El 16 de julio de 1923 me mud茅 a Exham Priory, despu茅s de que el 煤ltimo obrero acabara su tarea. Los trabajos de restauraci贸n hab铆an constituido una imponente tarea, pues de la abandonada construcci贸n apenas si quedaba un mont贸n de ruinas, pero por tratarse del lar de mis antepasados no escatim茅 en gastos. Nadie habitaba la finca desde el reinado de Jacobo I, en que una tragedia de caracteres terriblemente dram谩ticos, aunque en gran medida incomprensibles, se cerni贸 sobre el cabeza de la familia, cinco de sus hijos y varios criados, y oblig贸 a marcharse de all铆, en medio de sombras de sospecha y terror, al tercer hijo, mi progenitor por l铆nea paterna y 煤nico superviviente del infortunado baje.
Con el 煤nico heredero denunciado por asesinato, la propiedad volvi贸 a manos de la corona, sin que el acusado hiciera el menor intento por excusarse o recuperar la heredad. Trastornado por un horror mayor que el de la conciencia o la ley, y expresando s贸lo el rabioso deseo de borrar aquella antigua mansi贸n de su vista y memoria, Walter de la Poer, und茅cimo bar贸n de Exhain, march贸 a Virginia, en donde se estableci贸 y fund贸 la familia que, en el siglo siguiente, era conocida por el nombre de Delapore.
Exham Priory qued贸 abandonado, aunque con el tiempo pas贸 a formar parte de las propiedades de la familia Norrys y fue objeto de numerosos estudios como consecuencia de su singular arquitectura, consistente en unas torres g贸ticas levantadas sobre una infraestructura sajona o rom谩nica, cuyos cimientos a su vez eran de un estilo o mezcla de estilos de 茅poca anterior: romano y hasta druida o el c铆mrico originario, si es cierto lo que cuentan las leyendas. Los cimientos eran de aspecto muy singular, pues se confund铆an por uno de sus lados con la s贸lida caliza del precipicio desde cuyo borde el priorato dominaba un desolado valle que se extend铆a tres millas al oeste del pueblo de Anchester.
A los arquitectos y anticuarios les encantaba estudiar esta extra帽a reliquia de 茅pocas remotas, pero los naturales del lugar la detestaban con todas sus fuerzas. La detestaban desde hac铆a siglos, cuando a煤n viv铆an all铆 mis antepasados, y la segu铆an detestando ahora en que, debido a su estado de abandono, la cubr铆a una capa de musgo y mantillo. No llevaba siquiera un d铆a en Anchester cuando me enter茅 de que descend铆a de una familia maldita. Pero ya esta semana los obreros han volado por los aires lo que quedaba de Exham Priory, y est谩n atareados en borrar las huellas de sus cimientos. De siempre he conocido la historia, sin aditamentos, de mi linaje familiar, y s茅 perfectamente que mi primer antepasado americano se traslad贸 a las colonias envuelto en las sombras de extra帽as sospechas. De los detalles, con todo, jam谩s he sabido nada debido a la reticencia mantenida por generaciones entre los Delapore. Al contrario que los colonos de nuestra vecindad, rara vez nos jactamos de antepasados que batallaron en las Cruzadas o de contar en nuestro linaje con h茅roes medievales o renacentistas, ni se nos transmitieron otras tradiciones que las que pudieran encerrarse en el sobre lacrado que todo hacendado latifundista dej贸 a su primog茅nito antes de estallar la Guerra Civil para su apertura p贸stuma. Las 煤nicas glorias de las que nos jact谩bamos en la familia eran las alcanzadas tras la emigraci贸n, las glorias de un orgulloso y honorable, si bien un tanto retra铆do e insociable, linaje de Virginia.
En el curso de la guerra toda nuestra fortuna se perdi贸 y nuestra existencia entera se vio alterada por el incendio de Carfax, residencia de la familia a orillas del r铆o James. Mi abuelo, de edad ya avanzada, pereci贸 entre las llamas del voraz incendio, y con 茅l se quem贸 el sobre que nos ligaba al pasado. Todav铆a hoy puedo recordar aquel incendio que presenci茅 con mis propios ojos a la edad de siete a帽os, mientras los soldados federales vociferaban, las mujeres chillaban y los negros daban alaridos y rezaban. Mi padre se hab铆a alistado en el ej茅rcito y participaba en la defensa de Richmond, y, tras m煤ltiples formalidades, mi madre y yo logramos atravesar las l铆neas enemigas para unirnos a 茅l.
Cuando termin贸 la guerra, nos trasladamos al norte, de donde proven铆a mi madre, y all铆 crec铆, me hice un hombre y, en 煤ltima instancia, acumul茅 riquezas como corresponde a todo yanqui emprendedor. Ni mi padre ni yo supimos jam谩s qu茅 conten铆a el sobre testamentario destinado a nosotros; adem谩s, una vez sumido en el mon贸tono curso de la vida mercantil de Massachusetts, perd铆 todo inter茅s por desvelar los misterios que, sin duda, se ocultaban en el remoto pasado de mi 谩rbol geneal贸gico. ¡Con qu茅 alegr铆a habr铆a dejado Exham Priory a la suerte de sus murci茅lagos, telara帽as y mantillo si hubiera m铆nimamente intuido lo que escond铆a tras sus muros!
Mi padre muri贸 en 1904, pero sin ning煤n mensaje que dejar para m铆 ni para mi 煤nico hijo, Alfred, un muchacho de diez a帽os hu茅rfano de madre. Fue precisamente Alfred quien alter贸 el orden en que ven铆a transmiti茅ndole la informaci贸n familiar, pues, si bien s贸lo pude hacerle conjeturas en tono burl贸n sobre el pasado familiar, me escribi贸 cont谩ndome algunas leyendas ancestrales del mayor inter茅s cuando, con ocasi贸n de la pasada guerra, fue enviado a Inglaterra en 1917 en calidad de oficial de aviaci贸n. Al parecer, sobre los Delapore circulaba una pintoresca y un tanto siniestra historia. Un amigo de mi hijo, el capit谩n Edward Norrys, del Royal Flying Corps, resid铆a en las proximidades de nuestro solar familiar en Anchester y contaba unas supersticiones campesinas que pocos novelistas podr铆an llegar a igualar por lo incre铆bles y demenciales que eran. Norrys, por supuesto, no las tomaba en serio, pero a mi hijo lo divert铆an y le sirvieron de tema para llenar muchas de las cartas que me escribi贸. Fueron estas leyendas las que finalmente atrajeron mi atenci贸n hacia mi heredad trasatl谩ntica, y me decidieron a comprar y restaurar el solar familiar que Norrys mostr贸 a Alfred en todo su pintoresco abandono, al mismo tiempo que se ofrec铆a a consegu铆rselo por una suma harto razonable, dado que el actual propietario era t铆o suyo.
Compr茅 Exham Priory en 1918, pero casi al punto me olvid茅 de los planes de restauraci贸n en que hab铆a estado pensando ante el regreso de mi hijo inv谩lido de las piernas. Durante los dos a帽os que a煤n vivi贸 me dediqu茅 por entero a su cuidado, dejando incluso la direcci贸n del negocio en manos de mis socios.
En 1921, sumido en la mayor desolaci贸n y sin saber qu茅 hacer, apartado de toda actividad laboral y notando ya que la vejez se me ven铆a encima, resolv铆 distraer el resto de mis a帽os ocupado en la nueva posesi贸n. Llegu茅 a Anchester un d铆a de diciembre, hosped谩ndome en casa del capit谩n Norrys, un joven algo gordo y afable que estimaba mucho a mi hijo, y me ofreci贸 su colaboraci贸n en la tarea de acopiar planos y an茅cdotas en los que. inspirarse al emprender las obras de restauraci贸n. No sent铆a la menor emoci贸n en presencia de Exham Priory, un revoltijo de abandonadas ruinas medievales cubiertas de l铆quenes y acribilladas de nidos de grajos, balance谩ndose amenazadoramente al borde de un enorme precipicio y sin el menor rastro de suelos o cualquier otro resto de interiores, salvo los muros de piedra de las separadas torres.
