¡Hola, hola! ¡Este hombre baila como un loco!
Lo ha picado la tar谩ntula.
(Todo al rev茅s)
Hace muchos a帽os trab茅 铆ntima amistad con un caballero llamado William Legrand. Descend铆a de una antigua familia protestante y en un tiempo hab铆a disfrutado de gran fortuna, hasta que una serie de desgracias lo redujeron a la pobreza. Para evitar el bochorno que sigue a tales desastres, abandon贸 Nueva Orleans, la ciudad de sus abuelos, y se instal贸 en la isla de Sullivan, cerca de Charleston, en la Carolina del Sur.
Esta isla es muy curiosa. La forma casi por completo la arena del mar y tiene unas tres millas de largo. Su ancho no excede en ning煤n punto de un cuarto de milla. Se encuentra separada de tierra firme por un arroyo apenas perceptible, que se insin煤a en una desolada zona de juncos y limo, residencia favorita de las fojas. Como cabe suponer, la vegetaci贸n es escasa o alcanza muy poca altura. No se ven 谩rboles grandes o peque帽os. Hacia el extremo occidental, donde se halla el fuerte Moultrie y se alzan algunas miserables construcciones habitadas en verano por los que huyen del polvo y la fiebre de Charleston, puede advertirse la presencia del erizado palmito; pero, a excepci贸n de la punta oeste y una franja de playa blanca y dura en la costa, la isla entera se halla cubierta por una densa maleza de array谩n, planta que tanto aprecian los horticultores de Gran Breta帽a. Este arbusto alcanza con frecuencia quince o veinte pies de altura y forma un soto casi impenetrable, a la vez que impregna el aire con su fragancia.
En las m谩s hondas profundidades de este soto, no lejos de la extremidad oriental y m谩s alejada de la isla, Legrand hab铆a construido una peque帽a choza, en la cual viv铆a, y fue all铆 donde, por mera coincidencia, trab茅 relaci贸n con 茅l. Pronto llegamos a intimar, pues la manera de ser de aquel exiliado inspiraba inter茅s y estima. Descubr铆 que pose铆a una excelente educaci贸n y una inteligencia fuera de lo com煤n, pero que lo dominaba la misantrop铆a y estaba sujeto a lamentables alternativas de entusiasmo y melancol铆a. Era due帽o de muchos libros, aunque raras veces los le铆a. Sus principales diversiones consist铆an en la caza y la pesca, o en errar por la playa y los sotos de array谩n buscando conchas o ejemplares entomol贸gicos; su colecci贸n de estos 煤ltimos hubiera suscitado la envidia de un Swammerdamm.
Por lo regular lo acompa帽aba en sus excursiones un viejo negro llamado J煤piter, quien hab铆a sido manumitido por la familia Legrand antes de que empezaran sus reveses, pero que se neg贸, a pesar de amenazas y promesas, a abandonar lo que consideraba su deber, es decir, cuidar celosamente de su joven massa Will. Y no es dif铆cil que los parientes de Legrand, considerando a 茅ste un tanto desequilibrado, hubieran hecho lo necesario para fomentar esa obstinaci贸n en J煤piter, a fin de asegurar la vigilancia y el cuidado de aquel errabundo.
En la latitud de la isla de Sullivan los inviernos son rara vez crudos, y se considera que encender fuego en oto帽o es todo un acontecimiento. Hacia mediados de octubre de 18… hubo, sin embargo, un d铆a notablemente fresco. Poco antes de ponerse el sol me abr铆 paso por los sotos hasta llegar a la choza de mi amigo, a quien no hab铆a visitado desde hac铆a varias semanas; en aquel entonces viv铆a yo en Charleston, situado a nueve millas de la isla, y las facilidades de transporte eran mucho menores que las actuales. Al llegar a la caba帽a golpe茅 a la puerta seg煤n mi costumbre y, como no obtuviera respuesta, busqu茅 la llave donde sab铆a que estaba escondida, abr铆 la puerta y entr茅. Un magn铆fico fuego ard铆a en el hogar. Era aqu茅lla una novedad y no desagradable por cierto. Me quit茅 el abrigo, me instal茅 en un sill贸n cerca de los chispeantes troncos y esper茅 pacientemente el regreso de mis hu茅spedes.
Poco despu茅s de anochecido llegaron a la choza y me saludaron con gran cordialidad. Sonriendo de oreja a oreja, J煤piter se afan贸 en preparar algunas fojas para la cena. Legrand se hallaba en uno de sus accesos —¿qu茅 otro nombre pod铆a darles?— de entusiasmo. Hab铆a encontrado un bivalvo desconocido, que constitu铆a un nuevo g茅nero, y, lo que es m谩s, hab铆a perseguido y cazado con ayuda de J煤piter un scarab忙us que, en su opini贸n, no era todav铆a conocido, y sobre el cual deseaba conocer mi punto de vista a la ma帽ana siguiente.
—¿Y por qu茅 no esta noche misma? —pregunt茅, frot谩ndome las manos ante las llamas, mientras mentalmente enviaba al demonio la entera tribu de los scarab忙i.
—¡Ah, si hubiera sabido que usted estaba aqu铆! —dijo Legrand—. Pero hemos pasado un tiempo sin vernos… ¿C贸mo pod铆a adivinar que vendr铆a a visitarme justamente esta noche? Mientras volv铆a a casa me encontr茅 con el teniente G…, del fuerte, y comet铆 la tonter铆a de prestarle el escarabajo; de manera que hasta ma帽ana por la ma帽ana no podr谩 usted verlo. Qu茅dese a pasar la noche; Jup ir谩 a buscarlo al amanecer. ¡Es la cosa m谩s encantadora de la creaci贸n!
—¿Qu茅? ¿El amanecer?
—¡No, hombre, no! ¡El escarabajo! Su color es de oro brillante, y tiene el tama帽o de una gran nuez de nogal, con dos manchas de negro azabache en un extremo del dorso, y otras dos, algo m谩s grandes, en el otro. Las antenn忙 son…
—¡No tiene nada de esta帽o, massa Will! —interrumpi贸 J煤piter[1]—. Ya le dije mil veces que el bicho es de oro, todo de oro, cada pedazo de oro, afuera y adentro, menos las alas… Nunca vi un bicho m谩s pesado en mi vida.
—Pongamos que as铆 sea, Jup —replic贸 Legrand con mayor vivacidad de lo que a mi entender merec铆a la cosa—. ¿Es 茅sa una raz贸n para que dejes quemarse las aves? El color —agreg贸, volvi茅ndose a m铆— ser铆a suficiente para que la opini贸n de J煤piter no pareciera descabellada. Nunca se ha visto un brillo met谩lico semejante al que emiten los 茅litros… pero ya juzgar谩 por usted mismo ma帽ana. Por el momento, tratar茅 de darle una idea de su forma.
Mientras dec铆a esto fue a sentarse a una mesita, donde hab铆a pluma y tinta, pero no papel. Busc贸 en un caj贸n, sin encontrarlo.
—No importa —dijo al fin—. Esto servir谩.
Y extrajo del bolsillo del chaleco un pedazo de lo que me pareci贸 un pergamino sumamente sucio, sobre el cual procedi贸 a trazar un tosco croquis a pluma. Mientras tanto yo segu铆a en mi asiento junto al fuego, porque a煤n me duraba el fr铆o de afuera. Terminado el dibujo, Legrand me lo alcanz贸 sin levantarse. En momentos en que lo recib铆a oyose un sonoro ladrido, mientras unas patas ara帽aban la puerta. Abriola J煤piter y un gran terranova, propiedad de Legrand, entr贸 a la carrera, me salt贸 a los hombros y me cubri贸 de caricias, retribuyendo lo mucho que yo lo hab铆a mimado en mis anteriores visitas. Cuando hubieron terminado sus cabriolas, mir茅 el papel y, a decir verdad, me qued茅 no poco asombrado de lo que mi amigo acababa de dise帽ar.
—¡Vaya! —dije, luego de examinarlo unos minutos—. Debo reconocer que el escarabajo es realmente extra帽o. Jam谩s vi nada parecido a este animal… como no sea una calavera, a la cual se asemeja m谩s que a cualquier otra cosa.
—¡Una calavera! —repiti贸 Legrand—. ¡Oh, s铆…! En fin, no hay duda de que el dibujo puede tener alg煤n parecido con ella. Las dos manchas negras superiores dan la impresi贸n de ojos, ¿no es verdad?, y las m谩s grandes de la parte inferior forman como una boca…, sin contar que la forma general es ovalada.
—Puede ser —dije—, pero temo que usted no sea muy artista, Legrand. Tendr茅 que esperar a ver personalmente el escarabajo, para darme una idea de su aspecto.
—Tal vez —replic贸 茅l, un tanto picado—. Dibujo pasablemente… o por lo menos deb铆a ser as铆, ya que tuve buenos maestros, y me jacto de no ser un est煤pido.
—Pues en ese caso, querido amigo, est谩 usted bromeando —declar茅—. Esto representa bastante bien un cr谩neo, y hasta me atrever铆a a decir que es un excelente cr谩neo, conforme a las nociones vulgares sobre esa regi贸n anat贸mica, y si su escarabajo se le parece, ha de ser el escarabajo m谩s raro del mundo. Incluso podr铆amos dar origen a una peque帽a superstici贸n llena de atractivo, aprovechando el parecido. Me imagino que usted denominar谩 a su insecto scarab忙us caput hominis, o algo parecido… No faltan nombres semejantes en la historia natural. ¿Pero d贸nde est谩n las antenas de que hablaba usted?
—¡Las antenas! —exclam贸 Legrand, que parec铆a inexplicablemente acalorado—. ¡No puede ser que no distinga las antenas! Las dibuj茅 con tanta claridad como puede v茅rselas en el insecto mismo, y supongo que con eso basta.
—Muy bien, muy bien —repuse—. Admitamos que as铆 lo haya hecho, pero, de todos modos, no las veo.
Y le tend铆 el papel sin m谩s comentarios, para no excitarlo. Me sent铆a sorprendido por el giro que hab铆a tomado nuestro di谩logo, y el malhumor de Legrand me dejaba perplejo; en cuanto al croquis del insecto, estaba bien seguro de que no ten铆a antenas y que el conjunto mostraba marcad铆sima semejanza con la forma general de una calavera.
