El carrusel - Julio Ramón Ribeyro
El primer día que llegué a Fráncfort tomé un hotel cerca de la estación del ferrocarril, dejé mi equipaje y salí a dar una vuelta, sin plano ni plan preciso. Nada es más agradable que recorrer un poco a la aventura una ciudad que no conocemos, sin saber cuáles son sus calles céntricas, sus monumentos, sus costumbres. Todo para nosotros es una sorpresa. Fue así como descubrí que Fráncfort tenía un río y un barrio viejo, atestado de soldados, prostitutas y bares donde servían vino de manzana. En uno de esos bares me encontré con un hombre maduro, que bebía una cerveza en un jarro descomunal. Apenas me vio acodarme en el mostrador me hizo una seña para que me acercara. —Usted es extranjero —me dijo— y las leyes de la hospitalidad son sagradas. ¿Me permite que le invite una cerveza? Solo en ese momento me di cuenta que el hombre tenía un guante de cuero en la mano izquierda, la que parecía utilizar con cierta torpeza. Acepté su invitación, pero elegí no una cerveza sino un vino de manzana y …