Los zapatos rojos - Hans Christian Andersen - Amantes de la literatura

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2.21.2025

Los zapatos rojos - Hans Christian Andersen



Hubo una vez una ni帽ita que era muy peque帽a y delicada, pero que a pesar de todo ten铆a que andar siempre descalza, al menos en verano, por su extra帽a pobreza. Para el invierno s贸lo ten铆a un par de zuecos que le dejaban los tobillos terriblemente lastimados.

En el centro de la aldea viv铆a una anciana zapatera que hizo un par de zapatitos con unos retazos de tela roja. Los zapatos resultaron un tanto desma帽ados, pero hechos con la mejor intenci贸n para Karen, que as铆 se llamaba la ni帽a.

La mujer le regal贸 el par de zapatos, que Karen estren贸 el d铆a en que enterraron a su madre. Ciertamente los zapatos no eran de luto, pero ella no ten铆a otros, de modo que Karen march贸 detr谩s del pobre ata煤d de pino as铆, con los zapatos rojos, y sin medias.

Precisamente acert贸 a pasar por el camino del cortejo un grande y viejo coche, en cuyo interior iba sentada una anciana se帽ora. Al ver a la ni帽ita, la se帽ora sinti贸 mucha pena por ella, y dijo al sacerdote:

-Deme usted a esa ni帽a para que me la lleve y la cuide con todo cari帽o.

Karen pens贸 que todo era por los zapatos rojos, pero a la se帽ora le parecieron horribles, y los hizo quemar. La ni帽a fue vestida pulcramente, y tuvo que aprender a leer y coser. La gente dec铆a que era linda, pero el espejo a帽ad铆a m谩s: “T煤 eres m谩s que linda. ¡Eres encantadora!”

Por ese tiempo la Reina estaba haciendo un viaje por el pa铆s, llevando consigo a su hijita la Princesa. La gente, y Karen entre ella, se congreg贸 ante el palacio donde ambas se alojaban, para tratar de verlas. La princesita sali贸 a un balc贸n, sin s茅quito que la acompa帽ara ni corona de oro, pero ataviada enteramente de blanco y con un par de hermosos zapatos de marroqu铆 rojo. Un par de zapatos que eran realmente la cosa m谩s distinta de aquellos que la pobre zapatera hab铆a confeccionado para Karen. Nada en el mundo pod铆a compararse con aquellos zapatitos rojos.

Lleg贸 el tiempo en que Karen tuvo edad para recibir el sacramento de la confirmaci贸n. Le hicieron un vestido nuevo y necesitaba un nuevo par de zapatos. El zapatero de lujo que hab铆a en la ciudad fue encargado de tomarle la medida de sus piececitos. El establecimiento estaba lleno de cajas de vidrio que conten铆an los m谩s preciosos y relucientes zapatos, pero la anciana se帽ora no ten铆a muy bien la vista, de modo que no hall贸 nada de inter茅s en ellos. Entre las dem谩s mercader铆as hab铆a tambi茅n un par de zapatos rojos como los que usaba la Princesa. ¡Qu茅 bonitos eran! El zapatero les dijo que hab铆an sido hechos para la hija de un conde, pero que le resultaban ajustados.

-¡C贸mo brillan! -coment贸 la se帽ora-. Supongo que ser谩n de charol.

-S铆 que brillan y mucho -aprob贸 Karen, que estaba prob谩ndoselos. Le ven铆an a la medida, y los compraron, pero la anciana no ten铆a la mejor idea de que eran rojos, o de lo contrario nunca habr铆a permitido a Karen usarlos el d铆a de su confirmaci贸n.