Legrand tom贸 el papel con aire sumamente malhumorado y se dispon铆a a estrujarlo, sin duda con intenci贸n de arrojarlo al fuego, cuando una ojeada casual al dibujo pareci贸 reclamar intensamente su atenci贸n. Su rostro se puso muy rojo, para pasar un momento m谩s tarde a una extrema palidez. Sin moverse de donde estaba sentado sigui贸 escrutando atentamente el dibujo durante algunos segundos. Levantose por fin y, tomando una buj铆a de la mesa, fue a sentarse en un cofre situado en el rinc贸n m谩s alejado del cuarto. All铆 volvi贸 a examinar ansiosamente el papel, d谩ndole vueltas en todas direcciones. No dijo nada, empero, y su conducta me dej贸 estupefacto, aunque juzgu茅 prudente no acrecentar su malhumor con alg煤n comentario. Poco despu茅s extrajo su cartera del bolsillo de la chaqueta, guard贸 cuidadosamente el papel y meti贸 todo en un pupitre que cerr贸 con llave. Su actitud se hab铆a serenado, pero sin que le quedara nada de su primitivo entusiasmo. Parec铆a, con todo, m谩s absorto que enfurru帽ado. A medida que transcurr铆a la velada se fue perdiendo m谩s y m谩s en su enso帽aci贸n, sin que nada de lo que dije lo arrancara de ella. Era mi intenci贸n pasar la noche en la caba帽a, mas, al ver el estado de 谩nimo de mi hu茅sped, juzgu茅 preferible marcharme. Legrand no trat贸 de retenerme, pero, al despedirse de m铆, me estrech贸 la mano con una cordialidad a煤n m谩s viva que de costumbre.
Hab铆a transcurrido un mes, sin que en ese intervalo volviera a ver a Legrand, cuando su sirviente J煤piter se present贸 en Charleston para hablar conmigo. Jam谩s hab铆a visto al viejo y excelente negro tan desanimado, y tem铆 que mi amigo hubiese sido v铆ctima de alguna desgracia.
—Pues bien, Jup —le dije—, ¿qu茅 ocurre? ¿C贸mo est谩 tu amo?
—A decir verdad, massa, no est谩 tan bien como deber铆a estar.
—¿De veras? ¡Cu谩nto lo siento! ¿Y de qu茅 se queja?
—¡Ah! ¡脡sa es la cosa! No se queja de nada… pero est谩 muy enfermo.
—¿Muy enfermo, J煤piter? ¿Por qu茅 no me lo dijiste en seguida? ¿Est谩 en cama?
—¡No, no est谩! ¡No est谩 en ninguna parte! ¡Eso es lo que me da mala espina, massa! ¡Estoy muy, muy inquieto por el pobre massa Will!
—J煤piter, quisiera entender lo que me est谩s contando. Dices que tu amo est谩 enfermo. ¿No te ha confiado lo que tiene?
—¡Oh, massa, es in煤til romperse la cabeza! Massa Will no dice lo que le pasa… pero entonces, ¿por qu茅 anda as铆, de un lado a otro, con la cabeza baja y los hombros levantados y blanco como las plumas de un ganso? ¿Y por qu茅 est谩 siempre haciendo n煤meros y m谩s n煤meros, y…?
—¿Qu茅 dices que hace, J煤piter?
—N煤meros, massa, y figuras… en una pizarra. Las figuras m谩s raras que he visto. Estoy empezando a asustarme. No le puedo sacar los ojos de encima ni un minuto, pero lo mismo el otro d铆a se me escap贸 antes de la salida del sol y se pas贸 afuera el d铆a entero… Ya hab铆a cortado un buen garrote para darle una paliza a la vuelta, pero no tuve coraje de hacerlo cuando lo vi volver… ¡Ten铆a un aire tan triste!
—¿Eh? ¿C贸mo? ¡Ah, s铆! Mira, J煤piter, creo que no debes mostrarte demasiado severo con el pobre muchacho. No lo azotes, porque no podr铆a soportarlo. Pero dime, ¿no tienes idea de lo que le ha producido esta enfermedad, o m谩s bien este cambio de conducta? ¿Ocurri贸 algo desagradable despu茅s de mi visita?
—No, massa, no pas贸 nada desagradable desde entonces… Me temo que eso pas贸 antes… el mismo d铆a que usted estuvo all谩.
—¿C贸mo? ¿Qu茅 quieres decir?
—Massa… me refiero al bicho… nada m谩s que eso.
—¿El bicho?
—S铆, massa. Estoy seguro de que el bicho de oro ha debido picar a massa Will en la cabeza.
—¿Y qu茅 razones encuentras, J煤piter, para semejante suposici贸n?
—Tiene bastantes pinzas para eso, massa… y tambi茅n boca. Nunca en mi vida vi un bicho m谩s endiablado… Pateaba y mord铆a todo lo que encontraba cerca. Massa Will lo atrap贸 el primero, pero tuvo que soltarlo en seguida… Seguramente fue en ese momento cuando lo pic贸. Tampoco a m铆 me gustaba la boca de ese bicho, y por nada quer铆a agarrarlo con los dedos… Por eso lo envolv铆 con un papel que encontr茅, y adem谩s le puse un pedacito de papel en la boca… As铆 hice.
—¿Y piensas realmente que tu amo fue mordido por el escarabajo, y que eso lo tiene enfermo?
—Yo no pienso nada, massa… Yo s茅. ¿Por qu茅 sue帽a tanto con oro, si no es por la picadura del bicho de oro? Yo he o铆do hablar de esos bichos antes de ahora.
—Pero ¿c贸mo sabes que sue帽a con oro?
—¿Que c贸mo s茅, massa? Pues porque habla en sue帽os… por eso s茅.
—En fin, Jup, puede que tengas raz贸n, pero… ¿a qu茅 afortunada circunstancia debo el honor de tu visita?
—¿C贸mo, massa?
—¿Me traes alg煤n mensaje del se帽or Legrand?
—No, massa. Traigo esta carta —dijo J煤piter, alcanz谩ndome una nota que dec铆a:
Querido…:
¿Por qu茅 hace tanto tiempo que no lo veo? Supongo que no habr谩 cometido la tonter铆a de ofenderse por alguna peque帽a brusquerie de mi parte. Pero no, es demasiado improbable.
Desde la 煤ltima vez que nos vimos he tenido sobrados motivos de inquietud. Hay algo que quiero decirle, pero no s茅 c贸mo, y ni siquiera estoy seguro de si debo dec铆rselo.
En los 煤ltimos d铆as no me he sentido bien, y el bueno de Jup me fastidia hasta m谩s no poder con sus bien intencionadas atenciones.
¿Querr谩 usted creerlo? El otro d铆a prepar贸 un garrote para castigarme por hab茅rmele escapado y pasado el d铆a solo en las colinas de tierra firme. Estoy convencido de que solamente mi rostro demacrado me salv贸 de una paliza.
No he agregado nada nuevo a mi colecci贸n desde nuestro 煤ltimo encuentro.
Si no le ocasiona demasiados inconvenientes, le ruego que venga con J煤piter. Por favor, venga. Quiero verlo esta noche, por un asunto importante. Le aseguro que es de la m谩s alta importancia.
Con todo afecto,
William Legrand.
Hab铆a algo en el tono de la carta que me llen贸 de inquietud. Su estilo difer铆a por completo del de Legrand. ¿En qu茅 estar铆a so帽ando? ¿Qu茅 nueva excentricidad se hab铆a posesionado de su excitable cerebro? ¿Qu茅 asunto «de la m谩s alta importancia» pod铆a tener entre manos? Las noticias que de 茅l me daba J煤piter no auguraban nada bueno. Tem铆 que el continuo peso del infortunio hubiera terminado por desequilibrar del todo la raz贸n de mi amigo. Por eso, sin un segundo de vacilaci贸n, me prepar茅 para acompa帽ar al negro.
Llegados al muelle vi que en el fondo del bote donde embarcar铆amos hab铆a una guada帽a y tres palas, todas ellas nuevas.
—¿Qu茅 significa esto, Jup? —pregunt茅.
—Eso, massa, es una guada帽a y tres palas.
—Evidentemente. Pero ¿qu茅 hacen aqu铆?
—Son la guada帽a y las palas que massa Will me hizo comprar en la ciudad, y maldito si no han costado una cantidad de dinero.
—Pero, dime, en nombre de todos los misterios: ¿qu茅 es lo que va a hacer tu massa Will con guada帽as y palas?
—No me pregunte lo que no s茅, massa, pero que el diablo me lleve si massa Will sabe m谩s que yo. Todo esto es por culpa del bicho.
Comprendiendo que no lograr铆a ninguna explicaci贸n de J煤piter, cuyo pensamiento parec铆a absorbido por «el bicho», salt茅 al bote e ic茅 la vela. Aprovechando una brisa favorable, pronto llegamos a la peque帽a caleta situada al norte del fuerte Moultrie, y una caminata de dos millas nos dej贸 en la caba帽a. Ser铆an las tres de la tarde cuando llegamos. Legrand nos hab铆a estado esperando con ansiosa expectativa. Estrech贸 mi mano con un expressement nervioso que me alarm贸 y me hizo temer todav铆a m谩s lo que ven铆a sospechando. Mi amigo estaba p谩lido, hasta parecer un espectro, y sus profundos ojos brillaban con un resplandor anormal. Despu茅s de indagar acerca de su salud, y sin saber qu茅 decir, le pregunt茅 si el teniente G… le hab铆a devuelto el escarabajo.
—¡Oh, s铆! —me respondi贸, ruboriz谩ndose violentamente—. Lo recuper茅 a la ma帽ana siguiente. Nada podr铆a separarme de ese escarabajo. ¿Sabe usted que J煤piter ten铆a raz贸n acerca de 茅l?
—¿En qu茅 sentido? —pregunt茅, con un penoso presentimiento.
—Al suponer que era un escarabajo de oro verdadero.
Dijo estas palabras con profunda seriedad, cosa que me apen贸 indeciblemente.
—Este insecto est谩 destinado a hacer mi fortuna —continu贸 mi amigo con una sonrisa triunfante—, y devolverme las posesiones de mi familia. ¿Le extra帽a, entonces, que lo considere tan valioso? Puesto que la Fortuna ha decidido conced茅rmelo, no me queda m谩s que usarlo adecuadamente, y as铆 llegar茅 hasta el oro del cual 茅l es 铆ndice. ¡J煤piter, tr谩eme el escarabajo!
—¿Qu茅? ¿El bicho, massa? Prefiero no tener nada que ver con ese bicho… Mejor que vaya a buscarlo usted mismo.
Legrand se levant贸 con aire grave y me trajo el insecto, que se hallaba depositado en una caja de cristal. Era un hermoso scarab忙us, desconocido para los naturalistas de aquella 茅poca y sumamente precioso desde un punto de vista cient铆fico. En una extremidad del dorso ten铆a dos manchas negras y redondas, y una mancha larga en el otro extremo. Pose铆a 茅litros extremadamente duros y relucientes, con toda la apariencia del oro bru帽ido. El peso del insecto era realmente notable, por lo cual, todo bien considerado, no pod铆a reprochar a J煤piter su opini贸n al respecto; pero que Legrand compartiera ese parecer era m谩s de lo que alcanzaba a explicarme.
—Lo he mandado llamar —me dijo con tono grandilocuente y apenas hube terminado de examinar el insecto— para gozar de su consejo y su ayuda en el cumplimiento de las decisiones del Destino y del escarabajo…
—Mi querido Legrand —exclam茅, interrumpi茅ndolo—, evidentemente usted no est谩 bien, y ser铆a mejor que tomara algunas precauciones. Le ruego que se acueste, mientras yo me quedo acompa帽谩ndolo unos d铆as, hasta su completa mejor铆a. Est谩 afiebrado y…
—T贸meme el pulso —me dijo.
