Eran las diez de la noche. En la hoster铆a de los Tres Pichones, de Abbeylands, un viajero, joven a煤n, se hab铆a retirado a su cuarto, y de pie, cruzados los brazos contra el pecho, contemplaba el contenido de un ba煤l que acababa de abrir.
-Bueno, todav铆a debo sacar alg煤n partido de lo que me queda -dijo-. S铆, en este ba煤l puedo invocar un genio no menos poderoso que el de Las mil y una noches: el genio de la venganza… y quiz谩 tambi茅n el de la riqueza… ¿Qui茅n sabe?… Empecemos antes por el primero.
Quien hubiese visto el contenido del ba煤l, m谩s bien habr铆a pensado que su due帽o no deber铆a hacer mejor cosa que llev谩rselo a un trapero, pues todo eran ropas, en su mayor parte pertenecientes, por su tela y forma, a las modas de otro siglo, excepto uno o dos vestidos de mujer; pero ¿qu茅 pod铆a hacer con traje de mujer el joven cuya imaginaci贸n se exaltaba de ese modo ante aquel guardarropa h铆brido? No eran d铆as de Carnaval…
-¡Alto! Dan las diez -repuso de pronto-. Tengo que apresurarme, no vaya a cerrar la tienda ese brib贸n.
Y hablando consigo mismo se abroch贸 el frac, se ech贸 encima un capote de caza, baj贸, franque贸 la puerta, sigui贸 por la Calle Mayor hasta recorrerla casi toda, torci贸 por una calleja y se detuvo ante el escaparate de un comercio.
Quiz谩 fuese el 煤nico abierto de todo el pueblo. Detr谩s del escaparate se ve铆an las m谩s variadas mercanc铆as: muebles, libros, gemelos, monedas de plata, alhajas, relojes, hierro viejo y art铆culos de tocador. La mayor铆a de estos objetos ten铆an un r贸tulo que indicaba su precio. Detr谩s de un mostrador enrejado se sentaba un hombre con la pluma sobre la oreja, como un contable que acabara de interrumpir una operaci贸n matem谩tica para despabilar la luz de la vela. Porque, en medio de todas aquellas riquezas, el hombre del mostrador se alumbraba econ贸micamente con una prosaica vela de sebo colocada en una vieja botella vac铆a.
Tambi茅n 茅l, lo mismo que el joven de la hoster铆a, animaba su soledad con un mon贸logo o con uno de esos di谩logos cuyas preguntas y respuestas las hace uno mismo.
“Es una gran verdad, s铆, se帽or. En un chel铆n hay un mill贸n, como en un grano de trigo hay toda una cosecha para llenar un granero; el secreto consiste en colocar bien el chel铆n y en sembrar el grano de trigo en buena tierra. La inteligencia y el ahorro dan a los ceros valor poni茅ndolos a continuaci贸n de las cifras; la locura y la prodigalidad ponen la cifra a continuaci贸n de los ceros. ¡Qu茅 maravillosa semana! Las doscientas libras esterlinas que me prest贸 hace diez a帽os Tom谩s Evans han dado excelente fruto. El imb茅cil perdi贸 mi pagar茅; siempre hac铆a igual por su habitual negligencia. Eso s铆, tambi茅n habr铆a perdido el dinero si se hubiera presentado al vencimiento, en vez de morir nombrando heredero a su hijo Jorge, a煤n m谩s derrochador que 茅l. Creo firmemente que Tom谩s Evans tuvo la intenci贸n de dejarme ese legado, aunque el joven me escribi贸 reclam谩ndome las doscientas libras esterlinas con el pretexto de que no pagu茅 a su padre”.
-“Se帽or m铆o -le contest茅-, pres茅nteme el pagar茅 y har茅 honor a mi firma. No pido ning煤n requisito m谩s: soy solvente. Venga usted mismo si no tiene confianza en su agente de negocios”.