Todo el mundo le miraba los pies a la ni帽a, y en el momento de entrar en la iglesia a煤n le parec铆a a ella que hasta los viejos cuadros que adornaban la sacrist铆a, retratos de los p谩rrocos muertos y desaparecidos, con largos ropajes negros, ten铆an los ojos fijos en los rojos zapatos de Karen. 脡sta no pensaba en otra cosa cuando el sacerdote extendi贸 las manos sobre ella, ni cuando le habl贸 del santo bautismo, la alianza con Dios, y dijo que desde ahora Karen ser铆a ya una cristiana enteramente responsable. Respondieron las solemnes notas del 贸rgano, los ni帽os cantaron con sus voces m谩s dulces, y tambi茅n cant贸 el viejo preceptor, pero Karen s贸lo pensaba en sus zapatos rojos.

Al llegar la tarde ya la se帽ora hab铆a o铆do decir en todas partes que los zapatos eran rojos, lo cual le pareci贸 inconveniente y poco decoroso para la ocasi贸n. Resolvi贸 que en adelante cada vez que Karen fuera a la iglesia llevar铆a zapatos negros, aunque fueran viejos. Pero el domingo siguiente, fecha en que deb铆a recibir su primera comuni贸n, la ni帽a contempl贸 sus zapatos rojos y luego los negros… Mir贸 otra vez los rojos, y por 煤ltimo se los puso.

Era un hermoso d铆a de sol. Karen y la anciana se帽ora ten铆an que pasar a trav茅s de un campo de trigo, por ser un sendero bastante polvoriento. Junto a la puerta de la iglesia hab铆a un soldado viejo con una muleta; ten铆a una extra帽a y larga barba de singular entonaci贸n rojiza, y se inclin贸 casi hasta el suelo al preguntar a la dama si le permit铆a sacudir el polvo de sus zapatos. La ni帽a extendi贸 tambi茅n su piececito.

-¡Vaya! ¡Qu茅 hermosos zapatos de baile! -exclam贸 el soldado-. Procura que no se te suelten cuando dances. -Y al decir esto toc贸 las suelas de los zapatos con la mano.

La anciana dio al soldado una moneda de cobre y entr贸 en la iglesia acompa帽ada por Karen. Toda la gente, y tambi茅n las im谩genes, miraban los zapatos rojos de la ni帽a. Cuando Karen se arrodill贸 ante el altar en el momento m谩s solemne, s贸lo pensaba en sus zapatos rojos, que parec铆an estar flotando ante su vista. Olvid贸 unirse al himno de acci贸n de gracias, olvid贸 el rezo del Padrenuestro.

Finalmente la concurrencia sali贸 del templo y la anciana se dirigi贸 a su coche. Karen levant贸 el pie para subir tambi茅n al carruaje, y en ese momento el soldado, que estaba de pie tras ella, dijo:

-¡Lindos zapatos de baile!

Sin poder impedirlo, Karen dio unos saltos de danza, y una vez empezado el movimiento sigui贸 bailando involuntariamente, llevada por sus pies. Era como si los zapatos tuvieran alg煤n poder por s铆 solos. Sigui贸 bailando alrededor de la iglesia, sin lograr contenerse. El cochero tuvo que correr tras ella, sujetarla y llevarla al coche, pero los pies continuaban danzando, tanto que golpearon horriblemente a la pobre se帽ora. Por 煤ltimo, Karen se quit贸 los zapatos, lo cual permiti贸 un poco de alivio a sus miembros.

Al llegar a la casa, la se帽ora guard贸 los zapatos en un armario, pero no sin que Karen pudiera privarse de ir a contemplarlos.

Por aquellos d铆as la anciana cay贸 enferma de gravedad. Era necesario atenderla y cuidarla mucho, y no hab铆a nadie m谩s pr贸xima que Karen para hacerlo. Pero en la ciudad se daba un gran baile, y la muchacha estaba tambi茅n invitada. Mir贸 a su protectora, y se dijo que despu茅s de todo la pobre no podr铆a vivir. Mir贸 luego sus zapatos rojos y resolvi贸 que no habr铆a ning煤n mal en asistir a la fiesta. Se calz贸, pues, los zapatos, se fue al baile y empez贸 a danzar. Pero cuando quiso bailar hacia el fondo de la sala, los zapatos la llevaron hacia la puerta, y luego escaleras abajo, y por las calles, y m谩s all谩 de los muros de la ciudad. Sigui贸 bailando y alej谩ndose cada vez m谩s sin poder contenerse, hasta llegar al bosque. Al alzar la cabeza distingui贸 algo que se destacaba en la oscuridad, entre los 谩rboles, y le pareci贸 que era la luna; pero no; era un rostro, el del viejo soldado de la barba roja. El soldado mene贸 la cabeza en se帽al de aprobaci贸n y dijo:

