Los peregrinos - Mary Shelley - Amantes de la literatura

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1.30.2026

Los peregrinos - Mary Shelley


Cuento_Los_peregrinos_Mary_Shelley

El crep煤sculo de uno de esos ardientes d铆as de verano cuyo cielo sin nubes parece hablar al hombre de regiones m谩s felices, ya hab铆a arrojado sus amplias sombras sobre el valle de Unspunnen, mientras los 煤ltimos rayos de un espl茅ndido atardecer continuaban brillando en las cimas de las colinas circundantes. Poco a poco, sin embargo, los matices encendidos se hicieron m谩s profundos; luego se tornaron cada vez m谩s oscuros, hasta que finalmente cedieron ante los tonos a煤n m谩s sobrios de la noche.

Bajo una avenida de tilos que, por su tama帽o y frondosidad, parec铆an casi coet谩neos del suelo en que crec铆an, Burkhardt de Unspunnen paseaba de un lado a otro con paso inquieto, como si alguna pena reciente ocupara su mente atribulada. A veces se deten铆a con los ojos fijos en la tierra, como si esperara ver brotar de su seno el objeto de su contemplaci贸n; otras, alzaba la mirada hacia las copas de los 谩rboles, cuyas ramas, suavemente agitadas por la brisa nocturna, parec铆an exhalar suspiros de compasi贸n en recuerdo de aquellas horas felices que en otro tiempo se hab铆an pasado bajo su acogedora sombra. Pero cuando, al avanzar m谩s all谩 de ellos, contemplaba los profundos cielos azules con su brillante hueste de estrellas, la esperanza brotaba en su interior al pensar en aquella gloria de la que esos cielos y esas estrellas, por hermosos y bellos que parezcan, no son sino tenues heraldos; y por un tiempo se disipaba la aflicci贸n que tan largamente hab铆a pesado sobre su coraz贸n.

De estas reflexiones, que por la intensidad de sus sentimientos lo aislaban, por as铆 decirlo, del mundo ajetreado y de sus m煤ltiples sendas, fue s煤bitamente arrancado por el tono de una voz varonil que se dirig铆a a 茅l.

Burkhardt, al adelantar unos pasos, vio, de pie a la luz de la luna, a dos peregrinos, vestidos con el habitual atuendo tosco y sombr铆o, con los anchos sombreros calados sobre las cejas.

—¡Alabado sea Dios! —dijo el peregrino que acababa de atraer la atenci贸n de Burkhardt y que, por su estatura y su porte, parec铆a ser el mayor de los dos.

Sus palabras fueron repetidas por una voz cuyos acentos suaves y vacilantes revelaban que el hablante era a煤n de muy corta edad.

—¿Ad贸nde se dirigen, amigos? ¿Qu茅 buscan aqu铆 a tan avanzada hora? —dijo Burkhardt—. Si desean descansar tras su viaje, entren; y, con la bendici贸n de Dios y mi cordial bienvenida, repongan sus fuerzas.
—Noble se帽or, se ha adelantado con creces a nuestra s煤plica —respondi贸 el peregrino mayor—. Nuestro deber nos ha conducido lejos de nuestra tierra natal, pues estamos obligados a una peregrinaci贸n para cumplir el voto de un progenitor muy querido. Durante el calor del d铆a nos hemos visto forzados a escalar los empinados senderos de la monta帽a; y las fuerzas de mi hermano, cuya juventud poco se aviene con tales fatigas, comenzaron a flaquear, cuando la vista de las torres de su castillo, que los claros rayos de la luna nos permitieron descubrir, reaviv贸 nuestras esperanzas. Resolvimos entonces rogarle alojamiento por una noche bajo su hospitalario techo, para poder, al alba de ma帽ana, reanudar nuestro fatigoso camino.
—S铆ganme, amigos m铆os —dijo Burkhardt, mientras, con paso apresurado, se adelantaba para dar algunas 贸rdenes relativas a su acogida.

Los peregrinos, gozosos ante tan amable recepci贸n, siguieron al caballero en silencio hasta un amplio sal贸n de altas b贸vedas, sobre el cual los cirios, colocados en apliques de brazos contra las paredes, derramaban una luz solemne y, al mismo tiempo, agradable, muy acorde con los sentimientos del momento.

El caballero distingui贸 entonces dos semblantes de gran hermosura, cuya impresi贸n favorable se ve铆a considerablemente realzada por la actitud modesta, aunque natural y desenvuelta, con que la joven pareja recib铆a las atenciones de su anfitri贸n. Vivamente impresionado por su aspecto y su porte, Burkhardt se vio llevado, de manera involuntaria, de regreso al curso de pensamientos del que su llegada lo hab铆a apartado; y las escenas de otros tiempos desfilaron ante su mente al recordar que, en aquel mismo sal贸n, su amada hija sol铆a recibirlo con su sonrisa de bienvenida cuando regresaba de la batalla o de la caza: breves instantes de felicidad, seguidos despu茅s por acontecimientos que hab铆an carcomido su coraz贸n y hecho de la memoria un instrumento de amargura y castigo.

Poco despu茅s se sirvi贸 la cena, y los peregrinos fueron atendidos con el mayor esmero; sin embargo, la conversaci贸n languideci贸 por completo, pues las melanc贸licas reflexiones absorb铆an a Burkhardt, y el respeto —o quiz谩 un sentimiento m谩s afectuoso— hacia su anfitri贸n y benefactor parec铆a haber sellado los labios de sus j贸venes invitados. Tras la cena, no obstante, una jarra del viejo vino del bar贸n anim贸 su deca铆do esp铆ritu y dio aliento al peregrino mayor para romper el hechizo que los hab铆a mantenido en silencio.

—Perd贸neme, noble se帽or —dijo—, pues bien s茅 que debe de parecer intrusivo por mi parte atreverme a indagar la causa de esa pena que lo oprime tan severamente y lo convierte en un espectador tan triste de la generosidad y de la felicidad que usted prodiga con largueza a los dem谩s. Cr茅ame: no es el impulso de una curiosidad ociosa lo que me mueve a expresar mi asombro de que pueda habitar as铆, solo, esta espaciosa y noble mansi贸n, siendo presa de un dolor tan profundamente arraigado. ¡Ojal谩 estuviera en nuestras manos, siquiera en el menor grado, aliviar las preocupaciones de quien con tan generosa mano socorre las necesidades de sus hermanos m谩s pobres!

—Les agradezco su compasi贸n, buen peregrino —respondi贸 el anciano noble—; pero ¿de qu茅 podr铆a servirles conocer la historia de unas aflicciones que han hecho de esta tierra un desierto y que, con paso acelerado, me conducen hacia el lugar donde 煤nicamente puedo esperar hallar descanso? Ah贸rrenme, pues, el dolor de evocar escenas que con gusto sepultar铆a en el olvido. A煤n se hallan ustedes en la primavera de la vida, cuando ning煤n recuerdo triste devuelve un eco discordante de antiguas locuras o de dichas irrecuperablemente perdidas. No pretendan oscurecer la luz del sol de su —conf铆o— inmaculada juventud con el conocimiento de aquellos seres feroces y culpables que, al escuchar las sugestiones diab贸licas de sus pasiones, se apartan de los senderos de la rectitud y desgarran v铆nculos que la naturaleza, mediante los lazos m谩s sagrados, parec铆a haber unido a sus propias almas.

As铆 procur贸 Burkhardt eludir la s煤plica del peregrino. Pero esta fue reiterada con una persuasi贸n tan ferviente como delicada, y los ricos tonos de la voz del desconocido despertaron en 茅l tantos recuerdos de d铆as muy, muy lejanos, que el caballero se sinti贸 casi irresistiblemente impulsado a descargar su coraz贸n, largo tiempo cerrado, ante alguien que parec铆a comprender sus sentimientos con sincera cordialidad.
—Su sincera simpat铆a ha conquistado mi confianza, j贸venes amigos —dijo—, y conocer谩n la causa de esa pena que roe mi coraz贸n.

