Manuscrito hallado en una botella - Edgar Allan Poe - Amantes de la literatura

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4.06.2023

Manuscrito hallado en una botella - Edgar Allan Poe



Nota: El Manuscrito hallado en una botella fue publicado originalmente en 1831 y hasta varios a帽os despu茅s no conoc铆 los mapas de Mercator, en los cuales el oc茅ano est谩 representado como corriendo velozmente, a trav茅s de cuatro fauces y precipit谩ndose en el golfo Polar (n贸rdico), para ser absorbido por las entra帽as de la Tierra; el propio Polo aparece representado como un negro pe帽asco, elev谩ndose a una altura prodigiosa. (Edgar Allan Poe)

Quien solo tiene un momento para vivir
No tiene nada m谩s que ocultar.
(Quinault, Atys)

Muy poco podr铆a decir acerca de mi pa铆s y de mi familia. Los malos tratos y el correr de los a帽os me obligaron a abandonar el primero y a alejarme de la 煤ltima. La riqueza heredada me permiti贸 lograr una educaci贸n fuera de lo com煤n, y una inclinaci贸n de mi esp铆ritu hacia la contemplaci贸n, me capacit贸 para ordenar met贸dicamente los conocimientos acumulados en mis primeros estudios. No hab铆a nada superior al placer que experimentaba con las obras de los moralistas alemanes. No se trataba de una admiraci贸n mal aconsejada por su locura elocuente, sino por la facilidad con que mis h谩bitos de r铆gido pensamiento me permit铆an descubrir sus falsedades. Se me ha reprochado con frecuencia la aridez de mi genio, se me ha imputado como un crimen mi imaginaci贸n deficiente y siempre me he destacado por el pirronismo de mis opiniones. Sospecho en verdad que el gran placer que siento por la filosof铆a f铆sica ha marcado mi mente con un error muy com煤n en nuestros tiempos. Me refiero a la costumbre de relacionar sucesos, incluso los menos susceptibles para eso, a los principios de dicha ciencia. Normalmente nadie estar铆a menos expuesto que yo a desviarse de los l铆mites r铆gidos de la verdad por el ignes fatui de la superstici贸n. He cre铆do oportuno sentar esas premisas, para que el relato incre铆ble que debo contar no sea considerado el desvar铆o de una imaginaci贸n poco refinada, sino la experiencia aut茅ntica de una mente para la que los ensue帽os de la fantas铆a han sido nulidad y letra muerta.

Despu茅s de muchos a帽os de viajar por el extranjero, me embarqu茅 en el a帽o 18…, en el puerto de Batavia, en la rica y poblada isla de Java, en un viaje por el archipi茅lago de las islas de la Sonda. Viaj茅 como un pasajero sin ning煤n incentivo que me empujara, salvo una nerviosa inquietud que me acosaba como un demonio.

Era el nuestro un excelente nav铆o de cerca de cuatrocientas toneladas, con remaches de cobre, que hab铆a sido construido, con teca de Malabar, en Bombay. La carga consist铆a en algod贸n en rama y aceite de las islas Laquedivas. Llevaba adem谩s a bordo fibra de coco, melaza de palma, mantequilla de b煤fala, cocos y unas cuantas cajas de opio. La estiba hab铆a sido hecha a la diabla y debido a ello el barco escoraba.

Nos hicimos a la mar con un suave soplo de brisa y durante varios d铆as nos mantuvimos al largo de la costa oriental de Java, sin otro incidente que aliviara la monoton铆a de nuestro rumbo que el encuentro ocasional con alg煤n peque帽o grab del archipi茅lago al que nos dirig铆amos.

