Hoy traigo dos pecados, padre. ¿Sabe cu谩l es el n煤mero uno? Que no me confieso ni comulgo desde hace dos a帽os. El n煤mero dos es m谩s complicado, y adem谩s muy largo de explicar. Pero a alguien ten铆a que cont谩rselo. Tengo que desahogarme, padre. No puedo hablarlo ni con mis amigas, ni con mis hermanas, porque es algo secreto. Muy secreto. Ni menos que menos con mi novio, usted ya se va a dar cuenta por qu茅. As铆 que me dije: ¿qui茅n mejor que el padre Morales? Primero, porque usted fue muy bueno conmigo cuando estaba en la otra parroquia. Eso lo primero. Y tambi茅n porque usted est谩 obligado a guardar el secreto de la confesi贸n. ¿O estoy equivocada? Ah, bueno. Y otra cosa: no estoy tranquila con mi conciencia. C贸mo le dir茅, padre, creo que estoy en pecado y tengo miedo de que sea mortal. ¿Usted tiene tiempo ahora? Porque si no tiene, vengo otro d铆a. Lo que pasa es que es un poco largo, ¿sabe? Entonces, ya que tiene tiempo, empezar茅 por el principio. Usted sabe que desde hace cinco a帽os yo trabajo como manicura en la peluquer铆a de caballeros Ever Ready. La clientela es muy buena, gente fina, realmente caballeros. Lo noto por las manos. La piel suave, ¿entiende, padre? Adem谩s, el patr贸n no deja que los clientes se metan con una. Porque 茅se es el peligro de mi oficio. Como una tiene inevitablemente que tocar las manos del cliente, 茅ste a veces se cree otra cosa, se hace ilusiones, qu茅 s茅 yo. Adem谩s, yo tambi茅n tengo la piel muy suave, y eso ayuda a que ellos piensen que mi adem谩n profesional no es solo eso sino una semicaricia. Pero el patr贸n es muy responsable, y, mientras corta el pelo, se la pasa vigilando. No es como el patr贸n de la otra peluquer铆a, el Sal贸n Eusebio, que m谩s bien favorec铆a las arremetidas de los clientes. Por eso cambi茅 de trabajo. Tambi茅n hay que considerar que al Ever Ready vienen no solo jefes bancarios, gerentes, diputados, ediles, incluso alg煤n ministro, sino tambi茅n diplom谩ticos. 脡stos siempre quieren que les haga las manos. No s茅, ser谩 que tienen m谩s tiempo disponible. O m谩s plata. Tambi茅n hay otros que son diplom谩ticos a medias. Quiero decir: ellos dicen que no son, pero yo me doy cuenta de que s铆 son. Justamente mi problema empez贸 por uno de 茅stos. En la peluquer铆a lo llaman m铆ster Cooper, se pronuncia c煤per, pero vaya a saber c贸mo se llama. Siempre se hac铆a las manos conmigo, y eso que somos tres las manicuras. Muy respetuoso. Habla espa帽ol perfectamente, pero, claro, hay palabras que las dice mal. Alguna vez hablaba del tiempo, o del cine, o de su pa铆s, o de Punta del Este, pero por lo general se quedaba callado, contempl谩ndome mientras yo trabajaba. A m铆 eso no me pone nerviosa, porque despu茅s de tantos a帽os de oficio estoy acostumbrada. Una manicura, padre, es casi como una actriz. Solo que el p煤blico es una sola persona, y aplaude nada m谩s que con los ojos. Bueno, una tarde, m铆ster Cooper me dice: «Se帽orita [nunca me llam贸 Claudia, como hac铆a el resto de la clientela, sino muy respetuosamente: se帽orita], hay un trabajo bien remunerado, para el que se precisan dos condiciones: belleza y discreci贸n. De usted s茅 que tiene la primera, pero no s茅 nada sobre la segunda». En el primer