El velo negro - Charles Dickens - Amantes de la literatura

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9.01.2022

El velo negro - Charles Dickens


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«El velo negro», un cuento de Charles Dickens

Una velada de invierno, quiz谩 a fines de oto帽o de 1800, o tal vez uno o dos a帽os despu茅s de aquella fecha, un joven cirujano se hallaba en su despacho, escuchando el murmullo del viento que agitaba la lluvia contra la ventana, silbando sordamente en la chimenea. La noche era h煤meda y fr铆a; y como 茅l hab铆a caminado durante todo el d铆a por el barro y el agua, ahora descansaba confortablemente, en bata, medio dormido, y pensando en mil cosas. Primero en c贸mo el viento soplaba y de qu茅 manera la lluvia le azotar铆a el rostro si no estuviese instalado en su casa.

Sus pensamientos luego cayeron sobre la visita que hac铆a todos los a帽os para Navidad a su tierra y a sus amistades e imaginaba que ser铆a muy grato volver a verlas y en la alegr铆a que sentir铆a Rosa si 茅l pudiera decirle que, al fin, hab铆a encontrado un paciente y esperaba encontrar m谩s, y regresar dentro de unos meses para casarse con ella. Empez贸 a hacer c谩lculos sobre cu谩ndo aparecer铆a este primer paciente o si, por especial designio de la Providencia, estar铆a destinado a no tener ninguno. Volvi贸 a pensar en Rosa y le dio sue帽o y la so帽贸, hasta que el dulce sonido de su voz reson贸 en sus o铆dos y su mano, delicada y suave, se apoy贸 sobre su espalda.

En efecto, una mano se hab铆a apoyado sobre su espalda, pero no era suave ni delicada; su propietario era un muchacho corpulento, el cual por un chel铆n semanal y la comida hab铆a sido empleado en la parroquia para repartir medicinas. Como no hab铆a demanda de medicamentos ni necesidad de recados, acostumbraba ocupar sus horas ociosas -unas catorce por d铆a- en substraer pastillas de menta, tomarlas y dormirse.

-¡Una se帽ora, se帽or, una se帽ora! -exclam贸 el muchacho, sacudiendo a su amo.

-¿Qu茅 se帽ora? -exclam贸 nuestro amigo, medio dormido-. ¿Qu茅 se帽ora? ¿D贸nde?

-¡Aqu铆! -repiti贸 el muchacho, se帽alando la puerta de cristales que conduc铆a al gabinete del cirujano, con una expresi贸n de alarma que podr铆a atribuirse a la ins贸lita aparici贸n de un cliente.

El cirujano mir贸 y se estremeci贸 tambi茅n a causa del aspecto de la inesperada visita. Se trataba de una mujer de singular estatura, vestida de riguroso luto y que estaba tan cerca de la puerta que su cara casi tocaba el cristal. La parte superior de su figura se hallaba cuidadosamente envuelta en un chal negro, y llevaba la cara cubierta con un velo negro y espeso. Estaba de pie, erguida; su figura se mostraba en toda su altura, y aunque el cirujano sinti贸 que unos ojos bajo el velo se fijaban en 茅l, ella no se mov铆a para nada ni mostraba darse cuenta de que la estaban observando.

-¿Viene para una consulta? -pregunt贸 el cirujano titubeando y entreabriendo la puerta. No por eso se alter贸 la posici贸n de la figura, que segu铆a siempre inm贸vil.

Ella inclin贸 la cabeza en se帽al de afirmaci贸n.

-Pase, por favor -dijo el cirujano.

La figura dio un paso; luego, volvi茅ndose hacia donde estaba el muchacho, el cual sinti贸 un profundo horror, pareci贸 dudar.

-M谩rchate, Tom -dijo al muchacho, cuyos ojos grandes y redondos hab铆an permanecido abiertos durante la breve entrevista-. Corre la cortina y cierra la puerta.

El muchacho corri贸 una cortina verde sobre el cristal de la puerta, se retir贸 al gabinete, cerr贸 la puerta e inmediatamente mir贸 por la cerradura. El cirujano acerc贸 una silla al fuego e invit贸 a su visitante a que se sentase. La figura misteriosa se adelant贸 hacia la silla, y cuando el fuego ilumin贸 su traje negro el cirujano observ贸 que estaba manchado de barro y empapado de agua.

