El entierro prematuro - Edgar Allan Poe - Amantes de la literatura

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10.30.2022

El entierro prematuro - Edgar Allan Poe



Hay ciertos temas de inter茅s absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de ficci贸n. El mero escritor rom谩ntico debe evitarlos si no desea ofender o desagradar. S贸lo se los usa con propiedad cuando lo severo y lo majestuoso de la verdad los santifican y los sostienen. Nos estremecemos con el m谩s intenso de los «dolores agradables» ante los relatos del paso del Ber茅sina, del terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la matanza de San Bartolom茅, o la asfixia de los ciento veintitr茅s prisioneros en el Pozo Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como invenciones nos inspirar铆an simple aversi贸n.

He mencionado algunas de las m谩s destacadas y augustas calamidades que registra la historia; pero en ellas el alcance, no menos que el car谩cter de la calamidad, es lo que con tanta vivacidad impresiona la imaginaci贸n. No necesito recordar al lector que, del largo y horripilante cat谩logo de miserias humanas, podr铆a haber elegido muchos ejemplos individuales m谩s llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de estos vastos desastres generales. La verdadera desgracia, el infortunio por esencia, es particular, no difuso. ¡Agradezcamos a Dios misericordioso que los horribles extremos de agon铆a sean soportados por el hombre solo y nunca por el hombre en masa!

Ser enterrado vivo es, fuera de toda discusi贸n, el m谩s terrible de los extremos que jam谩s haya ca铆do en suerte al simple mortal. Que ha ca铆do con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie capaz de pensar lo negar谩. Los l铆mites que separan la Vida de la Muerte son, en el mejor de los casos, vagos e indefinidos. ¿Qui茅n puede decir d贸nde termina una y d贸nde empieza la otra? Sabemos que hay enfermedades en las cuales se produce una cesaci贸n total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, esa cesaci贸n es una simple suspensi贸n para darle su justo nombre. Hay tan s贸lo pausas temporarias en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto per铆odo, alg煤n misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los m谩gicos pi帽ones y las ruedas de hechicer铆a. La cuerda de plata no estaba suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿d贸nde se hallaba el alma?

Sin embargo, fuera de la inevitable conclusi贸n a priori de que tales causas deben producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en suspenso deben provocar naturalmente, una y otra vez, prematuros entierros, fuera de esta consideraci贸n tenemos el testimonio directo de la experiencia m茅dica y vulgar para probar que realmente un gran n煤mero de estas inhumaciones se lleva a cabo. Yo podr铆a referir de inmediato, si fuera necesario, cien ejemplos bien probados. Uno de caracter铆sticas muy notables, y cuyas circunstancias quiz谩 se conserven frescas todav铆a en la memoria de algunos de mis lectores, aconteci贸 no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde provoc贸 una penosa, intensa y dilatada conmoci贸n. La mujer de uno de los m谩s respetables ciudadanos —abogado eminente y miembro del Consejo— fue atacada por una s煤bita e inexplicable enfermedad que burl贸 el ingenio de sus m茅dicos. Despu茅s de mucho padecer muri贸, o se supone que muri贸. Nadie sospech贸, a decir verdad, ni hab铆a raz贸n para sospechar, que no estaba realmente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro ten铆a el habitual contorno contra铆do, sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marm贸rea. Los ojos carec铆an de brillo. Faltaba el calor. Las pulsaciones hab铆an cesado. Durante tres d铆as el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquiri贸 una rigidez p茅trea. El funeral, en suma, fue apresurado a causa del r谩pido avance de lo que se supuso era descomposici贸n.

La se帽ora fue depositada en la b贸veda familiar, que permaneci贸 cerrada durante los tres a帽os siguientes. Al expirar este plazo fue abierta para la recepci贸n de un sarc贸fago; mas, ¡ah!, ¡qu茅 espantoso choque aguardaba al marido cuando abri贸 en persona la puerta! Al empujar los batientes, un objeto vestido de blanco cay贸 rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer con la mortaja todav铆a puesta.

