La oruga - Edogawa Rampo - Amantes de la literatura

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6.19.2025

La oruga - Edogawa Rampo

 

Tokiko se despidi贸, sali贸 del edificio principal y mientras oscurec铆a atraves贸 el amplio jard铆n, descuidado por completo y cubierto de maleza, camino de la peque帽a casa donde viv铆a con su marido. Durante el trayecto record贸 las convencionales palabras de elogio con las que, una vez m谩s, le hab铆a regalado el o铆do al general de divisi贸n, due帽o de aquella propiedad.

Ten铆a una sensaci贸n en cierto modo extra帽a, y en la boca segu铆a notando un regusto amargo parecido al de la berenjena asada, sabor que, por otra parte, detestaba con todas sus fuerzas.

—La lealtad y los m茅ritos del teniente Sunaga son, no cabe duda, el orgullo de nuestro ej茅rcito —hab铆a afirmado—. (El viejo general manten铆a la absurda actitud de honrar con su antiguo rango al militar lisiado que aquella mujer ten铆a como marido).

—En lo que a usted respecta, sin embargo, su constante fidelidad la ha tenido alejada de los placeres y deseos de los que antes disfrutaba. Durante tres largos a帽os ha sacrificado todo por ese pobre inv谩lido sin dejar escapar ni un solo suspiro de queja. Usted siempre ha defendido que as铆 est谩 obligada a comportarse la esposa de un soldado, y tiene toda la raz贸n. Pero en ocasiones no puedo evitar la idea de que se trata de un destino cruel para una mujer, sobre todo para una mujer tan atractiva y encantadora como usted, adem谩s de tan joven. Es realmente admirable. Con toda franqueza, creo que esta es una de las historias m谩s conmovedoras de nuestro tiempo. La 煤nica duda es cu谩nto durar谩. Recuerde que todav铆a tiene usted un largo futuro por delante. Por el bien de su marido, espero que nunca cambie.

Al viejo general de divisi贸n Washio le agradaba contar las maravillas del incapacitado teniente Sunaga (quien en otro tiempo hab铆a formado parte de su estado mayor y ahora resid铆a como invitado en su propiedad) y de su esposa; y tanto le gustaba que se hab铆a convertido en un t贸pico a la hora de conversar con ella cada vez que la ve铆a. Pero a Tokiko le resultaba muy desagradable y trataba de evitar al general en la medida de lo posible. De cuando en cuando, siempre que el tedio en la convivencia con su silencioso e inv谩lido marido se hac铆a insoportable, buscaba la compa帽铆a de la esposa y la hija del general, casi siempre despu茅s de haberse asegurado de que este se hallaba ausente.

Ten铆a la secreta sensaci贸n de que su excepcional esp铆ritu de sacrificio y su fidelidad bien merec铆an las generosas alabanzas del anciano, y al principio aquello halagaba su vanidad. Pero en esos primeros d铆as todo el asunto pose铆a el brillo de la novedad. Despu茅s sigui贸 siendo divertido, en cierto modo, cuidar de alguien tan completamente indefenso como su marido.

Aquella autocomplacencia, no obstante, poco a poco hab铆a ido transform谩ndose en aburrimiento, y m谩s adelante en miedo. Ahora se estremec铆a cuando recib铆a tan elevados elogios. Se imaginaba se帽alada por un dedo acusador mientras sent铆a que una voz sarc谩stica y chirriante le dec铆a al o铆do: «¡Bajo el manto de la fidelidad escondes una vida de pecado y de traici贸n!».

D铆a tras d铆a, los cambios que de forma inconsciente se iban produciendo en su forma de pensar la sorprend铆an incluso a ella. De hecho, reflexionaba con frecuencia acerca de la volatilidad de los sentimientos humanos.

Al principio no hab铆a sido m谩s que una fiel y sumisa esposa que nada sab铆a del mundo, ingenua y t铆mida en extremo. Pero ahora, a pesar de que en apariencia no hab铆a sufrido casi ning煤n cambio, en su coraz贸n albergaba horribles pasiones, pasiones surgidas de la visi贸n constante de su marido inv谩lido y digno de l谩stima; tal era su grado de invalidez que esta palabra resultaba del todo inadecuada para describir el estado de quien, en otro tiempo, se condujera con tanto orgullo y tan noble porte.

Como si de un animal salvaje se tratara, o como si se hallara pose铆da por el diablo, ¡hab铆a empezado a sentir un insano deseo de satisfacer su lujuria! S铆, ¡hasta tal punto hab铆a cambiado! Se preguntaba de d贸nde proced铆a aquel desesperado impulso. ¿Podr铆a atribuirse al misterioso hechizo ejercido por aquel trozo de carne? Porque, a decir verdad, eso era su marido: ¡un trozo de carne! ¿O, por el contrario, era obra de alg煤n extra帽o poder sobrenatural imposible de definir?

Cuando el general Washio se dirig铆a a ella, Tokiko no pod铆a evitar ese inexplicable sentimiento de culpa. Adem谩s, cada vez era m谩s consciente de que aumentaba sin cesar el tama帽o de su propio cuerpo.

—La situaci贸n es alarmante —se repet铆a una y otra vez—. ¿Por qu茅 no dejo de engordar como una perezosa sin cerebro?

Sin embargo, la palidez de su rostro mostraba un acusado contraste con la evoluci贸n de su cuerpo, y muchas veces ten铆a la sensaci贸n de que el general lo observaba de forma dudosa mientras le dedicaba los habituales elogios. Quiz谩 esa era la raz贸n por la que detestaba a aquel hombre.

