El ladrón honrado - Fiódor Dostoyevski
Una mañana, cuando ya me disponía a dirigirme a mis tareas, entró en mi habitación Agrafena, mi cocinera, lavandera y ama de llaves, y, para mi sorpresa, se dirigió a mí. Hasta aquel momento era una mujer tan callada y sencilla que, al margen de dos palabras que dijera al día sobre lo que iba a preparar para comer, no había dicho más durante seis años. O, al menos, yo no había oído nada. —He venido a decirle, señor —empezó de pronto—, que podría usted alquilar el desván. —¿Qué desván? —Pues el que está junto a la cocina. Ya sabe al que me refiero. —¿Para qué? —¡Para qué! Pues porque la gente los alquila. Está claro para qué. —Pero ¿a quién se lo alquilaría? —¡A quién! A un inquilino. ¿A quién si no? —Pero si allí, madrecita mía, no cabe ni una cama; es muy estrecho. ¿Quién podría vivir allí? —¿Qué falta hace que viva allí? Solo hace falta un hueco para dormir; y para vivir está el alféizar de la ventana. —¿Qué alféizar? —Está claro cuál, como si no lo supiera. El que está en el vestíbulo. Allí po…