La caja de sorpresas - Ray Bradbury - Amantes de la literatura

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1.27.2026

La caja de sorpresas - Ray Bradbury


Cuento_La_caja_de_sorpresas_Ray_Bradbury

Mir贸 por las ventanas de la ma帽ana fr铆a, con la caja de resorte en las manos, escudri帽ando la tapa oxidada. Pero todos los esfuerzos eran in煤tiles: el polichinela no saltaba a la luz con un grito, ni sacud铆a las mangas de terciopelo en el aire, ni se balanceaba en una docena de direcciones con una sonrisa amplia y pintada. Segu铆a apretado bajo la tapa, en un r铆gido entumecimiento, resorte sobre resorte. Poniendo la oreja en la caja pod铆an o铆rse la presi贸n interior, el miedo y el p谩nico del juguete atrapado. Era como tener en la mano el coraz贸n de alguien. Edwin no pod铆a saber si los latidos ven铆an de adentro o eran los golpes de su propia sangre en la madera de la caja.

Dej贸 caer la caja y mir贸 hacia afuera. Los 谩rboles rodeaban la casa, que rodeaba a Edwin. No alcanzaba a ver detr谩s de los 谩rboles. Si trataba de descubrir otro mundo, m谩s all谩, los 谩rboles oscilaban con el viento, parando la curiosidad de Edwin, deteni茅ndole los ojos.

—¡Edwin! —Detr谩s, el aliento expectante y nervioso de la madre que beb铆a el caf茅 del desayuno—. Deja de mirar. Come.
—No —murmur贸 Edwin.
—¿Qu茅? —Un susurro tieso. La madre deb铆a de haberse dado vuelta—. ¿Qu茅 es m谩s importante, el desayuno o la ventana?
—La ventana —murmur贸 Edwin, y dej贸 que los ojos pasearan por los caminos y senderos que hab铆an recorrido durante trece a帽os. ¿Ser铆a cierto que los 谩rboles se extend铆an durante diez mil kil贸metros hasta la nada? No pod铆a saberlo. Los ojos de Edwin retornaron, derrotados, al c茅sped cercano, los escalones, las manos que temblaban en el alf茅izar.

Se volvi贸 a comer los melocotones ins铆pidos, solo con su madre en la vasta y resonante sala del desayuno. Cinco mil ma帽anas ante esta mesa, esta ventana, y ning煤n movimiento m谩s all谩 de los 谩rboles.
Los dos comieron en silencio.

Ella era esa mujer p谩lida que a las seis de la ma帽ana, a las cuatro de la tarde, a las nueve de la noche y un minuto despu茅s de medianoche aparece silenciosa y blanca, alta y sola y serena en las casas de campo de cuatro tejados. S贸lo los p谩jaros la ven. Es como pasar junto a un invernadero abandonado en donde un 煤ltimo y raro capullo blanco alza la cabeza a la luz de la luna.

Y el hijo de esa mujer, Edwin, es la flor de cardo que uno respira en una noche de viento, en la temporada de los cardos. Tiene un pelo sedoso y unos ojos siempre azules y febriles. Mira desva铆damente, como si hubiese dormido poco. Si una cierta puerta se cerrara de golpe, Edwin podr铆a volar en pedazos como un paquete de triquitraques.

La madre de Edwin empez贸 a hablar, lentamente y con mucho cuidado al principio, luego m谩s r谩pido, en seguida con furia, y al fin casi escupi茅ndole las palabras en la cara.
—¿Por qu茅 me desobedeces todas las ma帽anas? No me gusta verte con los ojos clavados en la ventana, ¿entiendes? ¿Qu茅 esperas? ¿Quieres verlos? —grit贸 retorciendo los dedos. El rostro encendido y hermoso de la mujer era como una furiosa flor blanca—. ¿Quieres ver a las Bestias que corren por los caminos y aplastan a la gente como si fueran fresas?

S铆, pens贸 Edwin, me gustar铆a ver a las Bestias, horribles, tal como son.
—¿Quieres salir? —grit贸 la mujer—. ¿Como sali贸 tu padre antes que t煤 nacieras, y que te maten como lo mataron a 茅l, aplastado en el camino por uno de esos Terrores? ¿Te gustar铆a eso?
—No…
—¿No te basta que hayan matado a tu padre? No s茅 ni c贸mo se te ocurre pensar en esas Bestias. —La mujer se帽al贸 el bosque con un adem谩n—. Bueno, si tanto quieres morir, ¡adelante!

La mujer se tranquiliz贸, pero los dedos siguieron abri茅ndose y cerr谩ndose sobre el mantel.

—Edwin, Edwin, tu padre construy贸 todo este mundo. Era algo muy hermoso para 茅l, y as铆 tendr铆a que ser tambi茅n para ti. No hay nada, nada m谩s all谩 de esos 谩rboles, excepto la muerte. ¡No quiero que te acerques ah铆! 脡ste es el Mundo. No hay otro que valga la pena.

Edwin asinti贸 apenas.
—Sonr铆e ahora y termina tu tostada —dijo la mujer.

Edwin comi贸 lentamente, con la ventana reflejada en secreto sobre la cuchara de plata.

—¿Mam谩…? —No se atrev铆a a preguntarlo—. ¿Qu茅 es… morir? Hablas siempre de lo mismo. ¿Es un sentimiento?
—Para quienes siguen vivos, s铆, un mal sentimiento. —La mujer se incorpor贸 de pronto—. Se te hace tarde para la escuela. ¡Corre!

Edwin la bes贸 mientras recog铆a los libros.
—Adi贸s.
—Saluda a la maestra de mi parte.

Edwin se alej贸 de ella como una bala del rev贸lver. Subi贸 por escaleras interminables, cruzando pasillos, vest铆bulos, junto a ventanas que derramaban luz en oscuros paneles de galer铆as, como cascadas blancas. Subi贸 m谩s arriba, a trav茅s de las capas de tarta de los Mundos, separadas por la escarcha espesa de las alfombras orientales y coronadas de cirios brillantes.