Viv铆an en un barrio remoto, y la distancia que separaba la casa principal de la casita de la pareja era m谩s o menos la equivalente a una manzana. Entre las dos viviendas hab铆a un terreno cubierto de hierba sin camino alguno para atravesarlo: una zona en la que era frecuente encontrarse con serpientes que susurraban escondidas en los matorrales. Adem谩s, si quien por all铆 anduviese daba un paso en falso, enseguida corr铆a el riesgo de caer a un viejo pozo abandonado oculto entre la maleza. Un remedo de cercado muy poco uniforme rodeaba la enorme mansi贸n y ante ella se extend铆an los campos.

Desde la oscuridad donde se encontraba, Tokiko ve铆a la sobria vivienda de dos plantas, su morada, que por la parte de atr谩s daba a un extremo del bosquecillo de un santuario budista. En el cielo dos estrellas parec铆an brillar un poco m谩s que las otras. La habitaci贸n en la que yac铆a su marido no ten铆a luz. No pod铆a, como era natural, encender la l谩mpara, de ah铆 que el «trozo de carne» estuviera, con toda seguridad, parpadeando impotente, recostado en su silla, o resbalando del asiento para caer en las esteras sumido en la penumbra.

¡Qu茅 l谩stima! Cuando pensaba en ello, unos escalofr铆os de rabia, de amargura y de pena parec铆an recorrerle la espalda.

Al entrar en la casa, se dio cuenta de que la puerta de la habitaci贸n de arriba estaba entreabierta, como si de una amplia y negra boca se tratase, y percibi贸 el familiar soniquete de los golpes sobre las esteras.

—Oh, ya est谩 otra vez —lament贸 para sus adentros, y de pronto sinti贸 tanta l谩stima por 茅l que sus ojos se llenaron de l谩grimas. Aquellos ruidos significaban que su marido incapacitado estaba tumbado de espaldas, llamando con impaciencia a su 煤nica compa帽铆a mediante los golpes que daba con la cabeza en las esteras, en lugar de las palmadas que cualquier esposo japon茅s hubiera utilizado.

—Ya voy. Debes de tener hambre.

Hablaba en voz baja seg煤n su costumbre, aunque sab铆a que nadie pod铆a o铆rla. Luego subi贸 la escalera, similar a una de mano, que conduc铆a a la peque帽a habitaci贸n de la segunda planta.

Aquella estancia ten铆a una alcoba con una l谩mpara de estilo antiguo en un rinc贸n. Junto a ella hab铆a una caja de cerillas, pero 茅l era incapaz de encender la luz con ellas.

La mujer le habl贸 con el tono de una madre dirigi茅ndose a su hijo:

—Te he hecho esperar demasiado tiempo, ¿verdad? Lo siento mucho.

Despu茅s a帽adi贸:

—Aguarda solo un instante. No puedo hacer nada con esta oscuridad. Voy a encender la l谩mpara.

Aunque no dejaba de hablar entre dientes, sab铆a que su marido no la o铆a en absoluto. Encendi贸 la luz y llev贸 la l谩mpara a una mesa situada en otro rinc贸n de la habitaci贸n. Delante de la mesa hab铆a una silla baja con un coj铆n de muselina estampado sujeto a ella. Estaba vac铆a, y su 煤ltimo ocupante se hallaba ahora tendido en el suelo cubierto de esteras: una extra帽a y horrible criatura. Iba vestido (aunque «envuelto» ser铆a el t茅rmino m谩s apropiado) con viejas ropas de seda.

S铆, all铆 estaba «aquello», un paquete viviente, envuelto en un quimono de seda, semejante a un env铆o que alguien hubiera abandonado sin m谩s, ¡un fardo verdaderamente extra帽o!

Por uno de los lados del paquete sobresal铆a la cabeza de un hombre que no dejaba de golpear sobre las esteras como si fuese un insecto o alg煤n ins贸lito mecanismo autom谩tico. Al golpear, el enorme bulto se desplazaba poco a poco… de un modo similar al de un gusano arrastr谩ndose.

—No deber铆as ponerte tan nervioso. ¿Qu茅 es lo que quieres? ¿Esto?

Hizo un gesto que significaba comer.

—¿No? ¿Esto, entonces?

Prob贸 con otras se帽as, pero su marido mudo negaba con la cabeza una y otra vez sin dejar de dar sus desesperados golpes en las esteras del suelo.

Se hab铆a hecho ya tanto da帽o con las astillas de una concha que la cabeza m谩s bien parec铆a una masa informe. Hab铆a que acercarse mucho a 茅l para reconocer en su rostro rasgos que en otro tiempo fueron los de un ser humano.

El o铆do izquierdo hab铆a desaparecido por completo, y en su lugar no hab铆a m谩s que un peque帽o hueco negro. Sufr铆a un pronunciado tic a lo largo de la mejilla izquierda, desde la boca hasta el ojo, mientras que una fea cicatriz tambi茅n surcaba la sien derecha hasta la parte superior de la cabeza. Ten铆a el cuello hundido, como si hubieran extra铆do la carne que lo proteg铆a, y la nariz y la boca nada conservaban de su forma original.

Sin embargo, en medio de aquel monstruoso rostro a煤n permanec铆an dos ojos redondos y brillantes como los de un ni帽o inocente, unos ojos que contrastaban de forma muy acusada con la fealdad que los rodeaban. En aquellos momentos refulg铆an de irritaci贸n.

