El vuelo de los cóndores, de Abraham Valdelomar
I Aquel día demoré en la calle y no
sabía qué decir al volver a casa. A las cuatro salí de la Escuela, deteniéndome
en el muelle, donde un grupo de curiosos rodeaba a unas cuantas personas.
Metido entre ellos supe que había desembarcado un circo. –Ese es el barrista –decían unos,
señalando a un hombre de mediana estatura, cara angulosa y grave, que discutía
con los empleados de la aduana. –Aquél es el domador. Y señalaban
a sujeto hosco, de cónica patilla, con gorrita, polainas, fuete y cierto
desenfado en el andar. Le acompañaba una bella mujer con flotante velo lila en
el sombrero; llevaba un perrillo atado a una cadena y una maleta. –Éste es el payaso –dijo alguien. El buen hombre volvió la cara
vivamente: –¡Qué serio! –Así son en la calle. Era éste un joven alto, de
movibles ojos, respingada nariz y ágiles manos. Pasaron luego algunos artistas
más; y cogida de la mano de un hombre viejo y muy grave, una niña blanca, muy
blanca, sonriente, de rubios cabellos, lindos y morenos ojos. Pasaron…