Desde la escalera m谩s alta mir贸 hacia abajo a trav茅s de cuatro intervalos de Universo.

Las Tierras Bajas de la cocina, el comedor, la sala. Dos mesetas de m煤sica, juegos, cuadros y habitaciones cerradas, prohibidas. Y aqu铆 —dio media vuelta— las alturas de los picnics, la aventura y el aprendizaje. Aqu铆 se paseaba ociosamente, o cantaba solitarias canciones infantiles en el ventoso viaje a la escuela.

脡ste, pues, era el Universo. Pap谩 (o Dios, como mam谩 lo llamaba a menudo) hab铆a levantado estas monta帽as de yeso empapelado, hac铆a mucho tiempo. 脡sta era la creaci贸n de Dios-Padre, en la que bastaba con apretar un bot贸n para que brillaran las estrellas. Y el sol era mam谩, y mam谩 era el sol, y a su alrededor giraban todos los mundos. Y Edwin, un meteoro peque帽o y oscuro, daba vueltas una y otra vez en las alfombras oscuras y los tapices deslumbrantes del espacio. Se pod铆a ver c贸mo sub铆a y se desvanec铆a en los vastos cometas de las escaleras, en marchas y exploraciones.

A veces 茅l y la madre com铆an en las Tierras Altas, extendiendo manteles frescos como la nieve en velludos y rojizos prados de Persia, sobre las hierbas de color escarlata, en el aire enrarecido de las mesetas, en la cima de los mundos, donde retratos escamosos de desconocidos de cara cetrina bajaban los ojos mal茅volos espiando las comidas y fiestas. Sacaban agua de unos grifos de plata ocultos en nichos de azulejo, quebraban los le帽os en hornos de piedra, chillando. Jugaban a las escondidas en encantados pa铆ses altos, en tierras ocultas, desconocidas y salvajes, donde la madre encontraba a Edwin envuelto como una momia en el terciopelo de una cortina o bajo los muebles enchapados como una planta rara protegida contra el viento. En una ocasi贸n se extravi贸 y anduvo durante horas por extra帽as faldas monta帽osas de polvo y de ecos, donde los ganchos y perchas de los armarios sosten铆an s贸lo la noche. Pero la madre lo encontr贸 y llev贸 al lloroso Edwin escaleras abajo, al Universo del nivel del suelo, a la sala donde las motas de polvo, exactas y familiares, ca铆an en lloviznas de chispas en el aire iluminado por el sol.

Edwin corri贸 escaleras arriba.

Aqu铆 golpe贸 miles de miles de puertas, todas cerradas y prohibidas. Aqu铆 unas se帽oras de Picasso y unos caballeros de Dal铆 gritaban silenciosamente desde los asilos de las telas, observando con ojos dorados y ardientes los holgazaneos de Edwin.

—Esas cosas viven ah铆 afuera —hab铆a dicho la madre, se帽alando las familias Dal铆-Picasso.

Ahora, corriendo r谩pidamente, Edwin les sac贸 la lengua.

Dej贸 de correr.

Una de las puertas prohibidas estaba abierta.

La clara luz del sol asomaba oblicuamente, tent谩ndolo.

M谩s all谩 de la puerta, una escalera de espiral sub铆a en el sol y el silencio.

Edwin se qued贸 all铆 un rato, jadeando. A帽o tras a帽o hab铆a probado los pestillos de las puertas prohibidas, y siempre estaban cerradas. ¿Qu茅 ocurrir铆a ahora si abr铆a esta puerta del todo y sub铆a por la escalera? ¿Habr铆a alg煤n Monstruo oculto all谩 arriba?

—Hola.

La voz subi贸 saltando en la espiral del sol.

—Hola… —suspir贸 un eco d茅bil, perezoso, lejano, alto, alto, que se apag贸 en seguida.

Edwin cruz贸 el umbral.

—Por favor, por favor, no me hagas da帽o —le susurr贸 al alto sitio soleado.

Subi贸 deteni茅ndose en cada escal贸n, esperando el castigo, con los ojos cerrados como un penitente. M谩s r谩pido ahora, salt贸 alrededor y alrededor y hacia arriba hasta que las rodillas le dolieron y el aliento le entr贸 y le sali贸 como impulsado por una bomba neum谩tica y la cabeza le reson贸 como una campana hasta que al fin alcanz贸 la cima terrible y se encontr贸 en la terraza de una torre, inundada de sol.

El sol le golpe贸 los ojos. Nunca, nunca hab铆a conocido tanto sol. Se apoy贸 en la barandilla de hierro.

—¡Est谩 ah铆! —Abri贸 la boca moviendo la cabeza hacia uno y otro lado—. ¡Est谩 ah铆! —Corri贸 en c铆rculos—. ¡Ah铆!

Estaba m谩s arriba de la sombr铆a barrera de 谩rboles. Era aqu茅lla la primera vez que pod铆a mirar por encima de los casta帽os y olmos ventosos, y hasta donde le alcanzaba la vista hab铆a hierba verde, 谩rboles verdes y cintas blancas por donde corr铆an los cole贸pteros, y la otra mitad del mundo era azul e interminable, y el sol parec铆a perdido y goteaba en una incre铆ble y honda habitaci贸n azul, tan vasta que Edwin sinti贸 que se ca铆a, y grit贸, y se tom贸 con las dos manos del borde del parapeto, y m谩s all谩 de los 谩rboles, m谩s all谩 de las cintas blancas donde corr铆an los cole贸pteros vio cosas que se alzaban como dedos, pero no vio terrores de la familia Dal铆-Picasso, vio s贸lo unos pa帽uelitos azules y blancos y rojos que ondeaban en unos m谩stiles blancos.

Se sinti贸 enfermo de pronto; estaba enfermo otra vez.

Volvi茅ndose, casi cay贸 escaleras abajo.

Cerr贸 de un golpe la puerta prohibida, apoy谩ndose contra ella.

—Te quedar谩s ciego. —Se apret贸 las manos contra los ojos—. No ten铆as que haber visto, no, ¡no!

