El legado de Peabody - Amantes de la literatura

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6.08.2025

El legado de Peabody



Por H. P. Lovecraft y August Derleth

I

No conoc铆 a mi bisabuelo, Asaph Peabody, a pesar que ten铆a ya cinco a帽os cuando 茅l muri贸 en su vieja y vasta propiedad al noroeste de Wilbraham, Massachusetts. Recuerdo vagamente que en mi ni帽ez estuve all铆, en la 茅poca en que el viejo estaba enfermo; mi padre y mi madre subieron a su habitaci贸n, pero yo me qued茅 abajo, con la ni帽era, y nunca le vi. Dec铆an que era rico, pero las riquezas con el tiempo pasan, puesto que incluso la piedra es mortal, y ciertamente no es de esperar que el simple dinero soporte los estragos de los impuestos que, cada vez mayores, menguan un poco las fortunas con cada muerte.

Y hubo muchas muertes en nuestra familia, despu茅s de la de mi bisabuelo en 1907. Dos de mis t铆os murieron: a uno lo mataron en el Frente Oeste, el otro se hundi贸 con el Lusitania. Como un tercero hab铆a muerto antes que ellos, y ninguno de los tres se hab铆a casado, la propiedad recay贸 a la muerte de mi abuelo en 1919. Mi padre no era un hombre del campo, aunque casi todos sus antepasados lo fueron. No le atra铆a la vida r煤stica, y no hizo ning煤n esfuerzo por interesarse en la propiedad que hab铆a heredado, aparte de usar el dinero de mi bisabuelo en algunas Inversiones en Boston y en Nueva York. Mi madre tampoco sent铆a la menor atracci贸n por la zona rural de Massachusetts. De todos modos, ninguno de los dos consent铆a que se pusiese en venta. S贸lo en una ocasi贸n, al volver de la Universidad, o铆 proponerlo a mi madre, y mi padre cambi贸 de tema; recuerdo su repentina frialdad -no se me ocurre palabra m谩s exacta para describir su reacci贸n- y su extra帽a referencia al “Legado Peabody”, y sus cuidadosamente medidas palabras:

-Mi abuelo predijo que alguien de su misma sangre recobrar铆a el Legado.

Mi madre pregunt贸 desde帽osamente:

-¿Qu茅 legado? ¿No lo gast贸 casi todo tu padre?

A lo que mi padre no dio respuesta alguna, quedando la cosa en que exist铆an buenas razones por las que la propiedad no pod铆a venderse, como si alguna ley lo prohibiese. Aun as铆, nunca iba por la Propiedad; los impuestos estaban pagados regularmente por un tal Alan Hopkins, abogado de Wilbraham, que adem谩s enviaba informes peri贸dicos a mis padres. Pero ellos los ignoraban y rechazaban cualquier sugerencia respecto a “mantener en buen estado” la propiedad sosteniendo que eso ser铆a “tirar dinero bueno”.

La propiedad estaba abandonada; y as铆 continu贸. El abogado hab铆a intentado alquilarla en alguna que otra ocasi贸n, pero ni siquiera un florecimiento temporal de Wilbraham trajo inquilinos estables, y la propiedad de los Peabody qued贸 a merced de las inclemencias del tiempo y del paso de los a帽os. Se hallaba, por lo tanto, en un triste estado cuando la hered茅 yo a la muerte de mis padres en accidente de autom贸vil, en el oto帽o de 1929. Con la llegada de la Gran Depresi贸n se produjo una sensible p茅rdida de valor de las propiedades. Decid铆, pues, vender mi casa de Boston y acondicionar la de Wilbraham para vivir en ella. No necesitaba m谩s, pues mis padres a su muerte me hab铆an dejado lo suficiente para abandonar mi carrera de abogado, que siempre me exigi贸 m谩s meticulosidad y atenci贸n de las que yo estaba dispuesto a dar. Pero ese plan no pod铆a llevarse a cabo hasta que una parte por lo menos de la vieja casa estuviese arreglada para poder ser habitada de nuevo. La vivienda en s铆 era el producto de muchas generaciones. Hab铆a sido construida en 1787. Era una casa colonial, de severas fachadas, con una segunda planta sin acabar, y cuatro impresionantes columnas en la entrada. Con el tiempo, 茅sta se convirti贸 en la parte central de la casa, el coraz贸n, como si dij茅ramos las generaciones alteraron su aspecto y a帽adieron varias cosas: primero una escalera y un segundo piso; luego varias alas, de modo que en el momento en que decid铆 trasladarme all铆 era una enmara帽ada estructura, que ocupaba cerca de un acre, sin incluir jardines y terrenos tan irregulares como la estructura de la casa.