Tras formarme poco a poco una idea de c贸mo debi贸 ser el edificio cuando lo abandonaron mis antepasados tres siglos atr谩s, me puse a contratar obreros para iniciar las tareas de reconstrucci贸n. En todos los casos me vi obligado a buscarlos fuera de la localidad m谩s pr贸xima, pues los naturales de Anchester profesaban un miedo y una aversi贸n decididamente incre铆bles hacia aquel lugar. La magnitud del sentimiento era tal que a veces llegaba a contagiar a los trabajadores que ven铆an de otros lugares, siendo esta la causa de numerosas deserciones. Por lo dem谩s, su alcance se extend铆a tanto al priorato como a la antigua familia propietaria del mismo.
Ya me hab铆a adelantado mi hijo que durante sus visitas al pueblo la gente se mostr贸 un tanto reacia con 茅l por ser un De la Poer, y ahora, por id茅ntica raz贸n, yo me sent铆a tambi茅n sutilmente rechazado hasta que logr茅 convencerlos de que apenas sab铆a nada de mis antepasados. Y aun as铆 los vecinos del lugar se mostraban hura帽os conmigo, por cuanto me vi obligado a recurrir a Norrys para recopilar la mayor铆a de las tradiciones populares que a煤n segu铆an circulando sobre el lugar. Lo que aquellas gentes no pod铆an perdonar era, al menos eso cre铆a entender yo, que hab铆a venido a restaurar un s铆mbolo que aborrec铆an con todas sus fuerzas; pues, racionalmente o no, para ellos Exham Priory no era otra cosa que un nido de arp铆as y hombres lobo.
Reuniendo todas las historias que Norrys recogi贸 para m铆 y complet谩ndolas con lo que hab铆an dicho varios estudiosos que en su d铆a examinaron las ruinas, deduje que Exham Priory se levantaba sobre el lugar ocupado en otro tiempo por un templo prehist贸rico: una construcci贸n druida, o incluso anterior a dicho per铆odo, que debi贸 ser contempor谩nea de Stonehenge. Casi nadie duda de que all铆 se hab铆an celebrado abominables ritos, y circulaban toda clase de espeluznantes historias sobre el paso de tales ritos al culto de Cibeles posteriormente introducido por los romanos.
En el s贸tano pod铆an a煤n verse inscripciones con letras tan inconfundibles como «DIV… OPS… MAGNA. MAT…», signo de la Magna Mater cuyo tenebroso culto fue en vano prohibido a los ciudadanos romanos. Anchester hab铆a sido campamento de la tercera legi贸n Augusta, tal como atestiguaban numerosos restos, y, seg煤n todos los indicios, el templo de Cibeles debi贸 ser una imponente construcci贸n abarrotada de fieles que concelebraban multitud de ceremonias presididos por un sacerdote frigio. Las historias a帽ad铆an que la ca铆da de la antigua religi贸n no puso fin a las org铆as que ten铆an lugar en el templo, sino que, muy al contrario, los sacerdotes se convirtieron a la nueva fe sin cambiar en lo fundamental sus creencias. Asimismo, se dec铆a que los ritos no desaparecieron con la llegada de los romanos y que algunos sajones se sumaron a lo que quedaba del templo, d谩ndole el perfil caracter铆stico que habr铆a de distinguirle con el tiempo a la vez que hac铆an de 茅l el centro de irradiaci贸n de un culto temido en la mitad del territorio al que se extend铆a la heptarqu铆a. Hacia el a帽o 1000 d.c. el lugar aparece mencionado en una cr贸nica como un priorato, esencialmente construido a base de piedra, en el que se albergaba una poderosa y extra帽a orden mon谩stica, y rodeado de grandes jardines que no precisaban de murallas para mantener alejado al atemorizado populacho. Jam谩s llegaron a destruirlo los daneses, si bien su suerte debi贸 declinar radicalmente tras la conquista normanda, pues no hubo el menor impedimento para que Enrique III confiriera su propiedad a mi antepasado Gilbert de la Poer, primer bar贸n de Exham, en 1261.
De mi familia no se conservan testimonios adversos antes de esa fecha, pero algo raro debi贸 acontecer por entonces. Ya en una cr贸nica de 1307 hay una referencia a un De la Poer al que se califica de «renegado de Dios», mientras que en las leyendas populares se aprecia un miedo cerval a decir nada del castillo que se erigi贸 sobre los cimientos del antiguo templo y priorato. Los cuentos de viejas que corr铆an sobre el lugar eran de lo m谩s espeluznantes, m谩s terror铆ficos si cabe por la tenebrosa reticencia y sombr铆as evasivas de que hac铆an gala. En ellos se representaba a mis antepasados como un linaje de demonios junto a los que personajes de la talla de un Gilles de Retz o un Marqu茅s de Sade no pasaban de meros aprendices, y se dejaba intuir veladamente su responsabilidad por las ocasionales desapariciones de aldeanos en el transcurso de varias generaciones.
Los peores de toda la parentela, a tenor de lo que dice la tradici贸n, fueron los barones y sus herederos directos. Al menos, la mayor铆a de las historias que circulaban se refer铆an a ellos. Si un heredero mostraba inclinaciones m谩s saludables, se dec铆a en ellas, fallec铆a con toda seguridad en edad temprana y misteriosamente para dejar paso a otro descendiente m谩s en consonancia con el apellido. Los De la Poer parec铆an profesar un culto propio, presidido por el cabeza de familia y a veces restringido a unos cuantos miembros de la misma. El temperamento m谩s que el linaje era el fundamento de dicho culto, pues en 茅l participaban tambi茅n quienes ingresaban en la familia por raz贸n de matrimonio. Lady Margaret Trevor de Cornualles, mujer de Godfrey, el hijo segundo del quinto bar贸n, acab贸 por convertirse en uno de los fantasmas predilectos de los ni帽os de todo el pa铆s y en diab贸lica hero铆na de un horripilante y antiguo romance que a煤n se oye en las proximidades de la frontera galesa. Conservada tambi茅n en los romances, aunque no tan ilustrativa al respecto, merece citarse la espeluznante historia de Lady Mary de la Poer, que al poco de casarse con el bar贸n de Shrewsfield muri贸 asesinada a manos de 茅ste y de su madre, siendo posteriormente absueltos y bendecidos ambos criminales por el sacerdote al que confesaron aquello que no se atrever铆an a decir en p煤blico.
Estos mitos y romances, caracter铆sticos de la m谩s descarnada superstici贸n, me repel铆an en extremo. Su persistencia y su asociaci贸n a tan larga descendencia de mis antepasados, resultaban especialmente irritantes; en tanto que las acusaciones de h谩bitos monstruosos recordaban, de manera harto desagradable, el 煤nico esc谩ndalo conocido de mis inmediatos antepasados: me refiero al caso de mi primo, el joven Randolph Delapore de Carfax, que se fue a vivir con los negros y se hizo oficiante del rito vud煤 a su regreso de la guerra de M茅xico.
Bastante menos me inquietaban las historias que corr铆an sobre lamentos y aullidos en el valle desolado y barrido por el viento que se abr铆a al pie del precipicio de caliza; as铆 como otras sobre los f茅tidos hedores que emanaban de las tumbas tras las primaverales lluvias, sobre el torp贸n y aullador objeto Manco que el caballo de sir John Clave pis贸 una noche en medio de un solitario campo, o sobre el criado que se hab铆a vuelto loco a causa de algo indefinible que vio en el priorato a plena luz del d铆a. Todo ello no eran sino retazos de historias fant谩sticas que hab铆an arraigado en el vulgo, y por aquel entonces yo era un esc茅ptico a carta cabal. Los relatos sobre aldeanos desaparecidos no deb铆an desecharse del todo, aun cuando no eran especialmente significativos a la vista de las pr谩cticas medievales. La voraz curiosidad significaba la muerte, y m谩s de una cercenada cabeza se hab铆a mostrado en p煤blico en los bastiones -de los que, afortunadamente, ya no quedaba huella- que se levantaban en los aleda帽os de Exham Priory.
