El príncipe - Oswaldo Reynoso

El príncipe - Oswaldo Reynoso
6 de agosto. (Vacaciones de medio año) Con púdica delicadeza de niña, Manos Voladoras guardó el dinero y, en una cargada atmósfera de miel de colonia, invitó: – El que sigue, por favor. Don Lucho, el dueño del billar “La Estrella”, quitándose el saco, avanzó al gran sillón, a través de reflejos azulinos. – Corte alemán, como siempre. Manos Voladoras con mirada provocativa y gesto resentido, contestó: – Ya lo sé, Don Lucho. Conozco el gusto de mis clientes. Corsario levantó la cara por encima del chiste que estaba leyendo y con ojitos pícaros rió. Los que esperaban turno sonrieron, deshonestos: – ¡Jesús con estos muchachos! Para ellos todo, todo, todo tiene doble sentido. Diligente como dueña de casa desplegó un paño blanco, blanco. Limpió acomedido máquinas y tijeras.Abrió un frasco de perfume y aspiró, goloso, y, con disimulo coquetón, se miró en el espejo. Don Lucho, entre tanto, prendió un inca. La claridad violeta de la peluquería se enturbió con el humo denso de tabaco negro. Fuera, a pe…