Las severas l铆neas coloniales se hab铆an amortiguado por obra y gracia del tiempo y de los posteriores constructores poco respetuosos. La arquitectura hab铆a dejado de ser algo puro, y en ella se combinaba un tejado a la holandesa con otros de estilos diferentes, ventanas peque帽as con otras grandes, cornisas de elaboradas figuras con otras sin esculpir. En conjunto, la impresi贸n que daba la casa no era del todo desagradable, pero a cualquiera con cierta sensibilidad arquitect贸nica le parecer铆a un lamentable conglomerado de estilos y ornamentaciones. Esa impresi贸n se ve铆a suavizada por los inmensos olmos y robles que rodeaban la casa por todas partes, excepto por el jard铆n, ocupado por las rosas, abandonadas a su propia suerte desde tanto hacia tanto, y los abedules y 谩lamos que crec铆an entre ellas. El efecto que produc铆a la casa era, aparte del descuido y de los diversos estilos, de una deste帽ida magnificencia, e incluso sus paredes despintadas armonizaban con los grandes 谩rboles que la rodeaban.

La casa ten铆a nada menos que veintisiete habitaciones. De estas, seleccion茅 tres en la zona sureste, para ser reconstruidas, y durante todo el oto帽o y parte del invierno iba desde Boston para observar c贸mo progresaba la reconstrucci贸n. La vieja madera, al ser limpiada y encerada, recobr贸 su bello color. La instalaci贸n de la electricidad acab贸 con la triste oscuridad de la casa. S贸lo el retraso en la instalaci贸n de agua corriente impidi贸 que me trasladase a vivir all铆 antes del final de ese invierno. El 24 de febrero pude instalarme definitivamente en la ancestral residencia de los Peabody. Durante un mes estuve ocupado con los proyectos de obras para el resto de la casa, y aunque en principio hab铆a pensado derribar algunas de las partes a帽adidas en otras 茅pocas y dejar simplemente la estructura inicial, pronto abandon茅 esta idea y decid铆 dejar la casa tal como estaba. Era evidente que en ella hab铆a un cierto encanto, debido indudablemente a la marca dejada por las generaciones que la habitaron, y al paso de los acontecimientos que all铆 transcurrieron.

La casa me atra铆a cada vez m谩s, y lo que en principio fue un traslado temporal, pronto se convirti贸 en el deseo de establecerme all铆 para el resto de mi vida. Pero ese ideal creci贸 en proporciones tales que trajo consigo una desviaci贸n, alter贸 mis prop贸sitos, y me llev贸 hacia un rumbo que nunca hubiese deseado tomar. Esta decisi贸n fue la de trasladar los restos de mis padres, enterrados en Boston, al pante贸n familiar que se hallaba en una colina al alcance de la vista desde la casa, pero algo alejada del camino que limitaba la propiedad. Esto era s贸lo el principio, pues ten铆a la intenci贸n de traer los huesos de mi t铆o que reposaban en alg煤n lugar de Francia, y as铆 reunir a cuantos pudiese de la familia en el ancestral terreno cercano a Wilbraham.