Una cuidadosa investigaci贸n brind贸 la evidencia de que hab铆a revivido dos d铆as despu茅s de su sepultura; que su lucha dentro del ata煤d hab铆a provocado la ca铆da de 茅ste desde un nicho o estante al suelo, y que al romperse el f茅retro pudo salir de 茅l. Apareci贸 vac铆a una l谩mpara que hab铆a quedado accidentalmente llena de aceite dentro de la tumba; quiz谩 se hubiera agotado, sin embargo, por evaporaci贸n. En el pelda帽o superior de la escalera que descend铆a a la espantosa c谩mara hab铆a un gran fragmento del ata煤d, con el cual, seg煤n las apariencias, la mujer hab铆a intentado llamar la atenci贸n golpeando la puerta de hierro. Mientras lo hac铆a, probablemente, se desmay贸 o quiz谩 muri贸 de puro terror, y al caer, la mortaja se enred贸 en alguna pieza de hierro que se proyectaba hacia adentro. All铆 qued贸 y as铆 se pudri贸, erecta.

En el a帽o 1810 hubo en Francia un caso de inhumaci贸n prematura, rodeado de circunstancias que justifican ampliamente el aserto de que la verdad es m谩s extra帽a que la ficci贸n. La hero铆na de la historia era mademoiselle Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia, rica y de gran belleza. Entre sus numerosos cortejantes se contaba Julien Bossuet, un pobre litt茅rateur o periodista de Par铆s. Su talento y su afabilidad general lo hab铆an se帽alado a la atenci贸n de la heredera, quien parec铆a haberse enamorado realmente de 茅l, pero su orgullo de casta la decidi贸, por 煤ltimo, a rechazarlo y a casarse con un tal monsieur Renelle, banquero y diplom谩tico de cierta distinci贸n. Despu茅s del matrimonio, este caballero descuid贸 a su mujer y quiz谩 lleg贸 a maltratarla de hecho. Despu茅s de pasar juntos algunos a帽os desdichados, ella muri贸; por lo menos, su estado semejaba tanto la muerte que enga帽贸 a todos quienes la vieron. Fue inhumada no en una b贸veda, sino en una tumba com煤n, en su aldea natal. Lleno de desesperaci贸n, y todav铆a inflamado por el recuerdo de su profundo cari帽o, el enamorado viaja de la capital a la remota provincia donde se encuentra la aldea, con el prop贸sito rom谩ntico de desenterrar el cuerpo y apoderarse de sus exuberantes trenzas. Llega a la tumba. A medianoche desentierra el ata煤d, lo destapa y, en el momento de desprender el cabello, lo detienen los ojos de la amada, que se abren. La mujer hab铆a sido enterrada viva. La vitalidad no hab铆a desaparecido del todo, y las caricias del enamorado la despertaron del letargo que fuera equivocadamente tomado por la muerte. El joven la llev贸 fren茅tico a su alojamiento en la aldea. Emple贸 ciertos poderosos reconstituyentes aconsejados por no pocos conocimientos m茅dicos. Al fin, ella revivi贸. Reconoci贸 a su salvador. Permaneci贸 con 茅l hasta que, lenta y gradualmente, recobr贸 toda su salud. Su coraz贸n no era empedernido, y esta 煤ltima lecci贸n de amor bast贸 para ablandarlo. Lo entreg贸 a Bossuet. No volvi贸 m谩s junto a su marido; ocultando su resurrecci贸n, huy贸 con su amante a Am茅rica. Veinte a帽os despu茅s, los dos regresaron a Francia, persuadidos de que el tiempo hab铆a cambiado tanto la apariencia de la se帽ora que sus amigos no podr铆an reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer encuentro monsieur Renelle reconoci贸, efectivamente, a su mujer y la reclam贸. Ella rechaz贸 el reclamo y el tribunal la apoy贸, resolviendo que las peculiares circunstancias, junto con el largo lapso transcurrido, hab铆an abolido, no s贸lo desde el punto de vista de la equidad, sino legalmente la autoridad del marido.

La Revista de Cirug铆a de Leipzig, publicaci贸n de gran autoridad y m茅rito, que algunos libreros americanos har铆an bien en traducir y editar, relata en uno de los 煤ltimos n煤meros un suceso muy penoso que presenta las caracter铆sticas en cuesti贸n.

