El verdugo - Honoré de Balzac A Martínez de la Rosa El campanario del pueblecito de Menda acababa de dar las doce. En aquel momento de la noche, un joven oficial francés, apoyado en el parapeto de una larga terraza que rodeaba los jardines del castillo de Menda, parecía abismado en una contemplación más profunda de lo que la despreocupación de la vida militar suele traer consigo. Pero hay que decir también que jamás hora, lugar y noche fueron más propicios a la meditación. El bello cielo de España extendía una cúpula azul por encima de su cabeza. El centelleo de las estrellas y la dulce luz de la luna iluminaban aquel valle delicioso que se abría coquetamente a sus pies. Apoyado en un naranjo en flor, el jefe de batallón podía ver, a cien pies por debajo de él, el pueblo de Menda, que parecía haberse situado al abrigo de los vientos del Norte, al pie de la loma donde se alzaba el castillo. Volviendo la cabeza podía mirar el mar, cuyas aguas brillantes enmarcaban el paisaje con una amplia hoja de plata. El castillo …