El dios del cuenco - Robert E. Howard - Amantes de la literatura

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8.07.2024

El dios del cuenco - Robert E. Howard



Arus, el guardia nocturno, aferr贸 su ballesta con manos temblorosas y sinti贸 unas gotitas de sudor pegajoso sobre su piel mientras contemplaba el horrible cad谩ver que yac铆a sobre el suelo resplandeciente. Es profundamente desagradable encontrarse con la Muerte a medianoche en un lugar solitario.

El guardi谩n se hallaba en un amplio corredor iluminado por enormes velas colocadas en los nichos que hab铆a en las paredes. Entre un nicho y otro, los muros aparec铆an cubiertos de tapices de terciopelo negro, y entre estos colgaban escudos y armas cruzadas con formas fant谩sticas. Tambi茅n hab铆a, aqu铆 y all谩, im谩genes de extra帽os dioses; se trataba de figuras talladas en piedra o en maderas raras, o bien fundidas en bronce, hierro o plata, que se reflejaban tenuemente en el reluciente suelo negro.

Arus sinti贸 un escalofr铆o. Todav铆a no se hab铆a habituado al lugar, aunque llevaba varios meses trabajando all铆 como guardi谩n. Era un lugar fant谩stico, un gran museo y galer铆a de antig眉edades que la gente llamaba el Templo de Kallian Publico, un edificio lleno de objetos raros tra铆dos de todos los rincones del mundo. Ahora, en la soledad de la medianoche, Arus estaba en pie en el inmenso y silencioso sal贸n y observaba el cad谩ver tirado de quien hab铆a sido el rico y poderoso propietario del Templo.

A pesar de sus pocas luces, el guardi谩n se dio cuenta de que el hombre muerto presentaba un aspecto extra帽amente diferente del que ten铆a cuando lo viera pasar por la V铆a Palia en su dorado carruaje, arrogante y dominador, con un rostro en el que destacaban sus ojos oscuros que centelleaban con un magnetismo y una vitalidad sorprendentes. Los enemigos de Kallian Publico apenas lo reconocer铆an ahora, tendido como un c煤mulo de grasa desintegrada, con el rico manto roto y su t煤nica de color p煤rpura deshecha. Ten铆a el rostro ennegrecido, los ojos salidos de las 贸rbitas y la lengua colgando de la boca abierta. Ten铆a las manos rollizas extendidas en un gesto de rara impotencia, y las piedras preciosas lanzaban destellos desde sus gruesos dedos.

—¿Por qu茅 no se habr谩n llevado los anillos? —musit贸 el guardi谩n con un extra帽o desasosiego.

En ese momento mir贸 sobresaltado y se le pusieron los pelos de punta. A trav茅s de los oscuros tapices de terciopelo y seda que ocultaban una de las tantas puertas que daban al sal贸n, apareci贸 un hombre.

Arus vio a un joven alto y fornido, que no llevaba m谩s ropa que un taparrabo y unas sandalias atadas a sus piernas. Su piel estaba bronceada por soles remotos. Arus observ贸 con cierto nerviosismo sus anchas espaldas, su pecho enorme y sus gruesos brazos. Le hab铆a bastado una simple mirada para darse cuenta de que el joven no era nemedio. Debajo de un mech贸n de rebeldes cabellos negros hab铆a un par de ojos azules ardientes y amenazadores. De su cinto colgaba una enorme espada dentro de una vaina de cuero.

Arus sinti贸 un hormigueo por todo el cuerpo. Apret贸 con fuerza su ballesta pensando en la posibilidad de disparar contra el extra帽o sin decir una palabra, aunque tem铆a lo que pudiera ocurrir si no le daba muerte al primer intento.

El desconocido mir贸 el cuerpo que yac铆a en el suelo con un gesto m谩s de curiosidad que de sorpresa.

—¿Por qu茅 has matado a este hombre? —pregunt贸 Arus, incapaz de dominar su nerviosismo.

—Yo no lo he matado —respondi贸 el joven en lengua nemedia con acento extranjero, negando con un gesto de su desgre帽ada cabeza—. ¿Qui茅n es?

—Kallian Publico —contest贸 Arus, retrocediendo.

Un destello de inter茅s brill贸 en los taciturnos ojos azules del muchacho.

—¿El due帽o del edificio? —volvi贸 a preguntar el b谩rbaro.

—S铆.

Arus hab铆a retrocedido hasta la pared. Cogi贸 un grueso cord贸n de terciopelo que hab铆a all铆 colgado y tir贸 de 茅l con fuerza. En ese momento lleg贸 de la calle el estridente repicar de las campanas que hab铆a delante de todos los comercios de la ciudad para llamar a los guardias.

El joven extranjero le pregunt贸 asombrado:

—¿Por qu茅 lo has hecho? Voy a buscar al guardi谩n.

—¡Yo soy el guardi谩n, bellaco! —dijo Arus, armado de valor—. Qu茅date donde est谩s. ¡No te muevas o te mato!

Ten铆a el dedo apoyado en el gatillo de su ballesta, y la terrible cabeza de cuatro aristas de la flecha apuntaba directamente al enorme pecho del joven. El extranjero frunci贸 el ce帽o y baj贸 su oscura cabeza. No parec铆a tener miedo, pero daba la impresi贸n de dudar entre obedecer la orden e intentar un ataque por sorpresa. Arus se pas贸 la lengua por los labios y se le hel贸 la sangre en las venas, manifiestamente inquieto al ver la lucha interior y las intenciones homicidas que se reflejaban en los turbios ojos del extranjero.

En ese momento se oy贸 el ruido de una puerta que se abr铆a con violencia y una confusi贸n de voces. El guardi谩n respir贸 aliviado con una mezcla de gratitud y asombro. El extranjero se puso tenso y mir贸 preocupado con la expresi贸n de una presa acorralada cuando vio que entraban seis hombres. Todos menos uno vest铆an la t煤nica escarlata de la polic铆a de Numalia. Iban armados con cortas espadas punzantes y llevaban alabardas, unas armas de mango largo, mezcla de pica y hacha.

—¿Qu茅 diablos es esto? —exclam贸 el hombre que parec铆a destacar del grupo, cuyos fr铆os ojos grises y rostro delgado de rasgos afilados, as铆 como su atuendo civil, lo diferenciaban de sus fornidos acompa帽antes.

—¡Por Mitra, es Demetrio! —exclam贸 Arus—. La suerte est谩 conmigo esta noche. ¡No ten铆a esperanzas de que los guardias respondieran tan r谩pidamente a la llamada, y menos a煤n de que t煤 estuvieras entre ellos!

—Estaba haciendo la ronda con Dionus —repuso Demetrio—. Pas谩bamos delante del Templo cuando son贸 la campana. Pero ¿qui茅n es este? ¡Ishtar! ¡Es el mism铆simo propietario del Templo!

