La intrusa - Jorge Luis Borges - Amantes de la literatura

Novedades

9.13.2026

La intrusa - Jorge Luis Borges


cuento-la-intrusa-jorge-luis-borges

2 Reyes, I, 26

Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristi谩n, el mayor, que falleci贸 de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Mor贸n. Lo cierto es que alguien la oy贸 de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repiti贸 a Santiago Dabove, por quien la supe. A帽os despu茅s, volvieron a cont谩rmela en Turdera, donde hab铆a acontecido. La segunda versi贸n, algo m谩s prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las peque帽as variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me enga帽o, un breve y tr谩gico cristal de la 铆ndole de los orilleros antiguos. Lo har茅 con probidad, pero ya preveo que ceder茅 a la tentaci贸n literaria de acentuar o agregar alg煤n pormenor.

馃摙 No olvides que puedes suscribirte a nuestro canal de WhatsApp para m谩s contenido. 馃摎

En Turdera los llamaban los Nilsen. El p谩rroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres g贸ticos; en las 煤ltimas p谩ginas entrevi贸 nombres y fechas manuscritas. Era el 煤nico libro que hab铆a en la casa. La azarosa cr贸nica de los Nilsen, perdida como todo se perder谩. El caser贸n, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zagu谩n se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo dem谩s, entraron ah铆; los Nilsen defend铆an su soledad. En las habitaciones desmanteladas dorm铆an en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hoja corta, el atuendo rumboso de los s谩bados y el alcohol pendenciero. S茅 que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oir铆an hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los tem铆a a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la polic铆a. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llev贸 la peor parte, lo cual, seg煤n los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tah煤res. Ten铆an fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volv铆an generosos. De sus deudos nada se sabe ni de d贸nde vinieron. Eran due帽os de una carreta y una yunta de bueyes.

La intrusa - Jorge Luis Borges (Audiolibro)

F铆sicamente difer铆an del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.

Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos hab铆an sido hasta entonces de zagu谩n o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristi谩n llev贸 a vivir con 茅l a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba as铆 una sirvienta, pero no es menos cierto que la colm贸 de horrendas baratijas y que la luc铆a en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todav铆a, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.

Eduardo los acompa帽aba al principio. Despu茅s emprendi贸 un viaje a Arrecifes por no s茅 qu茅 negocio; a su vuelta llev贸 a la casa una muchacha, que hab铆a levantado por el camino, y a los pocos d铆as la ech贸. Se hizo m谩s hosco; se emborrachaba solo en el almac茅n y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristi谩n. El barrio, que tal vez lo supo antes que 茅l, previ贸 con alevosa alegr铆a la rivalidad latente de los hermanos.

Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristi谩n atado al palenque. En el patio, el mayor estaba esper谩ndolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y ven铆a con el mate en la mano. Cristi谩n le dijo a Eduardo:
—Yo me voy a una farra en lo de Far铆as. Ah铆 la ten茅s a la Juliana; si la quer茅s, usala.

El tono era entre mand贸n y cordial. Eduardo se qued贸 un tiempo mir谩ndolo; no sab铆a qu茅 hacer. Cristi谩n se levant贸, se despidi贸 de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, mont贸 a caballo y se fue al trote, sin apuro.

Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabr谩 los pormenores de esa s贸rdida uni贸n, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no pod铆a durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban, razones para no estar de acuerdo. Discut铆an la venta de unos cueros, pero lo que discut铆an era otra cosa. Cristi谩n sol铆a alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban cel谩ndose. En el duro suburbio, un hombre no dec铆a, ni se dec铆a, que una mujer pudiera importarle, m谩s all谩 del deseo y la posesi贸n, pero los dos estaban enamorados. Esto, de alg煤n modo, los humillaba.

Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruz贸 con Juan Iberra, que lo felicit贸 por ese primor que se hab铆a agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injuri贸. Nadie, delante de 茅l, iba a hacer burla de Cristi谩n.

La mujer atend铆a a los dos con sumisi贸n bestial; pero no pod铆a ocultar alguna preferencia por el menor, que no hab铆a rechazado la participaci贸n, pero que no la hab铆a dispuesto.

Un d铆a, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ah铆, porque ten铆an que hablar. Ella esperaba un di谩logo largo y se acost贸 a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que ten铆a, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le hab铆a dejado su madre.

Sin explicar nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Hab铆a llovido; los caminos estaban muy pesados y ser铆an las tres de la ma帽ana cuando llegaron a Mor贸n. Ah铆 la vendieron a la patrona del prost铆bulo. El trato ya estaba hecho; Cristi谩n cobr贸 la suma y la dividi贸 despu茅s con el otro.

En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mara帽a (que tambi茅n era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al re帽idero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero sol铆an incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de a帽o el menor dijo que ten铆a que hacer en la Capital. Cristi谩n se fue a Mor贸n; en el palenque de la casa que sabemos reconoci贸 al overo de Eduardo. Entr贸; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristi谩n le dijo:
—De seguir as铆, los vamos a cansar a los pingos. M谩s vale que la tengamos a mano.

Habl贸 con la patrona, sac贸 unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristi谩n; Eduardo espole贸 al overo para no verlos.

Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame soluci贸n hab铆a fracasado; los dos hab铆an cedido a la tentaci贸n de hacer trampa. Ca铆n andaba por ah铆, pero el cari帽o entre los Nilsen era muy grande —¡qui茅n sabe qu茅 rigores y qu茅 peligros hab铆an compartido!— y prefirieron desahogar su exasperaci贸n con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que hab铆a tra铆do la discordia.

El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volv铆a del almac茅n, vio que Cristi谩n unc铆a los bueyes. Cristi谩n le dijo:
—Ven铆; tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo. Ya los cargu茅; aprovechemos la fresca.

El comercio del Pardo quedaba, creo, m谩s al sur; tomaron por el Camino de las Tropas; despu茅s, por un desv铆o. El campo iba agrand谩ndose con la noche.

Orillaron un pajonal; Cristi谩n tir贸 el cigarro que hab铆a encendido y dijo sin apuro:
—A trabajar, hermano. Despu茅s nos ayudar谩n los caranchos. Hoy la mat茅. Que se quede aqu铆 con sus pilchas. Ya no har谩 m谩s perjuicios.

Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro v铆nculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligaci贸n de olvidarla.

(Publicado en El informe de Brodie en 1970)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Todos los comentarios son revisados antes de su publicaci贸n por el administrador.