El anciano del puente - Ernest Hemingway - Amantes de la literatura

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12.29.2023

El anciano del puente - Ernest Hemingway





Un anciano con anteojos de armaz贸n de acero y ropa llena de polvo estaba sentado a un lado del camino. Un puente de pontones atravesaba el r铆o, y carros, camiones, hombres, mujeres y ni帽os cruzaban en aquel instante. Los carros tirados por mulas se tambaleaban en la empinada orilla, al salir del puente, y los soldados prestaban ayuda empujando los radios de las ruedas. Los camiones sub铆an y se alejaban r谩pidamente, y los campesinos caminaban con esfuerzo por la polvoreda, enterr谩ndose hasta los tobillos. Pero el anciano permanec铆a en su sitio, sin moverse. Estaba demasiado cansado como para seguir adelante.

Mi tarea consist铆a en cruzar el puente, explorar la cabeza del mismo y comprobar hasta qu茅 punto hab铆a avanzado el enemigo. Despu茅s de realizar este trabajo, regres茅 por el puente. Ya no hab铆an tantos carros, y muy poca gente cruzaba a pie, pero el anciano permanec铆a all铆 todav铆a.

—¿De d贸nde viene usted? —le pregunt茅.

—De San Carlos —respondi贸 con una sonrisa.

Era su pueblo natal y, por lo tanto, le complac铆a mencionarlo. Ese fue el motivo de su sonrisa.

—Estaba cuidando animales —explic贸.

—¡Ah! —exclam茅, sin comprender del todo.

—S铆. Como ver谩, me qued茅 cuidando animales. Fui el 煤ltimo en abandonar la ciudad de San Carlos.

No parec铆a, en realidad, ni pastor ni vaquero. Entonces mir茅 sus ropas negras de tierra, su rostro gris por el polvo, y sus anteojos con armaz贸n de acero, y dije:

—¿Qu茅 animales eran?

—Varios animales —contest贸 mientras sacud铆a la cabeza—. Tuve que abandonarlos.

Yo estaba observando el puente y la regi贸n de aspecto africano del delta del Ebro, y me pregunt茅 cu谩nto faltar铆a para que vi茅semos al enemigo, y todo el rato estuve esperando los primeros ruidos que habr铆an de se帽alar ese acontecimiento siempre misterioso llamado contacto. El anciano no se mov铆a de all铆.

—¿Qu茅 clase de animales eran? —pregunt茅.

—Eran tres animales, en total —me replic贸—. Eran dos cabras y un gato, y tambi茅n cuatro pares de palomas.

—¿Y tuvo que abandonarlos?

—S铆. Por la artiller铆a. El capit谩n me dijo que me fuese a causa de la artiller铆a.

—¿Y no tiene familia? —le pregunt茅 mientras observaba el extremo m谩s alejado del puente, donde los 煤ltimos carros se apresuraban a bajar por la pendiente de la orilla.

—No —dijo—, s贸lo los animales que mencion茅. El gato, por supuesto, se salvar谩. Un gato puede cuidarse solo. Pero no quiero ni pensar qu茅 ser谩 de los otros.

—¿Y de qu茅 bando pol铆tico es partidario?

—De ninguno. No me interesa la pol铆tica. Tengo sesenta y seis a帽os. He caminado doce kil贸metros y creo que no puedo seguir m谩s.

—Este no es un sitio apropiado para detenerse. Si puede llegar hasta la parte donde el camino se bifurca hacia Tortosa, all铆 encontrar谩 varios camiones que le llevar谩n.

—Esperar茅 un rato —dijo—, y despu茅s ir茅. ¿Y d贸nde van los camiones?

—A Barcelona —le respond铆.

—No conozco a nadie en ese lugar, pero se lo agradezco mucho. Gracias, much铆simas gracias.

Me mir贸 con una expresi贸n de cansancio en sus facciones y, como ten铆a que compartir con alguien su preocupaci贸n, me dijo:

—El gato se salvar谩. Estoy seguro de eso. No hay necesidad de inquietarse por el gato. Pero ¿y los otros? A ver, ¿qu茅 le parece? ¿Qu茅 ser谩 de los otros?

—¡Caramba! Es posible que tambi茅n se salven.

—¿De veras?

—¿Por qu茅 no, pues? —dije observando la orilla opuesta, donde ya no quedaba ning煤n carro.

—¿Pero qu茅 pueden hacer bajo la artiller铆a si yo no he podido quedarme a causa de eso?

—¿Dej贸 el palomar abierto?

—S铆.

—Entonces volar谩n.

—S铆, es evidente que volar谩n. Pero ¿y los otros? Es mejor no pensar en los otros.

—Ya ha descansado bastante —le indiqu茅—. Lev谩ntese y trate de caminar.

—Gracias —dijo mientras se pon铆a de pie, se tambaleaba de un lado a otro y volv铆a a caer, sentado, en el polvo.

—Estaba cuidando animales —expres贸 lentamente, aunque ya no se dirig铆a a m铆—. Estaba cuidando animales, nada m谩s… nada m谩s…

No hab铆a nada que hacer con 茅l. Era domingo de Resurrecci贸n y las tropas avanzaban hacia el Ebro. Era un d铆a gris y nublado, y el cielo bajo imped铆a la acci贸n de los aviones. Aquello y el hecho de que los gatos supieran cuidarse representaba toda la buena suerte que pod铆a esperar el anciano.

FIN

Nota: Este cuento tambi茅n se ha publicado bajo el t铆tulo “El viejo en el puente”.

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