-¿Se ha mojado mucho? -le pregunt贸.

-S铆 -respondi贸 ella con una voz baja y profunda.

-¿Se siente mal? -inquiri贸 el cirujano, compasivamente, ya que su acento era el de una persona que sufre.

-S铆, bastante. No del cuerpo, pero s铆 moralmente. Aunque no es por m铆 que he venido. Si yo estuviese enferma no andar铆a a estas horas y en una noche como esta, y, si dentro de veinticuatro horas me ocurriese lo que me ocurre, Dios sabe con qu茅 alegr铆a guardar铆a cama y desear铆a morirme. Es para otro que solicito su ayuda, se帽or. Puede que est茅 loca al rogarle por 茅l. Pero una noche tras otra, durante horas terribles velando y llorando, este pensamiento se ha ido apoderando de m铆; y aunque me doy cuenta de lo in煤til que es para 茅l toda asistencia humana, ¡el solo pensamiento de que puede morirse me hiela la sangre!

Hab铆a tal desesperaci贸n en la expresi贸n de esta mujer que el joven cirujano, poco curtido en las miserias de la vida, en esas miserias que suelen ofrecerse a los m茅dicos, se impresion贸 profundamente.

-Si la persona que usted dice -exclam贸, levant谩ndose- se halla en la situaci贸n desesperada que usted describe, no hay que perder un momento. ¿Por qu茅 no consult贸 usted antes al m茅dico?
-Porque hubiera sido in煤til y todav铆a lo es -repuso la mujer, cruzando las manos.

El cirujano contempl贸 por un momento su velo negro, como para cerciorarse de la expresi贸n de sus facciones; pero era tan espeso que le fue imposible saberlo.

-Se encuentra usted enferma -dijo amablemente-. La fiebre, que le ha hecho soportar, sin darse cuenta, la fatiga que evidentemente sufre usted, arde ahora dentro. Ll茅vese esa copa a los labios -prosigui贸, ofreci茅ndole un vaso de agua- y luego expl铆queme, con cuanta calma le sea posible, cu谩l es la dolencia que aqueja al paciente, y cu谩nto tiempo hace que est谩 enfermo. Cuando conozca los detalles para que mi visita le sea 煤til, ir茅 inmediatamente con usted.

La desconocida llev贸 el vaso a sus labios sin levantar el velo; sin embargo, lo dej贸 sin haberlo probado y rompi贸 en llanto.

-S茅 -dijo sollozando- que lo que digo parece un delirio febril. Ya me lo han dicho, aunque sin la amabilidad de usted. No soy una mujer joven; y, se dice, que cuando la vida se dirige hacia su final, la escasa vida que nos queda nos es m谩s querida que todos los tiempos anteriores, ligados al recuerdo de viejos amigos, muertos hace a帽os, de j贸venes, ni帽os quiz谩, que han desaparecido y la han olvidado a una por completo, como si una estuviese muerta. No puedo vivir ya muchos a帽os; as铆 es que, bajo este aspecto, tiene que resultarme la vida m谩s querida; aunque la abandonar铆a sin un suspiro y hasta con alegr铆a si lo que ahora le cuento fuese falso. Ma帽ana por la ma帽ana, aquel de quien hablo se hallar谩 fuera de todo socorro; y, a pesar de ello, esta noche, aunque se encuentre en un terrible peligro, usted no puede visitarle ni servirle de ninguna manera.

-No quisiera aumentar sus penas -dijo el cirujano tras una pausa-. No deseo comentar lo que me acaba de decir ni quiero dar la impresi贸n de que deseo investigar lo que usted oculta con tanta ansiedad. Pero hay en su relato una inconsistencia que no puedo conciliar. La persona est谩 muri茅ndose esta noche, pero usted dice que no puedo verla. En cambio, usted teme que ma帽ana sea in煤til, sin embargo ¡quiere que entonces lo vea! Si 茅l le es tan querido como las palabras y la actitud de usted me indican, ¿por qu茅 no intentar salvar su vida sin tardanza antes de que el avance de su enfermedad haga la intenci贸n impracticable?