momento me sorprendi贸, porque la verdad es que aquello era y no era un piropo. Como si me dijera: «Usted es linda y a m铆 qu茅 me importa». Claro que, en aquel momento, lo importante para m铆 era la posibilidad de tener una entrada extra, y no pod铆a dejarla escapar. Siempre, por supuesto, que se tratase de un trabajo honesto y moral. Ya ve, padre, que no he echado en saco roto sus consejos. Entonces le dije que pod铆a preguntarle al patr贸n acerca de mi discreci贸n. «Ya le pregunt茅», dijo, «pero quer铆a saber qu茅 concepto tiene usted de s铆 misma». Qu茅 complicado. Era un trabajo muy confidencial, muy reservado. Me hizo varias preguntas sobre pol铆tica. ¿Se da cuenta, padre? Preguntas sobre pol铆tica, nada menos que a m铆. Sobre marxismo y democracia y libertad y cosas as铆. Siempre supe muy poco de todo eso. Sin embargo, parece que qued贸 conforme porque me cit贸 para una entrevista en su oficina. «No lo hable con nadie, se帽orita», me recomend贸. As铆 que no lo pude consultar ni siquiera con el patr贸n. Me hice ilusiones de que aquello ser铆a como una pel铆cula de esp铆as, as铆 de emocionante. Pero fue sencill铆simo, al menos al principio. Consist铆a nada m谩s que en ir a una boite con alguno que otro se帽or, generalmente extranjeros, y sonsacarle algunos datos. Nada importante: simplemente detalles familiares. Ya la primera vez, averig眉茅 todo lo que quer铆a m铆ster Cooper. Facil铆simo. Me pagaron una ponchada de pesos. En tres meses, hice cinco o seis de esos trabajitos: el asunto siempre consist铆a en ir a cenar, o a bailar, y conseguir datos. Para mi novio tuve que inventar alguna explicaci贸n, as铆 que, con permiso de m铆ster Cooper, le dije que hab铆a empezado a trabajar para una agencia que atend铆a turistas extranjeros. Yo no s茅 c贸mo hac铆a m铆ster Cooper, pero se las ingeniaba muy bien para organizar mi actividad. Con esos trabajitos yo ganaba much铆simo m谩s que con la peluquer铆a, pero no dej茅 el trabajo de manicura, no solo por las dudas sino tambi茅n porque m铆ster Cooper dec铆a que era mejor que lo conservara. Todo fue muy bien hasta que vino el asunto del cubanito. Desde el principio me di cuenta de que esta vez la cosa iba a ser distinta. Una tarde me hizo ir a su oficina y estuvo habl谩ndome como dos horas, antes de decirme francamente de qu茅 se trataba. Primero me explic贸 todo eso del castrismo y del peligro que representaba para el Mundo Libre, porque esa gente era comunista y de los peores, y a las madres les arrancaban los hijos para enviarlos a Rusia, y a todos los que no eran comunistas, los mandaban al pared贸n. Claro que a m铆 todo eso me parec铆a espantoso, y as铆 se lo dije. De pronto se call贸, me mir贸 fijo, y me pregunt贸: «Usted me va a perdonar la impertinencia, se帽orita, pero necesito saberlo para decidir si puedo encomendarle una misi贸n que esta vez ser谩 m谩s importante: ¿usted es virgen?» Qu茅 pregunta, padre, qu茅 pregunta. Le dije: «Pero m铆ster Cooper», y entonces 茅l, muy fino, con mucho tacto, me explic贸 que yo no ten铆a obligaci贸n de contestarle, pero que, claro, en ese caso no me podr铆a dar ese nuevo trabajo, el cual estar铆a mejor remunerado que de costumbre. En realidad, yo ya me hab铆a habituado a los nuevos