Una tarde, inclinado en la barandilla de cubierta, observ茅 hacia el Noroeste una nube aislada de aspecto singular. Era notable tanto por su color como por ser la primera que ve铆amos desde nuestra salida de Batavia. La observ茅 con atenci贸n hasta la puesta del sol, y entonces empez贸 a extenderse de repente hacia el Este y el Oeste, ci帽endo el horizonte con una estrecha faja de vapor que parec铆a una extra帽a playa baja. Atrajo en seguida mi inter茅s el aspecto rojo oscuro de la luna y la rara apariencia del mar. En 茅ste ten铆a efecto una r谩pida transformaci贸n y el agua parec铆a m谩s transparente que de costumbre. A pesar de que pod铆a distinguirse con toda claridad el fondo, al halar la sonda comprob茅 que la profundidad era de quince brazas. Ahora el aire se hab铆a vuelto intolerablemente c谩lido, como cargado de emanaciones en espiral, semejantes a las que se desprenden del hierro calentado al rojo. Mientras anochec铆a se desvaneci贸 el menor soplo de viento y resultar铆a imposible concebir una calma m谩s absoluta. En la popa ard铆a una buj铆a y su llama no vacilaba en absoluto y un largo cabello, sostenido entre el 铆ndice y el pulgar, colgaba sin que pudiera observarse la menor oscilaci贸n. Sin embargo, aunque el capit谩n dijo que no pod铆a apreciar ninguna se帽al de peligro, y como sea que est谩bamos derivando hacia la costa, orden贸 que se arriaran las velas y se echara el ancla. No se apost贸 ning煤n vig铆a y la tripulaci贸n, integrada sobre todo por malayos, se tumb贸 sobre la cubierta a descansar. Yo baj茅 a mi camarote presa de un presentimiento pre帽ado de peligros. Todas las apariencias justificaban el temor de un sim煤n inminente. Hice al capit谩n part铆cipe de mis temores, pero hizo muy poco caso de mis palabras y me dio la espalda sin dignarse responderme. Sin embargo, mi inquietud me imped铆a dormir y alrededor de medianoche sub铆 al puente. Al franquear el 煤ltimo pelda帽o de la escalera de toldilla, fui sorprendido por un fuerte ruido parecido a un zumbido, como el que producir铆a la rotaci贸n r谩pida de las aspas de un molino, y antes de poder adivinar su significado me di cuenta de que el barco se estremec铆a en su interior. Inmediatamente despu茅s una monta帽a de espuma se abalanz贸 sobre nosotros por el lado de babor y, envolvi茅ndonos de popa a proa, barri贸 toda la cubierta de punta a punta.

La extraordinaria furia de la r谩faga represent贸, en gran medida, la salvaci贸n del barco. Aunque sumergido por completo, como sus m谩stiles cayeron por la borda, se levant贸 al cabo de un minuto, pesadamente desde la sima, vacil贸 unos segundos bajo el tremendo impacto de la tempestad y por 煤ltimo se enderez贸.

