Lily, la hija del encargado, ten铆a los pies literalmente muertos. No hab铆a todav铆a acabado de hacer pasar a un invitado al cuarto de desahogo, detr谩s de la oficina de la planta baja, para ayudarlo a quitarse el abrigo, cuando de nuevo sonaba la quejumbrosa campana de la puerta y ten铆a que echar a correr por el zagu谩n vac铆o para dejar entrar a otro. Era un alivio no tener que atender tambi茅n a las invitadas. Pero Miss Kate y Miss Julia hab铆an pensado en eso y convirtieron el ba帽o de arriba en un cuarto de se帽oras. All谩 estaban Miss Kate y Miss Julia, ri茅ndose y chismeando y ajetre谩ndose una tras la otra hasta el rellano de la escalera, para mirar abajo y preguntar a Lily qui茅n acababa de entrar.
El baile anual de las Morkan era siempre la gran ocasi贸n. Ven铆an todos los conocidos, los miembros de la familia, los viejos amigos de la familia, los integrantes del coro de Julia, cualquier alumna de Kate que fuera lo bastante mayorcita y hasta alumnas de Mary Jane tambi茅n. Nunca quedaba mal. Por a帽os -y a帽os y tan atr谩s como se ten铆a memoria hab铆a resultado una ocasi贸n lucida; desde que Kate y Julia, cuando muri贸 su hermano Pat, dejaron la casa de Stoney Batter y se llevaron a Mary Jane, la 煤nica sobrina, a vivir con ellas en la sombr铆a y espigada casa de la isla de Usher, cuyos altos alquilaban a Mr Fulham, un comerciante en granos que viv铆a en los bajos. Eso ocurri贸 hace sus buenos treinta a帽os. Mary Jane, entonces una ni帽ita vestida de corto, era ahora el principal sost茅n de la casa, ya que tocaba el 贸rgano en Haddington Road. Hab铆a pasado por la Academia y daba su concierto anual de alumnas en el sal贸n de arriba de las Antiguas Salas de Concierto. Muchas de sus alumnas pertenec铆an a las mejores familias de la ruta de Kingstown y Dalkey. Sus t铆as, aunque viejas, contribu铆an con lo suyo. Julia, a pesar de sus canas, todav铆a era la primera soprano de Ad谩n y Eva, la iglesia, y Kate, muy delicada para salir afuera, daba lecciones de m煤sica a principiantes en el viejo piano vertical del fondo. Lily, la hija del encargado, les hac铆a la limpieza. Aunque llevaban una vida modesta les gustaba comer bien; lo mejor de lo mejor: costillas de ri帽onada, t茅 de a tres chelines y stout embotellado del bueno. Pero Lily nunca hac铆a un mandado mal, por lo que se llevaba muy bien con las se帽oritas. Eran quisquillosas, eso es todo. Lo 煤nico que no soportaban era que les contestaran.
Claro que ten铆an raz贸n para dar tanta lata en una noche as铆, pues eran m谩s de las diez y ni se帽as de Gabriel y su esposa. Adem谩s, que ten铆an much铆simo miedo de que Freddy Malins se les apareciera tomado. Por nada del mundo quer铆an que las alumnas de Mary Jane lo vieran en ese estado; y cuando estaba as铆 era muy dif铆cil de manejar, a veces. Freddy Malins llegaba siempre tarde, pero se preguntaban por qu茅 se demorar铆a Gabriel: y era eso lo que las hac铆a asomarse a la escalera para preguntarle a Lily si Gabriel y Freddy hab铆an llegado.
-Ah, Mr Conroy -le dijo Lily a Gabriel cuando le abri贸 la puerta-, Miss Kate y Miss Julia cre铆an que usted ya no ven铆a. Buenas noches, Mrs Conroy.
-Me apuesto a que cre铆an eso -dijo Gabriel-, pero es que se olvidaron que ac谩 mi mujer se toma tres horas mortales para vestirse.
Se par贸 sobre el felpudo a limpiarse la nieve de las galochas, mientras Lily conduc铆a a la mujer al pie de la escalera y gritaba:
-Miss Kate, aqu铆 est谩 Mrs Conroy.
Kate y Julia bajaron enseguida la oscura escalera dando tumbos. Las dos besaron a la esposa de Gabriel, le dijeron que deb铆a estar aterida en vida y le preguntaron si Gabriel hab铆a venido con ella.
-Aqu铆 estoy, t铆a Kate, ¡sin un rasgu帽o! Suban ustedes que yo las alcanzo -grit贸 Gabriel desde la oscuridad.
Sigui贸 limpi谩ndose los pies con vigor mientras las tres mujeres sub铆an las escaleras, riendo, hacia el cuarto de vestir. Una leve franja de nieve reposaba sobre los hombros del abrigo, como una esclavina, y como una pezu帽a sobre el empeine de las galochas; y al deslizar los botones con un ruido crispante por los ojales helados del abrigo, de entre sus pliegues y dobleces sali贸 el vaho fragante del descampado.
-¿Est谩 nevando otra vez, Mr Conroy? -pregunt贸 Lily. Se le hab铆a adelantado hasta el cuarto de desahogo para ayudarlo a quitarse el abrigo y Gabriel sonri贸 al o铆r que a帽ad铆a una s铆laba m谩s a su apellido. Era una muchacha delgada que a煤n no hab铆a parado de crecer, de tez p谩lida y pelo color de paja. El gas del cuartico la hac铆a lucir l铆vida. Gabriel la conoci贸 siendo una ni帽a que se sentaba en el 煤ltimo escal贸n a acunar su mu帽eca de trapo.
-S铆, Lily -le respondi贸-, y me parece que tenemos para toda la noche.
Mir贸 al cielo raso, que temblaba con los taconazos y el deslizarse de pies en el piso de arriba, atendi贸 un momento al piano y luego ech贸 una ojeada a la muchacha, que ya doblaba su abrigo con cuidado al fondo del estante.
-Dime, Lily -dijo en tono amistoso-, ¿vas todav铆a a la escuela?
-Oh, no, se帽or -respondi贸 ella-, ya no m谩s y nunca.
-Ah, pues entonces -dijo Gabriel, jovial-, supongo que un d铆a de estos asistiremos a esa boda con tu novio, ¿no?
La muchacha lo mir贸 esquinada y dijo con honda amargura:
-Los hombres de ahora no son m谩s que labia y lo que puedan echar mano.
Gabriel se sonroj贸 como si creyera haber cometido un error y, sin mirarla, se sacudi贸 las galochas de los pies y con su bufanda frot贸 fuerte sus zapatos de charol.
Era un hombre joven, m谩s bien alto y robusto. El color encarnado de sus mejillas le llegaba a la frente, donde se regaba en parches rojizos y sin forma; y en su cara desnuda brillaban sin cesar los lentes y los aros de oro de los espejuelos que amparaban sus ojos inquietos y delicados. Llevaba el brillante pelo negro partido al medio y peinado hacia atr谩s en una larga curva por detr谩s de las orejas, donde se ondeaba leve debajo de la estr铆a que le dejaba marcada el sombrero. Cuando le sac贸 bastante brillo a los zapatos, se enderez贸 y se ajust贸 el chaleco tirando de 茅l por sobre el vientre rollizo. Luego extrajo con rapidez una moneda del bolsillo.
-Ah, Lily -dijo, poni茅ndosela en la mano-, es Navidad, ¿no es cierto? Aqu铆 tienes… esto…
Camin贸 r谩pido hacia la puerta.
-¡Oh, no, se帽or! -protest贸 la muchacha, cay茅ndole detr谩s-. De veras, se帽or, no creo que deba.
-¡Es Navidad! ¡Navidad! -dijo Gabriel, casi trotando hasta las escaleras y moviendo sus manos hacia ella indicando que no ten铆a importancia.
La muchacha, viendo que ya hab铆a ganado la escalera, grit贸 tras 茅l:
-Bueno, gracias entonces, se帽or.
Esperaba fuera a que el vals terminara en la sala, escuchando las faldas y los pies que se arrastraban, barri茅ndola. Todav铆a se sent铆a desconcertado por la s煤bita y amarga r茅plica de la muchacha, que lo entristeci贸. Trat贸 de disiparlo arregl谩ndose los pu帽os y el lazo de la corbata. Luego, sac贸 del bolsillo del chaleco un papelito y ech贸 una ojeada a la lista de temas para su discurso. Se sent铆a indeciso sobre los versos de Robert Browning porque tem铆a que estuvieran muy por encima de sus oyentes. Ser铆a mejor una cita que pudieran reconocer, de Shakespeare o de las Melod铆as de Thomas Moore. El grosero claqueteo de los tacones masculinos y el arrastre de suelas le record贸 que el grado de cultura de ellos difer铆a del suyo. Har铆a el rid铆culo si citaba poemas que no pudieran entender. Pensar铆an que estaba alardeando de su cultura. Cometer铆a un error con ellos como el que cometi贸 con la muchacha en el cuarto de desahogo. Se equivoc贸 de tono. Todo su discurso estaba equivocado de arriba a abajo. Un fracaso total.
Fue entonces que sus t铆as y su mujer salieron del cuarto de vestir. Sus t铆as eran dos ancianas peque帽as que vest铆an con sencillez. T铆a Julia era como una pulgada m谩s alta. Llevaba el pelo gris hacia atr谩s, en un mo帽o a la altura de las orejas; y gris tambi茅n, con sombras oscuras, era su larga cara fl谩cida. Aunque era robusta y caminaba erguida, los ojos l谩nguidos y los labios entreabiertos le daban la apariencia de una mujer que no sab铆a d贸nde estaba ni a d贸nde iba. T铆a Kate se ve铆a m谩s viva. Su cara, m谩s saludable que la de su hermana, era toda bultos y arrugas, como una manzana roja pero fruncida, y su pelo, peinado tambi茅n a la antigua, no hab铆a perdido su color de casta帽a madura.
Las dos besaron a Gabriel, cari帽osas. Era el sobrino preferido, hijo de la hermana mayor, la difunta Ellen, la que se cas贸 con T. J. Conroy, de los Muelles del Puerto.
-Gretta me acaba de decir que no vas a regresar en coche a Monkstown esta noche, Gabriel -dijo t铆a Kate.
-No -dijo Gabriel, volvi茅ndose a su esposa-, ya tuvimos bastante con el a帽o pasado, ¿no es as铆? ¿No te acuerdas, t铆a Kate, el catarro que cogi贸 Gretta entonces? Con las puertas del coche traqueteando todo el viaje y el viento del este d谩ndonos de lleno en cuanto pasamos Merrion. Lind铆simo. Gretta cogi贸 un catarro de lo m谩s malo.
T铆a Kate frunc铆a el ce帽o y asent铆a a cada palabra.
-Muy bien dicho, Gabriel, muy bien dicho -dijo-. No hay que descuidarse nunca.
-Pero en cuanto a Gretta -dijo Gabriel-, 茅sta es capaz de regresar a casa a pie por entre la nieve, si por ella fuera. Mrs Conroy sonri贸.
-No le haga caso, t铆a Kate -dijo-, que es demasiado precavido: obligando a Tom a usar visera verde cuando lee de noche y a hacer ejercicios, y forzando a Eva a comer potaje. ¡Pobrecita! ¡Que no lo puede ni ver!… Ah, ¿pero a que no adivinan lo que me obliga a llevar ahora?
Se deshizo en carcajadas mirando a su marido, cuyos ojos admirados y contentos, iban de su vestido a su cara y su pelo. Las dos t铆as rieron tambi茅n con ganas, ya que la solicitud de Gabriel formaba parte del repertorio familiar.
-¡Galochas! -dijo Mrs Conroy-. La 煤ltima moda. Cada vez que est谩 el suelo mojado tengo que llevar galochas. Quer铆a que me las pusiera hasta esta noche, pero de eso nada. Si me descuido me compra un traje de ba帽ista.
Gabriel se ri贸 nervioso y, para darse confianza, se arregl贸 la corbata, mientras que t铆a Kate se doblaba de la risa de tanto que le gustaba el cuento. La sonrisa desapareci贸 enseguida de la cara de t铆a Julia y fij贸 sus ojos tristes en la cara de su sobrino. Despu茅s de una pausa, pregunt贸:
-¿Y qu茅 son galochas, Gabriel?
-¡Galochas, Julia! -exclam贸 su hermana-. Santo cielo, ¿t煤 no sabes lo que son galochas? Se ponen sobre los… sobre las botas, ¿no es as铆, Gretta?
-S铆 -dijo Mrs Conroy-. Unas cosas de gutapercha. Los dos tenemos un par ahora. Gabriel dice que todo el mundo las usa en el continente.
-Ah, en el continente -murmur贸 t铆a Julia, moviendo la cabeza lentamente.
Gabriel frunci贸 las cejas y dijo, como si estuviera enfadado:
-No son nada del otro mundo, pero Gretta cree que son muy c贸micas porque dice que le recuerdan a los minstrels negros de Christy.
-Pero dime, Gabriel -dijo t铆a Kate, con tacto brusco-. Claro que te ocupaste del cuarto. Gretta nos contaba que…
-Oh, lo del cuarto est谩 resuelto -replic贸 Gabriel-. Tom茅 uno en el Gresham.
