El modelo millonario - Oscar Wilde - Amantes de la literatura

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4.01.2025

El modelo millonario - Oscar Wilde



A menos que se sea rico, no sirve de nada ser una persona encantadora. Lo rom谩ntico es privilegio de los ricos, no profesi贸n de los desempleados. Los pobres debieran ser pr谩cticos y prosaicos. Vale m谩s tener una renta permanente que ser fascinante. Estas son las grandes verdades de la vida moderna que Hughie Erskine nunca comprendi贸. ¡Pobre Hughie!

Intelectualmente, hemos de admitir, no era muy notable. Nunca dijo en su vida una cosa brillante, ni siquiera una cosa mal intencionada. Pero era, en cambio, asombrosamente bien parecido, con su pelo casta帽o rizado, su perfil bien recortado y sus ojos grises. Era tan popular entre los hombres como entre las mujeres, y ten铆a todas las cualidades, menos la de hacer dinero. Su padre le hab铆a legado su espada de caballer铆a y una Historia de la guerra peninsular, en quince vol煤menes. Hughie colg贸 aquella sobre el espejo, puso esta en un estante entre la Gu铆a de Ruff y la Revista de Bailey, y vivi贸 con las doscientas libras al a帽o que le proporcionaba una anciana t铆a. Lo hab铆a intentado todo. Hab铆a frecuentado la Bolsa durante seis meses; pero ¿qu茅 iba a hacer una mariposa entre toros y osos? Hab铆a sido comerciante de t茅 algo m谩s de tiempo, pero pronto se hab铆a cansado del t茅 chino negro fuerte y del negro ligero. Luego hab铆a intentado vender jerez seco; aquello no result贸; el jerez era tal vez demasiado seco. Por 煤ltimo, se dedic贸 a no hacer nada, y a ser simplemente un joven encantador, in煤til, de perfil perfecto y sin ninguna profesi贸n.

Para colmo de males, estaba enamorado. La muchacha que amaba era Laura Merton, hija de un coronel retirado que hab铆a perdido el humor y la digesti贸n en la India, y que no hab铆a vuelto a encontrar ni lo uno ni la otra.

Laura le adoraba, y 茅l hubiera besado los cordones de los zapatos que ella calzaba. Hac铆an la m谩s bonita pareja de Londres, y no ten铆an ni un penique entre los dos. Al coronel le parec铆a muy bien Hughie, pero no quer铆a o铆r hablar de noviazgo.

-Muchacho -sol铆a decirle-, ven a verme cuando tengas diez mil libras tuyas, y veremos.

Y Hughie tomaba un aspecto taciturno en esos d铆as, y ten铆a que ir a Laura en busca de consuelo.

Una ma帽ana, cuando se dirig铆a a Holland Park, donde viv铆an los Merton, entr贸 a ver a un gran amigo suyo, Alan Trevor. Trevor era pintor. En verdad, poca gente escapa de eso hoy d铆a; pero este era artista, adem谩s, y los artistas son bastante escasos. Como persona era un individuo extra帽o y rudo, con una cara llena de pecas y una barba roja descuidada. Sin embargo, cuando cog铆a el pincel era un verdadero maestro, y sus cuadros eran muy solicitados. Hughie le hab铆a interesado mucho; en un principio, hay que reconocer, a causa enteramente de su encanto personal.

-Un pintor -sol铆a decir- debiera conocer 煤nicamente a las personas que son tontas y hermosas, a las personas que son un placer art铆stico cuando se las mira y un reposo intelectual cuando se habla con ellas. Los hombres elegantes y las mujeres amadas gobiernan al mundo, al menos debieran gobernarlo.

No obstante, cuando hubo conocido mejor a Hughie, le gust贸 otro tanto por su radiante optimismo y su generosa naturaleza atolondrada, y le dio entrada libre en su estudio.

Cuando lleg贸 Hughie aquel d铆a encontr贸 a Trevor dando los 煤ltimos toques a un magn铆fico retrato de un mendigo en tama帽o natural. El mendigo mismo estaba posando en pie, subido a un estrado, en un 谩ngulo del estudio. Era un viejo seco, con una cara semejante a un pergamino arrugado y una expresi贸n sumamente lastimera. De los hombros le colgaba una tosca capa parda, toda desgarrada y harapienta; sus gruesas botas estaban remendadas y con parches, y con una mano se apoyaba en un 谩spero bast贸n, mientras que con la otra sosten铆a su maltrecho sombrero, pidiendo limosna.

-¡Qu茅 modelo tan asombroso! -susurr贸 Hughie al estrechar la mano a su amigo.

-¿Un modelo asombroso? -grit贸 Trevor a plena voz-, ¡eso creo yo! No se encuentran todos los d铆as mendigos como 茅l. ¡Une trouvaille, mon cher; un Vel谩zquez en carne y hueso! ¡Rayos!, ¡qu茅 aguafuerte hubiera hecho Rembrandt con 茅l!

