Anacleto Morones - Juan Rulfo - Amantes de la literatura

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3.22.2026

Anacleto Morones - Juan Rulfo


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¡Viejas, hijas del demonio! Las vi venir a todas juntas, en procesi贸n. Vestidas de negro, sudando como mulas bajo el mero rayo del sol. Las vi desde lejos como si fuera una recua levantando polvo. Su cara ya ceniza de polvo. Negras todas ellas. Ven铆an por el camino de Amula, cantando entre rezos, entre el calor, con sus negros escapularios grandotes y renegridos, sobre los que ca铆a en goterones el sudor de su cara.

Las vi llegar y me escond铆. Sab铆a lo que andaban haciendo y a qui茅n buscaban. Por eso me di prisa a esconderme hasta el fondo del corral, corriendo ya con los pantalones en la mano.

Pero ellas entraron y dieron conmigo. Dijeron: “¡Ave Mar铆a Pur铆sima!” Yo estaba acuclillado en una piedra, sin hacer nada, solamente sentado all铆 con los pantalones ca铆dos, para que ellas me vieran as铆 y no se me arrimaran. Pero solo dijeron: “¡Ave Mar铆a Pur铆sima!” Y se fueron acercando m谩s.

¡Viejas indinas1! ¡Les deber铆a dar verg眉enza! Se persignaron y se arrimaron hasta ponerse junto a m铆, todas juntas, apretadas como en manojo, chorreando sudor y con los pelos untados a la cara como si les hubiera lloviznado.

-Te venimos a ver a ti, Lucas Lucatero. Desde Amula venimos, solo por verte. Aqu铆 cerquita nos dijeron que estabas en tu casa; pero no nos figuramos que estabas tan adentro; no en este lugar ni en estos menesteres. Cre铆mos que hab铆as entrado a darle de comer a las gallinas, por eso nos metimos. Venimos a verte.

¡Esas viejas! ¡Viejas y feas como pasmadas2 de burro!

-¡D铆game qu茅 quieren! -les dije, mientras me fajaba los pantalones y ellas se tapaban los ojos para no ver.

-Traemos un encargo. Te hemos buscado en Santo Santiago y en Santa In茅s, pero nos informaron que ya no viv铆as all铆, que te hab铆as mudado a este rancho. Y ac谩 venimos. Somos de Amula.

Yo ya sab铆a de d贸nde eran y qui茅nes eran; pod铆a hasta haberles recitado sus nombres, pero me hice el desentendido.

-Pues s铆, Lucas Lucatero, al fin te hemos encontrado, gracias a Dios.

Las convid茅 al corredor y les saqu茅 unas sillas para que se sentaran. Les pregunt茅 que si ten铆an hambre o que si quer铆an aunque fuera un jarro de agua para remojarse la lengua.

Ellas se sentaron, sec谩ndose el sudor con escapularios.

-No, gracias -dijeron-. No venimos a darte molestias. Te traemos un encargo. ¿T煤 me conoces, verdad, Lucas Lucatero? -me pregunt贸 una de ellas.

-Algo -le dije-. Me parece haberte visto en alguna parte. ¿No eres, por casualidad, Pancha Fregoso, la que se dej贸 robar por Homobono Ramos?

-Soy, s铆, pero no me rob贸 nadie, esas fueron puras maledicencias. Nos perdimos los dos buscando garambuyos3. Soy congregante y yo no hubiera permitido de ning煤n modo…

-¿Qu茅, Pancha?

-¡Ah!, c贸mo eres mal pensado, Lucas. Todav铆a no se te quita lo de andar criminando4 gente. Pero, ya que me conoces, quiero agarrar la palabra para comunicarte a lo que venimos.

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-¿No quieren ni siquiera un jarro de agua? -les volv铆 a preguntar.

-No te molestes. Pero ya que nos ruegas tanto, no te vamos a desairar.