-¡Dios me asista! -exclam贸 la mujer, llorando-. ¿C贸mo puedo esperar que un extra帽o crea lo incre铆ble? Entonces, ¿usted se niega a verlo ma帽ana, se帽or? -a帽adi贸 levant谩ndose vivamente.
-Yo no digo que me niegue -replic贸 el cirujano-. Pero le advierto que, de persistir en tan extraordinaria demora, incurrir谩 en una terrible responsabilidad si el individuo se muere.
-La responsabilidad ser谩 siempre grave -replic贸 la desconocida en tono amargo-. Cualquier responsabilidad que sobre m铆 recaiga, la acepto y estoy pronta a responder de ella.
-Como yo no incurro en ninguna -agreg贸 el cirujano-, accedo a la petici贸n de usted. Ver茅 al paciente ma帽ana, si usted me deja sus se帽as. ¿A qu茅 hora se le puede visitar?
-A las nueve -replic贸 la desconocida.
-Usted excusar谩 mi insistencia en este asunto -dijo el cirujano-. Pero ¿est谩 茅l a su cuidado?
-No, se帽or.
-Entonces, si le doy instrucciones para el tratamiento durante esta noche, ¿podr铆a usted cumplirlas?

La mujer llor贸 amargamente y replic贸:
-No; no podr铆a.

Como no hab铆a esperanzas de obtener m谩s informes con la entrevista y deseoso, por otra parte, de no herir los sentimientos de la mujer, que ya se hab铆an convertido en irreprimibles y penos铆simos de contemplar, el cirujano repiti贸 su promesa de acudir a la ma帽ana. Su visitante, despu茅s de darle la direcci贸n, abandon贸 la casa de la misma forma misteriosa que hab铆a entrado.

Es de suponer que tan extraordinaria visita produjo una gran impresi贸n en el cirujano, y que este medit贸 por largo tiempo, aunque con escaso provecho, sobre todas las circunstancias del caso. Como casi todo el mundo, hab铆a le铆do y o铆do hablar a menudo de casos raros, en los que el presentimiento de la muerte a una hora determinada hab铆a sido concebido. Por un momento se inclin贸 a pensar que el caso era uno de estos; pero entonces se le ocurri贸 que todas las an茅cdotas de esta clase que hab铆a o铆do se refer铆an a personas que fueron asaltadas por un presentimiento de su propia muerte. Esta mujer, sin embargo, habl贸 de un hombre; y no era posible suponer que un mero sue帽o le hubiese inducido a hablar de aquel pr贸ximo fallecimiento en una forma tan terrible y con la seguridad con que se hab铆a expresado.

¿Ser铆a acaso que el hombre ten铆a que ser asesinado a la ma帽ana siguiente, y que la mujer, c贸mplice de 茅l y ligada a 茅l por un secreto, se arrepent铆a y, aunque imposibilitada para impedir cualquier atentado contra la v铆ctima, se hab铆a decidido a prevenir su muerte, si era posible, haciendo intervenir a tiempo al m茅dico? La idea de que tales cosas ocurrieran a dos millas de la ciudad le parec铆a absurda. Ahora bien, su primera impresi贸n, esto es, de que la mente de la mujer se hallaba desordenada, acud铆a otra vez; y como era el 煤nico modo de resolver el problema, se aferr贸 a la idea de que aquella mujer estaba loca. Ciertas dudas acerca de este punto, no obstante, le asaltaron durante una pesada noche sin sue帽o, en el transcurso de la cual, y a despecho de todos sus esfuerzos, no pudo expulsar de su imaginaci贸n perturbada aquel velo negro.

La parte m谩s lejana de Walworth, aun hoy, es un sitio aislado y miserable. Pero hace treinta y cinco a帽os era casi en su totalidad un descampado habitado por gente diseminada y de car谩cter dudoso, cuya pobreza les prohib铆a aspirar a un mejor vecindario, o bien cuyas ocupaciones y maneras de vivir hac铆an esta soledad deseable. Muchas de las casas que all铆 se construyeron no lo fueron sino en a帽os posteriores; y la mayor铆a de las que entonces exist铆an, esparcidas aqu铆 y all谩, eran del m谩s tosco y miserable aspecto.