-Claro, claro –dijo t铆a Kate-, lo mejor que pod铆as haber hecho. Y los ni帽os, Gretta, ¿no te preocupan?
-Oh, no es m谩s que por una noche -dijo Mrs Conroy-. Adem谩s, que Bessie los cuida.
-Claro, claro –dijo t铆a Kate de nuevo-. ¡Qu茅 comodidad tener una muchacha as铆, en quien se puede confiar! Ah铆 tienen a esa Lily, que no s茅 lo que le pasa 煤ltimamente. No es la de antes.
Gabriel estuvo a punto de hacerle una pregunta a su t铆a sobre este asunto, pero ella dej贸 de prestarle atenci贸n para observar a su hermana, que se hab铆a escurrido escaleras abajo, sacando la cabeza por sobre la baranda.
-Ahora dime t煤 -dijo ella, como molesta-, ¿d贸nde ir谩 Julia ahora? ¡Julia! ¡Julia! ¿D贸nde vas t煤?
Julia, que hab铆a bajado m谩s de media escalera, regres贸 a decir, zalamera:
-Ah铆 est谩 Freddy.
En el mismo instante unas palmadas y un floreo final del piano anunci贸 que el vals acababa de terminar. La puerta de la sala se abri贸 desde dentro y salieron algunas parejas. T铆a Kate se llev贸 a Gabriel apresuradamente a un lado y le susurr贸 al o铆do:
-S茅 bueno, Gabriel, y vete abajo a ver si est谩 bien y no lo dejes subir si est谩 tomado. Estoy segura de que est谩 tomado. Segur铆sima.
Gabriel se lleg贸 a la escalera y escuch贸 m谩s all谩 de la balaustrada. Pod铆a o铆r dos personas conversando en el cuarto de desahogo. Luego reconoci贸 la risa de Freddy Malins. Baj贸 las escaleras haciendo ruido.
-Qu茅 alivio –dijo t铆a Kate a Mrs Conroy- que Gabriel est茅 aqu铆… Siempre me siento m谩s descansada mentalmente cuando anda por aqu铆… Julia, aqu铆 est谩n Miss Daly y Miss Power, que van a tomar refrescos. Gracias por el lindo vals, Miss Daly. Un ritmo encantador.
Un hombre alto, de cara mustia, bigote de cerdas y piel oscura, que pasaba con su pareja, dijo:
-¿Podr铆amos tambi茅n tomar nosotros un refresco, Miss Morkan?
-Julia -dijo la t铆a Kate sumariamente-, y aqu铆 est谩n Mr Browne y Miss Furlong. Ll茅vatelos adentro, Julia, con Miss Daly y Miss Power.
-Yo me encargo de las damas -dijo Mr Browne, apretando sus labios hasta que sus bigotes se erizaron para sonre铆r con todas sus arrugas.
-Sabe usted, Miss Morkan, la raz贸n por la que les caigo bien a las mujeres es que…
No termin贸 la frase, sino que, viendo que la t铆a Kate estaba ya fuera de alcance, enseguida se llev贸 a las tres mujeres al cuarto del fondo. Dos mesas cuadradas puestas juntas ocupaban el centro del cuarto y la t铆a Julia y el encargado estiraban y alisaban un largo mantel sobre ellas. En el cristalero se ve铆an en exhibici贸n platos y platillos y vasos y haces de cuchillos y tenedores y cucharas. La tapa del piano vertical serv铆a como mesa auxiliar para los entremeses y los postres. Ante un aparador peque帽o en un rinc贸n dos j贸venes beb铆an de pie maltas amargas.
Mr Browne dirigi贸 su encomienda hacia ella y las invit贸, en broma, a tomar un ponche femenino, caliente, fuerte y dulce. Mientras ellas protestaban no tomar tragos fuertes, 茅l les abr铆a tres botellas de limonada. Luego les pidi贸 a los j贸venes que se hicieran a un lado y, tomando el frasco, se sirvi贸 un buen trago de whisky. Los j贸venes lo miraron con respeto mientras probaba un sorbo.
-Alabado sea Dios -dijo, sonriendo-, tal como me lo recet贸 el m茅dico.
Su cara mustia se extendi贸 en una sonrisa a煤n m谩s abierta y las tres muchachas rieron haciendo eco musical a su ocurrencia, contoneando sus cuerpos en vaiv茅n y dando nerviosos tirones a los hombros. La m谩s audaz dijo:
-Ah, vamos, Mr Browne, estoy segura de que el m茅dico nunca le recetar谩 una cosa as铆.
Mr Browne tom贸 otro sorbo de su whisky y dijo con una mueca ladeada:
-Bueno, ustedes saben, yo soy como Mrs Cassidy, que dicen que dijo: Vamos, Mary Grimes, si no tomo d谩melo t煤, que es que lo necesito.
Su cara acalorada se inclin贸 hacia adelante en gesto demasiado confidente y habl贸 imitando un dejo de Dubl铆n tan bajo que las muchachas, con id茅ntico instinto, escucharon su dicho en silencio. Miss Furlong, que era una de las alumnas de Mary Jane, le pregunt贸 a Miss Daly cu谩l era el nombre de ese vals tan lindo que acababa de tocar, y Mr Browne, viendo que lo ignoraban, se volvi贸 prontamente a los j贸venes, que pod铆an apreciarlo mejor.
Una muchacha de cara roja y vestido violeta entr贸 en el cuarto, dando palmadas excitadas y gritando:
-¡Contradanza! ¡Contradanza!
Pis谩ndole los talones entr贸 t铆a Kate, llamando:
-¡Dos caballeros y tres damas, Mary Jane!
-Ah, aqu铆 est谩n Mr Bergin y Mr Kerrigan -dijo Mary Jane.
-Mr Kerrigan, ¿quiere usted escoltar a Miss Power? Miss Furlong, ¿puedo darle de pareja a Mr Bergin? Ah, ya est谩 bien as铆.
-Tres damas, Mary Jane -dijo t铆a Kate.
Los dos j贸venes les pidieron a sus damas que si podr铆an tener el gusto y Mary Jane se volvi贸 a Miss Daly:
-Oh, Miss Daly, fue usted tan condescendiente al tocar las dos 煤ltimas piezas, pero, realmente, estamos tan cortas de mujeres esta noche…
-No me molesta en lo m谩s m铆nimo, Miss Morkan.
-Pero le tengo un compa帽ero muy agradable, Mr Bartell D’Arey, el tenor. Despu茅s voy a ver si canta. Dubl铆n entero est谩 loco por 茅l.
-¡Bella voz, bella voz! -dijo la t铆a Kate.
Cuando el piano comenzaba por segunda vez el preludio de la primera figura, Mary Jane sac贸 a sus reclutas del sal贸n r谩pidamente. No acababan de salir cuando entr贸 al cuarto Julia, lentamente, mirando hacia atr谩s por algo.
-¿Qu茅 pasa, Julia? -pregunt贸 t铆a Kate, ansiosa-. ¿Qui茅n es?
Julia, que cargaba una pila de servilletas, se volvi贸 a su hermana y dijo, simplemente, como si la pregunta la sorprendiera:
-No es m谩s que Freddy, Kate, y Gabriel que viene con 茅l.
De hecho detr谩s de ella se pod铆a ver a Gabriel piloteando a Freddy Malins por el rellano de la escalera. El 煤ltimo, que ten铆a unos cuarenta a帽os, era de la misma estatura y del mismo peso de Gabriel, pero de hombros ca铆dos. Su cara era mofletuda y p谩lida, con toques de color s贸lo en los colgantes l贸bulos de las orejas y en las anchas aletas nasales. Ten铆a facciones toscas, nariz roma, frente convexa y alta y labios hinchados y protuberantes. Los ojos de p谩rpados pesados y el desorden de su escaso pelo le hac铆an parecer so帽oliento. Se re铆a con ganas de un cuento que le ven铆a haciendo a Gabriel por la escalera, al mismo tiempo que se frotaba un ojo con los nudillos del pu帽o izquierdo.
-Buenas noches, Freddy -dijo t铆a Julia.
Freddy Malins dio las buenas noches a las se帽oritas Morkan de una manera que pareci贸 desde帽osa a causa del tono habitual de su voz y luego, viendo que Mr Browne le sonre铆a desde el aparador, cruz贸 el cuarto con paso vacilante y empez贸 de nuevo el cuento que acababa de hacerle a Gabriel. -No se ve tan mal, ¿no es verdad? -dijo la t铆a Kate a Gabriel.
Las cejas de Gabriel ven铆an fruncidas, pero las despej贸 enseguida para responder:
-Oh, no, ni se le nota.
-¡Es un terrible! -dijo ella-. Y su pobre madre que lo oblig贸 a hacer una promesa el Fin de A帽o. Pero, por qu茅 no pasamos al sal贸n, Gabriel.
Antes de dejar el cuarto con Gabriel, t铆a Kate le hizo se帽as a Mr Browne, poniendo mala cara y sacudiendo el dedo 铆ndice. Mr Browne asinti贸 y, cuando ella se hubo ido, le dijo a Freddy Malins:
-Vamos a ver, Teddy, que te voy a dar un buen vaso de limonada para entonarte.
Freddy Malins, que estaba acerc谩ndose al desenlace de su cuento, rechaz贸 la oferta con un gesto impaciente, pero Mr Browne, despu茅s de haberle llamado la atenci贸n sobre lo desgarbado de su atuendo, le llen贸 un vaso de limonada y se lo entreg贸. Freddy Malins acept贸 el vaso mec谩nicamente con la mano izquierda, mientras que su mano derecha se encargaba de ajustar sus ropas mec谩nicamente. Mr Browne, cuya cara se colmaba de regocijadas arrugas, se llen贸 un vaso de whisky mientras Freddy Malins estallaba, antes de llegar al momento culminante de su historia, en una explosi贸n de carcajadas bronquiales y, dejando a un lado su vaso rebosado sin tocar, empez贸 a frotarse los nudillos de su mano izquierda sobre un ojo, repitiendo las palabras de su 煤ltima frase cuando se lo permit铆a el ataque de risa.
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Gabriel no soportaba la pieza que tocaba ahora Mary Jane, tan acad茅mica, llena de glissandi y de pasajes dif铆ciles para un p煤blico respetuoso. Le gustaba la m煤sica, pero la pieza que ella tocaba no ten铆a melod铆a, seg煤n 茅l, y dudaba que la tuviera para los dem谩s oyentes, aunque le hubieran pedido a Mary Jane que les tocara algo. Cuatro j贸venes, que vinieron del refectorio a pararse en la puerta tan pronto como empez贸 a sonar el piano, se alejaron de dos en dos y en silencio despu茅s de unos acordes. Las 煤nicas personas que parec铆an seguir la m煤sica eran Mary Jane, cuyas manos recorr铆an el teclado o se alzaban en las pausas como las de una sacerdotisa en una imprecaci贸n moment谩nea, y t铆a Kate, de pie a su lado volteando las p谩ginas.
Los ojos de Gabriel, irritados por el piso que brillaba encerado debajo del macizo candelabro, vagaron hasta la pared sobre el piano. Colgaba all铆 un cromo con la escena del balc贸n de Romeo y Julieta, junto a una reproducci贸n del asesinato de los principitos en la Torre que t铆a Julia hab铆a bordado en lana roja, azul y carmelita cuando ni帽a. Probablemente les ense帽aban a hacer esa labor en la escuela a que fueron de ni帽as, porque una vez su madre le bord贸, para cumplea帽os, un chaleco en tabinete p煤rpura con cabecitas de zorro, festoneado de raso casta帽o y con botones redondos imitando moras. Era raro que su madre no tuviera talento musical porque t铆a Kate acostumbraba a decir que era el cerebro de la familia Morkan. Tanto ella como Julia hab铆an parecido siempre bastante orgullosas de su hermana, tan matriarcal y tan seria. Su fotograf铆a se ve铆a delante del trem贸. Ten铆a un libro abierto sobre las rodillas y le se帽alaba algo en 茅l a Constantine que, vestido de marino, estaba tumbado a sus pies. Fue ella quien puso nombre a sus hijos, sensible como era al protocolo familiar. Gracias a ella, Constantine era ahora el cura p谩rroco de Balbriggan y, gracias a ella, Gabriel pudo graduarse en la Universidad Real. Una sombra pas贸 sobre su cara al recordar su amarga oposici贸n a su matrimonio. Algunas frases peyorativas que us贸 vibraban todav铆a en su memoria; una vez dijo que Gretta era una rubia rural y no era verdad, nada. Fue Gretta quien la atendi贸 sol铆cita durante su larga enfermedad final en la casa de Monkstown.
Sab铆a que Mary Jane deb铆a de andar cerca del final de la pieza porque estaba tocando otra vez la melod铆a del comienzo con sus escalas sucesivas despu茅s de cada comp谩s y mientras esper贸 a que acabara, el resentimiento se extingui贸 en su coraz贸n. La pieza termin贸 con un trino de octavas agudas y una octava final grave. Atronadores aplausos acogieron a Mary Jane al ruborizarse mientras enrollaba nerviosamente la partitura y sali贸 corriendo del sal贸n. Las palmadas m谩s fuertes proced铆an de cuatro muchachones parados en la puerta, los mismos que se fueron a refrescar cuando empez贸 la pieza y que regresaron tan pronto el piano se qued贸 callado.