Cay贸 de rodillas y se qued贸 retorcido all铆 en el suelo. S贸lo ten铆a que esperar un momento; la ceguera llegar铆a pronto.

Cinco minutos m谩s tarde estaba de pie junto a una ventana com煤n de las Tierras Altas, mirando el Mundo Jard铆n familiar.

Vio una vez m谩s los olmos y los nogales y la pared de piedra, y aquel bosque que hab铆a sido para 茅l hasta entonces como una muralla infinita que cerraba el Mundo, de modo que m谩s all谩 no hab铆a nada sino una nada de pesadilla, y neblina, lluvia, y noche eterna. Ahora sab铆a que el Universo no terminaba con el bosque. Hab铆a otros mundos adem谩s de aquellos de las Tierras Altas y las Tierras Bajas.

Prob贸 otra vez la puerta prohibida. Cerrada.

¿Hab铆a subido realmente? ¿Hab铆a descubierto de verdad aquella vastedad azulada y verde? ¿Dios lo hab铆a visto? Edwin se estremeci贸. Dios, Dios, que fumaba misteriosas pipas negras y esgrim铆a bastones m谩gicos. Dios, que quiz谩s estaba observ谩ndolo aun ahora.

—Todav铆a puedo ver. Gracias, gracias, ¡todav铆a puedo ver!

A las nueve y media, una hora y media tarde, llam贸 a la puerta de la escuela.

—¡Buenos d铆as, maestra!

La puerta se abri贸. La maestra esperaba vestida con unos h谩bitos de monje, largos, grises, de tela basta; la capucha le ocultaba el rostro, y ten铆a puestos los lentes de plata. Las manos cubiertas con guantes grises le hicieron una se帽a.

—Llegas tarde.

M谩s all谩, el fuego de la chimenea coloreaba el pa铆s de los libros. Hab铆a paredes enladrilladas con enciclopedias, y una chimenea en la que uno se pod铆a meter sin golpearse la coronilla. Un le帽o ard铆a con un resplandor feroz.

La puerta se cerr贸 y hubo un silencio c谩lido. Aqu铆 estaba el pupitre, donde Dios se hab铆a sentado una vez; Dios hab铆a pisado esta misma alfombra, y hab铆a llenado la pipa con tabaco arom谩tico, mirando ce帽udamente la vasta ventana de vidrios emplomados. El cuarto ol铆a a Dios, a madera pulida, tabaco, cuero y monedas de plata. Aqu铆 la voz de la maestra cantaba como un arpa solemne, hablando de Dios, los viejos d铆as, y el Mundo que la determinaci贸n de Dios hab铆a sacudido, y el ingenio de Dios hab铆a estremecido, y la mano de Dios hab铆a sacado de la nada, con un esbozo, un grito, una madera alzada al aire. Las huellas dactilares de Dios todav铆a estaban en media docena de l谩pices afilados, como copos de nieve derretidos a medias, y guardados en vitrinas. Nunca hab铆a que tocarlos, pues si no, se desvanecer铆an para siempre.

Aqu铆, aqu铆 en las Tierras Altas, al sonido blando de la voz de la maestra que hablaba y hablaba, Edwin aprend铆a lo que deb铆a aprender: de 茅l mismo y de su cuerpo. Crecer铆a con los a帽os hasta ser una Presencia; ten铆a que acomodarse a los olores y a la voz de trompeta de Dios. Un d铆a se alzar铆a envuelto en un fuego p谩lido, junto a la elevada ventana, y dando un grito librar铆a de polvo a los rayos de los Mundos; ser铆a Dios 茅l mismo. Nada pod铆a impedirlo. Ni el cielo, ni los 谩rboles, ni las cosas que estaban m谩s all谩 de los 谩rboles.

La maestra se movi贸 en el cuarto como una nube de vapor.

—¿Por qu茅 has llegado tarde, Edwin?

—No s茅.

—Te lo preguntar茅 de nuevo. Edwin, ¿por qu茅 has llegado tarde?

—Una…, una de las puertas prohibidas estaba abierta y…

Edwin oy贸 que la maestra conten铆a el aliento, siseando. Vio que se echaba lentamente hacia atr谩s y se hund铆a en la silla alta labrada a mano, y que la oscuridad la devoraba, y que los lentes emit铆an una luz d茅bil, antes de desvanecerse. Sinti贸 que la maestra lo miraba desde la sombra y que le hablaba con una voz apagada, como una voz que se oye de noche, la propia voz de uno poco antes de despertar de una pesadilla.

—¿Qu茅 puerta? ¿D贸nde? —pregunt贸 la maestra—. Ah, ¡ten铆a que estar cerrada!

—La puerta junto a la gente de Dal铆-Picasso —dijo Edwin, aterrorizado. 脡l y la maestra hab铆an sido siempre amigos. ¿Hab铆a terminado esa amistad? ¿脡l la hab铆a estropeado?—. Sub铆a las escaleras. ¡Tuve que hacerlo! De veras lo siento. No se lo cuente a mam谩, por favor.

La maestra parec铆a perdida en el hueco de la silla, en el hueco de la capucha. Los lentes eran como d茅biles luci茅rnagas en aquel pozo de soledad.

—¿Y qu茅 viste all铆? —murmur贸 la maestra.

—¡Una sala grande y azul!

—¿S铆?

—Y una sala verde, y cintas con bichos que corr铆an, pero me qued茅 all铆 poco tiempo, poco tiempo, ¡lo juro!

—Una sala verde, y cintas, s铆, cintas, y bichos que corren, s铆 —dijo la mujer con una voz que entristeci贸 a Edwin.

Trat贸 de tocar la mano de la maestra, pero la mano cay贸 en el regazo y retrocedi贸 a la oscuridad del pecho.

—Baj茅 en seguida, cerr茅 la puerta, y no mirar茅 otra vez, ¡nunca! —grit贸 Edwin.

La voz de la mujer era ahora tan d茅bil que Edwin apenas pod铆a o铆rla.

