La oruga - Edogawa Rampo
Tokiko se despidió, salió del edificio principal y mientras oscurecía atravesó el amplio jardín, descuidado por completo y cubierto de maleza, camino de la pequeña casa donde vivía con su marido. Durante el trayecto recordó las convencionales palabras de elogio con las que, una vez más, le había regalado el oído al general de división, dueño de aquella propiedad. Tenía una sensación en cierto modo extraña, y en la boca seguía notando un regusto amargo parecido al de la berenjena asada, sabor que, por otra parte, detestaba con todas sus fuerzas. —La lealtad y los méritos del teniente Sunaga son, no cabe duda, el orgullo de nuestro ejército —había afirmado—. (El viejo general mantenía la absurda actitud de honrar con su antiguo rango al militar lisiado que aquella mujer tenía como marido). —En lo que a usted respecta, sin embargo, su constante fidelidad la ha tenido alejada de los placeres y deseos de los que antes disfrutaba. Durante tres largos años ha sacrificado todo por ese pobre invá…