—S铆, es 茅l —respondi贸 Arus—, y ha sido asesinado salvajemente. Es mi obligaci贸n recorrer el edificio constantemente durante toda la noche porque, como sabes, aqu铆 hay objetos valios铆simos. Kallian Publico contaba con ricos mecenas: sabios, pr铆ncipes y ricos coleccionistas de objetos raros. Pues bien, hace tan s贸lo unos minutos intent茅 abrir la puerta que da al p贸rtico y la encontr茅 cerrada, aunque sin llave. La puerta tiene un cerrojo que se acciona desde ambos lados, y un enorme candado, que s贸lo puede abrirse desde fuera. Kallian Publico era el 煤nico que ten铆a la llave del candado; es esa que tiene colgada del cinto.

»Me di cuenta de que ocurr铆a algo extra帽o, porque Kallian sol铆a cerrar la puerta con candado cuando se iba del Templo, y yo no lo hab铆a visto desde que se march贸 al atardecer a su casa de las afueras. Yo tengo una llave que abre el cerrojo; cuando entr茅, hall茅 el cuerpo tendido, como est谩 ahora. No lo he tocado.

—Entonces —pregunt贸 Demetrio examinando al sombr铆o extranjero—, ¿qui茅n es este?

—¡El asesino, seguramente! —exclam贸 Arus—. Entr贸 por aquella puerta. Es un b谩rbaro del norte o algo parecido; tal vez sea un hiperb贸reo o quiz谩 un bosonio.

—¿Qui茅n eres? —pregunt贸 Demetrio.

—Soy Conan, el cimmerio —respondi贸 el b谩rbaro.

—¿Has matado a este hombre?

El cimmerio lo neg贸 con la cabeza.

—¡Responde! —orden贸 con brusquedad el que interrogaba.

Un destello de c贸lera brill贸 en los taciturnos ojos azules cuando dijo:

—¡No soy un perro para que me hables de esa manera!

—¡Vaya un tipo insolente! —dijo con desprecio el compa帽ero de Demetrio, un hombre corpulento que llevaba una insignia de prefecto de polic铆a—. ¡Un perro libre e independiente! Ya le quitar茅 los humos. ¡Eh, t煤! ¡Habla de una vez! ¿Por qu茅 has matado…?

—Un momento, Dionus —orden贸 Demetrio—. Escucha, forastero, yo soy el jefe del Consejo Inquisitorial de la ciudad de Numalia. Ser谩 mejor que me digas por qu茅 est谩s aqu铆 y, si no eres el asesino, ser谩 mejor que lo demuestres.

El cimmerio vacil贸. No ten铆a miedo, sino que se sent铆a perplejo, que es lo que les ocurre a los b谩rbaros cuando se enfrentan a las complejidades de las sociedades civilizadas, cuyo funcionamiento les resulta tan desconcertante y misterioso.

—Mientras lo piensa —espet贸 Demetrio, volvi茅ndose hacia Arus—, dime: ¿has visto a Kallian Publico cuando se marchaba del Templo al atardecer?

—No, mi se帽or, pero 茅l generalmente ya se ha marchado cuando yo comienzo mi guardia. La puerta grande estaba cerrada con llave.

—¿Pudo haber vuelto al edificio sin que t煤 lo vieras?

—Es posible, pero poco probable. De haber regresado de su casa, hubiera venido en su carruaje, porque est谩 lejos; ¿qui茅n ha o铆do que Kallian Publico viaje de otra forma? Aunque yo hubiera estado en el otro extremo del Templo, habr铆a o铆do las ruedas del carruaje sobre el empedrado. Y estoy seguro de no haber o铆do nada.

—¿Y la puerta estaba cerrada a primeras horas de la noche?

—Podr铆a jurarlo. Yo siempre compruebo todas las puertas durante mi guardia nocturna. La puerta estuvo cerrada por fuera hasta hace media hora m谩s o menos; esa fue la 煤ltima vez que lo comprob茅, y la hall茅 cerrada.

—¿No o铆ste gritos ni ruidos de pelea?

—No, se帽or. Pero no es raro, porque las paredes del Templo son tan gruesas que no se oye nada a trav茅s de ellas.

—¿A qu茅 vienen tantas preguntas y especulaciones? —terci贸 el fornido prefecto—. Este es el culpable, sin duda alguna. Llev茅mosle a los Tribunales; all铆 lo har茅 confesar, aunque tenga que romperle los huesos.

Demetrio mir贸 al b谩rbaro y le pregunt贸:

—¿Has entendido lo que ha dicho? ¿Tienes algo que a帽adir?

—Que el hombre que me toque estar谩 muy pronto saludando a sus ancestros en el infierno —contest贸 el cimmerio con los dientes apretados y los ojos centelleantes llenos de ira.

—¿Para qu茅 has venido aqu铆, si no fue para matar a este hombre? —prosigui贸 Demetrio.

—He venido a robar —respondi贸 el joven con gesto hosco.

—¿A robar qu茅?

—Vine a robar comida —dijo Conan, despu茅s de vacilar un momento.

—¡Mentira! —exclam贸 Demetrio—. Sabes muy bien que aqu铆 no hay comida. Dime la verdad o…

El cimmerio apoy贸 la mano en la empu帽adura de su espada, en un gesto tan amenazador como el de un tigre cuando ense帽a los colmillos.

—¡Ahorra tus provocaciones y fanfarronadas para los cobardes que te tengan miedo! —gru帽贸 Conan—. No soy un nativo de Nemedia y no voy a inclinarme ante tus esbirros. He matado a hombres m谩s buenos que t煤 por menos que esto.

Dionus, que hab铆a abierto la boca congestionado por la ira, la volvi贸 a cerrar, los guardias movieron sus alabardas con gesto inseguro y miraron a Demetrio esperando 贸rdenes. Se hab铆an quedado mudos al o铆r el desaf铆o lanzado contra el todopoderoso polic铆a, y esperaban que este diera la orden de detener al b谩rbaro.

Pero Demetrio no dio ninguna orden. Arus miraba a uno y a otro, pregunt谩ndose qu茅 estar铆a pasando por la aguda mente de Demetrio, detr谩s de su rostro de halc贸n. Tal vez el magistrado temiera suscitar un arrebato de c贸lera al b谩rbaro, o quiz谩 dudara realmente de su culpabilidad.

—No te he acusado de matar a Kallian —dijo bruscamente—. Pero debes admitir que las circunstancias no te favorecen. ¿C贸mo entraste en el Templo?

—Me escond铆 en el oscuro almac茅n que hay detr谩s de este edificio —contest贸 Conan de mala gana—. Cuando este perro —agreg贸 se帽alando con el dedo a Arus— pas贸 doblando la esquina, corr铆 hacia el muro y trep茅 por 茅l…

—¡Mentira! —interrumpi贸 Arus— ¡Ning煤n hombre puede subir por esa pared tan recta!

—¿Nunca has visto a un cimmerio escalar una monta帽a escarpada cortada a pico? —pregunt贸 Demetrio—. Soy yo quien dirige el interrogatorio. Contin煤a, Conan.