“¡S铆, s铆! Le pareci贸 mejor correr mundo con una actriz y gastarse las rentas antes de cobrarlas, en Norteam茅rica, de donde creo que no regresar谩. Dicen que tambi茅n 茅l se ha hecho c贸mico… ¡C贸mico!… ¡Cualquier d铆a el teatro le indemnizar谩 de lo que le ha costado! Raz贸n tiene nuestro ministro, el reverendo se帽or Mac-Holy, cuando llama escuela de Satan谩s al teatro. Si Tom谩s Evans hubiera sabido que su hijo acabar铆a su educaci贸n en esa escuela, adem谩s del pagar茅 de las doscientas libras esterlinas me hubiera legado tambi茅n todo el modesto patrimonio que tan mal invirti贸 el heredero r茅probo. ¡Comerse con una actriz la herencia de Tom谩s Evans y acabar por dedicarse 茅l mismo a las tablas!… Ese joven est谩 perdido. ¡No ser茅 yo quien vaya a verlo trabajar, ni aunque me regalase la entrada!”
El se帽or Benson, int茅rprete de este soliloquio, que ejerc铆a el doble oficio de prendero y prestamista, era acaso igualmente ingrato con el teatro y con su difunto amigo Tom谩s Evans. Porque muchos de los art铆culos que hab铆a en su tienda proced铆an de esos pobres comediantes que 茅l convert铆a en disc铆pulos de Sat谩n, y los hab铆a comprado hac铆a poco por la tercera parte de su valor, a consecuencia de la quiebra del empresario del coliseo de Abbeylands. Su 煤ltima frase, pronunciada con la elocuencia de un fiel sectario del reverendo Mac-Holy, quiz谩 fuera o铆da por el joven pupilo de la hoster铆a de los Tres Pichones, quien despu茅s de echar una ojeada llena de curiosidad a trav茅s de los cristales entraba en aquel momento en la tienda.
-Para servirle, se帽or Benson -salud贸-. Me alegro de que no haya cerrado a煤n. Deseo tratar con usted un peque帽o negocio.
-¿Tiene usted alg煤n reloj de m谩s y algunas guineas de menos? -pregunt贸 Benson abriendo un cajoncito.
-No, se帽or, no me sobra ninguno. Respecto a las guineas, tengo, por fortuna, bastantes todav铆a para poder comprarle un mueble que he visto esta ma帽ana al pasar delante de su tienda: un armario peque帽o con cajones… Creo que es de encina… ¡Ah! Casualmente est谩 ah铆…
-¡Disp茅nseme! -exclam贸 Benson al comprender que hab铆a juzgado mal al comprador, quien llegaba a la hora intempestiva que suele elegirse para deshacerse de alguna prenda-. Si le interesa el armario est谩 por completo a su disposici贸n… ¡Buen mueble, de veras…, de encina, s铆…, y encina de primera calidad, con cajones muy 煤tiles y bonitos! Ese armario me ha costado bastante caro en la subasta del granjero Merrywood, que muri贸 la semana pasada. Pero me conformo con poca ganancia, aunque se han puesto de moda los muebles antiguos. El granjero Merrywood dec铆a que este armario lo ten铆a su familia desde hace lo menos dos siglos. Puedo vend茅rselo por dos libras esterlinas.
-No presumo de ser inteligente en muebles viejos -respondi贸 el joven-; pero tengo una t铆a a quien creo que le gustar铆a 茅ste, y es un regalo que quiero hacerle para completar nuestro mobiliario. No regatear茅; aqu铆 tiene usted las dos libras esterlinas. Pago al contado, con dos condiciones: primera, que el mueble sea entregado esta noche, sin gastos, y que si por casualidad no agradase a mi t铆a, me lo cambie usted ma帽ana a primera hora por otra cosa, en cuyo caso los gastos de devoluci贸n correr铆an de mi cuenta.
-Con mucho gusto, con mucho gusto -asinti贸 Benson, que se esperaba el regateo de algunos chelines-. Pero ¿c贸mo voy a enviarlo esta noche?