Les traje una jarra de agua de array谩n y se la bebieron. Luego les traje otra y se la volvieron a beber. Entonces les arrim茅 un c谩ntaro con agua del r铆o. Lo dejaron all铆, pendiente, para dentro de un rato, porque, seg煤n ellas, les iba a entrar mucha sed cuando comenzara a hacerles la digesti贸n.

Diez mujeres, sentadas en hilera, con sus negros vestidos puercos de tierra. Las hijas de Ponciano, de Emiliano, de Crescenciano, de Toribio el de la taberna y de Anastasio el peluquero.

¡Viejas carambas! Ni una siquiera pasadera. Todas ca铆das por los cincuenta. Marchitas como floripondios engarru帽ados5 y secos. Ni de d贸nde escoger.

-¿Y qu茅 buscan por aqu铆?

-Venimos a verte.

-Ya me vieron. Estoy bien. Por m铆 no se preocupen.

-Te has venido muy lejos. A este lugar escondido. Sin domicilio ni quien d茅 raz贸n de ti. Nos ha costado trabajo dar contigo despu茅s de mucho inquirir.

-No me escondo. Aqu铆 vivo a gusto, sin la moledera de la gente. ¿Y qu茅 misi贸n traen, si se puede saber? -les pregunt茅.

-Pues se trata de esto… Pero no te vayas a molestar en darnos de comer. Ya comimos en casa de la Torcacita. All铆 nos dieron a todas. As铆 que ponte en juicio. Si茅ntate aqu铆 enfrente de nosotras para verte y para que nos oigas.

Yo no me pod铆a estar en paz. Quer铆a ir otra vez al corral. O铆a el cacareo de las gallinas y me daban ganas de ir a recoger los huevos antes que se los comieran los conejos.

-Voy por los huevos -les dije.

-De verdad que ya comimos. No te molestes por nosotras.

-Tengo all铆 dos conejos sueltos que se comen los huevos. Orita regreso.

Y me fui al corral. Ten铆a pensado no regresar. Salirme por la puerta que daba al cerro y dejar plantada a aquella sarta de viejas canijas6.

Le ech茅 una miradita al mont贸n de piedras que ten铆a arrinconado en una esquina y le vi la figura de una sepultura. Entonces me puse a desparramarlas, tir谩ndolas por todas partes, haciendo un reguero aqu铆 y otro all谩. Eran piedras de r铆o, boludas, y las pod铆a aventar lejos. ¡Viejas de los mil judas ! Me hab铆an puesto a trabajar. No s茅 por qu茅 se les antoj贸 venir.

Dej茅 la tarea y regres茅.

Les regal茅 los huevos.

-¿Mataste los conejos? Te vimos aventarles de pedradas. Guardaremos los huevos para dentro de un rato. No deb铆as haberte molestado.

-All铆 en el seno se pueden empollar, mejor d茅jenlos afuera.

-¡Ah, c贸mo ser谩s!, Lucas Lucatero. No se te quita lo hablant铆n. Ni que estuvi茅ramos tan calientes.

-De eso no s茅 nada. Pero de por s铆 est谩 haciendo calor ac谩 afuera.

Lo que yo quer铆a era darles largas. Encaminarlas por otro rumbo, mientras buscaba la manera de echarlas fuera de mi casa y que no les quedaran ganas de volver. Pero no se me ocurr铆a nada.

Sab铆a que me andaban buscando desde enero, poquito despu茅s de la desaparici贸n de Anacleto Morones. No falt贸 alguien que me avisara que las viejas de la Congregaci贸n de Amula andaban tras de m铆. Eran las 煤nicas que pod铆an tener alg煤n inter茅s en Anacleto Morones. Y ahora all铆 las ten铆a.

Pod铆a seguir haci茅ndoles pl谩tica o granje谩ndomelas de alg煤n modo hasta que se les hiciera de noche y tuvieran que largarse. No se hubieran arriesgado a pasarla en mi casa.