Algunas de las historias que corr铆an eran sumamente pintorescas, hasta el punto de hacerme sentir no haber estudiado m谩s mitolog铆a comparada en mi juventud. As铆, por ejemplo, a煤n subsist铆a la creencia de que una legi贸n de diablos con alas de vampiro se reun铆a todas las noches en el priorato para celebrar sus rituales aquelarres, legi贸n cuyo mantenimiento alimenticio pod铆a hallar explicaci贸n en la desproporcionada abundancia de verduras ordinarias cultivadas en aquellos enormes huertos. La m谩s gr谩fica de todas las historias que circulaban sobre el lugar era una que relataba la dram谩tica epopeya de las ratas -un insaciable ej茅rcito de obscenas alima帽as que hab铆a surgido en tropel del interior del castillo tres meses despu茅s de la tragedia que lo conden贸 al m谩s absoluto abandono-, una cence帽a, nauseabunda y fam茅lica soldadesca que hab铆a barrido todo a su paso, devorando aves, gatos, perros, cerdos, ovejas y hasta dos desventurados seres humanos antes de ver acallado su furor. En torno a tan inolvidable plaga de roedores gira todo un ciclo independiente de mitos, pues las alima帽as se dispersaron por entre las casas del pueblo suscitando toda clase de imprecaciones y horrores a su paso.
Tales eran las historias que se cern铆an sobre m铆 cuando me dispuse a acometer, con la obstinaci贸n propia de un anciano, las obras de restauraci贸n de mi ancestral solar. No debe creerse, ni siquiera por un momento, que tales historias constitu铆an lo esencial del entorno sicol贸gico en que me desenvolv铆a. Por otro lado, contaba con el apoyo decidido y constante del capit谩n Norrys y de los arque贸logos que me rodeaban y asist铆an en mi tarea. Una vez terminada la obra, algo m谩s de dos a帽os despu茅s de iniciada, pude contemplar aquel conjunto de amplias habitaciones, revestidos muros, abovedados techos, ventanas con parteluces y anchas escaleras, con un orgullo que compensaba con creces los cuantiosos gastos que supuso la restauraci贸n.
No hab铆a detalle medieval que no estuviera diestramente reproducido, y las partes nuevas armonizaban a la perfecci贸n con los muros y cimientos originales. El solar de mis antepasados estaba de nuevo en pie, y ahora s贸lo me quedaba redimir la fama local de la l铆nea familiar que terminaba en m铆. Me quedar铆a a vivir all铆 permanentemente y demostrar铆a a todos que un De la Poer (pues hab铆a adoptado de nuevo la graf铆a original del apellido) no ten铆a por qu茅 ser un ser diab贸lico. Mi confort se vio en parte aumentado por el hecho de que, aunque Exham Priory estaba construido seg煤n los c谩nones medievales, su interior era absolutamente nuevo y se hallaba libre de vetustos fantasmas y nocivas alima帽as.
Como ya he dicho, me mud茅 a Exham Priory el 16 de julio de 1923. Me hac铆an compa帽铆a en mi nueva residencia siete criados y nueve gatos, animal 茅ste por el que siento una especial atracci贸n. Mi gato m谩s viejo, «Negrito», ten铆a siete a帽os y vino conmigo desde Bolton, en Massachusetts; el resto de los gatos los hab铆a ido reuniendo mientras viv铆a con la familia del capit谩n Norrys, en el curso de las obras de restauraci贸n del priorato.
Durante cinco d铆as nuestra rutina prosigui贸 en medio de la m谩s absoluta calma, empleando la mayor parte del tiempo en la clasificaci贸n de antiguos documentos relativos a la familia. Dispon铆a ya de unas cuantas descripciones muy detalladas de la tragedia final y la huida de Walter de la Poer, que supuse ser铆a lo que encerraba el legajo hereditario perdido en el incendio de Carfax. Al parecer, a mi antepasado se le acus贸, con sobrada raz贸n, de matar al resto de los moradores de la casa -salvo cuatro criados c贸mplices suyos- mientras dorm铆an, unas dos semanas despu茅s de un sorprendente descubrimiento que habr铆a de alterar toda su forma de ser, pero que no debi贸 desvelar m谩s que a los criados que colaboraron con 茅l en el asesinato y, seguidamente, huyeron lejos del alcance de la justicia.
Esta degollina premeditada -en total, un padre, tres hermanos y dos hermanas-, fue en gran medida condonada por los aldeanos y con tal negligencia dictaminada por la justicia que su instigador pudo huir -con todos los honores, sin sufrir el menor da帽o ni tener que disfrazarse- a Virginia. El sentir general que circulaba por el pueblo era que hab铆a librado aquellas tierras de la maldici贸n inmemorial que sobre ellas pesaba. Ni siquiera puedo conjeturar cu谩l fue el descubrimiento que llev贸 a mi antepasado a cometer tan abominable acci贸n. Walter de la Poer deb铆a conocer desde hac铆a tiempo las siniestras historias que se contaban sobre su familia, por lo que no creo que el motivo que desat贸 todo proviniera de dicha fuente. ¿Presenciar铆a acaso alg煤n antiguo y espeluznante rito o se dar铆a de bruces con alg煤n tenebroso s铆mbolo revelador en el priorato o en sus aleda帽os? En Inglaterra se le ten铆a por un joven t铆mido y de buenos modales. En Virginia, parec铆a m谩s un ser de car谩cter atormentado y aprensivo que un tipo duro o amargado. De 茅l se dec铆a en el diario de otro aventurero de rancio abolengo, Francis Harley de Bellview, que era un hombre sin par en lo tocante al sentido de la justicia, el honor y la discreci贸n.
El 22 de julio tuvo lugar el primer incidente, el cual, aunque apenas se le prest贸 atenci贸n en aquel momento, adquiere un significado premonitorio en relaci贸n con ulteriores acontecimientos. Fue tan poca cosa que casi no se le dio importancia, y apenas pudo advertirse en las circunstancias reinantes; pues debe recordarse que al ser el edificio pr谩cticamente nuevo en su totalidad, salvo los muros, y hallarse atendido por una avezada servidumbre, toda aprensi贸n habr铆a sido absurda no obstante las historias que corr铆an sobre el lugar.
A poco m谩s que esto se reduce lo que pude recordar a posteriori: mi viejo gato negro, cuyo humor tan bien conozco, estaba indudablemente alerta e inquieto en una medida que no concordaba en nada con su habitual modo de ser. Iba de una habitaci贸n a otra, dando la impresi贸n de estar intranquilo y preocupado por algo, y olisqueaba constantemente los muros que formaban parte de la estructura g贸tica. Comprendo perfectamente cu谩n trillado suena todo esto -algo as铆 como el inevitable perro del cuento de fantasmas, que no cesa de gru帽ir hasta que su amo ve finalmente la figura envuelta en s谩banas-, pero en este caso concreto creo que tiene su importancia.
Al d铆a siguiente, un criado vino a darme cuenta de la inquietud reinante entre los gatos de la casa. Yo me encontraba en mi estudio, una habitaci贸n de techo alto y orientada al occidente que hab铆a en el segundo piso, con arcos de aristas artesonado de roble oscuro y una triple ventana g贸tica que daba al precipicio de roca caliza y desde la que se divisaba el inh贸spito valle. Mientras me hablaba el criado, pude ver c贸mo la forma de azabache de Negrito se arrastraba a lo largo del muro oeste y ara帽aba el nuevo artesonado que cubr铆a la antigua piedra.
