En la cripta - H. P. Lovecraft - Amantes de la literatura

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5.19.2023

En la cripta - H. P. Lovecraft



En la cripta es un cuento de terror del autor estadounidense H. P. Lovecraft, escrito el 18 de septiembre de 1925, publicado por primera vez en la edici贸n de noviembre de ese mismo a帽o de la revista pulp Tryout. Fue rechazado inicialmente por Weird Tales debido a que, seg煤n su editor, Farnsworth Wright, no pasar铆a los filtros de censura de algunos estados norteamericanos. Un a帽o despu茅s de aparecer en Tryout, Lovecraft envi贸 la historia a la revista pulp Ghost Stories, pero tambi茅n fue rechazado. Por sugerencia de August Derleth, H. P. Lovecraft reescribi贸 los pasajes m谩s escabrosos del manuscrito y el cuento finalmente fue aceptado por Weird Tales en 1931.

Narra la historia de un sepulturero llamado George Birch, un hombre insensible que no dudaba en fabricar ata煤des de mala calidad y en maltratar a los muertos. Sin embargo, tras un lamentable accidente que da帽贸 sus tobillos, cambi贸 de profesi贸n.

Debido a su irresponsabilidad, qued贸 atrapado en una cripta, de la cual intent贸 salir por una claraboya. Para acceder a ella, form贸 una escalera con diversos ata煤des, accident谩ndose al pisar el que perteneci贸 a Asaph Sawyer, hombre cruel y rencoroso, de quien Birch se veng贸 alojando su cad谩ver en un ata煤d peque帽o y de mala calidad. Dicho ata煤d en un principio estaba destinado a su amigo Matthew Fenner, pero, al fallecer Sawyer, Birch se lo adjudic贸 a 茅l. Dadas las proporciones de este 煤ltimo, decidi贸 cerrar sus tobillos con el fin de que cupiese.

Coincidentemente, ser铆a precisamente este ata煤d el que pisar铆a al ascender por las improvisadas escaleras, quebr谩ndose la tapa, hundi茅ndose los pies y sintiendo c贸mo algo le desgarraba, logrando huir de aquella cripta.

Su m茅dico, el Dr. Davis, decidi贸 dirigirse al lugar del accidente, descubriendo un cad谩ver con la cabeza partida y horriblemente desfigurado, pero reconociendo a Asaph Sawyer por su dentadura. Dedujo que lo acontecido en los tobillos de Birch no era m谩s que una venganza de Sawyer que, incluso despu茅s de muerto, segu铆a siendo el cruel hombre que fue en vida.

En la cripta
H. P. Lovecraft
[Cuento completo]

Dedicado a C. W Smith, de cuyas sugerencias tom茅 la idea central.

Desde mi punto de vista, no hay nada m谩s absurdo que la tradicional asociaci贸n entre lo hogare帽o y lo saludable que parece dominar la psicolog铆a de las multitudes. Describa un buc贸lico paisaje yanqui, un torpe y obeso encargado de una funeraria de pueblo, y un lamentable contratiempo acaecido en una tumba, y a ning煤n lector corriente se le ocurrir谩 esperar otra cosa que un desbordante, aunque grotesco, episodio c贸mico. Sin embargo, bien sabe Dios que la prosaica historia que la muerte de George Birch me permite narrar contiene ciertos matices que har铆an palidecer nuestras tragedias m谩s l煤gubres.


Birch sufri贸 una crisis y traspas贸 su negocio en 1881, aunque jam谩s hablaba de ello si pod铆a evitarlo. Y tampoco lo hizo su anciano m茅dico, el doctor Davis, que muri贸 a帽os atr谩s. Se ten铆a por cierto que la invalidez y la conmoci贸n que le manten铆an postrado fueron causadas por un desafortunado resbal贸n que oblig贸 a Birch a estar encerrado durante nueve horas en la cripta del cementerio de Peck Valley, lugar del que s贸lo pudo salir tras rudimentarios y desastrosos procedimientos mec谩nicos; pero, aunque indudablemente todo eso era cierto, tambi茅n exist铆an otros hechos m谩s tenebrosos que Birch sol铆a contarme entre susurros durante los delirios de borracho de sus 煤ltimos a帽os. Confiaba en m铆 porque era su m茅dico, y porque seguramente ten铆a la necesidad de abrirse a alguien tras la muerte de Davis. Era un hombre soltero, y no ten铆a ning煤n pariente.