Porque hubo un rato en que se trat贸 de eso: cuando la hija de Ponciano dijo que quer铆an acabar pronto su asunto para volver temprano a Amula. Fue cuando yo les hice ver que por eso no se preocuparan, que aunque fuera en el suelo hab铆a all铆 lugar y petates7 de sobra para todas. Todas dijeron que eso s铆 no, porque qu茅 ir铆a a decir la gente cuando se enteraran de que hab铆an pasado la noche solitas en mi casa y conmigo all铆 dentro. Eso s铆 que no.

La cosa, pues, estaba en hacerles larga la pl谩tica, hasta que se les hiciera de noche, quit谩ndoles la idea que les bull铆a en la cabeza. Le pregunt茅 a una de ellas:

-¿Y tu marido qu茅 dice?

-Yo no tengo marido, Lucas. ¿No te acuerdas que fui tu novia? Te esper茅 y te esper茅 y me qued茅 esperando. Luego supe que te hab铆as casado. Ya a esas alturas nadie me quer铆a.

-¿Y luego yo? Lo que pas贸 fue que se me atravesaron otros pendientes que me tuvieron muy ocupado; pero todav铆a es tiempo.

-Pero si eres casado, Lucas, y nada menos que con la hija del Santo Ni帽o. ¿Para qu茅 me alborotas otra vez? Yo ya hasta me olvid茅 de ti.

-Pero yo no. ¿C贸mo dices que te llamabas?

-Nieves… Me sigo llamando Nieves. Nieves Garc铆a. Y no me hagas llorar, Lucas Lucatero. Nada m谩s de acordarme de tus melosas promesas me da coraje.

-Nieves… Nieves. C贸mo no me voy a acordar de ti. Si eres de lo que no se olvida… Eras suavecita. Me acuerdo. Te siento todav铆a aqu铆 en mis brazos. Suavecita. Blanda. El olor del vestido con que sal铆as a verme ol铆a a alcanfor. Y te arrejuntabas mucho conmigo. Te repegabas tanto que casi te sent铆a metida en mis huesos. Me acuerdo.

-No sigas diciendo cosas, Lucas. Ayer me confes茅 y t煤 me est谩s despertando malos pensamientos y me est谩s echando el pecado encima.

-Me acuerdo que te besaba en las corvas. Y que t煤 dec铆as que all铆 no, porque sent铆as cosquillas. ¿Todav铆a tienes hoyuelos en la corva de las piernas?

-Mejor c谩llate, Lucas Lucatero. Dios no te perdonar谩 lo que hiciste conmigo. Lo pagar谩s caro.

-¿Hice algo malo contigo? ¿Te trat茅 acaso mal?

-Lo tuve que tirar. Y no me hagas decir eso aqu铆 delante de la gente. Pero para que te lo sepas lo tuve que tirar. Era una cosa as铆 como un pedazo de cecina. ¿Y para qu茅 lo iba a querer yo, si su padre no era m谩s que un vaquet贸n8?

-¿Conque eso pas贸? No lo sab铆a. ¿No quieren otra poquita de agua de array谩n? No me tardar茅 nada en hacerla. Esp茅renme nom谩s.

Y me fui otra vez al corral a cortar arrayanes. Y all铆 me entretuve lo m谩s que pude, mientras se le bajaba el mal humor a la mujer aquella. Cuando regres茅 ya se hab铆a ido.

-¿Se fue?

-S铆, se fue. La hiciste llorar.

-Solo quer铆a platicar con ella nom谩s por pasar el rato. ¿Se han fijado c贸mo tarda en llover? ¿All谩 en Amula ya debe haber llovido, no?

-S铆, anteayer cay贸 un aguacero.

-No cabe duda de que aquel es un buen sitio. Llueve bien y se vive bien. A fe que aqu铆 ni las nubes se aparecen. ¿Todav铆a es Rogaciano el presidente municipal?

-S铆, todav铆a.

-Buen hombre ese Rogaciano.

-No. Es un maldoso9.

-Puede que tengan raz贸n. ¿Y qu茅 me cuentan de Edelmiro, todav铆a tiene cerrada su botica?