—¡Ah! Me quieres decir algo, ¿no es as铆? Espera un momento.

Cogi贸 un cuaderno y un lapicero del caj贸n de la mesa, coloc贸 el l谩piz en la boca deforme y sostuvo el cuaderno ante ella. Su marido no pod铆a ni hablar ni sujetar nada para escribir, ya que, adem谩s de carecer de 贸rganos vocales, tambi茅n hab铆a perdido los brazos y las piernas.

—¿Cansado de m铆?

Aquellas palabras fueron las que garabate贸 con su boca el inv谩lido.

—¡Ja, ja, ja! Otra vez est谩s celoso, ¿verdad? —se re铆a ella—. No seas tonto.

Pero el lisiado volvi贸 a dar impacientes cabezazos contra el suelo. Tokiko comprendi贸 lo que quer铆a y de nuevo situ贸 el cuaderno ante la punta del l谩piz sujeto entre los dientes de su marido.

Una vez m谩s, el l谩piz se movi贸 inseguro y escribi贸: «¿D贸nde fuiste?».

En cuanto lo ley贸, Tokiko arranc贸 el lapicero de la boca del hombre con un gesto brusco y escribi贸: «A la casa de Washio», y coloc贸 la respuesta casi pegada a los ojos de su esposo.

Cuando 茅l hubo le铆do el seco mensaje, ella a帽adi贸: «¡Deber铆as saberlo! ¿A qu茅 otro sitio voy a ir?».

El inv谩lido pidi贸 otra vez el cuaderno y escribi贸: «¿Tres horas?».

Ella sinti贸 un nuevo arrebato de comprensi贸n. «No sab铆a que hubiera tardado tanto», escribi贸 como respuesta. «Lo siento».

Dio rienda suelta al sentimiento de l谩stima que la invad铆a, y se inclin贸 e hizo gestos con la mano mientras hablaba:

—No volver茅 a ir. Nunca m谩s volver茅. Lo prometo.

El teniente Sunaga, o m谩s bien «el fardo», a煤n se hallaba lejos de parecer satisfecho, pero quiz谩 se hab铆a cansado de escribir con la boca, porque ten铆a la cabeza apoyada sin fuerza en el suelo y ya no se mov铆a. Transcurridos unos instantes, le dedic贸 a su mujer una mirada dura con la que sus grandes ojos dieron a entender todos sus sentimientos.

Tokiko solo conoc铆a un medio para tranquilizar a su marido. Como las palabras y las disculpas no serv铆an de nada, siempre que se produc铆an esas extra帽as «disputas de enamorados» ella recurr铆a a aquel expeditivo m茅todo.

Se inclin贸 de repente sobre su esposo y cubri贸 de besos la retorcida boca. Los ojos del hombre no tardaron en mostrar una mirada de gran satisfacci贸n y profundo placer, y despu茅s dibuj贸 una desagradable sonrisa. Ella segu铆a bes谩ndolo, con los ojos cerrados para olvidar su fealdad, y, de manera gradual, fue apareciendo el deseo de burlarse de aquel pobre inv谩lido que se encontraba en un estado de tan absoluta indefensi贸n.

El lisiado a quien besaban con tal pasi贸n sufri贸 tremendas contorsiones al verse incapaz de respirar y su rostro se deform贸 en una mueca extravagante. Como siempre suced铆a, aquella visi贸n excit贸 a Tokiko de una forma extra帽a.

El caso del teniente Sunaga hab铆a supuesto una importante conmoci贸n en el mundo m茅dico. Le amputaron los brazos y las piernas y su rostro fue reconstruido con habilidad por los cirujanos. La prensa, por su parte, tambi茅n le dio una gran publicidad al caso, y un peri贸dico lleg贸 incluso a hablar de 茅l como «el pat茅tico mu帽eco roto cuyos preciados miembros fueron cruelmente arrancados por los caprichosos dioses de la guerra».

El teniente Sunaga era, si cabe, a煤n m谩s digno de l谩stima, ya que, a pesar de haber sufrido una cu谩druple amputaci贸n, pose铆a un torso muy desarrollado. Quiz谩 debido a su magn铆fico apetito (comer era su 煤nica diversi贸n), Sunaga hab铆a llegado a tener un vientre brillante y prominente. Lo cierto es que aquel hombre parec铆a una enorme oruga amarilla.

Le hab铆an amputado los brazos y las piernas de tal manera que ni siquiera le quedaban los mu帽ones, sino 煤nicamente cuatro bultos de carne que se帽alaban el lugar que antes ocuparan los cuatro miembros. Sol铆a tumbarse sobre su abultado vientre y, sirvi茅ndose de esos bultos, lograba impulsarse y dar vueltas sobre s铆 mismo: una peonza de carne y hueso.

Unos instantes despu茅s, Tokiko comenz贸 a desnudarlo. 脡l no ofreci贸 resistencia y se limit贸 a mirar expectante los ojos de su mujer, entrecerrados de un modo extra帽o, unos ojos similares a los de un animal que vigila a su presa.

Tokiko comprend铆a muy bien lo que su impedido esposo quer铆a decirle con su apasionada mirada. El teniente Sunaga hab铆a perdido toda capacidad sensorial, excepto las referidas a la vista, la sensibilidad f铆sica y el gusto. Nunca hab铆a mostrado demasiado inter茅s por los libros y, adem谩s, la explosi贸n de la que fue v铆ctima le provoc贸 una impresi贸n tan grande que da帽贸 sus facultades mentales. Por consiguiente, ahora hab铆a desaparecido incluso su escasa afici贸n a la lectura y los placeres f铆sicos constitu铆an su 煤nica diversi贸n.

