Es media noche. Antes del alba dar谩n aconmigo y me encerrar谩n en una celda negra, donde languidecer茅 interminablemente, mientras insaciables deseos roen mis entra帽as y consumen mi coraz贸n, hasta ser al fin uno con los muertos que amo.
Mi asiento es la f茅tida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el env茅s de una l谩pida ca铆da y desgastada por los siglos implacables; mi 煤nica luz es la de las estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente como si fuera mediod铆a. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decr茅pitas l谩pidas yacen medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposici贸n. Y sobre todo, perfil谩ndose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su austero capitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda fantasmal. El aire est谩 enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de la h煤meda tierra mohosa, pero para m铆 es el aroma del El铆seo. Todo es quietud -terror铆fica quietud-, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo espantoso.
De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne en descomposici贸n y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi alma escalofr铆os de 茅xtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y forzando a latir mi l谩nguido coraz贸n con j煤bilo delirante… ¡Porque la presencia de la muerte es vida para m铆!
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y mon贸tona apat铆a. Sumamente asc茅tico, descolorido, p谩lido, enclenque y sujeto a prolongados raptos de m贸rbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y “vieja” porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o porque no pose铆a el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo deseado.
Como todas las poblaciones rurales, Fenham ten铆a su cupo de chismosos de lengua venenosa. Sus imaginaciones maldicientes achacaban mi temperamento let谩rgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de los m谩s supersticiosos me se帽alaban abiertamente como un ni帽o cambiado por otro, mientras que otros, que sab铆an algo sobre mis antepasados, llamaban la atenci贸n sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un t铆otatarabuelo que hab铆a sido quemado en la hoguera por nigromante.
De haber vivido en una ciudad m谩s grande, con mayores oportunidades para encontrar amistades, quiz谩s hubiera superado esta temprana tendencia al aislamiento.
Cuando llegu茅 a la adolescencia, me torn茅 a煤n m谩s sombr铆o, morboso y ap谩tico. Mi vida carec铆a de alicientes. Me parec铆a ser preso de algo que ofuscaba mis sentidos, trababa mi desarrollo, entorpec铆a mis actividades y me sum铆a en una inexplicable insatisfacci贸n. Ten铆a diecis茅is a帽os cuando acud铆 a mi primer funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que nuestra ciudad era se帽alada por la longevidad de sus habitantes. Cuando, adem谩s, el funeral era el de un personaje tan conocido como mi abuelo, pod铆a asegurarse que el pueblo entero acudir铆a en masa para rendir el debido homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la pr贸xima ceremonia con inter茅s ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi inercia habitual s贸lo representaba para m铆 una promesa de inquietudes f铆sicas y mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a sus c谩usticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompa帽arles. No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la voluminosa colecci贸n de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciaci贸n en los solemnes ritos de tales ocasiones.
Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ata煤d con sus sombr铆as colgaduras, los api帽ados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por parte de los ciudadanos congregados, me arranc贸 de mi normal apat铆a y capt贸 mi atenci贸n. Saliendo de mi moment谩neo ensue帽o merced a un codazo de mi madre, la segu铆 por la estancia hasta el f茅retro donde yac铆a el cuerpo de mi abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observ茅 el rostro sosegado y surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al contrario, me pareci贸 que el abuelo estaba inmensamente contento, pl谩cidamente satisfecho. Me sent铆 sacudido por alg煤n extra帽o y discordante sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvi贸 que apenas puedo determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso, me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y maligna influencia que parec铆a provenir del cad谩ver mismo me aferraba con magn茅tica fascinaci贸n. Mi mismo ser parec铆a cargado de electricidad est谩tica y sent铆 mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los p谩rpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi coraz贸n dio un repentino salto de j煤bilo imp铆o batiendo contra mis costillas con fuerza demon铆aca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja tor谩cica.
Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvi贸. Una vez m谩s, el vigoroso codazo maternal me devolvi贸 a la actividad. Hab铆a llegado con pies de plomo hasta el ata煤d tapizado de negro, me alej茅 de 茅l con vitalidad reci茅n descubierta.