Me ven ahora, en efecto, aqu铆, solo y abandonado, como un 谩rbol sacudido por la violencia de la tempestad. Pero hubo un tiempo en que la fortuna me mir贸 con sus sonrisas m谩s benignas; y me sent铆a rico en la conciencia de mi prosperidad y en los dones que el generoso Cielo hab铆a derramado sobre m铆. Mis poderosos vasallos me convert铆an en el terror de aquellos enemigos que la protecci贸n que siempre estaba dispuesto a brindar a los oprimidos y desvalidos atra铆a contra m铆. Mis ricas y f茅rtiles posesiones no solo abastec铆an con abundancia a mi familia, sino que me permit铆an, con mano liberal, aliviar las necesidades de los pobres y ejercer los deberes de hospitalidad de un modo digno de mi rango y de mi nombre. Pero, de todos los dones que el Cielo hab铆a prodigado sobre m铆, el que m谩s estimaba era una esposa, cuyas virtudes la hab铆an convertido en el 铆dolo tanto de ricos como de pobres. Mas ella, que ya era un 谩ngel y no estaba hecha para este mundo m谩s grosero, fue reclamada demasiado pronto, ¡ay!, por sus esp铆ritus afines. Un solo y breve a帽o fue testigo de nuestra felicidad.

Mi dolor y mi angustia fueron profund铆simos; y pronto me habr铆an llevado a la misma tumba que a ella, de no haberme dejado una hija, por cuyo amado bien luch茅 con todas mis fuerzas contra mi aflicci贸n. En ella se concentraron desde entonces todos mis cuidados, todas mis esperanzas, toda mi felicidad. A medida que crec铆a en a帽os, aumentaba su semejanza con su santa madre; y cada mirada, cada gesto, me tra铆a a la memoria a mi Agnes. Junto con la belleza de su madre, me atrev铆, con cari帽osa presunci贸n, a albergar la esperanza de que Ida heredar铆a tambi茅n sus virtudes.

Sent铆 hondamente el triste vac铆o que mi p茅rdida irreparable hab铆a abierto en m铆; pero el solo pensamiento de volver a casarme me habr铆a parecido una profanaci贸n de la memoria de mi Agnes. Y si por un solo instante hubiera albergado tal prop贸sito, una sola mirada a su hija lo habr铆a desbaratado, y me habr铆a hecho aferrarme a ella con una esperanza a煤n m谩s tierna, en la firme confianza de que me recompensar铆a por cada sacrificio que pudiera hacer. ¡Ay, amigos m铆os, esa esperanza se edific贸 sobre un cimiento inseguro! y aun hoy se tortura mi coraz贸n al pensar en aquellos sue帽os enga帽osos.

Ida, con las m谩s afectuosas caricias, disipaba toda preocupaci贸n de mi frente; en la enfermedad y en la salud me velaba con la m谩s tierna solicitud; todo su empe帽o parec铆a consistir en anticiparse a mis deseos. Pero, ¡ay!, como la serpiente que solo fascina para destruir, prodigaba esas caricias y atenciones para cegarme y envolverme en una seguridad fatal.

Muchas y profundas fueron las afrentas —vengadas, s铆, pero no olvidadas— que desde hac铆a tiempo hab铆an originado (con verg眉enza lo confieso) un odio mortal entre Rupert, Lord de W脿dischwyl, y yo; un odio que la menor ocasi贸n parec铆a exacerbar hasta la demencia. Como ya no se atrev铆a a arrojar el guante, pues en el combate singular siempre hab铆a salido yo vencedor, encontr贸 medios, mucho m谩s duros que el acero o el hierro, para saciar su venganza contra m铆.

El duque Berchtold de Z脿hringen, uno de esos tiranos ricos y poderosos que son la verdadera plaga de la sociedad cuyos derechos deber铆an ser sus m谩s prontos guardianes, hab铆a llevado a cabo una repentina irrupci贸n contra los pac铆ficos habitantes de las monta帽as, apoder谩ndose de sus ganados y reba帽os, e insultando a sus esposas e hijas. Aunque dotados de gran valor, poco habituados como estaban a la guerra, aquellos desdichados hombres se vieron incapaces de resistir al tirano, y se apresuraron a implorar mi auxilio inmediato. Sin un instante de demora, reun铆 a mis bravos vasallos y march茅 contra el saqueador. Tras una lucha larga y encarnizada, Dios bendijo nuestra causa, y la victoria fue completa.

En la ma帽ana en que me dispon铆a a partir de regreso a mi castillo, uno de mis hombres me anunci贸 que el duque hab铆a llegado a mi campamento y deseaba una entrevista inmediata conmigo. Sal铆 al instante a su encuentro; y Berchtold, avanzando hacia m铆 con una sonrisa, me ofreci贸 su mano en se帽al de reconciliaci贸n. La acept茅 francamente, sin sospechar que la falsedad pudiera ocultarse bajo un aspecto tan abierto y cordial.

—Amigo m铆o —dijo—, pues as铆 debo llamarlo; su valor en esta contienda se ha ganado mi estima, aunque podr铆a demostrarle al instante que tengo causas justas de querella contra esos insolentes monta帽eses. Pero, pese a su victoria en esta lucha injusta, a la que sin duda fue inducido por las tergiversaciones de esos villanos, como mi naturaleza aborrece prolongar las disensiones, deseo dejar de considerarnos enemigos e iniciar una amistad que, por mi parte al menos, no ser谩 quebrantada. En se帽al, pues, de que no desconf铆a de un compa帽ero de armas, regrese conmigo a mi castillo, para que all铆 ahoguemos todo recuerdo de nuestra pasada desuni贸n.

Durante largo tiempo resist铆 a su insistencia, pues llevaba ya m谩s de un a帽o ausente de mi hogar y estaba doblemente impaciente por regresar, al imaginar que mi demora causar铆a gran ansiedad a mi hija. Pero el duque, con tan aparente bondad y de un modo tan cort茅s, renov贸 e insisti贸 en sus ruegos, que al fin no pude resistirme.

Su Alteza me agasaj贸 con la mayor hospitalidad y con atenciones incesantes. Pronto advert铆, sin embargo, que un hombre honrado se halla m谩s en su elemento entre las fatigas de la batalla que entre los halagos de una corte, donde el labio y el gesto ofrecen bienvenida, pero donde el coraz贸n —del que la lengua nunca es heraldo— est谩 corro铆do por las constantes luchas de la envidia y los celos. Pronto advert铆 tambi茅n que mis modales rudos y sin disimulo eran motivo de burla para las perfumadas nader铆as que colmaban los salones del duque. No obstante, reprim铆 mi resentimiento al considerar que tales criaturas viv铆an solo de su favor, como esos enjambres de insectos que cobran vida en el esti茅rcol al calor de los rayos del sol.

Hab铆a permanecido como hu茅sped involuntario del duque durante algunos d铆as, cuando se anunci贸 con gran ceremonia la llegada de un personaje de distinci贸n; personaje que result贸 ser mi enemigo m谩s encarnizado, Rupert de W脿dischwyl. El duque lo recibi贸 con la m谩s marcada cortes铆a y atenci贸n; y en m谩s de una ocasi贸n me pareci贸 advertir que, de forma estudiada, se otorgaba la precedencia a mi adversario por encima de m铆. Mi naturaleza franca, aunque altiva, apenas pod铆a tolerar este sistema de menosprecio; y, adem谩s, me parec铆a que no har铆a sino representar al hip贸crita si compart铆a la misma copa con el hombre por quien sent铆a un odio mortal.

