La condena - Franz Kafka - Amantes de la literatura

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12.19.2022

La condena - Franz Kafka




 

      Era domingo por la ma帽ana en lo m谩s hermoso de la primavera. Georg Bendemann, un joven comerciante, estaba sentado en su habitaci贸n en el primer piso de una de las casas bajas y de construcci贸n ligera que se extend铆an a lo largo del r铆o en forma de hilera, y que s贸lo se distingu铆an entre s铆 por la altura y el color. Acababa de terminar una carta a un amigo de su juventud que se encontraba en el extranjero, la cerr贸 con lentitud juguetona y mir贸 luego por la ventana, con el codo apoyado sobre el escritorio, hacia el r铆o, el puente y las colinas de la otra orilla con su color verde p谩lido.


Reflexion贸 sobre c贸mo este amigo, descontento de su 茅xito en su ciudad natal, hab铆a literalmente huido ya hac铆a a帽os a Rusia. Ahora ten铆a un negocio en San Petersburgo, que al principio hab铆a marchado muy bien, pero que desde hac铆a tiempo parec铆a haberse estancado, tal como hab铆a lamentado el amigo en una de sus cada vez m谩s infrecuentes visitas.


De este modo se mataba in煤tilmente trabajando en el extranjero, la extra帽a barba s贸lo tapaba con dificultad el rostro bien conocido desde los a帽os de la ni帽ez, rostro cuya piel amarillenta parec铆a manifestar una enfermedad en proceso de desarrollo. Seg煤n contaba, no ten铆a una aut茅ntica relaci贸n con la colonia de sus compatriotas en aquel lugar y apenas relaci贸n social alguna con las familias naturales de all铆 y, en consecuencia, se hac铆a a la idea de una solter铆a definitiva.


¿Qu茅 pod铆a escrib铆rsele a un hombre de este tipo, que, evidentemente, se hab铆a enclaustrado, de quien se pod铆a tener l谩stima, pero a quien no se pod铆a ayudar? ¿Se le deb铆a quiz谩 aconsejar que volviese a casa, que trasladase aqu铆 su existencia, que reanudara todas sus antiguas relaciones amistosas, para lo cual no exist铆a obst谩culo, y que, por lo dem谩s, confiase en la ayuda de los amigos? Pero esto no significaba otra cosa que decirle al mismo tiempo, con precauci贸n, y por ello hiri茅ndolo a煤n m谩s, que sus esfuerzos hasta ahora hab铆an sido en vano, que deb铆a, por fin, desistir de ellos, que ten铆a que regresar y aceptar que todos, con los ojos muy abiertos de asombro, lo mirasen como a alguien que ha vuelto para siempre; que s贸lo sus amigos entender铆an y que 茅l era como un ni帽o viejo, que deb铆a simplemente obedecer a los amigos que se hab铆an quedado en casa y que hab铆an tenido 茅xito.


¿E incluso entonces era seguro que tuviese sentido toda la amargura que hab铆a que causarle? Quiz谩 ni siquiera se consiguiese traerlo a casa, 茅l mismo dec铆a que ya no entend铆a la situaci贸n en el pa铆s natal, y as铆 permanecer铆a, a pesar de todo, en su extranjero, amargado por los consejos y un poco m谩s distanciado de los amigos. Pero si siguiera realmente el consejo y aqu铆 se le humillase, naturalmente no con intenci贸n sino por la forma de actuar, no se encontrar铆a a gusto entre sus amigos ni tampoco sin ellos, se avergonzar铆a y entonces no tendr铆a de verdad ni hogar ni amigos. En estas circunstancias ¿no era mejor que se quedase en el extranjero tal como estaba? ¿Podr铆a pensarse que en tales circunstancias saldr铆a realmente adelante aqu铆?


