El funerario - Ray Bradbury - Amantes de la literatura

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4.27.2026

El funerario - Ray Bradbury


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El se帽or Benedict sali贸 de su vivienda. Se qued贸 de pie en el porche, t铆mido y sinti茅ndose inferior a los dem谩s. Un perrito pas贸 trotando, con mirada astuta; tanto, que el se帽or Benedict no se atrevi贸 a sostenerla. Un chiquillo atisb贸 a trav茅s de la verja de hierro forjado que rodeaba el cementerio, al lado de la iglesia, y el se帽or Benedict parpade贸 bajo la penetrante curiosidad del ni帽o.

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—Usted es el hombre de los funerales —le espet贸 la criatura.

Sinti茅ndose muy bajo y rastrero, el se帽or Benedict no contest贸.

—¿Es suya la iglesia? —volvi贸 a la carga el cr铆o.
—S铆 —fue la respuesta del se帽or Benedict.
—¿Y la funeraria?
—Tambi茅n.
—¿Y el cementerio, las losas y las tumbas?
—Tambi茅n —repiti贸 el se帽or Benedict, con cierto orgullo.

Era verdad. Y asombroso, al mismo tiempo. Una racha de buena suerte, que le hab铆a mantenido muy ocupado durante largas noches muchos a帽os atr谩s. Primero, hab铆a edificado la iglesia y el patio, con unas cuantas tumbas cubiertas de musgo, cuando los baptistas se trasladaron a la parte alta de la poblaci贸n. Despu茅s, construy贸 una peque帽a funeraria, de estilo g贸tico, naturalmente, y la cubri贸 de hiedra; a帽adiendo una vivienda para 茅l, al fondo. La muerte le resultaba muy conveniente al se帽or Benedict. Hacia entrar y salir a las personas de la funeraria y la iglesia con un m铆nimo de confusi贸n y un m谩ximo de bendici贸n sint茅tica. ¡No hab铆a necesidad de ninguna procesi贸n en el funeral! Esto era tambi茅n lo que declaraba su anuncio en el peri贸dico de la ma帽ana. Salir de la iglesia y a la tierra, con la misma suavidad de un silbido. ¡Adem谩s, s贸lo se usaban los mejores bals谩micos!

El ni帽o continuaba mir谩ndolo y el se帽or Benedict se sinti贸 como una vela apagada por el viento. Era tan inferior… Todo lo que viv铆a o se mov铆a lo pon铆a melanc贸lico y cariacontecido. Continuamente estaba diciendo «s铆» a la gente, sin atreverse a discutir, objetar o decir «no». Fuese con quien fuese, si el se帽or Benedict encontraba a alguien en la calle, le miraba la nariz, contemplaba las orejas o examinaba el cabello con sus ojillos tristones, que nunca miraban en l铆nea recta y cog铆a la mano de su interlocutor entre las suyas, tan fr铆as, como si se tratase de un precioso don, diciendo:
—Es usted, se帽or, definitiva, irrevocable, completamente correcto.

Pero cuando hablaba con alguien, jam谩s escuchaba lo que el otro le dec铆a.
—¡Vaya —exclam贸, de pie en el porche—, eres un chiquillo delicioso!

Ten铆a miedo de no acabar de gustarle del todo al ni帽o.

El se帽or Benedict descendi贸 los pelda帽os del porche y cruz贸 la verja sin volverse a mirar ni una sola vez su funeraria. Aplazaba este placer para m谩s tarde. Era muy importante que las cosas viniesen paso a paso. De nada le servir铆a ahora pensar en los cuerpos que esperaban el servicio de su talento all铆 dentro. No, era mejor seguir su rutina diaria. Y con esto empezaba su conflicto.

Sab铆a exactamente hasta qu茅 punto pod铆a y deb铆a encolerizarse. La mitad del d铆a la pasaba yendo de un sitio a otro de la poblaci贸n, permitiendo que la superioridad de sus convecinos lo apabullasen, dejando que su propia inferioridad le disolviese, lo ba帽ase en sudor, oprimiese su coraz贸n y pusiese nudos en su cerebro.

