Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su familia, de H. P. Lovecraft - Amantes de la literatura

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3.27.2023

Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su familia, de H. P. Lovecraft



I
La vida es algo espantoso; y desde el trasfondo de lo que conocemos de ella asoman indicios demon铆acos que la vuelven a veces infinitamente m谩s espantosa. La ciencia, ya opresiva en sus tremendas revelaciones, ser谩 quiz谩 la que aniquile definitivamente nuestra especie humana -si es que somos una especie aparte-; porque su reserva de insospechados horrores jam谩s podr谩 ser abarcada por los cerebros mortales, en caso de desatarse en el mundo. Si supi茅ramos qu茅 somos, har铆amos lo que hizo Arthur Jermyn, que empap贸 sus ropas de petr贸leo y se prendi贸 fuego una noche. Nadie guard贸 sus restos carbonizados en una urna, ni le dedic贸 un monumento funerario, ya que aparecieron ciertos documentos, y cierto objeto dentro de una caja, que han hecho que los hombres prefieran olvidar. Algunos de los que lo conoc铆an niegan incluso que haya existido jam谩s.

Arthur Jermyn sali贸 al p谩ramo y se prendi贸 fuego despu茅s de ver el objeto de la caja, llegado de 脕frica. Fue este objeto, y no su raro aspecto personal, lo que lo impuls贸 a quitarse la vida. Son muchos los que no habr铆an soportado la existencia, de haber tenido los extra帽os rasgos de Arthur Jermyn; pero 茅l era poeta y hombre de ciencia, y nunca le import贸 su aspecto f铆sico. Llevaba el saber en la sangre; su bisabuelo, el bar贸n Robert Jermyn, hab铆a sido un antrop贸logo de renombre; y su tatarabuelo, Wade Jermyn, uno de los primeros exploradores de la regi贸n del Congo, y autor de diversos estudios eruditos sobre sus tribus animales, y supuestas ruinas. Efectivamente, Wade estuvo dotado de un celo intelectual casi rayano en la man铆a; su extravagante teor铆a sobre una civilizaci贸n congole帽a blanca le granje贸 sarc谩sticos ataques, cuando apareci贸 su libro, Reflexiones sobre las diversas partes de 脕frica. En 1765, este intr茅pido explorador fue internado en un manicomio de Huntingdon.

Todos los Jermyn pose铆an un rasgo de locura, y la gente se alegraba de que no fueran muchos. La estirpe carec铆a de ramas, y Arthur fue el 煤ltimo v谩stago. De no haber sido as铆, no se sabe qu茅 habr铆a podido ocurrir cuando lleg贸 el objeto aquel. Los Jermyn jam谩s tuvieron un aspecto completamente normal; hab铆a algo raro en ellos, aunque el caso de Arthur fue el peor, y los viejos retratos de familia de la Casa Jermyn anteriores a Wade mostraban rostros bastante bellos. Desde luego, la locura empez贸 con Wade, cuyas extravagantes historias sobre 脕frica hac铆an a la vez las delicias y el terror de sus nuevos amigos. Qued贸 reflejada en su colecci贸n de trofeos y ejemplares, muy distintos de los que un hombre normal coleccionar铆a y conservar铆a, y se manifest贸 de manera sorprendente en la reclusi贸n oriental en que tuvo a su esposa. Era, dec铆a 茅l, hija de un comerciante portugu茅s al que hab铆a conocido en 脕frica, y no compart铆a las costumbres inglesas. Se la hab铆a tra铆do, junto con un hijo peque帽o nacido en 脕frica, al volver del segundo y m谩s largo de sus viajes; luego, ella lo acompa帽贸 en el tercero y 煤ltimo, del que no regres贸. Nadie la hab铆a visto de cerca, ni siquiera los criados, debido a su car谩cter extra帽o y violento. Durante la breve estancia de esta mujer en la mansi贸n de los Jermyn, ocup贸 un ala remota y fue atendida tan s贸lo por su marido. Wade fue, efectivamente, muy singular en sus atenciones para con la familia; pues cuando regres贸 de 脕frica, no consinti贸 que nadie atendiese a su hijo, salvo una repugnante negra de Guinea. A su regreso, despu茅s de la muerte de lady Jermyn, asumi贸 茅l enteramente los cuidados del ni帽o.