Por estos motivos, y si se quer铆a mantener la relaci贸n epistolar con 茅l, no se le pod铆an hacer verdaderas confidencias como se le har铆an sin temor al conocido m谩s lejano. Hac铆a m谩s de tres a帽os que el amigo no hab铆a estado en su pa铆s natal y explicaba este hecho, apenas suficientemente, mediante la inseguridad de la situaci贸n pol铆tica en Rusia, que, en consecuencia, no permit铆a la ausencia de un peque帽o hombre de negocios mientras que cientos de miles de rusos viajaban tranquilamente por el mundo. Pero precisamente en el transcurso de estos tres a帽os hab铆an cambiado mucho las cosas para Georg. Sobre la muerte de su madre, ocurrida hac铆a dos a帽os y desde la cual Georg viv铆a con su anciano padre en la misma casa, hab铆a tenido noticia el amigo, y en una carta hab铆a expresado su p茅same con una sequedad que s贸lo pod铆a tener su origen en el hecho de que la aflicci贸n por semejante acontecimiento se hac铆a inimaginable en el extranjero. Ahora bien, desde entonces, Georg se hab铆a enfrentado al negocio, como a todo lo dem谩s, con gran decisi贸n. Quiz谩 el padre, en la 茅poca en que todav铆a viv铆a la madre, lo hab铆a obstaculizado para llevar a cabo una aut茅ntica actividad propia, por el hecho de que siempre quer铆a hacer prevalecer su opini贸n en el negocio. Quiz谩 desde la muerte de la madre, el padre, a pesar de que todav铆a trabajaba en el negocio, se hab铆a vuelto m谩s retra铆do. Quiz谩 desempe帽aban un papel importante felices casualidades, lo cual era incluso muy probable; en todo caso, el negocio hab铆a progresado inesperadamente en estos dos a帽os, hab铆a sido necesario duplicar el personal, las operaciones comerciales se hab铆an quintuplicado, sin lugar a dudas ten铆an ante s铆 una mayor ampliaci贸n.


Pero el amigo no sab铆a nada de este cambio. Anteriormente, quiz谩 por 煤ltima vez en aquella carta de condolencia, hab铆a intentado convencer a Georg de que emigrase a Rusia y se hab铆a explayado sobre las perspectivas que se ofrec铆an precisamente en el ramo comercial de Georg. Las cifras eran m铆nimas con respecto a las proporciones que hab铆a alcanzado el negocio de Georg. 脡l no hab铆a querido contarle al amigo sus 茅xitos comerciales y si lo hubiese hecho ahora, con posterioridad, hubiese causado una impresi贸n extra帽a.


Es as铆 c贸mo Georg se hab铆a limitado a contarle a su amigo cosas sin importancia de las muchas que se acumulan desordenadamente en el recuerdo cuando se pone uno a pensar en un domingo tranquilo. No deseaba otra cosa que mantener intacta la imagen que, probablemente, se hab铆a hecho el amigo de su ciudad natal durante el largo per铆odo de tiempo, y con la cual se hab铆a conformado. Fue as铆 como Georg, en tres cartas bastante distantes entre s铆, inform贸 a su amigo acerca del compromiso matrimonial de un se帽or cualquiera con una muchacha cualquiera, hasta que, finalmente, el amigo, totalmente en contra de la intenci贸n de Georg, comenz贸 a interesarse por este asunto.


Georg prefer铆a contarle estas cosas antes que confesarle que era 茅l mismo quien hac铆a un mes se hab铆a prometido con la se帽orita Frieda Brandenfeld, una joven de familia acomodada. Con frecuencia hablaba con su prometida de este amigo y de la especial relaci贸n epistolar que manten铆a con 茅l.


-Entonces no vendr谩 a nuestra boda -dec铆a ella-, y yo tengo derecho a conocer a todos tus amigos.


-No quiero molestarlo -contestaba Georg-, enti茅ndeme, probablemente vendr铆a, al menos as铆 lo creo, pero se sentir铆a obligado y perjudicado, quiz谩 me envidiar铆a y seguramente, apesadumbrado e incapaz de prescindir de esa pesadumbre, regresar铆a solo, solo ¿sabes lo que es eso?


-Bueno, ¿no puede enterarse de nuestra boda por otro camino?


-Sin duda no puedo evitarlo, pero es improbable dada su forma de vida.


-Si tienes esa clase de amigos, Georg, nunca debiste comprometerte.


-S铆, es culpa de ambos, pero incluso ahora no desear铆a que fuese de otra forma.


Y si ella, respirando precipitadamente entre sus besos, alegaba todav铆a:


-La verdad es que s铆 que me molesta.