Alguien organiz贸 una danza de lanceros y Gabriel se encontr贸 de pareja con Miss Ivors. Era una damita franca y habladora, con cara pecosa y grandes ojos casta帽os. No llevaba escote y el largo broche al frente del cuello ten铆a un motivo irland茅s.
Cuando ocuparon sus puestos ella dijo de pronto:
-Tiene usted una cuenta pendiente conmigo.
-¿Yo? -dijo Gabriel.
Ella asinti贸 con gravedad.
-¿Qu茅 cosa es? -pregunt贸 Gabriel, sonri茅ndose ante su solemnidad.
-¿Qui茅n es G. C.? -respondi贸 Miss Ivors, volvi茅ndose hacia 茅l.
Gabriel se sonroj贸 y ya iba a fruncir las cejas, como si no hubiera entendido, cuando ella le dijo abiertamente:
-¡Ay, inocente Amy! Me enter茅 de que escribe usted para el Dady Express. Y bien, ¿no le da verg眉enza?
-¿Y por qu茅 me iba a dar? -pregunt贸 Gabriel, pesta帽eando, tratando de sonre铆r.
-Bueno, a m铆 me da pena -dijo Miss Ivors con franqueza-. Y pensar que escribe usted para ese bagazo. No sab铆a que se hab铆a vuelto usted pro-ingl茅s.
Una mirada perpleja apareci贸 en el rostro de Gabriel. Era verdad que escrib铆a una columna literaria en el Daily Express los mi茅rcoles. Pero eso no lo convert铆a en pro-ingl茅s. Los libros que le daban a criticar eran casi mejor bienvenidos que el mezquino cheque, ya que le deleitaba palpar la cubierta y hojear las p谩ginas de un libro reci茅n impreso. Casi todos los d铆as, no bien terminaba las clases en el instituto, sol铆a recorrer el malec贸n en busca de las librer铆as de viejo, y se iba a Hickey’s en el Paseo del Soltero y a Webb’s o a Massey’s en el muelle de Aston o a O’Clohissey’s en una calle lateral. No supo c贸mo afrontar la acusaci贸n. Le hubiera gustado decir que la literatura est谩 muy por encima de los trajines pol铆ticos. Pero eran amigos de muchos a帽os, con carreras paralelas en la universidad primero y despu茅s de maestros: no pod铆a, pues, usar con ella una frase pomposa. Sigui贸 pesta帽eando y tratando de sonre铆r hasta que murmur贸 apenas que no ve铆a nada pol铆tico en hacer cr铆tica de libros.
Cuando les lleg贸 el turno de cruzarse todav铆a estaba distra铆do y perplejo. Miss Ivors tom贸 su mano en un apret贸n c谩lido y dijo en tono suavemente amistoso:
-Por supuesto, no es m谩s que una broma. Venga, que nos toca cruzar ahora.
Cuando se juntaron de nuevo ella habl贸 del problema universitario y Gabriel se sinti贸 m谩s c贸modo. Un amigo le hab铆a ense帽ado a ella su cr铆tica de los poemas de Browning. Fue as铆 como se enter贸 del secreto: pero le gust贸 much铆simo la cr铆tica. De pronto dijo:
-Oh, Mr Conroy, ¿por qu茅 no viene en nuestra excursi贸n a la isla de Ar谩n este verano? Vamos a pasar all谩 un mes. Ser谩 espl茅ndido estar en pleno Atl谩ntico. Deb铆a venir. Vienen Mr Clancy y Mr Kilkely y Kathleen Kearney. Ser铆a formidable que Gretta viniera tambi茅n. Ella es de Connacht, ¿no?
-Su familia -dijo Gabriel, corto.
-Pero vendr谩n los dos, ¿no es as铆? -dijo Miss Ivors, posando una mano c谩lida sobre su brazo, ansiosa.
-Lo cierto es que -dijo Gabriel- yo he quedado en ir…
-¿A d贸nde? -pregunt贸 Miss Ivors.
-Bueno, ya sabe usted que todos los a帽os hago una gira cicl铆stica con varios compa帽eros, as铆 que…
-Pero, ¿por d贸nde? -pregunt贸 Miss Ivors.
-Bueno, casi siempre vamos por Francia o B茅lgica, tal vez por Alemania -dijo Gabriel torpemente.
-¿Y por qu茅 va usted a Francia y a B茅lgica -dijo Miss Ivors- en vez de visitar su propio pa铆s?
-Bueno -dijo Gabriel-, en parte para mantenerme en contacto con otros idiomas y en parte por dar un cambio.
-¿Y no tiene usted su propio idioma con que mantenerse en contacto, el irland茅s? -le pregunt贸 Miss Ivors.
-Bueno -dijo Gabriel-, en ese caso el irland茅s no es mi lengua, como sabe.
Sus vecinos se volvieron a escuchar el interrogatorio. Gabriel mir贸 a diestra y siniestra, nervioso, y trat贸 de mantener su buen humor durante aquella inquisici贸n que hac铆a que el rubor le invadiera la frente.
-¿Y no tiene usted su tierra natal que visitar -sigui贸 Miss Ivors-, de la que no sabe usted nada, su propio pueblo, su patria?
-Pues a decir verdad -replic贸 Gabriel s煤bitamente-, estoy harto de este pa铆s, ¡harto!
-¿Y por qu茅? -pregunt贸 Miss Ivors.
Gabriel no respondi贸: su r茅plica lo hab铆a alterado.
-¿Por qu茅? -repiti贸 Miss Ivors.
Ten铆an que hacer la ronda de visitas los dos ahora y, como todav铆a no hab铆a 茅l respondido, Miss Ivors le dijo, muy acalorada:
-Por supuesto, no tiene qu茅 decir.
Gabriel trat贸 de ocultar su agitaci贸n entreg谩ndose al baile con gran energ铆a. Evit贸 los ojos de ella porque hab铆a notado una expresi贸n agria en su cara. Pero cuando se encontraron
de nuevo en la cadena, se sorprendi贸 al sentir su mano apretar firme la suya. Ella lo mir贸 de soslayo con curiosidad moment谩nea hasta que 茅l sonri贸. Luego, como la cadena iba a trenzarse de nuevo, ella se alz贸 en puntillas y le susurr贸 al o铆do:
-¡Pro ingl茅s!
Cuando la danza de lanceros acab贸, Gabriel se fue al rinc贸n m谩s remoto del sal贸n donde estaba sentada la madre de Freddy Malins. Era una mujer rechoncha y fofa y blanca en
canas. Ten铆a la misma voz tomada de su hijo y tartamudeaba bastante. Le hab铆an asegurado que Freddy hab铆a llegado y que estaba bastante bien. Gabriel le pregunt贸 si tuvo una buena traves铆a. Viv铆a con su hija casada en Glasgow y ven铆a a Dubl铆n de visita una vez al a帽o. Respondi贸 pl谩cidamente que hab铆a sido un viaje muy lindo y que el capit谩n estuvo de lo m谩s atento. Tambi茅n habl贸 de la linda casa que su hija ten铆a en Glasgow y de los buenos amigos que ten铆an all谩. Mientras ella le daba a la lengua Gabriel trat贸 de desterrar el recuerdo del desagradable incidente con Miss Ivors. Por supuesto que la muchacha o la mujer o lo que fuese era una fan谩tica, pero hab铆a un lugar para cada cosa. Quiz谩 no debi贸 茅l responderle como lo hizo. Pero ella no ten铆a derecho a llamarlo pro ingl茅s delante de la gente, ni aun en broma. Trat贸 de hacerlo quedar en rid铆culo delante de la gente, acuci谩ndolo y clav谩ndole sus ojos de conejo.
Vio a su mujer abri茅ndose paso hacia 茅l por entre las parejas que valsaban. Cuando lleg贸 a su lado le dijo al o铆do:
-Gabriel, t铆a Kate quiere saber si no vas a trinchar el ganso como de costumbre. Miss Daly va a cortar el jam贸n y yo voy a ocuparme del pud铆n.
-Est谩 bien -dijo Gabriel.
-Van a dar de comer primero a los j贸venes, tan pronto como termine este vals, para que tengamos la mesa para nosotros solos.
-¿Bailaste? -pregunt贸 Gabriel.
-Por supuesto. ¿No me viste? ¿Tuviste t煤 unas palabras con Molly Ivors por casualidad?
-Ninguna. ¿Por qu茅? ¿Dijo ella eso?
-M谩s o menos. Estoy tratando de hacer que Mr D’Arcy cante algo. Me parece que es de lo m谩s vanidoso.
-No cambiamos palabras -dijo Gabriel, irritado-, sino que ella quer铆a que yo fuera a Irlanda del oeste, y le dije que no. Su mujer junt贸 las manos, excitada, y dio un saltico:
-¡Oh, vamos, Gabriel! -grit贸-. Me encantar铆a volver a Galway de nuevo.
-Ve t煤 si quieres -dijo Gabriel fr铆amente.
Ella lo mir贸 un instante, se volvi贸 luego a Mrs Malins y dijo:
-Eso es lo que se llama un hombre agradable, Mrs Malins.
Mientras ella se escurr铆a a trav茅s del sal贸n, Mrs Malins, como si no la hubieran interrumpido, sigui贸 cont谩ndole a Gabriel sobre los lindos lares de Escocia y sus escenarios naturales, preciosos. Su yerno las llevaba cada a帽o a los lagos y sal铆an de pesquer铆a. Un d铆a cogi贸 茅l un pescado, lind铆simo, as铆 de grande, y el hombre del hotel se lo guis贸 para la cena.
Gabriel ni o铆a lo que ella dec铆a. Ahora que se acercaba la hora de la comida empez贸 a pensar de nuevo en su discurso y en las citas. Cuando vio que Freddy Malins atravesaba el sal贸n para venir a ver a su madre, Gabriel le dio su silla y se retir贸 al poyo de la ventana. El sal贸n estaba ya vac铆o y del cuarto del fondo llegaba un rumor de platos y cubiertos. Los pocos que quedaban en la sala parec铆an hartos de bailar y conversaban quedamente en grupitos. Los c谩lidos dedos temblorosos de Gabriel repicaron sobre el fr铆o cristal de la ventana. ¡Qu茅 fresco deb铆a hacer fuera! ¡Lo agradable que ser铆a salir a caminar solo por la orilla del r铆o y despu茅s atravesar el parque! La nieve se ve铆a amontonada sobre las ramas de los 谩rboles y poniendo un gorro refulgente al monumento a Wellington. ¡Cu谩nto m谩s grato ser铆a estar all谩 fuera que cenando!
Repas贸 los temas de su discurso: la hospitalidad irlandesa, tristes recuerdos, las Tres Gracias, Paris, la cita de Browning. Se repiti贸 una frase que escribi贸 en su cr铆tica: Uno siente que escucha una m煤sica acuciada por las ideas. Miss Ivors hab铆a elogiado la cr铆tica. ¿Ser铆a sincera? ¿Tendr铆a su vida propia oculta tras tanta propaganda? No hab铆a habido nunca animosidad entre ellos antes de esta ocasi贸n. Lo enervaba pensar que ella estar铆a sentada a la mesa, mir谩ndolo mientras 茅l hablaba, con sus cr铆ticos ojos interrogantes. Tal vez no le desagradar铆a verlo fracasar en su discurso. Le dio valor la idea que le vino a la mente. Dir铆a, aludiendo a t铆a Kate y a t铆a Julia: Damas y caballeros, la generaci贸n que ahora se halla en retirada entre nosotros habr谩 tenido sus faltas, pero por mi parte yo creo que tuvo ciertas cualidades de hospitalidad, de humor, de humanidad, de las que la nueva generaci贸n, tan seria y supereducada, que crece ahora en nuestro seno, me parece carecer. Muy bien dicho: que aprenda Miss Ivors. ¿Qu茅 le importaba si sus t铆as no eran m谩s que dos viejas ignorantes?
Un rumor en la sala atrajo su atenci贸n. Mr Browne ven铆a desde la puerta llevando galante del brazo a la t铆a Julia, que sonre铆a cabizbaja. Una salva irregular de aplausos la escolt贸 hasta el piano y luego, cuando Mary Jane se sent贸 en la banqueta, y la t铆a Julia, dejando de sonre铆r, dio media vuelta para mejor proyectar su voz hacia el sal贸n, cesaron gradualmente. Gabriel reconoci贸 el preludio. Era una vieja canci贸n del repertorio de t铆a Julia, Ataviada para el casorio. Su voz, clara y sonora, atac贸 los gorgoritos que adornaban la tonada y aunque cant贸 muy r谩pido no se comi贸 ni una floritura. O铆r la voz sin mirar la cara de la cantante era sentir y compartir la excitaci贸n de un vuelo r谩pido y seguro. Gabriel aplaudi贸 ruidosamente junto con los dem谩s cuando la canci贸n acab贸 y atronadores aplausos llegaron de la mesa invisible. Sonaban tan genuinos, que algo de rubor se esforzaba por salirle a la cara a t铆a Julia, cuando se agachaba para poner sobre el atril el viejo cancionero encuadernado en cuero con sus iniciales en la portada. Freddy Malins, que hab铆a ladeado la cabeza para o铆rla mejor, aplaud铆a todav铆a cuando todo el mundo hab铆a dejado ya de hacerlo y hablaba animado con su madre que asent铆a grave y lenta en aquiescencia. Al fin, no pudiendo aplaudir m谩s, se levant贸 de pronto y atraves贸 el sal贸n a la carrera para llegar hasta t铆a Julia y tomar su mano entre las suyas, sacudi茅ndola cuando le faltaron las palabras o cuando el freno de su voz se hizo insoportable.