La apariencia de los lugares por donde el joven cirujano pas贸 a la ma帽ana siguiente, no levantaron su 谩nimo ni disiparon su ansiedad. Saliendo del camino, ten铆a que cruzar por el yermo fangoso, por irregulares callejuelas. Alg煤n infortunado 谩rbol y alg煤n hoyo de agua estancada, sucio de lodo por la lluvia, orillaban el camino. Y a intervalos, un raqu铆tico jard铆n, con algunos tableros viejos sacados de alguna casa de verano, y una vieja empalizada arreglada con estacas robadas de los setos vecinos, daban testimonio de la pobreza de sus habitantes y de los escasos escr煤pulos que ten铆an para apropiarse de lo ajeno. En ocasiones, una mujer de aspecto enfermizo aparec铆a a la puerta de una sucia casa, para vaciar el contenido de alg煤n utensilio de cocina en la alcantarilla de enfrente, o para gritarle a una muchacha en chancletas que hab铆a proyectado escaparse, con paso vacilante, con un ni帽o p谩lido, casi tan grande como ella. Pero apenas si se mov铆a nada por aquellos alrededores. Y todo el panorama ofrec铆a un aspecto solitario y tenebroso, de acuerdo con los objetos que hemos descrito.

Despu茅s de afanarse a trav茅s del barro; de realizar varias pesquisas acerca del lugar que se le hab铆a indicado, recibiendo otras tantas respuestas contradictorias, el joven lleg贸 al fin a la casa. Era baja, de aspecto desolado. Una vieja cortina amarilla ocultaba una puerta de cristales al final de unos pelda帽os, y los postigos estaban entornados. La casa se hallaba separada de las dem谩s y, como estaba en un rinc贸n de una corta callejuela, no se ve铆a otra por los alrededores.

Si decimos que el cirujano dudaba y que anduvo unos pasos m谩s all谩 de la casa antes de dominarse y levantar el llamador de la puerta, no diremos nada que tenga que provocar la sonrisa en el rostro del lector m谩s audaz. La polic铆a de Londres, por aquel tiempo, era un cuerpo muy diferente del de hoy d铆a; la situaci贸n aislada de los suburbios, cuando la fiebre de la construcci贸n y las mejoras urbanas no hab铆an empezado a unirlos a la ciudad y sus alrededores, convert铆an a varios de ellos, y a este en particular, en un sitio de refugio para los individuos m谩s depravados.

Aun las calles de la parte m谩s alegre de Londres se hallaban entonces mal iluminadas. Los lugares como el que describimos estaban abandonados a la luna y las estrellas. Las probabilidades de descubrir a los personajes desesperados, o de seguirles el rastro hasta sus madrigueras, eran as铆 muy escasas y, por tanto, sus audacias crec铆an; y la conciencia de una impunidad cada vez se hac铆a mayor por la experiencia cotidiana. A帽谩danse a estas consideraciones que el joven cirujano hab铆a pasado alg煤n tiempo en los hospitales de Londres; y, si bien ni un Burke ni un Bishop hab铆an alcanzado todav铆a su gran notoriedad, sab铆a, por propia observaci贸n, cu谩n f谩cilmente las atrocidades pueden ser cometidas. Sea como fuere, cualquiera que fuese la reflexi贸n que le hiciera dudar, lo cierto es que dud贸; pero siendo un hombre joven, deesp铆ritu fuerte y de gran valor personal, s贸lo titube贸 un instante. Volvi贸 atr谩s y llam贸 con suavidad a la puerta.

Enseguida se oy贸 un susurro, como si una persona, al final del pasillo, conversase con alguien del rellano de la escalera, m谩s arriba. Despu茅s se oy贸 el ruido de dos pesadas botas y la cadena de la puerta fue levantada con suavidad. All铆 vio a un hombre alto, de mala facha, con el pelo negro y una cara tan p谩lida y desencajada como la de un muerto; se present贸, diciendo en voz baja:

-Entre, se帽or.

El cirujano lo hizo as铆, y el hombre, despu茅s de haber colocado otra vez la cadena, le condujo hasta una peque帽a sala interior, al final del pasillo.

-¿He llegado a tiempo?
-Demasiado temprano -replic贸 el hombre.

El cirujano mir贸 a su alrededor, con un gesto de asombro.