Un oficial de artiller铆a, hombre de gigantesca estatura y robusta salud, fue derribado por un caballo indomable, recibiendo una contusi贸n muy fuerte en la cabeza que en seguida le hizo perder el sentido. Ten铆a una ligera fractura de cr谩neo, pero sin peligro inmediato. La trepanaci贸n se realiz贸 con 茅xito. Se le practic贸 una sangr铆a y se adoptaron otros muchos m茅todos comunes de alivio. Pero cay贸 gradualmente en un sopor cada vez m谩s grave y, por 煤ltimo, se le dio por muerto.

Hac铆a calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios p煤blicos. Sus funerales se realizaron un d铆a jueves. El domingo siguiente frecuentaban el cementerio, como de costumbre, numerosos visitantes cuando, alrededor de mediod铆a, se produjo un gran revuelo provocado por las palabras de un campesino que, habi茅ndose sentado en la tumba del oficial, sinti贸 claramente una conmoci贸n en la tierra, como si alguien estuviera luchando debajo. Al principio nadie prest贸 atenci贸n a las palabras del hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia con que repet铆a su historia tuvieron, al fin, naturales efectos sobre la multitud. Algunos consiguieron de inmediato unas palas, y la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dej贸 ver la cabeza de su ocupante. Daba la impresi贸n de estar muerto, pero aparec铆a casi sentado dentro del ata煤d, cuya tapa, en una furiosa lucha, hab铆a levantado parcialmente.

Fue llevado en seguida al hospital m谩s cercano, donde se le declar贸 vivo, aunque en estado de asfixia. Despu茅s de algunas horas reaccion贸, reconoci贸 a sus amigos y, con frases entrecortadas, habl贸 de sus angustias en el sepulcro.

A trav茅s de su relato result贸 claro que la v铆ctima deb铆a haber conservado conciencia de la vida durante m谩s de una hora despu茅s de la inhumaci贸n, hasta perder el sentido. La fosa hab铆a sido llenada descuidadamente con una tierra muy porosa, sin apisonarla, y as铆 le lleg贸 algo de aire. Oy贸 los pasos de la multitud sobre su cabeza y trat贸 a su vez de hacerse o铆r. El tumulto en el interior de la tierra, dijo, fue lo que pareci贸 despertarlo de un profundo sue帽o, pero apenas despierto comprendi贸 el espantoso horror de su estado.

Este paciente, seg煤n se dice, iba mejorando y parec铆a encaminado hacia un restablecimiento definitivo, cuando sucumbi贸 v铆ctima del charlatanismo de la experimentaci贸n m茅dica. Se le aplic贸 la bater铆a galv谩nica y expir贸 de pronto en uno de esos paroxismos est谩ticos que en ocasiones produce.

La menci贸n de la bater铆a galv谩nica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, donde su acci贸n brind贸 la manera de volver a la vida a un joven abogado de Londres que estuviera enterrado durante dos d铆as. Esto ocurri贸 en 1831, y en el momento caus贸 profunda sensaci贸n en todas partes donde fue tema de conversaci贸n.

El paciente, Mr. Edward Stapleton, hab铆a muerto aparentemente de fiebre tifus, acompa帽ada de algunos s铆ntomas an贸malos que excitaron la curiosidad de sus m茅dicos. Despu茅s de su aparente deceso, se solicit贸 a los amigos una autorizaci贸n para un examen post mortem, pero 茅stos se negaron a permitirlo. Como sucede con frecuencia ante tales negativas, los m茅dicos resolvieron desenterrar el cuerpo y disecarlo a gusto, en privado. Se hicieron f谩ciles arreglos con algunos de los numerosos ladrones de cad谩veres que abundan en Londres, y la tercera noche despu茅s de la inhumaci贸n el supuesto cad谩ver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en la sala operatoria de un hospital privado.

Al practicarse una incisi贸n de cierta longitud en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugiri贸 la conveniencia de aplicar la bater铆a. Se hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada peculiar en ning煤n sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor que la ordinaria en la acci贸n convulsiva.

