La ciudad - Hermann Hesse
—¡Esto marcha! —exclamó el ingeniero cuando por el tramo de vía tendido apenas el día anterior llegó ya el segundo tren, cargado de gente, carbón, herramientas y víveres. La pradera resplandecía suavemente bajo la luz dorada del sol, y en el horizonte, azulado por la bruma, se alzaba el alto macizo cubierto de bosques. Perros salvajes y búfalos de la pradera, atónitos, contemplaron cómo el trabajo y el bullicio irrumpían en aquella soledad, cómo en la verde campiña aparecían manchas de carbón y ceniza, de papel y hojalata. El primer cepillo de carpintero lanzó su chirrido a través del paisaje sobresaltado, tronó el primer disparo de fusil y su estruendo rodó hasta perderse por las montañas, y el primer yunque resonó con un timbre claro bajo rápidos martillazos. Se levantó una casa de hojalata. Al día siguiente se levantó una de madera; después, otras, nuevas cada día, y pronto también de piedra. Los perros salvajes y los búfalos se alejaron, la comarca se amansó y se hizo fértil. Ya e…