La ciudad - Hermann Hesse - Amantes de la literatura

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7.23.2026

La ciudad - Hermann Hesse


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—¡Esto marcha! —exclam贸 el ingeniero cuando por el tramo de v铆a tendido apenas el d铆a anterior lleg贸 ya el segundo tren, cargado de gente, carb贸n, herramientas y v铆veres. La pradera resplandec铆a suavemente bajo la luz dorada del sol, y en el horizonte, azulado por la bruma, se alzaba el alto macizo cubierto de bosques. Perros salvajes y b煤falos de la pradera, at贸nitos, contemplaron c贸mo el trabajo y el bullicio irrump铆an en aquella soledad, c贸mo en la verde campi帽a aparec铆an manchas de carb贸n y ceniza, de papel y hojalata. El primer cepillo de carpintero lanz贸 su chirrido a trav茅s del paisaje sobresaltado, tron贸 el primer disparo de fusil y su estruendo rod贸 hasta perderse por las monta帽as, y el primer yunque reson贸 con un timbre claro bajo r谩pidos martillazos. Se levant贸 una casa de hojalata. Al d铆a siguiente se levant贸 una de madera; despu茅s, otras, nuevas cada d铆a, y pronto tambi茅n de piedra. Los perros salvajes y los b煤falos se alejaron, la comarca se amans贸 y se hizo f茅rtil. Ya en la primera primavera ondulaban llanuras cubiertas de verdes cultivos; se alzaban granjas, establos y cobertizos, y los caminos atravesaban el territorio agreste.

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La estaci贸n qued贸 terminada e inaugurada, y tambi茅n el edificio del gobierno y el banco. En las cercan铆as surgieron varias ciudades hermanas, apenas unos meses m谩s j贸venes. Llegaron trabajadores de todo el mundo, campesinos y gente de ciudad; llegaron comerciantes y abogados, predicadores y profesores. Se fundaron una escuela, tres comunidades religiosas y dos peri贸dicos. Al oeste se descubrieron pozos de petr贸leo, y la joven ciudad entr贸 en una 茅poca de gran prosperidad. Un a帽o m谩s, y ya hab铆a carteristas, proxenetas, ladrones, un gran almac茅n, una liga antialcoh贸lica, un sastre parisino y una cervecer铆a b谩vara. La competencia de las ciudades vecinas aceleraba el ritmo. Nada faltaba, desde los discursos electorales hasta las huelgas, desde las salas de cine hasta la sociedad espiritista. En la ciudad se consegu铆an vinos franceses, arenques noruegos, salchichas italianas, telas inglesas y caviar ruso. Cantantes, bailarines y m煤sicos de segunda categor铆a ya inclu铆an la ciudad en sus giras.

Y poco a poco lleg贸 tambi茅n la cultura. La ciudad, que al principio no hab铆a sido m谩s que un asentamiento, empezaba a convertirse en una patria. Hab铆a all铆 una manera de saludarse, una forma de inclinar la cabeza al cruzarse, que se distingu铆a sutil y delicadamente de las de otras ciudades. Los hombres que hab铆an participado en la fundaci贸n gozaban de respeto y simpat铆a, y de ellos emanaba un discreto halo de nobleza. Creci贸 una nueva generaci贸n para la cual la ciudad era ya una antigua patria, casi eterna. El tiempo en que all铆 hab铆a resonado el primer martillazo, se hab铆a cometido el primer asesinato, se hab铆a celebrado el primer oficio religioso y se hab铆a impreso el primer peri贸dico quedaba muy atr谩s: ya era historia.

La ciudad se hab铆a erigido en se帽ora de las ciudades vecinas y en capital de una extensa regi贸n. A lo largo de calles anchas y luminosas, donde en otro tiempo, junto a montones de ceniza y charcos, se hab铆an levantado las primeras chozas de tablas y hojalata, se alzaban solemnes y venerables edificios p煤blicos y bancos, teatros e iglesias. Los estudiantes caminaban sin prisa hacia la universidad y la biblioteca, las ambulancias avanzaban en silencio hacia las cl铆nicas, y la gente reconoc铆a y saludaba el coche de un diputado. Cada a帽o, en veinte enormes escuelas de piedra y hierro, se celebraba con cantos y conferencias el aniversario de la fundaci贸n de la famosa ciudad. La antigua pradera estaba cubierta de campos, f谩bricas y pueblos, y la cruzaban veinte l铆neas ferroviarias. Las monta帽as parec铆an haberse acercado, y un ferrocarril de monta帽a penetraba hasta el coraz贸n de sus desfiladeros. All铆, o lejos, junto al mar, ten铆an los ricos sus casas de verano.