No podr铆a decir en virtud de qu茅 milagro escap茅 a la destrucci贸n. Aturdido por el choque del agua me encontr茅, al recuperar el sentido, embutido entre el codastre y el gobernalle. Con gran dificultad me puse de pie y mir茅 en torno, mareado, y de momento pens茅 que est谩bamos en los rompientes de la costa, tan terrible —m谩s all谩 de la imaginaci贸n m谩s desbocada— era el remolino que formaban las encrespadas olas y el oc茅ano espumoso dentro del que nos hall谩bamos sumidos. Al poco rato o铆 la voz de un viejo sueco, que se hab铆a embarcado con nosotros cuando lev谩bamos anclas. Le llam茅 con todas mis fuerzas y en seguida vino hacia m铆 tambale谩ndose. Pronto pudimos apreciar que 茅ramos los 煤nicos supervivientes del accidente. Todo cuanto hab铆a en cubierta, excepto nosotros dos, fue barrido por las olas. El capit谩n y los tripulantes debieron perecer mientras dorm铆an, ya que las aguas inundaron los camarotes. Sin ayuda, poco pod铆amos conseguir para la seguridad del nav铆o y nuestros esfuerzos fueron paralizados al principio frente a la creencia moment谩nea de que nos 铆bamos a pique. Sin duda el cabo del ancla se rompi贸 como un cordel al primer embate del hurac谩n, de otro modo nos hubi茅ramos hundido al instante, 铆bamos con tremenda velocidad antes de que el mar y el agua nos arrastrara. El armaz贸n de popa hab铆a sufrido da帽os irreparables y, bajo todos los aspectos, el barco estaba muy maltrecho. Pero con gran alegr铆a por nuestra parte vimos que las bombas funcionaban y que el lastre apenas se hab铆a desplazado. La primera y principal furia de la r谩faga hab铆a amainado y ya no era tan grande el peligro procedente de la violencia del viento. Pero nos aterrorizaba la idea de que fuera a cesar de un momento a otro, ya que tem铆amos que, en nuestras lamentables condiciones, zozobrar铆amos en el oleaje agitado que le seguir铆a. Pero este temor, perfectamente explicable, no parec铆a en modo alguno que fuera a justificarse. Durante cinco d铆as completos con sus noches, durante los cuales nuestra 煤nica subsistencia consisti贸 en una peque帽a cantidad de melaza de palma que con grandes dificultades nos procuramos en el castillo de proa, el casco del buque corri贸 a una velocidad que desafiaba todo c谩lculo, empujado por r谩pidas y sucesivas r谩fagas de viento que, a pesar de no tener la violencia inicial del sim煤n, eran terriblemente m谩s fuertes que cualquier tempestad que jam谩s hubiera presenciado. Nuestra derrota, durante los primeros cuatro d铆as, fue, con variaciones sin importancia, de Sud-Sudeste y con seguridad que pasamos cerca de la costa de Nueva Holanda. Al quinto d铆a el fr铆o fue tremendo, a pesar de que el viento hab铆a girado un punto hacia el Norte. Sali贸 el sol de un color amarillo enfermizo y se elev贸 unos pocos grados en el horizonte, irradiando una luz indecisa. No hab铆a nubes a la vista, pero el viento arreciaba y soplaba con una furia irregular e insegura. Cerca de mediod铆a, s贸lo aproximadamente lo pod铆amos calcular, nuestra atenci贸n se dirigi贸 de nuevo a la apariencia del sol. No daba luz, hablando con propiedad, sino un brillo sin reflejos, apagado y t茅trico, como, si todos sus rayos estuviesen polarizados. Poco antes de ponerse en el mar hinchado, su fuego central se extingui贸 de repente, como si un poder inexplicable lo hubiera apagado. Fue un aro p谩lido, como de plata, lo que qued贸 de 茅l antes de sumergirse r谩pidamente en el mar insondable.

Esperamos en vano la llegada del sexto d铆a. Este d铆a no lleg贸 para m铆. Y para el sueco nunca lleg贸. Desde aquel punto y hora quedamos envueltos en una negra oscuridad, que no permit铆a ver a un objeto a veinte pasos del barco. La noche eterna continu贸 envolvi茅ndonos, sin contar siquiera con el alivio de la brillantez fosf贸rica del mar a la que nos hab铆amos acostumbrado en los tr贸picos. Observamos tambi茅n que, a pesar de que la tempestad segu铆a con tenaz violencia, ya no pod铆amos apreciar la apariencia habitual del oleaje, o de la espuma, que hasta entonces nos envolviera. Todo a nuestro alrededor era horror, densa oscuridad y un negro y bochornoso desierto de 茅bano. El terror supersticioso aumentaba poco a poco en el esp铆ritu del sueco y mi propia alma estaba envuelta en maravillado silencio. Dejamos de cuidar el nav铆o, peor que in煤til, y nos amarramos lo mejor que pudimos en el toc贸n del palo de mesana, mirando con amargura la inmensidad del oc茅ano. No cont谩bamos con medios para calcular el tiempo ni pod铆amos adivinar nuestra situaci贸n. Est谩bamos, sin embargo, totalmente convencidos de haber ido m谩s al Sur que ning煤n navegante antes que nosotros y experimentamos una gran sorpresa al no encontrarnos con los l贸gicos obst谩culos del hielo. Entretanto, cada segundo amenazaba con ser el 煤ltimo y olas gigantes como monta帽as se precipitaban para destruirnos. El oleaje rebasaba cualquier posibilidad que yo hubiera imaginado y el que no fu茅ramos instant谩neamente sepultados era un milagro. Mi compa帽ero me hablaba de las condiciones marineras de nuestro barco y aludi贸 a la ligereza del cargamento. No me era de ninguna ayuda pensar en la inutilidad de toda esperanza y me preparaba tristemente a morir, y cre铆a que nada iba a evitar que sucediera al cabo de una hora a lo sumo, ya que, a cada nudo que el nav铆o recorr铆a, el oleaje de aquel mar horrendo y tenebroso se volv铆a m谩s aterrador. A veces boque谩bamos perdido el aliento cuando nos elev谩bamos m谩s altos que un albatros, otras veces nos mareaba lo vertiginoso de nuestro descenso hacia alg煤n infierno l铆quido, donde el aire se volv铆a estancado y ning煤n sonido turbaba el sue帽o de los «kraken».