Era una de esas cosas que se le ocurren a un solter贸n, que a la vez un Mis谩ntropo en eso me hab铆a convertido en el corto espacio de un mes, rodeado de planos de arquitectos y de la tradici贸n de la vieja casa, que estaba a punto de comenzar a una nueva vida, en una era muy distinta de la de sus sencillos comienzos. Con el prop贸sito de cumplir este plan me dirig铆 un d铆a al pante贸n familiar, con las llaves que me hab铆a dado el abogado de la casa. Ninguna de las partes del pante贸n era muy visible si se exceptuaba la gran puerta, porque hab铆a sido excavado en una colina y se hallaba casi rodeado y cubierto de 谩rboles que hab铆an crecido sin que nadie los hubiera podado durante mucho tiempo.

La puerta, al igual que el pante贸n, hab铆an sido construidos para que durasen siglos; eran casi tan viejos como la casa, y durante muchas generaciones todos los miembros de la familia Peabody, desde el viejo Jedediah, el primero en ocupar la casa, y a partir de el todos los dem谩s, hab铆an sido enterrados all铆. La puerta ofreci贸 cierta resistencia, ya que no se hab铆a abierto en a帽os, pero al final cedi贸 ante mis esfuerzos y el pante贸n se abri贸 ante m铆. Los 37 muertos de la familia vac铆an all铆. Algunos de ellos -los primeros Peabody- se encontraban en nichos, pero ya tan s贸lo quedaban los restos de los ata煤des. En el de Jedediah no quedaba siquiera polvo para atestiguar que ata煤d y cuerpo reposaron all铆 una vez: estaba completamente vac铆o. Todos los ata煤des se hallaban en orden, excepto el que conten铆a el cuerpo de mi bisabuelo Asaph Peabody; este parec铆a estar curiosamente alterado: sobresal铆a de la l铆nea con respecto a los otros m谩s recientes de mi abuelo y de mi t铆o -que no yac铆an en un nicho propio, sino en un saliente de la pared en que estaban los nichos. Adem谩s, parec铆a que alguien hab铆a intentado levantar la tapa: una de las bisagras estaba rota y la otra suelta.

Intent茅 enderezar el ata煤d de mi bisabuelo de modo instintivo, pero al hacerlo la tapa se afloj贸 m谩s aun y se movi贸 ligeramente: eso me permiti贸 entrever todo lo que quedaba de Asaph Peabody. Pude observar que, por alg煤n tremendo error, hab铆a sido enterrado boca abajo. No quer铆a pensar, aun despu茅s de pasado tanto tiempo, despu茅s de su muerte, que el viejo hubiese sido enterrado en un estado catal茅ptico y hubiese sufrido una angustiosa muerte en ese estrecho espacio en el que era imposible respirar. No quedaban m谩s que huesos, huesos y restos de su vestimenta. De todos modos, me sent铆 en la obligaci贸n de alterar lo que se deb铆a a error o accidente. Quit茅 la tapa del ata煤d y, con respeto, di la vuelta a los huesos y cr谩neo, con objeto de que el esqueleto de mi bisabuelo estuviese en la posici贸n correcta. Este hecho, que hubiese parecido horripilante bajo otras circunstancias, resultaba en ese momento algo natural; con el pante贸n iluminado por la luz del sol, las sombras de los 谩rboles jugueteaban en el suelo a trav茅s de la puerta abierta, y no se sent铆a uno en un lugar desagradable. Pero hab铆a venido con la intenci贸n de asegurarme de que hab铆a sitio en el pante贸n, y me congratul茅 que as铆 fuese: hab铆a suficiente para mis padres, para mi t铆o -si pod铆an encontrarse sus restos en Francia-, y finalmente para m铆 mismo.

Me prepar茅 por lo tanto para llevar a cabo mis planes. Dej茅 el pante贸n tras cerrar la puerta, y regres茅 a la casa pensando en la forma y los medios para trasladar los restos de mi t铆o a su pa铆s de origen. Sin perder m谩s tiempo, escrib铆 a las autoridades de Boston para solicitar de ellas el permiso de desenterrar a mis padres para trasladar sus restos al pante贸n familiar.