-Eso all谩 usted -respondi贸 el comprador-. Deseo tambi茅n un recibo del dinero, y en ese recibo tendr谩 la bondad de especificar que me vende el armario con todo cuanto contiene, porque a lo mejor se encuentra una fortuna en estos armatostes antiguos -a帽adi贸 sonriendo-. Se habla de butacas que la propietaria hab铆a rellenado de billetes de banco.
-¡Oh! Eso no me preocupa -dijo Benson, extendiendo el recibo-. En cuanto al transporte… No pesa mucho el armario… Yo me encargo de 茅l… ¿Ad贸nde hay que llevarlo?
-A la se帽ora de Truman, Calle de Salisbury, n煤mero 2, en el arrabal… No es un barrio muy recomendable, pero cada uno se aloja donde puede, con los alquileres tan caros.
-Es una calle muy oscura y que no goza de buena fama -objet贸 el prestamista-. ¿No podr铆a usted aguardar a ma帽ana por la ma帽ana? Estoy solo en casa con una criada, y como a estas horas no encontrar茅 en su puesto al recadero de la esquina, seguro que me ver茅 obligado a llevar yo mismo el armario. Hace unos veinte a帽os, en esa misma calle, robaron y asesinaron a un hombre.
-¡Oh! ¡S铆, hace veinte a帽os…! -coment贸 riendo el joven-. Pero la Calle de Salisbury ha mejorado mucho desde esa fecha. Adem谩s, ¿a qu茅 ladr贸n seducir铆a la idea de robar un armario vac铆o, que ha estado dos o tres siglos en poder de la familia del granjero Merrywood?
El se帽or Benson dirigi贸 una mirada de desconfianza al comprador; pero le tranquiliz贸 la fisonom铆a franca y leal de aquel joven de apenas veinticuatro a帽os. En efecto, ¿qu茅 pod铆a temer? Y, adem谩s, “¡qu茅 ocasi贸n tan excelente para ahorrarme el viaje del mozo de cuerda! ¡Verdaderamente -se dec铆a a s铆 mismo-, yo debiera invitar a este hombre a un refresco! Pero la buena intenci贸n se desvaneci贸 como tantas otras buenas que a veces cruzaban r谩pidas por su imaginaci贸n.
-Si llega a casa de mi t铆a antes que yo, le ruego que diga 煤nicamente que es de parte de su sobrino, aunque estar茅 a tiempo para recibirlo yo mismo. S贸lo me detendr茅 un cuarto de hora en la Calle Mayor y regresar茅 a toda prisa.
Y acto seguido se envolvi贸 el joven con el capote y se despidi贸 del se帽or Benson.
脡ste pase贸 una mirada de satisfacci贸n en tomo suyo.
-¡Ea! -concluy贸-. He hecho un magn铆fico negocio que completa el d铆a con gran beneficio. ¡Qu茅 buen muchacho! ¡Cu谩nto debe de querer a su t铆a para no regatear al hacerle un regalo! Me dar茅 prisa en llevarle este armario, que amenazaba con estorbarme aqu铆 mucho tiempo.
Y llamando a la criada para participarle su salida, se ech贸 el armario al hombro, cerr贸 la puerta de la tienda y se encamin贸 con paso r谩pido a la Calle de Salisbury. Hab铆a cesado de llover.
Cuando lleg贸 al n煤mero 2, el prestamista llam贸 una vez con la aldaba sin obtener respuesta.
-¡Vaya! -dedujo para su capote-. Creo que esta es la casa que ha estado desalquilada tanto tiempo. No sab铆a que la ocuparan ya inquilinos. ¿A qui茅n se habr谩n dirigido, pues, para los muebles?
Volvi贸 a llamar y entonces dieron se帽ales de vida; se oyeron pisadas en el pasillo y abri贸 una vieja que parec铆a extra帽ada por tan tard铆a visita.
