El forastero - José María Arguedas
El forastero iba repitiendo mentalmente la letra de un canto de su pueblo: Solitario cóndor de los abismos, helado cóndor negro; me dijeron que yo nací en tu nido triste sobre la aguja de roca que nace de la gran nieve, triste, Aun así, aun así, cóndor de la nieve que llora. No explicaría mi nacimiento este dolor, este llanto, esta sombra que grita en mis entrañas, helado cóndor… Y como no conocía la ciudad, llegó sin darse cuenta al barrio de la sucia estación del ferrocarril. En el corredor dormían ya pasajeros sin dinero y vagabundos. Siguió cantando y, a pesar de la turbación de su memoria, percibió la gran semejanza de esos hombres recostados en el suelo, con los pies desnudos, y la musical estación de su pueblo lejanísimo donde muchos dormían en iguales posturas, mientras tocaban quenas y charangos. Aun así, aun así cóndor de la nieve que llora. —También ellos —dijo. —¿Quiénes? —Oyó que le preguntaban. —Ésos —contestó—. Tienen una sombra en las entrañas. Por eso duermen así. Y no podrán levantarse. …