As铆 lo hice y, a decir verdad, no advert铆 la menor indicaci贸n de fiebre.
—Es posible estar enfermo y no tener fiebre —insist铆—. Perm铆tame, por esta vez, ser su m茅dico. Ante todo, vaya a acostarse. Y luego…
—Se equivoca usted —dijo Legrand—. Me siento tan bien como es posible estarlo con la excitaci贸n que me domina. Si realmente desea mi bien, ay煤deme a terminar con ella.
—¿Y c贸mo es posible?
—Muy sencillamente. J煤piter y yo partimos a una expedici贸n a las colinas, en tierra firme, y nos hace falta la ayuda de una persona en quien podamos confiar. Usted es esa persona. Triunfemos o no, la excitaci贸n que ahora me domina cesar谩 igualmente.
—Tengo el mayor deseo de serle 煤til —repuse—, pero… ¿quiere usted dar a entender que este infernal escarabajo se relaciona con nuestra expedici贸n a las colinas?
—Por supuesto.
—Entonces, Legrand, no tomar茅 parte en tan absurda empresa.
—Lo siento… lo siento much铆simo… porque tendremos que arregl谩rnoslas solos.
—¡Solos! ¡Ah, seguramente este hombre se ha vuelto loco! ¡Espere! ¿Cu谩nto tiempo durar谩 su ausencia?
—Probablemente toda la noche. Saldremos en seguida y, pase lo que pase, estaremos de vuelta a la salida del sol.
—¿Me promete usted, por su honor que una vez acabado este capricho suyo, y liquidado el asunto del insecto (¡santo Dios!), volver谩 a casa y seguir谩 al pie de la letra mis prescripciones y las de su m茅dico?
—S铆, lo prometo. Y ahora v谩monos, porque no hay tiempo que perder.
Profundamente deprimido, acompa帽茅 a mi amigo. A eso de las cuatro, Legrand, J煤piter y yo nos pusimos en marcha, llevando tambi茅n al perro. J煤piter se encarg贸 de la guada帽a y las palas e insisti贸 en acarrear con todo, creo que m谩s por miedo de que alguno de esos implementos quedara en manos de su amo que por exceso de complacencia. Estaba muy malhumorado, y «maldito bicho» fueron las 煤nicas palabras que brotaron de sus labios durante todo el viaje. Por mi parte, me hab铆an confiado un par de linternas sordas, mientras Legrand se contentaba con el escarabajo, que hab铆a atado al extremo de un hilo y hac铆a girar a su alrededor mientras andaba, con aire de prestidigitador. Cuando repar茅 en esta 煤ltima y clara prueba de la demencia de mi amigo, apenas pude contener las l谩grimas. Me pareci贸, sin embargo, preferible seguirle la corriente, al menos por el momento, hasta que pudiese adoptar medidas m谩s en茅rgicas con garant铆as de buen resultado. In煤tilmente trat茅 de sondearlo sobre los prop贸sitos de la expedici贸n. Una vez que hubo logrado convencerme de que lo acompa帽ara, no parec铆a dispuesto a mantener conversaci贸n sobre ning煤n tema menudo, y a todas mis preguntas respond铆a invariablemente: «¡Ya veremos!».
Por medio de un esquife cruzamos el arroyo en la punta de la isla y, remontando las onduladas colinas de la orilla opuesta, nos encaminamos hacia el noroeste, atravesando una regi贸n tan salvaje como desolada, donde era imposible descubrir la menor huella de pie humano. Legrand romp铆a la marcha con gran decisi贸n, deteni茅ndose aqu铆 y all谩 para consultar ciertas indicaciones en el terreno, que supuse hab铆a hecho 茅l mismo en una ocasi贸n anterior.
De esta manera avanzamos durante unas dos horas, y el sol se pon铆a cuando entramos en una zona much铆simo m谩s desolada de lo que hab铆amos visto hasta entonces. Era una especie de meseta, cerca de la cima de un monte casi inaccesible, cuyas laderas aparec铆an densamente arboladas y sembradas de enormes pe帽ascos que daban la impresi贸n de estar sueltos en el suelo, y a los que s贸lo el soporte de los troncos imped铆a rodar a los valles inferiores. Profundos precipicios en distintas direcciones daban a aquel escenario un aire todav铆a m谩s grande de solemnidad.
La plataforma natural a la que hab铆amos trepado estaba cubierta de espesas zarzas, a trav茅s de las cuales hubiera sido imposible pasar de no tener con nosotros la guada帽a. Bajo las 贸rdenes de su amo, J煤piter empez贸 a abrir un camino en direcci贸n a un gigantesco tul铆pero, que se alzaba all铆 en uni贸n de unos ocho o diez robles, sobrepas谩ndolos a todos (como hubiera sobrepasado a cualquier otro 谩rbol) por la belleza de su follaje, su forma, la enorme extensi贸n de las ramas y su majestuosa apariencia.
Una vez llegados al pie del tul铆pero, Legrand se volvi贸 a J煤piter y le pregunt贸 si se animaba a trepar a la copa. El buen viejo se qued贸 un tanto aturdido y no contest贸 al principio. Acercose por fin al enorme 谩rbol, dio lentamente la vuelta, examin谩ndolo minuciosamente. Terminado el escrutinio, se limit贸 a decir:
—S铆, massa. J煤piter puede treparse a cualquier 谩rbol del mundo.
—Pues arriba entonces, y lo antes posible, porque est谩 oscureciendo y pronto no veremos nada.
—¿Cu谩nto tengo que subir, massa? —inquiri贸 J煤piter.
—Empieza por el tronco, y ya te dir茅 qu茅 camino tienes que tomar… ¡Espera un momento! Ll茅vate el escarabajo contigo.
—¿El bicho, massa Will? ¿El bicho de oro? —grit贸 el negro—. ¿Que trepe con 茅l? ¡Maldito si lo hago…!
—Si tienes miedo, Jup, un negro tan grande y fuerte como t煤, de llevar en la mano un peque帽o escarabajo muerto e inofensivo… ¡Mira, si puedes tenerlo de la punta del hilo! De todas maneras, si no subes con 茅l en una forma u otra me ver茅 en la necesidad de romperte la cabeza con esta pala.
—¿Por qu茅 se pone as铆, massa? —se quej贸 Jup, evidentemente avergonzado y dispuesto a someterse—. ¡Siempre anda buscando camorra a su pobre negro! Si solamente bromeaba… ¿Yo tener miedo del bicho? ¿Qu茅 me importa a m铆 el bicho?
Y tomando con todo cuidado el extremo del hilo, para mantener al insecto lo m谩s alejado posible de su persona, se dispuso a trepar al 谩rbol.
El tul铆pero —Liriodendron Tulipiferum—, el m谩s magn铆fico de los 谩rboles americanos, tiene cuando es joven un tronco particularmente liso, que con frecuencia se alza a gran altura sin ninguna rama lateral; pero al envejecer la corteza se vuelve irregular y nudosa, a la vez que surgen en el tronco diversas ramas cortas. Por eso, en el presente caso, la dificultad de trepar era m谩s aparente que real. Abrazando como mejor pod铆a, con brazos y rodillas, el enorme cilindro, buscando con las manos algunas saliencias y apoyando en otras sus pies descalzos, J煤piter logr贸 encaramarse, por fin, hasta la primera bifurcaci贸n, despu茅s de estar a punto de caerse una o dos veces, y pareci贸 considerar que su tarea terminaba all铆. En realidad, el peligro mayor de la empresa hab铆a pasado, aunque el peligro se hallaba a unos sesenta o setenta pies de altura.
—¿Para d贸nde tengo que ir ahora, massa Will? —pregunt贸.
—Sigue la rama m谩s gruesa… la de este lado —indic贸 Legrand.
El negro le obedeci贸 prontamente y, al parecer, con poco trabajo; trep贸 cada vez m谩s alto, hasta que dejamos de ver su figura rampante entre el denso follaje que la envolv铆a. Pero su voz no tard贸 en llegarnos desde lo alto:
—¿Cu谩nto m谩s tengo que subir?
—¿A qu茅 altura est谩s? —pregunt贸 Legrand.
—Tan alto, tan alto, que puedo ver el cielo entre las hojas del 谩rbol.
—No te ocupes del cielo, pero escucha bien lo que te digo. Mira hacia abajo y cuenta las ramas que hay debajo de ti, de este lado. ¿Cu谩ntas ramas pasaste?
—Una, dos, tres, cuatro, cinco… Pas茅 cinco grandes ramas, massa, de este lado.
—Entonces sube una m谩s.
Pocos minutos m谩s tarde o铆mos otra vez la voz de J煤piter, anunciando que hab铆a llegado a la s茅ptima rama.
—¡Ahora escucha, Jup! —grit贸 Legrand, evidentemente muy excitado—. Quiero que avances lo m谩s que puedas por esa rama. Si ves algo raro, av铆same.
A esta altura, las pocas dudas que a煤n pod铆a tener sobre la demencia de mi pobre amigo se hab铆an disipado. No quedaba otro remedio que declararlo insano, y empec茅 a preocuparme seriamente sobre la forma de llevarlo a casa. Mientras reflexionaba se oy贸 nuevamente la voz de J煤piter:
—Tengo mucho miedo de seguir por esta rama… Es una rama muerta, massa.
—¿Dijiste que es una rama muerta, J煤piter? —grit贸 Legrand con voz temblorosa.
—S铆, massa, muerta y bien muerta… Terminada para siempre, la pobre…
—En nombre del cielo, ¿qu茅 voy a hacer? —exclam贸 Legrand, sumido en la m谩s grande desesperaci贸n.
—¿Qu茅 va a hacer? —dije, aprovechando la posibilidad de intercalar una frase—. ¡Pues… volver a casa y acostarse! ¡Vamos, ahora mismo! Se est谩 haciendo tarde y, adem谩s, no se olvide de su promesa.
—¡J煤piter! —grit贸 茅l, sin prestarme la menor atenci贸n—. ¿Me oyes?
—S铆, massa Will, lo oigo muy bien.
—Prueba la madera con tu cuchillo y f铆jate si est谩 muy podrida.
—Est谩 podrida, massa, eso es seguro —repuso el negro despu茅s de un momento—. Pero no tan podrida que no pueda aventurarme un poquit铆n m谩s por la rama, si voy solo.
—¡Si vas solo! ¿Qu茅 quieres decir?
—Quiero decir el bicho de oro. Es un bicho muy pesado. Pongamos que lo dejo caer, y entonces la rama aguantar谩 muy bien el paso de un negro s贸lo.
—¡Maldito brib贸n! —grit贸 Legrand, que parec铆a muy aliviado—. ¿Qu茅 clase de disparates est谩s diciendo? ¡Si llegas a soltar ese escarabajo te retuerzo el pescuezo! ¡J煤piter! ¿Me oyes?
—S铆, massa, no hay que hablar de ese modo a un pobre negro.