-Si quiere usted entrar aqu铆 -dijo el hombre que, evidentemente, se hab铆a dado cuenta de la situaci贸n-, no tardar谩 ni siquiera cinco minutos, se lo aseguro.

El cirujano entr贸 en la habitaci贸n; el hombre cerr贸 la puerta y lo dej贸 solo. Era un cuarto peque帽o, sin otros muebles que dos sillas de pino y una mesa del mismo material. Un d茅bil fuego ard铆a en el brasero; fuego in煤til para la humedad de las paredes. La ventana, rota y con parches en muchos sitios, daba a una peque帽a habitaci贸n con suelo de tierra y casi toda cubierta de agua. No se o铆an ruidos, ni dentro ni fuera. El joven doctor tom贸 asiento cerca del fuego, en espera del resultado de su primera visita profesional.

No hab铆an transcurrido muchos minutos cuando percibi贸 el ruido de un coche que se aproximaba y poco despu茅s se deten铆a. Abrieron la puerta de la calle, oy贸 luego una conversaci贸n en voz baja, acompa帽ada de un ruido confuso de pisadas por el corredor y las escaleras, como si dos o tres hombres llevasen alg煤n cuerpo pesado al piso de arriba. El crujir de los escalones, momentos despu茅s, indic贸 que los reci茅n llegados, habiendo acabado su tarea, cualquiera que fuese, abandonaban la casa. La puerta se cerr贸 de nuevo y volvi贸 a reinar el silencio.

Pasaron otros cinco minutos y ya el cirujano se dispon铆a a explorar la casa en busca de alguien, cuando se abri贸 la puerta del cuarto y su visitante de la pasada noche, vestida exactamente como en aquella ocasi贸n, con el velo bajado como entonces, le invit贸 por se帽as a que le siguiera. Su gran estatura, a帽adida a la circunstancia de no pronunciar una palabra, hizo que por un momento pasara por su imaginaci贸n la idea de que podr铆a tratarse de un hombre disfrazado de mujer. Sin embargo, los hist茅ricos sollozos que sal铆an de debajo del velo y su actitud de pena, hac铆an desechar esta sospecha; y 茅l la sigui贸 sin vacilar.

La mujer subi贸 la escalera y se detuvo en la puerta de la habitaci贸n para dejarle entrar primero. Apenas si estaba amueblada con una vieja arca de pino, unas pocas sillas y un armaz贸n de cama con dosel, sin colgaduras, cubierta con una colcha remendada. La luz mortecina que dejaba pasar la cortina que 茅l hab铆a visto desde fuera, hac铆a que los objetos de la habitaci贸n se distinguieran confusamente, hasta el punto de no poder percibir aquello sobre lo cual sus ojos reposaron al principio. En esto, la mujer se adelant贸 y se puso de rodillas al lado de la cama.

Tendida sobre esta, muy acurrucada en una s谩bana cubierta con unas mantas, una forma humana yac铆a sobre el lecho, r铆gida e inm贸vil. La cabeza y la cara se hallaban descubiertas, excepto una venda que le pasaba por la cabeza y por debajo de la barbilla. Ten铆a los ojos cerrados. El brazo izquierdo estaba extendido pesadamente sobre la cama. La mujer le tom贸 una mano. El cirujano, r谩pido, apart贸 a la mujer y tom贸 esta mano.
-¡Dios m铆o! -exclam贸, dej谩ndola caer involuntariamente-. ¡Este hombre est谩 muerto!

La mujer se puso en pie vivamente y estrech贸 sus manos.

-¡Oh, se帽or, no diga eso! -exclam贸 con un estallido de pasi贸n cercano a la locura-. ¡Oh, se帽or, no diga eso; no podr铆a soportarlo! Algunos han podido volver a la vida cuando los daban por muerto. ¡No le deje, se帽or, sin hacer un esfuerzo para salvarlo! En estos instantes la vida huye de 茅l. ¡Int茅ntelo, se帽or, por todos los santos del cielo! -y hablando as铆 frotaba la frente y el pecho de aquel cuerpo sin vida; y enseguida golpeaba con frenes铆 las fr铆as manos que, al dejar de retenerlas, volvieron a caer, indiferentes y pesadas, sobre la colcha.

-Esto no servir谩 de nada, buena mujer -dijo el cirujano suavemente, mientras le apartaba la mano del pecho de aquel hombre-. ¡Descorra la cortina!