Le dije al criado que deb铆a tratarse de alg煤n extra帽o olor o emanaci贸n procedente de la antigua mamposter铆a, y que, si bien era imperceptible al olfato humano, deb铆a afectar a los sensibles 贸rganos de los felinos a pesar del artesonado que lo recubr铆a. As铆 lo cre铆a sinceramente, y cuando aquel hombre aludi贸 a la posible presencia de roedores, le dije que en aquel lugar no hab铆a habido ratas durante trescientos a帽os, y que dif铆cilmente podr铆an encontrarse los ratones de la campi帽a que lo circundaba en tan altos muros, pues nunca se los hab铆a visto merodeando por all铆. Aquella misma tarde llam茅 al capit谩n Norrys, quien me asegur贸 que le parec铆a bastante incre铆ble que los ratones del campo infestaran de repente el priorato pues, que 茅l supiera, no hab铆a precedentes de nada semejante.
Aquella noche, prescindiendo como de costumbre de la ayuda del mayordomo, me retir茅 a la c谩mara de la torre orientada al occidente que me hab铆a reservado; a ella se llegaba desde el estudio tras subir por una escalinata de piedra y atravesar una peque帽a galer铆a; la primera antigua en parte, la segunda enteramente restaurada. La estancia era circular, de techo muy alto y sin revestimiento alguno, si bien de la pared colgaban unos tapices que hab铆a comprado en Londres.
Tras comprobar que Negrito se hallaba conmigo, cerr茅 la pesada puerta g贸tica y me recog铆 a la luz de aquellas bombillas el茅ctricas que tanto se asemejaban a buj铆as; al cabo de un rato, apagu茅 la luz y me dej茅 hundir en la taraceada y endoselada cama coronada por cuatro baldaquines, con el venerable gato en su habitual lugar a mis pies. No ech茅 las cortinas, quedando mi mirada fija en la angosta ventana que daba al norte y ten铆a justo frente a m铆. Un esbozo de aurora se dibujaba en el cielo destacando la siempre grata silueta de las primorosas tracer铆as de la ventana.
En un momento dado deb铆 quedarme apaciblemente dormido, pues recuerdo claramente una sensaci贸n de despertar de extra帽os sue帽os, cuando el gato dio un brusco respingo abandonando la serena posici贸n en que se encontraba. Pude verlo gracias al tenue resplandor de la aurora; ten铆a la cabeza enhiesta hacia delante, las patas delanteras clavadas en mis tobillos y las traseras estiradas cuan largas eran. Miraba fijamente a un punto de la pared situado algo al oeste de la ventana, un punto en el que mi vista no encontraba nada digno de resaltar, pero en el que se concentraban ahora mis cinco sentidos.
Mientras observaba, comprend铆 el motivo de la excitaci贸n de Negrito. Si se movieron o no los tapices es algo que no sabr铆a decir. A m铆 me pareci贸 que s铆, aunque muy ligeramente. Pero lo que s铆 puedo jurar es que detr谩s de los tapices o铆 un ruido, leve pero n铆tido, como de ratas o ratones escabull茅ndose precipitadamente. No hab铆a transcurrido un segundo cuando ya el gato se hab铆a arrojado materialmente sobre el tapiz de matizados colores, haciendo caer al suelo, debido a su peso, la parte a la que se agarr贸 y dejando al descubierto un antiguo y h煤medo muro de piedra, retocado aqu铆 y all谩 por los restauradores, y sin la menor traza de roedores merodeando por sus inmediaciones.
Negrito recorri贸 de arriba abajo el suelo de aquella parte del muro, desgarrando el tapiz ca铆do e intentando en ocasiones introducir sus garras entre el muro y la tarima del suelo. Pero no encontr贸 nada, y al cabo de un rato volvi贸 muy fatigado a su habitual posici贸n a mis pies. Yo no me hab铆a levantado de la cama, pero no volv铆 a conciliar el sue帽o en toda la noche.
A la ma帽ana siguiente indagu茅 entre la servidumbre pero nadie hab铆a advertido nada anormal, excepto la cocinera, que recordaba el an贸malo comportamiento de un gato que dormitaba en el alf茅izar de su ventana. El gato en cuesti贸n se puso a maullar a cierta hora de la noche, despertando a la cocinera justo a tiempo de verlo lanzarse a toda velocidad por la puerta abierta escaleras abajo. Al mediod铆a me qued茅 un rato amodorrado y al despertarme fui a visitar de nuevo al capit谩n Norrys, que mostr贸 especial inter茅s en lo que le cont茅. Los incidentes extra帽os -tan raros a la vez que tan curiosos- despertaban en 茅l el sentido de lo pintoresco, y le trajeron a la memoria multitud de recuerdos de historias locales sobre fantasmas. No consegu铆amos salir de nuestro estupor ante la presencia de las ratas, y lo 煤nico que se le ocurri贸 a Norrys fue dejarme unos cepos y unos polvos de verde de Par铆s que, de vuelta a casa, mand茅 a los criados colocar en lugares estrat茅gicos.
Me fui pronto a la cama pues ten铆a mucho sue帽o, pero mientras dorm铆a me asaltaron atroces pesadillas. En ellas miraba hacia abajo desde una impresionante altura a una gruta d茅bilmente iluminada cuyo suelo estaba cubierto por una gruesa capa de esti茅rcol; en el interior de dicha gruta hab铆a un demonio porquerizo de canosa barba que dirig铆a con su cayado un reba帽o de bestias fungiformes y fl谩ccidas cuya sola vista me produjo una indescriptible repugnancia. Luego, mientras el porquero se deten铆a un instante y se inclinaba para divisar su reba帽o, un impresionante enjambre de ratas llovi贸 del cielo sobre el hediondo abismo y se puso a devorar a animales y hombre.
Tras tan terror铆fica visi贸n me despert茅 bruscamente a causa de los bruscos movimientos de Negrito, que como de costumbre dorm铆a a mis pies. Esta vez no tuve que inquirir por el origen de sus gru帽idos y resoplidos ni por el miedo que le impulsaba a hundir sus garras en mis tobillos, inconsciente de su efecto, pues las cuatro paredes de la estancia bull铆an de un sonido nauseabundo: el repugnante deslizarse de gigantescas ratas fam茅licas. En esta ocasi贸n no hab铆a aurora que permitiera ver en qu茅 estado se encontraba el tapiz -cuya secci贸n ca铆da hab铆a sido reemplazada-, pero no vacil茅 ni un instante en encender la luz.
Al resplandor de 茅sta pude ver c贸mo todo el tapiz era presa de una espantosa sacudida, hasta el punto de que los dibujos, de por s铆 ya un tanto originales, se pusieron a ejecutar una singular danza de la muerte. La agitaci贸n desapareci贸 casi al instante, y con ella los ruidos. Saltando del lecho, hurgu茅 en el tapiz con el largo mango del calentador de cama que hab铆a en la habitaci贸n, y levant茅 una parte del mismo para ver qu茅 habla debajo Pero all铆 no hab铆a sino el restaurado muro de piedra, y para entonces ya hab铆a remitido el estado de tensi贸n en que se encontraba el gato debido al olfateo de algo an贸malo. Cuando examin茅 el cepo circular que hab铆a colocado en la habitaci贸n, pude ver que todos los orificios se encontraban forzados, aunque no quedase rastro de lo que debi贸 escaparse tras caer en la trampa.
Naturalmente, ni se me pas贸 por la cabeza volver a la cama, as铆 que encend铆 una vela, abr铆 la puerta y sal铆 a la galer铆a al final de la cual estaban las escaleras que conduc铆an a mi estudio, con Negrito siempre pegado a mis talones. Antes de llegar a la escalinata de piedra, empero, el gato sali贸 disparado delante de m铆 y desapareci贸 tras el antiguo tramo. Mientras bajaba las escaleras, llegaron de repente hasta m铆 unos sonidos producidos en la gran estancia que quedaba debajo, unos sonidos de tal naturaleza que no pod铆an inducir a equivoco.