—¡Bueno, escucha! Si te aventuras lo m谩s que puedas por la rama y no dejas caer el insecto, tan pronto hayas bajado te regalar茅 un d贸lar de plata.
—¡Ya estoy andando, massa Will! —replic贸 el negro con gran prontitud—. ¡Ya llegu茅 casi a la punta!
—¡Casi a la punta! —aull贸 Legrand—. ¿Quieres decir que est谩s en la punta de esa rama?
—Pronto voy a llegar, massa… ¡Ooooh…! ¡Dios me proteja…! ¿Qu茅 es esto que hay en el 谩rbol?
—¡Y bien! —grit贸 Legrand, en el colmo del j煤bilo—. ¿Qu茅 es lo que hay?
—¡Es… es una calavera! Alguien dej贸 su cabeza en el 谩rbol y los cuervos se comieron toda la carne.
—¿Una calavera, dices? ¡Perfecto! ¿C贸mo est谩 sujeta a la rama?
—Voy a ver, massa… Pues es muy curioso, s铆, se帽or; muy curioso… Hay un gran clavo en la calavera, que la tiene sujeta al 谩rbol.
—Bueno, J煤piter, ahora haz exactamente lo que voy a decirte. ¿Me oyes?
—S铆, massa.
—Presta atenci贸n entonces. Primero busca el ojo izquierdo del cr谩neo.
—¡Hum…! ¡Vaya…! ¡Esto s铆 que es curioso! ¡No tiene ojo izquierdo!
—¡Maldita sea tu estupidez! ¡El agujero donde estaba el ojo! ¡Oye! ¿Sabes distinguir tu mano derecha de la izquierda?
—¡Oh, s铆, massa! Lo s茅 muy bien. La mano izquierda es la que uso para hachar la le帽a.
—Perfecto: ya s茅 que eres zurdo. Pues tu ojo izquierdo est谩 del mismo lado que tu mano izquierda. Supongo que ahora sabr谩s encontrar el ojo izquierdo del cr谩neo o el sitio donde estuvo el ojo. ¿Ya lo tienes?
Sigui贸 una larga pausa, tras de la cual dijo, por fin, el negro:
—¿El ojo izquierdo de la calavera est谩 del mismo lado que la mano izquierda de la calavera? Pero la calavera no tiene mano izquierda… ¡Bueno, no importa! Ya tengo el ojo izquierdo… ¡Aqu铆 est谩! ¿Qu茅 hago ahora?
—Pasa el escarabajo por 茅l y d茅jalo caer hasta donde alcance el hilo… pero ten cuidado de no soltar el extremo.
—¡Ya est谩, massa Will! Es muy f谩cil pasar el bicho por el agujero. ¡M铆relo c贸mo baja!
Durante este di谩logo no pod铆a verse porci贸n alguna de J煤piter; pero ahora, al descender, el escarabajo apareci贸 en el extremo del hilo y brill贸 como un globo de oro puro bajo los 煤ltimos rayos del sol poniente, que a煤n alcanzaban a iluminar la eminencia donde est谩bamos. El escarabajo colgaba por debajo del nivel de las ramas y, si J煤piter lo hubiese soltado, habr铆a ca铆do a nuestros pies. Legrand se apoder贸 al punto de la guada帽a y despej贸 un espacio circular de unas tres o cuatro yardas de di谩metro, exactamente debajo del insecto, hecho esto, orden贸 a J煤piter que soltara el hilo y que bajara del 谩rbol.
Clavando con todo cuidado una estaca en el suelo, exactamente en el lugar donde hab铆a ca铆do el escarabajo, mi amigo extrajo del bolsillo una cinta m茅trica. Fij贸 un extremo de la parte del tronco del 谩rbol m谩s cercana a la estaca y la desenroll贸 hasta alcanzar el punto donde estaba 茅sta; sigui贸 luego desenrollando la cinta, siguiendo la direcci贸n ya establecida por los dos puntos, hasta una distancia de cincuenta pies, mientras J煤piter limpiaba de zarzas el lugar con ayuda de la guada帽a. En el sitio as铆 alcanzado, Legrand fij贸 otra clavija y, tom谩ndola por centro, traz贸 un tosco c铆rculo de unos cuatro pies de di谩metro. Empu帽ando una pala y d谩ndonos las otras se puso a cavar con toda la rapidez posible.
A decir verdad, jam谩s he tenido mucha inclinaci贸n hacia semejante tarea, y en este caso habr铆a renunciado con gusto a ella, porque la noche se acercaba y la caminata me hab铆a fatigado mucho. Pero no hab铆a escapatoria y tem铆 turbar con mi negativa la serenidad de mi amigo. Si hubiera podido contar con la ayuda de J煤piter no habr铆a vacilado en arrastrar por la fuerza al lun谩tico y devolverlo a su casa; pero conoc铆a demasiado bien la manera de ser del viejo negro para esperar que se pusiera a mi lado, bajo cualesquiera circunstancias, en una lucha personal contra su amo. No cab铆a duda de que 茅ste se hab铆a dejado atrapar por una de las innumerables supersticiones sure帽as acerca de tesoros enterrados, y que su fantas铆a se hab铆a exacerbado con el hallazgo del escarabajo, o quiz谩 por la obstinaci贸n de J煤piter al sostener que se trataba de «un bicho de oro verdadero». Una mente con tendencia a la insania est谩 pronta a dejarse arrastrar por semejantes sugestiones —especialmente si coinciden con ideas preconcebidas—. Me acord茅 tambi茅n de la frase del pobre hombre acerca de que el insecto ser铆a «el 铆ndice de su fortuna». Me sent铆a profundamente afectado y perplejo, pero decid铆 finalmente tomar las cosas lo mejor posible, cavar con mi mejor voluntad y convencer lo antes posible al visionario, por comprobaci贸n ocular, de la falacia de sus ensue帽os.
Una vez encendidas las linternas, nos pusimos a trabajar con un tes贸n digno de motivo m谩s racional; y a medida que la luz ca铆a sobre uno u otro, no pod铆a dejar de pensar en el pintoresco grupo que form谩bamos y cu谩n extra帽as y sospechosas habr铆an parecido nuestras actividades a cualquier intruso que pasara por casualidad cerca de all铆.
Durante dos horas cavamos de firme. No habl谩bamos gran cosa y nuestra mayor preocupaci贸n eran los ladridos del perro, que se mostraba sumamente interesado por nuestro trabajo. A la larga se volvi贸 tan fastidioso, que temimos diese la alarma a quienes vagaran por las inmediaciones; aunque, en realidad, era Legrand quien se inquietaba m谩s, pues yo me hubiera sentido bien contento de cualquier interrupci贸n que me ayudase a hacer volver a mi amigo a su casa. J煤piter se encarg贸 finalmente de acallar el estr茅pito; saliendo del pozo con aire de gran resoluci贸n, convirti贸 en bozal sus tirantes, y, luego de cerrar as铆 la boca del animal, volvi贸 con una grave sonrisa a su trabajo.
Terminadas las dos horas, est谩bamos ya a una profundidad de cinco pies, sin que apareciera la menor se帽al de tesoro. Sigui贸 un momento de descanso y comenc茅 a esperar que la farsa terminar铆a all铆. Legrand, sin embargo, aunque evidentemente desconcertado, se sec贸 la frente con aire pensativo y reanud贸 el trabajo. Hab铆amos excavado por completo el c铆rculo de cuatro pies de di谩metro; ampliamos un poco m谩s el l铆mite y ahondamos otros dos pies. Nada apareci贸. El buscador de oro, que me inspiraba la m谩s sincera l谩stima, salt贸, por fin, del pozo con la m谩s amarga decepci贸n impresa en cada uno de sus rasgos y comenz贸 lentamente a ponerse la chaqueta que se hab铆a quitado al iniciar su labor. Yo no hice la menor observaci贸n. A una se帽al de su amo, J煤piter recogi贸 los utensilios. Hecho esto, y luego de quitar el bozal al perro, iniciamos en profundo silencio el regreso a casa.
Habr铆amos caminado apenas unos doce pasos, cuando Legrand solt贸 un juramento, corri贸 hacia J煤piter y lo sujet贸 por el cuello. El estupefacto negro abri贸 enormemente los ojos y la boca, solt贸 las palas y se puso de rodillas.
—¡Tunante! —grit贸 Legrand, haciendo silbar la palabra entre sus dientes—. ¡Negro infernal, maldito p铆caro! ¡Habla, te digo! ¡Cont茅stame ahora mismo y, sobre todo, no vayas a soltar un embuste! ¿Cu谩l… cu谩l es tu ojo izquierdo?
—¡Oh, Dios m铆o, massa Will…! ¿No es 茅ste mi ojo izquierdo? —clam贸 el aterrado J煤piter, tap谩ndose con la mano el ojo derecho y manteni茅ndola all铆 con desesperada obstinaci贸n, como si temiera que su amo fuese a arranc谩rselo.
—¡Me lo imagin茅! ¡Pero, claro! ¡Hurra! —vocifer贸 Legrand, soltando al negro y ejecutando una serie de cabriolas y saltos, con no poco asombro de su criado, quien, ya de pie, nos miraba una y otra vez alternativamente.
—¡Vamos! ¡Volvamos all谩! —dijo Legrand—. ¡La caza no ha terminado!
Y se encamin贸 resueltamente en direcci贸n al tul铆pero.
—J煤piter, ven aqu铆 —orden贸 cuando llegamos al pie del 谩rbol—. Dime, ¿estaba el cr谩neo clavado a la rama con la cara para afuera o con la cara contra la rama?
—Con la cara para afuera, massa, para que los cuervos pudieran llegarle a los ojos sin ning煤n trabajo.
—Muy bien. ¿Y fue por este ojo o por este otro que dejaste pasar el escarabajo? —insisti贸 Legrand, tocando alternativamente los ojos de J煤piter.
—Por 茅ste, massa… por el izquierdo… como usted me mand贸 —y de nuevo el negro se tocaba el ojo derecho.
—Bueno, basta con eso. Hay que recomenzar.
Y mi amigo, en cuya locura yo ve铆a ahora o me imaginaba que ve铆a ciertos indicios de m茅todo, retir贸 la estaca que se帽alaba el lugar donde hab铆a ca铆do el escarabajo y la fij贸 unas tres pulgadas hacia el oeste de su anterior posici贸n. Colocando la cinta m茅trica como antes, a partir del punto m谩s pr贸ximo del tronco del 谩rbol hasta la estaca, continu贸 la l铆nea hasta una distancia de cincuenta pies, se帽alando all铆 un lugar que quedaba a varias yardas de distancia del sitio donde hab铆amos estado cavando.