En lo que a Tokiko se refiere, y a pesar de que era de natural t铆mida, siempre hab铆a albergado una extra帽a inclinaci贸n a abusar de los d茅biles. Adem谩s, la contemplaci贸n de la agon铆a de aquel pobre inv谩lido despert贸 muchos de sus instintos ocultos.

A煤n inclinada sobre 茅l, sigui贸 dedic谩ndole sus aberrantes caricias, provocando en el inv谩lido una excitaci贸n que lo llevaba cada vez m谩s cerca del 茅xtasis…


Tokiko lanz贸 un grito y se despert贸. Hab铆a tenido una terrible pesadilla y estaba sentada en medio de un sudor fr铆o. La l谩mpara de la mesilla se hallaba ennegrecida por el humo y la mecha se hab铆a consumido por completo.

El interior de la habitaci贸n, el techo, las paredes…, todo parec铆a estirarse como si fuera de goma y luego contraerse hasta alcanzar formas inveros铆miles. Junto a ella, el rostro de su marido pose铆a un brillante tono anaranjado.

Record贸 que 茅l no pod铆a haber o铆do su grito de ninguna manera, pero se dio cuenta, con inquietud, de que su esposo ten铆a la mirada fija en el techo y los ojos abiertos de par en par. Mir贸 el reloj de la mesa y vio que era algo m谩s de la una.

Una vez despierta del todo, trat贸 de borrar los horribles pensamientos procedentes de la pesadilla que hab铆a invadido su mente, pero cuanto m谩s intentaba olvidarlos, m谩s persistentes se hac铆an las im谩genes. Al principio tuvo la sensaci贸n de que la bruma se alzaba ante sus ojos y, cuando esta se hubo disipado, pudo ver con gran nitidez un enorme trozo de carne que flotaba en el aire y daba vueltas y m谩s vueltas como una peonza. De repente surgi贸 el cuerpo de una mujer gorda y repulsiva que parec铆a venir de ninguna parte, y las dos figuras se fundieron en un apasionado abrazo. Esta incre铆ble escena er贸tica trajo a la memoria de Tokiko la ilustraci贸n de una postal donde se representaba un pasaje del Infierno de Dante; pero, a pesar de todo, mientras su mente divagaba, el desagradable y repulsivo abrazo de la pareja pareci贸 excitar todas sus pasiones reprimidas y paralizar sus nervios. Se pregunt贸, presa de un escalofr铆o, si acaso no ser铆a una pervertida.

Apret贸 los brazos en torno a su pecho y dej贸 escapar un grito desgarrador. Luego mir贸 con atenci贸n a su marido, como un chico que estuviera viendo una mu帽eca rota. 脡l segu铆a con la vista fija en el mismo punto del techo sin prestarle la menor atenci贸n a su mujer.

—Otra vez est谩 pensando. —Dedujo.

Era extra帽o, incluso en los mejores momentos, contemplar a un hombre que solo pod铆a comunicarse con los ojos, all铆 tumbado, la vista fija siempre en un solo punto, y todav铆a era peor cuando, como ahora, eso suced铆a en plena noche. Claro que su mente estaba da帽ada, pens贸 ella, pero un hombre con una incapacidad tan grande sin duda vive en un mundo totalmente distinto a cualquiera de los que yo pueda conocer jam谩s. Y se preguntaba si se tratar铆a de un mundo placentero. O quiz谩 fuera un infierno…

Cerr贸 de nuevo los ojos durante un instante y trat贸 de dormir, pero le fue imposible. Ten铆a la sensaci贸n de que, girando a su alrededor, hab铆a llamas que produc铆an un inmenso estruendo y termin贸 por angustiarse. Algo despu茅s, de forma caprichosa, volvieron a aparecer y desaparecer diversas ilusiones y alucinaciones. Entremezclados con ellas ven铆an los m煤ltiples acontecimientos que hac铆a tres a帽os hab铆an transformado una vida normal en aquella existencia miserable…

Al recibir la noticia de que su marido hab铆a resultado herido y regresaba a Jap贸n, sinti贸 un alivio indescriptible porque al menos hab铆a salvado la vida. Las esposas de sus colegas oficiales incluso envidiaron su «buena suerte».

Al poco tiempo los peri贸dicos se hicieron eco de los brillantes servicios prestados por su marido. Fue entonces cuando se dio cuenta de que hab铆a sufrido heridas muy graves, pero jam谩s pens贸 ni por un instante que le hab铆an provocado una incapacidad tan notable.

Tampoco olvidar铆a nunca la primera vez que le permitieron visitar a su esposo en el hospital militar. Ten铆a el rostro cubierto de vendas y no se le ve铆an m谩s que los ojos, unos ojos que la miraban como se mira el vac铆o. Recordaba que hab铆a llorado llena de amargura al enterarse de que las heridas y la impresi贸n sufridas le hab铆an dejado sordomudo. Poco se imaginaba, no obstante, los horribles descubrimientos que a煤n la aguardaban.

El jefe del equipo m茅dico, con gesto digno y tratando de mostrar su profunda compasi贸n, retir贸 las blancas s谩banas con mucho cuidado.