Cien a帽os despu茅s de su fundaci贸n, un terremoto derrib贸 casi toda la ciudad. Esta volvi贸 a levantarse: todo lo que hab铆a sido de madera se hizo de piedra, todo lo peque帽o se volvi贸 grande y todo lo estrecho, amplio. La estaci贸n era la mayor del pa铆s y la bolsa, la mayor de todo el continente. Arquitectos y artistas adornaron la ciudad rejuvenecida con edificios p煤blicos, jardines, fuentes y monumentos. A lo largo de aquel nuevo siglo, la ciudad adquiri贸 fama de ser la m谩s hermosa y rica del pa铆s, y un lugar digno de admiraci贸n. Pol铆ticos, arquitectos, t茅cnicos y alcaldes de ciudades extranjeras llegaban para estudiar sus edificios, su sistema de abastecimiento de agua, su administraci贸n y otras instalaciones. Por entonces comenz贸 la construcci贸n del nuevo palacio municipal, uno de los edificios m谩s grandes y magn铆ficos del mundo. Y como aquella 茅poca de riqueza naciente y orgullo ciudadano coincidi贸 felizmente con un auge del gusto est茅tico, sobre todo en la arquitectura y la escultura, la ciudad, que crec铆a a toda prisa, se convirti贸 en una obra prodigiosa, audaz y grata a la vista. El centro, cuyos edificios estaban construidos sin excepci贸n con una noble piedra de color gris claro, quedaba ce帽ido por un ancho cintur贸n verde de magn铆ficos parques. M谩s all谩 de aquel anillo, las calles y las casas se iban dispersando lentamente por una vasta extensi贸n hasta confundirse con los espacios abiertos y el campo. Era muy visitado y admirado un museo inmenso, en cuyas cien salas, patios y galer铆as se mostraba la historia de la ciudad desde su nacimiento hasta su evoluci贸n m谩s reciente. El primer patio del complejo, de dimensiones enormes, reproduc铆a la antigua pradera con plantas y animales bien cuidados, y con modelos exactos de las precarias viviendas, callejones e instalaciones de los primeros tiempos. Por all铆 paseaban los j贸venes de la ciudad y contemplaban el curso de su historia, desde la tienda de campa帽a y el cobertizo de tablas, desde el primer tendido irregular de rieles hasta el esplendor de las calles de la gran ciudad. Guiados e instruidos por sus maestros, aprend铆an all铆 a comprender las magn铆ficas leyes del desarrollo y del progreso: c贸mo de lo tosco nace lo refinado, del animal el hombre, del salvaje el hombre culto, de la necesidad la abundancia y de la naturaleza la cultura.

En el siglo siguiente, la ciudad alcanz贸 la cima de su esplendor, que se despleg贸 con opulencia y creci贸 a toda velocidad, hasta que una sangrienta revoluci贸n de las clases bajas le puso fin. La plebe comenz贸 por incendiar muchas de las grandes instalaciones petroleras situadas a algunas millas de la ciudad, de modo que una extensa parte del territorio, con sus f谩bricas, granjas y pueblos, qued贸 en parte arrasada por el fuego y en parte desierta. La propia ciudad padeci贸 matanzas y horrores de toda clase, pero sobrevivi贸 y se recuper贸 lentamente durante d茅cadas de austeridad, sin recobrar jam谩s la antigua vitalidad ni el anterior 铆mpetu constructor. Durante sus a帽os sombr铆os hab铆a florecido de pronto un pa铆s lejano, al otro lado de los mares, que produc铆a cereales y hierro, plata y otras riquezas con la abundancia de un suelo a煤n no agotado, que todav铆a entregaba sus riquezas de buen grado. El nuevo pa铆s atrajo con fuerza irresistible las energ铆as ociosas, los afanes y los deseos del viejo mundo. All铆 las ciudades brotaban de la tierra de la noche a la ma帽ana, los bosques desaparec铆an y se domaban las cataratas.

La hermosa ciudad comenz贸 a empobrecerse lentamente. Ya no era el coraz贸n y el cerebro de un mundo, ni el mercado y la bolsa de muchos pa铆ses. Ten铆a que conformarse con seguir viva y no palidecer por completo entre el estr茅pito de los nuevos tiempos. Las fuerzas que quedaban ociosas, cuando no se marchaban al lejano Nuevo Mundo, ya no ten铆an nada que construir ni conquistar, y poco con qu茅 comerciar o ganar dinero. En cambio, en aquel suelo cultural ya envejecido germin贸 una vida espiritual. De la ciudad, cada vez m谩s silenciosa, surgieron sabios y artistas, pintores y poetas. Los descendientes de quienes hab铆an levantado las primeras casas sobre aquel suelo joven pasaban sonrientes sus d铆as en un sereno y tard铆o florecimiento de placeres y aspiraciones espirituales. Pintaban la melanc贸lica magnificencia de antiguos jardines cubiertos de musgo, con estatuas desgastadas por el tiempo y aguas verdes, y cantaban en delicados versos el lejano tumulto de la antigua 茅poca heroica o el apacible sue帽o de hombres fatigados en viejos palacios.