Legrand traz贸 un c铆rculo en torno a este nuevo punto, haci茅ndolo algo mayor que el anterior, y otra vez nos pusimos a trabajar con las palas. Yo estaba terriblemente cansado; pero, sin darme cuenta de lo que hab铆a alterado el curso de mis pensamientos, dej茅 de sentir aversi贸n por la labor que me impon铆an. Inexplicablemente me sent铆a lleno de inter茅s… de excitaci贸n. Quiz谩 hubiera algo en la extravagante conducta de Legrand, algo de premonici贸n o de seguridad, que me impresionaba. Cav茅 tesoneramente y m谩s de una vez me sorprend铆 pensando —con algo que ten铆a mucho de esperanza— en el tesoro imaginario cuya visi贸n hab铆a enloquecido a mi infortunado compa帽ero. En el momento en que esas fantas铆as me dominaban con mayor violencia, y cuando llev谩bamos m谩s de una hora trabajando, los violentos ladridos del perro volvieron a interrumpirnos. La primera vez su conducta hab铆a nacido de un caprichoso deseo de jugar, pero ahora advertimos en sus ladridos un tono de profunda inquietud. Cuando J煤piter trat贸 de embozalarlo nuevamente opuso una furiosa resistencia y, saltando al agujero, cav贸 fren茅ticamente la tierra con sus patas. Segundos m谩s tarde pon铆a en descubierto una masa de huesos humanos que formaban dos esqueletos completos, entre los cuales se advert铆an varios botones met谩licos y aparentes restos de lana podrida. Uno o dos golpes de pala sacaron a la superficie un ancho cuchillo espa帽ol; seguimos cavando y descubrimos tres o cuatro monedas de oro y de plata.
A la vista de estas 煤ltimas, la alegr铆a de J煤piter pudo apenas contenerse, pero el rostro de su amo expres贸 la m谩s profunda decepci贸n. Nos pidi贸, sin embargo, que sigui茅ramos cavando y, apenas hab铆a pronunciado las palabras, cuando tropec茅 y ca铆 hacia adelante, enganchada la punta de mi bota en un gran anillo de hierro que yac铆a semienterrado en la tierra removida.
Reanudamos el trabajo con renovado ardor y jam谩s viv铆 diez minutos de mayor excitaci贸n. Nos bast贸 ese tiempo para desenterrar a medias un cofre oblongo de madera que, a juzgar por su perfecto estado de conservaci贸n y dureza de su material, deb铆a de haber sufrido alg煤n proceso de mineralizaci贸n —probablemente con ayuda del bicloruro de mercurio—. La caja ten铆a tres pies y medio de largo, tres de ancho y dos y medio de profundidad. Estaba firmemente asegurada por bandas remachadas de hierro forjado, que hac铆an una especie de enrejado sobre todo el cofre. A cada lado, cerca de la parte superior, se ve铆an tres anillos de hierro, seis en total, mediante los cuales el cofre pod铆a ser c贸modamente transportado por otros tantos hombres. Nuestros esfuerzos combinados s贸lo sirvieron para mover ligeramente el cofre en su lecho de tierra. Inmediatamente comprendimos la imposibilidad de mover semejante peso. Por fortuna, la tapa no estaba sujeta m谩s que por dos pasadores. Los corrimos temblando, jadeando de ansiedad. Un instante m谩s tarde brillaba ante nosotros un tesoro de incalculable valor. Los rayos de la linterna cayeron sobre 茅l, haciendo brotar de un confuso mont贸n de oro y plata fulgores y reflejos que literalmente nos cegaron.
No pretender茅 describir los sentimientos que me dominaron al contemplar aquello. La estupefacci贸n, claro est谩, predominaba. Legrand parec铆a agotado por la excitaci贸n y s贸lo habl贸 unas pocas palabras. Durante algunos minutos, el rostro de J煤piter se puso todo lo p谩lido que la naturaleza permite a la cara de un negro. Parec铆a at贸nito, fulminado. Pero pronto cay贸 de rodillas en el pozo y, hundiendo los desnudos brazos hasta los codos en el oro, los dej贸 as铆 como si estuviera gozando de las delicias de un ba帽o. Por fin, con un suspiro, exclam贸 como si hablara consigo mismo:
—¡Y todo esto viene del bicho de oro! ¡Del precioso bicho de oro, del pobre bicho de oro, que yo trat茅 con tanta brutalidad! ¿No est谩s avergonzado de ti mismo, negro? ¡Contesta! Fue necesario, finalmente, que hiciera notar a amo y criado la necesidad de transportar el tesoro. Ya era tarde y no poco trabajo tendr铆amos hasta haber depositado todo en la caba帽a antes del amanecer. Resultaba dif铆cil decidir el mejor procedimiento, y pasamos largo rato deliberando; tan confusas eran nuestras ideas. Por fin, retiramos dos tercios del contenido del cofre y con gran trabajo pudimos levantarlo a la superficie. Los objetos que hab铆amos retirado fueron depositados entre las zarzas y dejamos al perro que los cuidara, con 贸rdenes estrictas de J煤piter de que no se moviera para nada del lugar ni abriera la boca hasta nuestro regreso. Llevando el cofre, emprendimos apresuradamente el retorno a casa, adonde llegamos sanos y salvos, aunque agotados, a la una de la ma帽ana. Exhaustos como est谩bamos, era humanamente imposible proseguir. Descansamos, pues, hasta las dos y cenamos, para volver inmediatamente a las colinas provistos de tres s贸lidos sacos que por fortuna hab铆a en la caba帽a. Llegamos al pozo poco antes de las cuatro, dividimos el remanente del bot铆n entre los tres y, sin tapar el pozo, retornamos a casa, adonde arribamos con nuestras 谩ureas cargas en momentos en que las primeras luces del alba comenzaban a asomar en el este sobre las cimas de los 谩rboles.
Est谩bamos completamente agotados, pero la intensa excitaci贸n que nos dominaba no nos permit铆a descansar. Luego de un sue帽o intranquilo de tres o cuatro horas nos levantamos como de com煤n acuerdo para examinar nuestro tesoro.
El cofre hab铆a estado lleno hasta los bordes, y pasamos todo el d铆a y gran parte de la noche siguiente haciendo el inventario de su contenido. No hab铆a en 茅l la menor se帽al de orden. Las cosas estaban mezcladas y revueltas. Luego de separarlas con cuidado, descubrimos que 茅ramos due帽os de una fortuna a煤n mayor de lo que hab铆amos supuesto. Nada m谩s que en monedas su valor exced铆a de cuatrocientos cincuenta mil d贸lares —calculando lo mejor posible el valor de las monedas con arreglo a las tablas de la 茅poca—. No hab铆a una sola part铆cula de plata. Todo era oro, de antigua data y gran variedad, dinero franc茅s, espa帽ol y alem谩n, junto con unas pocas guineas inglesas y algunas fichas, de las cuales nunca hab铆amos visto ning煤n ejemplar. Descubrimos varias monedas tan grandes como pesadas, pero las inscripciones eran indescifrables por el uso. No encontramos monedas americanas.
M谩s dif铆cil era calcular el valor de las joyas. Los diamantes (algunos de ellos extraordinariamente grandes y hermosos) sumaban en total ciento diez, sin que hubiera uno solo peque帽o; dieciocho rub铆es de notable transparencia; trescientas diez esmeraldas, todas muy hermosas; veinti煤n zafiros y un 贸palo. Las piedras hab铆an sido arrancadas de su montura y arrojadas en mont贸n al cofre. Encontramos tambi茅n las monturas mezcladas con el resto del oro; parec铆an haber sido aplastadas a martillazos, a fin de impedir que se las identificara. Aparte de esto hab铆a cantidad de joyas y objetos de oro macizo: casi doscientos anillos y aros, ricas cadenas —unas treinta, si recuerdo bien—, ochenta y tres grandes y pesados crucifijos, y cinco incensarios de gran valor; una prodigiosa copa para punch, ornamentada con p谩mpanos ricamente cincelados, y figuras b谩quicas; dos pu帽os de espada exquisitamente trabajados, y multitud de objetos m谩s peque帽os que no recuerdo. El peso total de estas joyas pasaba de trescientas cincuenta libras, y en este c谩lculo no he contado ciento noventa y siete magn铆ficos relojes de oro, de los cuales tres val铆an quinientos d贸lares cada uno. Muchos eran antiqu铆simos y sin valor como relojes, ya que la m谩quina hab铆a sufrido por la corrosi贸n, pero todos estaban ricamente ornados de pedrer铆as y ten铆an estuches de grand铆simo valor. Aquella noche calculamos que el contenido total del cofre val铆a un mill贸n y medio de d贸lares; pero, cuando m谩s tarde procedimos a liquidar los dijes y las joyas (guardando unas pocas para nuestro uso personal), descubrimos que las hab铆amos estimado muy por debajo de la realidad.
Cuando acab贸, por fin, nuestro inventario y la intensa exaltaci贸n del momento disminuy贸 un tanto, Legrand advirti贸 que yo me mor铆a de impaciencia por la soluci贸n de tan extraordinario enigma y procedi贸 a proporcionarme todos los detalles vinculados con el mismo.
—Recordar谩 usted —empez贸— la noche en que le alcanc茅 el tosco dibujo que acababa de hacer del scarab忙us. Tambi茅n recordar谩 que me choc贸 much铆simo su insistencia en que mi dise帽o hac铆a pensar en una calavera. La primera vez que me lo dijo cre铆 que se estaba burlando, pero luego record茅 las curiosas manchas en el dorso del insecto y reconoc铆 que su observaci贸n ten铆a alg煤n fundamento. No obstante, sus referencias ir贸nicas a mis aptitudes gr谩ficas me irritaron, ya que se me consideraba un buen artista; por eso, cuando me devolvi贸 el trozo de pergamino, me dispuse a arrugarlo y tirarlo al fuego.
—Se refiere usted al trozo de papel —dije.
—No. Se parec铆a bastante al papel y por un momento cre铆 que lo era, pero cuando me puse a dibujar descubr铆 que se trataba de un trozo de pergamino sumamente delgado. Recordar谩 usted que estaba muy sucio. Pues bien, iba a estrujarlo, cuando mis ojos cayeron sobre el croquis que usted hab铆a estado mirando, y puede imaginarse mi estupefacci贸n al advertir que, verdaderamente, en el lugar donde yo hab铆a trazado el dise帽o del escarabajo hab铆a una calavera. Por un momento me qued茅 tan sorprendido que no pude pensar distintamente. Sab铆a muy bien que mi dibujo difer铆a por completo de aqu茅l en sus detalles, aunque, en l铆neas generales, hubiera cierta semejanza. Tomando una buj铆a me fui al otro extremo del sal贸n para estudiar de cerca el pergamino. Al volverlo vi en 茅l mi croquis, tal como lo hab铆a hecho. Mi primera idea fue pensar en lo curioso de aquella similaridad de dise帽o, en la extra帽a coincidencia de que, sin saber, del otro lado del pergamino hubiese un cr谩neo exactamente debajo de mi croquis del escarabajo, y que dicho cr谩neo se le parec铆a tanto en la figura como en el tama帽o. Admito que la singularidad de esta coincidencia me dej贸 completamente estupefacto por un momento. Tal es el efecto usual de las coincidencias. La inteligencia lucha por establecer una conexi贸n, un enlace de causa y efecto, y, al no conseguirlo, queda moment谩neamente como paralizada. Pero, al recobrarme del estupor, gradualmente empez贸 a surgir en m铆 una noci贸n que me sorprendi贸 todav铆a m谩s que la coincidencia. Comenc茅 a recordar positiva y claramente que en el pergamino no hab铆a ning煤n dibujo cuando trazara el del escarabajo. Estaba completamente seguro, porque me acordaba de haberlo vuelto en uno y otro sentido, buscando la parte m谩s limpia. Si el cr谩neo hubiese estado all铆, no pod铆a hab茅rseme escapado. Indudablemente estaba en presencia de un misterio que me resultaba imposible explicar; pero, incluso en aquel momento, me pareci贸 que en lo m谩s hondo y secreto de mi inteligencia se iluminaba algo as铆 como una luci茅rnaga mental, una noci贸n de esa verdad que nuestra aventura de anoche demostr贸 tan magn铆ficamente. Me levant茅 en seguida y, guardando el pergamino en lugar seguro, dej茅 todas las reflexiones para el momento en que me quedara solo.
