Los caynas - César Vallejo
Luis Urquizo lanzó una carcajada, y, tragándose todavía las últimas pólvoras de risa, bebió ávidamente su cerveza. Luego, al poner el cristal vacío sobre el zinc del mostrador, lo quebró, vociferando: –¡Eso no es nada! Yo he cabalgado varias veces sobre el lomo de mi caballo que caminaba con sus cuatro cascos negros invertidos hacia arriba. ¡Oh, mi soberbio alazán! Es el paquidermo más extraordinario de la tierra. Y más que cabalgarlo así sorprende, maravilla, hace temblar de pavor el espectáculo en seco, simple y puro de líneas y movimientos que ofrece aquel potro cuando está parado, en imposible gravitación hacia la superficie inferior de un plano suspendido en el espacio. Yo no puedo contemplarlo así, sin sentirme alterado y sin dejar de huir de su presencia, despavorido y como acuchillada la garganta. ¡Es brutal! Parece entonces una gigantesca mosca asida a una de esas vigas desnudas que sostienen los techos humildes de los pueblos ¡Eso es maravilloso! ¡Eso es sublime! ¡Irracional! …