallada.

Se levant贸 y se fue repitiendo:
-¡Una canallada!

Era como un jarro de agua. Loiseau quedose confundido; pero serepuso con rapidez, solt贸 la carcajada y exclam贸:
-Est谩n verdes, para usted… est谩n verdes.

Como no le comprend铆an, explic贸 los “misterios del pasillo”.Entonces rieron desaforadamente; parec铆an locos de j煤bilo.El conde y el se帽or Carr茅-Lamadon lloraban de tanto re铆r.¡Qu茅 historia! ¡Era incre铆ble!
-Pero ¿est谩 usted seguro?
-¡Tan seguro! Como que lo vi.
-¿Y ella se negaba…?
-Por la proximidad… vergonzosa del prusiano.
-¿Es cierto?
-¡Ciert铆simo! Pudiera jurarlo.

El conde se ahogaba de risa; el industrial tuvo que sujetarse con lasmanos el vientre, para no estallar.
Loiseau insist铆a:
-Y ahora comprender谩n ustedes que no le divierta lo que pasaesta noche.

Re铆an sin fuerzas ya, fatigados, aturdidos.
Acab贸 la tertulia. “Felices noches.”

La se帽ora Loiseau, que ten铆a el car谩cter como unaortiga, hizo notar a su marido, cuando se acostaban, que la se帽oraCarr茅-Lamadon, “la muy fantasmona”, ri贸 de mala gana, porquepensando en lo de arriba se le pusieron los dientes largos.

-El uniforme las vuelve locas. Franc茅s o prusiano, ¿qu茅m谩s da? ¡Mientras haya galones! ¡Dios m铆o! ¡Esuna verg眉enza como est谩 el mundo!
Y durante la noche resonaron continuamente, a lo largo del oscuro pasillo,estremecimientos, rumores tenues apenas perceptibles, roces de pies desnudos,alientos entrecortados y crujir de faldas. Ninguno durmi贸, y pordebajo de todas las puertas asomaron, casi hasta el amanecer, p谩lidosreflejos de las buj铆as.

El champa帽a suele producir tales consecuencias, y, seg煤ndicen, da un sue帽o intranquilo.
Por la ma帽ana, un claro sol de invierno hac铆a brillarla nieve deslumbradora.
La diligencia, ya enganchada, reviv铆a para proseguir el viaje,mientras las palomas de blanco plumaje y ojos rosados, con las pupilasmuy negras, picoteaban el esti茅rcol, erguidas y oscilantes entrelas patas de los caballos.
El mayoral, con su chamarra de piel, subido en el pescante, llenabasu pipa; los viajeros, ufanos, ve铆an c贸mo les empaquetabanlas provisiones para el resto del viaje.

S贸lo faltaba Bola de Sebo, y al fin compareci贸.
Se present贸 algo inquieta y avergonzada; cuando se detuvo parasaludar a sus compa帽eros, hubi茅rase dicho que ninguno lave铆a, que ninguno reparaba en ella. El conde ofreci贸 el brazoa su mujer para alejarla de un contacto impuro.

La moza qued贸 aturdida; pero sacando fuerzas de flaqueza, dirigi贸a la esposa del industrial un saludo humildemente pronunciado. La otrase limit贸 a una leve inclinaci贸n de cabeza, imperceptiblecasi, a la que sigui贸 una mirada muy altiva, como de virtud quese rebela para rechazar una humillaci贸n que no perdona. Todos parec铆anviolentados y despreciativos a la vez, como si la moza llevara una infecci贸npurulenta que pudiera comunic谩rseles.

Fueron acomod谩ndose ya en la diligencia, y la moza entr贸despu茅s de todos para ocupar su asiento.
Como si no la conocieran. Pero la se帽ora Loiseau la miraba dereojo, sobresaltada, y dijo a su marido:
-Menos mal que no estoy a su lado.

El coche arranc贸. Prosegu铆an el viaje.
Al principio nadie hablaba. Bola de Sebo no se atrevi贸 a levantarlos ojos. Sent铆ase a la vez indignada contra sus compa帽eros,arrepentida por haber cedido a sus peticiones y manchada por las cariciasdel prusiano, a cuyos brazos la empujaron todos hip贸critamente.

Pronto la condesa, dirigi茅ndose a la se帽ora Carr茅-Lamdon,puso fin al silencio angustioso:
-¿Conoce usted a la se帽ora de Etrelles?
-¡Vaya! Es amiga m铆a.
-¡Qu茅 mujer tan agradable!
-S铆; es encantadora, excepcional. Todo lo hace bien: toca elpiano, canta, dibuja, pinta… Una maravilla.

El industrial hablaba con el conde, y confundidas con el estrepitosocrujir de cristales, hierros y maderas, o铆anse algunas de sus palabras:”…Cup贸n… Vencimiento… Prima… Plazo…”

Loiseau, que hab铆a escamoteado los naipes de la posada, engrasadospor tres a帽os de servicio sobre mesas nada limpias, comenz贸a jugar al b茅sique con su mujer.