-¡Pobre viejo! -dijo Hughie-, ¡qu茅 aspecto tan triste tiene! Pero supongo que para ustedes, los pintores, su cara vale una fortuna.

-Ciertamente -replic贸 Trevor-, no querr谩s que un mendigo parezca feliz, ¿verdad?

-¿Cu谩nto cobra un modelo por posar? -pregunt贸 Hughie, mientras encontraba c贸modo asiento en un div谩n.

Un chel铆n por hora.

-¿Y cu谩nto cobras t煤 por el cuadro, Alan?

-¡Oh, por este cobro dos mil!

-¿Libras?

-Guineas. Los pintores, los poetas y los m茅dicos siempre cobramos en guineas.

-Bueno, yo creo que el modelo debiera llevar un tanto por ciento -exclam贸 Hughie riendo-; trabaja tanto como ustedes.

-¡Tonter铆as, tonter铆as!; ¡mira, aunque solo sea la molestia de extender la pintura, y el estar de pie todo el santo d铆a delante del caballete! Para ti es muy f谩cil hablar, Hughie, pero te aseguro que hay momentos en que el arte alcanza casi la dignidad del trabajo manual. Pero no debes charlar; estoy muy ocupado. F煤mate un cigarrillo y estate callado.

Al cabo de un rato entr贸 el sirviente y dijo a Trevor que el hombre que le hac铆a los marcos quer铆a hablar con 茅l.

-No te vayas corriendo, Hughie -dijo al salir-; volver茅 dentro de un momento.

El viejo mendigo aprovech贸 la ausencia de Trevor para descansar unos instantes en un banco de madera que hab铆a detr谩s de 茅l. Parec铆a tan desamparado y tan desdichado que Hughie no pudo por menos de compadecerse de 茅l, y se palp贸 los bolsillos para ver qu茅 dinero ten铆a. Todo lo que pudo encontrar fue una libra de oro y algunas monedas de cobre.

«¡Pobre viejo! -pens贸 en su interior-, lo necesita m谩s que yo; pero esto supone que no podr茅 tomar un sim贸n en dos semanas.»

Y cruz贸 el estudio y desliz贸 la moneda de oro en la mano del mendigo.

El viejo se sobresalt贸, y una d茅bil sonrisa revolote贸 en sus labios marchitos.

-Gracias, se帽or -dijo-, gracias.

Entonces lleg贸 Trevor, y Hughie se march贸, sonroj谩ndose un poco por lo que hab铆a hecho. Pas贸 el d铆a con Laura, recibi贸 una encantadora reprimenda por su extravagancia, y tuvo que volver a casa andando.

Aquella noche entr贸 en el Palette Club hacia las once, y encontr贸 a Trevor sentado solo en el sal贸n de fumadores bebiendo vino del Rin con agua de seltz.

-Bien, Alan, ¿terminaste el cuadro? -dijo, mientras encend铆a su cigarrillo.

-Est谩 terminado y enmarcado, muchacho -contest贸 Trevor-; y a prop贸sito, has hecho una conquista. El viejo modelo que viste te tiene verdadera devoci贸n. He tenido que contarle todo acerca de ti: qui茅n eres, d贸nde vives, de qu茅 ingresos dispones, qu茅 perspectivas de futuro tienes…

-Querido Alan -exclam贸 Hughie-, probablemente le encontrar茅 esper谩ndome cuando vaya a casa. Pero, naturalmente, est谩s solo bromeando. ¡Pobre viejo desgraciado! Desear铆a hacer algo por 茅l; creo que es terrible que haya alguien tan desdichado. Tengo montones de ropa vieja en casa; ¿crees que le interesar铆a algo de ella? ¡Como sus harapos se le estaban cayendo a pedazos!

-Pero tiene un aspecto espl茅ndido con ellos -dijo Trevor-. No le pintar铆a con levita por nada del mundo. Lo que t煤 llamas harapos, yo lo llamo atuendo rom谩ntico; lo que a ti te parece pobreza, a m铆 me parece aspecto pintoresco. Sin embargo, le hablar茅 de tu ofrecimiento.

-Alan -dijo Hughie gravemente-, ustedes los pintores son gente sin coraz贸n.

-El coraz贸n de un artista es su cabeza -replic贸 Trevor-; y, adem谩s, nuestra tarea es comprender el mundo como lo vemos, no reformarlo de acuerdo con el conocimiento que tenemos de 茅l. A chacun son m茅tier. Y ahora, dime, c贸mo est谩 Laura. El viejo modelo se interes贸 mucho por ella.

-¿No querr谩s decir que le hablaste de ella? -dijo Hughie.

-Desde luego que s铆. 脡l sabe todo respecto al inexorable coronel, la bella Laura y las diez mil libras.