—La esquina del edificio est谩 decorada con esculturas —continu贸 el cimmerio—, por lo que me result贸 f谩cil trepar. Llegu茅 al techo antes de que este perro hubiera dado la vuelta al edificio. Encontr茅 una portezuela cerrada con un pasador de hierro por dentro. Romp铆 el cerrojo en dos y…

Arus, recordando el grosor del cerrojo, se qued贸 boquiabierto y se apart贸 del cimmerio, que le mir贸 ensimismado y sigui贸 hablando:

—Pas茅 por la portezuela y entr茅 en la habitaci贸n de arriba. All铆 no me detuve, sino que fui directamente hacia la escalera…

—¿C贸mo sab铆as d贸nde estaba la escalera? S贸lo a los criados de Kallian y a algunos de sus ricos mecenas les est谩 permitido entrar en esas habitaciones de la parte superior del edificio.

Conan permaneci贸 en un obstinado silencio.

—¿Qu茅 hiciste cuando llegaste a la escalera? —sigui贸 preguntando Demetrio.

—Baj茅 directamente y llegu茅 a una habitaci贸n que se encuentra detr谩s de aquella puerta cubierta por la cortina —murmur贸 el cimmerio—. Cuando bajaba por la escalera, o铆 que se abr铆a otra puerta. Al levantar la cortina, vi a este perro de pie al lado del hombre muerto.

—¿Por qu茅 saliste de tu escondite?

—Porque al principio cre铆 que era otro ladr贸n que ven铆a a robar lo mismo que…

El cimmerio se interrumpi贸 s煤bitamente.

—¡Lo mismo que t煤 hab铆as venido a robar! —concluy贸 Demetrio—. No te quedaste en las habitaciones de arriba, donde est谩n guardados los mayores tesoros. ¡Has venido aqu铆 enviado por alguien que conoce muy bien el Templo, para robar alguna cosa muy especial!

—¡Y para matar a Kallian Publico! —exclam贸 Dionus—. ¡Por Mitra, est谩 muy claro! ¡Detenedlo, guardias; confesar谩 antes del alba!

Lanzando una maldici贸n en lengua extranjera, Conan dio un salto hacia atr谩s y desenvain贸 su espada con una furia tal que el afilado sable cort贸 el aire con un silbido.

—¡Atr谩s, si apreci谩is en algo vuestras malditas vidas! —gru帽贸—. ¡No cre谩is que por el hecho de dedicaros a torturar tenderos y a desnudar y azotar rameras para hacerlos hablar, vais a poner vuestras asquerosas garras encima de un hombre de la monta帽a! ¡Si tocas tu arco, guardi谩n, te reviento las tripas de una patada!

—¡Espera! —dijo Demetrio—. Det茅n a tus hombres, Dionus. A煤n no estoy convencido de que sea el asesino.

Demetrio se inclin贸 hacia Dionus y susurr贸 algo que Arus no pudo o铆r, pero tuvo la impresi贸n de que era un plan para enga帽ar a Conan y arrebatarle la espada.

—Est谩 bien —gru帽贸 Dionus—. Retroceded, vosotros, pero no le quit茅is los ojos de encima.

—Dame tu espada —dijo Demetrio a Conan.

—¡Ven a quit谩rmela, si puedes! —replic贸 Conan.

El investigador se encogi贸 de hombros y dijo:

—De acuerdo. Pero no intentes escapar. Hay hombres con ballestas fuera, vigilando el edificio.

El b谩rbaro baj贸 la espada, si bien mantuvo su tensa actitud alerta. Demetrio se volvi贸 nuevamente hacia el cad谩ver.

—Lo han estrangulado —murmur贸—. ¿Por qu茅 lo habr谩n estrangulado cuando una estocada es tanto m谩s r谩pida y segura? Estos cimmerios nacen con la espada en la mano; nunca o铆 que matasen a alguien de otra forma.

—Quiz谩 lo hizo para no despertar sospechas —repuso Dionus.

—Es posible —dijo Demetrio, palpando el cad谩ver con mano experta—. Lleva muerto por lo menos media hora. Si Conan dice la verdad acerca del momento en que entr贸 en el Templo, dif铆cilmente podr铆a haberlo asesinado antes que entrara Arus. Aunque es cierto que puede estar mintiendo; quiz谩 haya entrado en el edificio m谩s temprano.

—Escal茅 el muro despu茅s de que Arus hiciera la 煤ltima ronda —dijo Conan refunfu帽ando.

—Eso es lo que t煤 dices —repuso Demetrio examinando la garganta del hombre muerto, que hab铆a sido reducida a un amasijo de carne morada.

La cabeza del cad谩ver ca铆a inerte hacia atr谩s, como si tuviera rotas las v茅rtebras. Demetrio movi贸 la cabeza dubitativamente y pregunt贸:

—¿Por qu茅 habr谩 usado el asesino una cuerda tan gruesa? ¿Y qu茅 forma terrible de estrangulamiento pudo haber destrozado de esta manera el cuello de la v铆ctima?

Se levant贸 y se dirigi贸 hacia el corredor pasando por la puerta m谩s cercana.

—Aqu铆 hay un busto ca铆do de su pedestal —manifest贸—, y el suelo est谩 lleno de ara帽azos, y las cortinas de la puerta han sido arrancadas… Kallian Publico debi贸 de ser atacado en aquella habitaci贸n. Tal vez logr贸 deshacerse de su agresor, o quiz谩 arrastr贸 al individuo a medida que hu铆a. De todos modos, lleg贸 tambale谩ndose al corredor, donde el asesino seguramente lo sigui贸 y acab贸 con 茅l.

—Entonces, si este pagano no es el asesino, ¿qui茅n es? —inquiri贸 el prefecto.

—A煤n no he eximido de culpas al cimmerio —dijo Demetrio—. Pero vamos a investigar en esa habitaci贸n…

El funcionario se detuvo, se dio media vuelta y se par贸 a escuchar. Se o铆a el traqueteo de un carruaje que se acercaba por la calle y se detuvo bruscamente.

—¡Dionus! —vocifer贸 el investigador—. Env铆a dos hombres en busca de ese veh铆culo, y que traigan aqu铆 al cochero.

—Por el ruido —dijo Arus, que conoc铆a muy bien todos los sonidos de la calle—, yo dir铆a que se detuvo delante de la casa de Promero, justo enfrente de la tienda del mercader de sedas.

—¿Qui茅n es Promero? —inquiri贸 Demetrio.

—Es el empleado principal de Kallian Publico.

—Traedlo aqu铆 junto con el cochero —orden贸 Demetrio.

Los dos guardias salieron del cuarto. Demetrio sigui贸 examinando el cad谩ver, en tanto que Dionus, Arus y los restantes polic铆as vigilaban a Conan, que segu铆a inm贸vil con la espada en la mano como una amenazadora estatua de bronce. Poco despu茅s se oy贸 el eco de unos pasos, y los dos guardias entraron con un hombre corpulento, de piel oscura, que llevaba un casco de cuero y la larga t煤nica que usan los cocheros; tra铆a un l谩tigo en la mano. Los acompa帽aba un individuo peque帽o, de aspecto t铆mido, con la actitud caracter铆stica de los que, habiendo nacido en el seno de la clase artesanal, se convierten en ayudantes insustituibles de los ricos mercaderes y comerciantes. El hombrecillo retrocedi贸 lanzando un grito al ver al hombre tendido en el suelo.