Era tarde. Estaba por amanecer y se juzg贸 oportuno, al fin, proceder de inmediato a la disecci贸n. Pero uno de los estudiantes ten铆a especiales deseos de probar una teor铆a propia e insisti贸 en la aplicaci贸n de la bater铆a a uno de los m煤sculos pectorales. Despu茅s de practicar una tosca incisi贸n, se estableci贸 apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento r谩pido pero nada convulsivo, se levant贸 de la mesa, camin贸 hasta el centro del recinto, mir贸 extra帽ado a su alrededor unos instantes y entonces… habl贸. Lo que dijo fue ininteligible, pero pronunci贸 unas palabras; el silabeo era claro. Despu茅s de hablar, cay贸 pesadamente al suelo.

Por un momento todos quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvi贸 la presencia de 谩nimo. Se vio que Mr. Stapleton estaba vivo, aunque en s铆ncope. Despu茅s de administr谩rsele 茅ter revivi贸 y recobr贸 r谩pidamente la salud, retornando a la sociedad de sus amigos, a quienes se ocult贸, sin embargo, toda noticia de su resurrecci贸n hasta que ya no hubo peligro de una reca铆da. Es de imaginar la maravilla de aqu茅llos y su arrobado asombro.

La nota m谩s espeluznante de este incidente se encuentra, sin embargo, en lo que afirma el mismo Mr. Stapleton. Declara que en ning煤n momento perdi贸 todo el sentido, que de un modo oscuro y confuso percib铆a lo que le estaba ocurriendo desde el momento en que fuera declarado muerto por los m茅dicos hasta aquel en que cay贸 desmayado sobre el piso del hospital. «Estoy vivo», fueron las palabras incomprensibles que, despu茅s de reconocer la sala de disecci贸n, hab铆a intentado en su apuro proferir.

Ser铆a cosa f谩cil multiplicar historias como 茅stas, pero me abstengo porque, en realidad, no nos hacen falta para sentar el hecho de que se producen entierros prematuros. Al reflexionar en las muy raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad de conocerlos, debemos de admitir que han de ocurrir frecuentemente sin que lo sepamos. En realidad, rara vez se ha removido con cierta extensi贸n un cementerio, por cualquier motivo, sin que aparecieran esqueletos en posturas que insin煤an la m谩s horrible de las sospechas.

¡Horrible, s铆, la sospecha, pero m谩s horrible el destino! Puede asegurarse sin vacilaci贸n que ning煤n suceso se presta tan terriblemente como la inhumaci贸n antes de la muerte para llevar al colmo de la angustia f铆sica y mental. La intolerable opresi贸n de los pulmones, las sofocantes emanaciones de la tierra h煤meda, las vestiduras f煤nebres que se adhieren, el r铆gido abrazo de la morada estrecha, la negrura de la noche absoluta, el silencio como un mar abrumador, la invisible pero palpable presencia del vencedor gusano, estas cosas, junto con los recuerdos del aire y la hierba que crecen arriba, la memoria de los amigos queridos que volar铆an a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podr谩n enterarse de 茅l, de que nuestra suerte desesperanzada es la de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan al coraz贸n a煤n palpitante a un grado de espantoso e intolerable horror, ante el cual la imaginaci贸n m谩s audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos pensar en nada tan horrible en los dominios del m谩s profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este t贸pico tienen un inter茅s profundo; inter茅s que, sin embargo, en el sagrado espanto del t贸pico mismo, depende justa y espec铆ficamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es mi propio conocimiento real, mi experiencia efectiva y personal.

Durante varios a帽os sufr铆 accesos de ese singular trastorno que los m茅dicos se han puesto de acuerdo en llamar catalepsia, a falta de un nombre m谩s definitivo. Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones y aun el diagn贸stico real de esta enfermedad siguen siendo misteriosos, su car谩cter evidente y manifiesto es de sobra conocido. Las variaciones parecen serlo especialmente de grado. A veces el paciente yace s贸lo un d铆a, o un per铆odo a煤n m谩s breve, en una especie de exagerado letargo. Est谩 privado de conocimiento y aparentemente inm贸vil, pero las pulsaciones del coraz贸n a煤n se perciben d茅bilmente, quedan algunas huellas de calor, una ligera coloraci贸n se demora en el centro de las mejillas y, aplicando un espejo a los labios, podemos descubrir una torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas y aun meses, mientras el examen m谩s minucioso y las m谩s rigurosas pruebas m茅dicas no logran establecer ninguna distinci贸n material entre el estado del paciente y lo que concebimos como muerte absoluta. Muy a menudo lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que lo sab铆an ya atacado de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo lo salva su apariencia incorrupta. La enfermedad avanza, por fortuna, gradualmente. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequ铆vocas. Los ataques son cada vez m谩s caracter铆sticos y cada uno dura m谩s que el anterior. En esto reside la seguridad principal en cuanto a la inhumaci贸n. El desdichado cuyo primer ataque tuviera el car谩cter grave que en ocasiones se presenta, ser铆a casi inevitablemente depositado vivo en la tumba.