Acompa帽茅 al cortejo hasta el cementerio con mi ser f铆sico inundado de m铆sticas influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de alg煤n ex贸tico elixir… alguna abominable poci贸n preparada con las blasfemas f贸rmulas de los archivos de Belial. La poblaci贸n estaba tan volcada en la ceremonia que el radical cambio de mi conducta pas贸 desapercibido para todos, excepto para mi padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del est铆mulo comenz贸 a perder efectividad. En uno o dos d铆as hab铆a vuelto por completo a mi languidez anterior, aunque no era la total y devoradora insipidez del pasado. Antes, hab铆a una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora, vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, hab铆a vuelto a ser el de siempre, y los maldicientes buscaron alg煤n otro sujeto m谩s propicio. Ellos, de haber siquiera so帽ado la verdadera causa de mi reanimaci贸n, me hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.
Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de alegr铆a, me habr铆a aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis restantes a帽os en penitente soledad.
Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ah铆 que, a pesar de la proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco a帽os me trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de la naturaleza m谩s inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sent铆 sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi perdido sentimiento de supremo y diab贸lico 茅xtasis. De nuevo mi coraz贸n brinc贸 salvajemente, otra vez lati贸 con velocidad galopante enviando la sangre caliente a recorrer mis venas con mete贸rico fervor. Sacud铆 de mis hombros el fatigoso manto de inacci贸n, s贸lo para reemplazarlo por la carga, infinitamente m谩s horrible, del deseo repugnante y profano. Busqu茅 la c谩mara mortuoria donde yac铆a el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diab贸lico n茅ctar que parec铆a saturar el aire de la estancia oscurecida.
Cada inspiraci贸n me vivificaba, lanz谩ndome a incre铆bles cotas de ser谩fica satisfacci贸n. Ahora sab铆a que era como el delirio provocado por las drogas y que pronto pasar铆a, dej谩ndome igualmente 谩vido de su poder maligno; pero no pod铆a controlar mis anhelos m谩s de lo que pod铆a deshacer los nudos gordianos que ya enmara帽aban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sab铆a que, a trav茅s de alguna extra帽a maldici贸n sat谩nica, la muerte era la fuerza motora de mi vida, que hab铆a una singularidad en mi constituci贸n que s贸lo respond铆a a la espantosa presencia de alg煤n cuerpo sin vida. Pocos d铆as m谩s tarde, fren茅tico por la bestial intoxicaci贸n de la que la totalidad de mi existencia depend铆a, me entrevist茅 con el 煤nico enterrador de Fenham y le ped铆 que me admitiera como aprendiz.
El golpe causado por la muerte de mi madre hab铆a afectado visiblemente a mi padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de mi empleo en otra ocasi贸n, la hubiera rechazado en茅rgicamente. En cambio, agit贸 la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexi贸n. ¡Qu茅 lejos estaba de imaginar que ser铆a el objeto de mi primera lecci贸n pr谩ctica!
Tambi茅n 茅l muri贸 bruscamente, por culpa de alguna afecci贸n cardiaca insospechada hasta el momento. Mi octogenario patr贸n trat贸 por todos los medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logr茅 que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas de pasi贸n mi desbocado coraz贸n mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin vida.
Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor m谩s grande -con mucho- que el que m谩s hubiera sentido hacia 茅l cuando estaba vivo.
Mi padre no era un hombre rico, pero hab铆a pose铆do bastantes bienes mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su 煤nico heredero, me encontr茅 en una especie de parad贸jica situaci贸n. Mi temprana juventud hab铆a sido un fracaso total en cuanto a prepararme para el contacto con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su c贸modo aislamiento, hab铆a perdido sabor para m铆. Por otra parte, la longevidad de sus habitantes anulaba el 煤nico motivo que me hab铆a hecho buscar empleo.
La venta de los bienes me provey贸 de un medio f谩cil de asegurarme la salida y me traslad茅 a Bayboro, una ciudad a unos 50 kil贸metros. Aqu铆, mi a帽o de aprendizaje me result贸 sumamente 煤til. No tuve problemas para lograr una buena colocaci贸n como asistente de la Corporaci贸n Gresham, una empresa que manten铆a las mayores pompas f煤nebres de la ciudad. Incluso logr茅 que me permitieran dormir en los establecimientos… porque ya la proximidad de la muerte estaba convirti茅ndose en una obsesi贸n.