—¡Ah, ya sab铆a que esto nos iba a traer la desgracia! —gimi贸.

—Eres Promero, el empleado principal, ¿no es as铆? ¿Y t煤 qui茅n eres? —pregunt贸 Demetrio.

—Soy Enaro, el cochero de Kallian Publico.

—No parece conmoverte demasiado el hecho de ver su cad谩ver —observ贸 Demetrio.

Los ojos oscuros de Enaro centellearon.

—¿Por qu茅 habr铆a de estar conmovido? —dijo el hombre—. Alguien ha llevado a cabo lo que yo deseaba ardientemente pero no me atrev铆a a hacer.

—¡Vaya! —musit贸 el investigador—. ¿Eres un hombre libre?

Los ojos del cochero reflejaban una profunda amargura cuando se abri贸 la t煤nica para ense帽ar la marca caracter铆stica de los esclavos que ten铆a en el hombro.

—¿Sab铆as que tu amo ven铆a aqu铆 esta noche?

—No. Yo traje el carruaje al Templo al atardecer, como todos los d铆as. 脡l subi贸 y yo le llev茅 a su casa de las afueras. Sin embargo, cuando llegamos a la V铆a Palia me orden贸 dar la vuelta y regresar. Parec铆a muy agitado.

—¿Y lo trajiste de vuelta al Templo?

—No. Me orden贸 detenerme en la casa de Promero. All铆 me despidi贸, d谩ndome instrucciones de que volviera a buscarlo poco despu茅s de medianoche.

—¿A qu茅 hora fue eso?

—Poco despu茅s del atardecer. Las calles estaban casi desiertas.

—¿Qu茅 hiciste entonces?

—Volv铆 a la casa de los esclavos, donde me qued茅 hasta que se hizo la hora de regresar a la casa de Promero. Fui directamente hacia all铆, y tus hombres me detuvieron cuando hablaba con Promero en la puerta de su casa.

—¿Tienes alguna idea del motivo que llev贸 a Kallian a la casa de Promero?

—脡l nunca hablaba de sus asuntos con los esclavos.

Demetrio se volvi贸 entonces hacia Promero y le pregunt贸:

—¿Qu茅 sabes t煤 acerca de esto?

—Nada —respondi贸 el empleado con los dientes casta帽eteando.

—¿Estuvo Kallian Publico en tu casa, tal como afirma el cochero?

—S铆, se帽or.

—¿Cu谩nto tiempo estuvo contigo?

—S贸lo un momento. Se march贸 en seguida.

—¿De tu casa se fue al Templo?

—¡No lo s茅! —grit贸 el empleado con voz chillona.

—¿Para qu茅 fue Publico a verte?

—Para…, para hablar de negocios.

—Mientes —dijo Demetrio tajante—. ¿Para qu茅 fue a tu casa?

—¡No s茅! ¡No s茅 nada! —chillaba Promero hist茅rico—. Yo no tengo nada que ver con esto.

—Hazle hablar, Dionus —orden贸 Demetrio en tono cortante.

Dionus gru帽贸 y le hizo una se帽a con la cabeza a uno de sus hombres, que se dirigi贸 hacia los dos prisioneros con una sonrisa cruel.

—¿Sabes qui茅n soy? —pregunt贸 mirando fijamente a su encogida v铆ctima.

—Eres Posthumo —respondi贸 el empleado con aire taciturno—. Le arrancaste un ojo a una muchacha en los Tribunales porque no estaba dispuesta a acusar a su amante.

—¡Siempre consigo lo que me propongo! —exclam贸 el guardia vociferando.

Las venas de su grueso cuello se hincharon y su cara enrojeci贸 cuando cogi贸 al desdichado por el pescuezo, retorci茅ndole la t煤nica hasta casi estrangularlo.

—¡Habla de una vez, rata! —grit贸—. ¡Contesta al investigador!

—¡Oh, Mitra, piedad! —chill贸 el infeliz—. Juro…

Posthumo lo abofete贸 violentamente, primero en una mejilla y despu茅s en la otra, luego lo tir贸 al suelo y lo pate贸 con feroz ensa帽amiento.

—¡Piedad! —gimi贸 suplicante la v铆ctima—. Hablar茅…, dir茅 todo lo que…

—¡Entonces, ponte de pie, canalla! —rugi贸 Posthumo—. ¡No te quedes ah铆 lloriqueando!

Dionus lanz贸 una r谩pida mirada a Conan para ver si estaba debidamente impresionado.

—¿Ves lo que les ocurre a los que irritan a la Polic铆a? —le dijo.

Conan escupi贸 con desprecio y gru帽贸:

—Es un d茅bil y un necio. Si alguno de vosotros me llega a tocar, le desparramo las tripas por el suelo.

—¿Est谩s dispuesto a hablar? —pregunt贸 Demetrio con aire hastiado.

—Todo lo que s茅 —dijo el empleado sollozando mientras se pon铆a de pie, gimiendo como un perro apaleado— es que Kallian lleg贸 a casa poco despu茅s que yo, puesto que salimos del Templo juntos, y le dijo al cochero que se marchara. Me amenaz贸 con despedirme si yo le contaba algo a alguien. Yo soy un hombre pobre, mis se帽ores, sin amigos ni favores. Si no trabajara para 茅l, me morir铆a de hambre.

—Eso no me incumbe —dijo Demetrio—. ¿Cu谩nto tiempo estuvo en tu casa?

—Se qued贸 hasta alrededor de las once y media. Luego se march贸 diciendo que se iba al Templo y que volver铆a cuando terminara lo que ten铆a que hacer.

—¿Qu茅 pensaba hacer aqu铆?

Promero vacil贸, pero una mirada escalofriante al sonriente Posthumo, que alzaba su enorme pu帽o, lo hizo proseguir inmediatamente.

—Quer铆a ver algo en el Templo.

—Pero ¿por qu茅 vino solo, y en forma tan secreta y misteriosa?

—Porque ese objeto no era suyo; lleg贸 al amanecer, en una caravana procedente del sur. Los hombres de la expedici贸n no sab铆an nada acerca de ello, salvo que lo hab铆an cargado en su caravana unos hombres que ven铆an en otra procedente de Estigia, y que estaba destinado a Caranthes de Hanumar, sacerdote de Ibis. El jefe de la primera caravana hab铆a recibido dinero de los otros para que entregasen el objeto en mano a Caranthes, pero el brib贸n quer铆a seguir camino a Aquilonia directamente por la carretera que no pasa por Hanumar. Entonces pregunt贸 si podr铆a dejarlo en el Templo hasta que Caranthes mandara a alguien a recogerlo.