—Pero ahora has visto, y querr谩s ver otras cosas, y ya nadie te quitar谩 la oscuridad. —La capucha se mov铆a lentamente hacia atr谩s y hacia adelante, volvi茅ndose hacia Edwin, interrogando—. ¿Te…, te gust贸 lo que viste?

—Me asust茅. Era grande.

—Grande, s铆. Grande, grande, Edwin. No como nuestro mundo. Grande, vasto, incierto. Oh, ¿por qu茅 lo hiciste? Sab铆as que estaba mal.

El fuego floreci贸 y se marchit贸 en el hogar mientras la maestra esperaba la respuesta de Edwin, y al fin, como el ni帽o no pudo responder, ella dijo, con labios que apenas se mov铆an:

—¿Es a causa de tu madre?

—¡No lo s茅!

—¿La encuentras nerviosa, irritante, sientes que te persigue, que te est谩 siempre encima, te gustar铆a estar solo a veces, no es eso, no es eso, no es eso?

Edwin solloz贸, sacudi茅ndose.

—¡S铆, s铆!

—¿Por eso te escapas, porque ella te exige demasiado, te pide todo tu tiempo, todos tus pensamientos? —La voz de la maestra parec铆a perdida y triste—. Dime…

Edwin ten铆a las manos pegajosas de l谩grimas.

—¡S铆! —Se mordi贸 los dedos y el dorso de las manos—. ¡S铆! —No estaba bien admitir cosas semejantes, pero no ten铆a que decirlas ahora, ella las dec铆a, ella las dec铆a, y 茅l s贸lo ten铆a que asentir, sacudir la cabeza, morderse los nudillos, gritar entre sollozos.

La maestra ten铆a un mill贸n de a帽os.

—Aprendemos —dijo fatigada. Dejando la silla se movi贸 haciendo oscilar las ropas grises y se acerc贸 al escritorio, donde la mano enguantada busc贸 largo rato hasta que encontr贸 l谩piz y papel—. Aprendemos, oh Dios, pero tan despacio, y con tanto dolor, aprendemos. Pensamos que actuamos bien, pero todo el tiempo, todo el tiempo, echamos a perder el Plan…

La maestra respir贸 siseando y levant贸 bruscamente la cabeza. La capucha tembl贸, como si estuviese vac铆a.

La maestra escribi贸 unas palabras en el papel.

—Dale esto a tu madre. Dice ah铆 que debes tener dos horas todas las tardes, para ti mismo, para que andes por donde quieras. Excepto all谩 afuera, por supuesto. ¿Me escuchas, ni帽o?

—S铆. —Edwin se sec贸 la cara—. Pero…

—Adelante.

—¿Me minti贸 mam谩 acerca de los sitios de afuera y las Bestias?

—M铆rame —dijo la mujer—. He sido tu amiga. Nunca te castigu茅, como tu madre ha tenido que hacerlo, a veces. Las dos estamos aqu铆 para ayudarte a entender y a crecer, y para que no te destruyan como a Dios.

La maestra se incorpor贸, y en ese momento torci贸 la capucha, de modo que el color del fuego le ba帽贸 la cara. R谩pidamente, el fuego le borr贸 las innumerables arrugas.

Edwin se qued贸 sin aliento. El coraz贸n se le volc贸 en un sobresalto.

—¡El fuego! —Edwin mir贸 el fuego y se volvi贸 otra vez hacia la cara de la maestra. La capucha se sacudi贸, ocult谩ndose. La cara desapareci贸 en el pozo profundo—. Su cara —dijo Edwin—. ¡Se parece a la de mam谩!

La maestra se movi贸 r谩pidamente hacia los libros y tom贸 uno. Le habl贸 a los estantes con aquella voz alta, cantarina, mon贸tona.

—Las mujeres se parecen todas, es cosa sabida. ¡Olv铆dalo! ¡Toma, toma! —Y la maestra le alcanz贸 el libro a Edwin—. Lee el cap铆tulo primero. ¡Lee el diario!

Edwin tom贸 el libro, pero no sinti贸 el peso en las manos. El fuego retumb贸 y se succion贸 a s铆 mismo brillantemente subiendo por el ca帽贸n de la chimenea mientras Edwin comenzaba a leer, y a medida que Edwin le铆a la maestra iba afloj谩ndose y apacigu谩ndose y tranquiliz谩ndose, y cuanto m谩s le铆a Edwin, m谩s se serenaba y se meneaba la capucha gris, y la cara oculta parec铆a un badajo silencioso y solemne dentro de una campana. La luz del fuego encendi贸 en los estantes el oro animal de las letras de los libros, y Edwin le铆a en alta voz, pero pensaba realmente en esos libros con p谩ginas cercenadas o recortadas, donde se hab铆an tachado ciertas l铆neas y se hab铆an arrancado ciertas ilustraciones, los libros de mand铆bulas de cuero apretadamente encoladas, y esos otros como perros rabiosos, sujetos con duras correas de bronce para que 茅l, Edwin, no se acercase.

Todo esto pens贸 Edwin mientras mov铆a los labios en la calma del fuego:

—En el Principio era Dios. Quien cre贸 el Universo, y los Mundos dentro del Universo, los Continentes dentro de los Mundos, y las Tierras dentro de los Continentes, y de la mente y de la mano de Dios naci贸 Su esposa amant铆sima y un hijo que con el tiempo llegar铆a 茅l mismo a ser Dios…

La maestra asinti贸 lentamente. El fuego baj贸 poco a poco y qued贸 reducido a unos carbones humeantes. Edwin sigui贸 leyendo.

Desliz谩ndose por el pasamanos, sin aliento, Edwin baj贸 al vest铆bulo.

—¡Mam谩! ¡Mam谩!

La madre estaba sin aliento, echada en un sill贸n mullido, de color casta帽o, como si ella tambi茅n hubiese venido corriendo desde lejos.

—¡Mam谩, mam谩, est谩s empapada!

