Mientras de esta manera combat铆an, cual ardiente fuego, Ant铆loco fue en busca de Aquiles, a quien, ante sus naves de altos m谩stiles, encontr贸 presintiendo en su 谩nimo lo que justo se hab铆a cumplido. Y he aqu铆 que, angustiado, dijo a su noble coraz贸n:
—¿Por qu茅 son rechazados hacia sus naves los valientes aqueos? L铆brenme, ¡oh dioses!, de las crueles desgracias que un d铆a me anunci贸 mi madre al decirme que, estando yo a煤n vivo, el mejor de los mirmidones perder铆a a manos de los troyanos la luz del sol. Sin duda ha muerto ya el valiente hijo de Menecio. ¡Desdichado! Bien le orden茅 que, en cuanto evitara el fuego del enemigo, regresara a las naves sin luchar con H茅ctor.
Mientras Aquiles daba vueltas en su mente y en su coraz贸n a estas ideas, se aproxim贸 a 茅l el hijo del ilustre N茅stor y, entre l谩grimas, le comunic贸 la triste noticia:
—¡Ay, hijo del guerrero Peleo! Vas a o铆r una dolorosa noticia de algo que ojal谩 nunca hubieran permitido los dioses. Patroclo ha muerto, y los dem谩s combaten alrededor de su cad谩ver desnudo, pues H茅ctor se ha adue帽ado de sus armas.
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