Ser infeliz - Franz Kafka - Amantes de la literatura

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5.21.2023

Ser infeliz - Franz Kafka


 


      Cuando ya eso se hab铆a vuelto insoportable -una vez al atardecer, en noviembre-, y yo me deslizaba sobre la estrecha alfombra de mi pieza como en una pista, estremecido por el aspecto de la calle iluminada, me di vuelta otra vez, y en lo hondo de la pieza, en el fondo del espejo, encontr茅 no obstante un nuevo objetivo, y grit茅, solamente por o铆r el grito al que nada responde y al que tampoco nada le sustrae la fuerza de grito, que por lo tanto sube sin contrapeso y no puede cesar aunque enmudezca; entonces desde la pared se abri贸 la puerta hacia afuera as铆 de r谩pido porque la prisa era, ciertamente, necesaria, e incluso vi los caballos de los coches abajo, en el pavimento, se levantaron como potros que, habiendo expuesto los cuellos al enemigo, se hubiesen enfurecido en la batalla.


Cual peque帽o fantasma, corri贸 una ni帽a desde el pasillo completamente oscuro, en el que todav铆a no alumbraba la l谩mpara, y se qued贸 en puntas de pie sobre una tabla del piso, la cual se balanceaba levemente encandilada en seguida por la penumbra de la pieza, quiso ocultar r谩pidamente la cara entre las manos, pero de repente se calm贸 al mirar hacia la ventana, ante cuya cruz el vaho de la calle se inmoviliz贸 por fin bajo la oscuridad. Apoyando el codo en la pared de la pieza, se qued贸 erguida ante la puerta abierta y dej贸 que la corriente de aire que ven铆a de afuera se moviese a lo largo de las articulaciones de los pies, tambi茅n del cuello, tambi茅n de las sienes. Mir茅 un poco en esa direcci贸n, despu茅s dije: “buenas tardes”, y tom茅 mi chaqueta de la pantalla de la estufa, porque no quer铆a estarme all铆 parado, as铆, a medio vestir. Durante un ratito mantuve la boca abierta para que la excitaci贸n me abandonase por la boca. Ten铆a la saliva pesada; en la cara me temblaban las pesta帽as. No me faltaba sino justamente esta visita, esperada por cierto. La ni帽a estaba todav铆a parada contra la pared en el mismo lugar; apretaba la mano derecha contra aqu茅lla, y, con las mejillas encendidas, no le molestaba que la pared pintada de blanco fuese 谩speramente granulada y raspase las puntas de sus dedos. Le dije:


-¿Es a m铆 realmente a quien quiere ver? ¿No es una equivocaci贸n? Nada m谩s f谩cil que equivocarse en esta enorme casa. Yo me llamo as铆 y as谩; vivo en el tercer piso. ¿Soy entonces yo a quien usted desea visitar?


-¡Calma, calma! -dijo la ni帽a por sobre el hombro-; ya todo est谩 bien.


-Entonces entre m谩s en la pieza. Yo querr铆a cerrar la puerta.


-Acabo justamente de cerrar la puerta. No se moleste. Por sobre todo, tranquil铆cese.


-¡Ni hablar de molestias! Pero en este corredor vive un mont贸n de gente. Naturalmente todos son conocidos m铆os. La mayor铆a viene ahora de sus ocupaciones. Si oyen hablar en una pieza creen simplemente tener el derecho de abrir y mirar qu茅 pasa. Ya ocurri贸 una vez. Esta gente ya ha terminado su trabajo diario; ¿a qui茅n soportar铆an en su provisoria libertad nocturna? Por lo dem谩s, usted tambi茅n ya lo sabe. D茅jeme cerrar la puerta.


-¿Pero qu茅 ocurre? ¿Qu茅 le pasa? Por m铆, puede entrar toda la casa. Y le recuerdo; ya he cerrado la puerta; cr茅alo. ¿Solamente usted puede cerrar las puertas?


-Est谩 bien, entonces. M谩s no quiero. De ninguna manera tendr铆a que haber cerrado con la llave. Y ahora, ya que est谩 aqu铆, p贸ngase c贸moda; usted es mi hu茅sped. Tenga plena confianza en m铆. Lo 煤nico importante es que no tema ponerse a sus anchas. No la obligar茅 a quedarse ni a irse. ¿Es que hace falta dec铆rselo? ¿Tan mal me conoce?


-No. En realidad no tendr铆a que haberlo dicho. M谩s todav铆a: no deber铆a haberlo dicho. Soy una ni帽a; ¿por qu茅 molestarse tanto por m铆?


-¡No es para tanto! Naturalmente, una ni帽a. Pero tampoco es usted tan peque帽a. Ya est谩 bien crecidita. Si fuese una chica no habr铆a podido encerrarse, as铆 no m谩s, conmigo en una pieza.