—¿S铆? —pregunt贸 la madre, como si hubiese corrido por culpa de Edwin—. S铆, s铆. —Respir贸 hondamente y suspir贸. Luego le tom贸 las manos a Edwin, bes谩ndoselas. Lo mir贸, serena, abriendo m谩s y m谩s los ojos—. Bueno, esc煤chame. Tengo una sorpresa para ti. ¿Sabes qu茅 d铆a es ma帽ana? ¡No lo imaginas! ¡Es el d铆a de tu cumplea帽os!

—¡Pero s贸lo pasaron diez meses!

La madre se rio.

—¡Es ma帽ana! Ocurren maravillas, digo yo. Y si yo digo que una cosa es as铆, es as铆, mi querido.

Edwin estaba aturdido.

—¿Y abriremos otro cuarto secreto?

—¡El cuarto catorce, s铆! ¡El quince el a帽o pr贸ximo, el diecis茅is, el diecisiete, y as铆 uno tras otro hasta que cumplas veinti煤n a帽os, Edwin! Luego, oh, ¡abriremos las puertas de triple cerrojo del m谩s importante de los cuartos, y t煤 ser谩s el Hombre de la Casa, el Padre, Dios, Se帽or del Universo!

—Oh —dijo Edwin, y en seguida—: ¡Oh!

Ech贸 los libros al aire, y los libros estallaron como una vasta y susurrante explosi贸n de palomas. Edwin rio. La madre rio. Las risas subieron y cayeron con los libros. Edwin corri贸 para deslizarse otra vez chillando por el pasamanos.

La madre lo esper贸 al pie de las escaleras, con los brazos abiertos.

Edwin estaba acostado en cama, a la luz de la luna, tocando la caja de resorte con las puntas de los dedos, pero la tapa no se abr铆a. Movi贸 la caja entre las manos, ciegamente, sin mirarla. Ma帽ana, su cumplea帽os, ¿por qu茅? ¿Era 茅l, Edwin, tan bueno? No. ¿Por qu茅 entonces llegaba tan pronto el d铆a del cumplea帽os? Bueno, simplemente porque las cosas se le hab铆an puesto… ¿C贸mo decirlo? ¿Nerviosas? S铆, las cosas hab铆an empezado a estremecerse, tanto de d铆a como de noche. Hab铆a visto el temblor blanco, la luz de la luna que descend铆a y descend铆a tocando la nieve invisible de la cara de la madre. Ya era necesario otro cumplea帽os para que se tranquilizara de nuevo.

—Mis cumplea帽os —le dijo al techo— vendr谩n cada vez m谩s r谩pido desde ahora. Lo s茅, lo s茅. Mam谩 se r铆e tan alto, y tiene algo en los ojos…

¿Invitar铆an a la maestra a la fiesta? No. Mam谩 y la maestra no se encontraban nunca. «¿Por qu茅 no?». «Porque no», dijo mam谩. «¿No quiere conocer a mam谩, maestra?». «Alg煤n d铆a», dijo la maestra, d茅bilmente, alej谩ndose, flotando como una telara帽a a lo largo del pasillo. «Alg煤n… d铆a…».

¿Y d贸nde pasaba las noches la maestra? ¿Se paseaba por todos esos secretos pa铆ses monta帽osos, altos, cerca de la luna, donde una piel de polvo velaba los candeleros, o iba de un lado a otro m谩s all谩 de los 谩rboles que se extend铆an m谩s all谩 de los 谩rboles que se extend铆an m谩s all谩 de los 谩rboles? No, no parec铆a posible.

Edwin apret贸 el juguete entre las manos sudorosas. El a帽o anterior, cuando las cosas hab铆an empezado a estremecerse y a temblar, ¿mam谩 no hab铆a adelantado tambi茅n el cumplea帽os varios meses? S铆, oh, s铆, s铆.

Trat贸 de pensar en otra cosa. Dios. Dios constructor de un s贸tano de medianoche fr铆a, de un altillo tostado por el sol, y todos los milagros intermedios. Pens贸 en la hora de la muerte, aplastado al fin por un monstruoso escarabajo que esperaba m谩s all谩 de la pared. ¡Ay, c贸mo debieron de haberse estremecido los mundos al paso de Dios!

Edwin se acerc贸 la caja de resorte a la boca, murmurando junto a la tapa.

—¡Hola! ¡Hola! Hola, hola…

No hubo respuesta, excepto la tensi贸n del muelle interior. Te sacar茅 afuera, pens贸 Edwin. Espera, espera y ver谩s. Puede doler, pero hay un solo modo. Mira, mira…

Edwin sali贸 de la cama y se asom贸 a la ventana sacando medio cuerpo afuera, mirando el sendero de losas de m谩rmol iluminado por la luna. Alz贸 la caja todo lo posible, sinti贸 las gotas de sudor en las axilas, sinti贸 la presi贸n de los dedos, sinti贸 el estiramiento de los brazos. Arroj贸 afuera la caja, gritando. La caja dio vueltas en el aire, cayendo. Tard贸 un rato en chocar contra el pavimento de m谩rmol.

Edwin se asom贸 todav铆a m谩s, jadeante.

—¿Bueno? —grit贸—. ¿Bueno? —y otra vez—: ¡Eh, t煤! —y luego—: ¡T煤!

Los ecos se apagaron. La caja yac铆a a la sombra del bosque. Edwin no alcanzaba a ver si el golpe la hab铆a abierto. No lograba ver si el polichinela se hab铆a alzado, sonriente, saliendo del calabozo horrible o si oscilaba con el viento ya para este lado ya para el otro, mientras las campanillas de plata tintineaban d茅bilmente. Escuch贸. Estuvo en la ventana una hora, escuchando, y al fin se volvi贸 a la cama.

La ma帽ana. Unas voces brillantes se mov铆an cerca y lejos, dentro y fuera del Mundo de la Cocina, y Edwin abri贸 los ojos. ¿De qui茅nes eran esas voces, de qui茅nes pod铆an ser? ¿Algunos de los trabajadores de Dios? ¿La gente de Dal铆? Pero mam谩 las odiaba; no. Las voces se apagaron en un rugido zumbante. Silencio. Y desde un sitio remoto lleg贸 un ruido de pasos apresurados, m谩s y m谩s alto y todav铆a m谩s hasta que la puerta se abri贸 bruscamente.