Resolv铆, por tanto, partir, y busqu茅 a Su Alteza para despedirme. Pareci贸 muy afligido por mi determinaci贸n y me inst贸 con vehemencia a declarar la causa de mi abrupta partida. Confes茅 con franqueza que el favor indebido que, a mi juicio, conced铆a a mi rival era el motivo.

—Me duele, profundamente me duele —dijo el duque, afectando un aire de gran pesar— que mi amigo —y ese amigo, el valiente Unspunnen— piense de m铆 de manera tan injusta; ¿me atrever茅 a a帽adir?, tan mezquina. No; ni siquiera en pensamiento lo he agraviado; y para probar mi sinceridad y mi inter茅s por su bienestar, sepa que no fue el azar lo que condujo a su adversario a mi corte. Viene a consecuencia de mi ardiente deseo de reconciliar a dos hombres a quienes tanto estimo, y cuyo valor y excelencia los sit煤an entre los m谩s brillantes ornamentos de nuestra favorecida tierra. Perm铆tame, pues —a帽adi贸, tomando mi mano y la de Rupert, que hab铆a entrado durante nuestra conversaci贸n—, perm铆tame tener la envidiable satisfacci贸n de reconciliar a dos hombres como ustedes y de poner fin a su antigua discordia. No pueden rechazar una petici贸n tan acorde con la santa fe que todos profesamos. Perm铆tame, entonces, ser ministro de paz; y sugerir que, como se帽al y confirmaci贸n de un acto que atraer谩 la bendici贸n del Cielo sobre todos nosotros, consienta en que nuestra santa Iglesia una en matrimonio a su c茅lebre y encantadora hija con el 煤nico hijo de Lord Rupert; cuyas virtudes —si los informes dicen verdad— lo convierten en alguien no indigno de su amor.
Una ira que, en un instante, pareci贸 convertir mi sangre en fuego y casi ahog贸 mi voz se apoder贸 de m铆.

—¡¿Qu茅?! —exclam茅—. ¡¿Qu茅?! ¿Cree usted que yo sacrificar铆a as铆, que arrojar铆a as铆 mi preciosa joya? ¿Que rebajar铆a as铆 a mi amada Ida? ¡No; por su santa madre, juro que antes de verla casada con el hijo de ese hombre, la consagrar铆a al claustro! M谩s a煤n: ¡preferir铆a verla muerta a mis pies antes que permitir que su pureza fuese mancillada por tal contaminaci贸n!
—¡Si no fuera por la presencia de Su Alteza! —grit贸 Rupert con furia—. ¡Su vida responder铆a al instante por este insulto! Le tendr茅 bien presente, mi lord; y si escapa a mi venganza, es usted m谩s que un hombre.
—En verdad, en verdad, mi Lord de Unspunnen —dijo el duque—, es usted demasiado arrebatado. Su pasi贸n ha nublado su raz贸n; y, cr茅ame, vivir谩 para arrepentirse de haber rechazado tan desde帽osamente mi amistosa propuesta.
—Puede juzgarme arrebatado, mi Lord Duque, y tal vez considerarme algo demasiado audaz por atreverme a decir la verdad en las cortes de los pr铆ncipes. Pero, puesto que mi lengua no puede articular aquello que mi coraz贸n no le dicta, y mi manera llana, aunque honesta, parece desagradarle, me retirar茅, con el permiso de Su Alteza, a mis propios dominios, de los que he estado ya demasiado tiempo ausente.
—Indudablemente, mi lord, tiene mi permiso —respondi贸 el duque con altivez, volvi茅ndose al mismo tiempo de m铆 con frialdad.

Trajeron mi caballo; lo mont茅 con tanta compostura como pude reunir, y respir茅 m谩s libremente cuando dej茅 el castillo muy atr谩s.

Durante el segundo d铆a de viaje llegu茅 ya a una vista cercana de mis propias monta帽as natales, y me sent铆 doblemente vigoroso al recibir sus puras brisas. Con todo, la cari帽osa ansiedad de un padre por su hija amada —y siendo esa hija su 煤nico tesoro— hac铆a que el camino pareciera doblemente largo. Pero, al acercarme a la vuelta del sendero que est谩 justo frente a mi castillo, casi dese茅 entonces que el camino se alargara; pues mi alegr铆a, mis esperanzas y mis temores se agolpaban en m铆 hasta casi ahogarme. «Unos pocos minutos m谩s —pens茅—, y entonces la verdad, mala o buena, me ser谩 revelada».

Cuando tuve mi morada por completo a la vista, todo parec铆a en paz; nada mostraba cambio alguno desde que la hab铆a dejado. Espole茅 mi caballo hacia la puerta; pero, al avanzar, me sorprendi贸 el absoluto silencio y la desolaci贸n de cuanto me rodeaba. No se ve铆a ni un sirviente ni un campesino en los patios; parec铆a como si los habitantes del castillo siguieran durmiendo.
«¡Cielo misericordioso! —pens茅—, ¿qu茅 puede presagiar este silencio? ¿Ha muerto ella, mi hija amada?».

No pude reunir el valor para hacer sonar la campana. Tres veces lo intent茅, y tres veces el pavor de conocer la terrible verdad me lo impidi贸. ¡Un instante, una palabra, incluso una se帽al, y pod铆a convertirme para siempre en un hombre desolado, sin hijos, miserable! ¡Nadie sino un padre puede sentir —o comprender en toda su medida— la agon铆a de esos momentos! ¡Nadie sino un padre puede describirlos como corresponde! Mi existencia parec铆a depender del aliento del primer transe煤nte; y mi mirada rehu铆a toda mirada ajena, temiendo tropezar con la de alg煤n otro.

Me sac贸 de aquel estado de inacci贸n mi fiel perro, que se lanz贸 hacia m铆 para darme la bienvenida con estruendosas caricias y profundas, sonoras manifestaciones de alegr铆a. Entonces el viejo portero, atra铆do por el ruido, acudi贸 a la puerta, que abri贸 al instante; pero, mientras se apresuraba a recibirme, advert铆 enseguida que alg煤n recuerdo repentino y doloroso frenaba su entusiasmo. Salt茅 de mi caballo con rapidez y entr茅 en el vest铆bulo. Todos los dem谩s criados acudieron entonces, excepto mi fiel administrador, Wilfred, que siempre hab铆a sido el primero en saludar a su se帽or.
—¿D贸nde est谩 mi hija? ¿D贸nde est谩 su se帽ora? —exclam茅 con ansiedad—. D铆ganme siquiera que vive. Pero no… esperen, esperen: un momento, un breve momento, ¡antes de decirme que estoy perdido para siempre!

El fiel Wilfred, que acababa de entrar en el vest铆bulo, se arroj贸 a mis pies; y, con l谩grimas rod谩ndole por las mejillas surcadas, me estrech贸 la mano con fervor y, vacilante, me inform贸 de que mi hija viv铆a; estaba bien, cre铆a 茅l, pero… hab铆a abandonado el castillo.
—Habla m谩s deprisa, viejo —dije, interrumpi茅ndolo con premura y pasi贸n—. ¿Qu茅 quieres decir? Mi hija vive; mi Ida est谩 bien, pero no est谩 aqu铆. ¿Acaso t煤 y mis vasallos han sido unos cobardes y han permitido que, en mi ausencia, despojen a mi castillo de su mayor tesoro? ¡Habla! ¡Habla con claridad, te lo ordeno!

—Con una angustia casi tan grande como la suya, mi amado se帽or, le doy a conocer la triste verdad de que su hija ha abandonado el techo paterno para convertirse en la esposa de Conrad, el hijo del Lord de W脿dischwyl.
—¡La esposa del hijo de Lord Rupert! ¡Mi Ida, la esposa del hijo de aquel cuyo solo nombre mi alma aborrece!