Habl贸 con el se帽or Rodgers, el farmac茅utico, con una charla ociosa, sin sentido. Y se guard贸 todos los insultos, entonaciones maliciosas y los peque帽os dardos que aqu茅l le dedic贸. El se帽or Rodgers siempre ten铆a algo desagradable que decir respecto a un funerario.

—¡Ja, ja! —rio el se帽or Benedict al escuchar un chiste contra s铆 mismo, a pesar de que hubiera querido llorar de rabia.
—Entonces, usted es un t茅mpano de hielo —termin贸 el se帽or Rodgers aquella ma帽ana.
—¡Un t茅mpano de hielo! —repiti贸 el se帽or Benedict—. ¡Ja, ja!

Fuera de la farmacia, el se帽or Benedict se tropez贸 con el se帽or Stuyvesant, el contratista. El se帽or Stuyvesant consult贸 su reloj para calcular cu谩nto tiempo pod铆a dedicarle a Benedict antes de acudir a una cita.

—¡Oh, hola, Benedict! —grit贸 Stuyvesant—. ¿Qu茅 tal va el negocio? Seguro que pones en 茅l todo tu empe帽o. ¿No es verdad? Debes defenderlo con u帽as y dientes…

—S铆, s铆 —rio vagamente el se帽or Benedict—. ¿Y sus negocios qu茅 tal van, se帽or Stuyvesant?

—¡Oh!, ¿c贸mo tienes las manos tan fr铆as, Benny, querido muchacho? Vaya apret贸n de manos tan helado… ¡Seguro que te has enfriado embalsamando a una mujer frigorizada! ¡Ja, Ja, no est谩 mal! ¿Has o铆do lo que he dicho? —vocifer贸 el se帽or Stuyvesant, palmete谩ndole la espalda.

—¡Bueno, bueno! —asinti贸 el se帽or Benedict—. Hace un buen d铆a, ¿verdad?

Y as铆 continu贸, persona tras persona. El se帽or Benedict, yendo de un conocido a otro, era el lago en el que todos rehusaban arrojarse. La gente empezaba con piedrecitas y cuando el se帽or Benedict no protestaba o se quejaba, empezaban a tirarle cascotes y ladrillos o una roca. No hab铆a fondo en el se帽or Benedict, ni chapoteo ni reacci贸n alguna. El lago nunca contestaba.

A medida que fue transcurriendo el d铆a, el se帽or Benedict fue enfureci茅ndose m谩s, y se consider贸 m谩s desvalido; y mientras iba de casa en casa y manten铆a m谩s charlas y conversaciones, m谩s se odiaba a s铆 mismo con verdadero masoquista placer. Pero lo que lo alentaba a proseguir era el recuerdo de los placeres que le aguardaban aquella noche. Por esto se dejaba infligir todos aquellos insultos, y saludaba a aquellos necios, estrech谩ndoles la mano como si fuesen bizcochos sacudidos ante su est贸mago, no deseando sino ser zaherido por todos.

—¡Vaya, ya est谩s aqu铆, cortador de carne! —le acogi贸 el se帽or Flinger, el confitero—. ¿C贸mo est谩n todas las reses de tu ganado?

Todo le induc铆a a sentir un enorme complejo de inferioridad. Con una andanada final de insultos, el se帽or Benedict mir贸 su reloj de pulsera, dio media vuelta y atraves贸 corriendo el pueblo. Se hallaba ya en la c煤spide, completamente dispuesto ya para el trabajo, para lo que ten铆a que hacer y para disfrutar con ello. ¡La peor parte del d铆a hab铆a concluido, la buena empezaba ahora!

Subi贸 afanosamente los pelda帽os del porche de la funeraria. La estancia parec铆a estar nevada. Hab铆a en ella colinas blancas y delineaciones p谩lidas de cosas recostadas bajo s谩banas, en la penumbra.

La puerta se abri贸 bruscamente.