-Iba a acostarme -dijo la anciana-. No esperaba m谩s que a mi sobrino y cre铆 que ser铆a 茅l…
-Pronto estar谩 aqu铆 -respondi贸 Benson-, y me ha encargado que le traiga de su parte este precioso armario. Todo est谩 pagado…, a menos que quiera usted a帽adir alguna propina -indic贸 sin el menor remordimiento de conciencia, porque el avaro prestamista pensaba que no deb铆a impedir a la buena mujer mostrarse tan generosa como su sobrino.
-¡No faltaba m谩s! -accedi贸 la vieja-. Ah铆 tiene una moneda de seis peniques… ¡Qu茅 amable es para su t铆a mi querido sobrino!
-¿Hace mucho tiempo que vive usted aqu铆, se帽ora? -indag贸 Benson mientras la t铆a se registraba los bolsillos.
-¡No! S贸lo llevo tres d铆as -contest贸 la anciana.
-Gracias, se帽ora; y si le hace falta alg煤n mueble m谩s, venga usted misma a mi tienda, donde hallar谩 objetos de su agrado y barat铆simos.
-Gracias a mi sobrino, no creo que me falte gran cosa, m谩xime cuando mi antiguo mobiliario ha llegado todo esta ma帽ana por el canal. Buenas noches.
Benson se embols贸 la propina y se march贸, sin preocuparse m谩s que la vieja de prolongar la conversaci贸n en el pasillo, donde le hab铆a mandado dejar el armario, sin invitarle a entrar en las habitaciones.
Al llegar a su casa, el prestamista, como hombre minucioso, encendi贸 de nuevo la buj铆a, anot贸 su 煤ltimo ingreso y se permiti贸 el lujo de fumar una pipa antes de acostarse, y de servirse una copa de aguardiente para humedecer de cuando en cuando los labios. No tard贸 en o铆r dar las doce en uno de sus relojes; pero como otro dio una hora menos crey贸 que este 煤ltimo era el que acertaba y carg贸 de nuevo la pipa para esperar a que tocase un tercero. En aquel momento par贸 a su puerta un carruaje.
-¿Qui茅n podr谩 llegar a mi casa a estas horas? -se pregunt贸 al o铆r que llamaban-. ¡Ya va, ya va!… Probablemente ser谩 alg煤n noble arruinado que viene a ofrecerme su vajilla heredada o alguna condesa que quiere deshacerse de un diamante que la estorba.
Con tan agradable reflexi贸n, sali贸 a abrir. Vio a una se帽ora que se apeaba de una silla de postas, cuyo estribo fue levantado de nuevo por el conductor, quien cerr贸 tambi茅n la portezuela, en tanto que la viajera dispon铆a:
-Que aguarde el coche. Tengo que tratar con usted un asunto importante, se帽or Benson; entremos en su casa, para que nadie nos moleste.
Benson penetr贸 en la tienda, y a la luz de la vela not贸 que su entrevista a solas se efectuaba con una mujer de distinguid铆simo porte, vestida con sencillez y dominada por una gran emoci贸n.
-¿Es usted, realmente, el se帽or Benson el prestamista? -se inform贸.
-S铆, se帽ora, y comerciante de objetos de ocasi贸n: muebles, libros, estatuas, relojes de pared y bolsillo, alhajas, escopetas de dos ca帽ones, pistolas y otros diversos art铆culos.
-¿Estuvo usted en la subasta del granjero Merrywood el mi茅rcoles de la semana pasada?
-S铆, se帽ora.
-¿Lo ha comprado usted?
-¿Qu茅?
-¡Ah, es verdad! A煤n no se lo he dicho, ni debo dec铆rselo… ¿Cu谩nto ha pagado usted por todos los art铆culos que adquiri贸 all铆?
-He hecho algunas buenas adquisiciones, lo confieso, pero me han costado unas treinta guineas
-¿Quiere ense帽arme la factura de todos los lotes y dejarme escoger? O mejor a煤n, ¿quiere usted conced茅rmelo por cien guineas?
