A primera hora de una tarde de mayo de 1963, un joven caminaba de prisa por la Tercera Avenida de Nueva York, con la mano en el bolsillo. La atm贸sfera era apacible y hermosa, y el sol se oscurec铆a gradualmente pasando del azul al sereno y bello violeta del crep煤sculo. Hay personas que aman la ciudad, y 茅sa era una de las noches que hac铆an amarla. Todos los que estaban en los portales de las tiendas de comestibles y las tintorer铆as y los restaurantes parec铆an sonre铆r. Una anciana que transportaba dos bolsas de provisiones en un viejo cochecito de ni帽o le sonri贸 al joven y le grit贸: «¡Adi贸s, guapo!». El joven tambi茅n le sonri贸 distra铆damente y la salud贸 con un adem谩n. Ella sigui贸 su camino, pensando: Est谩 enamorado. Eso era lo que reflejaba en su talante. Vest铆a un traje gris claro, con la angosta corbata un poco ladeada y el bot贸n del cuello de la camisa desabrochado. Su cabello era oscuro y lo llevaba corto. Su tez era blanca, sus ojos de color azul claro. Sus facciones no eran excepcionales, pero en esa pl谩cida noche de primavera, en esa avenida, en mayo de 1963, era realmente guapo, y a la anciana se le ocurri贸 pensar fugazmente, con dulce nostalgia, que en primavera todos pueden parecer guapos…, si marchan apresuradamente al encuentro de la dama de sus sue帽os para cenar con ella y quiz谩 para ir despu茅s a bailar. La primavera es la 煤nica estaci贸n en la que la nostalgia nunca parece agriarse, y la anciana continu贸 su marcha satisfecha de haberle hablado y contenta de que 茅l le hubiera devuelto el cumplido con un adem谩n esbozado.
El joven cruz贸 Sixty-third Street, caminando con br铆o y con la misma sonrisa distra铆da en los labios. En la mitad de la manzana, un anciano montaba guardia junto a una desconchada carretilla verde llena de flores. El color predominante era el amarillo: una fiebre amarilla de junquillos y azafranes tard铆os. El anciano tambi茅n ten铆a claveles y unas pocas rosas de t茅 de invernadero, casi todas amarillas y blancas. Estaba comiendo una rosquilla y escuchaba una voluminosa radio de transistores que descansaba atravesada sobre un 谩ngulo de la carretilla.
La radio difund铆a malas noticias que nadie escuchaba: un asesino armado con un martillo segu铆a haciendo de las suyas; JFK hab铆a declarado que hab铆a que vigilar la situaci贸n de un peque帽o pa铆s asi谩tico llamado Vietnam («Vite-num», lo llam贸 el locutor); en las aguas del East River hab铆a aparecido el cad谩ver de una mujer no identificada; un gran jurado no hab铆a podido inculpar a un zar del crimen en el contexto de la guerra de la administraci贸n local contra la hero铆na; los rusos hab铆an detonado un artefacto nuclear. Nada de eso parec铆a real, nada de eso parec铆a importar. La atm贸sfera era apacible y dulce. Dos hombres con las barrigas hinchadas por la cerveza lanzaban monedas al aire y bromeaban frente a una pasteler铆a. La primavera vibraba sobre el filo del verano, y en la ciudad, el verano es la estaci贸n de los ensue帽os.
El joven dej贸 atr谩s el puesto de flores y la avalancha de malas noticias se acall贸. Vacil贸, mir贸 por encima del hombro, y reflexion贸. Meti贸 la mano en el bolsillo de la americana y volvi贸 a palpar lo que llevaba all铆. Por un momento pareci贸 desconcertado, solitario, casi acosado, y despu茅s, cuando su mano abandon贸 el bolsillo, sus facciones recuperaron la expresi贸n anterior de 谩vida expectaci贸n.
Se encamin贸 de nuevo hacia la carretilla sonriendo. Le llevar铆a unas flores: eso la complacer铆a. Le encantaba ver c贸mo la sorpresa y el regocijo iluminaban sus ojos cuando 茅l le hac铆a un regalo inesperado. Menudencias, porque distaba mucho de ser rico. Una caja de caramelos. Una pulsera. Una vez una bolsa de naranjas de Valencia, porque sab铆a que eran sus favoritas.
