Una aventura del virrey-poeta - Ricardo Palma - Amantes de la literatura

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1.31.2025

Una aventura del virrey-poeta - Ricardo Palma



I
El bando de los vicu帽as, llamado as铆 por el sombrero que usaban sus afiliados, llevaba la peor parte en la guerra civil de Potos铆. Los vascongados dominaban por el momento, porque el corregidor de la imperial villa don Rafael Ortiz de Sotomayor les era completamente adicto.

Los vascongados se hab铆an adue帽ado de Potos铆, pues ejerc铆an los principales cargos p煤blicos. De los veinticuatro regidores del Cabildo, la mitad eran vascongados, y aun los dos alcaldes ordinarios pertenec铆an a esa nacionalidad, no embargante expresa prohibici贸n de una real pragm谩tica. Los criollos, castellanos y andaluces formaron alianza para destruir o equilibrar por lo menos el predominio de aqu茅llos, y tal fue el origen de la lucha que durante muchos a帽os ensangrentara esta regi贸n y a la que el siempre victorioso general de los vicu帽as don Francisco Castillo puso t茅rmino en 1624, casando a su hija do帽a Eugenia con don Pedro de Oyanume, uno de los principales vascongados.

En 1617 el virrey pr铆ncipe de Esquilache escribi贸 a Ortiz de Sotomayor una larga carta sobre puntos de gobierno, en la cual, sobre poco m谩s o menos, se le铆a lo siguiente: «E catad, mi buen don Rafael, que los bandos potosinos trascienden a rebeld铆a que es un pasmo, y venida es la hora del rigor extremo y de dar remate a ellos; que toda blandura resultar铆a en deservicio de su majestad, en agravio de Dios Nuestro Se帽or y en menosprecio de estos reinos. As铆 nada tengo que encomendar a la discreci贸n de vuesa merced que, como hombre de guerra, valeroso y ma帽ero, pondr谩 el cauterio all铆 donde aparezca la llaga; que con estas cosas de Potos铆 anda suelto el diablo y cundir puede el esc谩ndalo como aceite en pa帽izuelo. Cont茅steme vuesa merced que ha puesto buen t茅rmino a las turbulencias y no de otra guisa; que ya es tiempo de que esas parcialidades hayan fin antes que, cobrando aliento, sean en estas Indias otro tanto que los comuneros en Castilla».

Los vicu帽as se hab铆an juramentado a no permitir que sus hijas o hermanas casasen con vascongados; y uno de 茅stos, a cuya noticia lleg贸 el formal compromiso del bando enemigo, dijo en plena plaza de Potos铆: «Pues de buen grado no quieren ser nuestras las vicu帽itas, hombres somos para conquistarlas con la punta de la espada». Esta baladronada exalt贸 m谩s los odios, y hubo batalla diaria en las calles de Potos铆.

No era Ortiz de Sotomayor hombre para conciliar los 谩nimos. Partidario de los vascongados, crey贸 que la carta del virrey lo autorizaba para cometer una barrabasada; y una noche hizo apresar secreta y traidoramente a don Alfonso Y谩帽ez y a ocho o diez de los principales vicu帽as, mand谩ndoles dar muerte y poner sus cabezas en el rollo.

Cuando al amanecer se encontraron los vicu帽as con este horrible espect谩culo, la emprendieron a cuchilladas con las gentes del corregidor, quien tuvo que tomar asilo en una iglesia. Mas recelando la justa venganza de sus enemigos, mont贸 a caballo y v铆nose a Lima, propalando antes que no hab铆a hecho sino cumplir al pie de la letra instrucciones del virrey, lo que como hemos visto no era verdad, pues su excelencia no lo autorizaba en su carta para decapitar a nadie sin sentencia previa.

Tras de Ortiz de Sotomayor vini茅ronse a Lima muchos de los vicu帽as.

II
Celebr谩base en Lima el Jueves Santo del a帽o de 1618 con toda la solemnidad propia de aquel asc茅tico siglo. Su excelencia don Francisco de Borja y Arag贸n, pr铆ncipe de Esquilache, con una lujosa comitiva, sali贸 de palacio a visitar siete de las principales iglesias de la ciudad.

Cuando se retiraba de Santo Domingo, despu茅s de rezar la primera estaci贸n tan devotamente cual cumpl铆a a un deudo de San Francisco de Borja, duque de Gand铆a, encontrose con una bell铆sima dama seguida de una esclava que llevaba la indispensable alfombrilla. La dama clav贸 en el virrey una de esas miradas que despiden magn茅ticos efluvios, y don Francisco, sonriendo ligeramente, la mir贸 tambi茅n con fijeza, llev谩ndose la mano al coraz贸n, como para decir a la joven que el dardo hab铆a llegado a su destino.