Mi ira ya no conoci贸 l铆mites; los tormentos del infierno parec铆an haber trastornado el curso de mi sangre. ¡En la locura de mi pasi贸n llegu茅 incluso a maldecir a mi propia y querida hija! S铆, peregrino: maldije a aquella a quien hab铆a idolatrado; por cuya sola causa la vida ten铆a para m铆 alg煤n encanto. ¡Oh, cu谩ntas veces desde entonces he intentado retirar esa maldici贸n! Y estas l谩grimas amargas, que ni siquiera ahora puedo contener, dan testimonio de cu谩n terrible ha sido mi arrepentimiento por aquel acto espantoso y antinatural.

Terribles fueron las imprecaciones que descargu茅 sobre mi enemigo; y profunda la venganza que jur茅. No s茅 a qu茅 extremos temibles me habr铆a arrastrado mi desenfrenada pasi贸n, si no hubiera, por su propio exceso, ca铆do sin sentido en brazos de mis criados. Cuando recobr茅 el conocimiento, me encontr茅 en mi alcoba y a Wilfred sentado cerca de m铆. Transcurri贸, sin embargo, alg煤n tiempo antes de que recuperara una clara memoria de los sucesos; y cuando la tuve, me pareci贸 como si una era de crimen y miseria me hubiese aplastado, dej谩ndome la lengua encadenada. Mis ojos vagaron involuntariamente hacia la parte de la estancia donde colgaba el retrato de mi hija. Pero el fiel anciano —que no lo hab铆a retirado, sin duda pensando que hacerlo me habr铆a ofendido— se las hab铆a ingeniado para ocultarlo colocando delante una pieza de armadura, como si hubiera ca铆do all铆 por accidente.

Muchos d铆as m谩s transcurrieron antes de que pudiera escuchar los pormenores de la fuga de mi hija; pormenores que, para no retenerlos por m谩s tiempo con mis penas, relatar茅 ahora brevemente. Result贸 que, impulsado por la fama de su belleza y por una curiosidad que —lo confieso— es muy natural en la juventud, Conrad de W脿dischwyl hab铆a intentado durante largo tiempo ver a mi Ida, pero en vano. Al fin, el azar lo favoreci贸. De camino a o铆r misa en nuestro monasterio vecino, la vio; y la vio solo para amarla. Su santa diligencia no le impidi贸 dirigirle la palabra; y bien sab铆a el villano de lengua melosa c贸mo ganarse el o铆do de alguien tan inocente y confiada como mi Ida. Demasiado pronto, ¡ay!, sus malditas lisonjas se abrieron paso hasta su coraz贸n sin mancha.

El afecto de mi hija por su padre era ilimitado, y gustosamente habr铆a sacrificado su vida por la m铆a. Pero cuando el amor se apodera del coraz贸n femenino, expulsa con demasiada rapidez a esos hu茅spedes m谩s severos: la raz贸n y el deber. Baste decir, pues, que fue conquistada e inducida a unirse a los W脿dischwyl antes de mi regreso, mediante el argumento astuto e insidioso de que yo ser铆a m谩s f谩cilmente persuadido de otorgarles mi perd贸n y mi bendici贸n cuando viera que el paso dado era irrevocable. Con casi igual arte aleg贸 tambi茅n que su uni贸n sanar铆a, sin duda, la brecha entre las familias de W脿dischwyl y Unspunnen y pondr铆a as铆 t茅rmino a ese odio mortal que mi dulce Ida, siempre intercesora de la paz, hab铆a condenado. Por esta sofister铆a tan plausible, mi pobre y extraviada hija fue inducida a arrancarse del coraz贸n de un padre amoroso para unirse a un enga帽ador sin principios, el hijo del enemigo m谩s encarnizado de ese padre.

El dolor de aquellos recuerdos venci贸 tanto a Burkhardt que transcurri贸 alg煤n tiempo antes de que pudiera dominar sus sentimientos; al fin prosigui贸:
—Mi alma parec铆a tener entonces un solo sentimiento: la venganza. Todas las dem谩s pasiones quedaron aniquiladas por esa pasi贸n dominante; y al instante me prepar茅, junto con mis vasallos, para castigar a ese peor que ladr贸n. Pero tal satisfacci贸n me fue negada (y ahora doy gracias a Dios); pues el duque de Z脿hringen pronto me dio causa memorable para recordar sus palabras de despedida. Tras unirse, con sus numerosos seguidores, al partido de mi rival, esos poderosos jefes invadieron de improviso mis dominios. Se entabl贸 una dura lucha contra fuerzas muy superiores. Pero al fin, aunque mis valientes servidores habr铆an querido prolongar la contienda desesperada, yo, resuelto a detener un derramamiento de sangre in煤til, dej茅 el campo a mis enemigos y, con el resto de mis fieles soldados, me apresur茅, en profunda mortificaci贸n, a sepultarme tras estos muros. Este humillante rev茅s impidi贸 toda posibilidad de reconciliaci贸n con mi hija, a quien ahora consideraba la causa de mi desgracia; y, en consecuencia, prohib铆 que su nombre siquiera se mencionara en mi presencia.

Los a帽os transcurrieron, y no tuve noticia de ella hasta que supe, por puro azar, que ella y su marido hab铆an abandonado su tierra natal. En total, han pasado ya m谩s de veinte —para m铆, largos, largu铆simos— a帽os desde su fuga; y aunque, cuando el tiempo trajo el arrepentimiento y mi ira y mi venganza cedieron a sentimientos mejores, hice todo lo posible por obtener noticias de mi pobre hija, todav铆a no he logrado descubrir el menor rastro de ella. La posibilidad de hacerlo se volvi贸, en efecto, m谩s dif铆cil por la muerte de mi fiel Wilfred, poco despu茅s de mi derrota, y por el car谩cter de su sucesor: un hombre de estricta integridad, pero de temperamento austero y modales 谩speros y poco accesibles. Aqu铆, pues, he vivido como un viejo viudo, sin hijos, con el coraz贸n roto. Pero al menos he aprendido a inclinarme ante las disposiciones de una Providencia sapient铆sima, que en su justicia me ha herido por haber albergado tan implacablemente esa pasi贸n funesta que la Santa Ley proh铆be con tanta claridad. ¡Oh, cu谩nto he anhelado ver a mi amada hija! ¡Cu谩nto he deseado estrecharla contra este coraz贸n marchito y agostado!

Con l谩grimas abrasadoras del arrepentimiento m谩s amargo he revocado aquellas maldiciones mortales que, en la plenitud de mi ira antinatural, me atrev铆 a proferir d铆a tras d铆a. Incesantemente fatigo ahora al Cielo con mis oraciones, para que borre todo recuerdo de aquellas imprecaciones fatales, o para que las deje caer sobre mi propia cabeza y derrame solo sus m谩s escogidas bendiciones sobre la de mi amada hija. Pero un temor, que me hiela las venas de horror, me persigue sin descanso: que las maldiciones que me atrev铆 a pronunciar en momentos de demon铆aca vindicta hayan sido, en castigo por mi impiedad, cumplidas.