»Kallian accedi贸 a ello y le dijo que 茅l mismo enviar铆a un criado para avisar a Caranthes. Pero cuando los hombres de la caravana se hubieron marchado y yo le habl茅 de enviar al mensajero, Kallian me prohibi贸 que lo mandara. Se qued贸 pensando qu茅 ser铆a aquel objeto que los hombres hab铆an dejado.

—¿Y qu茅 era?

—Una especie de sarc贸fago como los que se encuentran en las antiguas tumbas estigias. Pero este era redondo, como un cuenco. Estaba hecho de un metal semejante al cobre, pero m谩s duro, y ten铆a grabados unos jerogl铆ficos similares a los de los antiguos menhires del sur de Estigia. La tapa se ajustaba perfectamente al cuenco por medio de unas tiras del mismo metal, y tambi茅n estaban grabadas.

»Los hombres de la caravana no lo sab铆an. S贸lo dijeron que quienes se lo hab铆an dado mencionaron que se trataba de una reliquia de un valor incalculable hallada en las tumbas situadas debajo de las pir谩mides y que se la enviaban a Caranthes “por la veneraci贸n que sent铆a por el sacerdote de Ibis la persona que lo enviaba”. Kallian Publico cre铆a que conten铆a la diadema de los reyes gigantes que dominaron al pueblo que habitaba en aquella tierra sombr铆a antes de que llegaran all铆 los antepasados de los estigios. Me ense帽贸 un dibujo grabado en la tapa, que 茅l afirmaba que ten铆a la forma de la diadema que, seg煤n la leyenda usaban los monstruosos reyes.

»Entonces decidi贸 abrir el cuenco para ver lo que conten铆a. Se pon铆a como loco cuando pensaba en la fabulosa diadema incrustada con extra帽as piedras preciosas que s贸lo conoc铆a la antigua raza. Una sola de esas gemas —dec铆a— val铆a m谩s que todos los tesoros del mundo moderno.

»Yo le advert铆 que no lo hiciera, pero poco despu茅s de medianoche se fue solo al Templo, ocult谩ndose en las sombras hasta que el guardi谩n estuviera del otro lado del edificio y entrando luego con la llave que ten铆a colgada de la cintura. Yo lo segu铆 con la vista hasta que entr贸, y luego regres茅 a mi casa. Si en el cuenco aparec铆a la diadema u otro objeto de mucho valor, 茅l ten铆a la intenci贸n de esconderlo en alg煤n lugar secreto del Templo y despu茅s saldr铆a sin dejarse ver. A la ma帽ana siguiente pensaba armar un gran alboroto, diciendo que hab铆an entrado ladrones a su casa y hab铆an robado el objeto de Caranthes. Nadie conocer铆a su maniobra, salvo el cochero y yo, y ninguno de los dos lo traicionar铆a.

—¿Y el guardi谩n? —objet贸 Demetrio.

—Kallian no iba a dejar que este lo descubriera; planeaba que lo crucificaran por complicidad con los ladrones —respondi贸 Promero.

Arus trag贸 saliva y palideci贸 al enterarse de la falsedad de su patr贸n.

—¿D贸nde est谩 el sarc贸fago? —pregunt贸 Demetrio, y cuando Promero indic贸 con el dedo, agreg贸 con un gru帽ido—: ¡Vaya! La misma habitaci贸n en la que deben de haber atacado a Kallian.

Promero se retorci贸 las delgadas manos y coment贸:

—¿Por qu茅 un hombre de Estigia hab铆a de enviar un regalo a Caranthes? Antiguos dioses y extra帽as momias se han cruzado en el camino de las caravanas anteriormente, pero ¿qui茅n adora tanto al sacerdote de Ibis en Estigia, cuando all铆 todav铆a veneran al superdemonio de Set, que se oculta en la oscuridad de las tumbas? El dios Ibis ha luchado contra Set desde que se cre贸 el mundo, y Caranthes ha combatido contra los sacerdote Set toda su vida. Hay algo oscuro y misterioso en todo esto.

—Ens茅帽anos el sarc贸fago —orden贸 Demetrio.

Promero avanz贸 con gesto vacilante. Todos fueron tras 茅l, incluso Conan, que aparentaba indiferencia aunque sent铆a curiosidad, ante la mirada precavida de los guardias. Pasaron a trav茅s de los desgarrados tapices y entraron en el sal贸n, que estaba menos iluminado que el corredor. Las puertas que hab铆a a ambos lados daban a otras habitaciones, y en las paredes hab铆a fant谩sticas efigies, dioses de tierras extra帽as y de pueblos remotos. En ese momento Promero lanz贸 un grito aterrador.

—¡Mira! ¡El sarc贸fago! ¡El cuenco est谩 abierto y… vac铆o!

En el centro de la habitaci贸n hab铆a un extra帽o cilindro negro, de m谩s de un metro de altura y unos noventa cent铆metros de di谩metro en la parte m谩s ancha, equidistante de la tapa y de la base. La pesada tapa grabada estaba en el suelo, y a su lado hab铆a un martillo y un cincel. Demetrio mir贸 en su interior, observ贸 extra帽ado durante unos segundos los borrosos jerogl铆ficos, y se volvi贸 hacia Conan.

—¿Es esto lo que ven铆as a robar?

El b谩rbaro neg贸 con un movimiento de la cabeza y dijo:

—¿C贸mo podr铆a llevarse esto un hombre solo?

—Cortaron las bandas con este cincel —musit贸 Demetrio—, y lo hicieron deprisa. Hay marcas de los golpes fallidos del martillo que abollaron el metal. Podemos deducir que Kallian abri贸 el cuenco. Hab铆a alguien escondido cerca de 茅l, quiz谩 oculto detr谩s de las cortinas de la puerta. Cuando Kallian quit贸 la tapa del cuenco, el asesino se abalanz贸 sobre 茅l, o tal vez primero mat贸 a Kallian y despu茅s abri贸 el cuenco.

—Este objeto es escalofriante —dijo el empleado con un estremecimiento—. Es demasiado antiguo para ser sagrado. ¿Qui茅n ha visto jam谩s un metal parecido? Parece m谩s duro que el acero de Aquilonia; observad que est谩 corro铆do y carcomido en algunos lugares.

¡Y mirad aqu铆 en la tapa! —dijo Promero se帽alando con dedo tembloroso—. ¿Qu茅 cre茅is que es esto?

Demetrio se inclin贸 para observar el dibujo grabado y dijo:

—Yo dir铆a que representa una corona o algo parecido.

—¡No! —exclam贸 Promero—. ¡Ya se lo advert铆 a Kallian, pero 茅l no quiso creerme! ¡Es una serpiente enroscada que se muerde la cola! ¡Es el s铆mbolo de Set, la Antigua Serpiente, el dios de los estigios! Este cuenco es demasiado viejo para pertenecer al mundo de los humanos; es una reliquia de la 茅poca en que Set habitaba la tierra con forma humana. ¡Tal vez la raza que naci贸 de 茅l enterraba los huesos de sus reyes en cajas como estas!

—¿Quieres decir que uno de estos esqueletos se levant贸, estrangul贸 a Kallian Publico y luego se march贸?