Mi caso difer铆a en caracter铆sticas sin importancia de los mencionados en los libros de medicina. A veces, sin ninguna causa aparente, me sum铆a poco a poco en un estado de semis铆ncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad para moverme o para hablar o pensar, pero con una confusa conciencia let谩rgica de vida y de la presencia de aquellos que rodeaban mi lecho, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolv铆a, de improviso, el perfecto conocimiento. Otras veces el acceso era r谩pido, fulminante. Me sent铆a enfermo, aterido, helado, con v茅rtigo y, de pronto, ca铆a postrado. Entonces todo estaba vac铆o semanas enteras, y negro, silencioso, y la nada se convert铆a en el universo. La total aniquilaci贸n no pod铆a ser mayor. De estos 煤ltimos ataques despertaba, sin embargo, en una lenta gradaci贸n comparada con la instantaneidad del acceso. As铆 como amanece el d铆a para el mendigo sin casa y sin amigos, para el que rueda por las calles en la larga y desolada noche de invierno, as铆, tan tard铆a, tan cansada, tan alegre volv铆a a m铆 la luz del Alma.

Pero, fuera de la tendencia al s铆ncope, mi salud general parec铆a buena, y no hubiera advertido que sufr铆a tal enfermedad a menos que una peculiaridad de mi sue帽o pudiera considerarse como provocada por ella. Al despertarme, nunca pod铆a recobrar de inmediato la posesi贸n de mis sentidos y permanec铆a siempre durante algunos minutos en un estado de extrav铆o y perplejidad, pues las facultades mentales en general y la memoria en especial se hallaban en absoluta suspensi贸n.

En todos mis padecimientos no hab铆a sufrimiento f铆sico, sino una infinita angustia moral. Mi imaginaci贸n se torn贸 macabra. Hablaba «de gusanos, de tumbas, de epitafios». Me perd铆a en ensue帽os de muerte, y la idea del entierro prematuro pose铆a permanentemente mi esp铆ritu. El horrible peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba d铆a y noche. Durante el primero, la tortura de la meditaci贸n era excesiva; durante la segunda, era suprema. Cuando las torvas tinieblas se extend铆an sobre la Tierra, entonces, presa de los m谩s horrendos pensamientos, temblaba, temblaba como los tr茅mulos penachos de la carroza f煤nebre. Cuando mi naturaleza ya no pod铆a soportar la vigilia, luchaba antes de consentir en dormirme, pues me estremec铆a pensando que, al despertar, pod铆a encontrarme metido en una tumba. Y cuando, al fin, me hund铆a en el sue帽o, era s贸lo para precipitarme de pronto en un mundo de fantasmas sobre el cual se cern铆a con sus vastas, negras alas tenebrosas, la 煤nica, la sepulcral Idea.

De las innumerables im谩genes l煤gubres que me oprim铆an en sue帽os elijo para mi relato una visi贸n solitaria. So帽茅 que hab铆a ca铆do en trance catal茅ptico de duraci贸n y profundidad mayores que las habituales. De pronto una mano helada se pos贸 en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurr贸 en mi o铆do: «¡Lev谩ntate!».

Me sent茅. La oscuridad era total. No pod铆a ver la figura del que me hab铆a despertado. No pod铆a traer a la memoria ni el per铆odo durante el cual hab铆a ca铆do en trance, ni el lugar donde yac铆a ahora. Mientras permanec铆a inm贸vil, intentando reunir mis pensamientos, la fr铆a mano me aferr贸 con fuerza de la mu帽eca, sacudi茅ndola con petulancia, mientras la voz farfullante dec铆a de nuevo:

—¡Lev谩ntate! ¿No te orden茅 que te levantaras?