Benson miraba a aquella se帽ora tan emocionada, de labios temblorosos. Lo que ofrec铆a era de coraz贸n.
-No -contest贸-. Cien guineas es muy poco. Acaso para usted valga eso, pero para m铆 vale m谩s.
-¡Le dar茅 doscientas, y asunto terminado! ¿Qu茅 ha adquirido usted? ¿Las camas, las butacas, los aparadores?… Ens茅帽eme la lista…
Benson descolg贸 de un clavo de la tienda la memoria del tasador y se la entreg贸 a la se帽ora, que la examin贸 y con la misma agitaci贸n febril exclam贸:
-¿Para qu茅 comprobar art铆culo por art铆culo? S贸lo hay uno que me interesa, y es 茅ste. Qu茅dese con los dem谩s y v茅ndame ese armarito con sus cuatro cajones. Se帽ale usted mismo el precio y no perdamos un tiempo precioso.
-¡No puede ser, se帽ora! -opuso Benson, a su vez p谩lido y azorado-. Ese armario no est谩 ya en mi poder. Lo he vendido y lo he llevado yo mismo al comprador.
-¡Infeliz! -exclam贸 la se帽ora-. ¡Me ha arruinado usted y se ha arruinado tambi茅n a s铆 mismo! Ese armario nos hubiera hecho ricos a los dos. ¿Por qu茅 me enterar铆a tan tarde de la venta? ¿Por qu茅? ¿Y no puede usted recobrarlo? ¿Qui茅n lo ha adquirido? ¿Acceder谩 el comprador a vend茅rmelo? D铆game su nombre y su direcci贸n… Quiz谩s no se haya perdido todo a煤n…
-No s茅 el nombre del comprador -replic贸 Benson-; pero, por fortuna, s茅 d贸nde vive, y quiz谩 encontremos medio de volver a verlo… Sin embargo, d铆game antes por qu茅 se le antoja tan valioso el armario. Lo he examinado detenidamente, se lo aseguro; es un mueble ordinario, no tiene doble fondo ni muelle alguno secreto… Debe usted de equivocarse, sin duda.
-No hay equivocaci贸n. ¿Ha mirado usted bien los cuatro cajones? ¿Se ha fijado en su grueso? ¿No ha reparado en que el de arriba ten铆a una especie de corredera en un borde?
-No… nada he visto. Pero si tan segura est谩 usted de lo que afirma, habr茅 mirado mal… Decididamente, soy muy torpe; se han burlado de m铆… me han enga帽ado…
Pareci贸 tan abrumado el prestamista por la convicci贸n de su simpleza, que hasta la misma se帽ora se conmovi贸.
-Esc煤cheme -le dijo-; si se las agencia usted bien, a煤n podremos repararlo todo; pero es necesario que actuemos de acuerdo. ¿Quiere que acordemos repartirnos lo que contenga el caj贸n?
-Pero ¿qu茅 contiene? -inquiri贸 Benson bajando la voz-. ¿Contiene realmente algo?
-¿Le ofrecer铆a yo si no cien o doscientas guineas por tal mueble? En fin, quiero confi谩rselo todo. ¿Conoc铆a usted al granjero Merrywood?
-No, no puedo asegurar que lo conociera. Hace tiempo le vend铆 una silla de montar y recuerdo que pocos d铆as despu茅s vino a reprocharme haberlo enga帽ado en la calidad de la borra.
-¡Qu茅 suyo es eso! Esp铆ritu desconfiado, inquieto, l煤gubre… Pero no siempre fue as铆 el pobre hombre; la desgracia trastorna con frecuencia un buen car谩cter. Ten铆a una hija cuya extraordinaria belleza ponderaba todo el mundo hace unos veinte a帽os; hija 煤nica… ¡Pobre Carolina! Constitu铆a su 铆dolo y mostraba con 茅l todas las atenciones del cari帽o filial. Agradecida a la brillante educaci贸n que recibiera, quer铆a consagrar su vida a tan buen padre: le le铆a, le ejecutaba sonatas al piano; en una palabra, era el 谩ngel de la casa. ¡Tan amable! Todos la quer铆amos.