II

La singular cadena de acontecimientos que parec铆a centrarse alrededor de la vieja casa de los Peabody empez贸, creo recordar, a partir de aquella misma noche. Es cierto que ya hab铆a recibido una extra帽a advertencia de que algo podr铆a ocurrir en la ruinosa casa. El viejo Hopkins, al entregarme las llaves, hab铆a insistido para que dijese si en realidad estaba seguro de dar este paso, mientras recalcaba que la casa era “un lugar solitario”, que los vecinos “no miran con buenos ojos a los Peabody”, y que siempre hubo “ciertas dificultades para retener all铆” a los inquilinos”. Era uno de esos lugares a los que, dijo con cierto recelo, “nadie va de picnic. ¡Nunca encontrara platos o servilletas de papel all铆!” pero todo esto no eran, sino que un mont贸n de ambig眉edades que el anciano no concretaba. Era evidente que hab铆a otros hechos, m谩s reales, como la envidia de los vecinos hacia una propiedad de grandes dimensiones que, en otras manos, podr铆a ser buena tierra de labranza. Mi propiedad abarcaba cerca de 40 acres, casi todos bosques y una tierra de campos, atravesada por cercas, entre las cuales crec铆an hierbas y arbustos que serv铆an de refugio a los p谩jaros. Habladur铆as de viejo, pens茅, solidarizado con los agricultores vecinos, t铆picos norte帽os fornidos, que en nada se diferenciaban de los Peabody, excepto en que hab铆an trabajado la tierra m谩s arduamente y quiz谩s durante m谩s tiempo.

Pero aquella noche en que el viento de marzo silbaba entre los 谩rboles, me obsesion贸 la idea que no estaba solo en la casa. Hubo un sonido no precisamente de pasos, pero s铆 de alg煤n movimiento en alg煤n lugar del piso de arriba, un movimiento dif铆cil de describir, de alguien que se mov铆a hacia delante, y hacia atr谩s, hacia adelante, y hacia atr谩s, en un estrecho espacio. Recuerdo que sub铆, y penetr茅 en el oscuro recoveco al que llevaba a la escalera y estuve atento a la oscuridad de arriba; el sonido parec铆a deslizarse por las escaleras. Algunas veces era un sonido definido, otras era el simple rumor; estuve all铆 escuchando, escuchando, tratando de identificar su procedencia, tratando de buscar alguna explicaci贸n racional, puesto que no lo hab铆a o铆do antes, y llegu茅 a la conclusi贸n que la rama de alg煤n 谩rbol deb铆a de rozar en la ventana, hacia delante y hacia atr谩s. Convencido de ello, regres茅 a mi habitaci贸n y no me preocup茅 m谩s. No es que hubiese cesado el ruido, pero yo le hab铆a encontrado una explicaci贸n razonable.

Menos razonable resultaron mis sue帽os de esa noche. No suelo so帽ar, pero esa noche fui literalmente asaltado por los m谩s grotescos fantasmas on铆ricos. Impotente, me hallaba a merced de todo tipo de distorsiones en el tiempo y en el espacio, ilusiones sensoriales, junto a horripilantes visiones de una sombra que llevaba un sombrero negro y se acompa帽aba de una oscura criatura. Esto lo vi como a trav茅s de un cristal, pero envuelto en oscuridad. En realidad, no fue un sue帽o propiamente dicho, sino fragmentos de sue帽os de los que ninguno ten铆a principio ni fin, pero que me atra铆an a un extra帽o mundo desconocido para m铆, como de otra dimensi贸n que no hab铆a apreciado antes en la realidad fuera de los sue帽os.