Pero fueron las palabras de Wade, sobre todo cuando se encontraba bebido, las que hicieron suponer a sus amigos que estaba loco. En una 茅poca de la raz贸n como e! siglo XVIII, era una temeridad que un hombre de ciencia hablara de visiones insensatas y paisajes extra帽os bajo la luna del Congo; de gigantescas murallas y pilares de una ciudad olvidada, en ruinas e invadida por la vegetaci贸n, y de h煤medas y secretas escalinatas que descend铆an interminablemente a la oscuridad de criptas abismales y catacumbas inconcebibles. Especialmente, era una temeridad hablar de forma delirante de los seres que poblaban tales lugares: criaturas mitad de la jungla, mitad de esa ciudad antigua e imp铆a… seres que el propio Plinio habr铆a descrito con escepticismo, y que pudieron surgir despu茅s de que los grandes monos invadiesen la moribunda ciudad de las murallas y los pilares, de las criptas y las misteriosas esculturas. Sin embargo, despu茅s de su 煤ltimo viaje, Wade hablaba de esas cosas con estremecido y misterioso entusiasmo, casi siempre despu茅s de su tercer vaso en el Knight’s Head, alardeando de lo que hab铆a descubierto en la selva y de que hab铆a vivido entre ciertas ruinas terribles que 茅l s贸lo conoc铆a. Y al final hablaba en tales t茅rminos de los seres que all铆 viv铆an, que lo internaron en el manicomio. No manifest贸 gran pesar cuando lo encerraron en la celda enrejada de Huntingdon, ya que su mente funcionaba de forma extra帽a. A partir de! momento en que su hijo empez贸 a salir de la infancia, le fue gustando cada vez menos el hogar, hasta que 煤ltimamente parec铆a amedrentarlo. El Knight’s Head lleg贸 a convertirse en su domicilio habitual; y cuando lo encerraron, manifest贸 una vaga gratitud, como si para 茅l representase una protecci贸n. Tres a帽os despu茅s, muri贸.

Philip, el hijo de Wade Jermyn, fue una persona extraordinariamente rara. A pesar del gran parecido f铆sico que ten铆a con su padre, su aspecto y comportamiento eran en muchos detalles tan toscos que todos acabaron por rehuirle. Aunque no hered贸 la locura como algunos tem铆an, era bastante torpe y propenso a peri贸dicos accesos de violencia. De estatura peque帽a, pose铆a, sin embargo, una fuerza y una agilidad incre铆bles. A los doce a帽os de recibir su t铆tulo se cas贸 con la hija de su guardabosque, persona que, seg煤n se dec铆a, era de origen gitano; pero antes de nacer su hijo, se alist贸 en la marina de guerra como simple marinero, lo que colm贸 la repugnancia general que sus costumbres y su uni贸n hab铆an despertado. Al terminar la guerra de Am茅rica, se corri贸 el rumor de que iba de marinero en un barco mercante que se dedicaba al comercio en 脕frica, habiendo ganado buena reputaci贸n con sus proezas de fuerza y soltura para trepar, pero finalmente desapareci贸 una noche, cuando su barco se encontraba fondeado frente a la costa del Congo.

Con el hijo de Philip Jermyn, la ya reconocida peculiaridad familiar adopt贸 un sesgo extra帽o y fatal. Alto y bastante agraciado, con una especie de misteriosa gracia oriental pese a sus proporciones f铆sicas un tanto singulares, Robert Jermyn inici贸 una vida de erudito e investigador. Fue el primero en estudiar cient铆ficamente la inmensa colecci贸n de reliquias que su abuelo demente hab铆a tra铆do de 脕frica, haciendo c茅lebre el apellido en el campo de la etnolog铆a y la exploraci贸n. En 1815, Robert se cas贸 con la hija del s茅ptimo vizconde de Brightholme, con cuyo matrimonio recibi贸 la bendici贸n de tres hijos, el mayor y el menor de los cuales jam谩s fueron vistos p煤blicamente a causa de sus deformidades f铆sicas y ps铆quicas. Abrumado por estas desventuras, el cient铆fico se refugi贸 en su trabajo, e hizo dos largas expediciones al interior de 脕frica. En 1849, su segundo hijo, Nevil, persona especialmente repugnante que parec铆a combinar el mal genio de Philip Jermyn y la hauteur de los Brightholme, se fug贸 con una vulgar bailarina, aunque fue perdonado a su regreso, un a帽o despu茅s. Volvi贸 a la mansi贸n Jermyn, viudo, con un ni帽o, Alfred, que ser铆a con el tiempo padre de Arthur Jermyn.