—Y t煤 —pregunt茅—, ¿qui茅n eres?

—No tengo nombre en las regiones donde habito —replic贸 la voz, pla帽idera—. Fui un hombre y soy un demonio. Soy implacable, pero digno de l谩stima. T煤 has de sentir que me estremezco. Me rechinan los dientes mientras hablo y, sin embargo, no es por el fr铆o de la noche, de la noche sin fin. Pero este horror es insoportable. ¿C贸mo puedes t煤 dormir tranquilo? No me dejan descansar los gritos de esas grandes agon铆as. Estos espect谩culos son m谩s de lo que puedo soportar. ¡Lev谩ntate! Ven conmigo a la noche exterior y deja que te muestre las tumbas. ¿No es 茅ste un espect谩culo de dolor? ¡Contempla!

Mir茅, y la figura invisible que segu铆a aferr谩ndome la mu帽eca hizo abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una sal铆an las d茅biles irradiaciones fosf贸ricas de la putrefacci贸n, de modo que pude ver en sus m谩s rec贸nditos escondrijos, y el espect谩culo de los cuerpos amortajados en su triste y solemne sue帽o con el gusano. Pero, ¡ay!, los verdaderos durmientes eran menos, entre muchos millones, que aquellos que no dorm铆an, y hab铆a una d茅bil lucha, y hab铆a un triste desasosiego general, y de las profundidades de los inn煤meros pozos sal铆a el melanc贸lico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y entre aquellos que parec铆an reposar tranquilos vi gran n煤mero que hab铆a cambiado, en mayor o menor grado, la r铆gida e inc贸moda posici贸n en que hab铆an sido originariamente sepultos. Y la voz me dijo de nuevo, mientras yo miraba:

—¿No es, acaso, ¡ah!, no es, acaso, un lastimoso espect谩culo?

Pero antes de que hallara palabras para replicarle, la figura dej贸 de aferrarme la mu帽eca, las luces fosforescentes se extinguieron y las tumbas se cerraron con s煤bita violencia, mientras de ellas brotaba un tumulto de gritos desesperados que repet铆an: «¿No es acaso, ¡oh Dios!, no es acaso un espect谩culo lastimoso?».

Fantas铆as como 茅sta se presentaban por la noche y extend铆an su terror铆fica influencia aun a mis horas de vigilia. Mis nervios se trastornaron y fui presa de perpetuo horror. Vacilaba en cabalgar, en caminar o practicar cualquier ejercicio que me apartara de casa. En realidad, ya no me atrev铆a a confiar en m铆 mismo fuera de la inmediata presencia de aquellos que conoc铆an mi propensi贸n a la catalepsia, por miedo de que, en uno de mis habituales ataques, me enterraran antes de que se determinara mi verdadero estado. Dudaba del cuidado, de la fidelidad de mis amigos m谩s queridos. Me asustaba pensar que, en un trance m谩s largo de lo acostumbrado, se convencieran de que no ten铆a remedio. Llegaba a temer que, como les causaba muchas molestias, quiz谩 se alegraran de considerar cualquier ataque muy prolongado como excusa suficiente para librarse de m铆 definitivamente. En vano trataban de tranquilizarme con las m谩s solemnes promesas. Les exig铆a, por los juramentos m谩s sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta que la descomposici贸n material estuviera tan avanzada que impidiese toda conservaci贸n. Y aun entonces mis terrores mortales no atend铆an a ninguna raz贸n, no aceptaba consuelo. Comenc茅 una serie de laboriosas precauciones. Entre otras cosas mand茅 rehacer de tal manera la b贸veda familiar, que era posible abrirla f谩cilmente desde el interior. La m谩s ligera presi贸n de una larga palanca que se extend铆a dentro de la cripta bastaba para abrir r谩pidamente los portales de hierro. Tambi茅n estaba prevista la libre admisi贸n de aire y luz, y adecuados recept谩culos para alimentos y agua, al alcance del ata煤d preparado para recibirme. Este ata煤d estaba forrado con un material c谩lido y suave y provisto de una tapa elaborada seg煤n el principio de la puerta de la b贸veda, con el a帽adido de resortes ideados de tal modo que el m谩s d茅bil movimiento del cuerpo hubiera sido suficiente para soltarla. Adem谩s de todo esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana cuya soga (estaba previsto) entrar铆a por un agujero en el ata煤d, siendo atada a una de las manos del cad谩ver. Mas, ¡ay!, ¿de qu茅 sirve la vigilancia contra el Destino del hombre? ¡Ni siquiera esas bien urdidas seguridades bastaban para librar de las m谩s extremadas angustias de la inhumaci贸n en vida a un infeliz destinado a ellas!