El se帽or Benedict enmarcado en una asombrosa claridad, se par贸 en el umbral, erguida la cabeza, una mano levantada como en un saludo dram谩tico, y la otra apoyada, en el picaporte, con una rigidez muy forzada.

Era el amo de las marionetas al llegar a casa.

Estuvo un minuto largo en el centro de su teatro. En su cabeza, tal vez, resonaban los aplausos. No se movi贸, pero abati贸 la cabeza, como apreciando el clamor de su invisible auditorio.

Cuidadosamente, se quit贸 la chaqueta, la colg贸, se puso una bata blanca, abroch贸 los pu帽os con eficiencia profesional, despu茅s se lav贸 las manos, y contempl贸 a su alrededor a sus buenos amigos.

Hab铆a sido una buena semana, y bajo las s谩banas hab铆a una colecci贸n de reliquias familiares, por lo que mientras estaba de pie ante ellas, el se帽or Benedict se sinti贸 crecer y crecer… domin谩ndolas a todas con su estatura.

—¡Como Alicia en el Pa铆s de las Maravillas! —grit贸 sorprendido—. ¡M谩s alto, m谩s alto! ¡M谩s curioso, m谩s curioso!

Flexion贸 las manos fuera y arriba.

Jam谩s pod铆a dominar su incredulidad inicial cuando se hallaba all铆 dentro con los muertos. Se sent铆a deleitado y asombrado al descubrir que all铆 茅l era el amo de la gente, el que pod铆a hacer lo que quer铆a con los hombres, y 茅stos ten铆an, por necesidad, que mostrarse corteses y colaboradores con 茅l. No pod铆an echar a correr. Y ahora, como en otros d铆as pasados, se sent铆a sereno, sosegado, y creciendo, creciendo como Alicia.

—¡Oh, tan alto… tan alto… tanto… hasta que mi cabeza… choque… contra el techo!

Pase贸 por entre aquella compa帽铆a de ensabanados. Sent铆a lo mismo que cuando volv铆a de ver una pel铆cula por la noche: muy poderoso, muy alerta, muy seguro de s铆 mismo. Sab铆a que todo el mundo lo contemplaba al abandonar el cine, y que 茅l era guapo, muy correcto y muy bravo, y todo lo que era el protagonista de la pel铆cula, con su voz tan resonante, tan persuasiva, que le daba derecho a erguir la cabeza, enarcar las cejas y taconear fuertemente con el bast贸n. Y a veces esta hipnosis producida por las pel铆culas le duraba hasta llegar a casa, persistiendo incluso durante el sue帽o. Eran 茅stas las dos 煤nicas veces en su vida en que se sent铆a milagroso y perfecto: en el cine y aqu铆… en su propio teatro, productor de fr铆o.

Anduvo por entre las filas de durmientes, con cada nombre anotado en una cartulina blanca.

—Se帽ora Walters, se帽or Smith, se帽orita Brown, se帽or Andrews… ¡Ah, buenas tardes a todos!

Benedict se par贸 ante un cuerpo.

—¿C贸mo est谩 hoy, se帽ora Shellmund? —pregunt贸, levantando una s谩bana como quien busca un cr铆o bajo una cama—. Est谩 usted espl茅ndida, mi querida dama.

La se帽ora Shellmund, en vida, jam谩s le hab铆a dirigido la palabra, pasando por el lado del se帽or Benedict como una estatua provista de patines ocultos bajo su falda, lo cual le daba un porte muy elegante e imperturbable.