A menudo, en mis sue帽os, contemplo a mi amada hija; pero su mirada est谩 siempre te帽ida de tristeza, y ella parece reprocharme, con suavidad aunque con profundo dolor, haberla arrojado de m铆 tan inhumanamente. Sin embargo, me temo que debi贸 de morir hace ya mucho tiempo; pues si viviera, no habr铆a cesado —creo— de procurar recuperar el afecto de un padre que una vez la am贸 con tanta ternura. Es cierto que al principio hizo muchos intentos por obtener mi perd贸n. M谩s a煤n: he sabido despu茅s que incluso se arrodill贸 en el umbral de mi puerta y suplic贸 lastimosamente que se le permitiera verme. Pero mis 贸rdenes hab铆an sido tan terminantes y, como ya he dicho, el administrador que hab铆a reemplazado a Wilfred era de una disposici贸n tan severa e inflexible que, justa y leg铆tima como era aquella 煤ltima petici贸n suya, se le neg贸 con insensibilidad. ¡Cielo eterno! Ella, a quien yo hab铆a amado quiz谩 como ning煤n padre am贸 jam谩s; ella, a quien vigilaba con solicitud casi a cada hora, para que la ruda brisa del invierno no la helara o el calor del verano no la abrasara; ella, a quien cuid茅 enferma durante tantas noches interminables con la devoci贸n de una madre y m谩s que la solicitud de una madre; incluso ella, la 煤nica hija de mi amada Agnes, el ansioso objeto de los 煤ltimos momentos de su vida, ¡fue rechazada de mi puerta! ¡De esta puerta de la que ning煤n necesitado se marcha sin alivio, y donde hasta el mendigo encuentra descanso!

Y ahora, cuando bendecir铆a los labios que siquiera pudieran decirme: «ella vive», no logro reunir en ninguna parte la m谩s m铆nima noticia de mi hija. ¡Ah! Si hubiese escuchado la voz de la raz贸n, si no hubiera permitido que mis mejores sentimientos fueran dominados por las pasiones m谩s salvajes y crueles, podr铆a haberla visto a ella —y tal vez a sus hijos— felices a mi alrededor, alegrando el ocaso de mi vida. Y cuando llegara mi 煤ltima hora, ellos habr铆an cerrado mis ojos en paz y, con dolor sincero, habr铆an elevado cada d铆a al Cielo sus oraciones inocentes por el descanso eterno de mi alma; en lugar de los mercenarios que ahora ejecutar谩n la parodia del duelo y me llevar谩n, impacientes, a una tumba solitaria, no llorada, sin honores. A esos hijos tambi茅n habr铆a descendido la herencia que, a mi muerte, debe recaer en un completo extra帽o que ni siquiera lleva mi nombre.

Ya conocen, peregrinos, la causa de mi dolor; y veo, por las l谩grimas que han derramado tan abundantemente, que de veras compadecen al ser desolado que tienen ante ustedes. Recu茅rdenlo, pues, a 茅l y a sus penas en sus oraciones; y cuando se arrodillen ante el santuario al que se dirigen, no olviden esas penas.

El peregrino mayor intent贸 en vano responder: el exceso de sus sentimientos ahogaba su voz. Al fin, arroj谩ndose a los pies de Burkhardt y despoj谩ndose de su h谩bito de peregrino, exclam贸 con dificultad:
¡Vea aqu铆 al hijo de Ida, y contemple en mi joven compa帽era a la hija de Ida! S铆: ante usted se arrodillan los hijos de aquella a quien tanto lamenta. Vinimos a suplicar ese perd贸n, ese amor, que tem铆amos nos ser铆an negados. Pero, gracias a Dios, que ha ablandado su coraz贸n, solo nos resta implorar que nos permita emplear nuestros pobres esfuerzos en aliviar sus penas y hacer m谩s luminosos y alegres sus a帽os declinantes.

Con una sorpresa convulsa y agitada, Burkhardt los mir贸 fijamente. Le parec铆a que ten铆a ante s铆 una hermosa visi贸n, que tem铆a que hasta un soplo pudiera disipar. Pero cuando se asegur贸 de que no estaba bajo el influjo de ninguna ilusi贸n, el tumulto de sus sentimientos lo venci贸 y cay贸 sin sentido sobre el cuello del peregrino mayor. Este, con la ayuda de su hermana, alz贸 r谩pidamente al anciano y, con sus esfuerzos combinados, lograron devolverlo al conocimiento en poco tiempo. Pero cuando Burkhardt vio a la peregrina m谩s joven —la viva imagen de su Ida perdida— inclinada sobre 茅l con la solicitud m谩s ansiosa y tierna, crey贸 que la muerte hab铆a puesto fin a todos sus sufrimientos terrenales y que el Cielo se hab铆a abierto ya ante su vista.

—¡Gran Dios! —exclam贸 al fin—. ¡Soy indigno de estas tus misericordias! ¡Conc茅deme recibirlas como debo! No necesito pedir —a帽adi贸 tras una pausa, estrechando a los peregrinos contra su pecho— confirmaci贸n de lo que dicen ni de la alegr铆a que siento. Todo, todo me dice que son los hijos de mi amada Ida. Digan, pues: ¿ha muerto su madre? ¿O puedo a煤n esperar estrecharla una vez m谩s contra mi coraz贸n?

El peregrino mayor, cuyo nombre era Hermann, le manifest贸 entonces que hab铆an pasado dos a帽os desde que su madre hab铆a exhalado el 煤ltimo suspiro en sus brazos. Su postrera oraci贸n fue que el Cielo la perdonara por el dolor causado a su padre y se abstuviera de hacer caer el castigo de su propio error sobre la cabeza de sus hijos. A帽adi贸 despu茅s que su padre hab铆a muerto hac铆a muchos a帽os.

—Mi madre —continu贸 Hermann, sacando de su pecho un peque帽o paquete sellado— me orden贸, en su lecho de muerte, que le entregara esto en sus propias manos. «Hijo m铆o —dijo—, cuando yo muera, si mi padre a煤n vive, arr贸jate a sus pies y no cejes en tus s煤plicas hasta arrancarle la promesa de que leer谩 esta oraci贸n. Le har谩 conocer un arrepentimiento que quiz谩 lo mueva a retirar su maldici贸n; y as铆 har谩 que la tierra pese levemente sobre todo lo que pronto quedar谩 de su Ida, a quien una vez am贸. P铆ntale las horas de angustia que incluso tus tiernos a帽os han presenciado. C谩nsalo, hijo m铆o, con tus ruegos; no los abandones hasta que le hayas arrancado su perd贸n».

»Como puede suponer, me compromet铆 solemnemente a cumplir el encargo de mi madre; y tan pronto como nuestro dolor por la p茅rdida de un ser tan querido y tan tierno nos lo permiti贸, mi hermana y yo resolvimos, con estos h谩bitos de peregrino, venir a su castillo y, por medios graduales, intentar ganar su afecto, si lo encontr谩bamos a煤n implacable y poco dispuesto a escuchar su s煤plica

—¡Alabado sea ese Dios, hijo m铆o —dijo Burkhardt—, a cuyo mandato brotan las aguas de la roca est茅ril, pues ha ordenado que vuelvan a manar corrientes de amor y arrepentimiento de mi coraz贸n, antes 谩rido y pedregoso! Pero no demoremos en abrir este triste memorial de las penas de su madre. Quiero que ustedes, hijos m铆os, lo escuchen, para que oigan tanto su exculpaci贸n como sus agravios.

Burkhardt ocult贸 el rostro entre las manos y permaneci贸 unos instantes luchando con vehemencia contra sus sentimientos. Al fin rompi贸 el sello y, con una voz que por momentos estuvo a punto de quebrarse, ley贸 en voz alta su contenido:
«Mi amado padre: si a煤n me es permitido dirigirme a usted con ese nombre cari帽oso, sintiendo que mis tristes d铆as est谩n ya contados, hago este 煤ltimo esfuerzo —antes de que me fallen las fuerzas— para obtener al menos su piedad por aquella a quien una vez tanto am贸, y para suplicarle que retire esa maldici贸n que ha pesado demasiado sobre mi coraz贸n. En verdad, padre m铆o, no soy del todo esa miserable culpable que usted cree. No imagine que, descuidando todo v铆nculo de deber y gratitud, yo habr铆a podido abandonar al m谩s tierno de los padres en su hogar, viudo y solitario, y unirme al hijo de su enemigo jurado, si no hubiera esperado —con ternura, con el mayor ardor; m谩s a煤n, si no hubiera abrigado la idea casi como una certeza— que usted, al saber que yo era ya esposa, habr铆a perdonado pronto una falta que solo el temor a su negativa a nuestra uni贸n me tent贸 a cometer. Cre铆a firmemente que mi esposo habr铆a compartido entonces conmigo el amor de mi padre y habr铆a tenido, junto con su hija, la grata tarea de velar por su felicidad y su bienestar. Pero ni por un instante imagin茅 que estaba hiriendo de manera irreparable el coraz贸n de ese padre. Mi juventud y el ardor de las persuasiones de mi esposo deben alegar alguna atenuaci贸n de mi falta.