Birch hab铆a sido el director de la funeraria de Peck Valley hasta 1881, y uno de los individuos m谩s insensibles y primitivos que uno pueda imaginarse. Los m茅todos que sol铆an atribu铆rsele resultar铆an totalmente impensables hoy en d铆a, al menos en cualquier ciudad; incluso la gente de Peck Valley se habr铆a estremecido un tanto de haber estado al corriente de la fr谩gil 茅tica de su artista de pompas f煤nebres en materias tan delicadas como la propiedad de la valiosa «mortaja» que se ocultaba tras la tapa del ata煤d, y el grado de dignidad del que hac铆a gala al colocar y ajustar los miembros cubiertos de sus inanimados clientes en f茅retros cuyas medidas no siempre hab铆an sido calculadas con total precisi贸n. En resumidas cuentas, Birch era un sujeto poco estricto e insensible, y un indeseable en los cometidos de su profesi贸n; y sin embargo, a煤n sigo pensando que no ten铆a malas intenciones. Simplemente, se trataba de un ser grosero y burdo, poco habituado a pensar, vago, aficionado al alcohol —como lo demuestra su absurdo accidente— y que carec铆a de ese toque de imaginaci贸n que mantiene al ciudadano medio dentro de los l铆mites del decoro.

No s茅 por d贸nde comenzar la historia de Birch, ya que no soy un narrador experto. Supongo que deber铆a empezar en aquel g茅lido diciembre de 1880, cuando la tierra se hel贸 y los sepultureros del cementerio se dieron cuenta de que ya no podr铆an excavar m谩s fosas hasta la primavera. Afortunadamente, el pueblo era peque帽o y el 铆ndice de mortalidad bajo, de manera que no result贸 demasiado dif铆cil dar a los inanimados clientes de Birch un refugio temporal en la 煤nica cripta del cementerio, aunque fuera bastante antigua. El due帽o de la funeraria se aletarg贸 a煤n m谩s a causa de aquel clima tan duro, sobrepasando con creces su habitual desidia. Jam谩s hab铆a claveteado ata煤des m谩s endebles y destartalados, ni se hab铆a despreocupado tanto de las necesidades de la oxidada cerradura de la cripta, cuya puerta abr铆a y cerraba de golpe con la mayor indiferencia.

Por fin lleg贸 el deshielo primaveral, y las fosas fueron sigilosamente preparadas para las nueve presas mudas de la t茅trica Parca que aguardaban en la cripta. Birch, a pesar de su poca predisposici贸n al traslado y enterramiento de los cuerpos, se puso manos a la obra una desapacible ma帽ana de abril; pero antes del mediod铆a, tras depositar en su morada eterna un 煤nico cad谩ver, tuvo que renunciar a la tarea debido al intenso chaparr贸n que parec铆a irritar a su caballo. El cuerpo pertenec铆a a un tal Darius Peck, un anciano nonagenario, cuya sepultura no se encontraba muy lejos de la cripta. Birch decidi贸 retomar su trabajo al d铆a siguiente con el cad谩ver del viejo y enjuto Matthew Fenner, cuya fosa tambi茅n estaba cerca; pero en realidad posterg贸 el enterramiento durante tres d铆as m谩s, hasta el 15 de abril, d铆a de Viernes Santo. Como no era un individuo supersticioso, no le dio mayor importancia a la fecha, aunque a partir de aquel d铆a se neg贸 siempre a hacer cualquier cosa de importancia en ese fat铆dico sexto d铆a de la semana. Y en verdad, los acontecimientos de aquel anochecer cambiaron profundamente a George Birch.