—Mi querida se帽ora Shellmund —continu贸 el se帽or Benedict, atrayendo una silla y contemplando a la muerta a trav茅s de una lupa—. ¿Se da usted cuenta, se帽ora m铆a, de la condici贸n seb谩cea de sus poros? En vida, era usted como de cera. Un trastorno de los poros, repito. Aceite, grasa y granos. Una dieta muy rica en grasas, se帽ora Shellmund, 茅ste fue su mal. Y demasiados pasteles, caramelos y fritangas. Siempre se enorgullec铆a de su cerebro, se帽ora Shellmund, juzg谩ndome como un penique bajo la planta de su pie, o menos todav铆a. Y mientras tanto, se entreg贸 usted a las delicias de las limonadas, los gintonics y las sodas… y se crey贸 usted tan superior a todo, que ya ve lo que ahora le ocurre, saliera Shellmund…

Realiz贸 en la muerta una operaci贸n perfecta. Cort谩ndole el cuero cabelludo en circulo, le alz贸 el cr谩neo y le quit贸 su cerebro. Despu茅s, prepar贸 una mezcla de caramelos de todos los colores, junto con terrones de az煤car, y lo embuti贸 todo dentro del cr谩neo vac铆o, junto con una tarjetita que en rojo dec铆a: «Dulces sue帽os». Acto seguido, coloc贸 la tapa del cr谩neo en su lugar, as铆 como el cuero cabelludo, lo cosi贸 todo y ocult贸 las costuras con cera y polvos.

—¡Ya est谩! —exclam贸 en voz alta al terminar.

A continuaci贸n, se traslad贸 a la mesa contigua.

—Buenas tardes, se帽or Wren, buenas tardes. ¿C贸mo est谩 hoy su odio racial, se帽or Wren? ¡Oh, puro, blanco y limp铆simo se帽or Wren! Tan blanco como la nieve, como el lino, es usted, se帽or Wren. El hombre que odiaba a los jud铆os y los negros. A las minor铆as, se帽or Wren, a las minor铆as —le apart贸 la s谩bana—. Se帽or Wren, mire a un miembro de una minor铆a. Yo. La minor铆a de los inferiores, de los que s贸lo hablan en susurros, de los que temen hablar en voz alta, de los que se asustan por todo, hasta de los ratones. ¿Sabe qu茅 voy a hacer con usted, se帽or Wren? Primero, le sacar茅 toda la sangre, mi intolerante amigo —la sangre fue extra铆da—. Y ahora… la inyecci贸n de, como usted dec铆a, el l铆quido embalsamador.

Y el se帽or Wren, blanco como un campo de nieve, puro como el lino, permaneci贸 inm贸vil mientras el l铆quido iba entrando en su cuerpo.

El se帽or Benedict se ech贸 a re铆r.

El se帽or Wren se volvi贸 negro; negro como el carb贸n, negro como la noche.

El l铆quido embalsamador era… tinta.

—¡Hola, Edmund Worth! ¡Vaya cuerpo tan magnifico ten铆a Worth! Poderoso, con m煤sculos recios de hueso a hueso, y un pecho como una roca. Las mujeres se hab铆an quedado sin habla al pasar 茅l, los hombres le hab铆an contemplado con envidia, esperando poder tener aquel mismo cuerpo una noche, llegar a casa y darles a sus esposas una agradable sorpresa. Pero el cuerpo de Worth siempre hab铆a sido suyo solamente, aplic谩ndolo a las tareas y placeres que le convert铆an en t贸pico de todas las conversaciones entre las personas que gustaban del pecado.

—Y ahora, est谩s aqu铆 —afirm贸 el se帽or Benedict, contemplando aquel espl茅ndido cuerpo con placer. Por un momento, se abism贸 en el recuerdo de su propio cuerpo en tiempos pret茅ritos.