ingresos. Adem谩s, usted bien sabe, padre, c贸mo ha subido todo y que ahora la plata no alcanza para nada. Yo no soy virgen, padre, y usted lo sabe mejor que nadie porque vine a confesarme con usted y se lo dije. Pero fue solamente con mi novio. Ya s茅, padre, ya s茅, que eso no justifica mi pecado, pero no me va a negar que es mucho menos grave que si fuese con otro cualquiera. Entonces le dije a m铆ster Cooper o como se llame: «Mire se帽or, yo no tendr铆a por qu茅 dec铆rselo, pero soy virgen, ¿qu茅 se hab铆a cre铆do?» Ya s茅, padre, que es mentira, pero no es sacerdote como usted y por lo tanto no est谩 obligado a guardar el secreto. Adem谩s, en las pel铆culas de espionaje siempre graban las conversaciones comprometedoras. En cambio, ustedes los curas no graban. Al menos, as铆 lo creo. No, padre, si yo estoy tranquila. Dec铆a nom谩s. En cuanto le asegur茅 que era virgen, se qued贸 muy pero muy satisfecho. Y solo entonces me puso en antecedentes del asunto, o por lo menos de lo que yo entonces cre铆 que era el asunto. Resulta que en la embajada cubana trabajaba un muchacho que era muy buena persona, y, claro, estaba a disgusto, pero como se sent铆a prisionero del comunismo, no se animaba a dejarlo todo. Por miedo a que lo mataran, pobre. Despu茅s supe que era el encargado de las claves. Me dijo m铆ster Cooper que ellos [en realidad, yo no s茅 todav铆a a qui茅nes se refer铆a exactamente cuando dec铆a «nosotros»] lo quer铆an ayudar para que se salvara. Y a su vez m铆ster Cooper quer铆a que yo les diera una mano. ¿C贸mo? Nada menos que seduciendo al muchacho. Por eso era tan importante que yo fuera virgen, a fin de que 茅l no desconfiara, es decir que no me tomara por una profesional. «Todos tenemos algo personal que ofrecer a la democracia y al mundo cristiano», me dijo m铆ster Cooper. «Usted lo que tiene para ofrecer es su belleza. Es su mejor arma y tambi茅n su mejor argumento». Otra vez sent铆 que aquello era y no era un piropo. Sin embargo, eso que me dijo fue en cierto sentido importante para m铆. Padre, con usted puedo ser franca: yo s茅 que no solo soy linda sino que adem谩s estoy, c贸mo le dir茅, muy bien dotada para el amor. No para el amor divino, como usted, sino para el humano, ese que ustedes llaman carnal. Le dir茅 m谩s: a veces me preocupa, porque creo que estoy demasiado dotada. Bueno, una de las formas de terminar con esa preocupaci贸n era darle un sentido moral. Lo que m铆ster Cooper me ped铆a era que yo cumpliera una actividad [mirada fr铆amente, suele ser considerada pecaminosa] que iba a estar al servicio de una causa enaltecedora y altamente moral. Lo pens茅 cinco minutos y le dije que s铆. No, padre, 茅ste no es el pecado n煤mero dos que le anunci茅 al principio. Yo no lo considero pecado, padre, no s茅 qu茅 piensa usted, pero me acuerdo que, cuando estaba en la otra parroquia, usted siempre nos dec铆a que hab铆a que estar dispuesto a los mayores sacrificios con tal de defender la moral cristiana y luchar contra el comunismo y [lo recuerdo perfectamente] otras formas del Anticristo. 