Dec铆an sus amigos que fue esta serie de desgracias lo que trastorn贸 el juicio de Robert Jermyn; aunque probablemente la culpa estaba tan s贸lo en ciertas tradiciones africanas. El maduro cient铆fico hab铆a estado recopilando leyendas de las tribus onga, pr贸ximas al territorio explorado por su abuelo y por 茅l mismo, con la esperanza de explicar de alguna forma las extravagantes historias de Wade sobre una ciudad perdida, habitada por extra帽as criaturas. Cierta coherencia en los singulares escritos de su antepasado suger铆a que la imaginaci贸n del loco pudo haber sido estimulada por los mitos nativos. El 19 de Octubre de 1852, el explorador Samuel Seaton visit贸 la mansi贸n de los Jermyn llevando consigo un manuscrito y notas recogidas entre los onga, convencido de que pod铆an ser de utilidad al etn贸logo ciertas leyendas acerca de una ciudad gris de monos blancos gobernada por un dios blanco. Durante su conversaci贸n, debi贸 de proporcionarle sin duda muchos detalles adicionales, cuya naturaleza jam谩s llegar谩 a conocerse, dada la espantosa serie de tragedias que sobrevinieron de repente. Cuando Robert Jermyn sali贸 de su biblioteca, dej贸 tras de s铆 el cuerpo estrangulado del explorador; y antes de que consiguieran detenerlo, hab铆a puesto fin a la vida de sus tres hijos: los dos que no hab铆an sido vistos jam谩s, y el que se hab铆a fugado. Nevil Jermyn muri贸 defendiendo a su hijo de dos a帽os, cosa que consigui贸, y cuyo asesinato entraba tambi茅n, al parecer, en las locas maquinaciones del anciano. El propio Robert, tras repetidos intentos de suicidarse, y una obstinada negativa a pronunciar un solo sonido articulado, muri贸 de un ataque de apoplej铆a al segundo a帽o de su reclusi贸n.

Alfred Jermyn fue bar贸n antes de cumplir los cuatro a帽os, pero sus gustos jam谩s estuvieron a la altura de su t铆tulo. A los veinte, se hab铆a unido a una banda de m煤sicos, y a los treinta y seis hab铆a abandonado a su mujer y a su hijo para enrolarse en un circo ambulante americano. Su final fue repugnante de veras. Entre los animales del espect谩culo con el que viajaba, hab铆a un enorme gorila macho de color algo m谩s claro de lo normal; era un animal sorprendentemente tratable y de gran popularidad entre los artistas de la compa帽铆a. Alfred Jermyn se sent铆a fascinado por este gorila, y en muchas ocasiones los dos se quedaban mir谩ndose a los ojos largamente, a trav茅s de los barrotes. Finalmente, Jermyn consigui贸 que le permitiesen adiestrar al animal asombrando a los espectadores y a sus compa帽eros con sus 茅xitos. Una ma帽ana, en Chicago, cuando el gorila y Alfred Jermyn ensayaban un combate de boxeo muy ingenioso, el primero propin贸 al segundo un golpe m谩s fuerte de lo habitual, lastim谩ndole el cuerpo y la dignidad del domador aficionado. Los componentes de «El Mayor Espect谩culo del Mundo» prefieren no hablar de lo que sigui贸. No se esperaban el grito escalofriante e inhumano que profiri贸 Alfred, ni verlo agarrar a su torpe antagonista con ambas manos, arrojarlo con fuerza contra el suelo de la jaula, y morderlo furiosamente en la garganta peluda. Hab铆a cogido al gorila desprevenido; pero 茅ste no tard贸 en reaccionar; y antes de que el domador oficial pudiese hacer nada, el cuerpo que hab铆a pertenecido a un bar贸n hab铆a quedado irreconocible.

Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su familia - H. P. Lovecraft (Manuscrito original mecanografiado)