Est谩bamos en el fondo de uno de esos abismos, cuando un repentino grito de mi compa帽ero se alz贸 terrible en la noche: «¡Mire!, ¡mire! —exclamaba, gritando a mis o铆dos—, ¡Dios Todopoderoso!, ¡mire, mire!» Mientras 茅l voceaba, advert铆 un apagado y t茅trico resplandor rojizo corriendo a los lados de la vasta sima en la que descans谩bamos el cual derramaba un brillo irregular sobre el puente. Dirigiendo mi vista hacia arriba percib铆 un espect谩culo que me hel贸 la sangre. A tremenda altura, directamente encima de nosotros y sobre el mismo borde del tremendo abismo, estaba suspendido un barco enorme de quiz谩 cuatro mil toneladas. Aunque se hallaba en la cresta de una ola cien veces m谩s elevada que su propia altura, su tama帽o aparente exced铆a con mucho al de cualquier barco de l铆nea o de la Compa帽铆a de las Indias Orientales. Su enorme casco era de un profundo y deslustrado color negro y no ten铆a ninguna de las acostumbradas tallas y mascarones de los barcos. Una 煤nica hilera de ca帽ones de bronce asomaba por sus porta帽olas. Las pulidas superficies de los ca帽ones reflejaban la luz de innumerables linternas de combate, que se balanceaban en las jarcias. Pero lo que mayormente nos inspir贸 horror y estupefacci贸n fue ver que el barco ten铆a todas las velas desplegadas en las mismas fauces de aquel mar sobrenatural y de aquel hurac谩n indome帽able. Cuando lo vimos por primera vez s贸lo percibimos la proa al empezar a surgir del profundo y horrible golfo del que ven铆a. Durante un instante de intenso horror permaneci贸 inm贸vil sobre el vertiginoso pin谩culo, como contemplando su propia sublimidad. Luego tembl贸 y se sacudi贸 antes de precipitarse en el abismo.

Ignoro qu茅 repentina serenidad se apoder贸 de mi esp铆ritu en aquel momento. Tambaleante retroced铆 cuanto pude hacia proa y all铆 esper茅, sin miedo, el desastre que se nos ven铆a encima. Nuestro propio barco estaba escorando cansado de la pelea y hundi茅ndose de proa. El choque de la masa que se precipitaba le sacudi贸, en consecuencia, en ese punto de su estructura que ya estaba bajo las aguas y el resultado inevitable fue lanzarme a m铆, con violencia irresistible, contra las jarcias de la nave reci茅n aparecida.

Cuando ca铆, el barco vir贸 y sigui贸 su camino y atribuyo a la confusi贸n reinante el hecho de que la tripulaci贸n no se diera cuenta de mi presencia. Sin que se apercibieran de m铆 me abr铆 camino, con pocas dificultades, hasta la escotilla principal, que estaba abierta a medias y pronto tuve la oportunidad de esconderme en la cala. Me ser铆a muy dif铆cil explicar por qu茅 lo hice. Un indefinido sentimiento de temor se apoder贸 de mi mente desde el primer instante que vi a los tripulantes de la nave y con seguridad que eso estuvo en el origen de mi encierro. No era mi deseo confiarme a quienes me hab铆an dado la impresi贸n, en seguida que les di una r谩pida ojeada, de vaga extra帽eza, duda y aprensi贸n. En consecuencia, cre铆 que lo mejor ser铆a procurarme un escondrijo en la cala. Me fue f谩cil lograrlo sacando una peque帽a parte de las tablas movedizas, de forma que me agenci茅 un lugar conveniente entre las gruesas cuadernas del barco.

