El miedo - Guy de Maupassant - Amantes de la literatura

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10.24.2025

El miedo - Guy de Maupassant


Cuento-El-miedo-Guy-de-Maupassant

Para J. K. Huysmans.

Volvimos a subir a cubierta despu茅s de la cena. Ante nosotros, el Mediterr谩neo no ten铆a el m谩s m铆nimo temblor sobre toda su superficie, a la que una gran luna tranquila daba reflejos. El ancho barco se deslizaba, echando al cielo, que parec铆a estar sembrado de estrellas, una gran serpiente de humo negro; detr谩s de nosotros, el agua blanqu铆sima, agitada por el paso r谩pido del pesado buque, golpeada por la h茅lice, espumaba, remov铆a tantas claridades que parec铆a luz de luna burbujeando.

Ah铆 est谩bamos, unos seis u ocho, silenciosos, llenos de admiraci贸n, la vista vuelta hacia la lejana 脕frica, a donde nos dirig铆amos. De pronto el comandante, que fumaba un puro en medio de nosotros, retom贸 la conversaci贸n de la cena.

-S铆, aquel d铆a tuve miedo. Mi nav铆o se qued贸 seis horas con esa roca en el vientre, golpeado por el mar. Afortunadamente, por la tarde nos recogi贸 un barco carbonero ingl茅s que nos hab铆a visto.

Entonces un hombre alto con el rostro quemado, de aspecto serio, uno de esos hombres que uno imagina que han cruzado largos pa铆ses desconocidos, en medio de peligros incesantes, y cuyos ojos tranquilos parecen conservar, en su profundidad, algo de los pa铆ses extra帽os que han visto; uno de esos hombres que uno adivina empapado en el valor, habl贸 por primera vez:

-Usted dice, comandante, que tuvo miedo; no le creo en absoluto. Usted se equivoca en la palabra y en la sensaci贸n que experiment贸. Un hombre en茅rgico nunca tiene miedo ante un peligro apremiante. Est谩 emocionado, agitado, ansioso; pero el miedo es otra cosa.

El comandante prosigui贸, ri茅ndose:
-¡Caray! Le vuelvo a decir que yo tuve miedo.
Entonces el hombre de tez morena dijo con una voz lenta:

-¡Perm铆tame explicarme! El miedo (y hasta los hombres m谩s intr茅pidos pueden tener miedo) es algo espantoso, una sensaci贸n atroz, como una descomposici贸n del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del coraz贸n, cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia. Pero cuando se es valiente, esto no ocurre ni ante un ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante todas las formas conocidas de peligro: ocurre en ciertas circunstancias anormales, bajo ciertas influencias misteriosas frente a riesgos vagos. El verdadero miedo es como una reminiscencia de los terrores fant谩sticos de anta帽o. Un hombre que cree en los fantasmas y se imagina ver un espectro en la noche debe de experimentar el miedo en todo su espantoso horror.

«Yo adivin茅 lo que es el miedo en pleno d铆a, hace unos diez a帽os. Lo experiment茅, el pasado invierno, una noche de diciembre.

«Y, sin embargo, he pasado por muchas vicisitudes, muchas aventuras que parec铆an mortales. He luchado a menudo. Unos ladrones me dieron por muerto. Fui condenado, como sublevado, a la horca en Am茅rica, y arrojado al mar desde la cubierta de un buque frente a la costa de China. Todas las veces cre铆 estar perdido e inmediatamente me resignaba, sin enternecimiento e incluso sin arrepentimientos.

«Pero el miedo no es eso.

«Lo present铆 en 脕frica. Y, sin embargo, es hijo del Norte; el sol lo disipa como una niebla. F铆jense en esto, se帽ores. Entre los orientales, la vida no vale nada; se resignan en seguida; las noches est谩n claras y vac铆as de las sombr铆as preocupaciones que atormentan los cerebros en los pa铆ses fr铆os. En Oriente, donde se puede conocer el p谩nico, se ignora el miedo.

«Pues bien, esto es lo que me ocurri贸 en esa tierra de 脕frica:

«Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla. Es 茅ste uno de los pa铆ses m谩s extra帽os del mundo. Conocer谩n la arena unida, la arena recta de las interminables playas del Oc茅ano. ¡Pues bien! Fig煤rense al mism铆simo Oc茅ano convertido en arena en medio de un hurac谩n; imaginen una silenciosa tormenta de inm贸viles olas de polvo amarillo. Olas altas como monta帽as, olas desiguales, diferentes, totalmente levantadas como aluviones desenfrenados, pero m谩s grandes a煤n, y estriadas como el moar茅. Sobre ese mar furioso, mudo y sin movimiento, el sol devorador del sur derrama su llama implacable y directa. Hay que escalar aquellas l谩minas de ceniza de oro, volver a bajar, escalar de nuevo, escalar sin cesar, sin descanso y sin sombra. Los caballos jadean, se hunden hasta las rodillas y resbalan al bajar la otra vertiente de las sorprendentes colinas.