-Por eso no tenemos que preocuparnos. Solamente quer铆a decir: no me sirve de mucho conocerle tan bien; s贸lo le ahorra a usted el esfuerzo de fingir un poco ante m铆. De todos modos, no me venga con cumplidos. Dejemos eso, se lo pido, dej茅moslo. Y a esto hay que agregar que no lo conozco en cualquier lugar y siempre, y de ninguna manera en esta oscuridad. Ser铆a mucho mejor que encendiese la luz. No. Mejor no. De todos modos, seguir茅 teniendo en cuenta que ya me ha amenazado.


-¿C贸mo? ¿Yo la amenac茅? ¡Pero por favor! ¡Estoy tan contento de que por fin est茅 aqu铆! Digo “por fin” porque ya es tan tarde. No puedo entender por qu茅 vino tan tarde. Adem谩s es posible que por la alegr铆a haya hablado tan incongruentemente, y que usted lo haya interpretado justamente de esa manera. Concedo diez veces que he hablado as铆. S铆. La amenac茅 con todo lo que quiera. Una cosa: por el amor de Dios, ¡no discutamos! ¿Pero, c贸mo pudo creerlo? ¿C贸mo pudo ofenderme as铆? ¿Por qu茅 quiere arruinarme a la fuerza este peque帽o momentito de presencia suya aqu铆? Un extra帽o ser铆a m谩s complaciente que usted.


-Lo creo. Eso no fue ninguna genialidad. Por naturaleza estoy tan cerca de usted cuanto un extra帽o pueda complacerle. Tambi茅n usted lo sabe. ¿A qu茅 entonces esa tristeza? Diga mejor que est谩 haciendo teatro y me voy al instante.


-¿As铆? ¿Tambi茅n esto se atreve a decirme? Usted es un poco audaz. ¡En definitiva est谩 en mi pieza! Se frota los dedos como loca en mi pared. ¡Mi pieza, mi pared! Adem谩s, lo que dice es rid铆culo, no s贸lo insolente. Dice que su naturaleza la fuerza a hablarme de esta forma. Su naturaleza es la m铆a, y si yo por naturaleza me comporto amablemente con usted, tampoco usted tiene derecho a obrar de otra manera.


-¿Es esto amable?


-Hablo de antes.


-¿Sabe usted c贸mo ser茅 despu茅s?


-Nada s茅 yo.


Y me dirig铆 a la mesa de luz, en la que encend铆 una vela. Por aquel entonces no ten铆a en mi pieza luz el茅ctrica ni gas. Despu茅s me sent茅 un rato a la mesa, hasta que tambi茅n de eso me cans茅. Me puse el sobretodo; tom茅 el sombrero que estaba en el sof谩, y de un soplo apagu茅 la vela. Al salir me tropec茅 con la pata de un sill贸n. En la escalera me encontr茅 con un inquilino del mismo piso.


-¿Ya sale usted otra vez, bandido? -pregunt贸, descansando sobre sus piernas bien abiertas sobre dos escalones.


-¿Qu茅 puedo hacer? -dije-. Acabo de recibir a un fantasma en mi pieza.


-Lo dice con el mismo descontento que si hubiese encontrado un pelo en la sopa.


-Usted bromea. Pero tenga en cuenta que un fantasma es un fantasma.


-Muy cierto: ¿pero c贸mo, si uno no cree absolutamente en fantasmas?


-¡Aj谩! ¿Es que piensa usted que yo creo en fantasmas? ¿Pero de qu茅 me sirve este no creer?


-Muy simple. Lo que debe hacer es no tener m谩s miedo si un fantasma viene realmente a su pieza.


-S铆. Pero es que 茅se es el miedo secundario. El verdadero miedo es el miedo a la causa de la aparici贸n. Y este miedo permanece, y lo tengo en gran forma dentro de m铆.


De pura nerviosidad, empec茅 a registrar todos mis bolsillos.


-Ya que no tiene miedo de la aparici贸n como tal, habr铆a debido preguntarle tranquilamente por la causa de su venida.


-Evidentemente, usted todav铆a nunca ha hablado con fantasmas; jam谩s se puede obtener de ellos una informaci贸n clara. Eso es un de aqu铆 para all谩. Estos fantasmas parecen dudar m谩s que nosotros de su existencia, cosa que por lo dem谩s, dada su fragilidad, no es de extra帽ar.


-Pero yo he o铆do decir que se les puede seducir.


-En ese punto est谩 bien informado. Se puede. ¿Pero qui茅n lo va a hacer?


-¿Por qu茅 no? Si es un fantasma femenino, por ejemplo -dijo, y subi贸 otro escal贸n.


-¡Ah, s铆…! -dije-, pero a煤n as铆 no vale la pena. Recapacit茅.


Mi vecino estaba ya tan alto que para verme ten铆a que agacharse por debajo de una arcada de la escalera.


-Pero no obstante -grit茅-, si usted ah铆 arriba me quita mi fantasma, rompemos relaciones para siempre.


-¡Pero si fue solamente una broma! -dijo, y retir贸 la cabeza.


-Entonces est谩 bien -dije.


Y ahora s铆 que, a decir verdad, podr铆a haber salido tranquilamente a pasear; pero como me sent铆 tan desolado prefer铆 subir, y me ech茅 a dormir.

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