—No era un hombre lo que hab铆a en este cuenco —susurr贸 el empleado, mirando asombrado con ojos desorbitados—. ¿Qu茅 hombre podr铆a estar enterrado ah铆 dentro?

Demetrio lanz贸 un juramento y dijo:

—Si Conan no es culpable, el asesino se encuentra todav铆a en alg煤n lugar del edificio. Dionus y Arus, quedaos conmigo, y vosotros tres, los prisioneros, permaneced aqu铆 tambi茅n. ¡Los dem谩s que busquen por toda la casa! El asesino, en caso de haber conseguido huir antes de que Arus encontrara el cad谩ver, s贸lo pudo haber escapado por el mismo lugar por el que entr贸 Conan, y entonces el b谩rbaro lo habr铆a visto, en caso de que no mienta.

—No vi a nadie m谩s que a este perro —gru帽贸 Conan, se帽alando a Arus.

—Claro que no viste a nadie —dijo Dionus—, porque t煤 eres el asesino. Estamos perdiendo el tiempo, pero buscaremos por pura formalidad. Y si no encontramos a nadie, ¡te prometo que te quemaremos vivo! ¡Recuerda la ley, mi salvaje de negra melena: por matar a un artesano, te env铆an a las minas; por asesinar a un mercader, te cuelgan, y por dar muerte a un se帽or, te queman en la hoguera!

Conan ense帽贸 sus dientes por toda respuesta. Los hombres comenzaron a registrar. Los que se quedaron en la habitaci贸n oyeron sus pasos arriba y abajo, moviendo objetos, abriendo puertas y gritando de una habitaci贸n a otra.

—Conan —dijo Demetrio—, ¿sabes lo que supone para ti que no encuentren a nadie?

—Yo no lo mat茅 —gru帽贸 el cimmerio—. Si 茅l hubiera intentado hacerme algo, le hubiera roto el cr谩neo, pero no lo vi hasta que tuve delante de m铆 su cad谩ver.

—De todas formas, alguien te habr谩 enviado aqu铆 a robar —manifest贸 Demetrio—, y con tu silencio te haces c贸mplice del asesinato. El mero hecho de estar aqu铆 es suficiente para enviarte a las minas, admitas o no tu culpabilidad. Pero si nos cuentas todo, podr谩s salvarte de la muerte en la hoguera.

—Est谩 bien —respondi贸 el b谩rbaro de mala gana—, vine aqu铆 a robar la copa zamoria de diamantes. Un hombre me entreg贸 el plano del Templo y me dijo d贸nde la encontrar铆a. Est谩 en ese cuarto —dijo Conan se帽alando la habitaci贸n de al lado—, en un nicho que hay en el suelo bajo la efigie de un dios shemita hecha de cobre.

—Dice la verdad —afirm贸 Promero—. No creo que haya seis hombres en todo el mundo que sepan d贸nde est谩 escondida esa copa.

—Y de haberlo conseguido —pregunt贸 Dionus con desprecio—, ¿se la habr铆as entregado realmente al hombre que te contrat贸?

De nuevo los ardientes ojos del cimmerio lanzaron destellos de c贸lera y rencor.

—No soy un perro —dijo el b谩rbaro entre dientes—. Yo cumplo con mi palabra.

—¿Qui茅n te envi贸 aqu铆? —inquiri贸 Demetrio, pero Conan permaneci贸 en un hosco y empecinado silencio.

En ese momento llegaron los guardias despu茅s de haber registrado toda la casa.

—No hay ning煤n hombre escondido en esta casa —dijeron—. Hemos registrado todo el edificio. Encontramos la portezuela del techo por la que entr贸 el b谩rbaro, y el cerrojo que parti贸 en dos. Si un hombre se hubiera escapado por all铆, lo habr铆an visto los guardias, a menos que hubiera huido antes de haber llegado nosotros. Adem谩s, habr铆a tenido que apilar algunos muebles para llegar a la trampilla, y no hay se帽ales de que alguien lo haya hecho. Pero ¿no habr谩 escapado por la puerta principal antes de que Arus diera la vuelta al edificio?

—No, porque la puerta estaba cerrada con llave por dentro —repuso Demetrio— y las 煤nicas dos llaves que abren la cerradura son las que tiene Arus y la que todav铆a cuelga del cinto de Kallian Publico.

—Yo creo haber visto la soga que utiliz贸 el asesino —dijo un guardia.

—¿Y d贸nde est谩, imb茅cil? —exclam贸 Dionus.

—En la habitaci贸n de al lado —respondi贸 el otro—. Es una gruesa soga negra enrollada alrededor de una columna de m谩rmol. No pude llegar a ella.

El guardia los condujo hasta un cuarto lleno de estatuas de m谩rmol y se帽al贸 una columna muy alta. Luego se detuvo estupefacto.

—¡Ha desaparecido! —exclam贸 con un grito.

—Nunca estuvo all铆 —dijo Dionus con un bufido.

—¡Por Mitra que estaba all铆 hace un momento! La vi enrollada alrededor de la columna, justo encima de aquellas hojas grabadas. Est谩 tan oscuro all铆 arriba que no pude ver mucho m谩s; pero estaba all铆.

—Est谩s borracho —dijo Demetrio d谩ndole la espalda—. Ese lugar est谩 demasiado alto como para que un hombre pueda llegar hasta all铆, y no hay nadie capaz de trepar por esa columna tan lisa.

—Un cimmerio podr铆a hacerlo —dijo en voz baja uno de los hombres.

—Es posible. Digamos que Conan estrangul贸 a Kallian, at贸 la cuerda alrededor de la columna, atraves贸 el corredor y se escondi贸 en el cuarto en el que est谩 la escalera. Pero ¿c贸mo pudo haber quitado la soga despu茅s de que vosotros la vierais? No, yo os aseguro que Conan no cometi贸 el asesinato. Creo que el verdadero criminal mat贸 a Kallian para conseguir lo que hab铆a en el cuenco y ahora est谩 oculto en alg煤n rinc贸n del Templo. Si no conseguimos hallarlo, tendremos que culpar al b谩rbaro, para cumplir con la justicia. Pero… ¿d贸nde est谩 Promero?

Los guardias hab铆an regresado a la habitaci贸n en la que se encontraba el cuerpo inm贸vil, en el corredor. Dionus lanz贸 un grito llamando a Promero, para que viniera del cuarto en el que estaba el cuenco vac铆o. El hombre temblaba y su rostro hab铆a palidecido.

—¿Qu茅 sucede ahora? —pregunt贸 Demetrio irritado.