»Una vez que usted se hubo marchado y J煤piter dorm铆a profundamente, me puse a investigar el asunto con mayor m茅todo. En primer t茅rmino consider茅 la forma en que el pergamino hab铆a llegado a mis manos. El lugar donde encontramos el escarabajo queda en la costa del continente, aproximadamente una milla al este de la isla y a poca distancia del nivel de la marea alta. Cuando lo atrap茅, me mordi贸 con fuerza, oblig谩ndome a soltarlo. J煤piter, procediendo con su prudencia acostumbrada, mir贸 alrededor en busca de una hoja o de algo que le permitiera apoderarse con seguridad del insecto, que hab铆a volado en su direcci贸n. Fue entonces cuando sus ojos y los m铆os cayeron sobre el trozo de pergamino, que en el momento me pareci贸 papel. Aparec铆a enterrado a medias en la arena y s贸lo una punta sobresal铆a. Cerca del lugar donde lo encontramos repar茅 en los restos de la quilla de una embarcaci贸n que debi贸 ser la chalupa de un barco. Aquellos restos daban la impresi贸n de hallarse all铆 desde hac铆a mucho, porque apenas pod铆a reconocerse la forma primitiva de las maderas.
»J煤piter recogi贸 el pergamino, envolvi贸 en 茅l el escarabajo y me lo dio. Poco m谩s tarde desandamos el camino y me encontr茅 con el teniente G… Al mostrarle el insecto me pidi贸 que se lo prestara para llevarlo al fuerte. Acept茅, y se lo puso en el bolsillo del chaleco, sin el pergamino en que hab铆a estado envuelto y que yo conservaba en la mano durante la inspecci贸n. Quiz谩 el teniente temi贸 que yo cambiara de opini贸n y pens贸 que era preferible asegurarse en seguida… Ya sabe usted cu谩n entusiasta es en todo lo que se refiere a la historia natural. Al mismo tiempo, y sin tener idea de lo que hac铆a, yo deb铆 de guardarme el pergamino en el bolsillo.
»Recordar谩 usted que, cuando me sent茅 a la mesa con intenci贸n de dibujarle el escarabajo, no encontr茅 papel donde suele estar. Mir茅 en el caj贸n sin verlo. Revis茅 mis bolsillos en busca de alguna vieja carta, cuando mis dedos tocaron el pergamino. Si le doy todos estos detalles sobre la forma en que ese papel lleg贸 a mi posesi贸n se debe a que lo ocurrido me impresion贸 profundamente.
»No dudo que usted me tachar谩 de fantasioso, pero hab铆a establecido ya una especie de conexi贸n. Dos eslabones de una gran cadena se juntaban. Hab铆a un bote en una playa, y no lejos del bote hab铆a un pergamino —no un papel— con una calavera pintada. Usted me preguntar谩 cu谩l puede ser la conexi贸n. Le contesto que la calavera es el bien conocido emblema de los piratas. En todos los combates se iza la bandera con el cr谩neo de muerto.
»Dije que aquel trozo era de pergamino y no de papel. El pergamino es durable, casi indestructible. Las cuestiones de poca importancia se consignan rara vez en pergamino, ya que no se presta como el papel para las finalidades ordinarias de la escritura o el dibujo. Esta reflexi贸n suger铆a que aquel cr谩neo ten铆a un sentido… y un sentido importante. Tampoco dej茅 de observar, de paso, la forma del pergamino. Aunque alg煤n accidente hab铆a destruido una de sus puntas, pod铆a verse que la forma original era oblonga. Justamente el tipo y la forma adecuados para consignar un documento importante, algo que deb铆a ser cuidadosamente preservado y largamente recordado».
—Un momento —interrump铆—. Dijo usted que al dibujar el escarabajo el cr谩neo no estaba en el pergamino. ¿C贸mo puede establecer, entonces, una conexi贸n entre el bote y el cr谩neo, puesto que este 煤ltimo debi贸 de ser dibujado (¡Dios sabe c贸mo y por qui茅n!) despu茅s que usted hubo trazado el dise帽o del escarabajo?
—¡Ah, todo el misterio est谩 ah铆! Y eso que, por comparaci贸n, no me cost贸 mucho resolverlo. Mis pasos eran seguros y no pod铆an llevarme m谩s que a una soluci贸n. He aqu铆, por ejemplo, c贸mo razon茅. Al dibujar el escarabajo no hab铆a ning煤n cr谩neo en el pergamino. Al completar mi croquis se lo pas茅 a usted, y no dej茅 de observarlo de cerca hasta que me lo devolvi贸. Usted por tanto, no pod铆a haber dibujado la calavera, y no hab铆a nadie m谩s capaz de hacerlo. Vale decir que aquel dibujo no nac铆a de una intervenci贸n humana. Y sin embargo… estaba ah铆.
»A esta altura de mis reflexiones trat茅 de recordar, y record茅 con toda claridad, los incidentes acaecidos durante el per铆odo en cuesti贸n. El tiempo era fr铆o (¡oh, raro y feliz accidente!) y ard铆a un fuego en el hogar. Como mi caminata me hab铆a hecho entrar en calor, me sent茅 cerca de la mesa. Pero usted acerc贸 su silla a la chimenea. Justamente cuando le alcanzaba el pergamino y usted se dispon铆a a inspeccionarlo, apareci贸 Lobo, mi terranova, y le salt贸 a los hombros. Usted lo acarici贸 y lo mantuvo a distancia con la mano izquierda, mientras la derecha, que sosten铆a el pergamino, colgaba entre sus rodillas muy cerca del fuego. En un momento dado pens茅 que las llamas iban a alcanzarlo, y me dispon铆a a preven铆rselo, pero antes de que pudiera hablar retir贸 usted el pergamino y se absorbi贸 en su examen. Considerando todos estos detalles, no dud茅 un instante de que el calor era el agente que hab铆a hecho surgir en la superficie del pergamino el cr谩neo que encontr茅 dibujado en 茅l. Bien sabe usted que siempre han existido preparaciones qu铆micas mediante las cuales se puede escribir sobre papel o pergamino, de modo que los caracteres resultan invisibles mientras no se los someta a la acci贸n del fuego. Suele emplearse el zafre disuelto en aqua regia y diluido en cuatro veces su peso en agua; resulta de ello una coloraci贸n verde. El r茅gulo de cobalto disuelto en esencia de salitre produce un color rojo. Estos colores desaparecen en un tiempo m谩s o menos largo despu茅s de la escritura pero vuelven a ser visibles cuando se los expone al calor.
»Me puse, pues, a examinar con cuidado el cr谩neo. Sus contornos exteriores, es decir, las l铆neas m谩s pr贸ximas al borde del pergamino eran mucho m谩s precisos que los otros. No cab铆a duda de que la acci贸n del calor hab铆a sido desigual e imperfecta. Encend铆 inmediatamente un fuego y somet铆 cada porci贸n del pergamino al m谩ximo de calor. Al principio, lo 煤nico que not茅 fue que las l铆neas m谩s p谩lidas del dibujo se reforzaban; pero, continuando el experimento, vi aparecer en un rinc贸n, opuesto diagonalmente a aquel donde se encontraba el cr谩neo, el dibujo de algo que al principio me pareci贸 una cabra. Examin谩ndolo con m谩s detalle termin茅 por reconocer que se trataba de un cabrito».
—¡Vamos, vamos! —exclam茅—. Bien s茅 que no tengo derecho a re铆rme de usted, ya que un mill贸n y medio de d贸lares es demasiado dinero para ninguna broma… Pero no ir谩 usted a agregar un tercer eslab贸n a su cadena; no ir谩 a buscar una relaci贸n especial entre sus piratas y una cabra. Bien se sabe que los piratas no tienen nada que ver con las cabras. Solamente los granjeros se interesan por ellas.
—Ya le he dicho que el dibujo no representaba una cabra.
—Un cabrito, entonces… pero es casi la misma cosa.
—Casi…, aunque no enteramente —dijo Legrand—. Quiz谩 haya o铆do hablar de un tal capit谩n Kidd. Por mi parte, consider茅 inmediatamente que el dibujo equival铆a a una especie de firma jerogl铆fica o simb贸lica[2]. Si digo firma es porque su posici贸n en el pergamino suger铆a esta idea. Del mismo modo, el cr谩neo colocado en el 谩ngulo diagonalmente opuesto produc铆a el efecto de un sello, de un s铆mbolo estampado. Pero lo que me desconcert贸 profundamente fue la ausencia de toda otra cosa: faltaba el cuerpo de mi imaginado documento… el texto mismo.
—Supongo que esperaba usted descubrir una carta entre el sello y la firma.
—Algo as铆, en efecto. Debo confesar que me sent铆a invadido por un presentimiento de buena fortuna inminente. Apenas si puedo decir por qu茅… Supongo que era un deseo m谩s que una verdadera seguridad, pero… ¿creer谩 usted que las tontas palabras de J煤piter sobre el escarabajo, cuando afirm贸 que era de oro verdadero, tuvieron un gran efecto sobre mi fantas铆a? Y luego, la serie de accidentes y coincidencias… tan extraordinarias. ¿Se da usted cuenta de lo accidental que resulta que todos esos acontecimientos tuvieran lugar el 煤nico d铆a del a帽o en que el fr铆o fue lo bastante intenso para requerir fuego, y que sin aquel fuego, o sin la intervenci贸n del perro en el preciso momento en que se produjo, yo no habr铆a llegado jam谩s a ver el cr谩neo y no estar铆a en posesi贸n del tesoro?
—Prosiga usted… ardo de impaciencia.