—¡Feliz cumplea帽os!

Bailaron, comieron pasteles congelados, mordieron helados de lim贸n, bebieron vinos rosados, y all铆 estaba el nombre de Edwin en una tarta nevada mientras mam谩 sacaba acordes al piano en una precipitaci贸n de sonidos y abr铆a la boca para cantar, y luego se volv铆a para apartar a Edwin de m谩s fresas, m谩s vinos, m谩s risas que sacud铆an los candeleros en lluvias temblorosas. Luego, floreci贸 una llave de plata, corrieron a abrir la prohibida puerta catorce.

—¡Listos! ¡Prep谩rate!

La puerta susurr贸 en la pared.

—Ah —dijo Edwin, bastante decepcionado.

Pues esta habitaci贸n decimocuarta no era m谩s que un armario polvoriento, de un color casta帽o deslucido. ¡No hab铆a all铆 ninguna de las promesas que hab铆a encontrado en las salas de los otros aniversarios! El regalo de su sexto cumplea帽os hab铆a sido el aula de las Tierras Altas. En su s茅ptimo cumplea帽os hab铆a abierto el cuarto de juegos de las Tierras Bajas. En el octavo, la sala de m煤sica; en el noveno, ¡la cocina milagrosa de fuegos infernales! El d茅cimo hab铆a sido el d铆a de la habitaci贸n donde los fon贸grafos susurraban: una continua exhalaci贸n de espectros que cantaban en un aire suave. ¡La und茅cima fue la vasta habitaci贸n verde adiamantada del Jard铆n donde hab铆a que cortar la alfombra en vez de barrerla!

—Oh, no te desilusiones, ¡mu茅vete! —La madre, riendo, empuj贸 a Edwin dentro del armario—. ¡Espera hasta descubrir qu茅 m谩gica es! ¡Cierra la puerta!

Apret贸 un bot贸n rojo oculto en la pared.

Edwin chill贸:

—¡No!

Pues el cuarto se estremec铆a, animado como una boca que lo sosten铆a entre mand铆bulas de hierro; el cuarto se movi贸, la pared se desliz贸 hacia abajo.

—Oh, tranquilo, querido —dijo la madre.

La puerta flot贸 y baj贸 al piso, y una larga pared insensatamente vac铆a se retorci贸 a un lado como una interminable serpiente susurrante para abrirse en otra puerta y otra puerta que no se detuvo y que continu贸 pasando mientras Edwin gritaba abrazado a la cintura de la madre. El cuarto se quej贸 y carraspe贸 en alg煤n sitio; los temblores cesaron, el cuarto se tranquiliz贸. Edwin se qued贸 mirando una puerta nueva y extra帽a y oy贸 que su madre le dec铆a: Adelante, 谩brela, ah铆, adelante, ah铆. Y la puerta nueva se abri贸 a un misterio todav铆a mayor. Edwin parpade贸.

—¡Las Tierras Altas! ¡脡stas son las Tierras Altas! ¿C贸mo llegamos aqu铆? ¡D贸nde est谩 el vest铆bulo, madre, d贸nde est谩 el vest铆bulo!

La madre lo empuj贸 a trav茅s de la puerta.

—Saltamos hacia arriba, y volamos. ¡Una vez por semana subir谩s volando a la escuela en vez de dar ese largo rodeo!

Edwin no pod铆a moverse a煤n, y contempl贸 el misterio de una Tierra cambiada por otra Tierra, de un Pa铆s reemplazado por otro Pa铆s todav铆a m谩s alto y lejano.

—Oh, madre, madre… —dijo.

Fue un tiempo largo y dulce en las hierbas altas del jard铆n donde conocieron los ocios m谩s deleitables, bebiendo copones de sidra con los codos apoyados en almohadones de seda escarlata, descalzos, los dedos de los pies envueltos en la aspereza de los dientes de le贸n, la dulzura de los tr茅boles. La madre se sobresalt贸 dos veces cuando oy贸 el rugido de los Monstruos del otro lado de la floresta. Edwin le bes贸 la mejilla.

—No te preocupes —le dijo—. Aqu铆 estoy para protegerte.

—Lo s茅 muy bien —dijo ella, pero se volvi贸 a mirar la figura de los 谩rboles como si en cualquier momento el caos que esperaba all谩 afuera pudiese destruir instant谩neamente el bosque, estampando un pie de Tit谩n y reduci茅ndolos a polvo.

Cuando ya ca铆a la tarde larga y azul vieron un p谩jaro de cromo que volaba atravesando una abertura brillante entre los 谩rboles, alto y rugiente. Corrieron al vest铆bulo, las cabezas inclinadas como antes de una tormenta verde de rel谩mpagos y lluvia, sintiendo que el sonido los empapaba con cataratas enceguecedoras.

Una crepitaci贸n y otra… y el cumplea帽os se apag贸 en una nada de celof谩n. A la ca铆da del sol, en el pa铆s de la sala, iluminada apenas, la madre inhal贸 champa帽a por la nariz, delicada y diminuta como el brote de una planta, y por la boca, p谩lida como una rosa de verano. Luego, aturdida y so帽olienta, arrastr贸 a Edwin al dormitorio y lo encerr贸.

Edwin se desvisti贸 en una lenta pantomima de asombro, pensando: este a帽o, el a帽o pr贸ximo, y qu茅 habitaci贸n dentro de dos a帽os, de tres. ¿Qu茅 ser铆an las Bestias, los Monstruos? ¿Y la destrucci贸n y el asesinato que ven铆an de Dios? ¿Qu茅 era un asesinato? ¿Qu茅 era la muerte? ¿Ser铆a la muerte un sentimiento? ¿Lo hab铆a disfrutado tanto Dios que por eso no hab铆a vuelto nunca? ¿Era entonces la muerte un viaje?