-Le estaba diciendo yo a mi madre -dijo- que nunca la hab铆a o铆do cantar tan bien, ¡nunca! No, nunca son贸 tan bien su voz como esta noche. ¡Vaya! ¿A que no lo cree? Pero es la verdad. Palabra de honor que es la pura verdad. Nunca son贸 su voz tan fresca y tan… tan clara y tan fresca, ¡nunca!
La t铆a Julia sonri贸 ampliamente y murmur贸 algo sobre aquel cumplido mientras sacaba la mano del aprieto. Mr Browne extendi贸 una mano abierta hacia ella y dijo a los que estaban a su alrededor, como un animador que presenta un portento a la amable concurrencia:
-¡Miss Julia Morkan, mi 煤ltimo descubrimiento!
Se re铆a con ganas de su chiste cuando Freddy Malins se volvi贸 a 茅l para decirle:
-Bueno, Browne, si hablas en serio podr铆as haber hecho otro descubrimiento peor. Todo lo que puedo decir es que nunca la hab铆a o铆do cantar tan bien ninguna de las veces que he estado antes aqu铆. Y es la pura verdad.
-Ni yo tampoco -dijo Mr Browne-. Creo que de voz ha mejorado mucho.
T铆a Julia se encogi贸 de hombros y dijo con t铆mido orgullo:
-Hace treinta a帽os, mi voz, como tal, no era mala.
-Le he dicho a Julia muchas veces -dijo t铆a Kate enf谩tica- que est谩 malgastando su talento en ese coro. Pero nunca me quiere o铆r.
Se volvi贸 como si quisiera apelar al buen sentido de los dem谩s frente a un ni帽o incorregible, mientras t铆a Julia, una vaga sonrisa reminiscente esboz谩ndose en sus labios, miraba alelada al frente.
-Pero no -sigui贸 t铆a Kate-, no deja que nadie la convenza ni la dirija, cantando como una esclava de ese coro noche y d铆a, d铆a y noche. ¡Desde las seis de la ma帽ana el d铆a de Navidad! ¿Y todo para qu茅?
-Bueno, ¿no ser铆a por la honra del Se帽or, t铆a Kate? -pregunt贸 Mary Jane, girando en la banqueta, sonriendo.
La t铆a Kate se volvi贸 a su sobrina como una fiera y le dijo:
-¡Yo me s茅 muy bien qu茅 cosa es la honra del Se帽or, Mary Jane! Pero no creo que sea muy honrado de parte del Papa sacar de un coro a una mujer que se ha esclavizado en 茅l toda su vida para pasarle por encima a chiquillos malcriados. Supongo que el Papa lo har谩 por la honra del Se帽or, pero no es justo, Mary Jane, y no est谩 nada bien.
Se hab铆a fermentado apasionadamente y hubiera continuado defendiendo a su hermana porque le dol铆a, pero Mary Jane, viendo que los bailadores regresaban ya al sal贸n, intervino apaciguante:
-Vamos, t铆a Kate, que est谩 usted escandalizando a Mister Browne, que tiene otras creencias.
T铆a Kate se volvi贸 a Mr Browne, que sonre铆a ante esta alusi贸n a su religi贸n, y dijo apresurada:
-Oh, pero yo no pongo en duda que el Papa tenga raz贸n.
No soy m谩s que una vieja est煤pida y no presumo de otra cosa. Pero hay eso que se llama gratitud y cortes铆a cotidiana en la vida. Y si yo fuera Julia iba y se lo dec铆a al padre Healy en su misma cara…
-Y, adem谩s, t铆a Kate -dijo Mary Jane-, que estamos todos con mucha hambre y cuando tenemos hambre somos todos muy belicosos.
-Y cuando estamos sedientos tambi茅n somos belicosos -a帽adi贸 Mr Browne.
-As铆 que m谩s vale que vayamos a cenar -dijo Mary Jane- y dejemos la discusi贸n para m谩s tarde.
En el rellano de la salida de la sala Gabriel encontr贸 a su esposa y a Mary Jane tratando de convencer a Miss Ivors para que se quedara a cenar. Pero Miss Ivors, que se hab铆a puesto ya su sombrero y se abotonaba el abrigo, no se quer铆a quedar. No se sent铆a lo m谩s m铆nimo con apetito y, adem谩s, que ya se hab铆a quedado m谩s de lo que deb铆a.
-Pero si no son m谩s que diez minutos, Molly -dijo Mrs Conroy-. No es tanta la demora.
-Para que comas un bocado -dijo Mary Jane- despu茅s de tanto bailoteo.
-No puedo, de veras -dijo Miss Ivors.
-Me parece que no lo pasaste nada bien -dijo Mary Jane, con desaliento.
-S铆, muy bien, se lo aseguro -dijo Miss Ivors-, pero ahora deben dejarme ir corriendo.
-Pero, ¿c贸mo vas a llegar? -pregunt贸 Mrs Conroy.
-Oh, no son m谩s que unos pasos malec贸n arriba. Gabriel dud贸 por un momento y dijo:
-Si me lo permite, Miss Ivors, yo la acompa帽o. Si de veras tiene que marcharse usted.
Pero Miss Ivors se solt贸 de entre ellos.
-De ninguna manera -exclam贸-. Por el amor de Dios vayan a cenar y no se ocupen de m铆. Ya s茅 cuidarme muy bien.
-Mira, Molly, que t煤 eres rara -dijo Mrs Conroy con franqueza.
-Beannacht libh -grit贸 Miss Ivors, entre carcajadas, mientras bajaba la escalera.
Mary Jane se qued贸 mir谩ndola, una expresi贸n preocupada en su rostro, mientras Mrs Conroy se inclin贸 por sobre la baranda para o铆r si cerraba la puerta del zagu谩n. Gabriel se pregunt贸 si ser铆a 茅l la causa de que ella se fuera tan abruptamente. Pero no parec铆a estar de mal humor: se hab铆a ido ri茅ndose a carcajadas. Se qued贸 mirando las escaleras, distra铆do.
En ese momento la t铆a Kate sali贸 del comedor, dando tumbos, casi exprimi茅ndose las manos de desespero.
-¿D贸nde est谩 Gabriel? -grit贸-. ¿D贸nde es que est谩 Gabriel? Todo el mundo est谩 esperando ah铆 dentro, con todo listo; ¡y nadie que trinche el ganso!
-¡Aqu铆 estoy yo, t铆a Kate! -exclam贸 Gabriel, con s煤bita animaci贸n-. Listo para trinchar una bandada de gansos si fuera necesario.
Un ganso gordo y pardo descansaba a un extremo de la mesa y al otro extremo, sobre un lecho de papel plegado adornado con ramitas de perejil, reposaba un jam贸n grande, despellejado y rociado de migajas, las canillas guarnecidas con primorosos flecos de papel, y justo al lado rodajas de carne condimentada. Entre estos extremos rivales corr铆an hileras paralelas de entremeses: dos seos de gelatina, roja y amarilla; un plato llano lleno de bloques de manjar blanco y jalea roja; un largo plato en forma de hoja con su tallo como mango, donde hab铆a montones de pasas moradas y de almendras peladas; un plato gemelo con un rect谩ngulo de higos de Esmirna encima; un plato de natilla rebozada con polvo de nuez-moscada; un peque帽o bol lleno de chocolates y caramelos envueltos en papel dorado y plateado; y un b煤caro del que sal铆an tallos de apio. En el centro de la mesa, como centinelas del frutero que ten铆a una pir谩mide de naranjas y manzanas americanas, hab铆a dos garrafas achatadas, antiguas, de cristal tallado, una con oporto y la otra con jerez abocado. Sobre el piano cerrado aguardaba un pud铆n en un enorme plato amarillo y detr谩s hab铆a tres pelotones de botellas de stout, de ale y de agua mineral, alineadas de acuerdo con el color de su uniforme: los primeros dos pelotones negros, con etiquetas rojas y marr贸n, el tercero, el m谩s peque帽o, todo de blanco con v铆rgulas verdes.
Gabriel tom贸 asiento decidido a la cabecera de la mesa y, despu茅s de revisar el filo del trinche, hundi贸 su tenedor con firmeza en el ganso. Se sent铆a a sus anchas, ya que era trinchador experto y nada le gustaba tanto como sentarse a la cabecera de una mesa bien puesta.
-Miss Furlong, ¿qu茅 le doy? -pregunt贸-. ¿Un ala o una lasca de pechuga?
-Una lasquita de pechuga.
-¿Y para usted, Miss Higgins?
-Oh, lo que usted quiera, Mr Conroy.
Mientras Gabriel y Miss Daly intercambiaban platos de ganso y platos de jam贸n y de carne aderezada, Lily iba de un hu茅sped al otro con un plato de calientes papas boronosas envueltas en una servilleta blanca. Hab铆a sido idea de Mary Jane y ella sugiri贸 tambi茅n salsa de manzana para el ganso, pero t铆a Kate dijo que hab铆a comido siempre el ganso asado simple sin nada de salsa de manzana y que esperaba no tener que comer nunca una cosa peor. Mary Jane atend铆a a sus alumnas y se ocupaba de que obtuvieran las mejores lonjas, y t铆a Kate y t铆a Julia abr铆an y tra铆an del piano una botella tras otra de stout y de ale para los hombres y de agua mineral para las mujeres. Reinaba gran confusi贸n y risa y ruido: una alharaca de peticiones y contra-peticiones, de cuchillos y tenedores, de corchos y tapones de vidrio. Gabriel empez贸 a trinchar porciones extras, tan pronto como cort贸 las iniciales, sin servirse. Todos protestaron tan alto que no le qued贸 m谩s remedio que transigir bebiendo un largo trago de stout, ya que hall贸 que trinchar lo sofocaba. Mary Jane se sent贸 a comer tranquila, pero t铆a Kate y t铆a Julia todav铆a daban tumbos alrededor de la mesa, pis谩ndose mutuamente los talones y d谩ndose una a la otra 贸rdenes que ninguna obedec铆a. Mr Browne les rog贸 que se sentaran a cenar y lo mismo hizo Gabriel, pero ellas respondieron que ya habr铆a tiempo de sobra para ello. Finalmente, Freddy Malins se levant贸 y, capturando a t铆a Kate, la arrellan贸 en su silla en medio del regocijo general.
Cuando todo el mundo estuvo bien servido dijo Gabriel, sonriendo:
-Ahora, si alguien quiere un poco m谩s de lo que la gente vulgar llama relleno, que lo diga 茅l o ella.
Un coro de voces lo conmin贸 a empezar su cena y Lily se adelant贸 con tres papas que le hab铆a reservado.
-Muy bien -dijo Gabriel, amable, mientras tomaba otro sorbo preliminar-, hagan el favor de olvidarse de que existo, damas y caballeros, por unos minutos.
Se puso a comer y no tom贸 parte en la conversaci贸n que cubri贸 el ruido de la vajilla al llev谩rsela Lily. El tema era la compa帽铆a de 贸pera que actuaba en el Teatro Real. El tenor, Mr Bartell D’Arcy, hombre de tez oscura y fino bigote, elogi贸 mucho a la primera contralto de la compa帽铆a, pero a Miss Furlong le parec铆a que 茅sta ten铆a una presencia esc茅nica m谩s bien vulgar. Freddy Malins dijo que hab铆a un negro cantando principal en la segunda tanda de la pantomima del Gaiety que ten铆a una de las mejores voces de tenor que 茅l hab铆a o铆do.
-¿Lo ha o铆do usted? -le pregunt贸 a Mr Bartell D’Arey.
-No -dijo Mr Bartell D’Arcy sin darle importancia.
-Porque -explic贸 Freddy Malins- tengo curiosidad por conocer su opini贸n. A m铆 me parece que tiene una gran voz.
-Y Teddy sabe lo que es bueno -dijo Mr Browne, confianzudo, a la concurrencia.
-¿Y por qu茅 no va a tener 茅l tambi茅n una buena voz? -pregunt贸 Freddy Malins en tono brusco-. ¿Porque no es m谩s que un negro?
Nadie respondi贸 a su pregunta y Mary Jane pastore贸 la conversaci贸n de regreso a la 贸pera seria. Una de sus alumnas le hab铆a dado un pase para Mignon. Claro que era muy buena, dijo, pero le recordaba a la pobre Georgina Bums. Mr Browne se fue a煤n m谩s lejos, a las viejas compa帽铆as italianas que sol铆an visitar a Dubl铆n: Tietjens, Ilma de Mujza, Campanini, el gran Trebilli, Giuglini, Ravelli, Aramburo. Qu茅 tiempos aquellos, dijo, cuando se o铆a en Dubl铆n lo que se pod铆a llamar bel canto. Cont贸 c贸mo la tertulia del viejo Real estaba siempre de bote en bote, noche tras noche, c贸mo una noche un tenor italiano hab铆a dado cinco bises de D茅jame caer como cae un soldado, dando el do de pecho en cada ocasi贸n, y c贸mo la galer铆a en su entusiasmo sol铆a desenganchar los caballos del carruaje de una gran prima donna para tirar ellos del coche por las calles hasta el hotel. ¿Por qu茅 ya no cantaban las grandes 贸peras, pregunt贸, como Dinorah, Lucrezia Borgia? Porque ya no hab铆a voces para cantarlas: por eso.