II

Arthur Jermyn era hijo de Alfred Jerrnyn y de una cantante de music-halI de origen desconocido. Cuando el marido y padre abandon贸 a su familia, la madre llev贸 al ni帽o a la Casa de los Jermyn, donde no quedaba nadie que se opusiera a su presencia. No carec铆a ella de idea sobre lo que debe ser la dignidad de un noble, y cuid贸 que su hijo recibiese la mejor educaci贸n que su limitada fortuna le pod铆a proporcionar. Los recursos familiares eran ahora dolorosamente exiguos, y la Casa de !os Jermyn hab铆a ca铆do en penosa ruina; pero el joven Arthur amaba el viejo edificio con todo lo que conten铆a. A diferencia de los Jermyn anteriores, era poeta y so帽ador. Algunas de las familias de la vecindad que hab铆an o铆do contar historias sobre la invisible esposa portuguesa de Wade Jermyn afirmaban que estas aficiones suyas revelaban su sangre latina; pero la mayor铆a de las personas se burlaban de su sensibilidad ante la belleza, atribuy茅ndola a su madre cantante, a la que no hab铆an aceptado socialmente. La delicadeza po茅tica de Arthur Jermyn era mucho m谩s notable si se ten铆a en cuenta su tosco aspecto personal. La mayor铆a de los Jermyn hab铆a tenido una pinta sutilmente extra帽a y repelente; pero el caso de Arthur era asombroso. Es dif铆cil decir con precisi贸n a qu茅 se parec铆a; no obstante, su expresi贸n, su 谩ngulo facial, y la longitud de sus brazos produc铆an una viva repugnancia en quienes lo ve铆an por primera vez.

La inteligencia y el car谩cter de Arthur Jermyn, sin embargo, compensaban su aspecto. Culto, y dotado de talento, alcanz贸 los m谩s altos honores en Oxford y parec铆a destinado a restituir la fama de intelectual a la familia. Aunque de temperamento m谩s po茅tico que cient铆fico, proyectaba continuar la obra de sus antepasados en arqueolog铆a y etnolog铆a africanas, utilizando la prodigiosa aunque extra帽a colecci贸n de Wade. Llevado de su mentalidad imaginativa, pensaba a menudo en la civilizaci贸n prehist贸rica en la que el explorador loco hab铆a cre铆do absolutamente, y tej铆a relato tras relato en torno a la silenciosa ciudad de la selva mencionada en las 煤ltimas y m谩s extravagantes anotaciones. Pues las brumosas palabras sobre una atroz y desconocida raza de h铆bridos de la selva le produc铆an un extra帽o sentimiento, mezcla de terror y atracci贸n, al especular sobre el posible fundamento de semejante fantas铆a, y tratar de extraer alguna luz de los Jatos recogidos por su bisabuelo y Samuel Seaton entre los onga.

En 1911, despu茅s de la muerte de su madre, Arthur Jermyn decidi贸 proseguir sus investigaciones hasta el final. Vendi贸 parte de sus propiedades a fin de obtener el dinero necesario, prepar贸 una expedici贸n y zarp贸 con destino al Congo. Contrat贸 a un grupo de gu铆as con ayuda de las autoridades belgas, y pas贸 un a帽o en las regiones de Onga y Kaliri, donde descubri贸 muchos m谩s datos de lo que 茅l se esperaba. Entre los kaliri hab铆a un anciano jefe llamado Mwanu que pose铆a no s贸lo una gran memoria, sino un grado de inteligencia excepcional, y un gran inter茅s por las tradiciones antiguas. Este anciano confirm贸 la historia que Jermyn hab铆a o铆do, a帽adiendo su propio relato sobre la ciudad de piedra y los monos blancos, tal como 茅l la hab铆a o铆do contar.

Seg煤n Mwanu, la ciudad gris y las criaturas h铆bridas hab铆an desaparecido, aniquiladas por los belicosos n’bangus, hac铆a muchos a帽os. Esta tribu, despu茅s de destruir la mayor parte de los edificios y matar a todos los seres vivientes, se hab铆a llevado a la diosa disecada que hab铆a sido el objeto de la incursi贸n: la diosa-mono blanca a la que adoraban los extra帽os seres, y cuyo cuerpo atribu铆an las tradiciones del Congo a la que hab铆a reinado como princesa entre ellos. Mwanu no ten铆a idea del aspecto que debieron de tener aquellas criaturas blancas y simiescas; pero estaba convencido de que eran ellas quienes hab铆an construido la ciudad en ruinas. Jermyn no pudo formarse una opini贸n clara; sin embargo, despu茅s de numerosas preguntas, consigui贸 una pintoresca leyenda sobre la diosa disecada.