»El d铆a en que supe que usted hab铆a pronunciado contra m铆 aquella maldici贸n fatal y su firme determinaci贸n de no admitirme jam谩s de nuevo a su presencia, qued贸 grabado con caracteres indelebles en mi memoria. En ese momento pareci贸 como si el Cielo me hubiera abandonado, como si me hubiera se帽alado para su reprobaci贸n, ¡como a una parricida! Mi mente y mi coraz贸n parec铆an arder, mientras mi sangre se helaba en las venas. El fr铆o de la muerte se arrastr贸 por cada miembro, y mi lengua rehus贸 toda palabra. Habr铆a llorado, pero la fuente de las l谩grimas se sec贸 dentro de m铆.

»Cu谩nto tiempo permanec铆 en ese estado no lo s茅, pues al fin ca铆 inconsciente y as铆 permanec铆 durante algunos d铆as. Al recobrar la plena conciencia de mi desdicha, habr铆a corrido al instante a su morada y me habr铆a arrojado a sus pies para arrancarle —si era posible— el perd贸n de mi crimen; pero mis miembros eran incapaces de moverse. Pronto supe tambi茅n que las cartas que dict茅 fueron devueltas sin abrir; y mi marido acab贸 inform谩ndome de que todos sus esfuerzos por verlo hab铆an sido completamente infructuosos.

»Sin embargo, en cuanto recuper茅 fuerzas suficientes, fui al castillo; pero, por desgracia para m铆, justo al entrar me encontr茅 con un hombre severo, para quien mi persona no era desconocida, y al instante me dijo que ser铆a in煤til todo intento de ver a su se帽or. Recurr铆 a ruegos y s煤plicas; incluso me arrodill茅 ante 茅l sobre la tierra desnuda. Pero, lejos de escucharme, me condujo hasta la puerta y, en mi presencia, despidi贸 al viejo portero que me hab铆a admitido y que despu茅s sigui贸 mi suerte hasta la hora de su muerte. Al ver que todos mis intentos eran desesperados, y que varios de los antiguos sirvientes hab铆an sido despedidos por mi causa, con el coraz贸n completamente roto, me rend铆 a mi destino y abandon茅 todo intento ulterior.

»Tras el nacimiento de mi hijo —a cuya fidelidad y amor conf铆o este triste memorial— mi esposo, que con la m谩s tierna solicitud emple贸 todos los medios a su alcance para distraer mi melancol铆a, habiendo heredado una valiosa propiedad en Italia, me persuadi贸 de trasladarnos a ese pa铆s favorecido y hermoso. Pero ni las cari帽osas atenciones de mi amado Conrad, ni el brillante sol y las brisas voluptuosas de aquella regi贸n de maravillas pudieron vencer un pesar tan hondamente arraigado como el m铆o; y pronto descubr铆 que el alegre jard铆n de Europa ten铆a para m铆 menos encantos que mi propia y querida tierra natal, con sus oscuras monta帽as cubiertas de pinos.

»Poco despu茅s de llegar a Roma, di a luz una hija; acontecimiento al que sigui贸 demasiado pronto la muerte de mi afectuoso esposo. La necesidad de una atenci贸n constante hacia mi hija peque帽a alivi贸, en cierta medida, la intensa angustia que sufr铆 por esa p茅rdida tan amarga. No obstante, en lo m谩s hondo de este dolor que casi desbordaba mi coraz贸n, ¡solo el Cielo sabe cu谩ntas veces y con qu茅 remordimiento, mientras me inclinaba sobre mis propios hijos enfermos, recordaba la ansiosa ternura con que el m谩s tierno y mejor de los padres sol铆a velar por m铆!

»Luch茅 largo tiempo y con dolor contra mis sentimientos, y a menudo rogu茅 a Dios que me conservara la vida para poder instruir a mis hijos en su santo amor y temor, y ense帽arles a expiar el error de su madre. Mi oraci贸n ha sido o铆da con misericordia; el don que supliqu茅 me ha sido concedido. Conf铆o, padre m铆o, en que si estos ni帽os fueran admitidos a su afecto, encontrar谩 en ellos a dos benditos intercesores de su perd贸n, cuando plazca al Cielo llamar a su hija a rendir cuentas ante aquel tribunal terrible donde la maldici贸n de un padre alegar谩 tan espantosamente contra ella. Retire entonces, ¡oh, amado padre!, retire su terrible maldici贸n de su pobre Ida arrepentida, y env铆e su bendici贸n, como un 谩ngel de misericordia, para abogar por mi descanso eterno. ¡Adi贸s, padre m铆o, para siempre! ¡Para siempre, adi贸s! Por la cruz cuyo emblema besan ahora mis labios febriles, por Aquel que en su infinita misericordia colg贸 de ella, su hija, su Ida —a quien una vez am贸 tanto— le implora, le suplica que no la deje rogar en vano».

—¡Hija m铆a, hija m铆a! —solloz贸 Burkhardt, mientras la carta ca铆a de su mano—. ¡Que el Padre de Todos me perdone tan libremente como yo, desde lo m谩s hondo de mi coraz贸n desgarrado, te perdono! ¡Ojal谩 tu padre arrepentido hubiera podido estrecharte contra su pecho; asegurarte con sus propios labios su afecto; y enjuagar las l谩grimas de dolor de tus ojos! Pero guardar谩 estos amados recuerdos tuyos y los custodiar谩 con m谩s celo que su propia vida.

Burkhardt pas贸 todo el d铆a siguiente en su alcoba, a la que solo tuvo acceso el buen padre Jerome, pues los acontecimientos del d铆a anterior hac铆an absolutamente necesario un largo reposo. A la ma帽ana siguiente, sin embargo, entr贸 en el sal贸n, donde Hermann e Ida lo esperaban con impaciencia. Su rostro p谩lido a煤n mostraba hondas huellas de la agitaci贸n padecida; pero, tras besar a sus hijos con el mayor cari帽o, colg贸 sonriendo del cuello de Ida una maciza cadena de oro, ricamente labrada, de la que pend铆a un manojo de llaves.

—Debemos instalar debidamente a nuestra Se帽ora del Castillo —dijo— e investirla con las atribuciones que le corresponden. Pero… ¡escuchen! Por el sonido del cuerno del portero, parece que nuestra anfitriona tendr谩 temprano quienes apelen a su hospitalidad. ¿A qui茅n tenemos aqu铆? —prosigui贸, asom谩ndose a la avenida—. Por San Huberto, se acerca un caballero gallardo y bien dispuesto, que ser谩 muy bienvenido… eso es, si mi se帽ora lo aprueba. Bien, Willibald, ¿qu茅 traes? ¿Una carta de nuestro buen amigo, el abad de St. Anselm? ¿Qu茅 dice?

«Estoy seguro de que no negar谩 su bienvenida a un joven caballero que, de regreso a su hogar desde las guerras del emperador, pasa por su castillo. Me es bien conocido, y puedo dar fe de que es un hu茅sped digno de su hospitalidad, la cual no le ser谩 otorgada con menor liberalidad porque no goza de las doradas sonrisas de la fortuna».