—¡Sea valiente! —Fueron sus palabras.

Ella quiso coger las manos de su marido…, pero no pudo hallar los brazos. Despu茅s vio que tampoco ten铆a piernas; era como un fantasma en una pesadilla. Bajo las s谩banas solo yac铆a el tronco de su cuerpo, vendado de un modo grotesco que lo asemejaba a una momia.

Intent贸 hablar, luego gritar, pero de su garganta no sali贸 un solo sonido. Tambi茅n ella hab铆a perdido moment谩neamente el habla. ¡Dios! ¿Aquello era todo lo que quedaba del marido al que tanto hab铆a amado? Hab铆a dejado de ser un hombre para convertirse en un simple busto de escayola.

El jefe m茅dico y las enfermeras la llevaron a otra sala, y entonces fue cuando se vino abajo del todo, estallando en un inconsolable llanto sin importarle la presencia de toda aquella gente. Se dej贸 caer sobre una silla, hundi贸 la cabeza entre los brazos y llor贸 hasta quedarse sin l谩grimas.

—Ha sido un aut茅ntico milagro. —Oy贸 decir al m茅dico—. Otro en su lugar no hubiera sobrevivido. Por supuesto, todo se debe a la maravillosa habilidad como cirujano del coronel Kitamura: es un verdadero genio con el bistur铆. No hay otro igual en ning煤n hospital militar del mundo.

De ese modo trataba el m茅dico de consolar a Tokiko. Por todos lados se repet铆a la palabra «milagro», pero ella no sab铆a si alegrarse o lamentarse.

Pas贸 medio a帽o como si fuera un sue帽o. El «cad谩ver viviente» del teniente Sunaga fue finalmente escoltado hasta su casa por su comandante y sus camaradas de armas, y se vio abrumado por las atenciones que le dedicaba todo el mundo.

A lo largo de los d铆as que siguieron, Tokiko cuid贸 de 茅l con enorme ternura y en medio de un mar de l谩grimas. Familiares, vecinos y amigos, todos ellos la animaban a sacrificarse cada vez m谩s, le repet铆an sin cesar su concepto del «honor» y de la «virtud». La exigua pensi贸n de su marido apenas daba para la manutenci贸n de ambos, de ah铆 que cuando el general de divisi贸n Washio, antiguo jefe de Sunaga en el frente, tuvo el detalle de ofrecerles de forma desinteresada la casa de campo que pose铆a dentro de su propiedad, ellos aceptaron agradecidos.

A partir de entonces, la vida cotidiana se convirti贸 en una rutina, pero eso tambi茅n dio lugar a una exasperante soledad. La causa principal era, por supuesto, la tranquilidad que los rodeaba. Otra de las razones era que la gente dej贸 de interesarse por la historia del h茅roe de guerra lisiado y la esposa consciente de su deber. El asunto perdi贸 inter茅s y su lugar en primera plana de la actualidad lo ocuparon nuevas personalidades y nuevos acontecimientos.

Los familiares de su marido rara vez se pasaban por all铆. En lo que a ella se refer铆a, sus padres hab铆an muerto, mientras que a todas sus hermanas y hermanos les tra铆a sin cuidado su desgracia. La consecuencia era que el pobre soldado inv谩lido y su fiel esposa viv铆an solos en una solitaria casa de campo, aislados por completo del mundo exterior. De todos modos, incluso aquella situaci贸n habr铆a sido m谩s soportable si uno de ellos no hubiera sido un mu帽eco de barro.

Al principio, el teniente Sunaga se hallaba bastante desconcertado. Aunque ten铆a conciencia de su tr谩gica situaci贸n, su gradual retorno a un estado de salud normal trajo consigo los remordimientos, la melancol铆a y la m谩s completa desesperaci贸n.

Toda comunicaci贸n entre Tokiko y su marido se realizaba mediante la palabra escrita. Los primeros vocablos que 茅l escribi贸 fueron «peri贸dico» y «condecoraci贸n». Con el primero daba a entender que deseaba ver los recortes donde se hablaba de sus gloriosas haza帽as; y con «condecoraci贸n» ped铆a que le mostraran la Orden de la Cometa de Oro, la m谩s alta distinci贸n militar de Jap贸n, que le hab铆an concedido. Se trataba de los primeros objetos que el general de divisi贸n Washio le hab铆a puesto ante los ojos tras recuperar la conciencia en el hospital, y se acordaba de ellos.

Desde ese momento, el inv谩lido escribi贸 con frecuencia las mismas palabras para realizar su petici贸n, y en todas y cada una de esas ocasiones Tokiko le ense帽aba la medalla y las noticias, y 茅l las contemplaba durante bastante tiempo. Tokiko ve铆a en cierto modo absurdo que su marido leyera una y otra vez los mismos peri贸dicos, pero al mismo tiempo se sent铆a bien al comprobar que los ojos de su c贸nyuge albergaban una mirada de profunda satisfacci贸n. Sol铆a sostener ante 茅l los recortes y la condecoraci贸n hasta que las manos se le quedaban casi dormidas.

Con el paso del tiempo, el teniente Sunaga termin贸 por hartarse de la palabra «honor». Durante una temporada no volvi贸 a solicitar las reliquias de sus hechos de guerra. En su lugar ped铆a cada vez m谩s comida, ya que, a pesar de la deformidad que sufr铆a, su apetito iba en aumento. De hecho, se sent铆a tan 谩vido de comida como cualquier paciente que estuviera convaleciente de alg煤n desorden de tipo alimenticio. Si Tokiko no acced铆a a su petici贸n de inmediato, 茅l daba rienda suelta a su ira arrastr谩ndose como un loco sobre las esteras.