Una vez intent贸 estrangularse con una cuerda colgada de un travesa帽o, pasada por debajo de la barbilla e iz谩ndose hacia arriba, esperando a帽adir una pulgada a su rid铆cula estatura. Para contrarrestar su p谩lida tez hab铆a estado tendido al sol, pero lo 煤nico que consigui贸 fue quemarse y que la piel le cayese a escamas, dej谩ndole s贸lo otra piel m谩s sensible y p谩lida debajo. ¿Y qu茅 pod铆a hacer con los ojillos desde los que atisbaba su cerebro? Unos ojos peque帽os, entrecerrados, muy juntos, vidriosos. Y la diminuta boca… Es posible repintar casas, quemar basuras, salir de un barrio pobre, matar a la madre, comprar ropas nuevas, un coche, ganar una fortuna, cambiar todo cuanto te rodea por cosas nuevas. ¿Pero qu茅 puede hacerse cuando te sientes atrapado como el queso en la garganta de un rat贸n? De este modo, su propio ambiente hab铆a traicionado al se帽or Benedict; su propia piel, su propio color, su propia voz no le daban la menor oportunidad para moverse en el mundo brillante y vasto, donde los hombres barbillean a las mujeres, bes谩ndoles la boca, estrechando tambi茅n las manos de los amigos y fuman cigarros arom谩ticos.

Pensando de esta manera, el se帽or Benedict se irgui贸 sobre el magn铆fico cuerpo de Edmund Worth.

Le cort贸 la cabeza, la coloc贸 en un ata煤d sobre una peque帽a almohada de sat茅n, cara arriba, y luego puso ciento noventa libras de ladrillos dentro del mismo ata煤d, metiendo unos cojines dentro de una chaqueta negra, con una camisa blanca y una corbata para fingir la parte superior del cad谩ver, y cubri贸 el conjunto con un pa帽o de terciopelo negro, hasta la barbilla.

La ilusi贸n era perfecta.

Luego meti贸 el cuerpo dentro de un frigor铆fico.

—Cuando yo muera, dejar茅 una orden espec铆fica, se帽or Worth, para que me corten la cabeza y la entierren con su cuerpo. Por entonces, tendr茅 ya un ayudante que ejecutar谩 este acto por dinero. Ya que en vida no he podido poseer un cuerpo que incite al amor, al menos lo tendr茅 en muerte muchas gracias.

Y atornill贸 la tapa del ata煤d sobre Edmund Worth.

Puesto que la costumbre del pueblo era que la gente fuese enterrada con los ata煤des cerrados durante el servicio, ello le daba oportunidad al se帽or Benedict de vengar sus represiones con sus desvalidos hu茅spedes. Met铆a a algunos en los ata煤des boca abajo, otros boca arriba, o en posturas obscenas. Se divirti贸 mucho una vez con un grupo de solteronas que murieron una tarde en un accidente de coche cuando se dirig铆an a tomar el t茅. Eran unas charlatanas muy famosas, que siempre hab铆an juntado sus cabezas para sus maliciosos comentarlos. Lo que no supo la gente que asisti贸 al funeral (los tres ata煤des estaban cerrados), era que, como en vida, las tres mujeres estaban embutidas en una sola caja, con las cabezas juntas eternamente, a fin de que pudieran seguir murmurando fr铆a, petr铆ficamente. Los otros dos ata煤des estaban llenos de guijarros, conchas y retazos de tela. Fue un servido estupendo. Todo el mundo llor贸.

—¡脡stas, tres pobres mujeres inseparables, separadas por fin!

Todos, todos sollozaban.
—S铆 —afirmaba el se帽or Benedict, hurtando el semblante y fingiendo un profundo dolor.

Como no le faltaba el sentido de justicia, el se帽or Benedict enterr贸 a un hombre muy ricach贸n completamente desnudo. A un pordiosero lo enterr贸 envuelto en una t煤nica dorada, con monedas de cinco d贸lares por botones y otras de veinte en cada p谩rpado. A un abogado no lo enterr贸, sino que lo inciner贸, y su ata煤d s贸lo conten铆a el cuerpo de un gato mont茅s que hab铆a cazado un domingo el se帽or Benedict.

El se帽or Benedict, mientras tanto, iba de un cad谩ver a otro, hablando con todas las figuras ensabanadas, y cont谩ndoles su secreto. El 煤ltimo cuerpo del d铆a era de un tal Merriwell Blythe, un anciano que sufr铆a comas y catalepsia. El se帽or Blythe ya hab铆a estado varias veces a punto de ser enterrado, pero en cada una hab铆a revivido a tiempo de impedir aquella cat谩strofe.