Pero sobreviv铆 a esa noche intranquila, si bien algo cansado. Al d铆a siguiente supe de un hecho interesante que me explic贸 el arquitecto que vino a discutir mis planos para la renovaci贸n de la casa. Era un hombre joven no dado a extra帽as creencias acerca de viejas casas, cosas frecuentes en zonas rurales y aisladas. Al ver que la casa nadie se imaginar铆a que hay en ella una habitaci贸n secreta…, bueno, escondida, ¿no es cierto? -dijo, mientras me mostraba los planos extendidos.

-¿Y la hay? -le pregunt茅.

-Una especia de catacumba -dijo- para esconder a los esclavos fugitivos.

-Nunca le he visto.

-Ni yo. Pero mire aqu铆…

En los planos que hab铆a logrado trazar a partir de los cimientos y habitaciones tal como las conoc铆amos, me se帽al贸 un espacio ocupado en la pared norte del piso de arriba, la parte m谩s vieja de la casa. Ninguna catacumba, ciertamente: no hab铆a habido ning煤n papista entre los Peabody. Sin embargo, quiz谩 hubo esclavos fugitivos. Pero de haber sido as铆, ¿C贸mo explicar la construcci贸n de semejante sitio cuando a煤n no exist铆a un n煤mero apreciable de esclavos de los que escaparon a Canad谩? No, tampoco podr铆a ser eso.

-¿Cree que puede dar con el agujero? -pregunt茅.

-Tiene que estar ah铆.

Y all铆 estaba. Astutamente escondido, aunque pod铆a haber sido descubierto de haberse fijado alguien que faltaba una ventana en la habitaci贸n de la fachada norte del dormitorio. La puerta del escondrijo estaba oculta entre los dibujos de la madera labrada que cubr铆a la pared y que era de cedro rojo; de no saber que hab铆a all铆 una habitaci贸n, dif铆cilmente habr铆amos dado con la puerta. No ten铆a picaporte y se abr铆a por simple presi贸n en uno de los dibujos de la madera. Lo descubri贸 el arquitecto: a m铆 nunca se me hab铆an dado bien estas cosas. De todas formas, entraba m谩s en el campo de un arquitecto que en el m铆o y tan s贸lo me entretuve un momento estudiando el mecanismo de la puerta antes de entrar en la habitaci贸n. Era un espacio peque帽o. Pero no lo suficientemente peque帽o como para poder ser el nicho de una catacumba; un hombre pod铆a Caminar por 茅l unos diez pies en una sola direcci贸n; La inclinaci贸n del techo imped铆a hacerlo en cualquier otra.

Es decir: se pod铆a ir a lo largo de la pared, pero en la direcci贸n a la pared no. Y lo m谩s importante era que la habitaci贸n ten铆a todo el aspecto de haber sido ocupada en el pasado: estaba intacta, con los libros y papeles, y unas sillas colocadas en torno a un peque帽o escritorio arrimado contra una de las paredes. La habitaci贸n ten铆a un aspecto singular. Aunque de peque帽as dimensiones, sus 谩ngulos parec铆an ser oblicuos, como si el constructor se hubiera propuesto confundir al due帽o. Adem谩s, hab铆a extra帽os dibujos en el suelo, algunos de ellos incluso tallados en el entarimado de una forma grotescamente salvaje: eran c铆rculos de trazo burdo y en cuyos bordes interior y exterior aparec铆an temas extra帽amente desagradables. Me repel铆a igualmente el escritorio, que era negro y no marr贸n, y parec铆a chamuscado; uno asegurar铆a que hab铆a sido utilizado para algo m谩s que como un simple escritorio. Sobre 茅l, sin embargo, hab铆a un mont贸n de libros, o de algo que a primera vista parec铆an ser libros muy antiguos, encuadernados con alg煤n tipo de piel, as铆 como un manuscrito, igualmente encuadernado.

No me dio tiempo a examinar todos los detalles. El arquitecto, que estaba conmigo, ya hab铆a visto cu谩nto deseaba. Confirmadas sus sospechas que exist铆a la habitaci贸n, expres贸 su deseo de marcharse.