Entonces era realmente cuando 茅l consideraba inofensivo contarle todo al amigo.


-As铆 soy y as铆 tiene que aceptarme -se dec铆a-. No pienso convertirme en un hombre a su medida, hombre que quiz谩 fuese m谩s apropiado a su amistad de lo que yo lo soy.


Y, efectivamente, en la larga carta que hab铆a escrito este domingo por la ma帽ana, informaba a su amigo del compromiso que se hab铆a celebrado, con las siguientes palabras: Me he reservado la novedad m谩s importante para el final. Me he prometido con la se帽orita Frieda Brandenfeld, una muchacha perteneciente a una familia acomodada que se estableci贸 aqu铆 mucho tiempo despu茅s de tu partida y a la que t煤 apenas conocer谩s. Ya habr谩 oportunidad de contarte m谩s detalles acerca de mi prometida, baste hoy con decirte que soy muy feliz y que en nuestra mutua relaci贸n s贸lo ha cambiado el hecho de que t煤, en lugar de tener en m铆 un amigo corriente, tendr谩s un amigo feliz. Adem谩s tendr谩s en mi prometida, que te manda saludos cordiales y que te escribir谩 pr贸ximamente, una amiga leal, lo que no deja de tener importancia para un soltero. S茅 que muchas cosas te impiden hacernos una visita, pero ¿acaso no ser铆a precisamente mi boda la mejor oportunidad de echar por la borda, al menos por una vez, todos los obst谩culos? Pero, sea como sea, act煤a sin tener en cuenta todo lo dem谩s y seg煤n tu buen criterio.


Georg hab铆a permanecido mucho tiempo sentado en su escritorio con la carta en la mano y el rostro vuelto hacia la ventana. Con una sonrisa ausente hab铆a apenas contestado a un conocido que, desde la calle, lo hab铆a saludado al pasar. Finalmente, se meti贸 la carta en el bolsillo y, a trav茅s de un corto pasillo, se dirigi贸 desde su habitaci贸n a la de su padre, en la que no hab铆a estado desde hac铆a meses. No exist铆a, por lo dem谩s, necesidad de ello, porque constantemente ten铆a contacto con 茅l en el negocio; com铆an juntos en una casa de comidas, por la noche cada uno se tomaba lo que le apetec铆a pero despu茅s la mayor铆a de las veces se sentaban un ratito, cada uno con su peri贸dico, en el cuarto de estar com煤n, a no ser que Georg, como ocurr铆a con mucha frecuencia, estuviese en compa帽铆a de amigos o, como ahora, fuese a ver a su novia.


Georg se extra帽贸 de lo oscura que estaba la habitaci贸n del padre incluso en esta ma帽ana soleada, tal era la sombra que proyectaba la alta pared que se elevaba al otro lado del estrecho patio. El padre estaba sentado ante la ventana, en un rinc贸n adornado con recuerdos de la difunta madre, y le铆a el peri贸dico, que sosten铆a de lado ante los ojos, con lo cual intentaba contrarrestar una cierta falta de visi贸n. Sobre la mesa estaban a煤n los restos del desayuno, del que no parec铆a haber comido mucho.


-¡Ah Georg! -exclam贸 el padre, e inmediatamente se dirigi贸 hacia 茅l. Su pesada bata se abr铆a al andar y los bajos revoloteaban a su alrededor.


Mi padre sigue siendo un gigante, se dijo Georg.


-Esto est谩 insoportablemente oscuro -dijo a continuaci贸n.


-S铆, s铆 que est谩 oscuro -contest贸 el padre.


-¿Tambi茅n has cerrado la ventana?


-Lo prefiero as铆.-Afuera hace bastante calor -dijo Georg como complemento a lo anterior, y se sent贸.


El padre retir贸 la vajilla del desayuno y la coloc贸 sobre una c贸moda.


-La verdad es que s贸lo quer铆a decirte -continu贸 Georg, que segu铆a los movimientos del anciano totalmente aturdido- que, por fin, he informado a San Petersburgo de mi compromiso.


Sac贸 un poco la carta del bolsillo y la dej贸 caer dentro de nuevo.


-¿C贸mo que a San Petersburgo? -pregunt贸 el padre.