-Ah, pero -dijo Mr Bartell D’Arcy- a mi entender hay tan buenos cantantes hoy como entonces.
-¿D贸nde est谩n? -pregunt贸 Mr Browne, desafiante.
-En Londres, Par铆s, Mil谩n -dijo Mr Bartell D’Arcy, acalorado-. Para m铆, Caruso, por ejemplo, es tan bueno, si no mejor que cualquiera de los cantantes que usted ha mencionado.
-Tal vez sea as铆 -dijo Mr Browne-. Pero tengo que decirle que lo dudo mucho.
-Ay, yo dar铆a cualquier cosa por o铆r cantar a Caruso -dijo Mary Jane.
-Para m铆 -dijo t铆a Kate, que estaba limpiando un hueso-, no ha habido m谩s que un tenor. Quiero decir, que a m铆 me guste. Pero supongo que ninguno de ustedes ha o铆do hablar de 茅l.
-¿Qui茅n es 茅l, Miss Morkan? -pregunt贸 Mr Bartell D’Arcy, cort茅smente.
-Su nombre -dijo t铆a Kate- era Parkinson. Lo o铆 cantar cuando estaba en su apogeo y creo que ten铆a la m谩s pura voz de tenor que jam谩s sali贸 de una garganta humana.
-Qu茅 raro -dijo Mr Bartell D’Arcy-. Nunca o铆 hablar de 茅l.
-S铆, s铆, tiene raz贸n Miss Morkan- dijo Mr Browne-. Recuerdo haber o铆do hablar del viejo Parkinson. Pero eso fue mucho antes de mi 茅poca.
-Una bella, pura, dulce y suave voz de tenor ingl茅s -dijo la t铆a Kate entusiasmada.
Como Gabriel hab铆a terminado, se traslad贸 el enorme pud铆n a la mesa. El sonido de cubiertos comenz贸 otra vez. La mujer de Gabriel part铆a porciones del pud铆n y pasaba los platillos mesa abajo. A medio camino los deten铆a Mary Jane, quien los rellenaba con gelatina de frambuesas o de naranja o con manjar blanco o jalea. El pud铆n hab铆a sido hecho por t铆a Julia y 茅sta recibi贸 elogios de todas partes. Pero ella dijo que no hab铆a quedado lo bastante bruno.
-Bueno, conf铆o, Miss Morkan -dijo Mr Browne-, en que yo sea lo bastante bruno para su gusto, porque, como ya sabe, yo soy todo browno.
Los hombres, con la excepci贸n de Gabriel, le hicieron el honor al pud铆n de la t铆a Julia. Como Gabriel nunca com铆a postre le dejaron a 茅l todo el apio. Freddy Malins tambi茅n cogi贸 un tallo y se lo comi贸 junto con su pud铆n. Alguien le hab铆a dicho que el apio era lo mejor que hab铆a para la sangre y como estaba bajo tratamiento m茅dico. Mrs Malins, que no hab铆a hablado durante la cena, dijo que en una semana o cosa as铆 su hijo ingresar铆a en Monte Melleray. Los concurrentes todos hablaron de Monte Melleray, de lo reconstituyente que era el aire all谩, de lo hospitalarios que eran los monjes y c贸mo nunca cobraban ni un penique a sus hu茅spedes.
-¿Y me quiere usted decir -pregunt贸 Mr Browne, incr茅dulo- que uno va all谩 y se hospeda como en un hotel y vive de lo mejor y se va sin pagar un penique?
-Oh, la mayor铆a dona algo al monasterio antes de irse -dijo Mary Jane.
-Ya quisiera yo que tuvi茅ramos una instituci贸n as铆 en nuestra Iglesia -dijo Mr Browne con franqueza.
Se asombr贸 de saber que los monjes nunca hablaban, que se levantaban a las dos de la ma帽ana y que dorm铆an en un ata煤d. Pregunt贸 que por qu茅.
-Son preceptos de la orden -dijo t铆a Kate con firmeza.
-S铆, pero ¿por qu茅? -pregunt贸 Mr Browne.
La t铆a Kate repiti贸 que eran los preceptos y as铆 eran. A pesar de todo, Mr Browne parec铆a no comprender. Freddy Malins le explic贸 tan bien como pudo que los monjes trataban de expiar los pecados cometidos por todos los pecadores del mundo exterior. La explicaci贸n no qued贸 muy clara para Mr Browne, quien, sonriendo, dijo:
-Me gusta la idea, pero ¿no servir铆a una c贸moda cama de muelles tan bien como un ata煤d?
-El ata煤d -dijo Mary Jane- es para que no olviden su 煤ltimo destino.
Como la conversaci贸n se hizo f煤nebre se la enterr贸 en el silencio, en medio del cual se pudo o铆r a Mrs Malins decir a su vecina en un secreto a voces:
-Son muy buenas personas los monjes, muy religiosos.
Las pasas y las almendras y los higos y las manzanas y las naranjas y los chocolates y los caramelos pasaron de mano en mano y t铆a Julia invit贸 a los hu茅spedes a beber oporto o jerez. Al principio, Mr Bartell D’Arcy no quiso beber nada, pero uno de sus vecinos le llam贸 la atenci贸n con el codo y le susurr贸 algo al o铆do, ante lo cual aqu茅l permiti贸 que le llenaran su copa. Gradualmente, seg煤n se llenaban las copas, la conversaci贸n se detuvo. Sigui贸 una pausa, rota s贸lo por el ruido del vino y las sillas al moverse. Las Morkans, las tres, bajaron la vista al mantel. Alguien tosi贸 una o dos veces y luego unos cuantos comensales tocaron en la mesa suavemente pidiendo silencio. Cuando se hizo el silencio, Gabriel ech贸 su silla hacia atr谩s y se levant贸.
El tableteo creci贸, alentador, y luego ces贸 del todo. Gabriel apoy贸 sus diez dedos temblorosos en el mantel y sonri贸, nervioso, a su p煤blico. Al enfrentarse a la fila de cabezas volteadas levant贸 su vista a la l谩mpara. El piano tocaba un vals y pudo o铆r las faldas frotar contra la puerta del comedor. Tal vez hab铆a alguien afuera en la calle, bajo la nieve, mirando a las ventanas alumbradas y oyendo la melod铆a del vals. Al aire libre, puro. A lo lejos se ver铆a el parque con sus 谩rboles cargados de nieve. El monumento a Wellington tendr铆a un brillante gorro nevado refulgiendo hacia el poniente, sobre los blancos campos de Quince Acres.
Comenz贸:
-Damas y caballeros. Hame tocado en suerte esta noche, como en a帽os anteriores, cumplir una tarea muy grata, para la cual me temo, empero, que mi pobre capacidad oratoria no sea lo bastante adecuada.
-¡De ninguna manera! -dijo Mr Browne.
-Bien, sea como sea, s贸lo puedo pedirles esta noche que tomen lo dicho por lo hecho y me presten su amable atenci贸n por unos minutos, mientras trato de expresarles con palabras cu谩les son mis sentimientos en esta ocasi贸n.
-Damas y caballeros. No es la primera vez que nos reunimos bajo este hospitalario techo, alrededor de esta mesa hospitalaria. No es la primera vez que hemos sido recipendarios -o, quiz谩 sea mejor decir, v铆ctimas- de la hospitalidad de ciertas almas bondadosas.
Dibuj贸 un c铆rculo en el aire con sus brazos y se detuvo. Todo el mundo ri贸 o sonri贸 hacia t铆a Kate, t铆a Julia y Mary Jane, que se ruborizaron de j煤bilo. Gabriel prosigui贸 con m谩s audacia:
-Cada a帽o que pasa siento con mayor fuerza que nuestro pa铆s no tiene otra tradici贸n que honre mejor y guarde con mayor celo que la hospitalidad. Es una tradici贸n 煤nica en mi experiencia (y he visitado no pocos pa铆ses extranjeros) entre las naciones modernas. Algunos dir铆an, tal vez, que es m谩s defecto que virtud de cual vanagloriarse. Pero aun si concedi茅ramos que fuera as铆, se trata, a mi entender, de un defecto principesco, que conf铆o que cultivemos por muchos a帽os por venir. De una cosa, por lo menos, estoy seguro. Mientras este techo cobije a las buenas almas mencionadas antes -y deseo desde el fondo de mi coraz贸n que sea as铆 por muchos a帽os y muchos a帽os por transcurrir- la tradici贸n de genuina, c谩lidamente entra帽able, y cort茅s hospitalidad irlandesa, que nuestros antepasados nos legaron y que a su vez debemos legar a nuestros descendientes, palpita todav铆a entre nosotros.
Un cordial murmullo de asenso corri贸 por la mesa. Le pas贸 por la mente a Gabriel que Miss Ivors no estaba presente y que se hab铆a ido con descortes铆a: y dijo con confianza en s铆 mismo:
-Damas y caballeros. -Una nueva generaci贸n crece en nuestro seno, una generaci贸n motivada por ideales nuevos y nuevos principios. Es 茅sta seria y entusiasta de estos nuevos ideales, y su entusiasmo, aun si est谩 mal enderezado, es, creo, eminentemente sincero. Pero vivimos en tiempos esc茅pticos y, si se me permite la frase, en una era acuciada por las ideas: y a veces me temo que esta nueva generaci贸n, educada o hipereducada como es, carecer谩 de aquellas cualidades de humanidad, de hospitalidad, de generoso humor que pertenecen a otros tiempos. Escuchando esta noche los nombres de esos grandes cantantes del pasado me pareci贸, debo confesarlo, que vivimos en 茅poca menos espaciosa. Aqu茅llos se pueden llamar, sin exageraci贸n, d铆as espaciosos: y si desaparecieron sin ser recordados esperemos que, por lo menos, en reuniones como 茅sta todav铆a hablaremos de ellos con orgullo y con afecto, que todav铆a atesoraremos en nuestros corazones la memoria de los grandes, muertos y desaparecidos, pero cuya fama el mundo no dejar谩 perecer nunca de motu propio.
-¡As铆 se habla! -dijo Mr Browne bien alto.
-Pero como todo -continu贸 Gabriel, su voz cobrando una entonaci贸n m谩s suave-, siempre hay en reuniones como 茅sta pensamientos tristes que vendr谩n a nuestra mente: recuerdos del pasado, de nuestra juventud, de los cambios, de esas caras ausentes que echamos de menos esta noche. Nuestro paso por la vida est谩 cubierto de tales memorias dolorosas: y si fu茅ramos a cavilar sobre las mismas, no tendr铆amos 谩nimo para continuar valerosos nuestra vida cotidiana entre los seres vivientes. Tenemos todos deberes vivos y vivos afectos que reclaman, y con raz贸n reclaman, nuestro esfuerzo m谩s constante y tenaz.
-Por tanto, no me demorar茅 en el pasado. No permitir茅 que ninguna l煤gubre reflexi贸n moralizante se entrometa entre nos esta noche. Aqu铆 estamos reunidos por un breve instante extra铆do de los trajines y el ajetreo de la rutina cotidiana. Nos encontramos aqu铆 como amigos, en esp铆ritu de fraternal compa帽erismo, como colegas, y hasta cierto punto en verdadero esp铆ritu de camarader铆a, y como invitados de -¿c贸mo podr铆a llamarlas?- las Tres Gracias de la vida musical de Dubl铆n.
La concurrencia rompi贸 en risas y aplausos ante tal salida. T铆a Julia pidi贸 en vano a cada una de sus vecinas, por turno, que le dijeran lo que Gabriel hab铆a dicho.
-Dice que somos las Tres Gracias, t铆a Julia -dijo Mary Jane.
La t铆a Julia no entendi贸, pero levant贸 la vista, sonriendo, a Gabriel, que prosigui贸 en la misma vena:
-Damas y caballeros.
-No intento interpretar esta noche el papel que Paris jug贸 en otra ocasi贸n. No intentar茅 siquiera escoger entre ellas. La tarea ser铆a ingrata y fuera del alcance de mis pobres aptitudes, porque cuando las contemplo una a una, bien sea nuestra anfitriona mayor, cuyo buen coraz贸n, demasiado buen coraz贸n, se ha convertido en estribillo de todos aquellos que la conocen, o su hermana, que parece poseer el don de la eterna juventud y cuyo canto deb铆a haber constituido una sorpresa y una revelaci贸n para nosotros esta noche, o, last but not least, cuando considero a nuestra anfitriona m谩s joven, talentosa, animosa y trabajadora, la mejor de las sobrinas, confieso, damas y caballeros, que no sabr铆a a qui茅n conceder el premio.