Lleg贸 una 茅poca —como ya hab铆a ocurrido a menudo— en que me encontr茅 a m铆 mismo emergiendo de una total inconsciencia a la primera sensaci贸n d茅bil e indefinida de existencia. Lentamente, con gradaci贸n de tortuga, se acercaba el alba gris, p谩lida, del d铆a ps铆quico. Un desasosiego aletargado. Una sensaci贸n ap谩tica de dolor sordo. Ninguna preocupaci贸n, ninguna esperanza, ning煤n esfuerzo. Despu茅s de un largo intervalo, un retint铆n en los o铆dos; luego, tras un lapso a煤n m谩s largo, una sensaci贸n de hormigueo o comez贸n en las extremidades; luego, un per铆odo aparentemente eterno de placentera quietud, durante el cual las sensaciones que despiertan luchan por convertirse en pensamientos; luego, otra breve zambullida en la nada; luego, un s煤bito restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un p谩rpado, e inmediatamente despu茅s, un choque el茅ctrico de terror, mortal e indefinido, que env铆a la sangre a torrentes de las sienes al coraz贸n. Y entonces el primer esfuerzo positivo por pensar. Y entonces el primer intento de recordar. Y entonces un 茅xito parcial y evanescente. Y entonces la memoria ha recobrado tanto su dominio, que en cierta medida tengo conciencia de mi estado. Siento que no estoy despertando de un sue帽o ordinario. Recuerdo que he padecido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un oc茅ano, abruma mi alma estremecida el 煤nico peligro horrendo, la 煤nica idea espectral, siempre dominante.

Durante unos minutos, ya pose铆do por esta fantas铆a, permanec铆 inm贸vil. ¿Y por qu茅? No pod铆a reunir valor para moverme. No me atrev铆a a hacer el esfuerzo que hab铆a de tranquilizarme sobre mi destino, y, sin embargo, algo en el coraz贸n me susurraba que era seguro. La desesperaci贸n —tal como ninguna otra desdicha produce—, s贸lo la desesperaci贸n me apremi贸, despu茅s de una larga duda, a levantar los pesados p谩rpados. Los levant茅. Estaba oscuro, todo oscuro. Supe que el ataque hab铆a terminado. Supe que la crisis de mi trastorno hab铆a pasado ya. Supe que hab铆a recobrado el uso de mis facultades visuales, y, sin embargo, estaba oscuro, todo oscuro, con la intensa y total capacidad de la Noche que dura para siempre.

Intent茅 gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivos, pero ninguna voz brot贸 de los cavernosos pulmones que, oprimidos como por el peso de una monta帽a, jadeaban y palpitaban con el coraz贸n en cada inspiraci贸n laboriosa y dif铆cil.

El movimiento de las mand铆bulas en el esfuerzo por gritar me mostr贸 que estaban atadas, como se hace habitualmente con los muertos. Sent铆 tambi茅n que yac铆a sobre una sustancia 谩spera y que algo similar, a los costados, me estrechaba. Hasta ese momento no me hab铆a atrevido a mover ninguno de los miembros, pero entonces levant茅 violentamente los brazos que estaban estirados, con las mu帽ecas cruzadas. Golpearon una sustancia s贸lida, le帽osa, que se extend铆a sobre mi cuerpo a no m谩s de seis pulgadas de mi cara. Ya no pude dudar de que reposaba al fin dentro de un ata煤d.