—Mi joven amigo —dijo el florista, cuando el hombre del traje gris volvi贸, paseando los ojos sobre la mercanc铆a de la carretilla. El florista ten铆a quiz谩 sesenta y ocho a帽os, y a pesar del calor de la noche usaba un ra铆do su茅ter gris de punto y una gorra. Su rostro era un mapa de arrugas, sus ojos estaban profundamente engarzados en la carne fl谩ccida, y un cigarrillo bailoteaba entre sus dedos. Pero 茅l tambi茅n recordaba lo que significaba ser joven en primavera…, ser joven y estar enamorado hasta el punto de volar pr谩cticamente de un lado a otro. El talante del vendedor era normalmente agrio, mas en ese momento sonri贸 un poco, como lo hab铆a hecho la mujer que empujaba el cochecito con provisiones, porque ese fulano era un candidato obvio. Sacudi贸 las migas de la rosquilla de su holgado su茅ter y pens贸: Si este chico estuviera enfermo deber铆an internarlo ahora mismo en la unidad de cuidados intensivos.
—¿Cu谩nto cuestan las flores? —pregunt贸 el joven.
—Le preparar茅 un lindo ramo por un d贸lar. Las rosas de t茅 son de invernadero. Cuestan un poco m谩s, setenta c茅ntimos cada una. Le vender茅 media docena por tres d贸lares y cincuenta c茅ntimos.
—Son caras —coment贸 el joven.
—Lo bueno siempre es caro, mi joven amigo. ¿Su madre no se lo ense帽贸?
El muchacho sonri贸.
—Es posible que lo haya mencionado.
—S铆, claro que lo mencion贸. Le dar茅 media docena, dos rojas, dos amarillas, dos blancas. No podr谩 ofrecerle nada mejor, ¿verdad? Lo completar茅 con un poco de helecho. Del mejor. A ellas les encanta. ¿O prefiere un ramo de un d贸lar?
—¿A ellas? —pregunt贸 el joven, sin dejar de sonre铆r.
—Escuche, amiguito —contest贸 el florista, arrojando la colilla al arroyo de un papirotazo y devolviendo la sonrisa—, en mayo nadie compra flores para uno mismo. Es una ley nacional, ¿me entiende?
El joven pens贸 en Norma, en sus ojos dichosos y sorprendidos y en su sonrisa afable, agach贸 un poco la cabeza.
—Supongo que s铆 —asinti贸.
—Seguro que s铆. ¿Qu茅 decide?
—Bien, ¿qu茅 le parece a usted?
—Le dir茅 lo que opino. ¡Eh! Los consejos siguen siendo gratuitos, ¿no es verdad?
El joven sonri贸 y asinti贸:
—Supongo que es lo 煤nico gratuito que queda en el mundo.
—Tiene mucha raz贸n —dijo el florista—. Muy bien, mi joven amigo. Si las flores son para su madre, ll茅vele el ramo. Unos pocos junquillos, unos pocos azafranes, algunos lirios de los valles. Ella no lo estropear谩 comentando: «Oh hijo me encantan y cu谩nto te costaron oh eso es demasiado y por qu茅 no has aprendido a no derrochar el dinero».
El joven ech贸 la cabeza hacia atr谩s y lanz贸 una carcajada.
El florista continu贸:
—Pero si son para su chica, las cosas cambian, hijo m铆o, y usted lo sabe. Ll茅vele las rosas de t茅 y ella no reaccionar谩 como un contable, ¿me entiende? ¡Eh! Su chica le echar谩 los brazos al cuello y…
—Llevar茅 las rosas de t茅 —lo interrumpi贸 el joven, y esta vez fue al florista a quien le toc贸 el turno de re铆r.
Los dos hombres que jugaban con las monedas los miraron, sonriendo.
—¡Eh, chico! —grit贸 uno de ellos—. ¿Quieres comprar una alianza barata? Te vendo la m铆a…, a mi ya no me interesa.