脡ste es mi sacrificio. As铆 que no es pecado, estoy segura. No, por favor, no me interrumpa ahora, padre, d茅jeme primero contarle toda la historia. Una de las maneras que hab铆an ideado para ayudar al muchacho, y animarlo a que dejara la embajada castrista y pidiera asilo, era hacer que se enamorara de m铆. Eso al menos me dijo. Despu茅s fue un poco distinto. Adem谩s hubo un aspecto en que m铆ster Cooper no estuvo bien: no me dijo que el muchacho era casado. F铆jese, padre, que eso cambia bastante las cosas. No, tampoco por eso lo considero pecado. Pero deb铆a hab茅rmelo dicho, ¿no le parece? Le voy a abreviar. S铆, se enamor贸 de m铆. Perdidamente. Cuando 铆bamos al apartamento de uno de sus amigos uruguayos [s铆, padre, 铆bamos a un apartamento] y nos qued谩bamos un rato acostados despu茅s de hacer el amor [claro, padre, que hac铆amos el amor], me dec铆a cosas muy lindas, llenas de im谩genes, me comparaba con flores y plantas que yo no conozco ni nunca hab铆a o铆do nombrar ni tampoco me acuerdo ahora de sus nombres para decirle a usted cu谩les eran. Eduardo [porque se llama Eduardo] estaba tan preocupado con lo mucho que yo le gustaba, que no ten铆a muchas ocasiones para hablarme de pol铆tica. Pero una tarde me habl贸. Imag铆nese mi sorpresa, padre, cuando me entero de que 茅l no quer铆a dejar su trabajo y que, por el contrario, estaba muy conforme con el castrismo y el pared贸n y todo eso. Lo que 茅l quer铆a era dejar a su esposa, no al comunismo. Al d铆a siguiente fui y se lo dije a m铆ster Cooper y 茅l me asegur贸 que Eduardo hablaba as铆 porque ten铆a miedo de que yo fuera y contara. Pero yo bien sab铆a que no le inspiraba miedo. Ning煤n tipo de miedo. Deseo s铆 le inspiraba, y c贸mo. Perdone, padre. Pero nunca miedo. A m铆 no me dej贸 conforme la explicaci贸n de m铆ster Cooper. Eduardo se quedaba a veces callado, mirando el techo, pero nunca tan abstra铆do como para entretanto no hacerme caricias. Acaricia tan bien. A m铆, lo reconozco, me gustaba el trabajo, pero no comprend铆a claramente qu茅 pretend铆a de m铆 m铆ster Cooper. El s谩bado llegu茅 yo la primera al apartamento [los dos tenemos llave], y Eduardo, que conmigo ha sido siempre muy puntual, no llegaba nunca. Al final apareci贸 como dos horas m谩s tarde de lo convenido. Estaba p谩lido, alterado. Al principio no quer铆a decirme qu茅 le pasaba. «Complicaciones del trabajo», dec铆a. Despu茅s nos acostamos. Ese d铆a lo hizo como con desesperaci贸n. M谩s tarde me cont贸 todo. Parece que iba solo, por Dieciocho, y de pronto, a la altura de Yaguar贸n, sinti贸 que lo llamaban desde un auto estacionado. Se acerc贸. En el auto hab铆a dos tipos. Entonces uno le pregunt贸, sin ning煤n pre谩mbulo, si no quer铆a colaborar con ellos. 脡l pregunt贸: «Y ustedes, ¿qui茅nes son?» «Somos nosotros, y basta», contest贸 uno de los hombres y le mostr贸 un mont贸n de billetes. Seg煤n Eduardo, all铆 hab铆a por lo menos cinco mil d贸lares. Eran todos billetes de a cien. «Esto es solo la mitad de lo que te corresponder谩 si colabor谩s con nosotros». Dice Eduardo que 茅l cometi贸 el error de preguntar qu茅 pretend铆an que hiciera. «Las claves», dijo el hombre. Eduardo dijo que ni por esa plata, ni por ninguna plata. Entonces el otro hombre, que hasta ese momento no hab铆a hablado, sac贸 del bolsillo una foto. En la foto aparec铆amos Eduardo y yo, saliendo de una casa, no del apartamento sino de una casa de citas [porque las dos primeras veces hab铆amos ido a una casa de citas]. «Si te pon茅s empecinado y no ayud谩s, le enviaremos esto a tu mujer. As铆 que pensalo un momento». Entonces uno de los hombres baj贸 del coche, fue hasta la esquina donde hab铆a una mujer que vend铆a bananas, le compr贸 tres, y se acerc贸 nuevamente al auto. Le tendi贸 una a Eduardo, y 茅l dice que estaba tan nervioso que la tom贸. Entonces el tipo dijo: «Tambi茅n hemos fotografiado este cordial incidente». «Para qu茅», pregunt贸 Eduardo. «Para envi谩rselo a tu gobierno, as铆 comprueban con qu茅 gusto acept谩s un platanito [Eduardo no dice “bananita” sino “platanito”] de gente como nosotros». Entonces lo hicieron bajar del coche, le metieron el fajo de d贸lares en un bolsillo y lo dejaron solo. Por eso hab铆a demorado. Me di cuenta que no sospechaba nada de m铆. El pobre no sab铆a que yo de alg煤n modo participaba en la operaci贸n. Le pregunt茅 qu茅 pensaba hacer y dijo que entregar铆a el dinero en su embajada y contar铆a todo. «¿Y tu mujer?» «Al carajo mi mujer». Perdone, padre, pero 茅l dijo as铆. Y en cierta manera, a m铆 me gust贸 que lo dijera. Despu茅s yo me fui. Tom茅 un taxi, y, aunque era s谩bado, pens茅 que a lo mejor m铆ster Cooper estaba trabajando en su oficina, as铆 que all铆 me dirig铆. S铆, estaba trabajando. Le cont茅 lo que me hab铆a dicho Eduardo, y me dio la impresi贸n de que 茅l ya lo sab铆a. «Eso no est谩 bien, m铆ster Cooper», le dije, «usted no puede obligarme a hacer cosas as铆. Nunca me sent铆 tan mal, cr茅amelo. Una cosa es que el muchacho sea comunista, y cada vez estoy m谩s segura de que 茅l est谩 conforme con serlo, y otra muy distinta que a m铆 me compliquen con semejante chantaje». Hasta que dije la palabra «chantaje», m铆ster Cooper sonre铆a, pero a partir de ese momento se le cambi贸 la expresi贸n. 脡l, que siempre hab铆a sido tan respetuoso, murmur贸 no s茅 qu茅 cosa en ingl茅s, y despu茅s me dijo furioso: «Basta de estupideces». Yo abr铆 tama帽os ojos, porque la verdad era que no me esperaba esa groser铆a, y 茅l agreg贸: «Puede quedarse tranquila. Nunca m谩s trabajar谩 conmigo. ¿Y sabe por qu茅? Porque es demasiado est煤pida. Conf铆o, sin embargo, en que su escasa inteligencia le alcance para darse cuenta de que no puede hablar con nadie de este asunto. Con nadie, ¿est谩 claro? Si habla con alguien, nosotros tenemos c贸mo averiguarlo y entonces at茅ngase a las consecuencias». Yo solt茅 el llanto, padre, no pude evitarlo, pero ese hombre es un insensible, verdaderamente un insensible. ¿Cree que se abland贸? Nada. En tono m谩s furioso a煤n, agreg贸: «Y ni intente siquiera comunicarse con el otro imb茅cil. Prohibido, ¿me entiende? Aqu铆 tiene el dinero». Vi el sobre de siempre, quiz谩 m谩s abultado que otras veces. Pero no pude tomarlo. No pude. Lo dej茅 sobre la mesa y sal铆. Eso fue el s谩bado pasado, padre. ¿Ve c贸mo todav铆a lloro, cuando me acuerdo? Fue una cosa humillante. Y adem谩s a m铆 me gusta Eduardo. Y no podr茅 verlo nunca m谩s. Y yo eso no lo puedo soportar. Y aqu铆 viene mi segundo pecado, aunque no estoy segura de que lo sea. D铆game francamente, padre Morales: ¿Usted cree que es pecado mortal enamorarse de un comunista casado?
FIN

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