Gabriel ech贸 una ojeada a sus t铆as y viendo la enorme sonrisa en la cara de t铆a Julia y las l谩grimas que brotaron a los ojos de t铆a Kate, se apresur贸 a terminar. Levant贸 su copa de oporto, galante, mientras los concurrentes palpaban sus respectivas copas expectantes, y dijo en alta voz:
-Brindemos por las tres juntas. Bebamos a su salud, prosperidad, larga vida, felicidad y ventura, y ojal谩 que contin煤en por largo tiempo manteniendo la posici贸n soberana y bien ganada que tienen en nuestra profesi贸n, y la honfa y el afecto que se han ganado en nuestros corazones.
Todos los hu茅spedes se levantaron, copa en mano, y, volvi茅ndose a las tres damas sentadas, cantaron al un铆sono, con Mr Browne como gu铆a:
Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
Nadie lo puede negar!
La t铆a Kate hac铆a uso descarado de su pa帽uelo y hasta t铆a Julia parec铆a conmovida. Freddy Malins marcaba el tiempo con su tenedor de postre y los cantantes se miraron cara a cara, como en melodioso concurso, mientras cantaban con 茅nfasis:
A menos que diga mentira,
A menos que diga mentira…
Y volvi茅ndose una vez m谩s a sus anfitrionas, entonaron:
Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
Nadie lo puede negar!
La aclamaci贸n que sigui贸 fue acogida m谩s all谩 de las puertas del comedor por muchos otros invitados y renovada una y otra vez, con Freddy Malins de tambor mayor, tenedor en ristre.
…………………………………………………………………………………………………..
El fr铆o y penetrante aire de la madrugada se col贸 en el sal贸n en que esperaban, por lo que t铆a Kate dijo:
-Que alguien cierre esa puerta. Mrs Malins se va a morir de fr铆o.
-Browne est谩 fuera, t铆a Kate -dijo Mary Jane.
-Browne est谩 en todas partes -dijo t铆a Kate, bajando la voz.
Mary Jane se ri贸 de su tono de voz.
-¡Vaya -dijo socarrona- si es atento!
-Se nos ha expandido como el gas -dijo la t铆a Kate en el mismo tono- por todas las Navidades.
Se ri贸 de buena gana esta vez y a帽adi贸 enseguida:
-Pero dile que entre, Mary Jane, y cierra la puerta. Ojal谩 que no me haya o铆do.
En ese momento se abri贸 la puerta del zagu谩n y del portal y entr贸 Mr Browne desternill谩ndose de risa. Vest铆a un largo gab谩n verde con cuello y pu帽os de imitaci贸n de astrak谩n, y llevaba en la cabeza un gorro de piel ovalado. Se帽al贸 para el malec贸n nevado de donde ven铆a un sonido penetrante de silbidos.
-Teddy va a hacer venir todos los coches de Dubl铆n -dijo.
Gabriel avanz贸 del desv谩n detr谩s de la oficina, luchando por meterse en su abrigo y, mirando alrededor, dijo:
-¿No baj贸 ya Gretta?
-Est谩 recogiendo sus cosas, Gabriel -dijo t铆a Kate.
-¿Qui茅n toca arriba? -pregunt贸 Gabriel.
-Nadie. Todos se han ido ya.
-Oh, no, t铆a Kate -dijo Mary Jane-. Bartell D’Arcy y Miss O’Callaghan no se han ido todav铆a.
-En todo caso, alguien teclea al piano –dijo Gabriel. Mary Jane mir贸 a Gabriel y a Mr Browne y dijo, tiritando:
-Me da fr铆o nada m谩s de mirarlos a ustedes, caballeros, abrigados as铆 como est谩n. No me gustar铆a nada tener que hacer el viaje que van a hacer ustedes de vuelta a casa a esta hora.
-Nada me gustar铆a m谩s en este momento -dijo Mr Browne, atl茅tico- que una crujiente caminata por el campo o una carrera con un buen trot贸n entre las varas.
-Antes ten铆amos un caballo muy bueno y coche en casa -dijo t铆a Julia con tristeza.
-El Nunca Olvidado Johnny -dijo Mary Jane, riendo. La t铆a Kate y Gabriel rieron tambi茅n.
-Vaya, ¿y qu茅 ten铆a de extraordinario este Johnny? -pregunt贸 Mr Browne.
-El Muy Malogrado Patrick Morkan, es decir, nuestro abuelo -explic贸 Gabriel-, com煤nmente conocido en su edad provecta como el caballero viejo, fabricaba cola.
-Ah, vamos, Gabriel -dijo t铆a Kate, riendo-, ten铆a una f谩brica de almid贸n.
-Bien, almid贸n o cola –dijo Gabriel-, el caballero viejo ten铆a un caballo que respond铆a al nombre de Johnny. Y Johnny trabajaba en el molino del caballero viejo, dando vueltas y vueltas a la noria. Hasta aqu铆 todo va bien, pero ahora viene la tr谩gica historia de Johnny. Un buen d铆a se le ocurri贸 al caballero viejo ir a dar un paseo en coche con la gente de post铆n a ver una parada en el bosque.
-El Se帽or tenga piedad de su alma -dijo t铆a Kate, compasiva.
-Am茅n -dijo Gabriel-. As铆, el caballero viejo, como dije, le puso el arn茅s a Johnny y se puso 茅l su mejor chistera y su mejor cuello duro y sac贸 su coche con mucho estilo de su mansi贸n ancestral cerca del callej贸n de Back Lane, si no me equivoco.
Todos rieron, hasta Mrs Malins, de la manera en que Gabriel lo dijo y t铆a Kate dijo:
-Oh, vaya, Gabriel, que no viv铆a en Back Lane, vamos. Nada m谩s que ten铆a all铆 su f谩brica.
-De la casa de sus antepasados -continu贸 Gabriel- sali贸, pues, el coche tirado por Johnny. Y todo iba de lo m谩s bien hasta que Johnny vio la estatua de Guillermito: sea porque se enamorara del caballo de Guillermito el rey o porque se creyera que estaba de regreso en la f谩brica, la cuesti贸n es que empez贸 a darle vueltas a la estatua.
Gabriel trot贸 en c铆rculos con sus galochas en medio de la carcajada general.
-Vueltas y vueltas le daba –dijo Gabriel-, hasta que el caballero viejo, que era un viejo caballero muy pomposo, se indign贸 terriblemente. ¡Vamos, se帽or! ¿Pero qu茅 es eso de se帽or? ¡Johnny! ¡Johnny! ¡Extra帽o comportamiento! ¡No comprendo a este caballo!
Las risotadas que siguieron a la interpretaci贸n que Gabriel dio al incidente quedaron interrumpidas por un resonante golpe en la puerta del zagu谩n. Mary Jane corri贸 a abrirla para dejar entrar a Freddy Malins, quien, con el sombrero bien echado hacia atr谩s en la cabeza y los hombros encogidos de fr铆o, soltaba vapor despu茅s de semejante esfuerzo.
-No consegu铆 m谩s que un coche -dijo.
-Bueno, encontraremos nosotros otro por el malec贸n -dijo Gabriel.
-S铆 -dijo t铆a Kate-. Lo mejor es evitar que Mrs Malins se quede ah铆 parada en la corriente.
Su hijo y Mr Browne ayudaron a Mrs Malins a bajar el quicio de la puerta y, despu茅s de muchas maniobras, la alzaron hasta el coche. Freddy Malins se encaram贸 detr谩s de ella y estuvo mucho tiempo coloc谩ndola en su asiento, ayudado por los consejos de Mr Browne. Por fin se acomod贸 ella y Freddy Malins invit贸 a Mr Browne a subir al coche. Se oy贸 una conversaci贸n confusa y despu茅s Mr Browne entr贸 al coche. El cochero se arregl贸 la manta sobre el regazo y se inclin贸 a preguntar la direcci贸n. La confusi贸n se hizo mayor y Freddy Malins y Mr Browne, sacando cada uno la cabeza por la ventanilla, dirigieron al cochero en direcciones distintas. El problema era saber d贸nde en el camino hab铆a que dejar a Mr Browne, y t铆a Kate, t铆a Julia y Mary Jane contribu铆an a la discusi贸n desde el portal con direcciones cruzadas y contradicciones y carcajadas. En cuanto a Freddy Malins, no pod铆a hablar por la risa. Sacaba la cabeza de vez en cuando por la ventanilla, con mucho riesgo de perder el sombrero, y luego le contaba a su madre c贸mo iba la discusi贸n, hasta que, finalmente, Mr Browne le dio un grito al confundido cochero por sobre el ruido de las risas.
-¿Sabe usted d贸nde queda Trinity College?
-S铆, se帽or -dijo el cochero.
-Muy bien, siga entonces derecho hasta dar contra la portada de Trinity College -dijo Mr Browne- y ya le dir茅 yo por d贸nde coger. ¿Entiende ahora?
-S铆, se帽or -dijo el cochero-. Volando hasta Trinity College.
-Entendido, se帽or -grit贸 el cochero.
Unos foetazos al caballo y el coche traquete贸 por la orilla del r铆o en medio de un coro de risas y de adioses.
Gabriel no hab铆a salido a la puerta con los dem谩s. Se qued贸 en la oscuridad del zagu谩n mirando hacia la escalera. Hab铆a una mujer parada en lo alto del primer descanso, en las sombras tambi茅n. No pod铆a verle a ella la cara, pero pod铆a ver retazos del vestido, color terracota y salm贸n, que la oscuridad hac铆a parecer blanco y negro. Era su mujer. Se apoyaba en la baranda, oyendo algo. Gabriel se sorprendi贸 de su inmovilidad y aguz贸 el o铆do para o铆r 茅l tambi茅n. Pero no pod铆a o铆r m谩s que el ruido de las risas y de la discusi贸n del portal, unos pocos acordes del piano y las notas de una canci贸n cantada por un hombre.
Se qued贸 inm贸vil en el zagu谩n sombr铆o, tratando de captar la canci贸n que cantaba aquella voz y escudri帽ando a su mujer. Hab铆a misterio y gracia en su pose, como si fuera ella
el s铆mbolo de algo. Se pregunt贸 de qu茅 pod铆a ser s铆mbolo una mujer de pie en una escalera oyendo una melod铆a lejana. Si fuera pintor la pintar铆a en esa misma posici贸n. El sombrero de fieltro azul destacar铆a el bronce de su pelo recortado en la sombra y los fragmentos oscuros de su traje pondr铆an las partes claras de relieve. Lejana Melod铆a llamar铆a 茅l al cuadro, si fuera pintor.
Cerraron la puerta del frente y t铆a Kate, t铆a Julia y Mary Jane regresaron al zagu谩n riendo todav铆a.
-¡Vaya con ese Freddy, es terrible! -dijo Mary Jane-. ¡Terrible!
Gabriel no dijo nada sino que se帽al贸 hacia las escaleras, hacia donde estaba parada su mujer. Ahora, con la puerta del zagu谩n cerrada, se pod铆an o铆r m谩s claros la voz y el piano. Gabriel levant贸 la mano en se帽al de silencio. La canci贸n parec铆a estar en el antiguo tono irland茅s y el cantante no parec铆a estar seguro de la letra ni de su voz. La voz, que sonaba pla帽idera por la distancia y la ronquera del cantante, subrayaba d茅bilmente las cadencias de aquella canci贸n con palabras que expresaban tanto dolor:
Oh, la lluvia cae sobre mi pesado pelo
Y el roc铆o moja la piel de mi cara,
Mi hijo yace aterido de fr铆o…
-Ay -exclam贸 Mary Jane-. Es Bartell D’Arcy cantando y no quiso cantar en toda la noche. Ah, voy a hacerle que cante una canci贸n antes de irse.
-Oh, s铆, Mary Jane -dijo t铆a Kate.
Mary Jane pas贸 rozando a los otros y corri贸 hacia la escalera, pero antes de llegar all谩 la m煤sica dej贸 de o铆rse y alguien cerr贸 el piano de un golpe.
-¡Ay, qu茅 pena! -se lament贸-. ¿Ya viene para abajo, Gretta?
Gabriel oy贸 a su mujer decir que s铆 y la vio bajar hacia ellos. Unos pasos detr谩s ven铆an Bartell D’Arcy y Miss O’Callaghan.
-¡Oh, Mr D’Arcy -exclam贸 Mary Jane-, muy ego铆sta de su parte acabar as铆 de pronto cuando todos le o铆amos arrobados!
-He estado detr谩s de 茅l toda la noche -dijo Miss O’Callaghan- y tambi茅n Mrs Conroy, y nos dec铆a que tiene un catarro terrible y no pod铆a cantar.
-Ah, Mr D’Arcy -dijo la t铆a Kate-, mire que decir tal embuste.
-¿No se dan cuenta de que estoy m谩s ronco que una rana? -dijo Mr D’Arcy grosero.
Entr贸 apurado al cuarto de desahogo a ponerse su abrigo. Los dem谩s, pasmados ante su ruda respuesta, no hallaban qu茅 decir. T铆a Kate encogi贸 las cejas y les hizo se帽as a todos de que olvidaran el asunto. Mr D’Arcy, ce帽udo, se abrigaba la garganta con cuidado.
-Es el tiempo -dijo t铆a Julia, luego de una pausa.