Al principio Tokiko sinti贸 un vago temor por aquel comportamiento tan brusco, pero con el tiempo fue acostumbr谩ndose a los extra帽os caprichos de su marido. Al hallarse ambos encerrados por completo en la solitaria casa de campo, si uno de ellos no hubiera decidido comprometerse, la vida habr铆a resultado insoportable. De ese modo, como dos animales enjaulados en un zoo, siguieron adelante con su solitaria existencia.

En consecuencia, se mire como se mire, lo l贸gico era que Tokiko terminara considerando a su marido como un gran juguete con el que se pod铆a disfrutar a voluntad. Asimismo, la gula de su impedido esposo hab铆a contagiado su propio car谩cter hasta el punto de convertirla en una persona avariciosa en extremo.

Solo parec铆a existir un 煤nico consuelo para su amarga «carrera» como ni帽era de un inv谩lido. La realidad era que aquella desgraciada y extra帽a cosa que no solo era incapaz de hablar o de o铆r, sino que ni siquiera pod铆a moverse por s铆 misma, de ning煤n modo estaba hecha de madera o de barro: estaba viva y era real, y pose铆a todas y cada una de las emociones e instintos humanos; para ella se trataba de una fuente inagotable de fascinaci贸n. Y adem谩s estaban aquellos ojos redondos, su 煤nico 贸rgano de expresi贸n, que hablaban a veces tan llenos de tristeza y otras con tanta ira: eso tambi茅n ejerc铆a sobre ella una extra帽a atracci贸n. Era digna de l谩stima la incapacidad de aquel hombre para enjugar las l谩grimas que sus ojos a煤n derramaban. Y, por supuesto, cuando se enfadaba, solo pod铆a amenazar a su mujer sumi茅ndose en arrebatos hist茅ricos fuera de lo com煤n. Tales accesos de rabia sol铆an hacer su aparici贸n siempre que recordaba que jam谩s volver铆a a sucumbir, por su propia iniciativa, ante la abrumadora tentaci贸n que nunca abandonaba sus entra帽as.

Entretanto, Tokiko tambi茅n se las arreglaba para encontrar otra fuente de placer atormentando cuando le ven铆a en gana a aquella indefensa criatura. ¿Cruel? ¡S铆! Pero divertido… ¡Muy divertido!…

Todo lo acontecido a lo largo de los 煤ltimos tres a帽os ten铆a su v铆vido reflejo en el interior de los cerrados p谩rpados de Tokiko, como si de la proyecci贸n de una linterna m谩gica se tratase: los recuerdos fragmentados que tomaban cuerpo en su mente y se disipaban uno tras otro. Aquel fen贸meno se daba siempre que algo no funcionaba bien en su cuerpo. En esas ocasiones, sobre todo durante sus per铆odos mensuales de indisposici贸n f铆sica, se ensa帽aba de forma cruel con el pobre lisiado. La brutalidad de sus acciones hab铆a ido aumentando cada vez m谩s a medida que pasaba el tiempo. Ella era consciente, desde luego, de la naturaleza criminal de su comportamiento, pero las bestiales fuerzas procedentes de sus entra帽as escapaban por completo a su control.


De pronto not贸 que el dormitorio se estaba quedando a oscuras, que otra pesadilla se acercaba a ella. Pero esta vez decidi贸 verla con los ojos abiertos. Aquella idea le dio miedo, y se aceler贸 el ritmo de los latidos de su coraz贸n. Logr贸 tranquilizarse y se convenci贸 de que era una persona propensa a imaginar cosas. La mecha de la l谩mpara de la mesilla se hab铆a consumido y la luz comenz贸 a parpadear. Salt贸 de la cama y tir贸 de la mecha para sacarla un poco m谩s.

La habitaci贸n se ilumin贸 de inmediato, pero la luz de la l谩mpara se hallaba envuelta en una bruma de color naranja, y eso hizo crecer su inquietud. Tokiko volvi贸 a contemplar el rostro de su marido con aquella misma iluminaci贸n, y se asust贸 al ver que sus ojos segu铆an clavados en el mismo punto del techo. ¡No se hab铆an movido siquiera un mil铆metro!

Se preguntaba, con un escalofr铆o, en qu茅 podr铆a estar pensando su esposo. A pesar de sentir un enorme desasosiego, lo que la dominaba de verdad era el odio hacia la actitud de aquel hombre. Y una vez m谩s ese odio despert贸 en ella todos sus deseos innatos de atormentarlo…, de hacerle sufrir.

De repente, sin aviso alguno, se lanz贸 sobre el lecho de su marido, lo cogi贸 por los hombros con sus grandes manos y comenz贸 a zarandearlo llena de furia.

Desconcertado por aquella s煤bita violencia, el inv谩lido empez贸 a temblar. Se mordi贸 los labios y dedic贸 una feroz mirada a su esposa.

—¿Te has enfadado? ¿Por qu茅 me miras as铆? —pregunt贸 Tokiko con tono sarc谩stico—. No te sirve de nada enfadarte, ¡ya lo sabes! Est谩s por completo a mi merced.

Sunaga no era capaz de responder, pero las palabras que hubiera podido pronunciar sal铆an a la luz por medio de su penetrante mirada.