-¿Por qu茅? -pregunt贸 la mujer, levant谩ndose con sobresalto.
-¡Descorra la cortina! -repiti贸 el cirujano con voz agitada.
-Oscurec铆 la habitaci贸n expresamente -dijo la mujer, poni茅ndose delante, mientras 茅l se levantaba para hacerlo-. ¡Oh, se帽or, tenga compasi贸n de m铆! Si no tiene remedio; si est谩 realmente muerto, ¡no exponga su cuerpo a otros ojos que los m铆os!
-Este hombre no ha muerto de muerte natural -observ贸 el cirujano-. Es preciso ver su cuerpo.

Y con vivo adem谩n, tanto que la mujer apenas se dio cuenta de que se hab铆a alejado, abri贸 la cortina de par en par, y, a plena luz, regres贸 al lado de la cama.

-Ha habido violencia -dijo, se帽alando al cuerpo y examinando atentamente el rostro de la mujer, cuyo velo negro, por primera vez, se hallaba subido. En la excitaci贸n anterior se hab铆a quitado la cofia y el velo y ahora se encontraba delante de 茅l, de pie, mir谩ndole fijamente. Sus facciones eran las de una mujer de unos cincuenta a帽os, y demostraban haber sido guapa. Penas y l谩grimas hab铆an dejado en ella un rastro que los a帽os, por s铆 solos, no hubieran podido dejar. Ten铆a la cara muy p谩lida. Y el temblor nervioso de sus labios y el fuego de su mirada demostraban que todas sus fuerzas f铆sicas y morales se hallaban anonadadas bajo un c煤mulo de miserias.

-Aqu铆 ha habido violencia -repiti贸 el cirujano, evitando aquella mirada.
-¡S铆, violencia! -repiti贸 la mujer.
-Ha sido asesinado.
-Pongo a Dios por testigo de que lo ha sido -exclam贸 la mujer con convicci贸n-. ¡Cruel, inhumanamente asesinado!
-¿Por qui茅n? -dijo el cirujano, aferrando por los brazos a la mujer.
-Mire las se帽ales de sus carniceros y luego preg煤nteme -replic贸 ella.

El cirujano volvi贸 el rostro hacia la cama y se inclin贸 sobre el cuerpo que ahora yac铆a iluminado por la luz de la ventana. El cuello estaba hinchado, con una se帽al rojiza a su alrededor. Como un rel谩mpago, se le present贸 la verdad.

-¡Es uno de los hombres que han sido ahorcados esta ma帽ana! -exclam贸 volvi茅ndose con un estremecimiento.

-¡Es 茅l! -replic贸 la mujer con una mirada extraviada e inexpresiva.
-¿Qui茅n era?
-Mi hijo -a帽adi贸 la mujer, cayendo a sus pies sin sentido.

Era verdad. Un c贸mplice, tan culpable como 茅l mismo, hab铆a sido absuelto, mientras a 茅l lo condenaron y ejecutaron. Referir las circunstancias del caso, ya lejano, es innecesario y podr铆a lastimar a personas que a煤n viven. Era una historia como las que ocurren a diario. La mujer era una viuda sin relaciones ni dinero, que se hab铆a privado de todo para d谩rselo a su hijo. Este, despreciando los ruegos de su madre, y sin acordarse de los sacrificios que ella hab铆a hecho por 茅l, se hab铆a hundido en la disipaci贸n y el crimen. El resultado era este; la muerte, por la mano del verdugo, y para su madre la verg眉enza y una locura incurable.

Durante varios a帽os, el joven cirujano visit贸 diariamente a la pobre loca. Y no s贸lo para calmarla con su presencia, sino para velar, con mano generosa, por su comodidad y sustento. En el destello fugaz de su memoria que precedi贸 a la muerte de la desdichada, un ruego por el bienestar y dicha de su protector sali贸 de los labios de la pobre criatura desamparada. La oraci贸n vol贸 al cielo, donde fue o铆da y la limosna que 茅l dio le ha sido mil veces devuelta; pero entre los honores y las satisfacciones que merecidamente ha tenido no conserva recuerdo m谩s grato a su coraz贸n que el de la historia de la mujer del velo negro.

(1836)

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