—No, no; eso no ocurrir谩, mi buen amigo; y si la fortuna le frunce el ce帽o, ser谩 doblemente bienvenido. Tr谩elo aqu铆 al instante, buen Willibald.

El administrador se apresur贸 a introducir al desconocido, que avanz贸 hacia el sal贸n con un aire modesto, aunque varonil. Deb铆a de tener unos veinticinco a帽os; su persona era tal que bien podr铆a ocupar un lugar nada desde帽able en los sue帽os de una joven doncella.

—Se帽or caballero —dijo Burkhardt, tom谩ndolo cordialmente de la mano—, sea usted bienvenido a mi castillo y al humilde agasajo que pueda ofrecerle. Hemos de hacerle olvidar sus heridas y el trato rudo de la vida del soldado. Pero… un momento: ya descuido mi deber al no presentar primero a nuestra anfitriona —a帽adi贸 el anciano caballero, presentando a Ida—. A decir verdad —continu贸—, a juzgar por la sonrisa ruborizada de mi se帽ora, no parece que se encuentren por primera vez. ¿Acierto en mi conjetura?

—Nos hemos visto, se帽or —respondi贸 Ida, con tal confusi贸n que suger铆a, de forma agradable, que aquel encuentro no era recordado con indiferencia—, en el locutorio de la abadesa de las Ursulinas, en Munich, adonde a veces he ido a visitar a una amiga muy querida.

—La abadesa —dijo el joven caballero— era mi prima; y mi buena fortuna, m谩s de una vez, me concedi贸 la dicha de ver a esta dama en su convento. Pero poco esperaba que, entre estas monta帽as, la diosa voluble favoreciera de nuevo a un vagabundo sin hogar.

—Bien, se帽or caballero —respondi贸 Burkhardt—, confiamos en que la fortuna haya sido igualmente favorable con nosotros. Y ahora nos tomaremos la libertad de preguntarle su nombre; y luego, sin ceremonia in煤til y tediosa, por parte nuestra y de nuestra anfitriona, le daremos nuevamente una cordial bienvenida.

—Mi nombre —dijo el desconocido— es Walter de Blumfeldt; aunque humilde, jam谩s ha sido deshonrado; y, con la bendici贸n del Cielo, espero legarlo tan honrado como lo he recibido.

Semanas, meses, transcurrieron, y Walter de Blumfeldt segu铆a siendo hu茅sped del Lord de Unspunnen; hasta que, por sus virtudes y por las muchas excelentes cualidades que d铆a tras d铆a se manifestaban con mayor claridad, se fue enredando en el coraz贸n de Burkhardt, cuya vida ya aleccionada lo hab铆a vuelto particularmente sensible a los sentimientos m谩s benignos. Con frecuencia declaraba entonces, con l谩grimas en los ojos, que deseaba poder convencer a todos y cada uno de aquellos con quienes sus antiguas costumbres lo hab铆an enemistado de cu谩nto los perdonaba de veras y de cu谩nto anhelaba su perd贸n.

—¡Ojal谩 —dijo un d铆a, aludiendo a esto— hubiera podido encontrarme con mi antiguo enemigo, el duque de Z芒hringen, y con un gozo y una alegr铆a verdaderamente sinceros abrazarlo y contarlo entre mis amigos! Pero 茅l se ha reunido con sus padres, y no s茅 si ha dejado a alguien para llevar sus honores.

Cada vez que Walter se ofrec铆a a partir, Burkhardt hallaba alg煤n pretexto para retenerlo; pues le parec铆a que, al separarse de su joven hu茅sped, perder铆a un eslab贸n de la cadena que la buena fortuna le hab铆a tejido tan recientemente. Hermann, tambi茅n, amaba a Walter como a un hermano; e Ida habr铆a querido convencerse de que lo amaba como lo amar铆a una hermana… pero su coraz贸n le dec铆a con mayor claridad lo que su razonamiento m谩s fr铆o procuraba ocultar. Unspunnen, que desde hac铆a tiempo percib铆a el naciente afecto entre Walter e Ida, no se disgust贸 al descubrirlo, pues hab铆a dejado hac铆a ya mucho de codiciar riquezas y hab铆a aprendido a valorar el m茅rito s贸lido del joven caballero, que respond铆a plenamente a los altos t茅rminos en que el prior de St. Anselm hablaba siempre de 茅l.

Cierta tarde, mientras caminaba bajo la sombra de aquella misma avenida donde por primera vez hab铆a encontrado a Hermann e Ida, vio a esta 煤ltima, a poca distancia, conversando con Walter. Era evidente para Burkhardt que el joven caballero no hablaba a un o铆do muy reacio, pues Ida se mostraba por completo indiferente a la fuerte tos de la que Burkhardt decidi贸, en ese instante, verse acometido; y no repar贸 en 茅l hasta que exclam贸, o m谩s bien vocifer贸:
—¿Sabes, Walter, que bajo esta misma avenida dos peregrinos, de camino a alg煤n santo santuario, me abordaron cierta vez? Pero, por compasi贸n a mis pecados y a mi condici贸n desolada, trocaron su viaje penitencial por un acto de mayor caridad, y desde entonces han permanecido aqu铆 para prodigar sus cuidados a un pariente anciano e indefenso, demasiado poco digno de su amor. Uno de ellos, sin embargo, est谩 ahora por abandonar mi casa para recorrer lo que resta de la peregrinaci贸n de esta vida junto a una compa帽era: la hermosa hija del bar贸n de Leichtfeldt; dejando as铆 a la pobre peregrina restante para lidiar sola con las tormentas del mundo, con la 煤nica y tediosa compa帽铆a de un viejo. Dime, se帽or caballero: ¿permitir谩 tu valor que se cometa tal agravio, o te encargar谩s de conducir a esta peregrina abandonada y guiarla por los variados senderos de esta vida mudable? Veo, por la humildad con que te inclinas y el color que te sube a las mejillas, que no hablo con alguien insensible al ruego de un anciano. Pero calma, calma, se帽or caballero: mi Ida a煤n no ha sido canonizada y no puede permitirse perder una mano, cosa que inevitablemente ocurrir谩 si sigues apret谩ndosela con tan ardiente devoci贸n. ¿Y qu茅 dice nuestra peregrina? ¿Acepta tu gu铆a y tu servicio, se帽or caballero?

Ida, apenas capaz de sostenerse en pie, se arroj贸 al cuello de Burkhardt. No levantaremos el velo que cubre el momento solemne que hace a un hombre —seg煤n cree— feliz o miserable para siempre. Baste decir que el d铆a que hizo a Hermann esposo de la hija del bar贸n de Leichtfeldt vio tambi茅n a Ida convertirse en esposa de Walter de Blumfeldt.

Seis meses hab铆an pasado con rapidez para los dichosos habitantes de Unspunnen; y Burkhardt parec铆a casi haber rejuvenecido: tales maravillas obraba en 茅l la tranquilidad que ahora reinaba en su esp铆ritu. Fue, por tanto, de los m谩s activos y adelantados en los preparativos necesarios, cuando Walter sugiri贸 que celebraran el cumplea帽os de Ida en un retiro predilecto de ambos. El lugar elegido era un hermoso prado, frente al cual serpenteaba un peque帽o r铆o cristalino —o, m谩s propiamente, un arroyo—; y detr谩s se alzaba un magn铆fico anfiteatro de 谩rboles, cuyas ramas extendidas proyectaban una sombra refrescante sobre la hierba ricamente esmaltada.