Apenas hube dado fin a mi tarea cuando unas pisadas en la cala me obligaron a usar el escondite. Un hombre pas贸 cerca de donde me hallaba, caminando con paso inseguro y d茅bil. No pude verle la cara pero s铆 tuve la oportunidad de observar su apariencia general. Daba la impresi贸n, por otra parte evidente, de que era muy viejo y que estaba enfermo. Sus rodillas temblaban bajo el peso de los a帽os, y su cuerpo se estremec铆a bajo la carga. Murmuraba para s铆 en tono bajo y quebrado palabras en un idioma para m铆 desconocido y se puso a trastear en un rinc贸n donde hab铆a amontonados diversos instrumentos de apariencia singular y deterioradas cartas de navegaci贸n. Su comportamiento era una extra帽a mezcla de mal humor de la segunda infancia y la solemne dignidad de un dios. Al fin regres贸 al puente y ya no volv铆 a verle.

Un sentimiento, para el cual no doy con el nombre, se hab铆a apoderado de mi alma, una sensaci贸n que no admit铆a el an谩lisis, para el cual las lecciones de la experiencia no eran v谩lidas y, mucho me temo, que ni siquiera el futuro me dar谩 la clave. Para una mente constituida como la m铆a, esta 煤ltima consideraci贸n es una tortura. Nunca podr茅, tengo la seguridad de ello, encontrar satisfacci贸n respecto a la naturaleza de mis concepciones. Con todo no es sorprendente que esas concepciones sean indefinidas, dado que tienen su origen en fuentes de tan extraordinaria novedad. Un nuevo sentido, una nueva entidad se agrega a mi alma.

Hace ya mucho que sub铆 por vez primera al puente de este nav铆o horrible y creo que los rayos de mi destino se est谩n concentrando en un foco. ¡Gentes incomprensibles! Absortos en una meditaci贸n de un tipo que no puedo comprender, se cruzan en mi camino sin prestarme atenci贸n. Esconderme ser铆a por mi parte una total locura, ya que esa gente no quiere ver. Precisamente ahora mismo pas茅 frente al piloto. No hace mucho que me atrev铆 a penetrar en el camarote del capit谩n, donde cog铆 los materiales con los que estoy escribiendo ahora y las notas que ya he tomado. De vez en cuando seguir茅 escribiendo este diario. Claro est谩 que no encontrar茅 la oportunidad de transmitirlo al mundo, pero no voy a dejar de hacer el intento. En el instante postrero encerrar茅 el manuscrito en una botella y lo confiar茅 al mar.

Ha ocurrido un incidente que me ha dado nuevas oportunidades de pensar. ¿Son tales sucesos el resultado de un azar incontrolado? Hab铆a subido al puente donde me ech茅, sin atraer la atenci贸n de nadie, entre un mont贸n de flechastes y viejas velas, en el fondo de un bote. Mientras meditaba acerca de la singularidad de mi destino, empec茅 sin darme cuenta a pintarrajear con un pincel mojado de brea los bordes de una vela que estaba cuidadosamente plegada encima de un barril cercano. La vela ahora est谩 desplegada en el barco y las irreflexivas pinceladas se extienden formando la palabra «descubrimiento».

脷ltimamente he hecho varias observaciones acerca de la estructura del barco. A pesar de aparecer bien armado, no creo que sea de guerra. Ni los aparejos, ni la construcci贸n, ni su equipo concuerdan con tal suposici贸n. Puedo darme perfecta cuenta de lo que no es, pero temo que me es imposible decir lo que es. No s茅 c贸mo es el barco, pero al escrutar su extra帽a forma, el tipo singular de sus m谩stiles, su enorme tama帽o, su desmesurado velamen, su proa de severa sencillez y su anticuada popa, ocasionalmente cruza mi recuerdo una sensaci贸n de cosas familiares, siempre entremezcladas con sombras indistintas del recuerdo, inexplicable, de viejas cr贸nicas extranjeras y de 茅pocas remotas.