-Edelmiro muri贸. Hizo bien en morirse, aunque me est谩 mal el decirlo; pero era otro maldoso. Fue de los que le echaron infamias al Ni帽o Anacleto. Lo acus贸 de abusionero10 y de brujo y enga帽abobos. De todo eso anduvo hablando en todas partes. Pero la gente no le hizo caso y Dios lo castig贸. Se muri贸 de rabia como los huitacloches11.

-Esperemos en Dios que est茅 en el infierno.

-Y que no se cansen los diablos de echarle le帽a.

-Lo mismo que a Lirio L贸pez, el juez, que se puso de su parte y mand贸 al Santo Ni帽o a la c谩rcel.

Ahora eran ellas las que hablaban. Las deje decir todo lo que quisieran. Mientras no se metieran conmigo, todo ir铆a bien. Pero de repente se les ocurri贸 preguntarme:

-¿Quieres ir con nosotras?

-¿A d贸nde?

-A Amula. Por eso venimos. Para llevarte.

Por un rato me dieron ganas de volver al corral. Salirme por la puerta que da al cerro y desaparecer. ¡Viejas infelices!

-¿Y qu茅 di谩ntres voy a hacer yo a Amula?

-Queremos que nos acompa帽es en nuestros ruegos. Hemos abierto, todas las congregantes del Ni帽o Anacleto, un novenario de rogaciones para pedir que nos lo canonicen. T煤 eres su yerno y te necesitamos para que sirvas de testimonio. El se帽or cura nos encomend贸 le llev谩ramos a alguien que lo hubiera tratado de cerca y conocido de tiempo atr谩s, antes que se hiciera famoso por sus milagros. Y qui茅n mejor que t煤, que viviste a su lado y puedes se帽alar mejor que ninguno las obras de misericordia que hizo. Por eso te necesitamos, para que nos acompa帽es en esta campa帽a.

¡Viejas carambas! Haberlo dicho antes.

-No puedo ir -les dije -. No tengo quien me cuide la casa.

-Aqu铆 se van a quedar dos muchachas para eso, lo hemos prevenido. Adem谩s est谩 tu mujer.

-Ya no tengo mujer.

-¿Luego la tuya? ¿La hija del Ni帽o Anacleto?

-Ya se me fue. La corr铆.

-Pero eso no puede ser. Lucas Lucatero. La pobrecita debe andar sufriendo. Con lo buena que era. Y lo jovencita. Y lo bonita. ¿Para d贸nde la mandaste, Lucas? Nos conformamos con que siquiera la hayas metido en el convento de las Arrepentidas.

-No la met铆 en ninguna parte. La corr铆. Y estoy seguro de que no est谩 con las Arrepentidas; le gustaban mucho la bulla y el relajo. Debe de andar por esos rumbos, desfajando pantalones.

-No te creemos, Lucas, ni as铆 tantito te creemos. A lo mejor est谩 aqu铆, encerrada en alg煤n cuarto de esta casa rezando sus oraciones. T煤 siempre fuiste muy mentiroso y hasta levantafalsos. Acu茅rdate, Lucas, de las pobres hijas de Hermelindo, que hasta se tuvieron que ir para El Grullo12 porque la gente les chiflaba la canci贸n de “Las g眉ilotas”13 cada vez que se asomaban a la calle, y solo porque t煤 inventaste chismes. No se te puede creer nada a ti, Lucas Lucatero.

-Entonces sale sobrando que yo vaya a Amula.

-Te confiesas primero y todo queda arreglado. ¿Desde cu谩ndo no te confiesas?

-¡Uh!, desde hace como quince a帽os. Desde que me iban a fusilar los cristeros14. Me pusieron una carabina en la espalda y me hincaron delante del cura y dije all铆 hasta lo que no hab铆a hecho. Entonces me confes茅 hasta por adelantado.

-Si no estuviera de por medio que eres el yerno del Santo Ni帽o, no te vendr铆amos a buscar, contim谩s15 te pedir铆amos nada. Siempre has sido muy diablo, Lucas Lucatero.

-Por algo fui ayudante de Anacleto Morones. 脡l s铆 que era el vivo demonio.