-S铆, todo el mundo tiene catarro -dijo t铆a Kate enseguida-, todo el mundo.
-Dicen -dijo Mary Jane- que no hab铆amos tenido una nevada as铆 en treinta a帽os; y le铆 esta ma帽ana en los peri贸dicos que nieva en toda Irlanda.
-A m铆 me gusta ver la nieve -dijo t铆a Julia con tristeza.
-Y a m铆 -dijo Miss O’Callaghan-. Yo creo que las Navidades no son nunca verdaderas Navidades si el suelo no est谩 nevado.
-Pero al pobre de Mr D’Arcy no le gusta la nieve -dijo t铆a Kate sonriente.
Mr D’Arcy sali贸 del cuarto de desahogo todo abrigado y abotonado y en son de arrepentimiento les hizo la historia de su catarro. Cada uno le dio un consejo diferente, le dijeron que era una verdadera l谩stima y lo urgieron a que se cuidara mucho la garganta del sereno. Gabriel miraba a su mujer, que no se mezcl贸 en la conversaci贸n. Estaba de pie debajo del reverbero y la llama del gas iluminaba el vivo bronce de su pelo, que 茅l hab铆a visto a ella secar al fuego unos d铆as antes. Segu铆a en su actitud y parec铆a no estar consciente de la conversaci贸n a su alrededor. Finalmente, se volvi贸 y Gabriel pudo ver que ten铆a las mejillas coloradas y los ojos brillosos. Una s煤bita marca de alegr铆a inund贸 su coraz贸n.
-Mr D’Arcy -dijo ella-, ¿cu谩l es el nombre de esa canci贸n que usted cant贸?
-Se llama La joven de Aughrim -dijo Mr D’Arcy-, pero no la puedo recordar muy bien. ¿Por qu茅? ¿La conoce?
-La joven de Aughrim -repiti贸 ella-. No pod铆a recordar el nombre.
-Linda melod铆a -dijo Mary Jane-. Qu茅 pena que no estuviera usted en voz esta noche.
-Vamos, Mary Jane -dijo t铆a Kate-. No importunes a Mr D’Arcy. No quiero que se vaya a poner bravo.
Viendo que estaban todos listos para irse comenz贸 a pastorearlos hacia la puerta donde se despidieron:
-Bueno, t铆a Kate, buenas noches y gracias por la velada tan grata.
-Buenas noches, Gabriel. ¡Buenas noches, Gretta! -Buenas noches, t铆a Kate, y un mill贸n de gracias. Buenas noches, t铆a Julia.
-Ah, buenas noches, Gretta, no te hab铆a visto.
-Buenas noches, Mr D’Arcy. Buenas noches, Miss O’Callaghan.
-Buenas noches, Miss Morkan. -Buenas noches, de nuevo-. Buenas noches a todos. Vayan con Dios. -Buenas noches. Buenas noches.
Todav铆a era oscuro. Una palidez cetrina se cern铆a sobre las casas y el r铆o; y el cielo parec铆a estar bajando. El suelo se hac铆a fango bajo los pies y s贸lo quedaban retazos de nieve sobre los techos, en el muro del malec贸n y en las barandas de los alrededores. Las l谩mparas ard铆an todav铆a con un fulgor rojo en el aire l贸brego y, al otro lado del r铆o, el palacio de las Cuatro Cortes se ergu铆a amenazador contra el cielo oneroso.
Caminaba ella delante de 茅l con Mr Bartell D’Arcy, sus zapatos en un cartucho bajo el brazo, sus manos levantando la falda del fango. No ten铆a ya una pose graciosa, pero los ojos de
Gabriel brillaban de felicidad. La sangre golpeaba en sus venas; y los pensamientos se amotinaban en su cerebro: orgullosos, regocijados, tiernos, valerosos.
Caminaba ella delante tan leve y tan erguida que 茅l dese贸 caerle detr谩s sin ruido, tomarla por los hombros y decirle al o铆do algo tonto y afectuoso. Le parec铆a tan fr谩gil que quer铆a
defenderla de cualquier cosa para luego quedarse solo con ella. Momentos de su vida secreta juntos fulguraron como estrellas en su memoria. Junto a la taza de t茅 del desayuno, un sobre color heliotropo que 茅l acariciaba con su mano. Los p谩jaros piaban en la enredadera y la luminosa telara帽a del cortinaje cabrilleaba sobr茅 el piso: era tan feliz que no pod铆a probar bocado. Estaban en la concurrida plataforma y 茅l deslizaba un billete en la c谩lida palma rec贸ndita de su mano enguantada. Estaba de pie con ella a la intemperie, mirando por entre los barrotes de una ventana a un hombre haciendo botellas ante un horno rugiente. Hac铆a mucho fr铆o. Su cara, reluciente por el viento helado, estaba muy cerca de la suya; y de pronto ella le llam贸 la atenci贸n al hombre del horno:
-Se帽or, ¿ese fuego, est谩 caliente?
Pero el hombre no la pudo o铆r con el ruido que hac铆a la fornalla. M谩s val铆a as铆.
Con toda seguridad le habr铆a respondido groseramente.
Una ola de una alegr铆a m谩s tierna escap贸 de su coraz贸n para correrle en c谩lido torrente por las arterias. Como el tierno calor de las estrellas, rompieron a iluminar su memoria momentos de su vida juntos que nadie conoc铆a, que nadie sabr铆a nunca. Anhelaba hacerle recordar a ella todos esos momentos, para hacerle olvidar su aburrida existencia juntos y que rememorara solamente los momentos de 茅xtasis. Ya que los a帽os, sent铆a 茅l, no hab铆an colmado la sed de su alma o la de ella. Los hijos sus escritos, su labor de ama de casa no hab铆an apagado el tierno fuego de sus almas. En una carta que le escribi贸 por aquel tiempo, 茅l le dec铆a: ¿Por qu茅 palabras como 茅stas me parecen tan sosas y fr铆as? ¿Es porque no hay una palabra tan tierna que sea capaz de ser tu nombre?
Como una melod铆a lejana estas palabras que hab铆a escrito a帽os atr谩s le llegaron desde el pasado. Deseaba estar a solas con ella. Cuando todos se hubieran ido, cuando estuvieran solos 茅l y ella en la habitaci贸n del hotel, entonces estar铆an juntos y a solas. La llamar铆a quedamente:
-¡Gretta!
Tal vez no lo oyera ella enseguida: se estar铆a desnudando. Luego, algo en su voz llamar铆a su atenci贸n. Se volver铆a ella a mirarlo… En la esquina de Winetavern Street encontraron un coche. Se alegr贸 de que hiciera tanto ruido, pues ahorraba la conversaci贸n. Ella miraba por la ventana y parec铆a cansada. Los otros hablaban apenas, se帽alando a un edificio o a una calle. El caballo trotaba desganado bajo el cielo sombr铆o, tirando de la caja crujiente tras sus cascos, y Gabriel estaba de nuevo en un coche con ella, galopando a alcanzar el barco, galopando hacia su luna de miel.
Cuando el coche atravesaba el puente de O’Connell, Miss Callaghan dijo:
-Dicen que nadie cruza el puente de O’Donnell sin ver un caballo blanco.
-Yo veo un hombre blanco esta vez -dijo Gabriel.
-¿D贸nde? -pregunt贸 Mr Bartell D’Arcy.
Gabriel se帽al贸 a la estatua, en la que hab铆a parches de nieve. Luego, la salud贸 familiarmente y levant贸 la mano.
-Buenas noches, Daniel -dijo, alegre.
Cuando el coche arrim贸 ante el hotel, Gabriel salt贸 afuera y, a pesar de las protestas de Mr Bartell D’Arcy, pag贸 al cochero. Le dio al hombre un chel铆n por el viaje. El hombre lo salud贸 y dijo:
-Pr贸spero A帽o Nuevo, se帽or.
-Igualmente -dijo Gabriel, cordial.
Ella se apoy贸 un instante en su brazo al salir del coche, y luego, de pie en la acera, d谩ndoles las buenas noches a los dem谩s. Se sujetaba leve a su brazo, tan levemente como cuando bail贸 con 茅l antes. Se sinti贸 orgulloso y feliz entonces: feliz de estar con ella, orgulloso de su gracia y su porte se帽orial. Pero ahora, despu茅s de reavivar tantos recuerdos, el primer contacto con su cuerpo, armonioso y extra帽o y perfumado, produjo en 茅l un agudo latido de lujuria. Aprovech谩ndose de su silencio, le apret贸 el brazo a su costado; y al detenerse a la puerta del hotel, sinti贸 que se hab铆an escapado a sus vidas y a sus deberes, escapado de la familia y de los amigos, y se hab铆an fugado juntos, sus corazones vibrantes y salvajes, en busca de una aventura nueva.
Un viejo dormitaba en uno de los grandes sillones de orejas en el vest铆bulo. Encendi贸 茅l una vela en la oficina y los precedi贸 escaleras arriba. Lo siguieron en silencio, sus pies pisando sordamente los mullidos escalones alfombrados. Ella sub铆a detr谩s del portero, su cabeza doblegada por el ascenso, sus fr谩giles hombros encorvados como por una pesada carga, su falda entall谩ndola ce帽ida. Echar铆a los brazos alrededor de sus caderas para obligarla a detenerse, pues le temblaban de deseo de poseerla y solamente la presi贸n de sus u帽as contra la palma de su mano manten铆a bajo control el impulso de su cuerpo. El portero se par贸 en las escaleras a enderezar la vela que chorreaba. Se detuvieron detr谩s de 茅l. En el silencio, Gabriel pod铆a o铆r la esperma derretida caer goteando en la palmatoria, tanto como el latido del coraz贸n golpeando sus costillas.
El portero los condujo a lo largo de un pasillo y abri贸 una puerta. Luego, puso su inestable vela en una mesita de noche y pregunt贸 que a qu茅 hora quer铆an los se帽ores despertarse.
-A las ocho -dijo Gabriel.
El portero se帽al贸 para el bot贸n de la luz y empez贸 a murmurar una disculpa, pero Gabriel lo detuvo.
-No queremos luz. Hay bastante con la de la calle. Y yo dir铆a -dijo, se帽alando la vela- que puede usted, amigo m铆o, librarnos de tan orondo instrumento.
El portero carg贸 con la vela otra vez, pero sin prisa, ya que se hab铆a sorprendido de idea tan novedosa. Luego, murmur贸 las buenas noches y sali贸. Gabriel pas贸 el pestillo.
La fantasmal luz del alumbrado p煤blico iluminaba el tramo de la ventana a la puerta. Gabriel arroj贸 abrigo y sombrero sobre un sof谩 y cruz贸 el cuarto en direcci贸n a la ventana. Mir贸 abajo hacia la calle para calmar su emoci贸n un tanto. Luego, se volvi贸 a apoyarse en un armario, de espaldas a la luz. Ella se hab铆a quitado el sombrero y la capa y se par贸 delante de un gran espejo movible a zafarse el vestido. Gabriel se detuvo a mirarla un momento y despu茅s dijo:
-¡Gretta!
Se volvi贸 ella lentamente del espejo y atraves贸 el cuadro de luz para acercarse. Su cara luc铆a tan seria y fatigada que las palabras no acertaban a salir de los labios de Gabriel. No, no era el momento todav铆a.
-Se te ve cansada -dijo 茅l.
-Lo estoy un poco -respondi贸 ella.
-¿No te sientes enferma ni d茅bil?
-No, cansada: eso es todo.
Se fue a la ventana y se qued贸 all谩, mirando para fuera. Gabriel esper贸 de nuevo y luego, temiendo que lo ganara la indecisi贸n, dijo, abrupto:
-¡Por cierto, Gretta!
-¿Qu茅 es?
-¿T煤 conoces a ese pobre tipo Malins? -dijo r谩pido.
-S铆. ¿Qu茅 le pasa?
-Nada, que el pobre es de lo m谩s decente, despu茅s de todo -sigui贸 Gabriel con voz falsa-. Me devolvi贸 el soberano que le prest茅 y no me lo esperaba, en absoluto. Es una pena que no se aleje de ese tipo Browne, pues no es mala persona.
Temblaba, molesto. ¿Por qu茅 parec铆a ella tan distra铆da? No sab铆a por d贸nde empezar. ¿Estar铆a molesta, ella tambi茅n, por algo? ¡Si solamente se volviera o viniera hacia 茅l por s铆 misma! Tomarla as铆 como estaba ser铆a bestial. No, ten铆a que notar un poco de pasi贸n en sus ojos. Deseaba dominar su extra帽o estado de 谩nimo.
-¿Cu谩ndo le prestaste la libra? -pregunt贸 ella despu茅s de una pausa.
Gabriel luch贸 por contenerse y no arrancar a maldecir brutalmente al est煤pido de Malins y su libra. Anhelaba gritarle desde el fondo de su alma, estrujar su cuerpo contra el suyo, dominarla. Pero dijo:
-Oh, por Navidad, cuando abri贸 su tiendecita de tarjetas de felicitaciones en Henry Street.
Sufr铆a tal fiebre de rabia y de deseo que no la oy贸 acercarse desde la ventana.