-S铆, a mi amigo -dijo Georg, y busc贸 los ojos del padre.


En el negocio es completamente distinto, pens贸. ¡Cu谩nto sitio ocupa ah铆 sentado y c贸mo se cruza de brazos!


-S铆, claro, a tu amigo -dijo el padre recalc谩ndolo.


-Ya sabes, padre, que en un principio quer铆a silenciar mi compromiso. Por consideraci贸n, por ning煤n otro motivo. T煤 ya sabes que es una persona dif铆cil. Puede enterarse de mi compromiso por otros cauces, me dije, y si bien esto apenas es probable dada su solitaria forma de vida, yo no puedo evitarlo, pero por m铆 mismo no debe enterarse.


-¿Y ahora has cambiado de opini贸n? -pregunt贸 el padre.


Puso el peri贸dico en el antepecho de la ventana y sobre el peri贸dico las gafas que tapaba con las manos.


-S铆, ahora he cambiado de opini贸n. Si verdaderamente se trata de un buen amigo, me he dicho, entonces mi feliz compromiso es tambi茅n para 茅l motivo de alegr铆a y por eso no he dudado m谩s en comunic谩rselo. Sin embargo, antes de echar la carta quer铆a dec铆rtelo.


-Georg -dijo el padre, y estir贸 la boca sin dientes-, escucha por una vez. Has venido a m铆 por este asunto, para discutirlo conmigo. Esto te honra sin duda alguna, pero no sirve para nada, y menos a煤n que para nada, si no me dices ahora mismo toda la verdad. No quiero traer a colaci贸n cosas que nada tienen que ver con esto. Desde la muerte de nuestra querida madre han ocurrido ciertas cosas desagradables. Quiz谩 tambi茅n les llegue su turno, y quiz谩 antes de lo que pensamos. En el negocio se me escapan algunas cosas, quiz谩 no se me oculten, ahora no quiero en modo alguno alimentar la sospecha de que se me ocultan, ya no estoy lo suficientemente fuerte, me falla la memoria, ya no puedo abarcar tantas cosas. En primer lugar esto es ley de vida y, en segundo lugar, la muerte de tu madre me ha afligido mucho m谩s que a ti. Pero ya que estamos tratando de este asunto de la carta, te pido, Georg, que no me enga帽es. Es una peque帽ez, no merece la pena, as铆 pues, no me enga帽es. ¿Tienes de verdad ese amigo en San Petersburgo?


Georg se levant贸 desconcertado.


-Dejemos en paz a mis amigos. Mil amigos no sustituyen a mi padre. ¿Sabes lo que creo?, que no te cuidas lo suficiente, pero los a帽os exigen sus derechos. En el negocio eres indispensable para m铆, bien lo sabes t煤, pero si el negocio amenaza tu salud ma帽ana mismo lo cierro para siempre. Esto no puede seguir as铆. Tenemos que adoptar otro modo de vida para ti, pero desde el principio. Est谩s sentado aqu铆 en la oscuridad y en el cuarto de estar tendr铆as buena luz. Tomas un par de bocados del desayuno en lugar de comer como es debido. Est谩s sentado con las ventanas cerradas y el aire fresco te sentar铆a bien. ¡No, padre m铆o! Ir茅 a buscar al m茅dico y seguiremos sus prescripciones Cambiaremos las habitaciones. T煤 te trasladar谩s a la habitaci贸n de delante y yo a 茅sta. No supondr谩 una alteraci贸n para ti, todo se llevar谩 all铆 Ya habr谩 tiempo de ello, ahora te acuesto en la cama un poquito, necesitas tranquilidad a toda costa. Vamos, te ayudar茅 a desnudarte, ya ver谩s c贸mo s茅 hacerlo. ¿O prefieres trasladarte inmediatamente a la habitaci贸n de delante y all铆 te acuestas provisionalmente en mi cama? La verdad es que esto ser铆a lo m谩s sensato.


Georg estaba de pie justo al lado de su padre, que hab铆a dejado caer sobre el pecho su cabeza de blancos y despeinados cabellos.


-Georg -dijo el padre en voz baja y sin moverse.