-¡Qu茅 lindos zapatos de baile!

Aquello infundi贸 a la ni帽a un miedo terrible; quiso quitarse los zapatos y tirarlos lejos, pero era imposible: los ten铆a como adheridos a los pies. Cuanto m谩s danzaba m谩s ten铆a que bailar, por campos y praderas, bajo la lluvia y bajo el sol, de d铆a y de noche, pero por la noche aquello era terrible.

Entr贸 bailando por las puertas del cementerio, pero los muertos no la acompa帽aron en su danza: ten铆an otra cosa mejor que hacer. Trat贸 de sentarse sobre la tumba de un mendigo, sobre la cual crec铆a el amargo ajenjo, pero no hab铆a descanso posible para ella. Y cuando se acerc贸, bailando, al portal de la iglesia, vio a un 谩ngel de pie junto a la puerta, con larga t煤nica blanca y alas que llegaban de los hombros al suelo. El rostro del 谩ngel mostr谩base grave y sombr铆o, y su mano sosten铆a una espada.

-Tendr谩s que bailar -le dijo-. Tendr谩s que bailar con tus zapatos rojos hasta que est茅s p谩lida y fr铆a, y la piel se te arrugue, y te conviertas en un esqueleto. Bailar谩s de puerta en puerta, y all铆 donde encuentres ni帽os orgullosos y vanidosos llamar谩s para que te vean y tiemblen. S铆, tendr谩s que bailar…

-¡Piedad! -grit贸 Karen, pero no alcanz贸 a o铆r la respuesta del 谩ngel, porque los zapatos la hab铆an llevado ya hacia los campos, por los caminos y senderos. Y sin cesar segu铆a bailando.

Cierta ma帽ana pas贸 danzando ante una puerta que ella conoc铆a muy bien. Del interior proced铆a un rumor de plegarias, y sali贸 un cortejo portador de un ata煤d cubierto de flores. Y Karen supo as铆 que la anciana se帽ora hab铆a muerto, y se sinti贸 desamparada por todo el mundo, maldita hasta por los santos 谩ngeles de Dios.

Sigui贸, sigui贸 danzando. Ten铆a que bailar, aun en las noches m谩s oscuras. Los zapatos la llevaban por sobre zarzas y rastrojos hasta dejarle los pies desgarrados, sangrantes. M谩s all谩 de los matorrales lleg贸 a una casita solitaria, donde ella sab铆a que viv铆a el verdugo. Golpe贸 con los dedos en el cristal de la ventana y llam贸:

-¡Ven! ¡Ven! ¡Yo no puedo entrar, estoy bailando!

-¿Acaso no sabes qui茅n soy yo? -respondi贸 el verdugo-. Yo soy el que le corta la cabeza a la gente mala. ¡Y mira! ¡Mi hacha est谩 temblando!

-¡No me cortes la cabeza -rog贸 Karen-, pues entonces nunca podr铆a arrepentirme de mis pecados!

Pero, por favor, ¡c贸rtame los pies, con los zapatos rojos!

Le explic贸 todo lo ocurrido, y el verdugo le cort贸 los pies con los zapatos, pero 茅stos siguieron bailando con los piececitos dentro, y se alejaron hasta perderse en las profundidades del bosque.

Luego el verdugo le hizo un par de pies de madera y dos muletas, y le ense帽贸 un himno que sol铆an entonar los criminales arrepentidos. Ella le bes贸 la mano que hab铆a manejado el hacha, y se alej贸 por entre los matorrales.