En el vest铆bulo, mientras iba escaleras abajo, la madre dej贸 caer una botella de champa帽a. Edwin lo oy贸 y sinti贸 fr铆o, pues el pensamiento que lo asalt贸 entonces fue: 茅se es el sonido de mam谩. Si ella se ca铆a, si se romp铆a, a la ma帽ana siguiente uno descubrir铆a un mill贸n de fragmentos. Unos cristales brillantes y un vino claro en la alfombra, eso era todo lo que uno ver铆a al alba.

La ma帽ana fue un aroma de vi帽as y uvas y musgo en el cuarto de Edwin, un aroma de sombra fresca. Escaleras abajo, en ese mismo instante, el desayuno estaba quiz谩 manifest谩ndose a s铆 mismo como un casta帽eteo de dedos sobre las mesas invernales.

Edwin se levant贸 para lavarse y vestirse y esper贸, sinti茅ndose magn铆ficamente bien. Ahora todo parecer铆a fresco y nuevo por lo menos durante un mes. Hoy, como todos los d铆as, habr铆a desayuno, escuela, almuerzo, canciones en la sala de m煤sica, una hora o dos de juegos el茅ctricos, y luego… t茅 en las Tierras Exteriores, sobre el c茅sped luminoso. Despu茅s otra vez la escuela, en una 煤ltima hora tard铆a, rondando junto con la maestra la biblioteca censurada, devan谩ndose los sesos ante palabras y pensamientos que hablaban del mundo exterior censurado.

Hab铆a olvidado la nota de la maestra. Ten铆a que d谩rsela a la madre.

Abri贸 la puerta. El vest铆bulo estaba vac铆o. Descendiendo a las profundidades de los Mundos, flotaba una niebla tenue, y ninguna pisada quebraba el silencio. Hab铆a quietud en las colinas; las fuentes de plata no lat铆an a la primera luz del sol, y la baranda que sub铆a retorci茅ndose entre las nieblas era un monstruo prehist贸rico que husmeaba el dormitorio. Se apart贸 de la criatura, buscando a la madre, como un bote blanco arrastrado por las mareas del alba y los vapores abisales.

La madre no estaba all铆. Se precipit贸 descendiendo por las tierras serenas, gritando:

—¡Mam谩!

La encontr贸 en la sala, echada en el suelo. Ten铆a puesto el brillante vestido de fiesta de color verde oro, y apretaba en una mano el cuello de una botella de champa帽a. La alfombra estaba cubierta de vidrios.

La madre dorm铆a, obviamente, de modo que Edwin se sent贸 a la m谩gica mesa del desayuno. Mir贸 parpadeando el mantel blanco y vac铆o y los platos resplandecientes. No hab铆a comida. Toda la vida lo hab铆an esperado all铆 unos alimentos maravillosos. Hoy no.

—¡Mam谩, despierta! —Corri贸 hacia la madre—. ¿Ir茅 a la escuela? ¿D贸nde est谩 la comida? ¡Despierta!

Corri贸 escaleras arriba.

En las Tierras Altas hab铆a fr铆o y sombras, y los soles de vidrio blanco no brillaban m谩s en los techos de ese d铆a, de nieblas t茅tricas. Edwin corri贸 por pasillos oscuros, por descoloridos continentes de silencio. Llam贸 y llam贸 a la puerta de la escuela. La puerta se abri贸 lentamente, sola, gimiendo.

La escuela estaba vac铆a y oscura. En la chimenea no rug铆a ning煤n fuego arrojando sombras a las vigas del techo… No se o铆a ning煤n crujido, ning煤n suspiro.

—¿Maestra?

Edwin se detuvo en el centro de la habitaci贸n muerta y helada.

—¡Maestra! —grit贸.

Tir贸 de las cortinas; un d茅bil rayo de sol cay贸 atravesando los vidrios emplomados.

Edwin movi贸 las manos. Le orden贸 al fuego que estallara como un grano de ma铆z. Le orden贸 que floreciera en vida. Cerr贸 los ojos, esperando a que la maestra apareciera. Abri贸 los ojos y mir贸 estupefacto el pupitre.

La t煤nica y la bufanda gris estaban all铆 cuidadosamente dobladas, y los lentes de plata brillaban encima, al lado de un guante gris. Edwin los toc贸. El otro guante hab铆a desaparecido. Descubri贸 encima de la t煤nica un pedazo de l谩piz de cosm茅tica. Lo prob贸 dibuj谩ndose unas l铆neas oscuras en las manos.

Retrocedi贸, los ojos clavados en la t煤nica vac铆a, los lentes, el l谩piz grasoso. Toc贸 el pestillo de una puerta que siempre hab铆a estado cerrada. La puerta se abri贸 lentamente. Edwin se encontr贸 mirando el interior de un armarito pardo.
—¡Maestra!

Entr贸 de prisa en el armario, y la puerta se cerr贸 bruscamente, detr谩s. Apret贸 un bot贸n rojo. La habitaci贸n se hundi贸, y junto con ella se hundi贸 tambi茅n una frialdad lenta y mortal. En el mundo hab铆a silencio, quietud y calma. La maestra hab铆a desaparecido, y la madre… dorm铆a. El cuarto cay贸 todav铆a m谩s, sosteniendo a Edwin entre unas mand铆bulas de hierro.

Un golpe de maquinarias. Una puerta se abri贸 desliz谩ndose. Edwin sali贸 corriendo. ¡La sala!

Detr谩s no dejaba una puerta sino un simple panel de roble.

La madre yac铆a a煤n en el piso, imperturbable. Edwin movi贸 el cuerpo y alcanz贸 a ver debajo un guante gris y blando, un guante de la maestra.

Se qued贸 de pie junto a la madre, largo rato, mirando el guante incre铆ble que ten铆a en la mano. Al fin se puso a gimotear.