-¿Tambi茅n la conoc铆a usted?
-¡Que si la conoc铆a! Fuimos amigas desde la infancia y 茅ramos primas por parte de madre. Aunque yo era pobre, se port贸 muy bien conmigo; exigi贸 a su padre que yo viviera con ellos en la granja. Claro que yo, por mi parte, los ayudaba con multitud de peque帽os servicios; pero ¡qu茅 delicadeza en el proceder de tan generosos parientes! Me hubieran tomado por hermana de Carolina siempre vestida igual, compartiendo sus diversiones… yendo al baile con ella… ¡Al baile!… Ya adivinar谩 usted lo dem谩s.
-¡No, se lo juro! La escucho.
-¿De modo que no ha o铆do usted hablar del viejo marqu茅s de…? ¡Pero dejemos ese nombre odioso!… Ten铆a un hijo, el joven conde Rogelio…, muchacho amabil铆simo, espl茅ndido, muy alegre, sin la menor arrogancia… Vio a Carolina y le impresion贸 su belleza; la am贸, como todos… ¿Qui茅n no la hubiera amado?… Le declar贸 su amor y lo comparti贸 con ella… Lo de siempre, se帽or Benson… el amor y sus penas amargas… Una noche, har谩 de esto doce a帽os, s铆, doce a帽os, transcurr铆a el mes de septiembre, Carolina vino a verme a mi cuarto… “Prima -me dijo-, ¿crees que mi padre es hombre capaz de perdonar?” “Sin duda, Carolina -le respond铆-. ¿No es cristiano?” “Lo es; pero ¿perdonar铆a a una hija que hubiese ambicionado elevarse por encima de su condici贸n? ¿Le perdonar铆a hacerse lady? ¿Se descubrir铆a de buena gana ante ella, como hace cuando la marquesa pasa por su lado en carroza para ir a la iglesia?” “¡Qu茅 locura!”, contest茅 a Carolina, temiendo comprenderla. Y en cuanto me hubo confesado todo, le di un consejo amistoso, aunque me sedujera tambi茅n verla ir y venir por mi cuarto aquella noche d谩ndose aires de condesa, abanic谩ndose con una zapatilla y recogi茅ndose la cola del traje de corte…, que a la saz贸n no era sino el camis贸n…
-¿Y qu茅 sucedi贸? ¿Cogi贸 una pleures铆a y muri贸?
-No, sucedi贸 que fue raptada. Carolina desapareci贸 una ma帽ana de aquel mes, y desde tan aciago d铆a, el granjero Merrywood no levant贸 la cabeza de humillaci贸n. El infortunado padre pareci贸 olvidar que hab铆a tenido una hija. No volvi贸 a hablar de Carolina; nadie se atrevi贸 ya a nombrarla, y cuando al mes siguiente recibi贸 carta de ella, en la que le anunciaba que se iba a casar, que iba a ser una gran se帽ora importante y rica, pero que siempre amar铆a y respetar铆a a su padre… el granjero rompi贸 la carta y arroj贸 los pedazos al aire, sin pronunciar m谩s que estas palabras: “¡Insensata! ¡Insensata!”
-Loca estaba, en efecto -confirm贸 Benson-, porque presumo que no se casar铆a con ella el joven conde.