—¡Tienes unos ojos de loco! —grit贸 Tokiko—. ¡Deja de mirarme as铆!

Presa de un inesperado arrebato, clav贸 los dedos con fuerza en los ojos del hombre en medio de terribles chillidos.

—¡Ahora intenta mirarme si puedes!

El inv谩lido se defendi贸 de forma desesperada retorciendo el torso sin cesar, y al final su intenso sufrimiento le dio la fuerza necesaria para elevar el tronco y derribar de un golpe a su mujer, que cay贸 de espaldas.

Tokiko recuper贸 el equilibrio enseguida y se dio la vuelta para reanudar la agresi贸n. Pero se detuvo de pronto… ¡Qu茅 horror! La sangre manaba a borbotones de los ojos de su esposo; su rostro, deformado por el dolor, hab铆a adquirido la palidez de un pulpo hervido.

El miedo dej贸 paralizada a Tokiko. Hab铆a privado cruelmente a su marido de la 煤nica ventana que pose铆a para comunicarse con el mundo exterior. ¿Qu茅 le quedaba ahora? Nada, nada en absoluto…, excepto un mont贸n de carne con aspecto cadav茅rico en medio de la m谩s completa oscuridad.

Baj贸 las escaleras con paso inseguro y, tambale谩ndose, se aventur贸 descalza en la negrura de la noche. Atraves贸 la puerta trasera del jard铆n, lleg贸 corriendo hasta el camino del pueblo a toda velocidad, como perseguida por espectros en una pesadilla: muy deprisa, pero sin que apenas se notara el movimiento.

Por fin lleg贸 a su destino: la solitaria casa de un m茅dico de la zona. Tras o铆r el hist茅rico relato de la mujer, el doctor la acompa帽贸 a su hogar.

Su marido segu铆a debati茅ndose de un modo violento en el dormitorio, v铆ctima de una tortura infernal. El m茅dico hab铆a o铆do hablar muchas veces de aquel hombre sin miembros, pero nunca lo hab铆a visto; la impresi贸n que le provoc贸 la horrible vista del inv谩lido fue tan intensa que se qued贸 sin palabras. Le administr贸 una inyecci贸n para aliviar el dolor, vend贸 los cegados ojos y luego sali贸 de all铆 como alma que lleva el diablo, sin pedir siquiera una explicaci贸n acerca del «accidente».

Cuando cesaron los esfuerzos del teniente Sunaga ya hab铆a amanecido. Tokiko le acariciaba el pecho llena de ternura, y, hecha un mar de l谩grimas, imploraba:

—Perd贸name, amor m铆o. Por favor, perd贸name.

El trozo de carne se hallaba abatido por la fiebre, ten铆a el rostro enrojecido y el coraz贸n le lat铆a muy deprisa.

Tokiko no abandon贸 el lecho de su paciente en todo el d铆a, ni siquiera para comer. No hac铆a m谩s que ponerle pa帽os h煤medos en la cabeza; y, en los intervalos de tiempo entre uno y otro, escrib铆a sin parar «Perd贸name» con los dedos sobre el pecho de su marido. Hab铆a perdido la noci贸n del tiempo.

Por la noche remiti贸 algo la fiebre, y la respiraci贸n del enfermo pareci贸 recobrar su ritmo habitual. Tokiko conjetur贸 que tambi茅n habr铆a recuperado la conciencia, por eso volvi贸 a escribir en su pecho «Perd贸name». El trozo de carne, no obstante, no hizo el menor intento por responder. A pesar de haber perdido la visi贸n, a煤n le hubiera sido posible contestar mediante alg煤n tipo de se帽al, bien moviendo la cabeza, bien sonriendo. Pero su expresi贸n facial no se alter贸. Ella sab铆a, por el sonido de la respiraci贸n, que no estaba dormido, aunque le resultaba imposible decir si tambi茅n hab铆a perdido la capacidad de comprender el mensaje trazado sobre su pecho, o si en realidad aquel silencio estaba provocado por la ira.

Tokiko no dejaba de contemplarlo y era incapaz de controlar los temblores que le ocasionaba el terror. Aquella «cosa» que yac铆a ante ella era, no cab铆a duda, una criatura viva. Ten铆a pulmones, est贸mago y coraz贸n. Sin embargo, no ve铆a, no o铆a, no hablaba, y carec铆a de brazos y piernas. Su mundo era un insondable pozo de silencio perpetuo y de oscuridad sin l铆mites. ¿Qui茅n era capaz de imaginar un mundo as铆? ¿Con qu茅 se podr铆an comparar las sensaciones de un hombre que viviera en aquel abismo? Seguro que ansiaba poder gritar para pedir ayuda con todas sus fuerzas…, ver formas, por borrosas que fueran…, o铆r voces, aunque se tratase del m谩s t铆mido de los susurros…, aferrarse…, asirse a algo…

De pronto Tokiko rompi贸 a llorar presa del remordimiento por el irreparable crimen que hab铆a cometido. Con el coraz贸n desgarrado por el miedo y por el dolor, dej贸 a su marido all铆 y corri贸 en busca de los Washio en la casa principal: deseaba ver un rostro humano…, cualquier rostro que no fuese deforme.

El anciano general escuch贸 muy preocupado la larga confesi贸n de la mujer, en ocasiones incoherente a causa de los ataques de llanto, y una vez finalizada qued贸 tan at贸nito que no pudo articular palabra. Unos instantes despu茅s dijo que visitar铆a al teniente de inmediato.