-Podemos eliminarla y abrir una ventana -y a帽adi贸-: Por supuesto no querr谩 conservarla.

-No lo s茅 -le contest茅-. No estoy seguro. Depende de su antig眉edad.

Si la habitaci贸n era tan antigua como yo pensaba, me resistir铆a a destruirla. No quer铆a perder la oportunidad de rebuscar en ella, de examinar aquellos viejos libros. Adem谩s, no habr铆a prisa, no era precisa una decisi贸n inmediata; el arquitecto ten铆a bastante faena en el resto de la casa como para que nos dedic谩ramos a pensar m谩s en la habitaci贸n secreta. Y ah铆 qued贸 la cosa. Ten铆a intenci贸n de volver a la habitaci贸n al d铆a siguiente, pero algunos sucesos imprevistos me lo impidieron. En primer lugar, pas茅 otra noche agitada, v铆ctima de sue帽os de naturaleza inquietante, a los que no encontraba explicaci贸n, pues nunca me han martirizado los sue帽os excepto cuando son consecuencias de una enfermedad. Los sue帽os versaban, por alguna raz贸n, acerca de mis antepasados. Frecuentemente se me aparec铆a un viejo con barba y sombrero negro de extra帽o dise帽o, cuya cara, que no me resultaba en sue帽os, era en realidad la de mi bisabuelo Asaph, seg煤n pude comprobar a la ma帽ana siguiente con un retrato suyo delante.

Este antepasado se me aparec铆a avanzando de forma extraordinaria por el aire, como si estuviese volando. Atravesaba paredes y su silueta revoloteaba entre las copas de los 谩rboles. Y dondequiera que iba le acompa帽aba un enorme gato negro que pose铆a la misma capacidad de sustraerse a las leyes f铆sicas. Mis sue帽os no guardaban relaci贸n unos con otros, ni siquiera formaban una unidad por separado; hab铆a una mezcla de secuencias en las que aparec铆a mi bisabuelo, su gato, su casa y su propiedad, formando parte de un relato que no ten铆a sentado. Estaban estrechamente relacionados con los de la noche anterior, y revestidos de esa misma sensaci贸n extradimensional de las primeras conmociones nocturnas. 脷nicamente difer铆an en que eran m谩s claros. Me sent铆a muy molesto con estos sue帽os, que no me permitieron ni un minuto de sosiego durante la noche.

A la ma帽ana siguiente no me encontraba de humor para recibir del arquitecto la noticia que se retrasar铆a un tanto la reanudaci贸n del trabajo en la casa. No parec铆a muy dispuesto a darme explicaciones, pero le presion茅 para que lo hiciese, y finalmente admiti贸 que los trabajadores que hab铆a contratado le hab铆an notificado esa misma ma帽ana que no deseaban seguir en ese- “trabajo”. Pero aun as铆 me asegur贸 que si yo ten铆a un poco de paciencia no habr铆a dificultad para contratar en Boston mano de obra barata entre los polacos o italianos. No hab铆a alternativa. Pero en el fondo no estaba tan molesto como aparentaba. Empezaba a dudar acerca de la conveniencia de hacer esas reformas en la casa. Despu茅s de todo bastaba con reforzar una parte de la vieja casa, sin alteraciones. En gran parte, el encanto de la vieja casa resid铆a precisamente en su antig眉edad; le dije, por tanto, que se tomase el tiempo que fuese, y me march茅 a hacer algunas compras que ten铆a pendientes desde que llegu茅 a Wilbraham.