-¡Ay, no! Y ella no volvi贸 a escribir. Merrywood subi贸 al cuarto que ocupaba Carolina, abri贸 violentamente el armario de encina en que ella guardaba sus vestidos y ropa blanca, vaci贸 en el suelo los cajones y ech贸 al fuego trajes, lencer铆a, cofias, toquillas, etc茅tera, etc茅tera. Aquel armario era un antiguo mueble de familia que hab铆a pertenecido a su propia abuela, luego a su madre, despu茅s a su esposa… El caj贸n superior ten铆a un doble fondo, que serv铆a a Carolina de cartera, donde guardaba las cartas que cuando estaba en el colegio recibi贸 de su padre. El granjero abri贸 asimismo ese doble fondo, las sac贸 de 茅l todas, intent贸 releer una y no pudo continuar por las muchas l谩grimas que acudieron a sus ojos. Pas贸 un mes, luego otro, despu茅s el a帽o entero, y el pobre padre no se mostraba menos taciturno ni menos triste, cuando recibi贸 otra carta que llevaba en el sello las armas del marqu茅s. La abri贸 y vio que era del joven conde Rogelio, cuyo padre acababa de morir, leg谩ndole todos sus t铆tulos y propiedades, pero a condici贸n de que se casara con la heredera de lord Rockigham. “Carolina -escrib铆a el nuevo marqu茅s- es dichosa; mas yo debo a usted una reparaci贸n personal, porque s茅 que su fortuna se ha resentido de sus penas. Le env铆o, pues, en nombre de su hija, cuatro billetes de banco de mil libras esterlinas cada uno.”
-¡Alabado sea Dios! -grit贸 el prestamista-. ¡Qu茅 se帽or tan noble y dadivoso! ¡Cuatro mil libras esterlinas! ¡Vaya una fortuna para el granjero Merrywood!
-¡Qu茅 mal lo juzga usted! ¡Ah! ¡Si hubiera visto, como yo vi, la c贸lera reconcentrada con que estruj贸 en sus manos la carta sin pronunciar una palabra!… Al cabo de un cuarto de hora de triste silencio me dijo: “Sube conmigo, Juana. Deseo que seas testigo de lo que voy a hacer.” Lo segu铆 toda temblorosa hasta el cuarto de Carolina. “Aqu铆 hay -agreg贸- cuatro mil libras esterlinas que ese cobarde seductor pretende hacerme aceptar en nombre de mi hija. L铆breme Dios de tocarlas, y no se las devuelvo porque podr铆a emplearlas en seducir a otras; pero… cuando yo muera…, si alguna vez queda en la miseria la hija que 茅l me rapt贸, no quiero que perezca de hambre. Justo es que recobre el precio de su deshonra; t煤 sabr谩s de d贸nde sacar lo que le pertenece.” Y al decir esto, abri贸 el doble fondo, meti贸 en 茅l los billetes de banco, empuj贸 el caj贸n con un postrer acceso de desesperaci贸n y me entreg贸 este alfiler de plata, que sirve para activar el muelle secreto. El granjero Merrywood ha muerto; Carolina ha dejado tambi茅n de existir. ¿Para qui茅n deben ser las cuatro mil libras esterlinas?
-¡Y yo que he vendido el armario por dos libras! -suspir贸 Benson- ¡Miserable de m铆! Lo repito: ¡me han robado! ¿Est谩 usted segura de que es la 煤nica que sab铆a lo que acaba de contarme? ¡Ah! ¡He debido desconfiar del joven de aparente inocencia que ven铆a como por casualidad a escoger ese mueble entre todos los de mi tienda!
-D铆game el nombre del comprador -repiti贸 la dama-; no s贸lo poseo el secreto, sino que tengo tambi茅n el alfiler.
-D茅jeme el alfiler -prosigui贸 Benson-. No es demasiado tarde para ir a comprobarlo. Corro all谩.
-No, no; quiero conservar la llave. Traiga usted el armario, y una vez que est茅 aqu铆 lo comprobaremos juntos, y juntos lo abriremos puesto que debemos repartirnos la suma. A no ser que prefiera darme la direcci贸n del comprador para que me arregle con 茅l.
-No, no -porfi贸, a su vez, Benson-; yo he cometido la falta, yo tengo que repararla. Est茅 usted aqu铆 ma帽ana por la ma帽ana, a las nueve.