Me apliqu茅 a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para mi imp铆a sensibilidad, y pronto me convert铆 en un maestro en mi oficio electo.
Cada cad谩ver nuevo tra铆do al establecimiento significaba una promesa cumplida de imp铆o regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en devota dedicaci贸n… aunque cada satisfacci贸n carnal tiene su precio. Llegu茅 a odiar los d铆as que no tra铆an muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran r谩pida y segura muerte a los residentes de la ciudad.
Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los 谩rboles y lanzaba esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empe帽ada en alguna misi贸n maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los peri贸dicos matutinos pudieron vocear a su clientela 谩vida de sensaci贸n los detalles de un crimen de pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables atrocidades; p谩rrafo tras p谩rrafo de soluciones imposibles, y sospechas contrapuestas y extravagantes.
Con todo, yo sent铆a una suprema sensaci贸n de seguridad, pues ¿qui茅n, por un momento, recelar铆a que un empleado de pompas f煤nebres -donde la Muerte presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos- abandonar铆a sus indescriptibles deberes para arrancar a sangre fr铆a la vida de sus semejantes? Planeaba cada crimen con astucia demon铆aca, variando el m茅todo de mis asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos ensangrentadas. El resultado de cada incursi贸n nocturna era una ext谩tica hora de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de que su deliciosa fuente fuera m谩s tarde asignada a mis deleitados cuidados en el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble y postrer placer ten铆a lugar…¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!
Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de prodigar mis afectos a los muertos que amaba… ¡los muertos que me daban vida!
Una ma帽ana, el se帽or Gresham acudi贸 mucho m谩s temprano de lo habitual… lleg贸 para encontrarme tendido sobre una fr铆a losa, hundido en un sue帽o monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo r铆gido, tieso y desnudo de un f茅tido cad谩ver! Con los ojos llenos de una mezcla de repugnancia y compasi贸n, me arranc贸 de mis salaces sue帽os.
Educada pero firmemente, me indic贸 que deb铆a irme, que mis nervios estaban alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente afectada por la funesta atm贸sfera del lugar. ¡Cu谩n poco sab铆a de los demon铆acos deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso como para ver que el responder s贸lo lo reafirmar铆a en su creencia de mi potencial locura… resultaba mucho mejor marcharse que invitarlo a descubrir los motivos ocultos tras mis actos.
Tras eso, no me atrev铆 a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que alg煤n acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagu茅 de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabaj茅 en dep贸sitos de cad谩veres, rond茅 cementerios, hasta un crematorio… cualquier sitio que me brindara la oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.
Entonces lleg贸 la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno de los 煤ltimos en volver, cuatro a帽os de infernal osario ensangrentado… nauseabundo l茅gamo de trincheras anegadas de lluvia… mortales explosiones de hist茅ricas granadas… el mon贸tono silbido de balas sard贸nicas… humeantes frenes铆es de las fuentes del Flegeton1… letales humaredas de gases venenosos… grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados… cuatro a帽os de trascendente satisfacci贸n.
En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su infancia. Unos pocos meses m谩s tarde, me encontr茅 recorriendo los familiares y apartados caminos de Fenham. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban junto a las cunetas, mientras que los a帽os hab铆an deparado un retroceso igual en la propia ciudad. Apenas hab铆a un pu帽ado de casas ocupadas, aunque entre ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detr谩s, todo era una muda confirmaci贸n de las historias que hab铆a obtenido con ciertas indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una m铆sera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por simpat铆a hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compart铆an su suerte. Con todo esto, el encanto que envolv铆a los ambientes de mi juventud hab铆a desaparecido totalmente; as铆, acuciado por alg煤n temerario impulso errante, volv铆 mis pasos a Bayboro.
Aqu铆, tambi茅n los a帽os hab铆an tra铆do cambios, aunque en sentido inverso. La peque帽a ciudad de mis recuerdos casi hab铆a duplicado su tama帽o a pesar de su despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqu茅 mi primitivo lugar de trabajo, descubriendo que a煤n exist铆a, pero con nombre desconocido y un “Sucesor de” sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe hab铆a hecho presa del se帽or Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.