As铆 pues, la tarde del viernes 15 de abril Birch conduc铆a su carromato tirado por un caballo en direcci贸n a la cripta, con la finalidad de trasladar el cad谩ver de Matthew Fenner. Que no se encontraba del todo sobrio es algo que luego admitir铆a; aunque tambi茅n es cierto que a煤n no se hab铆a entregado en serio a la bebida, como m谩s adelante har铆a para intentar olvidar ciertas cosas. Simplemente se encontraba algo atontado, y lo bastante distra铆do como para desconcertar a su impresionable jumento, que, tras soportar un fuerte tir贸n de riendas al llegar a la cripta, se puso a relinchar mientras pateaba el suelo y sacud铆a la cabeza de la misma manera que en aquella otra ocasi贸n en la que le hab铆a sorprendido la lluvia. El d铆a era claro, pero se hab铆a levantado una fuerte brisa, y Birch estaba contento de hallarse a resguardo mientras abr铆a el port贸n de hierro y entraba en la cripta excavada sobre la ladera. Cualquier otra persona se habr铆a sentido inc贸moda en aquel recinto h煤medo y pestilente que conten铆a los otros ocho ata煤des colocados sin orden ni concierto; pero, en aquellos d铆as, Birch era insensible a todo, y lo 煤nico que le importaba era emplazar cada ata煤d en su fosa respectiva. A煤n no se hab铆a olvidado del revuelo que se arm贸 cuando los familiares de Hanna Bixby, que deseaban trasladar su cad谩ver al cementerio de la ciudad en la que hab铆an establecido su nueva residencia, encontraron el f茅retro del juez Capwell bajo la l谩pida de Hanna.

La luz era escasa, pero Bitch ten铆a buena vista, y no se confundi贸 con el ata煤d de Asaph Sawyer, aunque ambos eran muy parecidos. En realidad, hab铆a hecho aquel f茅retro para Matthew Fenner, pero al final tuvo que desecharlo por ser demasiado endeble y r煤stico, en un curioso ataque de sentimentalismo provocado por el recuerdo de la generosidad y amabilidad que aquel anciano le hab铆a mostrado cinco a帽os atr谩s, cuando se hallaba completamente arruinado. De manera que dio al viejo Matt lo mejor que pod铆a salir de sus manos, pero su taca帽er铆a le impuls贸 a conservar el ata煤d desechado, y as铆 pudo aprovecharlo cuando el viejo Asaph Sawyer muri贸 de unas fiebres malignas. Sawyer no era un sujeto simp谩tico, y circulaban montones de historias sobre sus inhumanas ansias de venganza y su incre铆ble facilidad para recordar ofensas reales o imaginarias. Birch no sinti贸 ning煤n remordimiento al asignarle el desvencijado ata煤d, que ahora echaba a un lado mientras buscaba la caja de Fenner.

Justo al reconocer el ata煤d de Matt, una r谩faga de viento cerr贸 de golpe la puerta, dej谩ndole sumido en una oscuridad a煤n m谩s profunda. Por el estrecho dintel apenas pasaban unos d茅biles rayos de luz, y pr谩cticamente ninguno a trav茅s del conducto de ventilaci贸n que hab铆a sobre su cabeza, de manera que tuvo que avanzar a trompicones entre las cajas alargadas mientras buscaba el tirador de la puerta. En medio de aquella f煤nebre luminosidad tir贸 de la oxidada manivela, empuj贸 las planchas met谩licas y se pregunt贸 por qu茅 la puerta se hab铆a vuelto tan s煤bitamente obstinada. Atardec铆a, y entonces empez贸 a darse cuenta de su verdadera situaci贸n; se puso a gritar despavorido, como si su caballo pudiera hacer algo m谩s que contestarle con un relincho de indiferencia. Lo cierto es que aquel picaporte, tras largos a帽os de abandono, estaba roto, y el descuidado due帽o de la funeraria se hab铆a quedado encerrado en la cripta, v铆ctima de su propia desidia.

Los hechos debieron de acontecer hacia las tres y media de la tarde. Birch, que era un sujeto de temperamento pragm谩tico y eminentemente pr谩ctico, dej贸 de gritar enseguida y se puso a buscar unas herramientas que recordaba haber visto en un rinc贸n de la cripta. No est谩 muy claro si lleg贸 a intimidarse por aquella situaci贸n un tanto horrible y tremendamente absurda, pero el hecho de estar all铆 encerrado, tan lejos de los sitios comunes por donde transitaba la vida cotidiana de los hombres, era suficiente como para exasperarlo profundamente. Sus tareas diarias fueron tristemente interrumpidas, y a menos que la providencia llevara hasta all铆 a alg煤n caminante despistado, tendr铆a que hacer noche en la cripta. Pronto dio con el mont贸n de herramientas y, tras coger un martillo y un cincel, Birch volvi贸 a la puerta caminando por encima de los ata煤des. El aire empezaba a estar muy cargado, pero no dio demasiada importancia a este hecho mientras bregaba, casi a tientas, con el pesado y herrumbroso picaporte de metal. Habr铆a dado cualquier cosa por disponer de una linterna o de un peque帽o trozo de vela, pero, a falta de ambos, intentaba apa帽谩rselas en medio de la penumbra como buenamente pod铆a.