En aquel bello retiro estaban Burkhardt, Walter y su Ida pasando las bochornosas horas del mediod铆a con esa efusi贸n de alegr铆a que solo conocen los corazones despreocupados, cuando Walter, que ven铆a relatando algunas aventuras de la corte del Emperador y la magnificencia de los torneos, volvi茅ndose hacia su esposa, dijo:
—¿Pero de qu茅 sirve toda esa pompa, mi Ida? ¡Qu茅 felices somos en este valle apacible! No envidiamos a pr铆ncipes ni a duques sus palacios ni sus estados. Estos bosques, estos claros, valen m谩s que todos los jardines r铆gidamente recortados del Emperador y del gran monarca de Francia. ¿Qu茅 dices, mi Ida? ¿Soportar铆as la ceremonia de una corte y el orgullo de la realeza? Me parece que hasta la corona de una duquesa sustituir铆a mal la guirnalda de rosas sonrosadas sobre tu cabeza.

—Con calma, mi buen esposo —respondi贸 Ida riendo—; dicen, ya sabes, que una mujer ama demasiado estas vanidades en su coraz贸n como para despreciarlas de veras. ¿C贸mo puedes esperar entonces que una mortal tan fr谩gil como tu pobre esposa las tenga en poco? En verdad, creo —a帽adi贸, asumiendo un aire de dignidad burlesca— que yo ser铆a una duquesa muy altiva y llevar铆a mi corona con la gracia m谩s apropiada. Y ahora que lo pienso, Walter, recuerdo que hoy has prometido, como fiel y gallardo caballero, concederme cualquier favor que yo pida. De rodillas, pues, suplico humildemente que, si conoces alg煤n hechizo o ardid m谩gico para hacer de m铆 una princesa o una duquesa por un solo d铆a, pongas al instante tu arte en pr谩ctica; solo para que yo pueda averiguar con cu谩nta —o con cu谩n poca— dignidad sabr铆a sostener tales honores. No es cosa dif铆cil, se帽or caballero: no tienes m谩s que llamar en tu ayuda a alg煤n duendecillo, o a alg煤n otro diestro artesano de los bosques. Responde, esposo caballer铆simo, pues tu desolada esposa no se levantar谩 hasta que su ruego sea concedido.

—Vaya, Ida; en verdad has pedido un favor raro —respondi贸 Walter—, y hallar c贸mo concederlo bien podr铆a quebrarme la cabeza hasta enloquecer con el intento. Pero… veamos, veamos —prosigui贸, pensativo—: ¡ya lo tengo! Ven aqu铆, amor: aqu铆 est谩 tu trono —dijo, coloc谩ndola sobre una suave elevaci贸n ricamente cubierta de fragante tomillo silvestre y delicadas campanillas—; los reyes podr铆an envidiarte ahora el incienso que se te ofrece. Y usted, noble se帽or —a帽adi贸, dirigi茅ndose a Burkhardt—, debe permanecer a su lado como principal consejero. Ah铆 tiene a sus servidores: mire ese alto roble; 茅l ser谩 el heraldo de Su Alteza; y aquellos esbeltos serbales de monta帽a, sus fieles pajes.

—Este es un pobre cumplimiento de la tarea que has emprendido, Se帽or farsante —dijo Ida con juguetona y p铆cara afectaci贸n de decepci贸n.

—Tenga paciencia un breve momento, bella dama —respondi贸 Walter riendo—; pues ahora debo despertar a los hombres de armas de Su Alteza.

Y, tomando de su costado un cuerno de plata, hizo sonar con fuerza la melodiosa diana. Apenas retir贸 el instrumento de sus labios, una trompeta respondi贸 con un llamado estremecedor; y, antes de que se extinguieran sus 煤ltimas notas, surgi贸 de entre los bosques —como si los mismos 谩rboles estuvieran dotados de vida— una tropa de jinetes, seguida de un cuerpo de arqueros a pie. Apenas hab铆an salido por completo cuando aparecieron numerosos campesinos, hombres y mujeres, con sus mejores galas; y, junto con los jinetes y los arqueros, se alinearon r谩pida y pintorescamente ante la asombrada Ida, que ya hab铆a abandonado su trono y se aferraba al brazo de Walter. De pronto se abrieron en dos, y avanzaron doce pajes con ropas ricamente blasonadas. Tras ellos ven铆an seis muchachas cuyas formas y rasgos habr铆an envidiado las Gracias, llevando dos coronas sobre cojines bordados. Cerrando la comitiva, apoy谩ndose en el b谩culo abacial, caminaba el venerable abad de St. Anselm, con la barba blanca cay茅ndole casi hasta el c铆ngulo y una mirada tan benigna —reveladora del alma pura que daba vida a unos ojos cuyo brillo setenta a帽os apenas hab铆an apagado— que a Ida le pareci贸 un ser de otro mundo.

Las j贸venes se adelantaron entonces y, arrodill谩ndose ante Walter y su esposa, ofrecieron las coronas. Ida, que hab铆a permanecido casi sin aliento de asombro, apenas pudo articular:
—Querido, querido Walter… ¿qu茅 es toda esta pompa? ¿Qu茅… qu茅 puede significar?
—¿Significar? —respondi贸 su esposo—. ¿No me pediste que te hiciera duquesa? No he hecho m谩s que obedecer tus elevados mandatos, y ahora te saludo: ¡duquesa de Z芒hringen!

Toda la multitud hizo resonar los bosques con la aclamaci贸n:
—¡Viva el duque y la duquesa de Z芒hringen!

Walter, tras gozar por unos instantes del asombro indecible de Ida, ahora sin aliento, y de la sorpresa menos visible —pero quiz谩 igualmente intensa— de Burkhardt, se volvi贸 hacia este 煤ltimo y dijo:
—Padre m铆o, m谩s que padre: ve en m铆 al hijo de tu otrora implacable enemigo, el duque de Z盲hringen. Hace muchos a帽os que 茅l se reuni贸 con sus mayores, y yo, como su 煤nico hijo, he heredado su t铆tulo y sus vastas posesiones. Mi coraz贸n y mi libertad se perdieron por completo en el locutorio de la abadesa de las Ursulinas. Pero cuando supe de qui茅n era hija mi Ida y conoc铆 tu triste historia, resolv铆, antes de hacerla m铆a, ganarme no solo su amor, sino tambi茅n tu favor y tu estima. De cu谩n bien lo he logrado es testigo este peque帽o c铆rculo m谩gico en el dedo de mi Ida. Y no ser谩 poca cosa para tu dicha saber que mi padre pas贸 muchos a帽os arrepentido de los agravios que te hizo y, para expiarlos en lo posible, confi贸 la educaci贸n de su hijo al cuidado de mi mejor amigo, el abad de St. Anselm, a fin de que yo aprendiera a evitar los errores en que mi padre, por desgracia, cay贸. Y ahora —prosigui贸, avanzando y conduciendo a Ida hacia el abad— solo me resta rogar tu bendici贸n, y que esta dama, a quien por la bondad del Cielo me glor铆o de llamar mi esposa, sea investida con las insignias del rango que tan dignamente sabr谩 honrar.

Walter —o, como debemos llamarlo ahora, el duque de Z芒hringen— se arrodill贸 entonces con Ida ante el venerable abad, mientras el santo var贸n, con l谩grimas en los ojos, invocaba sobre ellos las bendiciones del Cielo. Su Alteza se incorpor贸 despu茅s, tom贸 una de las coronas y, coloc谩ndola sobre la cabeza de Ida, dijo:
—Que seas tan feliz bajo esta corona resplandeciente como lo fuiste bajo la capucha rojiza con la que te vi por primera vez.
—¡Dios y Nuestra Se帽ora me asistan! —respondi贸 Ida, conmovida—, y que 脡l me conceda llevarla con igual humildad. No obstante, dicen que bajo una corona brotan espinas.
—Cierto, amada m铆a —dijo el duque—, y tambi茅n brotan bajo la humilde gorra del campesino. Pero la rica alquimia de las virtudes de mi Ida convertir谩 siempre todas las espinas en las joyas m谩s brillantes de su diadema.

(1837)

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