«A la mar, por ser honda,
se van los r铆os,
y detr谩s de tus ojos
se van los m铆os».

Era su excelencia muy gran galanteador, y mucho se hablaba en Lima de sus buenas fortunas amorosas. A una arrogant铆sima figura y a un aire marcial y desenvuelto, un铆a el vigor del hombre en la plenitud de la vida, pues el de Esquilache apenas frisaba en los treinta y cinco a帽os. Con una imaginaci贸n ardiente, donairoso en la expresi贸n, valiente hasta la temeridad y generoso hasta rayar en el derroche, era don Francisco de Borja y Arag贸n el tipo m谩s cabal de aquellos caballerosos hidalgos que se hac铆an matar por su rey y por su dama.

Hay cari帽os hist贸ricos, y en cuanto a m铆 confieso que me lo inspira y muy entusiasta el virrey-poeta, doblemente noble por sus heredados pergaminos de familia y por los que 茅l borroneara con su elegante pluma de prosador y de hijo mimado de las musas. Cierto es que acord贸 en su gobierno demasiada influencia a los jesuitas; pero hay que tener en cuenta que el descendiente de un general de la Compa帽铆a, canonizado por Roma, mal pod铆a estar exento de preocupaciones de raza. Si en ello pecaba, la culpa era de su siglo, y no se puede exigir de los hombres que sean superiores a la 茅poca en que les cupo en suerte vivir.

En las dem谩s iglesias el virrey encontr贸 siempre al paso a la dama y se repiti贸 cautelosamente el mismo cambio de sonrisas y miradas.

«Por Dios, si no me quieres
que no me mires;
ya que no me rescates,
no me cautives».

En la 煤ltima estaci贸n, cuando un paje iba a colocar sobre el escabel un cojinillo de terciopelo carmes铆 con flecadura de oro, el de Esquilache, inclin谩ndose hacia 茅l, le dijo r谩pidamente:

-Jeromillo, tras de aquella pilastra hay caza mayor. Sigue la pista. Parece que Jeromillo era diestro en cacer铆as tales, y que en 茅l se juntaban olfato de perdiguero y ligereza de halc贸n; pues cuando su excelencia, de regreso a palacio, despidi贸 la comitiva, ya lo esperaba el paje en su camar铆n.

-Y bien, Mercurio, ¿qui茅n es ella? -le dijo el virrey que, como todos los poetas de su siglo, era harto aficionado a la mitolog铆a.

-Este papel, que trasciende a sahumerio, se lo dir谩 a vuecencia -contest贸 el paje, sacando del bolsillo una carta.

-¡Por Santiago de Compostela! ¿Billetico tenemos? ¡Ah, galop铆n! Vales m谩s de lo que pesas y tengo de inmortalizarte en unas octavas reales que dejen atr谩s a mi poema de N谩poles.

Y acerc谩ndose a una lamparilla, ley贸:

 «Siendo el gal谩n cortesano
 y de un santo descendiente,
 que haya ayunado es corriente
 como cumple a un buen cristiano.
 Pues besar quiere mi mano,
 seg煤n su fina expresi贸n,
 le acuerdo tal pretensi贸n,
 si es que a m谩s no se propasa,
 y honrada estar谩 mi casa
 si viene a hacer colaci贸n».

La misteriosa dama sab铆a bien que iba a hab茅rselas con un poeta, y para m谩s impresionarlo recurri贸 al lenguaje de Apolo.

-¡Hola, hola! -murmur贸 don Francisco- Marisabidilla es la ni帽a; como quien dice, Minerva encarnada en Venus. Jeromillo, estamos de aventura. Mi capa, y dame las se帽as del Olimpo de esa diosa.

Media hora despu茅s el virrey, recat谩ndose en el embozo, se dirig铆a a casa de la dama.

III
Do帽a Leonor de Vasconcelos, bell铆sima espa帽ola y viuda de Alonso Y谩帽ez, el decapitado por el corregidor de Potos铆, hab铆a venido a Lima resuelta a vengar a su marido, y ella era la que tan ma帽osamente y poniendo en juego la artiller铆a de Cupido atra铆a a su casa al virrey del Per煤. Para do帽a Leonor era el pr铆ncipe de Esquilache el verdadero matador de su esposo.

Habitaba la viuda de Alonso Y谩帽ez una casa con fondo al r铆o en la calle de Polvos Azules, circunstancia que, unida a frecuente ruido de pasos varoniles en el patio e interior de la casa, despert贸 cierta alarma en el esp铆ritu del aventurero gal谩n.