—¡Encontr茅 un s铆mbolo en la base del cuenco! —dijo temblando Promero—. No es un jerogl铆fico antiguo, ¡es un signo reci茅n grabado!, ¡es la marca de Thoth-Amon, el hechicero estigio, el enemigo mortal de Caranthes! ¡Debe de haber encontrado el cuenco en alguna terror铆fica caverna debajo de las pir谩mides encantadas! ¡Los dioses antiguos no mor铆an como los hombres, sino que ca铆an en prolongados letargos y sus adoradores los encerraban en sarc贸fagos para que ning煤n extra帽o pudiera interrumpir su sue帽o! Thoth-Amon envi贸 a Caranthes a la muerte. La codicia de Kallian dej贸 en libertad a ese demonio, que ahora se halla oculto cerca de nosotros. Incluso puede estar acerc谩ndose sigilosamente a nosotros.

—¡Grand铆simo tonto! —rugi贸 Dionus, d谩ndole un fuerte golpe en la boca a Promero—. Bueno, Demetrio —dijo volvi茅ndose hacia el investigador—, no veo raz贸n alguna para no arrestar a este b谩rbaro…

El cimmerio lanz贸 un grito, mirando hacia la puerta de una habitaci贸n adyacente al cuarto de las estatuas.

—¡Mirad! —exclam贸—. He visto algo que se mov铆a en esa habitaci贸n; lo he visto a trav茅s de los tapices. Cruz贸 por el suelo como una sombra.

—¡Bah! —dijo Posthumo bufando—. Ya hemos registrado esa habitaci贸n…

—¡Has visto bien! —chill贸 Promero hist茅ricamente—. ¡Este lugar est谩 maldito! ¡Alguien sali贸 del sarc贸fago y mat贸 a Kallian Publico! ¡Se escondi贸 donde ning煤n hombre podr铆a hacerlo, y ahora ronda por esa habitaci贸n! ¡Oh, Mitra, defi茅ndenos de los poderes de las tinieblas! ¡Que busquen de nuevo en ese cuarto, se帽or! —concluy贸 aferr谩ndose a la t煤nica de Dionus con dedos que parec铆an garras.

Mientras el prefecto se libraba del desesperado apret贸n del empleado, Posthumo dijo:

—¡Tendr谩s que buscar t煤 mismo, mequetrefe!

Luego, cogiendo a Promero con una mano en el cuello y otra en el cinto, empuj贸 al infeliz delante de 茅l en direcci贸n a la puerta, donde se detuvo y lo lanz贸 con tal violencia que Promero cay贸 y qued贸 medio inconsciente.

—¡Basta! —gru帽贸 Dionus, mirando al silencioso cimmerio.

Luego el prefecto alz贸 una mano —la tensi贸n era enorme— y se produjo una nueva interrupci贸n.

Entr贸 un guardia, arrastrando a un joven delgado y ataviado con ropas elegantes y caras.

—Lo vi escabullirse por la parte trasera del Templo —exclam贸 el guardia, buscando aprobaci贸n, pero en lugar de ello fue insultado hasta pon茅rsele los pelos de punta.

—¡Suelta a ese caballero, grand铆simo imb茅cil; torpe! —grit贸 el prefecto—. ¿No conoces a Aztrias Petanius, el sobrino del gobernador?

El guardia se apart贸 avergonzado, mientras el fatuo joven arist贸crata se limpiaba con gesto remilgado una manga de su t煤nica bordada.

—Ah贸rrate las disculpas, mi buen Dionus —dijo suavemente—. Todo ha sido en nombre del deber, lo s茅. Regresaba a casa de una juerga nocturna y ven铆a andando para refrescar mi cabeza de los vapores et铆licos. Pero ¿qu茅 pasa aqu铆? ¡Por Mitra!, ¿hubo un asesinato?

—S铆, mi se帽or —respondi贸 el prefecto—. Tenemos un sospechoso que, aunque Demetrio no est茅 seguro, ir谩 sin duda a la hoguera por ello.

—Un bruto de aspecto atroz —murmur贸 el joven arist贸crata—. ¿C贸mo se puede dudar de su culpabilidad? Jam谩s he visto a nadie de aspecto tan infame.

—¡Claro que lo has visto, maldito perro perfumado! —gru帽贸 el cimmerio—. Me has visto cuando me contrataste para que robase la copa zamoria. ¿Una juerga? ¡Bah! Estabas esperando en la oscuridad a que te entregase el bot铆n. No habr铆a revelado tu nombre si hubieras jugado limpio. Ahora diles a estos perros que me viste trepar por la pared despu茅s de que el guardia hiciera su 煤ltima ronda, para que sepan que no tuve tiempo de matar a este puerco cebado antes de que Arus entrara y hallase el cad谩ver.

Demetrio lanz贸 una r谩pida mirada a Aztriasvcf. El joven no se inmut贸.

—Si lo que el b谩rbaro dice es cierto, mi se帽or —dijo el investigador—, esto lo deja libre de sospechas de asesinato, y podremos echar tierra sobre este asunto del intento de robo.

»Al cimmerio le corresponden diez a帽os de trabajos forzados por allanamiento de morada, pero basta con que t煤 lo pidas para que lo dejemos libre y nadie, salvo nosotros, sabr谩 nada de esto. Lo comprendo, no ser铆as el primer joven arist贸crata que tiene que recurrir a esto para pagar deudas de juego o algo parecido, pero puedes confiar en nuestra discreci贸n.

Conan mir贸 expectante al joven, pero Aztrias se encogi贸 de hombros y bostez贸 cubri茅ndose la boca con su blanca y delicada mano.

—No lo conozco —respondi贸—. Est谩 loco cuando dice que yo lo he contratado. Que reciba su merecido. Es fuerte, y el trabajo de las minas le har谩 bien.

Conan mir贸 asombrado con ojos centelleantes y dio un respingo como si lo hubieran pinchado. Los guardias se pusieron alerta y empu帽aron sus alabardas, pero en seguida se tranquilizaron al ver que bajaba la cabeza, con gesto de hosca resignaci贸n. Arus no sab铆a si el joven los estaba mirando a trav茅s de sus espesas cejas negras.

El cimmerio atac贸 sin m谩s previo aviso que el que da una cobra cuando se lanza sobre su presa. Su espada brill贸 a la luz de las velas. Aztrias comenz贸 a chillar, pero sus gritos se extinguieron cuando su cabeza vol贸 de sus hombros entre un chorro de sangre, con las facciones convertidas en una blanca m谩scara de horror.

Demetrio extrajo su daga y dio un paso adelante para apu帽alarlo. Como un felino, Conan se dio media vuelta e intent贸 clavar un pu帽al asesino en la ingle del investigador. El instintivo salto hacia atr谩s de Demetrio apenas consigui贸 desviar el sable, que se hundi贸 en su muslo, resbal贸 sobre el hueso y la punta del arma sali贸 por el otro lado de la pierna. Demetrio cay贸 sobre una rodilla lanzando un gemido de agon铆a.