-¿Contaste al viejo mendigo todos mis asuntos privados? -exclam贸 Hughie, enrojeciendo y enfad谩ndose mucho.

-Mi querido muchacho -dijo Trevor, sonriendo-, ese viejo mendigo, como t煤 le llamas, es uno de los hombres m谩s ricos de Europa. Podr铆a comprar ma帽ana todo Londres sin dejar al descubierto sus cuentas corrientes. Tiene una casa en todas las capitales; come en vajilla de oro, y cuando quiera puede impedir que Rusia entre en una guerra.

-¿Qu茅 demonios quieres decir? -exclam贸 Hughie.

-Lo que digo -respondi贸 Trevor-. El viejo que viste hoy en el estudio era el bar贸n Hausberg. Es un gran amigo m铆o; compra todos mis cuadros y todas esas cosas, y hace un mes me encarg贸 que le pintara de mendigo. Que voulez-vous? La fantaisie d’un millionnaire! Y he de reconocer que hac铆a una magn铆fica figura con sus harapos, o quiz谩 debiera decir con los m铆os, pues es una ropa vieja que consegu铆 en Espa帽a.

-¡El bar贸n Hausberg! -exclam贸 Hughie-. ¡Cielo santo! ¡Y yo le di una libra!

Y se desplom贸 en un sill贸n, pareciendo la imagen de la consternaci贸n.

-¿Que le diste una libra? -grit贸 Trevor, lanzando una carcajada-. Mi querido muchacho, nunca volver谩s a verla. Son affaire c’est l’argent des autres.

-Creo que bien pod铆as hab茅rmelo dicho, Alan -dijo Hughie malhumorado-, y no haberme dejado que hiciera el rid铆culo.

-Bueno, para empezar, Hughie -dijo Trevor-, nunca se me hubiera ocurrido que fueras por ah铆 repartiendo limosnas de ese modo tan atolondrado. Puedo entender que des un beso a una modelo guapa, pero que des una moneda de oro a un modelo feo, ¡por J煤piter, no! Adem谩s, el hecho es que en realidad yo no estaba en casa para nadie, y cuando entraste t煤 yo no sab铆a si a Hausberg le gustar铆a que se mencionara su nombre. Ya sabes que no estaba vestido de etiqueta.

-¡Qu茅 imb茅cil debe creer que soy! -dijo Hughie.

-Nada de eso. Estaba del mejor humor despu茅s de que te fuiste; no hac铆a m谩s que re铆rse entre dientes y frotarse las viejas manos rugosas. Yo no pod铆a explicarme por qu茅 estaba tan interesado en saber todo lo referente a ti, pero ahora lo veo todo claro. Invertir谩 tu libra por ti, Hughie, te pagar谩 los intereses cada seis meses, y tendr谩 una historia estupenda para contar despu茅s de la cena.

-Soy un pobre diablo sin suerte -refunfu帽贸 Hughie-. Lo mejor que puedo hacer es irme a la cama, y t煤, querido Alan, no debes dec铆rselo a nadie; no me atrever铆a a dejar que me vieran la cara en el Row.

-¡Tonter铆as! Esto hace honor a tu alta reputaci贸n de esp铆ritu filantr贸pico, Hughie. Y no te vayas corriendo. F煤mate otro cigarrillo, y puedes hablar de Laura tanto como quieras.

Sin embargo, Hughie no quiso quedarse all铆; se fue a casa, sinti茅ndose muy desgraciado y dejando a Trevor con un ataque de risa.

A la ma帽ana siguiente, cuando estaba desayunando, el sirviente le llev贸 una tarjeta en la que estaba escrito: «Monsieur Gustave Naudin, de la part de M. le baron Hausberg.»

-Supongo que habr谩 venido a pedir que me disculpe -se dijo Hughie.

Y orden贸 al criado que hiciera pasar al visitante.

Entr贸 en la habitaci贸n un se帽or anciano con gafas de oro y pelo canoso, y dijo con un ligero acento franc茅s:

-¿Tengo el honor de hablar con monsieur Erskine?

Hughie asinti贸 con la cabeza.

-Vengo de parte del bar贸n Hausberg -continu贸-. El bar贸n…

-Le ruego, se帽or, que le ofrezca mis m谩s sinceras excusas -balbuce贸 Hughie.

-El bar贸n -dijo el anciano con una sonrisa- me ha encargado que le traiga esta carta.

Y le tendi贸 un sobre lacrado, en el que estaba escrito lo siguiente: «Un regalo de boda para Hugh Erskine y Laura Merton, de un viejo mendigo.» Y dentro hab铆a un cheque por diez mil libras.

Cuando se casaron, Alan Trevor fue el padrino, y el bar贸n pronunci贸 un discurso en el desayuno de bodas.

-Los modelos millonarios -observ贸 Alan- son bastante raros, pero, ¡por J煤piter!, los millonarios modelo son m谩s raros todav铆a.

FIN

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