Cuando se percat贸 de que la manivela no iba a ceder, contando s贸lo con aquellas fr谩giles herramientas y en unas condiciones de luz tan precarias, Birch mir贸 a su alrededor en busca de otras salidas posibles. La cripta hab铆a sido excavada en una ladera de la colina, de manera que el estrecho conducto de ventilaci贸n que hab铆a sobre su cabeza discurr铆a a lo largo de varios metros de tierra, haciendo impracticable aquella v铆a de escape. Sin embargo, encima de la puerta hab铆a una especie de abertura sobre un montante empotrado en la fachada de ladrillo, y pudiera ser que un trabajador diligente fuera capaz de ensancharla; as铆 que se qued贸 mir谩ndola fijamente mientras se devanaba los sesos pensando en la manera de llegar hasta el montante. En la cripta no hab铆a nada parecido a una escalerilla, y los nichos que hab铆a a los lados y en la parte trasera —que Birch jam谩s se hab铆a tomado la molestia de usar— no posibilitaban el ascenso a la parte superior de la puerta. Tan s贸lo los mismos ata煤des pod铆an convertirse en potenciales pelda帽os, y mientras consideraba esta posibilidad pensaba en cu谩l ser铆a la mejor manera de colocarlos. Decidi贸 que con tres ata煤des podr铆a alcanzar el montante, pero que ser铆a mejor utilizar cuatro. Los f茅retros eran pr谩cticamente iguales, y pod铆an apilarse uno sobre otro; as铆 que empez贸 a hacer c谩lculos sobre cu谩l ser铆a la forma m谩s estable de colocar los ocho para conseguir una plataforma escalable de cuatro pelda帽os. Mientras pensaba en todo esto, no pudo menos que desear que las unidades de su proyectada escalera hubieran sido construidas de un modo m谩s s贸lido. El hecho de que hubiera tenido la suficiente imaginaci贸n para haber deseado que las cajas estuvieran vac铆as es una cuesti贸n que ya ofrece serias dudas.

Por fin, decidi贸 formar una base de tres cajas paralelas a la pared, sobre la que colocar铆a dos niveles m谩s de dos cajas cada uno, el 煤ltimo de los cuales rematar铆a con una sola caja a modo de plataforma. De esta manera podr铆a ascender y alcanzar la altura deseada con muy pocos esfuerzos. Aunque si lo hubiera pensado mejor, podr铆a haber usado tan s贸lo dos cajas en la base para sostener toda la estructura, dejando otra de reserva para la c煤spide en caso de que necesitara llegar m谩s arriba para poder salir de all铆. De forma que el cautivo se puso manos a la obra en medio de la creciente oscuridad, transportando los insensibles restos mortales sin ninguna ceremonia mientras su Torre de Babel en miniatura crec铆a pelda帽o a pelda帽o. Algunos ata煤des empezaron a rajarse debido a la presi贸n que soportaban, por lo que Birch decidi贸 reservar para el 煤ltimo escal贸n la s贸lida caja de Matthew Fenner, con la intenci贸n de que sus pies tuvieran una plataforma lo m谩s estable posible. En medio de aquella penumbra, se ve铆a obligado a confiar en el tacto para escoger el ata煤d adecuado, y acab贸 dando con 茅l de una manera pr谩cticamente accidental, ya que sus manos tropezaron milagrosamente con la caja, tras haberla colocado por error al lado de otro ata煤d del tercer piso.