-No blasfemes.

-Es que ustedes no lo conocieron.

-Lo conocimos como santo.

-Pero no como santero.

-¿Qu茅 cosas dices, Lucas?

-Eso ustedes no lo saben; pero 茅l antes vend铆a santos. En las ferias. En la puerta de las iglesias. Y yo le cargaba el tambache16. Por all铆 铆bamos los dos, uno detr谩s de otro, de pueblo en pueblo. 脡l por delante y yo carg谩ndole el tambache con las novenas de san Pantale贸n, de san Ambrosio y de san Pascual, que pesaban cuando menos tres arrobas.

“Un d铆a encontramos a unos peregrinos. Anacleto estaba arrodillado encima de un hormiguero, ense帽谩ndome c贸mo mordi茅ndose la lengua no pican las hormigas. Entonces pasaron los peregrinos. Lo vieron. Se pararon a ver la curiosidad aquella. Preguntaron: ‘¿C贸mo puedes estar encima del hormiguero sin que te piquen las hormigas?’

“Entonces 茅l puso los brazos en cruz y comenz贸 a decir que acababa de llegar de Roma, de donde tra铆a un mensaje y era portador de una astilla de la Santa Cruz donde Cristo fue crucificado.

“Ellos lo levantaron de all铆 en sus brazos. Lo llevaron en andas hasta Amula. Y all铆 fue el acabose; la gente se postraba frente a 茅l y le ped铆a milagros.

“Ese fue el comienzo. Y yo nom谩s me viv铆a con la boca abierta, mir谩ndolo engatusar al mont贸n de peregrinos que iban a verlo.”

-Eres puro hablador y de sobra hasta blasfemo. ¿Qui茅n eras t煤 antes de conocerlo? Un arreapuercos. Y 茅l te hizo rico. Te dio lo que tienes. Y ni por eso te acomides17 a hablar bien de 茅l. Desagradecido.

-Hasta eso, le agradezco que me haya matado el hambre, pero eso no quita que 茅l fuera el vivo diablo. Lo sigue siendo, en cualquier lugar donde est茅.

-Est谩 en el cielo. Entre los 谩ngeles. All铆 es donde est谩, m谩s que te pese.

-Yo sab铆a que estaba en la c谩rcel.

-Eso fue hace mucho. De all铆 se fug贸. Desapareci贸 sin dejar rastro. Ahora est谩 en el cielo en cuerpo y alma presentes. Y desde all谩 nos bendice. Muchachas, ¡arrod铆llense! Recemos el “Penitentes somos, Se帽or” para que el Santo Ni帽o interceda por nosotras.

Y aquellas viejas se arrodillaron, besando a cada padrenuestro el escapulario donde estaba bordado el retrato de Anacleto Morones.

Eran las tres de la tarde. Aprovech茅 ese ratito para meterme en la cocina y comerme unos tacos de frijoles. Cuando sal铆 ya solo quedaban cinco mujeres.

-¿Qu茅 se hicieron las otras? -les pregunt茅.

Y la Pancha, moviendo los cuatro pelos que ten铆a en sus bigotes, me dijo:

-Se fueron. No quieren tener tratos contigo.

-Mejor. Entre menos burros m谩s olotes18. ¿Quieren m谩s agua de array谩n?

Una de ellas, la Filomena que se hab铆a estado callada todo el rato y que por mal nombre le dec铆an la Muerta, se culimpin贸 encima de una de mis macetas y, meti茅ndose el dedo en la boca, ech贸 fuera toda el agua de array谩n que se hab铆a tragado, revuelta con pedazos de chicharr贸n y granos de huam煤chiles19.

-Yo no quiero ni tu agua de array谩n, blasfemo. Nada quiero de ti.

Y puso sobre la silla el huevo que yo le hab铆a regalado:

-¡Ni tus huevos quiero! Mejor me voy.

Ahora solo quedaban cuatro.

