El sargento Canchuca - Julio Ramón Ribeyro
Desde muy niños papá nos había obligado a tomar cucharadas de emulsión Scott y de aceite de hígado de bacalao, dos celebrados y nauseabundos tónicos de la época. Pero cuando entramos a la adolescencia decidió reemplazar esos remedios bucales por fortificantes más eficaces. De allí le vino la idea que todos debíamos recibir regularmente inyecciones intravenosas de calcio. Todos éramos en este caso los cuatro hermanos y mamá, pues papá se excluía de este proyecto por considerar que su edad había ya pasado. Siempre se quejó que de niño había estado mal atendido y sobre todo mal medicinado, de allí que sufriera todas las enfermedades del mundo y llegara a los cuarenta años convertido en un hombre enclenque y achacoso. —Lo que no da la herencia lo da el bolsillo —repetía a menudo pensando que podía pagar con remedios la fortaleza que su sangre no nos pudo transmitir. Pero pronto se dio cuenta que su bolsillo le iba a resultar flaco si quería llevar adelante su plan de salud familiar. Hacer v…