Una vez terminada la torre, y tras una pausa para dar descanso a sus doloridos brazos, durante la cual permaneci贸 sentado en el pelda帽o inferior de su t茅trico artefacto, Birch ascendi贸 con suma cautela, equipado con sus herramientas, y se coloc贸 al nivel del estrecho montante. Los m谩rgenes de la abertura eran de ladrillo, y no parec铆an existir muchas dudas de que podr铆a agrandarlos r谩pidamente a golpe de cincel y conseguir que su cuerpo pasara. Nada m谩s descargar los primeros martillazos, el caballo se puso a relinchar de una forma que igual podr铆a ser de aliento como de burla ante la tarea de su due帽o. En cualquier caso, las dos cosas resultaban bastante apropiadas, ya que la inesperada resistencia de los, en apariencia, desgastados ladrillos constitu铆a sin duda una sard贸nica acotaci贸n a la vanidad de los anhelos mortales, y la fuente de una tarea cuya ejecuci贸n se merec铆a los m谩s grandes est铆mulos.

Cay贸 la noche y Birch segu铆a d谩ndole al martillo. Ahora s贸lo pod铆a valerse del sentido del tacto, ya que las nubes hab铆an ocultado la luna, y aunque su trabajo progresaba lentamente, 茅l se sent铆a algo m谩s animado al ver c贸mo se ensanchaba la abertura tanto por la parte de arriba como por la de abajo. Estaba convencido de que a medianoche podr铆a salir; tampoco dej贸 que esta circunstancia se viera enturbiada por fantasmales apreciaciones. Libre pues de toda preocupaci贸n por la hora, el lugar y la compa帽铆a que ten铆a bajo sus pies, martilleaba filos贸ficamente los endurecidos ladrillos, lanzando maldiciones cuando alguna esquirla le golpeaba la cara y ri茅ndose cuando otra impactaba en el caballo, que cada vez estaba m谩s nervioso y no paraba de relinchar junto al cipr茅s. Al rato, el montante se hab铆a ensanchado tanto que cada cierto tiempo probaba a introducir su cuerpo por 茅l, inclin谩ndose de un lado a otro de forma que las cajas que ten铆a debajo empezaban a rechinar y tambalearse. Se dio cuenta de que no necesitar铆a apilar otro ata煤d sobre la plataforma para alcanzar la altura apropiada, ya que la oquedad se encontraba exactamente al nivel id贸neo para traspasarla cuando sus dimensiones lo permitiesen.

Ser铆a la medianoche cuando Birch consider贸 que podr铆a atravesar el dintel. Agotado y sudoroso a pesar de los abundantes descansos, baj贸 hasta el suelo de la cripta y se sent贸 un rato sobre el ata煤d de la base con la intenci贸n de reponer fuerzas para llevar a cabo su esfuerzo final y conseguir saltar al exterior. Su hambriento animal relinchaba sin descanso y de una forma casi sobrenatural, y Birch hubiera deseado que 茅stos cesaran. Curiosamente apenas sent铆a entusiasmo ante su inminente liberaci贸n, y estaba preocupado por el esfuerzo que deb铆a realizar, pues su cuerpo ya mostraba esa corpulencia indolente propia de los hombres entrados en a帽os. Mientras volv铆a a subir por los rechinantes ata煤des sinti贸 su propio peso de una dolorosa manera; sobre todo cuando, al llegar al que estaba m谩s alto, escuch贸 aquel exasperante chasquido que presagiaba el total desmoronamiento de la madera. Al parecer, no hab铆a elegido el ata煤d m谩s robusto para rematar la plataforma, ya que en cuanto volvi贸 a descansar todo su peso sobre 茅l, la carcomida tapa cedi贸, haci茅ndole caer unos cent铆metros m谩s abajo, sobre una superficie que ni tan siquiera 茅l mismo se atrev铆a a imaginar. Desquiciado por el sonido, o quiz谩 por el hedor que se disemin贸 incluso en el aire libre, el caballo emiti贸 un chillido demasiado horrendo como para tratarse de un simple relincho y se lanz贸 fren茅ticamente hacia la oscuridad de la noche, mientras el carromato traqueteaba locamente tras 茅l.

Birch, que se encontraba ahora en una l煤gubre situaci贸n, estaba demasiado bajo para afrontar la salida a trav茅s del dintel ensanchado, pero reuni贸 todas sus fuerzas para hacer un 煤ltimo intento. Asi茅ndose a los bordes de la abertura, trat贸 de izarse hasta ella, cuando not贸 que algo extra帽o se aferraba a sus tobillos y le imped铆a el avance. Acto seguido, supo lo que era el miedo por primera vez durante aquella noche; pues, a pesar de todos sus tirones, no consegu铆a librarse del misterioso abrazo que manten铆a cautivos sus pies. Sinti贸 unos dolores espantosos, como si algo le desgarrara brutalmente las pantorrillas, y su mente era un torbellino de espanto mezclado con sensaciones m谩s materialistas que suger铆an astillas, clavos sueltos o alguna otra caracter铆stica de una caja de madera despedazada. Es posible que gritara. Lo que s铆 est谩 claro es que se puso a dar patadas y a retorcerse fren茅tica y maquinalmente, mientras su consciencia quedaba pr谩cticamente eclipsada a causa de un leve desvanecimiento.