He estado contemplando el maderamen del nav铆o. Est谩 construido con un material desconocido para m铆. La madera tiene una textura peculiar que me sorprende y que me da la impresi贸n de que no es la adecuada para el fin a que se la ha destinado. Me refiero a su extraordinaria porosidad, prescindiendo de su carcoma que es una consecuencia de la navegaci贸n por esos mares y de la podredumbre resultante de su vejez. Parecer谩 quiz谩s una observaci贸n asaz curiosa, pero la madera tiene todas las caracter铆sticas del roble espa帽ol, en el caso de que el roble espa帽ol fuera distendido por medios artificiales.

Al leer la frase anterior me viene a la memoria un extra帽o dicho de un viejo lobo de mar holand茅s. «Es tan seguro —sol铆a afirmar cuando alguien pon铆a en duda la veracidad de sus palabras— como que existe un mar en el cual un barco crece de forma id茅ntica a como lo hace el cuerpo de un marinero».

Hace una hora que tuve la osad铆a de mezclarme con un grupo de tripulantes. No me prestaron la menor atenci贸n y, a pesar de que estaba entre ellos, parec铆an estar totalmente al margen de mi presencia. Igual que el primero que hab铆a visto antes en la cala, todos daban la impresi贸n de ser de edad muy avanzada… Sus rodillas enfermizas entrechocaban, sus hombros estaban cargados por la decrepitud, sus epidermis ajadas se estremec铆an al viento, su voz era sorda, tr茅mula y rota, el brillo de sus ojos velado por antiguas lega帽as y sus cabellos canos alborotad铆simos por el viento. A su alrededor, por todas partes en el puente, estaban desperdigados instrumentos n谩uticos de construcci贸n singular y anticuada.

He mencionado ya la colocaci贸n de un ala en el trinquete. Desde entonces el buque, librado a la merced del viento, ha proseguido su rumbo terrible hacia el Sur, con todo el trapo recogido, desde el racamento de la verga hasta los botalones, ba帽ando frecuentemente sus mastelerillos de juanete en el m谩s impresionante diluvio que puede llegar a imaginarse la mente humana. Acababa de abandonar la cubierta, donde me fue imposible caminar como deseaba, aunque la tripulaci贸n parec铆a caminar por ella sin grandes inconvenientes. Me parece el mayor de los milagros el que nuestra inmensa mole no se fuera a pique en un abrir y cerrar de ojos. Sin duda estamos condenados a navegar indefinidamente al borde de la eternidad, sin llegar a la zambullida final en el abismo. Con la gr谩cil facilidad de una veloz gaviota, nos desliz谩bamos por encima de olas mil veces m谩s impresionantes de las que nunca antes viera. Colosales, enderezaban su cabeza sobre nosotros como demonios surgidos del abismo, demonios que al parecer s贸lo deb铆an amedrentarnos, sin llegar a destruirnos. Me inclino a atribuir esas frecuentes escapadas a la 煤nica causa natural que podr铆a ocasionar tal efecto. He de creer que el nav铆o est谩 bajo la influencia de una fuerte corriente o de una fuerza superior que nos arrastra por debajo de la quilla.

He visto al capit谩n cara a cara y en su propio camarote, pero, como era de suponer, ni siquiera me ha hecho caso. Aunque para un observador casual el aspecto del capit谩n no es ni superior ni inferior al de otro mortal, he experimentado, sin embargo, un sentimiento reverente y de temor que se mezclaba con la sensaci贸n de asombro con que le contemplaba. Es m谩s o menos de mi estatura, es decir, un metro setenta poco m谩s o menos. Es de constituci贸n mediana pero s贸lida, no muy robusta y no veo otra condici贸n a se帽alar. Pero es la singularidad de la expresi贸n de su rostro, la intensa, la maravillosa, la emocionante evidencia de la ancianidad, tan total, tan extrema, la que inspira en mi esp铆ritu un sentimiento inefable. Su frente, a pesar de carecer de arrugas, parece estar marcada por una mir铆ada de a帽os. Sus grises cabellos son recuerdos del pasado y sus ojos gris谩ceos son sibilas del futuro. Desparramados por el suelo de la cabina hab铆a raros infolios con broches de hierro y mohosos instrumentos cient铆ficos y mapas obsoletos y olvidados, de tiempos idos. Su cabeza estaba apoyada en sus manos y escudri帽aba con inquieta y enfebrecida mirada un documento que tom茅 por un nombramiento, el cual, en todo caso, ten铆a la firma de un monarca. Murmuraba para s铆, del mismo modo que lo hac铆a el primer marinero con quien me top茅 en la cala, palabras malhumoradas y quedas en una lengua extranjera. A pesar de que hablaba cerca de mi hombro, sus palabras parec铆a que me llegaban desde la distancia de una milla.