-¡Ma帽ana, a las nueve! -repiti贸 la prima Juana-. Buenas noches.
Y mont贸 de nuevo en el carruaje.
Benson no cerr贸 los ojos en toda la noche por miedo a que el sol y el joven de la Calle de Salisbury madrugaran m谩s que 茅l. En cuanto amaneci贸, corri贸 a la calle en cuesti贸n, y daban las seis cuando se hallaba delante del n煤mero 2.
Antes de echar mano a la aldaba, se cercior贸 de que llevaba en el bolsillo una bolsa de monedas de oro. “Supongo -pensaba- que la vista del dinero seducir谩 a mi modesto joven, y, sobre todo, a la t铆a vieja, a quien tal vez haya que indemnizar. ¡Magn铆fico! Estoy prevenido. Llamemos.”
-¿Qui茅n es?
-¿Est谩 levantada la se帽ora de Truman? -pregunt贸 Benson por el ojo de la cerradura.
-A煤n no.
-¿Y su sobrino?
-Soy yo -respondi贸 una voz desde dentro.
Y al abrirse la puerta. el sobrino, present谩ndose en persona, expres贸 su extra帽eza por tan temprana visita.
-Caballero -le expuso Benson-, nunca se apresura uno lo bastante, cuando se trata de reparar un error. Lo comet铆 anoche, al venderle un armario que me descabalaba la pareja. Y vengo a deshacer el trato; pero soy demasiado justo para no resarcirle espl茅ndidamente. Usted mismo escoger谩 lo que quiera de toda mi tienda.
-De ning煤n modo, se帽or. Mi t铆a est谩 entusiasmada con el regalo y no creo que haya el menor error. Por otra parte, todav铆a no he abierto los cajones, y recordar谩 usted que lo he previsto todo… ¿Y si encontrase en 茅l mi fortuna? Esos muebles antiguos de familia han enriquecido a m谩s de un heredero, como le dec铆a a usted ayer.
Hubo una pausa. Benson reflexionaba y calculaba. Reanud贸 la conversaci贸n a media voz y apoy贸 su elocuencia sacando del bolsillo la bolsa. Y debi贸 de hallar, por fin, un argumento contundente, porque media hora m谩s tarde el armario g贸tico entraba de nuevo en la tienda, despu茅s de desandar, a hombros del prestamista, todo el camino recorrido la v铆spera.
-¡Al fin respiro! -exclam贸-. Pero ¿aguardar茅 a las nueve? ¡Ah! ¡Esa buena prima que cree que no puedo prescindir de su alfiler! Aqu铆 tengo una hachita que ha roto otros muchos muebles!
Monologando as铆, sac贸 el primer caj贸n del armario y vio pegado en una de las paredes interiores un papel.
-¡Vaya, vaya! -murmur贸-. ¿Ser谩 uno de los billetes?
Y ley贸:
“Recib铆: Jorge Evans.”
En el mismo instante entraba el joven c贸mico en su cuarto de la hoster铆a de los Tres Pichones y restitu铆a a su ba煤l dos vestidos de mujer.
-¡Vaya! -se dijo-. ¡Mucha prisa se ha dado en quebrar el empresario de este pueblo! Yo hubiera podido hacerle recaudar algunos ingresos con mi estreno. He tenido bastante 茅xito en mis papeles de la t铆a Truman y de la prima Juana. Deducidos de mis doscientas cincuenta libras esterlinas el alquiler de la casa de la Calle de Salisbury, las dos libras del armario, lo que debo por la silla de posta y la propina de seis peniques, tan generosamente dada al ambicioso Benson, a煤n me quedar谩n las doscientas libras de mi padre, con los intereses de diez a帽os. ¡Ojal谩 la conciencia de mi deudor est茅 tan tranquila como la m铆a!
(1853)

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Todos los comentarios son revisados antes de su publicaci贸n por el administrador.