El crepúsculo del diablo - Rómulo Gallegos
En el borde de una pila que muestra su cuenca seca bajo el ramaje sin fronda de árboles de la plaza, de la cual fuera ornato si el agua fresca y cantarina brotase de su caño, está sentado “el Diablo” presenciando el desfile carnavalesco. La turba vocinglera invade sin cesar el recinto de la plaza, se apiña en las barandas que dan a la calle por donde pasa “la carrera”, se agita en ebrios hormigueos alrededor de los tarantines donde se expenden amargos, frituras, refrescos y cucuruchos de papelillos y de arroz pintado, se arremolina en torno a los músicos, trazando rondas dionisíacas al son del joropo nativo, cuya bárbara melodía se deshace en la crudeza del ambiente deslucido por la estación seca, como un harapo que el viento deshilase. Con ambas manos apoyadas en el araguaney primorosamente escabullado, el sombrero sobre la nuca y el tabaco en la boca, el Diablo oye aquella música que despierta en las profundidades de su ánimo, no sabe que vagas nostalgias. A ratos melancólica, desgarr…