Georg se arrodill贸 inmediatamente junto al padre, vio las enormes pupilas en su cansado rostro dirigidas hacia 茅l desde las comisuras de los ojos.


-No tienes ning煤n amigo en San Petersburgo. T煤 has sido siempre un bromista y tampoco has hecho una excepci贸n conmigo. ¡C贸mo ibas a tener un amigo precisamente all铆! No puedo creerlo de ninguna manera.


-Padre, haz memoria una vez m谩s -dijo Georg, levant贸 al padre del sill贸n y le quit贸 la bata, estaba all铆 tan d茅bil-, pronto har谩 ya tres a帽os que mi amigo estuvo en casa de visita. Recuerdo todav铆a que no te hac铆a demasiada gracia. Al menos dos veces te ocult茅 su presencia, a pesar de que en esos momentos se hallaba precisamente en mi habitaci贸n. Yo pod铆a comprender bien tu animadversi贸n hacia 茅l, mi amigo tiene sus man铆as, pero despu茅s conversaste agradablemente con 茅l. En aquellos momentos me sent铆a tan orgulloso de que lo escuchases, asintieses y preguntases… Si haces memoria tienes que acordarte. 脡l cont贸 entonces historias incre铆bles de la revoluci贸n rusa. C贸mo, por ejemplo, en un viaje de negocios a Kiev, hab铆a visto en un balc贸n a un sacerdote que se hab铆a cortado una ancha cruz de sangre en la palma de la mano, la levant贸 e invoc贸 con ella a la multitud. T煤 mismo has contado de vez en cuando esta historia.


Mientras tanto Georg hab铆a conseguido sentar al padre y quitarle cuidadosamente el pantal贸n de punto que llevaba encima de los calzoncillos de lino, as铆 como los calcetines. Al ver la ropa, que no estaba precisamente limpia, se hizo reproches por haber descuidado al padre. Seguro que tambi茅n formaba parte de sus obligaciones el cuidar de que el padre se cambiase de ropa. Todav铆a no hab铆a hablado expresamente con su prometida de c贸mo iban a organizar el futuro del padre, porque t谩citamente hab铆an supuesto que 茅l se quedar铆a solo en el piso viejo. Sin embargo, ahora se decidi贸, de repente y con toda firmeza, a llev谩rselo a su futuro hogar. Bien mirado, casi daba la impresi贸n de que el cuidado que el padre iba a recibir all铆 podr铆a llegar demasiado tarde.


Llev贸 al padre en brazos a la cama. Una terrible sensaci贸n se apoder贸 de 茅l cuando, a lo largo de los pocos pasos hasta ella, not贸 que su padre jugueteaba con la cadena del reloj sobre su pecho. Se agarraba con tal fuerza a la cadena del mismo, que no pudo acostarlo inmediatamente. Apenas se encontr贸 en la cama, todo pareci贸 volver de nuevo a la normalidad. Se tap贸 solo y se cubri贸 muy bien los hombros con el cobertor. No miraba a Georg precisamente con hostilidad.


-¿Verdad que ya te acuerdas de 茅l? -pregunt贸 Georg, y asinti贸 con la cabeza haciendo un gesto alentador.


-¿Estoy bien tapado? -pregunt贸 el padre como si no pudiese asegurarse 茅l mismo de que sus pies se encontraban tapados.


-As铆 es que te gusta estar en la cama -dijo Georg, y coloc贸 mejor el cobertor a su alrededor.


-¿Estoy bien tapado? -pregunt贸 el padre de nuevo, y pareci贸 prestar especial atenci贸n a la respuesta.


-Estate tranquilo, est谩s bien tapado.


-¡No! -grit贸 el padre de tal forma que la respuesta choc贸 contra la pregunta, ech贸 hacia atr谩s el cobertor con una fuerza tal que por un momento qued贸 extendido en el aire, y se puso de pie sobre la cama. S贸lo con una mano se apoyaba ligeramente en el techo.