Los muros de artesonado de roble bull铆an de ratas que se deslizaban y se arremolinaban en un inusitado frenes铆, mientras Negrito corr铆a de un lado para otro con la irritaci贸n propia del cazador burlado. Al llegar abajo, encend铆 la luz, pero no por ello remiti贸 el ruido esta vez. Las ratas segu铆an alborotadas, dispers谩ndose en bara煤nda con tal estr茅pito y nitidez que finalmente no me fue dif铆cil asignar una direcci贸n precisa a sus movimientos. Aquellas criaturas, en n煤mero al parecer incalculable, estaban embarcadas en un impresionante movimiento migratorio desde inimaginables alturas hasta una profundidad desconocida.
Seguidamente, o铆 un ruido de pasos en el corredor, y unos instantes despu茅s dos criados abr铆an de golpe la maciza puerta. Rastreaban toda la casa en busca del origen de aquel revuelo que llev贸 a todos los gatos de la casa a lanzar estridentes maullidos y a saltar precipitadamente varios tramos de escalera hasta llegar ante la puerta cerrada del s贸tano, donde se agazaparon sin dejar de maullar. Les pregunt茅 a los criados si hab铆an visto las ratas, pero su respuesta fue negativa. Y cuando me volte茅 para llamar su atenci贸n a los sonidos que se o铆an en el interior del artesonado, pude advertir que el ruido hab铆a cesado.
Junto con aquellos dos hombres baj茅 hasta la puerta del s贸tano, pero para entonces ya se hab铆an dispersado los gatos. Luego, decid铆 explorar la cripta que hab铆a debajo, pero de momento me limit茅 a inspeccionar los cepos. Todos hab铆an saltado, pero no ten铆an ni un solo ocupante. Contento porque excepto los felinos y yo nadie m谩s hab铆a o铆do las ratas, me sent茅 en mi estudio hasta que albore贸 el d铆a, reflexionando intensamente sobre cu谩l pudiera ser la causa de todo ello y tratando de recordar todo fragmento de leyenda desenterrado por m铆 que hiciera referencia al edificio en que habitaba.
Dorm铆 un poco por la ma帽ana, reclinado en el 煤nico sill贸n confortable del gabinete que mi medieval dise帽o del mobiliario no logr贸 proscribir. Al despertarme llam茅 por tel茅fono al capit谩n Norrys, quien se present贸 al cabo de un rato y me acompa帽贸 en la exploraci贸n del s贸tano.
No encontramos absolutamente nada que nos llamase la atenci贸n, aunque no pudimos reprimir un escalofr铆o al enterarnos de que la cripta databa de tiempos de los romanos. Todos los arcos bajos y macizos pilares eran de estilo romano; no del estilo degradado de los chapuceros sajones, sino del severo y arm贸nico clasicismo de la era de los c茅sares. Como cab铆a esperar, las paredes abundaban en inscripciones familiares a los arque贸logos que hab铆an explorado en repetidas ocasiones el lugar; pod铆an leerse cosas del estilo de «P. GETAE. PROP… TEMP… DONA…» y «L. PRAEC… VS… PONTIFI… ATYS…», y otras m谩s.
La referencia a Atys me produjo un estremecimiento, pues hab铆a le铆do a Catulo y sab铆a algo de los abominables ritos dedicados al dios oriental, cuyo culto tanto se confund铆a con el de Cibeles. Norrys y yo, a la luz de unos faroles, tratamos de interpretar los extra帽os y descoloridos dibujos que se ve铆an en unos bloques de piedra irregularmente rectangulares que debieron ser altares en otro tiempo, pero no pudimos sacar nada en claro. Recordamos que uno de aquellos dibujos, una especie de sol del que sal铆an unos rayos en todas las direcciones, fue escogido por los estudiantes para mostrar que no era de origen romano, sugiriendo que los sacerdotes romanos se hab铆an limitado a adoptar aquellos altares que provendr铆an de un templo m谩s antiguo y probablemente aborigen levantado sobre aquel mismo suelo. En uno de aquellos bloques se advert铆an unas manchas marrones que me dieron que pensar. El mayor de todos ellos, un bloque que se encontraba en el centro de la estancia, ten铆a ciertos detalles en la cara superior que indicaban que hab铆a estado en contacto con el fuego; probablemente se trataba de ofrendas incineradas.
Tales eran las cosas que se ve铆an en aquella cripta ante cuya puerta los gatos hab铆an estado maullando, y donde Norrys y yo hab铆amos decidido pasar la noche. Los criados, a quienes se les advirti贸 que no se preocuparan por los movimientos de los gatos durante la noche, bajaron sendos sof谩s, y Negrito fue admitido en calidad de ayuda a la vez que de compa帽铆a. Juzgamos oportuno cerrar herm茅ticamente la gran puerta de roble -una r茅plica moderna con rendijas para la ventilaci贸n- y, seguidamente, nos retiramos con los faroles a煤n encendidos a aguardar cuanto pudiera depararnos la noche.
La cripta estaba en la parte inferior de los cimientos del priorato y al fondo de la cara del prominente precipicio que dominaba el desolado valle. No dudaba que aquel hab铆a sido el objetivo de las infatigables e inexplicables ratas, aun cuando no sabr铆a decir el motivo. Mientras aguard谩bamos expectantes, mi vigilia se entremezclaba ocasionalmente con sue帽os a medio formar de los que me despertaban los inquietos movimientos del gato que, como de costumbre, se encontraba a mis pies.
Pero aquella noche mis sue帽os no tuvieron nada de agradable; al contrario, fueron tan espeluznantes como los de la noche anterior. De nuevo aparec铆an ante m铆 la siniestra gruta en penumbra y el porquero con sus innombrables y fungiformes bestias revolc谩ndose en el cieno, y al mirar a aquellos seres me parec铆an m谩s cerca y con perfiles m谩s precisos, tan precisos que casi pod铆a ver sus rasgos f铆sicos. Luego, pude ver la fl谩ccida fisonom铆a de uno de ellos…, cuando, de repente, despert茅 profiriendo tal grito que Negrito dio un violento respingo, mientras el capit谩n Norrys, que no hab铆a pegado el ojo en toda la noche, se ech贸 a re铆r a carcajadas. Y a煤n m谩s -o qui茅n sabe si menos- habr铆a re铆do Norrys de haber sabido el motivo de mi estruendoso grito. Pero ni yo mismo lo record茅 hasta pasado un rato: el horror descarnado tiene la virtud de paralizar a menudo la memoria.
Norrys me despert贸 al empezar a manifestarse el fen贸meno. En el curso del referido y espantoso sue帽o me desvel贸 con una ligera sacudida inst谩ndome a que escuchara el ruido de los gatos. ¡Y bien que pod铆a escucharse!, pues al otro lado de la cerrada puerta, al pie de la escalinata de piedra, hab铆a una verdadera bara煤nda de felinos aullando y ara帽ando en la madera, mientras Negrito, absorto por completo de cuanto pudieran estar haciendo sus cong茅neres, corr铆a alocadamente a lo largo de los desnudos muros de piedra, en los que pude percibir claramente el mismo ajetreo de ratas desliz谩ndose que tanto me hab铆a atribulado la noche anterior.
Un indescriptible terror se apoder贸 de m铆, pues aquellas anomal铆as no pod铆an explicarse por procedimientos normales. Aquellas ratas, de no ser las criaturas procedentes de un estado febril que s贸lo yo compart铆a con los gatos, deb铆an escabullirse y tener su madriguera entre los muros romanos que cre铆 estaban formados por bloques de caliza s贸lida. A menos, se me ocurri贸 pensar, que la acci贸n del agua en el curso de m谩s de diecisiete siglos hubiera horadado sinuosos t煤neles que los roedores habr铆an posteriormente despejado y ensanchado. Pero aun as铆, el horror espectral que experimentaba no era menor; pues, en el supuesto de que se tratase de alima帽as de carne y hueso, ¿por qu茅 Norrys no o铆a su repugnante alboroto? ¿Por qu茅 me inst贸 a que observara a Negrito y escuchara los maullidos de los gatos afuera? ¿Y por qu茅 intu铆a difusamente y sin fundamento los motivos que les llevaban a armar aquel revuelo?