El se帽or Benedict apart贸 la s谩bana de la cara del se帽or Blythe.

El se帽or Merriwell Blythe entreabri贸 los p谩rpados.

—¡Ah! —grit贸 el se帽or Benedict, dejando caer la s谩bana.
—¡Eh! —chill贸 la voz debajo la tela.

El se帽or Benedict cay贸 contra la losa, sinti茅ndose de repente sobrecogido de espanto, enfermo.
—¡S谩queme de aqu铆! —continu贸 la voz del se帽or Merriwell Blythe.

—¡Est谩 usted vivo! —murmur贸 el se帽or Benedict, volviendo a apartar la s谩bana.

—¡Oh, las cosas que he o铆do, las cosas que he tenido que o铆r durante esta 煤ltima hora! —vocifer贸 el anciano sobre la losa, y girando los ojos, en su espanto—. Aqu铆 encima, sin poder moverme, y escuchando su insano mon贸logo… ¡Oh, monstruo! ¡Monstruo de maldad, s谩queme de aqu铆! ¡Ir茅 a ver al mayor, al consejo de la ciudad, a todo el mundo…! ¡Maldito, maldito monstruo! ¡S谩dico, malvado, asesino, espere a que cuente todo lo que ahora s茅 de usted! —a帽adi贸 el viejo—. ¡S谩queme de aqu铆!

—¡No! —exclam贸 el se帽or Benedict, cayendo de hinojos.

—¡Oh, canalla! —solloz贸 el se帽or Merriwell Blythe—. ¡Pensar que eso ha estado sucediendo en nuestra ciudad durante tantos a帽os, sin que supi茅semos las terribles iniquidades que usted comet铆a con los cad谩veres! ¡Oh, monstruo!

—¡No! —solloz贸 el se帽or Benedict, tratando de levantarse, volviendo a caer y p谩lido de terror.

—¡Las atrocidades de que ha blasonado y las que ha cometido! —agreg贸 el se帽or Blythe, con sequedad despreciativa.
—Lo siento —susurr贸 el se帽or Benedict.

El anciano trat贸 de incorporarse.

—¡No! —grit贸 el funerario, sujet谩ndolo fuertemente.
—¡Su茅lteme! —forceje贸 el anciano.
—¡No! —repiti贸 el se帽or Benedict. Cogi贸 a continuaci贸n una jeringa hipod茅rmica y pinch贸 al anciano en un brazo.

—¡Monstruo! —le escupi贸 al rostro el se帽or Blythe, y luego volvi贸 la mirada hacia todas las figuras postradas bajo las s谩banas, que le rodeaban—. ¡Eh, vosotros! ¡Ayudadme! —volvi贸 la cabeza hacia la ventana, por la que se divisaba la iglesia y el camposanto con las tumbas y las cruces—. ¡Los que est谩is ah铆, bajo las piedras, ayudadme! ¡Escuchadme! —el viejo cay贸 hacia atr谩s, saliendo de sus apretados labios un d茅bil silbido. Sab铆a que se estaba muriendo—. ¡Escuchadme todos! —exclam贸, atropelladamente—. Este infame me ha asesinado, y vosotros, vosotros, todos vosotros, hab茅is sido tambi茅n sus v铆ctimas. ¡No lo acept茅is! ¡No le permit谩is que vuelva a burlarse de nadie m谩s! —el anciano se pas贸 la lengua por los labios para humedecerlos, sinti茅ndose m谩s d茅bil a cada momento—. ¡Hacedle algo!

—¡No pueden hacerme nada! —proclam贸 el se帽or Benedict, inm贸vil y muy p谩lido—. ¡No pueden! ¡S茅 que no pueden!
—¡Salid de vuestras tumbas! —articul贸 penosamente el moribundo—. ¡Ayudadme! ¡Esta noche o ma帽ana, pero pronto, salid y acabad con 茅l, con este canalla tan terrible!

Y el se帽or Merriwell Blythe se aneg贸 en llanto.