El joven sonri贸 y se ruboriz贸 hasta las ra铆ces de sus oscuros cabellos.
El florista escogi贸 seis rosas de t茅, les recort贸 un poco los tallos, las roci贸 con agua y las introdujo en un envoltorio c贸nico.
—Esta noche tenemos un clima ideal —dijo la radio—. Apacible y despejado, con una temperatura pr贸xima a los dieciocho grados, perfecto para que los rom谩nticos contemplen las estrellas desde la azotea. ¡A disfrutar del Gran Nueva York, amigos!
El florista asegur贸 con cinta adhesiva el borde del envoltorio c贸nico y aconsej贸 al joven que su chica agregara un poco de agua al az煤car que deb铆a echarles, para conservarlas durante m谩s tiempo.
—Se lo dir茅 —respondi贸 el joven. Tendi贸 un billete de cinco d贸lares—. Gracias.
—Cumplo con mi deber, mi joven amigo —exclam贸 el florista, mientras le devolvi贸 un d贸lar y dos monedas de veinticinco c茅ntimos. Su sonrisa se entristeci贸—. Dele un beso de mi parte.
En la radio, los Four Seasons empezaron a cantar Sherry. El joven guard贸 el cambio en el bolsillo y se alej贸 calle arriba, con los ojos dilatados, alertas y ansiosos, sin mirar tanto la vida que flu铆a y reflu铆a de un extremo al otro de la Tercera Avenida como hacia dentro y adelante, anticip谩ndose. Pero ciertos detalles lo impresionaron. Una madre que llevaba en un cochecito a un beb茅 cuyas facciones estaban c贸micamente embadurnadas con helado; una ni帽ita que saltaba a la cuerda y canturreaba: «Al pasar por un cuartel se enamor贸 de un coronel…». Dos mujeres fumaban en la puerta de una lavander铆a, comparando sus embarazos. Un grupo de hombres miraban un gigantesco aparato de televisi贸n en colores, exhibido en el escaparate de una tienda de art铆culos para el hogar, con un precio de cuatro d铆gitos en d贸lares: transmit铆a un partido de b茅isbol y las caras de los jugadores parec铆an verdes, el campo de juego ten铆a un vago color fresa, y los «New York Mets» les ganaban a los «Phillies» por seis a uno.
Sigui贸 caminando, con las flores en la mano, ajeno al hecho de que las dos mujeres detenidas frente a la lavander铆a interrump铆an brevemente su conversaci贸n y lo miraban pasar pensativamente, con su ramo de rosas de t茅. Hac铆a mucho tiempo que a ellas nadie les regalaba flores. Tampoco prest贸 atenci贸n al joven polic铆a de tr谩fico que detuvo los coches en la intersecci贸n de la Tercera y Sixty-nineth Street, con un toque de silbato, para permitirle cruzar. El polic铆a tambi茅n estaba comprometido y reconoci贸 la expresi贸n so帽adora del joven porque la hab铆a visto a menudo en su propio espejo, al afeitarse. Y no se fij贸 en las dos adolescentes que se cruzaron con 茅l, en direcci贸n contraria, y que enseguida se cogieron de la mano y soltaron unas risitas.
En Seventy-third Street se detuvo y dobl贸 a la derecha. Esa calle era un poco m谩s oscura, y estaba flanqueada por casas de piedra arenisca y restaurantes con nombres italianos, situados en los subsuelos. Tres manzanas m谩s adelante se desarrollaba un partido de b茅isbol, en medio de la penumbra creciente. El joven no lleg贸 tan lejos: en la mitad de la manzana se intern贸 por un callej贸n angosto.
Ya hab铆an salido las estrellas, que titilaban tenuemente, y el callej贸n era oscuro y sombr铆o, y estaba bordeado por las vagas siluetas de los cubos de basura. Ahora el joven estaba solo, o mejor dicho no, no totalmente. De la penumbra rosada brot贸 un maullido ululante y el joven frunci贸 el ce帽o. Era el canto de amor de un gato macho, y eso s铆 que no ten铆a nada de bello.