Para cuando consegu铆 decirle, de la forma m谩s racional que pude, lo que cre铆a estar oyendo, hasta mis o铆dos lleg贸 el 煤ltimo tenue sonido de aquel incansable revuelo. Ahora daba la impresi贸n de que el ruido se alejaba, se o铆a a煤n m谩s abajo, muy por debajo del nivel del s贸tano, hasta el punto de que todo el precipicio parec铆a acribillado de ratas en continuo ajetreo. Norrys no se mostraba tan esc茅ptico como yo hab铆a anticipado, sino que parec铆a profundamente agitado. Me indic贸 por se帽as que ya hab铆a cesado el estr茅pito de los gatos, los cuales parec铆an dar a las ratas por perdidas. Entre tanto, Negrito era presa de nuevo desasosiego y se pon铆a a ara帽ar fren茅ticamente la base del gran altar de piedra levantado en el centro de la habitaci贸n, si bien se encontraba m谩s pr贸ximo del sof谩 de Norrys que del m铆o.
Llegado a este punto, mi temor hacia lo desconocido hab铆a alcanzado proporciones inconmensurables. Entonces ocurri贸 algo sorprendente, y pude ver c贸mo el capit谩n Norrys, un hombre m谩s joven, corpulento y, presumiblemente, de ideas m谩s materialistas que las m铆as, se hallaba tan inquieto como yo… probablemente porque conoc铆a harto bien y de toda la vida la leyenda local. De momento no pod铆amos hacer sino limitarnos a observar c贸mo Negrito hund铆a sus garras, cada vez con menos fervor, en la base del altar, levantando de vez en cuando la cabeza y maullando en direcci贸n m铆a de aquella manera tan persuasiva con que acostumbraba hacerlo cuando quer铆a algo de m铆.
Norrys acerc贸 un farol al altar y examin贸 de cerca el lugar donde Negrito estaba ara帽ando. Se arrodill贸 en silencio y desbroz贸 los l铆quenes que estaban all铆 desde hac铆a siglos y un铆an el macizo bloque prerromano al teselado suelo. Pero tras mucho escarbar no encontr贸 nada de particular, y ya estaba a punto de cejar en sus esfuerzos cuando advert铆 una circunstancia trivial que me hizo estremecer, aun cuando no pod铆a decirse que me cogiera totalmente de improviso.
Hice part铆cipe de mi descubrimiento a Norrys, y ambos nos pusimos a examinar aquella casi imperceptible manifestaci贸n con la fijeza propia de quien realiza un fascinante hallazgo que confirma lo acertado de sus pesquisas. En suma, se trataba de lo siguiente: la llama del farol colocado junto al altar oscilaba, ligera pero evidentemente, debido a una corriente de aire que no soplaba antes, y que sin duda proced铆a de la rendija que hab铆a entre el suelo y el altar en donde Norrys hab铆a estado desbrozando los l铆quenes.
Pasamos el resto de la noche en el estudio inundado de luz, discutiendo en medio de una cierta excitaci贸n el paso siguiente a dar. El descubrimiento bajo aquellas malditas ruinas de una cripta por debajo de los cimientos inferiores que se conoc铆an de la mamposter铆a romana, una cripta que hab铆a pasado inadvertida a los avezados anticuarios que exploraron el edificio por espacio de tres siglos, habr铆a bastado para excitarmos a Norrys y a m铆, profanos en todo lo que se relacionaba con lo siniestro. Por decirlo as铆, la fascinaci贸n ten铆a una doble vertiente, y vacilamos no sabiendo si cejar en nuestras pesquisas y abandonar de una vez para siempre el priorato por supersticiosa precauci贸n o satisfacer nuestro sentido de la aventura y el riesgo, cualesquiera que fuesen los horrores que pudieran esperarnos al adentramos en aquellos desconocidos abismos.
Ya de ma帽ana, llegamos a un acuerdo: Ir铆amos a Londres en busca de arque贸logos y cient铆ficos capacitados para desvelar aquel misterio. Debo decir, asimismo, que antes de abandonar el s贸tano intentamos en vano correr el altar central, al que ahora reconoc铆amos como la puerta de acceso a nuevas simas de indefinible terror. A hombres m谩s doctos que nosotros tocar铆a desvelar qu茅 secretos misterios ocultaba aquella puerta.
Durante nuestra larga estancia en Londres, el capit谩n Norrys y yo dimos a conocer los hechos, conjeturas y legendarias an茅cdotas a cinco eminentes autoridades cient铆ficas, todas ellas personas en las que pod铆a confiarse que sabr铆an tratar con la debida discreci贸n cualquier revelaci贸n sobre el pasado familiar que pudiera ponerse al descubierto en el curso de las investigaciones. La mayor铆a de aquellos hombres parec铆an poco inclinados a tomar el asunto a la ligera; al contrario, desde el primer momento demostraron un gran inter茅s y una sincera comprensi贸n. No creo que haga falta dar el nombre de todos los expedicionarios, pero puedo decir que entre ellos se encontraba dir William Brinton, cuyas excavaciones en el Troad llamaron la atenci贸n de casi todo el mundo en su d铆a. Al tomar con ellos el tren para Anchester sent铆 una especie de desasosiego, algo as铆 como si estuviera al borde de espeluznantes revelaciones…, una sensaci贸n reflejada por entonces en el afligido semblante de muchos americanos que viv铆an en Londres debido a la inesperada muerte de su Presidente al otro lado del oc茅ano.
El 7 de agosto por la tarde llegamos a Exham Priory, donde los criados me aseguraron que nada extra帽o hab铆a ocurrido en mi ausencia. Los gatos, incluso el anciano Negrito, hab铆an estado absolutamente tranquilos y ni un solo cepo se hab铆a levantado en toda la casa. Las exploraciones iban a dar comienzo al d铆a siguiente. Entre tanto, asign茅 a cada uno de mis hu茅spedes habitaciones equipadas con todo lo que pudieran necesitar.
Yo me fui a dormir a mi c谩mara de la torre, con Negrito siempre a mis pies. Al poco ca铆 dormido, pero espantosos sue帽os volvieron a asaltarme. Tuve una pesadilla de una fiesta romana como la de Trimalci贸n en la que pude ver una abominable monstruosidad en una fuente cubierta. Luego, volv铆 a ver aquella maldita y recurrente visi贸n del porquero y su hedionda piara en la tenebrosa gruta. Pero cuando me despert茅 ya era de d铆a y en las habitaciones de abajo no se o铆an ruidos anormales. Las ratas, ya fuesen reales o imaginarias, no me hab铆an molestado lo m谩s m铆nimo, y Negrito segu铆a durmiendo pl谩cidamente. Al bajar, comprob茅 que en el resto de la casa reinaba una absoluta quietud. A juicio de uno de los cient铆ficos que me acompa帽aban -un tipo llamado Thornton, estudioso de los fen贸menos s铆quicos- ello se deb铆a a que ahora se me mostraba 煤nicamente lo que ciertas fuerzas desconocidas quer铆an que yo viera, razonamiento 茅ste, a decir verdad, que encontr茅 bastante absurdo.
Todo estaba dispuesto para empezar, as铆 que a las once de la ma帽ana de aquel d铆a los siete hombres que integr谩bamos el grupo, provistos de focos el茅ctricos y herramientas para excavaciones, bajamos al s贸tano y cerramos la puerta con cerrojo tras de nosotros. Negrito nos acompa帽aba, pues los investigadores no hallaron oportuno despreciar su excitabilidad y prefirieron que se hallase presente por si se produc铆an difusas manifestaciones de la presencia de roedores. Apenas reparamos unos momentos en las inscripciones romanas y en los indescifrables dibujos del altar, pues tres de los cient铆ficos ya los hab铆an visto anteriormente y todos los componentes de la expedici贸n estaban al tanto de sus caracter铆sticas. Atenci贸n especial se prest贸 al imponente altar central; al cabo de una hora sir William Brinton hab铆a logrado desplazarlo hacia atr谩s, gracias a la ayuda de una especie de palanca para m铆 desconocida.