As铆, el nombre y la fama de aquella ciudad volvieron a resonar por el mundo. Aunque afuera las guerras sacudieran a los pueblos y grandes tareas los mantuvieran ocupados, all铆, en su aislamiento silencioso, sab铆an dejar que reinara la paz y prolongar el tenue resplandor de los tiempos desaparecidos: calles silenciosas, cubiertas por ramas floridas; fachadas de grandes edificios, descoloridas por la intemperie, que so帽aban sobre plazas sin ruido; pilas de fuentes cubiertas de musgo, por las que corr铆an aguas juguetonas con un suave murmullo musical.

Durante varios siglos, la antigua ciudad so帽adora fue para el mundo m谩s joven un lugar venerable y querido, cantado por los poetas y visitado por quienes la amaban. Pero la vida de la humanidad se desplazaba con fuerza creciente hacia otros continentes. Y en la propia ciudad, los descendientes de las antiguas familias nativas comenzaron a extinguirse o a degradarse. Tambi茅n el 煤ltimo florecimiento espiritual hab铆a alcanzado hac铆a tiempo su t茅rmino, y solo quedaba un tejido en descomposici贸n. Las ciudades vecinas m谩s peque帽as hab铆an desaparecido por completo hac铆a ya mucho tiempo y se hab铆an convertido en silenciosos montones de ruinas, visitados a veces por pintores y turistas extranjeros, y habitados otras veces por gitanos y delincuentes fugitivos.

Despu茅s de un terremoto que, sin embargo, respet贸 la ciudad, el r铆o cambi贸 de curso, y una parte del territorio desolado se convirti贸 en pantano y otra qued贸 谩rida. Y desde las monta帽as, donde se desmoronaban los restos de antiguos puentes de piedra y casas de campo, el bosque, el antiguo bosque, descend铆a lentamente. Contempl贸 la vasta comarca extendida y desierta, y poco a poco fue incorporando un tramo tras otro a su c铆rculo verde. Aqu铆 cubr铆a un pantano con un follaje susurrante; all谩, un pedregal con con铆feras j贸venes y resistentes.

Al final, en la ciudad ya no habitaban ciudadanos, sino apenas gentuza, una poblaci贸n feroz y salvaje que se refugiaba en los palacios de otros tiempos, inclinados y cada vez m谩s hundidos, y hac铆a pastar sus cabras flacas en lo que antes hab铆an sido jardines y calles. Tambi茅n esta 煤ltima poblaci贸n fue extingui茅ndose poco a poco entre enfermedades y embrutecimiento. Desde que la regi贸n se hab铆a convertido en pantano, las fiebres azotaban todo el paisaje, que qued贸 entregado al abandono.

Los restos del antiguo palacio municipal, que en otro tiempo hab铆a sido el orgullo de su 茅poca, a煤n se alzaban altos e imponentes. Eran celebrados en canciones de todas las lenguas y alimentaban incontables leyendas entre los pueblos vecinos, cuyas ciudades tambi茅n llevaban mucho tiempo sumidas en el abandono y cuya cultura se degradaba. En relatos de fantasmas para ni帽os y melanc贸licas canciones pastoriles, los nombres ligados a la ciudad y a su antiguo esplendor reaparec铆an como espectros, deformados y tergiversados. De vez en cuando, sabios de pueblos lejanos, que ahora viv铆an su 茅poca de esplendor, llegaban en peligrosas expediciones a las ciudades en ruinas, cuyos misterios comentaban con avidez los escolares de pa铆ses remotos. Se dec铆a que all铆 hab铆a puertas de oro puro y sepulcros llenos de piedras preciosas, y que las tribus n贸madas y salvajes de la regi贸n conservaban, desde remotos tiempos fabulosos, vestigios perdidos de un arte m谩gico milenario.

Pero el bosque sigui贸 descendiendo de las monta帽as hacia la llanura. Lagos y r铆os surgieron y desaparecieron, y el bosque avanz贸, se apoder贸 poco a poco de todo el territorio y fue cubriendo los restos de los antiguos muros que bordeaban las calles, los palacios, los templos y los museos. Zorros y martas, lobos y osos poblaron aquella soledad.

Sobre uno de los palacios derrumbados, del que ya no asomaba una sola piedra, se alzaba un pino joven. Apenas un a帽o antes hab铆a sido el heraldo que abr铆a la marcha, el precursor del bosque en expansi贸n, pero ahora tambi茅n 茅l contemplaba ya una vasta extensi贸n de nuevos brotes que crec铆an m谩s all谩.
—¡Esto marcha! —grit贸 un p谩jaro carpintero que martilleaba el tronco con el pico, mientras contemplaba satisfecho el bosque que crec铆a y el magn铆fico progreso que reverdec铆a sobre la tierra.

(Publicado en Licht und Schatten, 1910)

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