Alguna fat铆dica disposici贸n me hizo pedir trabajo. Coment茅 mi aprendizaje bajo el se帽or Gresham con cierto recelo, pero se hab铆a llevado a la tumba el secreto de mi poco 茅tica conducta. Una oportuna vacante me asegur贸 la inmediata recolocaci贸n.
Entonces volvieron err谩ticos recuerdos sobre noches escarlatas de imp铆os peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos il铆citos placeres. Hice a un lado la precauci贸n, lanz谩ndome a otra serie de condenables desmanes. Una vez m谩s, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diab贸licos detalles de mis cr铆menes, compar谩ndolos con las rojas semanas de horror que hab铆an pasmado a la ciudad a帽os atr谩s. Una vez m谩s la polic铆a lanz贸 sus redes, sacando entre sus enmara帽ados pliegues… ¡nada!
Mi sed del nocivo n茅ctar de la muerte creci贸 hasta ser un fuego devastador, y comenc茅 a acortar los per铆odos entre mis odiosas explosiones. Comprend铆 que pisaba suelo resbaladizo, pero el demon铆aco deseo me aferraba con torturantes tent谩culos y me obligaba a proseguir.
Durante todo este tiempo, mi mente estaba volvi茅ndose progresivamente insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacci贸n de mis enloquecidos anhelos. Dej茅 deslizar, en alguna de esas mal茅ficas escapadas, peque帽os detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en alg煤n lugar, dej茅 una peque帽a pista, un rastro fugitivo, detr谩s… no lo bastante como para ordenar mi arresto, pero s铆 lo suficiente como para volver la marea de sospechas en mi direcci贸n. Sent铆a el espionaje, pero aun as铆 era incapaz de contener la imperiosa demanda de m谩s muerte para acelerar mi enervado esp铆ritu.
Enseguida lleg贸 la noche en que el estridente silbato de la polic铆a me arranc贸 de mi demon铆aco solaz sobre el cuerpo de mi postrer v铆ctima, con una ensangrentada navaja todav铆a firmemente asida. Con un 谩gil movimiento, cerr茅 la hoja y la guard茅 en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la polic铆a abrieron grandes brechas en la puerta. Romp铆 la ventana con una silla, agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos m谩s pobres como morada. Me descolgu茅 hasta un callej贸n mientras las figuras vestidas de azul irrump铆an por la destrozada puerta. Hu铆 saltando inseguras vallas, a trav茅s de mugrientos patios traseros, cruzando m铆seras casas destartaladas, por estrechas calles mal iluminadas. Inmediatamente, pens茅 en los boscosos pantanos que se alzaban m谩s all谩 de la ciudad, extendi茅ndose unos 60 kil贸metros hasta alcanzar los arrabales de Fenham. Si pod铆a llegar a esa meta, estar铆a temporalmente a salvo. Antes del alba me hab铆a lanzado de cabeza por el ansiado despoblado, tropezando con los podridos troncos de 谩rboles moribundos cuyas ramas desnudas se extend铆an como brazos grotescos tratando de estorbarme con su burl贸n abrazo.
Los diablos de las funestas deidades a quienes hab铆a ofrecido mis id贸latras plegarias deb铆an haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ci茅naga.
Una semana m谩s tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los bosques a kil贸metro y medio de Fenham. Hab铆a eludido por fin a mis perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma deb铆a haber sido radiada. Ten铆a remota la esperanza de haberlos hecho perder el rastro. Tras la primera y fren茅tica noche, no hab铆a o铆do sonido de voces extra帽as ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quiz谩s hab铆an decidido que mi cuerpo yac铆a oculto en alguna charca o se hab铆a desvanecido para siempre entre los tenaces cenagales.
El hambre ro铆a mis tripas con agudas punzadas, y la sed hab铆a dejado mi garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre de mi fam茅lico esp铆ritu, hambre del est铆mulo que s贸lo encontraba en la proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces recuerdos. No pod铆a enga帽arme demasiado con el pensamiento de que tal deseo era un simple capricho de la imaginaci贸n. Sab铆a que era parte integral de la vida misma, que sin ella me apagar铆a como una l谩mpara vac铆a. Reun铆 todas mis restantes energ铆as para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito. A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelant茅 a explorar contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez m谩s sent铆 la extra帽a sensaci贸n de ser guiado por alg煤n invisible ac贸lito de Satan谩s.
