El despenador - Ventura García Calderón
Lo habían ensayado todo sin éxito; el sebo de jaguar; la lana de llama blanca, que alivia el dolor si se ha friccionado con ella el pecho del enfermo; las hierbas serranas que el brujo del pueblo vecino propinaba en un mate de chicha después de haber escupido, como las llamas, hacia los malos poderes del aire. La serafina, hechicera insigne, se untó el sábado por la noche el cuerpo entero de polvos amarillos y salió volando a Huamachuco, a besar tres veces el trasero del macho cabrío. Pero ni el diablo ni los santos pudieron aliviar al viejo cacique de indios que agonizaba en su cabaña. No moría el viejo como los demás, resignado a lo inevitable, en silencio, apenas quejoso, bebiendo chicha y aguardiente para acelerar el tránsito a mejor vida. Se retorcía, espumaba, maldiciendo. Nadie podía pegar los ojos en la cabaña: ni los cerdos rosa, ni las alpacas, ni el perro pastor, ni los hijos del moribundo, que se acostaban todos juntos. ¿Hasta cuándo iba a gemir el taita viejo? Los malos es…