-Quer铆as taparme, lo s茅, reto帽o m铆o, pero todav铆a no estoy tapado, y aunque sea la 煤ltima fuerza es suficiente para ti, demasiada para ti. ¡Claro que conozco a tu amigo! Ser铆a el hijo que desea mi coraz贸n, por eso tambi茅n lo has enga帽ado durante todos estos a帽os. ¿Por qu茅 si no? ¿Acaso crees que no he llorado por 茅l? Precisamente por eso te encierras en tu oficina: el jefe est谩 ocupado, no se le puede molestar. S贸lo para poder escribir tus falsas cartitas a Rusia. Pero, afortunadamente, nadie tiene que dar lecciones al padre sobre c贸mo adivinar las intenciones del hijo. De la misma manera que ahora has cre铆do haberlo subyugado, subyugado de tal forma que podr铆as sentarte con tu trasero sobre 茅l y 茅l no se mover铆a, en ese momento mi se帽or hijo ha decidido casarse.


Georg levant贸 la mirada hacia el espectro de su padre. El amigo de San Petersburgo, a quien de repente el padre conoc铆a tan bien, se apoderaba de 茅l como nunca hasta ahora. Lo vio perdido en la lejana Rusia. Lo vio en la puerta del negocio vac铆o y desvalijado, entre las ruinas de las estanter铆as, entre los g茅neros hechos jirones, entre los tubos de gas que estaban ca铆dos… y 茅l permanec铆a todav铆a erguido. ¿Por qu茅 hab铆a tenido que irse tan lejos?


-¡Pero m铆rame -grit贸 el padre-. Georg corri贸, casi distra铆do, hacia la cama, con la intenci贸n de comprenderlo todo, pero se qued贸 parado a mitad de camino.


-Porque ella se ha levantado las faldas -comenz贸 a hablar el padre-, porque se ha levantado as铆 las faldas de cerda asquerosa -y para expresarlo pl谩sticamente se levant贸 el camis贸n tan alto que se ve铆a sobre el muslo la cicatriz de sus a帽os de guerra-, porque se ha levantado as铆, y as铆 las faldas, te has acercado a ella y, para poder gozar con ella sin que nadie molestase, has profanado la memoria de nuestra madre, has traicionado al amigo y has metido en la cama a tu padre para que no se pueda mover, pero ¿puede moverse o no?


Permanec铆a en pie sin apoyo alguno y lanzaba las piernas en todas las direcciones. Sonre铆a con entusiasmo al comprenderlo todo.


Georg estaba de pie en un rinc贸n lo m谩s lejos posible del padre. Desde hac铆a un rato hab铆a decidido firmemente observarlo todo con exactitud, para no ser indirectamente sorprendido de alguna forma por detr谩s o desde arriba. Entonces se acord贸 de nuevo de la decisi贸n, ya hac铆a rato olvidada, y volvi贸 a olvidarla tan deprisa como se pasa un hilo corto a trav茅s del ojo de una aguja.


-No obstante el amigo no ha sido todav铆a traicionado -grit贸 el padre, y lo corroboraba su 铆ndice movido de ac谩 para all谩- yo era su representante en este lugar.


Georg no pudo evitar gritar:


-¡Comediante!


Reconoci贸 inmediatamente el da帽o y, demasiado tarde, los ojos fijos, se mordi贸 la lengua hasta doblarse de dolor.


-¡S铆, por supuesto que he representado una comedia! ¡Comedia! ¡Buena palabra! ¿Qu茅 otro consuelo le quedaba al anciano padre viudo? Dime, y durante el momento que dure la respuesta s茅 todav铆a mi hijo vivo. ¿Qu茅 otra salida me quedaba en mi habitaci贸n interior, perseguido por un personal infiel, viejo hasta los huesos? Y mi hijo iba con j煤bilo por la vida, ultimaba negocios que yo hab铆a preparado, se retorc铆a de la risa y pasaba ante su padre con el reservado rostro de un hombre de honor. ¿Crees t煤 que yo no te hubiese querido, yo, de quien saliste t煤?


Ahora se inclinar谩 hacia delante, pens贸 Georg, ¡si se cayese y se estrellase! Esta palabra le pas贸 por la cabeza como una centella.


El padre se ech贸 hacia delante, pero no se cay贸. Puesto que Georg no se acercaba como hab铆a esperado, se irgui贸 de nuevo.