Ella se detuvo frente a 茅l un instante, mir谩ndolo de modo extra帽o. Luego, poni茅ndose de pronto en puntillas y posando sus manos, leve, en sus hombros, lo bes贸.
-Eres tan generoso, Gabriel -dijo.
Gabriel, temblando de deleite ante su beso s煤bito y la rareza de su frase, le puso una mano sobre el pelo y empez贸 a alis谩rselo hacia atr谩s, toc谩ndolo apenas con los dedos. El lavado se lo hab铆a puesto fino y brillante. Su coraz贸n desbordaba de felicidad. Justo cuando lo deseaba hab铆a venido ella por su propia voluntad. Quiz谩 sus pensamientos corr铆an acordes con los suyos. Quiz谩s ella sintiera el impetuoso deseo que 茅l guardaba dentro y su estado de 谩nimo imperioso la hab铆a subyugado. Ahora que ella se le hab铆a entregado tan f谩cilmente se pregunt贸 茅l por qu茅 hab铆a sido tan pusil谩nime.
Se puso en pie, sosteniendo su cabeza entre las manos. Luego, deslizando un brazo r谩pidamente alrededor de su cuerpo y atray茅ndola hacia 茅l, dijo en voz baja:
-Gretta querida, ¿en qu茅 piensas?
No respondi贸 ella ni cedi贸 a su abrazo por entero. De nuevo habl贸 茅l, quedo:
-Dime qu茅 es, Gretta. Creo que s茅 lo que te pasa. ¿Lo s茅?
No respondi贸 ella enseguida. Luego, dijo en un ataque de llanto:
-Oh, pienso en esa canci贸n, La joven de Aughrim.
Se solt贸 de su abrazo y corri贸 hasta la cama y, tirando los brazos por sobre la baranda, escondi贸 la cara. Gabriel se qued贸 paralizado de asombro un momento y luego la sigui贸. Cuando cruz贸 frente al espejo giratorio se vio de lleno: el ancho pecho de la camisa, relleno, la cara cuya expresi贸n siempre lo intrigaba cuando la ve铆a en un espejo y sus relucientes espejuelos de aros de oro. Se detuvo a pocos pasos de ella y le dijo:
-¿Qu茅 ocurre con esa canci贸n? ¿Por qu茅 te hace llorar?
Ella levant贸 la cabeza de entre los brazos y se sec贸 los ojos con el dorso de la mano, como un ni帽o. Una nota m谩s bondadosa de lo que hubiera querido se introdujo en su voz:
-¿Por qu茅, Gretta? -pregunt贸.
-Pienso en una persona que cantaba esa canci贸n hace tiempo.
-¿Y qui茅n es esa persona? -pregunt贸 Gabriel, sonriendo.
-Una persona que yo conoc铆 en Galway cuando viv铆a con mi abuela -dijo ella.
La sonrisa se esfum贸 de la cara de Gabriel. Una rabia sorda le crec铆a de nuevo en el fondo del cerebro y el apagado fuego del deseo empez贸 a quemarle con furia en las venas.
-¿Alguien de quien estuviste enamorada? -pregunt贸 ir贸nicamente.
-Un muchacho que yo conoc铆 -respondi贸 ella-, que se llamaba Michael Furey. Cantaba esa canci贸n, La joven de Aughrim. Era tan delicado.
Gabriel se qued贸 callado. No quer铆a que ella supiera que estaba interesado en su muchacho delicado.
-Tal como si lo estuviera viendo -dijo un momento despu茅s-. ¡Qu茅 ojos ten铆a: grandes, negros! ¡Y qu茅 expresi贸n en ellos…, qu茅 expresi贸n!
-Ah, ¿entonces estabas enamorada de 茅l? -dijo Gabriel.
–Sal铆a con 茅l a pasear -dijo ella-, cuando viv铆a en Galway.
Un pensamiento pas贸 por el cerebro de Gabriel.
-¿Tal vez fuera por eso que quer铆as ir a Galway con esa muchacha Ivors? -dijo fr铆amente.
Ella le mir贸 y le pregunt贸, sorprendida:
-¿Para qu茅?
Sus ojos hicieron que Gabriel sintiera desaz贸n. Encogiendo los hombros dijo:
-¿C贸mo voy a saberlo yo? Para verlo, ¿no?
Retir贸 la mirada para recorrer con los ojos el rayo de luz hasta la ventana.
-El est谩 muerto -dijo ella al rato-. Muri贸 cuando apenas ten铆a diecisiete a帽os. ¿No es terrible morir as铆 tan joven?
-¿Qu茅 era 茅l? -pregunt贸 Gabriel, ir贸nico todav铆a.
-Trabajaba en el gas -dijo ella.
Gabriel se sinti贸 humillado por el fracaso de su iron铆a y ante la evocaci贸n de esta figura de entre los muertos: un muchacho que trabajaba en el gas. Mientras 茅l hab铆a estado lleno de recuerdos de su vida secreta en com煤n, lleno de ternura y deseo, ella lo comparaba mentalmente con el otro. Lo asalt贸 una vergonzante conciencia de s铆 mismo. Se vio como una figura rid铆cula, actuando como recadero de sus t铆as, un nervioso y bienintencionado sentimental, alardeando de orador con los humildes, idealizando hasta su visible lujuria: el lamentable tipo fatuo que hab铆a visto moment谩neamente en el espejo. Instintivamente dio la espalda a la luz, no fuera que ella pudiera ver la verg眉enza que le quemaba el rostro.
Trat贸 de mantener su tono fr铆o, de interrogatorio, pero cuando habl贸 su voz era indiferente y humilde.
-Supongo que estar铆as enamorada de este Michael Furey, Gretta -dijo.
-Me sent铆a muy bien con 茅l entonces -dijo ella.
Su voz sonaba velada y triste. Gabriel, sintiendo ahora lo vano que ser铆a tratar de llevarla m谩s lejos de lo que se propuso, acarici贸 una de sus manos y dijo, 茅l tambi茅n triste:
-¿Y de qu茅 muri贸 tan joven, Gretta? Tuberculoso, supongo.
-Creo que muri贸 por m铆 -respondi贸 ella.
Un terror vago se apoder贸 de Gabriel ante su respuesta, como si, en el momento en que confiaba triunfar, alg煤n ser impalpable y vengativo se abalanzara sobre 茅l, reuniendo las fuerzas de su mundo tenue para ech谩rsele encima. Pero se sacudi贸 libre con un esfuerzo de su raciocinio y continu贸 acarici谩ndole a ella la mano. No la interrog贸 m谩s porque sent铆a que se lo contar铆a ella todo por s铆 misma. Su mano estaba h煤meda y c谩lida: no respond铆a a su caricia, pero 茅l continuaba acarici谩ndola tal como hab铆a acariciado su primera carta aquella ma帽ana de primavera.
-Era en invierno -dijo ella-, como al comienzo del invierno en que yo iba a dejar a mi abuela para venir ac谩 al convento. Y 茅l estaba enfermo siempre en su hospedaje de Galway y no lo dejaban salir y ya le hab铆an escrito a su gente en Oughterard. Estaba deca铆do, dec铆an, o cosa as铆. Nunca supe a derechas.
Hizo una pausa para suspirar.
-El pobre -dijo-. Me ten铆a mucho cari帽o y era tan gentil. Sal铆amos a caminar, t煤 sabes, Gabriel, como hacen en el campo. Hubiera estudiado canto de no haber sido por su salud. Ten铆a muy buena voz, el pobre Michael Furey.
-Bien, ¿y entonces? -pregunt贸 Gabriel.
-Y entonces, cuando vino la hora de dejar yo Galway y venir ac谩 para el convento, 茅l estaba mucho peor y no me dejaban ni ir a verlo, por lo que le escrib铆 una carta dici茅ndole que me iba a Dubl铆n y regresaba en el verano y que esperaba que estuviera mejor para entonces.
Hizo una pausa para controlar su voz y luego sigui贸:
-Entonces, la noche antes de irme, yo estaba en la casa de mi abuela en la Isla de las Monjas, haciendo las maletas, cuando o铆 que tiraban guijarros a la ventana. El cristal estaba tan anegado que no pod铆a ver, por lo que corr铆 abajo as铆 como estaba y sal铆 al patio y all铆 estaba el pobre al final del jard铆n, tiritando.
-¿Y no le dijiste que se fuera para su casa? -pregunt贸 Gabriel.
-Le rogu茅 que regresara enseguida y le dije que se iba a morir con tanta lluvia.
Pero 茅l me dijo que no quer铆a seguir viviendo. ¡Puedo ver sus ojos ah铆 mismo, ah铆 mismo! Estaba parado al final del jard铆n donde hab铆a un 谩rbol.
-¿Y se fue? -pregunt贸 Gabriel.
-S铆, se fue. Y cuando yo no llevaba m谩s que una semana en el convento se muri贸 y lo enterraron en Oughterard, de donde era su familia. ¡Ay, el d铆a que supe que, que se hab铆a muerto!
Se detuvo, ahogada en llanto, y, sobrecogida por la emoci贸n, se tir贸 en la cama bocabajo, a sollozar sobre la colcha. Gabriel sostuvo su mano durante un rato, sin saber qu茅 hacer, y luego, temeroso de entrometerse en su pena, la dej贸 caer gentilmente y se fue, quedo, a la ventana.
Ella dorm铆a profundamente.
Gabriel, apoyado en un codo, mir贸 por un rato y sin resentimiento su pelo revuelto y su boca entreabierta, oyendo su respiraci贸n profunda. De manera que ella tuvo un amor as铆 en la vida: un hombre hab铆a muerto por su causa. Apenas le dol铆a ahora pensar en la pobre parte que 茅l, su marido, hab铆a jugado en su vida. La mir贸 mientras dorm铆a como si ella y 茅l nunca hubieran sido marido y mujer. Sus ojos curiosos se posaron un gran rato en su cara y su pelo: y, mientras pensaba c贸mo habr铆a sido ella entonces, por el tiempo de su primera belleza lozana, una extra帽a y amistosa l谩stima por ella penetr贸 en su alma. No quer铆a decirse a s铆 mismo que ya no era bella, pero sab铆a que su cara no era la cara por la que Michael Furey desafi贸 la muerte.
Quiz谩s ella no le hizo a 茅l todo el cuento. Sus ojos se movieron a la silla sobre la que ella hab铆a tirado algunas de sus ropas. Un cord贸n del corpi帽o colgaba hasta el piso. Una bota se manten铆a en pie, su ca帽a fl谩ccida ca铆da; su compa帽era yac铆a recostada a su lado. Se extra帽贸 ante sus emociones en tropel de una hora atr谩s. ¿De d贸nde proven铆an? De la cena de su t铆a, de su misma arenga idiota, del vino y del baile, de aquella alegr铆a fabricada al dar las buenas noches en el pasillo, del placer de caminar junto al r铆o bajo la nieve. ¡Pobre t铆a Julia! Ella, tambi茅n, ser铆a muy pronto una sombra junto a la sombra de Patrick Morkan y su caballo. Hab铆a atrapado al vuelo aquel aspecto abotargado de su rostro mientras cantaba Ataviada para el casorio. Pronto, quiz谩, se sentar铆a en aquella misma sala, vestido de luto, el negro sombrero de seda sobre las rodillas, las cortinas bajas y la t铆a Kate sentada a su lado, llorando y sopl谩ndose la nariz mientras le contaba de qu茅 manera hab铆a muerto Julia. Buscar铆a 茅l en su cabeza algunas palabras de consuelo, pero no encontrar铆a m谩s que las usuales, in煤tiles y torpes. S铆, s铆: ocurrir谩 muy pronto.
El aire del cuarto le helaba la espalda. Se estir贸 con cuidado bajo las s谩banas y se ech贸 al lado de su esposa. Uno a uno se iban convirtiendo ambos en sombras. Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasi贸n que marchitarse consumido funestamente por la vida. Pens贸 c贸mo la mujer que descansaba a su lado hab铆a evocado en su coraz贸n, durante a帽os, la imagen de los ojos de su amante el d铆a que 茅l le dijo que no quer铆a seguir viviendo.
L谩grimas generosas colmaron los ojos de Gabriel. Nunca hab铆a sentido aquello por ninguna mujer, pero supo que ese sentimiento ten铆a que ser amor. A sus ojos las l谩grimas crecieron en la oscuridad parcial del cuarto y se imagin贸 que ve铆a una figura de hombre, joven, de pie bajo un 谩rbol anegado. Hab铆a otras formas pr贸ximas. Su alma se hab铆a acercado a esa regi贸n donde moran las huestes de los muertos. Estaba consciente, pero no pod铆a aprehender sus aviesas y tenues presencias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el s贸lido mundo en que estos muertos se criaron y vivieron se disolv铆a consumi茅ndose.
Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. So帽oliento vio c贸mo los copos, de plata y de sombras, ca铆an oblicuos hacia las luces. Hab铆a llegado la hora de variar su rumbo al poniente. S铆, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Ca铆a nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, ca铆a suave sobre el m茅gano de Allen y, m谩s al oeste, suave ca铆a sobre las sombr铆as, sediciosas aguas de Shannon. Ca铆a, as铆, en todo el desolado cementerio de la loma donde yac铆a Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma ca铆a lenta en la duermevela al o铆r caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su 煤ltimo ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.
FIN

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