—Pues bien, no creo que ignore las muchas historias que se cuentan y los mil vagos rumores sobre tesoros enterrados por Kidd y sus compa帽eros en las costas atl谩nticas. Sin duda tales rumores deben de tener alg煤n fundamento. Y el hecho de que hayan continuado tanto tiempo y en forma ininterrumpida me llev贸 a pensar que el tesoro segu铆a enterrado. Si Kidd hubiese escondido por un tiempo el fruto de sus pillajes, para recobrarlo m谩s tarde, es dif铆cil que los rumores hubieran llegado a nosotros sin mayores variantes. Observar谩 usted que las historias que se cuentan aluden siempre a buscadores de tesoros y no a los que los encuentran. Si el pirata hubiera recobrado su dinero, la cuesti贸n estar铆a terminada. Se me ocurri贸 que alg煤n accidente —digamos la p茅rdida del documento indicador del sitio exacto— le hab铆a impedido recobrar su tesoro, y que dicho accidente lleg贸 a conocimiento de sus compa帽eros, que de otra manera no hubieran o铆do hablar jam谩s de tesoro alguno; en su af谩n por descubrirlo a su turno, sin resultado, aqu茅llos habr铆an dado origen a los rumores que con el tiempo llegaron a ser generales y corrientes. ¿Oy贸 usted hablar alguna vez de que en esta costa se encontrara alg煤n tesoro importante?
—Jam谩s.
—Y sin embargo es bien sabido que Kidd lleg贸 a acumular inmensas riquezas. Consider茅, pues, como cosa segura que la tierra guardaba a煤n su tesoro, y no le sorprender谩 si le digo que tuve la esperanza, por no hablar de certeza, de que aquel pergamino hallado de manera tan rara conten铆a las informaciones concernientes al lugar donde se encontraba el bot铆n.
—Pero ¿c贸mo procedi贸 usted?
—Volv铆 a acercar el pergamino al fuego, luego de avivar el calor, pero nada apareci贸. Pens茅 entonces que la capa de suciedad que lo cubr铆a era responsable del fracaso, por lo cual limpi茅 cuidadosamente el pergamino con agua caliente. Hecho esto, lo coloqu茅 en el fondo de una olla de esta帽o, con el cr谩neo hacia abajo, y puse la olla sobre brasas de carb贸n. Pocos minutos despu茅s, cuando el fondo se hubo recalentado, retir茅 el pergamino y, para mi inexpresable j煤bilo, lo encontr茅 manchado en varias partes, por lo que parec铆an ser n煤meros trazados en hilera. Volv铆 a colocarlo en el fondo de la olla, dej谩ndolo as铆 un minuto m谩s. Cuando lo saqu茅 presentaba el aspecto que va usted a ver.
Y luego de recalentar el pergamino, Legrand lo someti贸 a mi inspecci贸n. Toscamente trazados en rojo, entre la calavera y el cabrito, aparec铆an los siguientes signos:
53‡‡†305))6*;4826)4‡).4‡);806*:48†8¶60))85;1‡(;:‡*8†83(88)5*†;46(;88*96*’;8)*‡(;485);5*†2:*‡(;4956*2(5*—4)8¶8*;4069285);)6†8)4‡‡;1(‡9;48081;8:‡1;48†85;4)485†528806*81(‡9;48;(88;4(‡?34;48)4‡;161;:188;‡?;
—Pues bien —declar茅, devolvi茅ndole el pergamino—, por mi parte me quedo tan a oscuras como antes. Si todas las joyas de Golconda dependieran de la soluci贸n de este enigma, estoy seguro de que no llegar铆a a conseguirlas.
—Sin embargo —repuso Legrand— la soluci贸n no es tan dif铆cil como parece desprenderse de una primera mirada a los caracteres. Bien ve usted que los mismos constituyen una cifra, es decir, que encierran un sentido; pero, teniendo en cuenta lo que se sabe de Kidd, no pod铆a imaginarlo capaz de emplear los criptogramas m谩s dif铆ciles. Decid铆 inmediatamente que se trataba de una cifra de la especie m谩s sencilla, pero que para la torpe inteligencia del marino resultaba absolutamente indescifrable sin la clave.
—¿Y la descifr贸 usted?
—Muy f谩cilmente. He resuelto otras que eran mil veces m谩s dif铆ciles. Las circunstancias y cierta tendencia personal me han llevado a interesarme siempre por estos enigmas, y considero muy dudoso que una inteligencia humana sea capaz de crear un enigma de este tipo, que otra inteligencia humana no llegue a resolver si se aplica adecuadamente. Es decir, que apenas hube fijado en forma ordenada y legible aquellos caracteres, poco me preocup贸 la dificultad de descifrarlos.
»En este caso —y en todos los casos de escritura secreta— la primera cuesti贸n se refiere al idioma de la cifra, ya que los principios para lograr la soluci贸n —sobre todo en el caso de las cifras m谩s sencillas— dependen de las caracter铆sticas de cada idioma. En general, no queda otro recurso que ensayar, bas谩ndose en las probabilidades, todos los idiomas conocidos por el investigador, hasta coincidir con el que corresponde. Pero en nuestro caso las dificultades se ve铆an suprimidas por la firma. El juego de palabras acerca de “Kidd” s贸lo tiene valor en ingl茅s. De no mediar esta consideraci贸n, hubiera empezado mis b煤squedas en espa帽ol y en franc茅s, considerando que un secreto de tal naturaleza no pod铆a haber sido escrito en otros idiomas, trat谩ndose de un pirata de los mares espa帽oles. Pero, en vista de lo anterior, estim茅 que el criptograma estaba trazado en ingl茅s.
»Notar谩 usted que entre las palabras no hay espacios. De no ser as铆, el trabajo hubiera resultado comparativamente sencillo. Me hubiese bastado empezar por un cotejo y un an谩lisis de las palabras m谩s breves; apenas hallada una palabra de una sola letra, como ser a o I (uno, yo), habr铆a considerado obtenida la soluci贸n. Pero como no hab铆a divisi贸n, mi primera tarea consisti贸 en establecer las letras predominantes, as铆 como las m谩s raras. Luego de contarlas, prepar茅 la siguiente tabla:
El signo 8 aparece 33 veces
» ; » 26 »
» 4 » 19 »
» ‡ » 16 »
» ) » 16 »
» * » 13 »
» 5 » 12 »
» 6 » 11 »
» ( » 10 »
» † » 8 »
» 1 » 8 »
» 0 » 6 »
» 9 » 5 »
» 2 » 5 »
» : » 4 »
» 3 » 4 »
» ? » 3 »
» ¶ » 2 »
» — » 1 vez
» . » 1 »
»Ahora bien, la letra que aparece con mayor frecuencia en ingl茅s es e. Las restantes letras se suceden en el siguiente orden: a o i d h n r s t u y c f g l m w b k p q x z. La e predomina de tal manera, que es raro encontrar una frase de cualquier extensi贸n donde no figure como letra dominante.
»Tenemos, pues, algo m谩s que una mera suposici贸n como base para comenzar. El uso general que puede darse a esta tabla resulta evidente, pero en esta cifra s贸lo la usaremos en parte. Puesto que el signo predominante es 8, empezaremos por suponer que se trata de la e del alfabeto natural. Para verificar esta suposici贸n repararemos en que el 8 aparece con frecuencia en parejas, ya que la e se dobla muchas veces en ingl茅s: vayan como ejemplo las palabras meet, fleet, speed, seen, been, agree, etc. En nuestra cifra vemos que no aparece doblada menos de cinco veces, a pesar de que se trata de un criptograma breve.
»Consideremos, pues, que el 8 es la e. Ahora bien, de todas las palabras inglesas, “the” es la m谩s usual; fij茅monos entonces si no existen repeticiones de tres signos colocados en el mismo orden, el 煤ltimo de los cuales sea 8. Si descubrimos repeticiones de este tipo, lo m谩s probable es que representen la palabra “the”. Basta mirar el pergamino para reparar en que hay no menos de siete de estas series: los signos son ;48. Cabe, pues suponer que ; representa la t, 4 la h y 8 la e, confirm谩ndose as铆 el valor de este 煤ltimo signo. De tal manera, hemos dado un gran paso adelante.
»S贸lo hemos determinado una palabra, pero esto nos permite fijar algo muy importante, es decir, el comienzo y las terminaciones de varias otras palabras. Tomemos por ejemplo la combinaci贸n ;48 en su pen煤ltima aparici贸n, casi al final de la cifra. Sabemos que el signo ;, que aparece de inmediato, representa el comienzo de una palabra, y adem谩s conocemos cinco de los signos que aparecen despu茅s de “the”. Escribamos, pues, las equivalencias que conocemos, dejando un espacio para lo que ignoramos:
t eeth.
»Por lo pronto podemos afirmar que la porci贸n th no constituye una parte de la palabra que empieza con la primera t, ya que luego de probar todo el alfabeto a fin de adaptar una letra al espacio libre, convenimos en que es imposible formar una palabra de la cual dicho th sea una parte. Nos quedamos, pues, con
t ee,
y, ensayando otra vez el alfabeto, llegamos a la palabra tree (谩rbol) como 煤nica posibilidad. Ganamos as铆 otra letra, la r, representada por (, y dos palabras yuxtapuestas, «the tree».
»Si miramos algo despu茅s de estas palabras, volvemos a encontrar la combinaci贸n ;48, que empleamos como terminaci贸n de lo que precede inmediatamente. Tenemos as铆:
the tree ;4‡?34 the,
o, sustituyendo los signos por las letras correspondientes que conocemos:
the tree thr‡?3h the.
»Si ahora, en el lugar de los signos desconocidos, dejamos espacios o puntos suspensivos, leeremos:
the tree thr… the,
y la palabra through (por, a trav茅s), se pone de manifiesto por s铆 misma. Pero este descubrimiento nos proporciona tres nuevas letras, o, u y g, representadas por ‡, ? y 3.
»Examinando con cuidado el manuscrito para buscar combinaciones de caracteres ya conocidos, encontramos no lejos del comienzo la siguiente serie:
83(88, o sea egree
que, evidentemente, es la conclusi贸n de la palabra degree (grado), y que nos da otra letra, d, representada por †.
»Cuatro letras despu茅s de la palabra “degree” vemos la combinaci贸n
;46(;88*.
»Traduciendo los caracteres conocidos, y representando por puntos los desconocidos, tenemos:
th rtee,
combinaci贸n que sugiere inmediatamente la palabra «thirteen» (trece), y que nos da dos nuevos caracteres: i y n, representados por 6 y *.
»Observando ahora el comienzo del criptograma, vemos la combinaci贸n
53‡‡†.
»Traducida nos da
5good,
lo cual nos asegura de que la primera letra es A, y que las dos primeras palabras deben leerse: «A good» (un buen, una buena).
»Ya es tiempo de que pongamos nuestra clave en forma de tabla para evitar confusi贸n. Hasta donde la conocemos, es la siguiente:
5 significa a
† » d
8 » e
3 » g
4 » h
6 » i
* » n
‡ » o
( » r
; » t
»Tenemos, pues, las equivalencias de diez de las letras m谩s importantes, y resulta innecesario dar a usted m谩s detalles de la soluci贸n. Creo haberle dicho lo bastante para convencerlo de que las cifras de esta clase son f谩cilmente descifrables y mostrarle algo del an谩lisis racional que conduce a ese desciframiento. Tenga en cuenta, sin embargo, que el ejemplo ante nosotros pertenece a una de las formas m谩s sencillas de la criptograf铆a. S贸lo me resta proporcionarle la traducci贸n completa de los signos del pergamino. Hela aqu铆:
Un buen vidrio en el hotel del obispo en la silla del diablo cuarenta y un grados trece minutos y nornordeste tronco principal s茅ptima rama lado este tirad del ojo izquierdo de la cabeza del muerto una l铆nea de abeja del 谩rbol a trav茅s del tiro cincuenta pies afuera.