-A m铆 tambi茅n me dan ganas de vomitar -me dijo la Pancha-. Pero me las aguanto. Te tenemos que llevar a Amula a como d茅 lugar. Eres el 煤nico que puede dar fe de la santidad del Santo Ni帽o. 脡l te ha de ablandar el alma. Ya hemos puesto su imagen en la iglesia y no ser铆a justo echarlo a la calle por tu culpa.

-Busquen a otro. Yo no quiero tener vela en este entierro.

-T煤 fuiste casi su hijo. Heredaste el fruto de su santidad. En ti puso 茅l sus ojos para perpetuarse. Te dio a su hija.

-S铆, pero me la dio ya perpetuada.

-V谩lgame Dios, qu茅 cosas dices, Lucas Lucatero.

-As铆 fue, me la dio cargada como de cuatro meses cuando menos.

-Pero ol铆a a santidad.

-Ol铆a a pura pestilencia. Le dio por ense帽arles la barriga a cuantos se le paraban enfrente, solo para que vieran que era de carne. Les ense帽aba su panza crecida, amoratada por la hinchaz贸n del hijo que llevaba dentro. Y ellos se re铆an. Les hac铆a gracia. Era una sinverg眉enza. Eso era la hija de Anacleto Morones.

-Imp铆o. No est谩 en ti decir esas cosas. Te vamos a regalar un escapulario para que eches fuera al demonio.

-… Se fue con uno de ellos. Que dizque la quer铆a. Solo le dijo: “Yo me arriesgo a ser el padre de tu hijo”.Y se fue con 茅l.

-Era fruto del Santo Ni帽o. Una ni帽a. Y t煤 la conseguiste regalada. T煤 fuiste el due帽o de esa riqueza nacida de la santidad.

-¡Monsergas20!

-¿Qu茅 dices?

-Adentro de la hija de Anacleto Morones estaba el hijo de Anacleto Morones.

-Eso t煤 lo inventaste para achacarle cosas malas. Siempre has sido un invencionista.

-¿S铆? Y qu茅 me dicen de las dem谩s. Dej贸 sin v铆rgenes esta parte del mundo, valido de que siempre estaba pidiendo que le velara sue帽o una doncella.

-Eso lo hac铆a por pureza. Por no ensuciarse con el pecado. Quer铆a rodearse de inocencia para no manchar su alma.

-Eso creen ustedes porque no las llam贸.

-A m铆 s铆 me llam贸 -dijo una a la que le dec铆an Melquiades-. Yo le vel茅 su sue帽o.

-¿Y qu茅 pas贸?

-Nada. Solo sus milagrosas manos me arroparon en esa hora en que se siente la llegada del fr铆o. Y le di gracias por el calor de su cuerpo; pero nada m谩s.

-Es que estabas vieja. A 茅l le gustaban tiernas; que se les quebraran los g眉esitos; o铆r que tronaran como si fueran c谩scaras de cacahuate.

-Eres un maldito ateo, Lucas Lucatero. Uno de los peores.

Ahora estaba hablando la Hu茅rfana, la del eterno llorido. La vieja m谩s vieja de todas. Ten铆a lagrimas en los ojos y le temblaban las manos:

-Yo soy hu茅rfana y 茅l me alivi贸 de mi orfandad, volv铆 a encontrar a mi padre y a mi madre en 茅l. Se pas贸 la noche acarici谩ndome para que se me bajara mi pena.

Y le escurr铆an las l谩grimas.

-No tienes, pues, por qu茅 llorar -le dije.

-Es que se han muerto mis padres. Y me han dejado sola. Hu茅rfana a esta edad en que es tan dif铆cil encontrar apoyo. La 煤nica noche feliz la pas茅 con el Ni帽o Anacleto, entre sus consoladores brazos. Y ahora t煤 hablas mal de 茅l.

-Era un santo.

-Un bueno de bondad.

-Esper谩bamos que t煤 siguieras su obra. Lo heredaste todo.

-Me hered贸 un costal de vicios de los mil judas. Una vieja loca. No tan vieja como ustedes; pero bien loca. Lo bueno es que se fue. Yo mismo le abr铆 la puerta.