«脥bamos dos amigos seguidos por ocho espah铆es y cuatro camellos con sus camelleros. Ya no habl谩bamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de sed como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un grito; todos se detuvieron; permanecimos inm贸viles, sorprendidos por un inexplicable fen贸meno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.

«En alg煤n lugar, cerca de nosotros, en una direcci贸n indeterminada, redoblaba un tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces m谩s vibrante, otras debilitado, deteni茅ndose, e iniciando de nuevo su redoble fant谩stico.

«Los 谩rabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: “La muerte est谩 sobre nosotros.” Y entonces, de pronto, mi compa帽ero, mi amigo, casi mi hermano, se cay贸 de cabeza del caballo, fulminado por una insolaci贸n.

«Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor inalcanzable me llenaba el o铆do con su ruido mon贸tono, intermitente e incomprensible; y sent铆a deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo, el odioso miedo, frente al cad谩ver amado, en ese agujero incendiado por el sol entre cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba, a doscientas leguas de cualquier pueblo franc茅s, el redoble r谩pido del tambor.

«Aquel d铆a entend铆 lo que era tener miedo; y lo supe a煤n mejor en otra ocasi贸n…
El comandante interrumpi贸 al narrador:
-Perdone, se帽or, pero ¿aquel tambor? ¿Qu茅 era?
El viajero contest贸:

-No lo s茅. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo sorprendidos por ese ruido singular, lo suelen atribuir al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente inflado por las ondulaciones de las dunas, de una lluvia de granos de arena arrastrados por el viento al chocar con una mata de hierbas secas; ya que siempre se ha comprobado que el fen贸meno se produce cerca de peque帽as plantas quemadas por el sol, y duras como el pergamino.

«Aquel tambor no ser铆a m谩s que una especie de espejismo del sonido. Eso es todo. Pero no lo supe hasta m谩s tarde.
«Sigo con mi segunda emoci贸n.

«Ocurri贸 el invierno pasado, en un bosque del noreste de Francia. El cielo estaba tan oscuro que la noche lleg贸 dos horas antes. Ten铆a como gu铆a a un campesino que andaba a mi lado, por un peque帽铆simo camino, bajo una b贸veda de abetos a los que el viento desenfrenado arrancaba aullidos. Entre las copas ve铆a correr nubes desconcertadas, nubes enloquecidas que parec铆an huir ante un espanto. A veces, bajo una inmensa r谩faga, todo el bosque se inclinaba en el mismo sentido con un gemido de sufrimiento; y me invad铆a el fr铆o, a pesar de mi paso ligero y mi ropa pesada.

«Ten铆amos que cenar y dormir en la casa de un guardabosque, cuya morada ya no quedaba muy lejos. Iba all铆 para cazar.

«A veces mi gu铆a levantaba los ojos y murmuraba: “¡Qu茅 tiempo tan triste!” Luego me habl贸 de la gente a cuya casa lleg谩bamos. El padre hab铆a matado a un cazador furtivo dos a帽os antes y, desde entonces, parec铆a sombr铆o, como atormentado por un recuerdo. Sus dos hijos, ya casados, viv铆an con 茅l.

«La noche era profunda. No ve铆a nada delante de m铆, ni a mi alrededor, y las ramas de los 谩rboles chocaban entre s铆 llenando la noche de un incesante rumor. Finalmente vi una luz y en seguida mi compa帽ero llam贸 a una puerta. Nos contestaron los gritos agudos de unas mujeres. Despu茅s una voz de hombre, una voz sofocada, pregunt贸: “¿Qui茅n es?” Mi gu铆a dio su nombre. Entramos. Fue un cuadro inolvidable.

«Un hombre viejo de pelo blanco y mirada loca, con la escopeta cargada en la mano, nos esperaba de pie en mitad de la cocina mientras dos mozarrones, armados con hachas, vigilaban la puerta. Distingu铆 en los rincones oscuros a dos mujeres arrodilladas, con el rostro escondido contra la pared.

«Nos presentamos. El viejo volvi贸 a poner su arma contra la pared y mand贸 que se preparara mi habitaci贸n; luego, como las mujeres no se mov铆an, me dijo bruscamente:
«-Ver谩 usted, se帽or; esta noche, hace dos a帽os, mat茅 a un hombre. El a帽o pasado volvi贸 para buscarme. Lo espero otra vez esta noche.
«Y a帽adi贸 con un tono que me hizo sonre铆r:
«-Por eso no estamos tranquilos.

«Le tranquilic茅 como pude, feliz por haber venido precisamente aquella noche, y asistir al espect谩culo de ese terror supersticioso. Cont茅 varias historias y consegu铆 tranquilizarles a casi todos.

«Cerca del fuego, un viejo perro, bigotudo y casi ciego, uno de esos perros que se parecen a gente que conocemos, dorm铆a el morro entre las patas.