El instinto le guio mientras culebreaba a trav茅s del montante, y tambi茅n despu茅s, al arrastrarse por el suelo despu茅s del sordo batacazo que se produjo al caer sobre el terreno empapado. Al parecer, no pod铆a mantenerse en pie y la luna, que empezaba a aparecer de nuevo, debi贸 presenciar un fantasmag贸rico espect谩culo mientras Birch remolcaba sus tobillos ensangrentados hacia la caseta del cementerio, ara帽ando fren茅ticamente con los dedos el barro ennegrecido, mientras su cuerpo respond铆a con esa lentitud enloquecedora que se experimenta cuando alguien se siente perseguido por los fantasmas de su propia pesadilla. Y sin embargo, estaba claro que nadie le persegu铆a, ya que se encontraba solo y con vida cuando Armington, el guardia del cementerio, respondi贸 a sus d茅biles ara帽azos en la puerta.

Armington ayud贸 a Birch a sentarse en el borde de un camastro desnudo y mand贸 a su hijo Edwin en busca del doctor Davis. El aterrorizado Birch estaba plenamente consciente, aunque era incapaz de decir nada con sentido; tan s贸lo musitaba cosas como: «¡Oh, mis tobillos!», «¡suelta!», o «… encerrado en la cripta». Al rato lleg贸 el doctor con su malet铆n y le hizo unas cuantas preguntas muy concretas mientras le quitaba la ropa, los zapatos y los calcetines. Las heridas —pues ambos tobillos estaban terriblemente desgarrados a la altura del tend贸n de Aquiles— parecieron intrigar soberanamente al anciano m茅dico, hasta el punto de casi llegar a asustarle. Sus preguntas se hicieron m谩s agudas que las simples cuestiones m茅dicas, y sus manos temblaban mientras vendaba los miembros desgarrados de Birch, intentando ocultarlos de la vista lo antes posible.

Para un m茅dico tan impersonal como el doctor Davis, result贸 bastante extraordinario el ominoso y exhaustivo interrogatorio al que someti贸 a Birch, como si intentara sonsacar del agotado director de la funeraria hasta el m谩s m铆nimo detalle de su terrible experiencia. Se hallaba ins贸litamente ansioso por saber si Birch estaba seguro —completamente seguro— de la identidad del cad谩ver que hab铆a dentro de aquel 煤ltimo ata煤d; quer铆a averiguar c贸mo lo hab铆a escogido, c贸mo hab铆a llegado a la conclusi贸n de que era la caja de Fenner, a pesar de la oscuridad reinante, y c贸mo pudo distinguirlo del f茅retro del malvado Asaph Sawyer que, aunque de inferior calidad, era igual al otro. ¿C贸mo pod铆a haber cedido con tanta facilidad el robusto ata煤d de Fenner? Davis, que era el m茅dico del pueblo desde hac铆a a帽os, hab铆a estado presente en los funerales de los dos fallecidos, y tambi茅n los hab铆a tratado durante la enfermedad que acab贸 con ellos. Incluso se hab铆a preguntado, en el funeral de Sawyer, c贸mo se las hab铆an arreglado para que el vengativo granjero cupiese totalmente estirado en un f茅retro de tama帽o tan parecido al del diminuto Fenner.