Como ya hab铆a oscurecido, al anciano le prepararon un farol. Tokiko y 茅l atravesaron lenta y pesadamente el terreno cubierto de hierba por el que se iba a la casa de campo: los dos caminaban en silencio, absortos en sus propios pensamientos.

Cuando por fin llegaron a la malaventurada habitaci贸n, el viejo mir贸 dentro y luego exclam贸:

—¡Aqu铆 no hay nadie! ¿Ad贸nde ha ido?

Tokiko, sin embargo, no se alarm贸.

—Debe de estar en su cama —apunt贸.

Se dirigi贸 a la cama casi en tinieblas, pero la hall贸 vac铆a.

—¡No! —grit贸—. ¡No…, no est谩 aqu铆!

—No puede haber salido —reflexion贸 el general—. Tenemos que buscar en el interior de la casa.

Tras mirar hasta en el 煤ltimo rinc贸n de la vivienda y no encontrar nada, el general Washio no tuvo m谩s remedio que admitir que su antiguo subordinado, en efecto, no estaba all铆.

De repente, Tokiko descubri贸 unas letras garabateadas en una de las paredes de papel.

—¡Mire! —exclam贸 ella con gesto de sorpresa, se帽alando aquel mensaje escrito—. ¿Qu茅 es eso?

Ambos se agacharon para ver mejor. Tras pasar un rato tratando de descifrar unos trazos casi ilegibles, ella dio con la soluci贸n.

«Te perdono», era lo que dec铆a el texto.

De los ojos de Tokiko brotaron las l谩grimas al instante y comenz贸 a sentirse mareada. Era evidente que su marido se las hab铆a arreglado para arrastrar su cuerpo mutilado por la habitaci贸n, se hab铆a hecho con un lapicero de la mesa baja utilizando la boca y, con un esfuerzo enorme, hab铆a conseguido escribir el lac贸nico mensaje, y despu茅s…

Tokiko reaccion贸 de pronto, dispuesta a actuar.

—¡R谩pido! —grit贸 palideciendo—. ¡Puede que est茅 tratando de suicidarse!

Hicieron levantarse a todos los que habitaban en la casa de los Washio, y poco despu茅s los criados salieron al campo con faroles para iniciar la b煤squeda. Miraron por todas partes, pisoteando la maleza entre la casa principal y la peque帽a casa de campo.

Tokiko segu铆a ansiosa al viejo Washio y la d茅bil luz del farol que este sosten铆a. Mientras caminaba, la frase «Te perdono» acud铆a una y otra vez a su mente; estaba claro que se trataba de la respuesta de su marido al mensaje que ella hab铆a dibujado en su pecho. No dejaba de dar vueltas al significado de aquellas palabras hasta que se dio cuenta de que tambi茅n quer铆an decir «Voy a morir. Pero no sufras, ¡porque te he perdonado!».

¡Se hab铆a portado como una bruja sin coraz贸n! Era capaz de imaginar con gran nitidez a su marido cayendo escaleras abajo y arrastr谩ndose en la oscuridad, y crey贸 que el dolor y el remordimiento la terminar铆an asfixiando.

Despu茅s de andar un buen rato, la golpe贸 un pensamiento horrible. Se volvi贸 hacia el general y aventur贸:

—Por aqu铆 hab铆a un pozo, ¿no es as铆?

—As铆 es —respondi贸 茅l con aire serio, comprendiendo de inmediato lo que ella quer铆a decir.

Los dos echaron a andar a toda prisa en una nueva direcci贸n.

—El pozo deber铆a estar por aqu铆, creo —se帽al贸 el anciano por fin, como hablando para sus adentros. Luego alz贸 el farol para conseguir la m谩xima iluminaci贸n posible.

En ese preciso instante, Tokiko fue alcanzada por una extra帽a intuici贸n. Se detuvo por completo. Aguz贸 los o铆dos y oy贸 un d茅bil susurro, como el que hace una serpiente arrastr谩ndose entre la hierba.

Tanto ella como el anciano dirigieron la vista hacia aquel sonido, y casi de modo simult谩neo los dos se vieron paralizados por el terror.

En medio de aquella luz tan tenue, hab铆a algo que se retorc铆a con lentitud por la espesa maleza. De pronto, aquello alz贸 la cabeza y se arrastr贸 hacia delante restregando por el suelo unas protuberancias semejantes a excrecencias situadas en las cuatro esquinas de su cuerpo. Avanzaba con sigilo cent铆metro a cent铆metro.

Un poco despu茅s, la erguida cabeza desapareci贸 de repente en el suelo llev谩ndose al cuerpo tras ella. Unos segundos m谩s tarde oyeron el apagado sonido de algo que ca铆a al agua muy por debajo del nivel del suelo, como si de las entra帽as de la tierra se tratase.

Tokiko y el general lograron reunir por fin el coraje suficiente para dar un paso adelante…, y all铆, oculto entre la hierba, hallaron el viejo pozo con su enorme boca negra abierta.

Aunque parezca extra帽o, durante aquellos instantes que hab铆an quedado al margen del tiempo, la imagen que relampague贸 una vez m谩s en la mente de Tokiko fue la de una oruga: una criatura abotargada que se arrastraba despacio por la rama muerta de un 谩rbol seco en una noche oscura… avanzando paso a paso hasta el final de la rama y entonces, de pronto, se precipitaba…, ca铆a…, ca铆a a la insondable oscuridad que aguardaba debajo.

FIN

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