Agua - José María Arguedas

Agua - José María Arguedas
A los comuneros y «lacayos» de la hacienda Viseca con quienes temblé de frío en los regadíos nocturnos y bailé en carnavales, borracho de alegría,  al compás  de la tinya y de la flauta. A los comuneros de los cuatro ayllus de Puquio:  K’ayau, Pichk’achuri, Chaupi y K’ollana.  A los comuneros de San Juan, Ak’ola, Utek’,  Andamarca, Sondondo, Aucará, Chaviña y Larcay. Cuando yo y Pantaleoncha llegamos a la plaza, los corredores estaban todavía desiertos, todas las puertas cerradas, las esquinas de don Eustaquio y don Ramón sin gente. El pueblo silencioso, rodeado de cerros inmensos, en esa hora fría de la mañana, parecía triste. —San Juan se está muriendo —dijo el cornetero—. La plaza es corazón para el pueblo. Mira no más nuestra plaza, es peor que puna. —Pero tu corneta va a llamar gente. —¡Mentira! Eso no es gente; en Lucanas sí hay gente, más que hormigas. Nos dirigimos como todos los domingos al corredor de la cárcel. El varayok’ había puesto ya la mesa para el repartidor del agua. Esa mesa amar…