Y aun mi alma endurecida por el pecado se agit贸 durante un instante al encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.
Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar lleg贸 el 谩vido y abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi presa. Un momento m谩s tarde hab铆a alzado una de las destrozadas ventanas y me hab铆a deslizado por el alf茅izar. Escuch茅 durante un instante, con los sentidos alerta y los m煤sculos listos para la acci贸n. El silencio me recibi贸. Con pasos felinos recorr铆 las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estent贸reos me indicaron el lugar donde encontrar铆a remedio a mis sufrimientos. Me permit铆 un vistazo de 茅xtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba. Como una pantera, me acerqu茅 a la tendida forma sumida en el estupor de la embriaguez. La mujer y el ni帽o -¿d贸nde estar铆an?-, bueno, pod铆an esperar. Mis engarfados dedos se deslizaron hacia su garganta…
Horas m谩s tarde volv铆a a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era m铆a. Tres silenciosos cuerpos dorm铆an para no despertar. No fue hasta que la brillante luz del d铆a invadi贸 mi escondrijo que visualic茅 las inevitables consecuencias de la temeraria obtenci贸n de alivio. En ese tiempo los cuerpos deb铆an haber sido descubiertos. Aun el m谩s obtuso de los polic铆as rurales seguramente relacionar铆a la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Adem谩s, por primera vez hab铆a sido lo bastante descuidado como para dejar alguna prueba tangible de identidad… las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes v铆ctimas. Durante todo el d铆a tembl茅 preso de aprensi贸n nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca bajo mis pies conjuraba inquietantes im谩genes mentales. Esa noche, al amparo de la oscuridad protectora, borde茅 Fenham y me intern茅 en los bosques de m谩s all谩. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecuci贸n… el distante ladrido de los sabuesos.
Me apresur茅 a trav茅s de la larga noche, pero durante la ma帽ana pude sentir c贸mo mi artificial fortaleza menguaba. El mediod铆a trajo, una vez m谩s, la persistente llamada de la perturbadora maldici贸n y supe que me derrumbar铆a de no volver a experimentar la ex贸tica intoxicaci贸n que s贸lo llegaba en la proximidad de mis adorados muertos. Hab铆a viajado en un amplio semic铆rculo. Si me esforzaba en l铆nea recta, la medianoche me encontrar铆a en el cementerio donde hab铆a enterrado a mis padres a帽os atr谩s. Mi 煤nica esperanza, lo sab铆a, resid铆a en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a los demonios que dominaban mi destino, me volv铆 encaminando mis pasos en la direcci贸n de mi 煤ltimo baluarte.
¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que part铆 hacia mi espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he alcanzado una espl茅ndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado paraje es como incienso para mi doliente alma!
Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos o铆dos captan el todav铆a lejano aullido de los perros! Es cuesti贸n de minutos para que me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder mis d铆as en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos que amo!
¡No me coger谩n! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elecci贸n de cobarde, quiz谩s, pero mejor -mucho mejor- que los interminables meses de indescriptible miseria. Dejar茅 esta relaci贸n tras de m铆 para que alg煤n alma pueda quiz谩s entender por qu茅 hice lo que hice.
¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extra帽amente en la menguante luz de la angosta luna. Un r谩pido tajo en mi mu帽eca izquierda y la liberaci贸n est谩 asegurada… c谩lida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas y decr茅pitas l谩pidas… hordas fantasmales se api帽an sobre las tumbas en descomposici贸n… dedos espectrales me llaman por se帽as… et茅reos fragmentos de melod铆as no escritas en celestial crescendo… distantes estrellas danzan embriagadoramente en demon铆aco acompa帽amiento… un millar de diminutos martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi ca贸tico cerebro… fantasmas grises de asesinados esp铆ritus desfilan ante m铆 en silenciosa burla… abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del Infierno en mi alma enferma… no puedo… escribir… m谩s…

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