-¡Hereje! Inventas puras herej铆as.

Ya para entonces quedaban solamente dos viejas. Las otras se hab铆an ido yendo una tras otra, poni茅ndome la cruz y reculando y con la promesa de volver con los exorcismos.

-No me has de negar que el Ni帽o Anacleto era milagroso -dijo la hija de Anastasio-. Eso s铆 que no me lo has de negar.

-Hacer hijos no es ning煤n milagro. Ese era su fuerte.

-A mi marido lo cur贸 de la s铆filis.

-No sab铆a que ten铆as marido. ¿No eres la hija de Anastasio el peluquero? La hija de Tacho es soltera, seg煤n yo s茅.

-Soy soltera, pero tengo marido. Una cosa es ser se帽orita y otra cosa es ser soltera. T煤 lo sabes. Y yo no soy se帽orita, pero soy soltera.

-A tus a帽os haciendo eso, Micaela.

-Tuve que hacerlo. Qu茅 me ganaba con vivir de se帽orita. Soy mujer. Y una nace para dar lo que le dan a una.

-Hablas con las mismas palabras de Anacleto Morones.

-S铆, 茅l me aconsej贸 que lo hiciera, para que se me quitara lo hep谩tico. Y me junt茅 con alguien. Eso de tener cincuenta a帽os y ser nueva es un pecado.

-Te lo dijo Anacleto Morones.

-脡l me lo dijo, s铆. Pero hemos venido a otra cosa; a que vayas con nosotras y certifiques que 茅l fue un santo.

-¿Y por qu茅 no yo?

-T煤 no has hecho ning煤n milagro. 脡l cur贸 a mi marido. A m铆 me consta. ¿Acaso t煤 has curado a alguien de la s铆filis?

-No, ni la conozco.

-Es algo as铆 como la gangrena. 脡l se puso amoratado y con el cuerpo lleno de saba帽ones. Ya no dorm铆a. Dec铆a que todo lo ve铆a colorado como si estuviera asom谩ndose a la puerta del infierno. Y luego sent铆a ardores que lo hac铆an brincar de dolor. Entonces fuimos a ver al Ni帽o Anacleto y 茅l lo cur贸. Lo quem贸 con un carrizo ardiendo y le unt贸 de su saliva en las heridas y, s谩catelas, se le acabaron sus males. Dime si eso no fue un milagro.

-Ha de haber tenido sarampi贸n. A m铆 tambi茅n me lo curaron con saliva cuando era chiquito.

-Lo que yo dec铆a antes. Eres un condenado ateo.

-Me queda el consuelo de que Anacleto Morones era peor que yo.

-脡l te trat贸 como si fueras su hijo. Y todav铆a te atreves… Mejor no quiero seguir oy茅ndote. Me voy. ¿T煤 te quedas, Pancha?

-Me quedar茅 otro rato. Har茅 la 煤ltima lucha yo sola.

-Oye, Francisca, ora que se fueron todas, te vas a quedar a dormir conmigo, ¿verdad?

-Ni lo mande Dios. ¿Qu茅 pensar铆a la gente? Yo lo que quiero es convencerte.

-Pues v谩monos convenciendo los dos. Al cabo qu茅 pierdes. Ya est谩s revieja, como para que nadie se ocupe de ti, ni te haga el favor.

-Pero luego vienen los dichos de la gente. Luego pensar谩n mal.

-Que piensen lo que quieran. Qu茅 m谩s da. De todos modos Pancha te llamas.

-Bueno, me quedar茅 contigo; pero nom谩s hasta que amanezca. Y eso si me prometes que llegaremos juntos a Amula, para yo decirles que me pas茅 la noche ru茅guete y ru茅guete. Si no, ¿c贸mo le hago?

-Est谩 bien. Pero antes c贸rtate esos pelos que tienes en los bigotes. Te voy a traer las tijeras.

-C贸mo te burlas de m铆, Lucas Lucatero. Te pasas la vida mirando mis defectos. D茅jame mis bigotes en paz. As铆 no sospechar谩n.