-¡Qu茅date donde est谩s, no te necesito! Piensas que tienes todav铆a la fuerza suficiente para venir aqu铆, y solamente te contienes porque as铆 lo deseas, ¡No te equivoques! Todav铆a soy el m谩s fuerte, ¡Yo solo habr铆a tenido quiz谩 que retirarme, pero tu madre me ha dado su fuerza, con tu amigo me ali茅 maravillosamente y a tu clientela la tengo aqu铆 en el bolsillo!


-¡Incluso en el camis贸n tiene bolsillos! -se dijo Georg, y crey贸 que con esta observaci贸n podr铆a hacerle quedar en rid铆culo ante todo el mundo. Pens贸 en esto s贸lo durante un momento, porque inmediatamente volv铆a a olvidarlo todo.


-¡Cu茅lgate del brazo de tu novia y ven hacia m铆! ¡La barro de tu lado y no sabes c贸mo!


Georg hac铆a muecas como si no pudiese creerlo. El padre s贸lo asent铆a con la cabeza, ratificando la verdad de lo que dec铆a y dirigi茅ndose al rinc贸n en que se encontraba Georg.


-¡C贸mo me has divertido hoy cuando has venido y me has preguntado si deb铆as contarle a tu amigo lo del compromiso! ¡Si lo sabe todo, est煤pido, lo sabe todo! Yo le escrib铆a porque olvidaste quitarme las cosas para escribir. Por eso ya no viene desde hace a帽os, lo sabe todo cien veces mejor que t煤 mismo, tus cartas las arruga con la mano izquierda sin haberlas le铆do, mientras que con la derecha se pone delante mis cartas para leerlas.


De puro entusiasmo agitaba el brazo por encima de la cabeza.


-¡Lo sabe todo mil veces mejor! -grit贸.


-Diez mil veces -dijo Georg con la intenci贸n de burlarse de su padre, pero todav铆a en su boca estas palabras adquirieron un tono profundamente serio.


-¡Desde hace a帽os estoy a la espera de que me vengas con esa pregunta! ¿Crees que me preocupa alguna otra cosa? ¿Crees que leo peri贸dicos? ¡Mira! -Y tir贸 a Georg un peri贸dico que, de alguna forma, hab铆a ido a parar a su cama. Un peri贸dico viejo con un nombre que a Georg le era completamente desconocido.


-¡Cu谩nto tiempo has tardado en llegar a la madurez! Tuvo que morir tu madre, no lleg贸 a ver el d铆a de j煤bilo. El amigo perece en su Rusia, ya hace tres a帽os estaba amarillo de muerte, y yo, ya ves c贸mo me va a m铆, para eso tienes ojos.


-Entonces me has espiado -grit贸 Georg.


El padre, en tono compasivo e incidental, dijo:


-Probablemente eso quer铆as haberlo dicho antes, ahora ya no viene a cuento -y en voz m谩s alta-: Ahora ya sabes lo que hab铆a adem谩s de ti, hasta ahora no sab铆as m谩s que de ti mismo. Lo cierto es que fuiste un ni帽o inocente, pero a煤n m谩s ciertamente fuiste un hombre diab贸lico. Por eso has de saber que yo te condeno a morir ahogado.


Georg se sinti贸 como expulsado de la habitaci贸n, el golpe con el que el padre a su espalda hab铆a ca铆do sobre la cama resonaba todav铆a en sus o铆dos. En la escalera, por cuyos escalones bajaba tan de prisa como si se tratase de una rampa inclinada, sorprendi贸 a la criada que estaba a punto de subir para arreglar el piso.


-¡Jes煤s! -grit贸, y se tap贸 la cara con el delantal, pero 茅l ya se hab铆a ido.


Sali贸 del portal de un salto, el agua lo atra铆a por encima de la calzada. Ya se as铆a firmemente a la baranda como un hambriento a la comida. Salt贸 por encima como el excelente atleta que, para orgullo de sus padres, hab铆a sido en sus a帽os juveniles. Todav铆a segu铆a sujeto con las manos, d茅bilmente. cuando divis贸 entre las barras de la baranda un 贸mnibus que cubrir铆a con facilidad el ruido de su ca铆da. Exclam贸 en voz baja: Queridos padres, a pesar de todo siempre los he querido, y se dej贸 caer.


En ese momento atravesaba el puente un tr谩fico verdaderamente interminable.

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