La princesa-mono, se dec铆a, se convirti贸 en esposa de un gran dios blanco llegado de Occidente. Durante mucho tiempo, reinaron juntos en la ciudad; pero al nacerles un hijo, se marcharon de la regi贸n. M谩s tarde, el dios y la princesa hab铆an regresado; y a la muerte de ella, su divino esposo hab铆a ordenado momificar su cuerpo, entroniz谩ndolo en una inmensa construcci贸n de piedra, donde fue adorado. Luego volvi贸 a marcharse solo. La leyenda presentaba aqu铆 tres variantes. Seg煤n una de ellas, no ocurri贸 nada m谩s, salvo que la diosa disecada se convirti贸 en s铆mbolo de supremac铆a para la tribu que la poseyera. Este era el motivo por el que los n’bangus se hab铆an apoderado de ella. Una segunda versi贸n alud铆a al regreso del dios, y su muerte a los pies de la entronizada esposa. En cuanto a la tercera, hablaba del retorno del hijo, ya hombre -o mono, o dios, seg煤n el caso-, aunque ignorante de su identidad. Sin duda los imaginativos negros hab铆an sacado el m谩ximo partido de lo que subyac铆a debajo de tan extravagante leyenda, fuera lo que fuese.

Arthur Jermyn no dud贸 ya de la existencia de la ciudad que el viejo Wade hab铆a descrito; y no se extra帽贸 cuando, a principios de 1912, dio con lo que quedaba de ella. Comprob贸 que se hab铆an exagerado sus dimensiones, pero las piedras esparcidas probaban que no se trataba de un simple poblado negro. Por desgracia, no consigui贸 encontrar representaciones escult贸ricas, y lo exiguo de la expedici贸n impidi贸 emprender el trabajo de despejar el 煤nico pasadizo visible que parec铆a conducir a cierto sistema de criptas que Wade mencionaba. Pregunt贸 a todos los jefes nativos de la regi贸n acerca de los monos blancos y la diosa momificada, pero fue un europeo quien pudo ampliarle los datos que le hab铆a proporcionado el viejo Mwanu. Un agente belga de una factor铆a del Congo, M. Verhaeren, cre铆a que pod铆a no s贸lo localizar, sino conseguir tambi茅n a la diosa momificada, de la que hab铆a o铆do hablar vagamente, dado que los en otro tiempo poderosos n’bangus eran ahora sumisos siervos del gobierno del rey Alberto, y sin mucho esfuerzo podr铆a convencerlos para que se desprendiesen de la horrenda deidad de la que se hab铆an apoderado. As铆 que, cuando Jermyn zarp贸 para Inglaterra, lo hizo con la gozosa esperanza de que, en espacio de unos meses, podr铆a recibir la inestimable reliquia etnol贸gica que confirmar铆a la m谩s extravagante de las historias de su antecesor, que era la m谩s disparatada de cuantas 茅l hab铆a o铆do. Pero quiz谩 los campesinos que viv铆an en la vecindad de !a Casa de los Jermyn hab铆an o铆do historias m谩s extravagantes a煤n a Wade, alrededor de las mesas del Knight’s Head.

Arthur Jermyn aguard贸 pacientemente la esperada caja de M. Verhaeren, estudiando entretanto con creciente inter茅s los manuscritos dejados por su loco antepasado. Empezaba a sentirse cada vez m谩s identificado con Wade, y buscaba vestigios de su vida personal en Inglaterra, as铆 como de sus haza帽as africanas. Los relatos orales sobre la misteriosa y recluida esposa eran numerosos, pero no quedaba ninguna prueba tangible de su estancia en la Mansi贸n Jermyn. Jermyn se preguntaba qu茅 circunstancias pudieron propiciar o permitir semejante desaparici贸n, y supuso que la principal debi贸 de ser la enajenaci贸n mental del marido. Recordaba que se dec铆a que la madre de su tatarabuelo fue hija de un comerciante portugu茅s establecido en 脕frica. Indudablemente, el sentido pr谩ctico heredado de su padre, y su conocimiento superficial del Continente Negro, lo hab铆an movido a burlarse de las historias que contaba Wade sobre el interior; y eso era algo que un hombre como 茅l no debi贸 de olvidar. Ella hab铆a muerto en 脕frica, adonde sin duda su marido la llev贸 a la fuerza, decidido a probar lo que dec铆a. Pero cada vez que Jermyn se sum铆a en estas reflexiones, no pod铆a por menos de sonre铆r ante su futilidad, siglo y medio despu茅s de la muerte de sus extra帽os antecesores.