Ante nosotros se puso al descubierto tal horror que no habr铆amos sabido c贸mo reaccionar de no estar prevenidos. A trav茅s de un orificio casi cuadrado abierto en el enlosado suelo, y desparramados a lo largo de un tramo de escalera tan desgastado que parec铆a poco m谩s que una superficie plana con una ligera inclinaci贸n en el centro, se ve铆a un horrible amasijo de huesos de origen humano o, cuando menos, semihumano. Los esqueletos que conservaban su postura original evidenciaban actitudes de infernal p谩nico, y en todos los huesos se apreciaba la huella de mordeduras de roedores. No hab铆a nada en aquellos cr谩neos que indujera a pensar que pertenecieran a seres con un alto grado de idiocia o cretinismo, o siquiera en la posibilidad de que fueran restos de antropoides prehist贸ricos.
Por encima de los escalones rebosantes de inmundicia se abr铆a en forma de arco un pasadizo en descenso, que parec铆a labrado en la roca viva, por el que circulaba una corriente de aire. Pero aquella corriente no era una bocanada brusca y hedionda cual si de una cripta cerrada se tratase, sino una agradable brisa con algo de aire fresco. Tras detenernos un momento, nos aprestamos, en medio de un general escalofr铆o, a abrirnos paso escalera abajo. Fue entonces cuando sir William, tras examinar atentamente los labrados muros, hizo la sorprendente observaci贸n de que el pasadizo, a tenor de la direcci贸n de los golpes, parec铆a haber sido labrado desde abajo.
Ahora debo meditar detenidamente lo que digo y elegir con sumo cuidado las palabras.
Tras abrirnos paso unos escalones a trav茅s de los ro铆dos huesos, vimos una luz frente a nosotros; no se trataba de una fosforescencia m铆stica ni nada por el estilo, sino de luz solar filtrada que no pod铆a proceder sino de ignotas fisuras abiertas en el precipicio que se erig铆a sobre el desolado valle. No ten铆a nada de particular que nadie desde el exterior hubiera parado mientes en aquellas rendijas, pues aparte de estar el valle totalmente despoblado la altura y pendiente del precipicio eran tales que s贸lo un aeronauta podr铆a estudiar su cara en detalle. Unos pasos m谩s y nuestro aliento qued贸 literalmente arrebatado ante el espect谩culo que se nos ofrec铆a a la vista; tan literalmente, que Thornton, el investigador de lo s铆quico, cay贸 desmayado en los brazos del aturdido expedicionario que marchaba detr谩s suyo. Norrys, con su rechoncha cara totalmente l铆vida y fl谩ccida, se limit贸 a lanzar un grito inarticulado, y en cuanto a m铆 creo que emit铆 un resuello o siseo y me tap茅 los ojos.
El hombre que marchaba detr谩s de m铆 -el 煤nico componente del grupo de m谩s edad que yo- profiri贸 el manido «¡Dios m铆o!» con la m谩s quebrada voz que recuerdo. Del total de los siete expedicionarios, s贸lo sir William Brinton conserv贸 el aplomo, algo que debe apunt谩rsele en su haber, sobre todo si se tiene en cuenta que encabezaba el grupo y, por tanto, debi贸 ser el primero en verlo todo.
Nos encontr谩bamos ante una gruta iluminada por una tenue luz y enormemente alta, que se prolongaba m谩s all谩 del campo de nuestra visi贸n. Todo un mundo subterr谩neo de infinito misterio y horribles premoniciones se abr铆a ante nosotros. All铆 pod铆an verse edificaciones y otros restos arquitect贸nicos -con una mirada presa de terror divis茅 un extra帽o t煤mulo, un imponente c铆rculo de monolitos, unas ruinas romanas de baja b贸veda, una pira funeraria sajona derruida y una primitiva construcci贸n inglesa de madera-, pero todo quedaba empeque帽ecido ante el repulsivo espect谩culo que pod铆a divisarse hasta donde llegaba la vista: unos metros m谩s all谩 de donde acababa la escalera se extend铆a por todo el recinto una demencial mara帽a de huesos humanos, o al menos igual de humanos que los que hab铆amos visto unos metros atr谩s. Como un mar de espuma, aquellos huesos cubr铆an todo el 谩mbito que abarcaba la vista, unos sueltos, otros articulados total o parcialmente como esqueletos; estos 煤ltimos se encontraban en posturas que reflejaban un diab贸lico frenes铆, como si estuviesen repeliendo alguna amenaza o aferrando otros cuerpos con intenciones can铆bales.
Cuando el doctor Trask, el antrop贸logo del grupo, se detuvo para examinar e identificar los cr谩neos, se encontr贸 con que estaban formados por una mezcolanza degradada que le sumi贸 en el m谩s completo estupor. En su mayor铆a, aquellos restos pertenec铆an a seres muy por debajo del hombre de Pilrdown en la escala de la evoluci贸n, pero en cualquier caso eran, sin la menor duda, de origen humano. Muchos eran de grado superior, y s贸lo unos pocos eran cr谩neos de seres con los sentidos y el cerebro plenamente desarrollados. No hab铆a hueso que no estuviera ro铆do, sobre todo por ratas, pero tambi茅n por otros seres de aquella jaur铆a semihumana. Mezclados con ellos pod铆an verse muchos huesecillos de ratas, guerreros ca铆dos del letal ej茅rcito que hab铆a cerrado un antiguo ciclo 茅pico.
Dudo que alguno de nosotros conservase su lucidez a lo largo de aquel d铆a de horrorosos descubrimientos. Ni Hoffmann ni Huysmans pod铆an imaginarse una escena m谩s asombrosamente incre铆ble, m谩s atrozmente repulsiva, ni m谩s g贸ticamente grotesca que la que se ofrec铆a a la vista de aquella sombr铆a gruta por la que los siete expedicionarios avanz谩bamos a tumbos… 脥bamos de revelaci贸n en revelaci贸n, a la vez que trat谩bamos de evitar todo pensamiento que se nos viniera a la cabeza sobre lo que pudiera haber acaecido en aquel lugar trescientos, mil, dos mil o qui茅n sabe si diez mil a帽os atr谩s. Aquel lugar era la antesala del infierno, y el pobre Thornton volvi贸 a desmayarse cuando Trask le dijo que algunos de aquellos esqueletos deb铆an descender de cuadr煤pedos a lo largo de las veinte o m谩s generaciones que les precedieron.
A un horror segu铆a otro cuando empezamos a interpretar las ruinas arquitect贸nicas. Los seres cuadr煤pedos -y sus ocasionales reclutas procedentes de las filas b铆pedas- hab铆an vivido encerrados en cu茅vanos de piedra, de donde debieron escapar en su delirio final provocado por el hambre o el miedo a los roedores. Por legiones se contaban las ratas, cebadas evidentemente por la ingesti贸n de las verduras ordinarias cuyos residuos pod铆an a煤n encontrarse a modo de ponzo帽oso ensilaje en el fondo de grandes recipientes de piedra prerromanos. Ahora comprend铆a por qu茅 mis antepasados ten铆an aquellos huertos tan inmensos. ¡Ojal谩 pudiera relegarlo todo al olvido! No me hizo falta inquirir sobre lo que se propon铆an aquellas infernales bandadas de roedores.
Sir William, de pie y enfocando con su linterna la ruina romana, tradujo en voz alta el m谩s sorprendente ritual que jam谩s haya conocido y habl贸 de la dieta alimenticia del culto antediluviano que los sacerdotes de Cibeles encontraron y entremezclaron con el suyo propio.
