Ante la ley - Franz Kafka - Amantes de la literatura

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11.04.2022

Ante la ley - Franz Kafka


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Ante la Ley hay un guardi谩n que protege la puerta de entrada. Un hombre procedente del campo se acerca a 茅l y le pide permiso para acceder a la Ley. Pero el guardi谩n dice que en ese momento no le puede permitir la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si podr谩 entrar m谩s tarde.
—Es posible —responde el guardi谩n—, pero no ahora.

Como la puerta de acceso a la Ley permanece abierta, como siempre, y el guardi谩n se sit煤a a un lado, el hombre se inclina para mirar a trav茅s del umbral y ver as铆 qu茅 hay en el interior. Cuando el guardi谩n advierte su prop贸sito, r铆e y dice:
—Si tanto te incita, intenta entrar a pesar de mi prohibici贸n. Ten en cuenta, sin embargo, que soy poderoso, y que adem谩s soy el guardi谩n m谩s 铆nfimo. Ante cada una de las salas permanece un guardi谩n, el uno m谩s poderoso que el otro. La mirada del tercero es ya para m铆 insoportable.

El hombre procedente del campo no hab铆a contado con tantas dificultades. La Ley, piensa, debe ser accesible a todos y en todo momento, pero al considerar ahora con m谩s exactitud al guardi谩n, cubierto con su abrigo de piel, al observar su enorme y prolongada nariz, la barba negra, fina, larga, t谩rtara, decide que es mejor esperar hasta que reciba el permiso para entrar. El guardi谩n le da un taburete y deja que tome asiento en uno de los lados de la puerta. All铆 permanece sentado d铆as y a帽os. Hace muchos intentos para que le inviten a entrar y cansa al guardi谩n con sus s煤plicas. El guardi谩n le somete a menudo a cortos interrogatorios, le pregunta acerca de su hogar y de otras cosas, pero son preguntas indiferentes, como las que hacen grandes se帽ores, y al final siempre repet铆a que todav铆a no pod铆a permitirle la entrada. El hombre, que se hab铆a provisto muy bien para el viaje, utiliza todo, por valioso que sea, para sobornar al guardi谩n. 脡ste lo acepta todo, pero al mismo tiempo dice:
—S贸lo lo acepto para que no creas que has omitido algo.

Durante los muchos a帽os que estuvo all铆, el hombre observ贸 al guardi谩n de forma casi ininterrumpida. Olvid贸 a los otros guardianes y 茅ste le termin贸 pareciendo el 煤nico impedimento para tener acceso a la Ley. Los primeros a帽os maldijo la desgraciada casualidad, m谩s tarde, ya envejecido, s贸lo murmuraba para s铆. Se vuelve senil, y como ha sometido durante tanto tiempo al guardi谩n a un largo estudio ya es capaz de reconocer a la pulga en el cuello de su abrigo de piel, por lo que solicita a la pulga que le ayude para cambiar la opini贸n del guardi谩n. Por 煤ltimo, su vista se torna d茅bil y ya no sabe realmente si oscurece a su alrededor o son s贸lo los ojos que le enga帽an. Pero ahora advierte en la oscuridad un brillo que irrumpe indeleble a trav茅s de la puerta de la Ley. Ya no vivir谩 mucho m谩s. Antes de su muerte se concentran en su cabeza todas las experiencias pasadas, que toman forma en una sola pregunta que hasta ahora no hab铆a hecho al guardi谩n. Entonces le gui帽a un ojo, ya que no puede incorporar su cuerpo entumecido. El guardi谩n tiene que inclinarse hacia 茅l profundamente porque la diferencia de tama帽os ha variado en perjuicio del hombre.

—¿Qu茅 quieres saber ahora? —pregunta el guardi谩n—, eres insaciable.
—Todos aspiran a la Ley —dice el hombre—. ¿C贸mo es posible que durante tantos a帽os s贸lo yo haya solicitado la entrada?

El guardi谩n comprueba que el hombre ha llegado a su fin y, para que su d茅bil o铆do pueda percibirlo, le grita:

—Ning煤n otro pod铆a haber recibido permiso para entrar por esta puerta, pues esta entrada estaba reservada s贸lo para ti. Yo me voy ahora y cierro la puerta.

(1915)

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