—Es usted un necio —murmur贸 el se帽or Benedict—, se est谩 muriendo y s贸lo dice majader铆as —pero apenas pod铆a mover los labios, y sus ojos estaban desmesuradamente abiertos—. Vamos, mu茅rase de una vez, maldito.

—¡Todos fuera! —grit贸 el viejo—. ¡Todos fuera! ¡Ayudadme!
—¡Por favor, c谩llese! —le suplic贸 el se帽or Benedict—. ¡No quiero o铆rlo m谩s!

De pronto, la estancia se oscureci贸. Era de noche. Era muy tarde. El anciano continu贸 murmurando, cada vez m谩s d茅bilmente. Por fin, sonriendo, dijo:
—¡Todos han sufrido por usted, canalla, pero esta noche s茅 que har谩n algo!

Y el anciano falleci贸.

La gente afirm贸 que aquella noche se hab铆a producido una explosi贸n en el cementerio. O m谩s bien, una serie de explosiones, una mescolanza de cosas muy raras, un movimiento, una violencia, un desvari贸. Hubo mucha luz y rel谩mpagos, y lluvia, y las campanas de la iglesia tocaron a rebato, cayeron piedras, unas bocas lanzaron terribles juramentos, y los objetos volaron por el aire; hubo una persecuci贸n, un griter铆o, muchas sombras, todas las luces de la funeraria encendidas, y en su interior cosas que se mov铆an, fren茅tica, agitadamente; ventanas desquiciadas, puertas arrancadas de sus goznes, hojas ca铆das de los 谩rboles, verjas desconchadas, y al final una visi贸n del se帽or Benedict corriendo, desapareciendo; las luces se apagaron, y se oy贸 un alarido que s贸lo pudo lanzar el se帽or Benedict.

Despu茅s… nada. Silencio.

La gente de la poblaci贸n entr贸 en la funeraria a la ma帽ana siguiente. Registraron la estancia y la iglesia adyacente, y al final salieron al cementerio.

All铆 no hallaron m谩s que sangre, una inmensa cantidad de sangre, que lo salpicaba todo, como si hubiese ca铆do del cielo por la noche.

Pero ni la menor se帽al del se帽or Benedict.

—¿D贸nde estar谩? —se preguntaban todos, confundidos.

Pero por fin tuvieron una respuesta.

Vagando por entre las tumbas, llegaron a la sombra de unos 谩rboles, donde las losas, una a una, eran muy viejas y estaban carcomidas por el tiempo. Ning煤n p谩jaro cantaba en los 谩rboles. El sol, que finalmente, hab铆a conseguido atravesar los espesos ramajes, era como una bombilla incandescente, d茅bil, teatral, incre铆ble.

Se detuvieron delante de una tumba.

—¡Aqu铆 est谩! —exclamaron.

Se inclinaron para examinar m谩s de cerca la losa cubierta de musgo, y lanzaron un alarido general.

Recientemente grabado sobre la losa, como por unos dedos muy d茅biles (en realidad, era todo producto de unas u帽as), leyeron un nombre:

SE脩OR BENEDICT

—¡Mirad aqu铆! —chill贸 alguien de repente. Todos acudieron.
—¡Esta losa, y 茅sta, y 茅sta tambi茅n! —a帽adi贸 el vecino del pueblo, se帽alando otras cinco tumbas.

Todos fueron examin谩ndolas detenidamente, presos del m谩s profundo estupor.

En cada losa se ve铆an los mismos ara帽azos, con id茅ntico mensaje:

SE脩OR BENEDICT

La gente estaba aterrada.

—¡Es imposible! —gritaron, d茅bilmente—. ¡No puede estar enterrado bajo todas estas piedras a la vez!

Permanecieron largo rato en el cementerio. Instintivamente, se contemplaron en silencio, y luego miraron hacia la sombra de los 谩rboles. Esperaban una respuesta. Con un leve barboteo, uno de ellos se limit贸 a preguntar:

—¿De veras, no puede?

(Publicado en Weird Tales, 1947)

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