Norrys, acostumbrado como estaba a la vida de las trincheras, no pod铆a caminar derecho al salir de la construcci贸n inglesa. El edificio en cuesti贸n era una carnicer铆a y una cocina -justo lo que Norrys esperaba encontrar-, pero ya no era tan normal ver utensilios ingleses familiares en semejante lugar y poder leer inscripciones inglesas que resultaban conocidas, algunas de fecha tan cercana como 1610. Yo no pude entrar en el edificio, aquel edificio testigo de diab贸licas celebraciones que s贸lo se vieron interrumpidas por la daga de mi antepasado Walter de la Poer.
S铆 me aventur茅 a entrar en lo que result贸 ser el edificio bajo saj贸n cuya puerta de roble se hallaba en el suelo y en 茅l me encontr茅 una impresionante hilera de diez celdas de piedra con herrumbrosos barrotes. Tres ten铆an ocupantes, todos ellos esqueletos de grado superior, y en el huesudo dedo 铆ndice de uno de ellos pude ver un sello con mi escudo de armas. Sir William encontr贸 una cripta con celdas a煤n m谩s antiguas debajo de la capilla romana, pero en este caso las celdas estaban vac铆as. Debajo hab铆a una cripta de techo bajo llena de nichos con huesos alineados, algunos de los cuales mostraban terribles inscripciones geom茅tricas esculpidas en lat铆n, en griego y en la lengua de Frigia.
Mientras tanto, el doctor Trask hab铆a abierto uno de los t煤mulos prehist贸ricos descubriendo en su interior unos cr谩neos de escasa capacidad, poco m谩s desarrollados que los de los gorilas, con unos signos ideogr谩ficos indescifrables. Mi gato permaneci贸 imperturbable ante todo aquel espect谩culo. En una ocasi贸n lo vi pavorosamente subido encima de una monta帽a de huesos, y me pregunt茅 qu茅 secretos podr铆an ocultarse tras aquellos relampagueantes ojos amarillos.
Tras habernos hecho una ligera idea de las espantosas revelaciones que se escond铆an en aquella parte de la sombr铆a cueva -lugar aqu茅l tan horriblemente presagiado en mi recurrente sue帽o- volvimos a aquel aparente abismo sin fin, a la nocturnal caverna en donde ni un solo rayo de luz se filtraba a trav茅s del precipicio. Jam谩s sabremos qu茅 invisibles mundos estigios se abr铆an m谩s all谩 de la peque帽a distancia que recorrimos, pues no cre铆mos que el conocimiento de tales secretos pudiera redundar en pro de la humanidad. Pero hab铆a suficientes cosas en las que fijarnos en torno nuestro, pues apenas hab铆amos dado unos pasos cuando la luz de los focos puso al descubierto la espeluznante infinidad de pozos en que las ratas se hab铆an dado fest铆n y cuyo repentino agotamiento fue la causa de que el ej茅rcito de fam茅licos roedores se lanzaran, en un primer momento, sobre los reba帽os vivos de hambrientos seres, y luego se escapara en tropel del priorato en aquella hist贸rica y devastadora org铆a que jam谩s olvidar谩n los vecinos del lugar.
¡Dios m铆o! ¡Qu茅 inmundos pozos de quebrados y descarnados huesos y abiertos cr谩neos! ¡Qu茅 simas de pesadilla rebosantes de huesos de pitec谩ntropos, celtas, romanos e ingleses de incontables centurias de vida no cristiana! En unos casos estaban repletos y ser铆a imposible decir qu茅 profundidad tuvieron en otro tiempo. En otros, la luz de nuestros focos no llegaba siquiera al fondo y se los ve铆a abarrotados de las m谩s incre铆bles cosas. ¿Y qu茅 habr铆a sido, pens茅, de las desventuradas ratas que se dieron de bruces con aquellos cepos en medio de la oscuridad de tan horripilante T谩rtaro?
En cierta ocasi贸n mi pie casi se introdujo en un horrible foso abierto, haci茅ndome pasar unos instantes de terror ext谩tico. Deb铆 quedarme absorto un buen rato, pues salvo al capit谩n Norrys no pude ver a nadie del grupo. Seguidamente, se oy贸 un sonido procedente de aquella tenebrosa e infinita distancia que cre铆 reconocer, y vi a mi viejo gato negro pasar raudo delante de m铆 como si fuese un alado dios egipcio que se dirigiese a los insondables abismos de lo desconocido. Pero el ruido no se o铆a tan lejano, pues al instante comprend铆 perfectamente de qu茅 se trataba: era de nuevo el espantado corretear de aquellas endiabladas ratas, siempre a la b煤squeda de nuevos horrores y decididas a que las siguiera hasta aquellas intrincadas cavernas del centro de la tierra donde Nyarlathotep, el enloquecido dios sin rostro, a煤lla a ciegas en la m谩s tenebrosa oscuridad a los acordes de dos necios y amorfos flautistas.
Mi foco se apag贸, pero no por ello dej茅 de correr. O铆a voces, alaridos y ecos, pero por encima de todo percib铆a ligeramente aquel abominable e inconfundible corretear, en un principio tenuemente y luego con mayor intensidad, como un cad谩ver r铆gido e hinchado se desliza mansamente por la corriente de un r铆o de grasa que discurre baj贸 infinitos puentes de 贸nix hasta desembocar en un negro y putrefacto mar.
Algo me roz贸, algo fl谩ccido y rechoncho. Deb铆an ser las ratas; ese viscoso, gelatinoso y fam茅lico ej茅rcito que halla deleite en vivos y muertos… ¿Por qu茅 no iban a comer las ratas a un De la Poer si los De la Poer no se recataban de comer cosas prohibidas?… La guerra se comi贸 a mi hijo, ¡al diablo todos!… y las llamas yanquis devoraron Carfax, reduciendo a cenizas al viejo Delapore y al secreto de la familia… ¡No, no, repito que no soy el demonio porquero de la oscura gruta! No era la gordinflona cara de Edward Norrys lo que hab铆a encima de aquel fl谩ccido ser fungiforme. El segu铆a vivo, pero mi hijo muri贸… ¿C贸mo pueden ser propiedad de un Norrys las tierras de un De la Poer?… Es vud煤, te lo digo yo… esa serpiente moteada… ¡Maldito Thornton, te ense帽ar茅 a desmayarte ante las obras de mi familia! ¡Por los clavos de Cristo, canalla!, te va gustar de la sangre… pero ¿es que quieren que los siga por estos infernales recovecos?… ¡Magna Mater! ¡Magna Mater!… Atys… Dia ad aghaidh ad aodaun… ¡agus bas dunach ort! . . .¡Dhonas dholas ort, agus eat-sa!… Ungl… ungl… rrlh… cbcbch…
Estas cosas y otras, seg煤n cuentan, dec铆a yo cuando me encontraron en medio de las tinieblas tres horas despu茅s. Estaba agazapado en aquella tenebrosa oscuridad sobre el cuerpo rechoncho y a medio devorar del capit谩n Norrys, mientras Negrito se abalanzaba sobre m铆 y me desgarraba la garganta.
Pero ya ha pasado todo: Exham Priory ha volado por los aires, se han llevado de mi lado a mi viejo gato negro, me han encerrado en esta enrejada habitaci贸n de Hanwell, y espantosos rumores circulan acerca de mi heredad y de lo que me acaeci贸 en ella. Thornton est谩 en la habitaci贸n de al lado, pero no me dejan hablar con 茅l. Tratan, asimismo, de que no lleguen al dominio p煤blico la mayor铆a de las cosas que se saben sobre el priorato. Siempre que hablo del pobre Norrys me acusan de haber cometido algo horrible, pero deber铆an saber que no lo hice yo. Deber铆an saber que fueron las ratas, las escurridizas e insaciables ratas con su continuo ajetreo que no me deja conciliar el sue帽o, las endiabladas ratas que corretean tras los acolchados muros de la habitaci贸n en que ahora me encuentro y me reclaman para que las siga en pos de horrores que no pueden compararse con los hasta ahora conocidos, las ratas que ellos no pueden o铆r, las ratas, las ratas de las paredes.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Todos los comentarios son revisados antes de su publicaci贸n por el administrador.