Tras dos largas horas, el doctor Davis se retir贸, recomendando encarecidamente a Birch que insistiera en todo momento en que sus heridas hab铆an sido causadas 煤nicamente por una mezcla de clavos sueltos y madera astillada. ¿Qu茅 otra cosa habr铆a podido causarlas? Pero lo mejor ser铆a hablar lo menos posible del asunto, y no consentir que ning煤n otro m茅dico le tratara las heridas. Birch sigui贸 aquella recomendaci贸n durante toda su vida, hasta que un d铆a me lo cont贸 todo, y cuando vi sus cicatrices —ya viejas y descoloridas— reconoc铆 que hab铆a actuado sabiamente. La cojera lo persigui贸 el resto de sus d铆as debido a los profundos tajos que le hab铆an desgarrado los tendones, pero pienso que la mayor herida se hab铆a producido en su alma. Sus procesos mentales, anta帽o tan flem谩ticos y l贸gicos, hab铆an quedado marcados por una profunda cicatriz, y daba l谩stima observar sus reacciones a ciertas referencias casuales como «viernes», «cripta», «ata煤d», y otras palabras de v铆nculos menos obvios. El aterrorizado caballo de Birch hab铆a vuelto a casa, pero la cordura de su amo no hab铆a sido del todo capaz de hacer lo mismo. Traspas贸 su negocio, pero desde entonces siempre hab铆a algo que lo inquietaba. Quiz谩 s贸lo era el miedo, un miedo mezclado con una especie de raro y tard铆o remordimiento por su antigua ordinariez. La bebida, por supuesto, no hizo m谩s que agravar lo que pretend铆a atemperar.

Cuando el doctor Davis dej贸 a Birch la citada noche, cogi贸 una linterna y se acerc贸 a la vieja cripta del cementerio. La luz de la luna resplandec铆a sobre los fragmentos de ladrillo y en la vetusta fachada, y el picaporte del port贸n cedi贸 f谩cilmente a un peque帽o empujoncito desde el exterior. Insensibilizado por sus muchas y terribles experiencias en la sala de disecci贸n, el doctor entr贸 en la cripta y ech贸 un vistazo a su alrededor, conteniendo las n谩useas mentales y f铆sicas que le provocaban todo lo que ve铆a y olfateaba. Tan s贸lo emiti贸 un 煤nico y fuerte grito, y luego un jadeo ahogado que result贸 a煤n m谩s terrible que cualquier chillido. Acto seguido, sali贸 corriendo en direcci贸n a la casa del guarda y rompi贸 todas las reglas de la profesi贸n m茅dica al levantar y sacudir a su paciente, mientras le soltaba una retah铆la de susurros estremecedores que resonaron en los atolondrados o铆dos de Birch como el sisear de un vitriolo ardiente.

—¡Era el ata煤d de Asaph, Birch, tal y como supon铆a! Reconoc铆 su dentadura, a la que le faltaban los incisivos de la mand铆bula superior… ¡Por el amor de Dios, jam谩s ense帽e esas heridas! El cuerpo estaba en un estado muy avanzado de descomposici贸n, pero nunca he visto una expresi贸n tan vengativa en ning煤n rostro… vivo o muerto… Ya sabe cu谩n rencoroso era el despiadado Asaph, c贸mo arruin贸 al viejo Raymond treinta a帽os despu茅s del pleito que tuvieron por una cuesti贸n de l铆mites, y c贸mo pisote贸 al cachorro que le dio un mordisco har谩 un a帽o en agosto… Era el mal encarnado, Birch, y en mi opini贸n su estricta observancia del ojo por ojo se ha impuesto a la mism铆sima Muerte. ¡Dios, qu茅 furia la suya! ¡Estar铆a aterrado si la hubiera tomado conmigo!

»¿Por qu茅 lo hizo, Birch? Asaph era un brib贸n, y no le condeno por haberle proporcionado un ata煤d de desecho, ¡pero de nuevo se pas贸 de la raya! Habr铆a bastado con cualquier otro f茅retro, y usted ya sab铆a que el viejo Fenner era un hombre peque帽o.

»Jam谩s mientras viva lograr谩 quitarme de la cabeza el cuadro que contempl茅. Usted debi贸 patalear con gran desesperaci贸n, ya que el ata煤d de Asaph se encontraba en el suelo. Ten铆a la cabeza destrozada, y hab铆a un gran revoltijo. He visto cosas espantosas antes, pero nada igual a lo que descubr铆 en la cripta. ¡Ojo por ojo! ¡Por todos los cielos, Birch, usted se lo busc贸! Aquel cr谩neo me revolvi贸 el est贸mago, pero lo otro result贸 mucho peor: ¡esos tobillos seccionados limpiamente para que el cuerpo de Asaph pudiera encajar en el desechado ata煤d de Matt Fenner!

FIN

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