Y entonces, en medio de mi infinita desgracia, vino dulcemente la Esperanza, como un querub铆n, pues pens茅 en mis precauciones. Me retorc铆 y ejecut茅 espasm贸dicos conatos para forzar la tapa; no se mov铆a. Me palp茅 las mu帽ecas en busca de la soga: no la encontr茅. Y as铆 la Consoladora huy贸 para siempre y una desesperaci贸n a煤n m谩s vehemente rein贸 triunfal, pues no pod铆a menos de advertir la ausencia de las almohadillas que hab铆a preparado tan cuidadosamente, y entonces lleg贸 de improviso a mis narices el fuerte y peculiar olor de la tierra h煤meda. La conclusi贸n era irresistible. No estaba en la b贸veda. Hab铆a ca铆do en trance fuera de mi casa, entre extra帽os, d贸nde y c贸mo no pod铆a recordarlo, y ellos me hab铆an enterrado como a un perro, metido en un ata煤d com煤n claveteado, y arrojado a lo profundo, en lo profundo y para siempre, de alguna tumba ordinaria, an贸nima.

Cuando esta horrible convicci贸n se abri贸 paso en las m谩s 铆ntimas estancias de mi alma, luch茅 una vez m谩s por gritar. Y este segundo intento tuvo 茅xito. Un largo, salvaje grito continuo, un alarido de agon铆a reson贸 en los 谩mbitos de la noche subterr谩nea.

—Vamos, vamos, ¿qu茅 es eso? —dijo una voz 谩spera, en respuesta.

—¿Qu茅 diablos pasa ahora? —dijo un segundo.

—¡Fuera de ah铆! —exclam贸 un tercero.

—¿Por qu茅 a煤lla de esa manera, como si fuese un gato mont茅s? —dijo un cuarto.

Y entonces unos individuos muy r煤sticos me sujetaron y me sacudieron sin ceremonias. No me despertaron de mi sue帽o, pues estaba bien despierto cuando grit茅, pero me devolvieron a la plena posesi贸n de mi memoria.

Esta aventura ocurr铆a cerca de Richmond, en Virginia. Acompa帽ado de un amigo me hab铆a internado, en una expedici贸n de caza, varias millas abajo a orillas del r铆o James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendi贸 una tormenta. La cabina de una peque帽a chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos brind贸 el 煤nico abrigo disponible. Le sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dorm铆 en una de las dos 煤nicas literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no ten铆a ropa de cama. Su ancho era de dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era precisamente la misma. Me result贸 dificil铆simo introducirme en ella. Sin embargo dorm铆 profundamente y toda mi visi贸n, pues no era sue帽o ni pesadilla, surgi贸 naturalmente de las circunstancias de mi posici贸n, del giro habitual de mis pensamientos y de la dificultad, a la cual he aludido, de concentrar mis sentidos y especialmente de recobrar la memoria durante largo tiempo despu茅s de despertar de un sue帽o. Los hombres que me sacudieron eran la tripulaci贸n de la chalupa y algunos jornaleros contratados para cargarla. De la carga misma proced铆a el olor a tierra. La venda alrededor de las mand铆bulas era un pa帽uelo de seda con el cual me hab铆a atado la cabeza a falta de mi acostumbrado gorro de dormir.

Las torturas sufridas fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de la verdadera sepultura. Eran espantosas, de un horror inconcebible; pero del Mal procede el Bien, porque su mismo exceso provoc贸 en mi esp铆ritu una inevitable reacci贸n. Mi alma adquiri贸 vigor, adquiri贸 temple. Viaj茅 al extranjero. Hice vigorosos ejercicios. Respir茅 el aire libre del cielo. Pens茅 en otros temas que la muerte. Dej茅 a un lado mis libros de medicina. Quem茅 a Buchan. No le铆 m谩s Pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como 茅ste. En poco tiempo me convert铆 en un hombre nuevo y viv铆 una vida de hombre. Desde aquella noche memorable descart茅 para siempre mis aprensiones sepulcrales, y con ellas se desvanecieron los trastornos catal茅pticos, de los cuales fueran, quiz谩, menos consecuencia que causa.

Hay momentos en que, aun para el sereno ojo de la raz贸n, el mundo de nuestra triste humanidad puede cobrar la apariencia del infierno, pero la imaginaci贸n del hombre no es Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legi贸n de los terrores sepulcrales no puede considerarse totalmente imaginaria, pero, como los Demonios en cuya compa帽铆a Afrasiab realiz贸 su viaje por el Oxus, deben dormir o nos devorar谩n, debemos permitirles el sue帽o, o pereceremos.

FIN

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