Las monjitas, agarradas al grueso rosario pendiente de su cintura, hicieronla se帽al de la cruz, y de pronto sus labios, cada vez m谩spresurosos, en un suave murmullo, parec铆an haberse lanzado a unacarrera de oremus; de cuando en cuando besaban una medallita, se persignabande nuevo y prosegu铆an su especie de gru帽ir continuo y r谩pido.
Cornudet, inm贸vil, reflexionaba.

Despu茅s de tres horas de camino, Loiseau, recogiendo las cartas,dijo:
-Hace hambre.

Y su mujer alcanz贸 un paquete atado con un bramante, del cualsac贸 un trozo de carne asada. Lo parti贸 en rebanadas finas,con pulso firme, y ella y su marido comenzaron a comer tranquilamente.
-Un ejemplo digno de ser imitado -advirti贸 la condesa.

Y comenz贸 a desenvolver las provisiones preparadas para los dosmatrimonios. Ven铆an metidas en un cacharro de los que tienen parapomo en la tapadera una cabeza de liebre, indicando su contenido: un suculentopastel贸n de liebre, cuya carne sabrosa, hecha picadillo, estabacruzada por collares de fina manteca y otras agradables a帽adiduras.Un buen pedazo de queso, liado en un papel de peri贸dico, luc铆ala palabra “Sucesos” en una de sus caras.

Las monjitas comieron una longaniza que ol铆a mucho a especiasy Cornudet, sumergiendo ambas manos en los bolsillos de su gab谩n,sac贸 de uno de ellos cuatro huevos duros y del otro un panecillo.Mond贸 uno de los huevos, dejando caer en el suelo el cascar贸ny part铆culas de yema sobre sus barbas.

Bola de Sebo, en la turbaci贸n de su triste despertar, no hab铆adispuesto ni pedido merienda, y exasperada, iracunda, ve铆a c贸mosus compa帽eros mascaban pl谩cidamente. Al principio la crisp贸un arranque tumultuoso de c贸lera, y estuvo a punto de arrojar sobreaquellas gentes un chorro de injurias que le ven铆an a los labios;pero tanto era su desconsuelo, que su congoja no le permiti贸 hablar.

Ninguno la mir贸 ni se preocup贸 de su presencia; sent铆asela infeliz sumergida en el desprecio de la turba honrada que la oblig贸a sacrificarse, y despu茅s la rechaz贸, como un objeto inservibley asqueroso. No pudo menos de recordar su hermosa cesta de provisionesdevoradas por aquellas gentes; los dos pollos ba帽ados en su propiagelatina, los pasteles y la fruta, y las cuatro botellas de burdeos. Perosus furores cedieron de pronto, como una cuerda tirante que se rompe, ysinti贸 pujos de llanto. Hizo esfuerzos terribles para vencerse;irgui贸se, trag贸 sus l谩grimas como los ni帽os,pero asomaron al fin a sus ojos y rodaron por sus mejillas. Una tras otra,cayeron lentamente, como las gotas de agua que se filtran a trav茅sde una piedra; y rebotaban en la curva oscilante de su pecho. Mirando atodos resuelta y valiente, p谩lido y r铆gido el rostro, semantuvo erguida, con la esperanza de que no la vieran llorar.

Pero advertida la condesa, hizo al conde una se帽al. Se encogi贸de hombros el caballero, como si quisiera decir: “No es m铆a la culpa”.

La se帽ora Loiseau, con una sonrisita maliciosa y triunfante,susurr贸:
-Se averg眉enza y llora.

Las monjitas reanudaron su rezo despu茅s de envolver en papelel sobrante de longaniza.

Y entonces Cornudet -que diger铆a los cuatro huevos duros- estir贸sus largas piernas bajo el asiento delantero, reclinose, cruz贸los brazos, y sonriente, como un hombre que acierta con una broma pesada,comenz贸 a canturrear La Marsellesa.

En todos los rostros pudo advertirse que no era el himno revolucionariodel gusto de los viajeros. Nerviosos, desconcertados, intranquilos, remov铆anse,manoteaban; ya solamente les falt贸 aullar como los perros al o铆run organillo.

Y el dem贸crata, en vez de callarse, ameniz贸 el bromazoa帽adiendo a la m煤sica su letra:
Patrio amor que a los hombres encanta,
conduce nuestros brazos vengadores;
libertada, libertad sacrosanta,
combate por tus fieles defensores.

Avanzaba mucho la diligencia sobre la nieve ya endurecida, y hasta Dieppe,durante las eternas horas de aquel viaje, sobre los baches del camino,bajo el cielo p谩lido y triste del anochecer, en la oscuridad l贸bregadel coche, prosegu铆a con una obstinaci贸n rabiosa el canturreovengativo y mon贸tono, obligando a sus irascibles oyentes a rimarsus crispaciones con la medida y los compases del odioso c谩ntico.

Y la moza lloraba sin cesar; a veces un sollozo, que no pod铆a contener, se mezclaba con las notas del himno entre las tinieblas de la noche.

(Publicado en Les Soir茅es de M茅dan, 1880)

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