Camin贸 m谩s lentamente y consult贸 su reloj. Eran las ocho y cuarto y Norma no tardar铆a en…
Entonces la vio. Hab铆a salido de un patio y marchaba hacia 茅l, vestida con pantalones deportivos de color oscuro y con una blusa marinera que le oprimi贸 el coraz贸n. Siempre era una sorpresa verla por primera vez, siempre era una dulce conmoci贸n…, parec铆a tan joven.
La sonrisa del muchacho se ilumin贸, se hizo radiante, y apresur贸 el paso.
—¡Norma! —exclam贸.
Ella levant贸 la vista y sonri贸…, pero cuando estuvieron m谩s cerca el uno del otro la sonrisa se desdibuj贸.
La sonrisa de 茅l tambi茅n se estremeci贸 un poco y experiment贸 una inquietud pasajera. De pronto el rostro pareci贸 borroso, encima de la blusa, marinera. Oscurec铆a…, ¿acaso se hab铆a equivocado? Claro que no. 脡sa era Norma.
—Te he tra铆do flores —exclam贸 con una sensaci贸n de dichoso alivio, y le tendi贸 el ramo.
Ella lo mir贸 un momento, sonri贸… Y se lo devolvi贸.
—Gracias, pero te equivocas —dijo la chica—. Yo me llamo…
—Norma… —susurr贸 茅l, y extrajo el martillo de mango corto del bolsillo de la americana, donde hab铆a estado oculto hasta ese momento—. Son para ti, Norma… siempre fueron para ti… todas para ti.
Ella retrocedi贸, con el rostro transformado en una mancha redonda y blanca, con la boca abierta en una O negra de terror, y dej贸 de ser Norma. Norma estaba muerta, hac铆a diez a帽os que estaba muerta, pero no importaba porque iba a gritar y 茅l descarg贸 el martillo para cortar el grito, para matar el grito, y cuando descarg贸 el martillo el ramo de flores se le cay贸 de la mano, y el envoltorio se rompi贸 y dej贸 escapar su contenido, esparciendo rosas de t茅 rojas y blancas y amarillas junto a los cubos de basura abollados donde los gatos copulaban extravagantemente en la oscuridad, lanzando chillidos de amor, chillidos, chillidos.
Descarg贸 el martillo y ella no chill贸, pero podr铆a haber chillado porque no era Norma, ninguna de ellas era Norma, y descarg贸 el martillo, descarg贸 el martillo, descarg贸 el martillo. No era Norma de modo que descarg贸 el martillo, como ya lo hab铆a hecho cinco veces anteriormente.
Qui茅n sabe cu谩nto tiempo despu茅s volvi贸 a deslizar el martillo en el bolsillo interior de su americana y retrocedi贸, alej谩ndose de la sombra oscura tumbada sobre los adoquines de las rosas de t茅 desparramadas junto a los cubos de basura. Dio media vuelta y sali贸 del callej贸n angosto. Ahora la oscuridad era total. Los jugadores de b茅isbol hab铆an desaparecido en sus casas. Si su traje estaba salpicado de sangre las manchas no se ver铆an, no en la oscuridad, no en la pl谩cida oscuridad primaveral, y el nombre de ella no era Norma pero s铆 sab铆a c贸mo se llamaba 茅l. Se llamaba… se llamaba…
Amor.
脡l se llamaba amor, y caminaba por esas calles oscuras porque Norma lo aguardaba. Y la encontrar铆a. Pronto.
Empez贸 a sonre铆r. Ech贸 a caminar con br铆o por Seventy-third Street. Un matrimonio maduro que estaba sentado en la escalinata de su casa lo vio pasar, con la cabeza erguida perdida en lontananza, un atisbo de sonrisa en los labios. Cuando termin贸 de pasar, la mujer pregunt贸:
—¿Por qu茅 t煤 ya no tienes ese aspecto?
—¿Eh?
—Nada —dijo la mujer, pero mir贸 c贸mo el joven del traje gris desaparec铆a en las tinieblas de la noche y pens贸 que s贸lo el amor de los j贸venes era m谩s bello que la primavera.

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