El barco y cuanto hay en 茅l est谩 impregnado de Vetustez. La tripulaci贸n se desliza de aqu铆 para all谩 como los fantasmas de los siglos idos, sus ojos lucen una expresi贸n inquieta y anhelante, y cuando sus dedos tantean a trav茅s de mi camino en el raro resplandor de las farolas, experimento lo que jam谩s not茅 anteriormente, a pesar de que durante toda mi vida he comerciado con antig眉edades y me he empapado de las sombras de las columnas ca铆das de Balbek, Tadmor y Pers茅polis hasta que mi alma se ha convertido en una ruina.

Cuando miro a mi alrededor me siento avergonzado de mis aprensiones de antes. Si temblaba ante las r谩fagas que hasta ahora nos han acompa帽ado, ¿no deber铆a horrorizarme ante esta pelea del viento y del oc茅ano, para dar una idea de la cual los t茅rminos tornado y sim煤n son triviales y carecen de sentido? Todo en la inmediata proximidad del nav铆o es la oscuridad de una noche eterna y un caos de agua espumosa, pero a cosa de una legua, a un lado y otro, se pueden percibir claramente y a intervalos, fant谩sticas murallas de hielo, elev谩ndose hasta los cielos desolados, y que semejan las murallas del universo.

Como ya supon铆a, resulta que el barco est谩 dentro de una corriente. Si as铆 puede nombrarse con propiedad un flujo que ululante y rugiente llega del blanco hielo y atruena y se precipita hacia el Sur con una velocidad parecida a la ca铆da de una catarata.

Creo que ser铆a del todo imposible hacerse una idea cabal de mi situaci贸n. Sin embargo, predomina incluso sobre mi desesperaci贸n la curiosidad de averiguar los misterios de esas regiones espantosas, que lograr铆a reconciliarme con el m谩s odioso aspecto de la muerte. Es evidente que nos dirigimos velozmente hacia alg煤n descubrimiento excitante, alg煤n secreto que nunca deberemos compartir con nadie y cuyo conocimiento representa morir. Sin duda esta corriente nos lleva directamente al polo Sur. Forzoso es confesar que esa suposici贸n, en apariencia tan disparatada, tiene todas las probabilidades a su favor.

La tripulaci贸n recorre la cubierta con pasos tr茅mulos e inquietos. Pero en su expresi贸n, en su continente hay m谩s anhelo de esperanza que apat铆a de desespero.

Mientras tanto el viento sigue a煤n a popa y dado que navegamos a velas desplegadas, el barco a veces parece volar sobre el mar. ¡Horror de los horrores!

Las grandes masas de hielo nos abren paso apart谩ndose a derecha e izquierda y empezamos a girar vertiginosamente en inmensos c铆rculos conc茅ntricos, dando vueltas y m谩s vueltas, bordeando un inmenso anfiteatro, la cima de cuyas paredes se pierden en la oscuridad y en la altura. Pero ya me queda muy poco tiempo para meditar sobre mi destino. Los c铆rculos se van estrechando r谩pidamente y nos estamos zambullendo enloquecedoramente en las fauces de la vor谩gine, entre rugidos, bramidos y el retumbar del oc茅ano y de la tempestad. ¡Todo el nav铆o tiembla! ¡Dios m铆o… se hunde!…

FIN

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