“Ya he padecido bastante con estos zapatos -se dijo-. Ahora ir茅 a la iglesia, par que todos puedan verme”.

Y se dirigi贸 tan r谩pidamente como pudo a la puerta del templo. Al llegar all铆 vio a los zapatos que bailaban ante ella, y aquello le dio tanto terror que se volvi贸 a su casa.

Toda la semana estuvo muy triste, derramando l谩grimas amargas, pero al llegar el domingo se dijo:

“Ahora s铆 que ya he sufrido bastante. Me parece que estoy a la par de muchos que entran en la iglesia con la cabeza alta”.

Sali贸 a la calle sin vacilar m谩s, pero apenas hab铆a pasado de la puerta volvi贸 a ver los zapatos rojos bailando ante ella. Se sinti贸 m谩s aterrorizada que nunca, y volvi贸 la espalda, pero esta vez con verdadero arrepentimiento en el coraz贸n.

Se dirigi贸 entonces a la casa del p谩rroco y suplic贸 que la tomaran a su servicio, prometiendo trabajar cu谩nto pudiera, sin reclamar otra cosa que un techo y el privilegio de vivir entre gente bondadosa. La esposa del sacrist谩n ten铆a buenos sentimientos, se compadeci贸 y habl贸 por ella al p谩rroco. Karen demostr贸 ser muy industriosa e inteligente, y se hizo querer por todos, pero cuando o铆a a las ni帽as hablar de lujos y vestidos, y pretender ser lindas como reinas, meneaba la cabeza.

El domingo siguiente fueron todos al templo, y preguntaron a Karen si quer铆a ir con ellas. Pero Karen mir贸 sus muletas tristemente y con l谩grimas en los ojos. Y se fueron sin ella a la iglesia, mientras la ni帽a se qued贸 sentada sola en su peque帽a habitaci贸n, donde no cab铆a m谩s que una cama y una silla. Estaba leyendo en su libro de oraciones, con humildad de coraz贸n, cuando oy贸 las notas del 贸rgano que el viento tra铆a desde la iglesia. Levant贸 su rostro cubierto de l谩grimas y dijo: “¡Oh, Dios, ay煤dame!”

En ese momento el sol brill贸 alrededor de ella, y el 谩ngel de t煤nica blanca que ella viera aquella noche a la puerta del templo se present贸 de pie ante sus ojos. Ya no ten铆a en la mano la espada, sino una hermosa rama verde cuajada de rosas. Con esa rama toc贸 el techo, y 茅ste se levant贸 hasta gran altura, y en cualquier otra parte que tocaba la rama aparec铆a una estrella de oro. Al tocar el 谩ngel las paredes, el 谩mbito de la habitaci贸n se ensanch贸, y en su interior resonaron las notas del 贸rgano, y Karen vio las im谩genes en sus hornacinas. Toda la congregaci贸n estaba en sus bancos, cantando en voz alta, y la misma Karen se encontr贸 a s铆 misma en uno de los asientos, al lado de otras personas de la parroquia. Cuando acab贸 el himno, todos volvieron la vista hacia ella y dijeron: “¡Qu茅 alegr铆a verte de nuevo entre nosotros despu茅s de tanto tiempo, peque帽a Karen!”

-Todo ha sido por la misericordia de Dios -respondi贸 ella. El 贸rgano reson贸 de nuevo y las voces de los ni帽os le hicieron eco dulcemente en el coro. La c谩lida luz del sol penetr贸 a raudales por las ventanas y fue a iluminar plenamente el sitio donde estaba sentada Karen. Y el coraz贸n de la ni帽a se colm贸 tanto de sol, de luz y de alegr铆a, que acab贸 por romperse. Su alma vol贸 en la luz hacia el cielo, y ninguno de los presentes hizo siquiera una pregunta acerca de los zapatos rojos.

FIN

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