-Bueno, como t煤 quieras.

Cuando oscureci贸, ella me ayud贸 a arreglarle la ramada a las gallinas y a juntar otra vez las piedras que yo hab铆a desparramado por todo el corral, arrincon谩ndolas en el rinc贸n donde hab铆an estado antes.

Ni se las malici贸 que all铆 estaba enterrado Anacleto Morones. Ni que se hab铆a muerto el mismo d铆a que se fug贸 de la c谩rcel y vino aqu铆 a reclamarme que le devolviera sus propiedades.

Lleg贸 diciendo:

-Vende todo y dame el dinero porque necesito hacer un viaje al Norte. Te escribir茅 desde all谩 y volveremos a hacer negocio los dos juntos.

-¿Por qu茅 no te llevas a tu hija? -le dije yo-. Eso es lo 煤nico que me sobra de todo lo que tengo y dices que es tuyo. Hasta a m铆 me enredaste con tus malas ma帽as.

-Ustedes se ir谩n despu茅s, cuando yo les mande avisar mi paradero. All谩 arreglaremos cuentas.

-Ser铆a mucho mejor que las arregl谩ramos de una vez. Para quedar de una vez a mano.

-No estoy para estar jugando ahorita -me dijo-. Dame lo m铆o. ¿Cu谩nto dinero tienes guardado?

-Algo tengo, pero no te lo voy a dar. He pasado las de Ca铆n con la sinverg眉enza de tu hija. Date por bien pagado con que yo la mantenga.

Le entr贸 el coraje. Pateaba el suelo y le urg铆a irse…

“¡Que descanses en paz, Anacleto Morones!”, dije cuando lo enterr茅, y a cada vuelta que yo daba al r铆o acarreando piedras para ech谩rselas encima: “No te saldr谩s de aqu铆 aunque uses de todas tus tretas”.

Y ahora la Pancha me ayudaba a ponerle otra vez el peso de las piedras, sin sospechar que all铆 debajo estaba Anacleto y que yo hac铆a aquello por miedo de que se saliera de su sepultura y viniera de nueva cuenta a darme guerra. Con lo ma帽oso que era, no dudaba que encontrara el modo de revivir y salirse de all铆.

-脡chale m谩s piedras, Pancha. Amont贸nalas en este rinc贸n, no me gusta ver pedregoso mi corral.

Despu茅s ella me dijo, ya de madrugada:

-Eres una calamidad, Lucas Lucatero. No eres nada cari帽oso. ¿Sabes qui茅n s铆 era amoroso con una?

-¿Qui茅n?

-El Ni帽o Anacleto. 脡l s铆 que sab铆a hacer el amor.

FIN

  1. Indinas: descaradas.
  2. Pasmadas: heridas abiertas, llagas
  3. Garambuyos: garambullos, cacto
  4. Criminando: (acriminar), acusando
  5. Engarru帽ados: arrugados
  6. Canijas: tercas, porfiadas
  7. Petates: esteras de palma; se usan para dormir sobre ellas
  8. Vaquet贸n: enga帽ador, descrado
  9. Maldoso: maldadoso en m茅xico
  10. Abusionero: agorero, supersticioso
  11. Huitacoches: p谩jaros peque帽os
  12. El grullo: pueblo en jalisco, m茅xico
  13. G眉ilotas: palomas, pero en este contexto parece derivarse de g眉ilas, que significa prostitutas
  14. Cristeros: partidarios de rebeli贸n contra leyes seculares
  15. Contim谩s: cuanto m谩s; aqu铆 significa “de ninguna manera”
  16. Tambache: bulto, atado
  17. Acomides: (acomedirse), tener disposici贸n para hacer algo; acceder a ayudar, prestarse para hacer un servicio
  18. Olotes: mazorcas de ma铆z
  19. Huam煤chiles: semillas comestibles del 谩rbol huam煤chil
  20. Monsergas: patra帽as, embustes

(Publicado en El llano en llamas, 1953)

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