Huy贸 corriendo a las Tierras Altas. La chimenea estaba fr铆a; el cuarto, vac铆o. Esper贸. La maestra no aparec铆a. Descendi贸 de nuevo corriendo a las solemnes Tierras Bajas, y le orden贸 a la mesa que se cubriera con platos humeantes. No ocurri贸 nada. Se sent贸 junto a la madre, habl谩ndole y rog谩ndole y toc谩ndola, y las manos de ella estaban fr铆as.

El tictac del reloj continu贸 y la luz cambi贸 en el cielo y la madre no se mov铆a, y Edwin ten铆a hambre y el polvo silencioso descend铆a en el aire a trav茅s de todos los Mundos. Edwin pens贸 en la maestra y supo que no estaba en ninguna de las colinas y monta帽as de arriba, y que s贸lo pod铆a estar en un sitio. Hab铆a entrado por error en las Tierras Exteriores, y se hab铆a extraviado y no saldr铆a de all铆 hasta que alguien fuera a buscarla. De modo que 茅l, Edwin, ten铆a que salir, llamarla, traerla de vuelta para despertar a mam谩, pues si no mam谩 se quedar铆a all铆 para siempre mientras el polvo ca铆a en los vastos espacios oscurecidos.

Atraves贸 la cocina, sali贸 por atr谩s, y encontr贸 el sol poniente y oy贸 d茅bilmente los cascos de las Bestias m谩s all谩 de la frontera del Mundo. Se apoy贸 en la pared del jard铆n, no atrevi茅ndose a seguir, y en las sombras, a la distancia, vio la caja rota que hab铆a arrojado por la ventana. Unas motas de luz solar chispeaban en la tapa rota y tocaban temblorosamente una y otra vez la cara del polichinela, que hab铆a saltado afuera y ahora abr铆a los brazos en un eterno adem谩n de libertad. El mu帽eco sonre铆a y no sonre铆a, sonre铆a y no sonre铆a, mientras el sol parpadeaba sobre la boca, y Edwin miraba, de pie, hipnotizado, por encima y m谩s all谩. El mu帽eco abr铆a los brazos hacia el sendero que se alejaba entre los 谩rboles secretos, el sendero prohibido, manchado por los excrementos oleosos de las Bestias. Pero el sendero se extend铆a en silencio y el sol calentaba y Edwin oy贸 el viento que soplaba apenas entre los 谩rboles. Al fin se adelant贸 dejando atr谩s la pared del jard铆n.
—¿Maestra?

Sigui贸 caminando a lo largo del sendero, unos pocos metros.
—¡Maestra!

Los zapatos le resbalaban en los excrementos de las Bestias, y Edwin miraba sin ver el extremo del t煤nel inm贸vil. El sendero se mov铆a debajo, los 谩rboles encima.
—¡Maestra!

Camin贸 lentamente, pero sin detenerse ni aminorar la marcha. Al fin se volvi贸. Detr谩s se extend铆a el Mundo y aquel nuevo silencio. ¡El Mundo parec铆a disminuido, menor! Qu茅 raro era verlo m谩s peque帽o que antes. Hasta hac铆a poco hab铆a sido siempre inmenso, y Edwin no hab铆a pensado nunca que cambiar铆a alguna vez. Sinti贸 que se le paraba el coraz贸n. Dio un paso atr谩s. Pero casi en seguida sinti贸 que el silencio del Mundo lo aterrorizaba y se volvi贸 de nuevo hacia el sendero del bosque.

Todo lo que se extend铆a delante era nuevo. Los olores le colmaban la nariz; los colores, las formas raras, las dimensiones incre铆bles le colmaban los ojos.

Si corro m谩s all谩 de los 谩rboles me morir茅, pens贸, pues eso es lo que mam谩 dec铆a. Te morir谩s, te morir谩s.

Pero ¿qu茅 era morirse? ¿Otro cuarto? ¡Un cuarto azul, un cuarto verde, mucho m谩s grande que todos los cuartos anteriores! Pero ¿y la llave? All谩, muy lejos, un port贸n de hierro abierto de par en par, una puerta de hierro forjado. ¡M谩s all谩 un cuarto tan inmenso como el cielo, todo coloreado de verde con hierbas y 谩rboles! Oh, mam谩, maestra…

Edwin corri贸, tropez贸, cay贸, se levant贸, corri贸 de nuevo, y dej贸 atr谩s las piernas entumecidas mientras ca铆a y ca铆a por la pendiente de una loma, fuera del sendero, gimoteando, llorando; y al fin los gimoteos y los llantos se transformaron en nuevos sonidos. Lleg贸 a la puerta de hierro enmohecida y chirriante y la cruz贸 de un salto. El Universo se bambole贸 detr谩s. Edwin corri贸 otra vez y ya no mir贸 m谩s los Mundos Antiguos, que se marchitaron y desvanecieron.

El polic铆a se detuvo al borde de la acera, mirando la calle.

—Esos ni帽os…, no los entender茅 nunca.
—¿Qu茅 pas贸? —pregunt贸 el peat贸n.

El polic铆a pens贸 un rato frunciendo el ce帽o.

—Hace un par de segundos un ni帽o pas贸 corriendo. Re铆a y lloraba, re铆a y lloraba, todo a la vez. Saltaba arriba y adelante y tocaba todas las cosas. Cosas como faroles, postes telef贸nicos, bocas de agua, perros, gente. Cosas como aceras, vallas, puertas, coches, ventanas de vidrio esmerilado, cilindros de barber铆a. Demonios, hasta me toc贸 a m铆 y me mir贸, y mir贸 el cielo, y viera c贸mo lloraba, y en todo ese tiempo gritaba y gritaba algo raro.
—¿Qu茅 gritaba? —pregunt贸 el peat贸n.
—Gritaba siempre: «¡Estoy muerto, estoy muerto, me alegra estar muerto, estoy muerto, estoy muerto, me alegra estar muerto, estoy muerto, estoy muerto, es bueno estar muerto!». —El polic铆a se rasc贸 lentamente la barbilla—. Otro de esos nuevos juegos de ni帽os, supongo.

(Dark Carnival en 1947)

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