En Junio de 1913 le lleg贸 una carta de M. Verhaeren en la que le notificaba que hab铆a encontrado la diosa disecada. Se trataba, dec铆a el belga, de un objeto de lo m谩s extraordinario; un objeto imposible de clasificar para un profano. S贸lo un cient铆fico pod铆a determinar si se trataba de un simio o de un ser humano; y aun as铆, su clasificaci贸n ser铆a muy dif铆cil dado su estado de deterioro. El tiempo y el clima del Congo no son favorables para las momias; especialmente cuando consisten en preparaciones de aficionados, como parec铆a ocurrir en este caso. Alrededor del cuello de la criatura se hab铆a encontrado una cadena de oro que sosten铆a un relicario vac铆o con adornos nobiliarios; sin duda, recuerdo de alg煤n infortunado viajero, a quien debieron de arrebat谩rselo los n’bangus para colg谩rselo a la diosa en el cuello, a modo de talism谩n. Comentando las facciones de la diosa, M. Verhaeren hac铆a una fant谩stica comparaci贸n; o m谩s bien alud铆a con humor a lo mucho que iba a sorprenderle a su corresponsal; pero estaba demasiado interesado cient铆ficamente para extenderse en trivialidades. La diosa momificada, anunciaba, llegar铆a debidamente embalada, un mes despu茅s de la carta.

El env铆o fue recibido en Casa de los Jermyn la tarde del 3 de Agosto de 1913, siendo trasladado inmediatamente a la gran sala que alojaba la colecci贸n de ejemplares africanos, tal como fueran ordenados por Robert y Arthur. Lo que sucedi贸 a continuaci贸n puede deducirse de lo que contaron los criados, y de los objetos y documentos examinados despu茅s. De las diversas versiones, la del mayordomo de la familia, el anciano Soames, es la m谩s amplia y coherente. Seg煤n este fiel servidor, Arthur orden贸 que se retirase todo el mundo de la habitaci贸n, antes de abrir la caja; aunque el inmediato ruido del martillo y el escoplo indic贸 que no hab铆a decidido aplazar la tarea. Durante un rato no se escuch贸 nada m谩s; Soames no pod铆a precisar cu谩nto tiempo; pero menos de un cuarto de hora despu茅s, desde luego, oy贸 un horrible alarido, cuya voz pertenec铆a inequ铆vocamente a Jermyn. Acto seguido, sali贸 Jermyn de la estancia y ech贸 a correr como un loco en direcci贸n a la entrada, como perseguido por alg煤n espantoso enemigo. La expresi贸n de su rostro -un rostro bastante horrible ya de por s铆- era indescriptible. Al llegar a la puerta, pareci贸 ocurr铆rsele una idea; dio media vuelta, ech贸 a correr y desapareci贸 finalmente por la escalera del s贸tano. Los criados se quedaron en lo alto mirando estupefactos; pero el se帽or no regres贸. Les lleg贸, eso s铆, un olor a petr贸leo. Ya de noche oyeron el ruido de la puerta que comunicaba el s贸tano con el patio; y el mozo de cuadra vio salir furtivamente a Arthur Jermyn, todo reluciente de petr贸leo, y desaparecer hacia el negro p谩ramo que rodeaba la casa. Luego, en una exaltaci贸n de supremo horror, presenciaron todos el final. Surgi贸 una chispa en el p谩ramo, se elev贸 una llama, y una columna de fuego humano alcanz贸 los cielos. La estirpe de los Jermyn hab铆a dejado de existir.

La raz贸n por la que no se recogieron los restos carbonizados de Arthur Jermyn para enterrarlos est谩 en lo que encontraron despu茅s; sobre todo, en el objeto de la caja. La diosa disecada constitu铆a una visi贸n nauseabunda, arrugada y consumida; pero era claramente un mono blanco momificado, de especie desconocida, menos peludo que ninguna de las variedades registradas e infinitamente m谩s pr贸ximo al ser humano… asombrosamente pr贸ximo. Su descripci贸n detallada resultar铆a sumamente desagradable; pero hay dos detalles que merecen mencionarse, ya que encajan espantosamente con ciertas notas de Wade Jermyn sobre las expediciones africanas, y con 1as leyendas congole帽as sobre el dios blanco y la princesa-mono. Los dos detalles en cuesti贸n son estos: las armas nobiliarias del relicario de oro que dicha criatura llevaba en el cuello eran las de los Jermyn, y la jocosa alusi贸n de M. Verhaeren a cierto parecido que le recordaba el apergaminado rostro, se ajustaba con v铆vido, espantoso e intenso horror, nada menos que al del sensible Arthur Jermyn, hijo del tataranieto de Wade Jermyn y de su desconocida esposa. Los miembros del Real Instituto de Antropolog铆a quemaron aquel ser, arrojaron el relicario a un pozo, y algunos de ellos niegan que Arthur Jermyn haya existido jam谩s.

FIN

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