Llevaba ya don Francisco media hora de ceremoniosa pl谩tica con la dama, cuando 茅sta le revel贸 su nombre y condici贸n, procurando traer la conferencia al campo de las explicaciones sobre los sucesos del Potos铆; pero el astuto pr铆ncipe esquivaba el tema, lanz谩ndose por los vericuetos de la palabrer铆a amorosa.

Un hombre tan avisado como el de Esquilache no necesitaba de m谩s para comprender que se le hab铆a tendido una celada y que estaba en una casa que probablemente era por esa noche el cuartel general de los vicu帽as, de cuya animosidad contra su persona ten铆a ya algunos barruntos.

Lleg贸 el momento de dirigirse al comedor para tomar la colaci贸n prometida. Consist铆a ella en ese agradable revoltijo de frutas que los lime帽os llamamos ante, en tres o cuatro conservas preparadas por las monjas y en el cl谩sico pan de dulce. Al sentarse a la mesa cogi贸 el virrey una garrafa de cristal de Venecia que contenta un delicioso M谩laga, y dijo:

-Siento, do帽a Leonor, no honrar tan excelente M谩laga, porque tengo hecho voto de no beber otro vino que un soberbio pajarete, producto de mis vi帽as en Espa帽a.

-Por m铆 no se prive el se帽or virrey de satisfacer su gusto. F谩cil es enviar uno de mis criados donde el mayordomo de vuecencia.

-Adivina vuesa merced, mi gentil amiga, el prop贸sito que tengo.

Y volvi茅ndose a un criado le dijo:

-Mira, tunante ll茅gate a palacio, pregunta por mi paje Jeromillo, dale esta llavecita y dile que me traiga las dos botellas de pajarete que encontrar谩 en la alacena de mi dormitorio. No olvides el recado y gu谩rdate esa onza para pan de dulce.

El criado sali贸, prosiguiendo el de Esquilache con aire festivo:

-Tan exquisito es mi vino, que tengo que encerrarlo en mi propio cuarto; pues el bellaco de mi secretario Est煤帽iga tiene, en lo de catar, propensi贸n de mosquito, e inclinaci贸n a escribano en no dejar botella de la que no se empe帽e en dar fe. Y ello ha de acabar en que me amosque un d铆a y le rebane las orejas para escarmiento de borrachos.

El virrey fiaba su salvaci贸n a la vivacidad de Jeromillo y no desmayaba en locuacidad y galanter铆a. «Para librarse de lazos, antes cabeza que brazos», dice el refr谩n.

Cuando Jeromillo, que no era ning煤n necio de encapillar, recibi贸 el recado, no necesit贸 de m谩s apuntes para sacar en limpio que el pr铆ncipe de Esquilache corr铆a grave peligro. La alacena del dormitorio no encerraba m谩s que dos pistoletes con incrustaciones de oro, verdadera alhaja regia que Felipe III hab铆a regalado a don Francisco el d铆a en que 茅ste se despidiera del monarca para venir a Am茅rica.

El paje hizo arrestar al criado de do帽a Leonor, y por algunas palabras que se le escaparon al f谩mulo en medio de la sorpresa, acab贸 Jeromillo de persuadirse que era urgente volar en socorro de su excelencia.

Por fortuna, la casa de la aventura s贸lo distaba una cuadra del palacio, y pocos minutos despu茅s el capit谩n de la escolta con un piquete de alabarderos sorprend铆a a seis de los vicu帽as, conjurados para matar al virrey o para arrancarle por la fuerza alguna concesi贸n en da帽o de los vascongados.

Don Francisco, con su burlona sonrisa, dijo a la dama:

-Se帽ora m铆a, las mallas de vuestra red eran de seda y no extra帽茅is que el le贸n las haya roto. ¡L谩stima es que no hayamos hecho hasta el fin vos el papel de Judith y yo el de Holofernes!

Y volvi茅ndose al capit谩n de la escolta, a帽adi贸:

-Don Jaime, dejad en libertad a esos hombres, y ¡cuenta con que se divulgue el lance y ande mi nombre en lenguas! Y vos, se帽ora m铆a, no me tom茅is por un fel贸n y honrad m谩s al pr铆ncipe de Esquilache, que os jura por los cuarteles de su escudo que si orden贸 reprimir con las armas de la ley los esc谩ndalos de Potos铆, no autoriz贸 a nadie para cortar cabezas que no estaban sentenciadas.

IV
Un mes despu茅s do帽a Leonor y los vicu帽as volv铆an a tomar el camino de Potos铆; pero la misma noche en que abandonaron Lima, una ronda encontr贸 en una calleja el cuerpo de Ortiz de Sotomayor con un pu帽al clavado en el pecho.

FIN

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