El manuscrito de un loco - Charles Dickens
«¡Sí! ¡Un loco! ¡Cómo me habría herido el corazón esta palabra hace unos años! ¡Cómo habría provocado ese terror que solía invadirme a veces, haciendo zumbar y hormiguear mi sangre por las venas, hasta que el frío rocío del miedo subía a mi frente en grandes gotas y mis rodillas se entrechocaban de temor! Ahora, en cambio, me gusta. Es un hermoso nombre. Mostradme al monarca cuyo ceño iracundo haya sido jamás tan temido como la mirada de los ojos de un loco; cuya horca y hacha fueran tan seguras como las manos de un loco. ¡Ja, ja! ¡Es algo grandioso, estar loco!; que le miren a uno, como a un león salvaje, a través de las barras de hierro; y rechinar los dientes y aullar a lo largo de la noche silenciosa, con el alegre son de la pesada cadena; y rociar y revolcarse en la paja, embriagado con tan bella música. ¡Viva el manicomio! ¡Ah, es un lugar espléndido! Recuerdo los tiempos en que tenía miedo de volverme loco; cuando me despertaba sobresaltado y caía de rodillas, rogando ser perdon…