«Fuera, la tormenta encarnizada azotaba la peque帽a casa y, a trav茅s de un estrecho cristal, una especie de mirilla situada cerca de la puerta, ve铆a de pronto todo un desbarajuste de 谩rboles empujados violentamente por el viento a la luz de grandes rel谩mpagos.

«Notaba perfectamente que, a pesar de mis esfuerzos, un terror profundo se hab铆a apoderado de aquella gente, y cada vez que dejaba de hablar, todos los o铆dos escuchaban a lo lejos. Cansado de presenciar aquellos temores est煤pidos, iba a pedir acostarme, cuando el viejo guarda de pronto salt贸 de su silla, cogi贸 de nuevo su escopeta, mientras tartamudeaba con una voz enloquecida:

«-¡Ah铆 est谩! ¡Ah铆 est谩! ¡Lo oigo!

«Las dos mujeres volvieron a caerse de rodillas en los rincones, escondiendo el rostro; y los hijos volvieron a coger sus hachas. Iba a intentar tranquilizarlos otra vez, cuando el perro dormido se despert贸 de pronto y, levantando la cabeza, tendiendo el cuello, mirando hacia el fuego con sus ojos casi apagados, dio uno de esos l煤gubres aullidos que hacen estremecerse a los viajeros, de noche, en el campo. Todos los ojos se volvieron hacia 茅l; ahora permanec铆a inm贸vil, tieso sobre las patas, como atormentado por una visi贸n; se ech贸 de nuevo a aullar hacia algo invisible, desconocido, sin duda horroroso, ya que todo el pelo se le pon铆a de Punta. El guarda, l铆vido, grit贸:
«-¡Lo huele! ¡Lo huele! Estaba ah铆 cuando lo mat茅.
«Y las dos mujeres enloquecidas se echaron a gritar con el perro.

«A mi pesar, un gran escalofr铆o me corri贸 entre los hombros. El ver al animal en aquel lugar, a aquella hora, en medio de aquella gente enloquecida, resultaba espantoso.

«Entonces, durante una hora, el perro aull贸 sin moverse; aull贸 como preso de angustia en un sue帽o; y el miedo, el espantoso miedo entr贸 en m铆; ¿el miedo a qu茅? ¿Lo sabr茅 yo? Era el miedo, y punto.

«Permanec铆amos inm贸viles, l铆vidos, en espera de un acontecimiento horroroso, aguzando el o铆do, el coraz贸n latiendo, descompuestos al menor ruido. Y el perro se puso a dar vueltas alrededor del cuarto, oliendo las paredes y siempre gimiendo. ¡Aquel animal nos volv铆a locos! Entonces el campesino que me hab铆a guiado se abalanz贸 sobre 茅l, en una especie de paroxismo de terror furioso, y abriendo una puerta que daba a un peque帽o patio, ech贸 al animal afuera.

«脡ste se call贸 en seguida, y nos quedamos sumidos en un silencio a煤n m谩s terror铆fico. Y de pronto todos a la par tuvimos una especie de sobresalto: un ser se deslizaba contra la pared, en el exterior, hacia el bosque; luego pas贸 junto a la puerta, que pareci贸 palpar con una mano vacilante; no volvimos a o铆r nada m谩s durante dos minutos que nos convirtieron en insensatos; luego volvi贸, siempre rozando la pared; y rasp贸 ligeramente, como lo har铆a un ni帽o con la u帽a; y de pronto una cabeza apareci贸 contra el cristal de la mirilla, una cabeza blanca con ojos luminosos como los de una fiera. Y un sonido sali贸 de su boca, un sonido indistinto, un murmullo quejumbroso.

«Entonces un estruendo formidable estall贸 en la cocina. El viejo guarda hab铆a disparado. Inmediatamente sus hijos se precipitaron, taparon la mirilla levantando la gran mesa que sujetaron con el aparador.

«Y les juro que al o铆r el estr茅pito del disparo que no me esperaba tuve tal angustia en el coraz贸n, el alma y el cuerpo, que me sent铆 desfallecer y a punto de morir de miedo.

«Nos quedamos ah铆 hasta la aurora, incapaces de movernos, de decir una palabra, crispados en un enloquecimiento inefable.
«No nos atrevimos a desatrancar la salida hasta no ver, por la hendidura de un sobradillo, un fino rayo de d铆a.
«Al pie del muro, junto a la puerta, yac铆a el viejo perro, con el hocico destrozado por una bala.
«Hab铆a salido del patio escarbando un agujero bajo una empalizada.»
El hombre de rostro moreno se call贸; luego a帽adi贸:
-Aquella noche no corr铆 ning煤n peligro, pero preferir铆a volver a empezar todas las horas en las que me enfrent茅 con los peligros m谩s terribles, antes que el minuto 煤nico del disparo sobre la cabeza barbuda de la mirilla.

FIN

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