—Por lo que veo —exclam茅—, el enigma no parece aclarado en absoluto. ¿Qu茅 sentido puede extraerse de toda esa jerga sobre «silla del diablo», «cabeza del muerto», y «hotel del obispo»?
—Admito —repuso Legrand— que el asunto se presenta sumamente dif铆cil a primera vista. Mis esfuerzos iniciales consistieron en dividir la frase conforme a la divisi贸n natural que debi贸 tener en cuenta el cript贸grafo.
—¿Puntuarla, quiere usted decir?
—Algo as铆, en efecto.
—Pero ¿c贸mo es posible?
—Pens茅 que el autor de la cifra hab铆a decidido escribir deliberadamente las palabras sin separaci贸n, a fin de que resultara m谩s dif铆cil descifrarlas. Ahora bien, al hacer esto, un hombre de inteligencia r煤stica tender谩 con toda seguridad a exagerar; es decir, que cuando en el curso de su redacci贸n llegue a un lugar que requiera una separaci贸n o un punto, se apresurar谩 a amontonar los signos, poni茅ndolos m谩s juntos que en otras partes. Si examina usted el manuscrito, podr谩 advertir cinco lugares donde ese amontonamiento es f谩cilmente visible. Partiendo de esta noci贸n, divid铆 el texto en la siguiente forma:
Un buen vidrio en el hotel del obispo en la silla del diablo – cuarenta y un grados trece minutos – nornordeste – tronco principal s茅ptima rama lado este – tirad del ojo izquierdo de la cabeza del muerto – una l铆nea de abeja del 谩rbol a trav茅s del tiro cincuenta pies afuera.
—Incluso esta divisi贸n me deja a oscuras —confes茅.
—Tambi茅n a m铆 durante algunos d铆as —dijo Legrand— mientras indagaba activamente en las vecindades de la isla de Sullivan, en busca de alg煤n edificio conocido por el «hotel del obispo». Como no obtuviera informaciones al respecto, me dispon铆a a extender mi esfera de acci贸n y a proceder de manera m谩s sistem谩tica cuando una ma帽ana me acord茅 repentinamente de que este «hotel del obispo» pod铆a referirse a una antigua familia llamada Bessop que, desde tiempos inmemoriales, posee una casa solariega a unas cuatro millas de las plantaciones. Reanudando mis averiguaciones en el norte de la isla, me encamin茅 hacia all谩 para hablar con los negros m谩s viejos de las plantaciones. Por fin, una mujer de mucha edad me dijo haber o铆do hablar de un sitio denominado Bessop’s Castle (castillo de Bessop), y que cre铆a poder guiarme hasta all谩, pero que no se trataba de ning煤n castillo ni posada, sino de una elevada roca.
»Ofrec铆 pagarle bien por su trabajo y, despu茅s de dudar un poco, consinti贸 en acompa帽arme. No le cost贸 mucho encontrar el sitio, que me puse a examinar luego de despedir a mi gu铆a. El “castillo” consist铆a en un amontonamiento irregular de acantilados y rocas, una de las cuales se destacaba notablemente, tanto por su tama帽o como por su aspecto artificial y aislado. Trep茅 a su cima y, una vez all铆, me sent铆 profundamente desconcertado y sin saber qu茅 hacer.
»Mientras reflexionaba mis ojos se posaron en una estrecha saliente en la cara oriental de la roca, a una yarda m谩s o menos por debajo de la eminencia en que me hallaba. Esta saliente tendr铆a unas dieciocho pulgadas de largo y apenas un pie de ancho; un hueco del acantilado, exactamente encima de ella, le daba un tosco parecido con una de las sillas de respaldo c贸ncavo usadas por nuestros antepasados. No me cupo duda de que all铆 estaba “la silla del diablo” mencionada en el manuscrito, y me pareci贸 que acababa de penetrar en el secreto del enigma.
»Sab铆a bien que el “buen vidrio” s贸lo pod铆a referirse a un catalejo, ya que los marinos de habla inglesa s贸lo usan la palabra “glass”, vidrio, para referirse a dicho instrumento. Comprend铆 que se trataba de aplicar un catalejo desde un lugar definido y que no admit铆a variaci贸n. Tampoco dud茅 de que las expresiones “cuarenta y un grados trece minutos” y “nornordeste” constitu铆an las indicaciones para la orientaci贸n del catalejo. Grandemente excitado por estos descubrimientos, volv铆 en seguida a casa, me proporcion茅 un catalejo y retorn茅 a la roca.
»Desliz谩ndome sobre la cornisa vi que s贸lo en una posici贸n era posible mantenerme sentado. Este hecho confirmaba mis suposiciones. Me dispuse entonces a servirme del catalejo. Por supuesto, los “cuarenta y un grados trece minutos” s贸lo pod铆an referirse a la elevaci贸n sobre el horizonte visible, ya que la direcci贸n horizontal quedaba claramente indicada por la palabra “nornordeste”. Establec铆 este rumbo mediante una br煤jula de bolsillo, y luego, apuntando el catalejo en un 谩ngulo de elevaci贸n lo m谩s pr贸ximo posible a cuarenta y un grados, lo mov铆 con todo cuidado hacia arriba y abajo, hasta que me llam贸 la atenci贸n un orificio o apertura en el follaje de un gran 谩rbol que sobrepujaba a todos los otros a la distancia. Not茅 que en el centro de dicho agujero se ve铆a una mancha blanca, pero al principio no logr茅 distinguir lo que era. Por fin, ajustando mejor el catalejo, volv铆 a mirar y comprob茅 que se trataba de un cr谩neo humano.
»Este descubrimiento me llen贸 de tal entusiasmo que consider茅 resuelto el enigma, ya que la frase “tronco principal, s茅ptima rama, lado este”, s贸lo pod铆a referirse a la posici贸n del cr谩neo en el 谩rbol, mientras “tirad del ojo izquierdo de la cabeza del muerto” no admit铆a a su turno m谩s que una interpretaci贸n, vinculada a la b煤squeda de un tesoro escondido. Comprend铆 que se trataba de dejar caer una bala o un peso cualquiera desde el ojo izquierdo del cr谩neo, y que una “l铆nea de abeja” o, en otras palabras, una l铆nea recta, deb铆a ser tendida desde el punto m谩s cercano del tronco a trav茅s “del tiro”, o sea el lugar donde cayera la bala, y extendida desde all铆 a una distancia de cincuenta pies, donde indicar铆a un punto preciso; debajo de dicho punto era por lo menos posible encontrar alg煤n dep贸sito valioso».
—Todo esto es sumamente claro —dije— y muy sencillo y expl铆cito, a pesar del ingenio que encierra. ¿Qu茅 hizo usted al abandonar el hotel del obispo?
—Pues bien, una vez que me hube asegurado exactamente de la ubicaci贸n del 谩rbol, me volv铆 a casa. Apenas hube abandonado la «silla del diablo», el agujero circular se desvaneci贸; desde cualquier sitio que mirara me fue imposible volver a descubrirlo. Esto es lo que me parece una obra maestra de ingenio (y conste que lo he verificado tras muchos experimentos): el orificio circular s贸lo es visible desde un punto de mira, el que ofrece la angosta saliente en el flanco de la roca.
»En esta expedici贸n al “hotel del obispo” fui acompa帽ado por J煤piter, quien sin duda ven铆a observando desde hac铆a algunas semanas la distracci贸n que me dominaba, y ten铆a buen cuidado de no dejarme solo. Pero al siguiente d铆a me levant茅 muy temprano y me las arregl茅 para escaparme solo, march谩ndome a las colinas en busca del 谩rbol. Despu茅s de mucho trabajo di con 茅l; pero, cuando regres茅 por la noche a casa, mi criado ten铆a toda la intenci贸n de darme una paliza. En cuanto al resto de la aventura, la conoce usted tanto como yo».
—Supongo —dije— que la primera tentativa fall贸 a causa de la tonter铆a de J煤piter, que dej贸 caer el escarabajo desde el ojo derecho y no el izquierdo del cr谩neo.
—Precisamente. Este error produjo una diferencia de unas dos pulgadas y media en el «tiro», vale decir en la posici贸n de la estaca m谩s cercana al 谩rbol; si el tesoro hubiese estado debajo del «tiro», la cosa no hubiera tenido consecuencias; pero el «tiro», conjuntamente con el lugar m谩s cercano del tronco del 谩rbol, s贸lo constitu铆an dos puntos para fijar una l铆nea de direcci贸n. El error, insignificante en s铆, fue aumentando a medida que traz谩bamos la l铆nea, y al llegar a los cincuenta pies nos hab铆amos alejado por completo del buen lugar. De no haber estado tan absolutamente convencido de que realmente hab铆a all铆 un tesoro escondido, todos nuestros esfuerzos habr铆an terminado en la nada.
—Pero su grandilocuencia, Legrand, y esa manera de balancear el escarabajo… ¡cu谩n extra帽o era todo eso! Llegu茅 a convencerme de que se hab铆a vuelto loco. ¿Y por qu茅 insisti贸 en hacer descender el escarabajo, y no una bala u otro peso?
—Para serle franco, me sent铆a un tanto picado por sus sospechas concernientes a mi salud mental y decid铆 castigarlo a mi manera, con un poquit铆n de mistificaci贸n en fr铆o. Por eso balanceaba el escarabajo, y tambi茅n por eso lo hice bajar desde el cr谩neo. Una observaci贸n suya sobre lo mucho que pesaba el insecto me decidi贸 a adoptar este 煤ltimo procedimiento.
—¡Ah, ya entiendo! Y ahora s贸lo queda un punto por aclarar. ¿Qu茅 deduciremos de los esqueletos que encontramos en el agujero?
—He aqu铆 una cuesti贸n que ni usted ni yo podr铆amos contestar. S贸lo se me ocurre una explicaci贸n plausible… y, sin embargo, cuesta creer una atrocidad como la que mi sugesti贸n implica. Me parece evidente que Kidd (si fue 茅l mismo quien escondi贸 el tesoro, cosa que por mi parte no dudo) necesit贸 ayuda en su trabajo. Pero, una vez terminado 茅ste, debi贸 considerar la conveniencia de eliminar a todos los que participaban de su secreto. Quiz谩 le bast贸 un par de azadonazos mientras sus ayudantes estaban ocupados en el pozo; tal vez hizo falta una docena… ¿Qui茅n podr铆a decirlo?
[1] J煤piter confunde antenn忙 con tin, esta帽o. Resulta imposible traducir adecuadamente la jerga con que se expresa J煤piter, y que es propia de los negros del sur de los Estados Unidos. (Nota del Traductor)
[2] Kid, cabrito. (Nota del Traductor)

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