Conan no se detuvo. La alabarda que esgrim铆a Dionus salv贸 al prefecto de recibir un mandoble que le hubiera hundido el cr谩neo, pero la hoja resbal贸 hacia abajo y cort贸 limpiamente su oreja derecha. La fulminante rapidez del b谩rbaro paraliz贸 a los dem谩s polic铆as. La mitad de ellos habr铆an quedado fuera de combate antes de que tuvieran tiempo de enfrentarse a 茅l, pero el fornido Posthumo, m谩s por suerte que por destreza, logr贸 rodear con sus brazos el cuerpo del cimmerio, intentando aprisionar su brazo armado. El b谩rbaro lanz贸 un pu帽etazo a la cabeza del guardia con la mano izquierda, y Posthumo se desplom贸 gritando y cubri茅ndose la 贸rbita vac铆a y sangrante en la que hab铆a habido un ojo.

Conan salt贸 hacia atr谩s eludiendo los golpes de las alabardas. El impulso lo llev贸 fuera del c铆rculo de sus adversarios y ahora se encontraba cerca de Arus, que se hab铆a agachado para recoger su ballesta. Un puntapi茅 violento en el est贸mago lo hizo caer al suelo con la cara l铆vida y haciendo arcadas, mientras Conan le dio un golpe en la boca al guardia con la sandalia. El infeliz lanz贸 un chillido con los dientes rotos mientras de sus labios destrozados manaba una espuma sanguinolenta.

En ese momento todos se quedaron paralizados al o铆r un impresionante grito de horror que lleg贸 desde la habitaci贸n en la que Posthumo hab铆a arrojado a Promero. El empleado apareci贸 tambaleante entre las cortinas de terciopelo y se detuvo temblando, con enormes sollozos silenciosos, mientras las l谩grimas rodaban por sus p谩lidas y pastosas mejillas y humedec铆an sus labios abiertos, babeantes y blancuzcos; parec铆a un ni帽o idiota llorando.

Todos lo miraron espantados: Conan, con la espada goteando sangre; los guardias, con sus alabardas levantadas; Demetrio, arrodillado y encogido en el suelo procurando contener la sangre que manaba de la enorme herida que ten铆a en el muslo; Dionus, apretando el sangrante mu帽贸n de la oreja cortada; Arus, llorando y escupiendo fragmentos de dientes rotos, y hasta Posthumo, que dej贸 de aullar y parpadear con el 煤nico ojo que le quedaba.

Promero entr贸 tambale谩ndose en el corredor y cay贸 tieso ante ellos, estallando en carcajadas demenciales.

—¡La mano del dios llega muy lejos, ja, ja, ja! ¡Oh, nadie se salva de su maldici贸n!

Luego, tras una espantosa convulsi贸n, se qued贸 r铆gido mirando hacia las sombras del techo con ojos que ya no ve铆an y sonriendo con un gesto espeluznante.

—¡Est谩 muerto! —exclam贸 Dionus con voz sobrecogida y llena de temor, olvid谩ndose de su propia herida y hasta del b谩rbaro que estaba a su lado con la espada manchada de sangre.

Se acerc贸 al cuerpo y lo examin贸, irgui茅ndose en seguida con los ojos desorbitados.

—No est谩 herido —dijo—. En nombre de Mitra, ¿qu茅 hay en esa habitaci贸n?

El p谩nico hizo presa de ellos y huyeron gritando hacia la puerta de salida. Los guardias dejaron caer sus alabardas, se amontonaron en la salida dando manotazos ara帽谩ndose y gritando, y salieron corriendo como locos. Arus sali贸 tras ellos, y tambi茅n el tuerto Posthumo, que chillaba quej谩ndose como un cerdo herido y suplicaba que no lo dejaran solo en ese lugar. Se cay贸 entre los que iban detr谩s, que lo tiraron al suelo y lo pisotearon, gritando de miedo. Se arrastr贸 tras ellos, y detr谩s ven铆a Demetrio, cojeando y apret谩ndose el muslo herido del que a煤n manaba abundante sangre. La polic铆a, el cochero, los guardias, los oficiales y funcionarios, tanto los que estaban heridos como los que no lo estaban, salieron a la calle dando voces de espanto; los transe煤ntes horrorizados sal铆an huyendo sin detenerse a preguntar por qu茅.

Conan qued贸 solo en el amplio corredor, exceptuando los tres cad谩veres que yac铆an en el suelo. El b谩rbaro empu帽贸 con m谩s fuerza su espada y entr贸 en la habitaci贸n. Estaba llena de tapices de seda, hab铆a lechos con almohadones de seda por todas partes en un descuidado derroche. Entonces, el cimmerio vio un Rostro que lo contemplaba por encima de un pesado biombo dorado.

Conan mir贸 asombrado la fr铆a y cl谩sica belleza de aquel semblante; jam谩s hab铆a visto un ser humano igual. Aquel rostro no expresaba debilidad, ni compasi贸n, ni crueldad, ni bondad, ni ning煤n otro sentimiento humano. Pod铆a tratarse de la m谩scara de m谩rmol de un dios, tallado por una mano maestra, a no ser por el inconfundible h谩lito de vida que hab铆a en esa criatura, una vida fr铆a y extra帽a, que el cimmerio nunca hab铆a visto y que no comprend铆a. Pens贸 fugazmente en la marm贸rea y maravillosa hermosura del cuerpo que deb铆a de estar ocultando el biombo; ha de ser perfecto —se dijo—, a juzgar por aquel rostro de belleza sobrehumana.

Pero s贸lo alcanzaba a ver la cabeza finamente modelada, que se mov铆a de un lado a otro. Los labios carnosos se abrieron y pronunciaron una sola palabra, con una voz c谩lida y vibrante, como el ta帽er de las campanas doradas de los templos perdidos en las selvas de Khitai. Hablaba en una lengua desconocida, olvidada antes de que se erigieran los reinos de los hombres; pero Conan comprendi贸 perfectamente su significado.

—¡Ac茅rcate! —le dec铆a.

El cimmerio se acerc贸 con un salto felino y el silbido de su espada cortando el aire. La hermosa cabeza cay贸 separada del cuerpo, dio contra el suelo a un lado del biombo y rod贸 un trecho hasta quedar inm贸vil.

Entonces Conan se estremeci贸 y un escalofr铆o indescriptible le recorri贸 el cuerpo al ver que el biombo se sacud铆a por las convulsiones de algo que hab铆a detr谩s. El b谩rbaro hab铆a visto y o铆do morir a decenas de hombres, pero jam谩s hab铆a escuchado semejantes estertores de un ser humano. Era un forcejeo aterrador. El biombo se agit贸, se balance贸, se tambale贸, se inclin贸 hacia adelante y cay贸 con un estruendo a los pies de Conan. Este se asom贸 y observ贸 lo que hab铆a detr谩s.

Entonces un horror inenarrable se apoder贸 del cimmerio, que corri贸 sin cesar hasta que las torres de Numalia se desvanecieron con la luz del alba a sus espaldas. El recuerdo de Set era como una pesadilla, al igual que el de los hijos de Set que una vez reinaron sobre la tierra y que ahora estaban sumidos en un profundo sue帽o en sus tenebrosas cavernas debajo de las sombr铆as pir谩mides. Porque detr谩s del biombo dorado no hab铆a un cuerpo humano, sino los anillos tr茅mulos y brillantes de una gigantesca serpiente decapitada.

FIN

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