Nada m谩s aparecer por Wilbraham me di cuenta que la gente me recib铆a con actitud hostil. En ocasiones, o bien no se hab铆an fijado en m铆, pues muchos de ellos no me conocer铆an, o bien, los que me conoc铆an, me hab铆an saludado sin m谩s. Pero esa ma帽ana encontr茅 en toda una actitud com煤n: ninguno quer铆a hablar conmigo, o ser visto conversando conmigo. Incluso los comerciantes se mostraron excesivamente fr铆os, casi desagradables, d谩ndome a entender claramente que prefer铆an que se fuese a comprar a otra parte. Posiblemente reaccionaban as铆 al haberse enterado que planeaba renovar la casa Peabody, y se opon铆an a ello porque la renovaci贸n contribu铆a a destruir su encanto, o porque alargaba la vida de una propiedad que los agricultores hubiesen preferido ver convertida en tierras de cultivo, una vez desaparecidos la casa y los bosques que la rodeaban. Aquellos pensamientos, sin embargo, pronto cedieron el paso a la indignaci贸n. No era un paria y no deseaba ser tratado como tal. Cuando me toc贸 ir a la oficina de Ahab Hopkins me desahogu茅 con 茅l, pero con una verbosidad desacostumbrada en m铆, y a pesar de darme cuenta que le estaba inquietando.-bien, se帽or Peabody- dijo, tratando de calmarme. Yo no lo tomar铆a tan en serio. Despu茅s de todo, esta gente ha sufrido un fuerte shock y est谩n de mal humor, llenos de recelo. Adem谩s, son profundamente supersticiosos. Soy viejo, y nunca los he conocido de otra forma. La gravedad de su extra帽a mirada, que me estremeci贸.

-Se帽or Peabody: Dos millas m谩s arriba de la carretera de su casa hay una familia llamada Taylor. Conozco bien a George. Tienen 10 hijos. O, mejor dicho,”ten铆an”. Ayer por la noche, el pen煤ltimo, un ni帽o de unos dos a帽os, desapareci贸 de su habitaci贸n sin dejar rastro.

-Lo siento, pero ¿Qu茅 tiene que ver eso conmigo?

-Nada, por supuesto, se帽or Peabody. Pero usted es un extra帽o aqu铆, y bueno…, lo sabr铆a tarde o temprano, el nombre de Peabody no es bien acogido. En realidad, para mucha gente de la comunidad es un nombre odioso.

No pod铆a ocultar mi estupor.

-Pero ¿Por qu茅?

-Porque mucha gente cree en todo tipo de rumores y habladur铆as, por rid铆culas que parezcan- contest贸 Hopkins-.Tiene edad suficiente para saber que es as铆, aunque no est茅 familiarizado con las costumbres del campo, se帽or Peabody. Circulaban todo tipo de historias extra帽as acerca de su bisabuelo cuando yo era peque帽o, y dado que mientras habit贸 en la casa hubo varias espantosas desapariciones de ni帽os, de los que nunca se encontr贸 rastro, posiblemente exist铆a una tendencia natural a relacionar estos dos hechos: un nuevo Peabody en la casa y un suceso que recuerda otros relacionados con el Peabody que vivi贸 all铆.

-¡Pero eso es monstruoso!- grit茅.

-Sin duda- afirm贸 Hopkins con amabilidad casi perversa-, pero es as铆. Adem谩s, estamos en abril. De aqu铆 a la noche del Walpurgis falta menos de un mes.

Sospecho que mi cara estaba tan inexpresiva que le desconcert贸.

-Oh, vamos, se帽or Peabody -dijo Hopkins con falsa jovialidad-, imagin茅 que estaba al corriente que todos consideraban a su bisabuelo un brujo.

Me march茅 de all铆 muy confundido. A pesar del asombro y de la rabia, a pesar de mi irritaci贸n por el modo en que la gente me hab铆a demostrado su desprecio y su miedo, me molestaba a煤n m谩s la inquietante sospecha que hab铆a cierta l贸gica entre los acontecimientos de la noche anterior y los de aquel d铆a. Hab铆a so帽ado con mi bisabuelo en t茅rminos muy extra帽os, y ahora o铆a hablar de 茅l en t茅rminos mucho m谩s expresivos. No disimul茅 mi descortes铆a con aquellos que, a mi paso, se volv铆an a mirarme. Me met铆 en el coche y me fui rumbo a casa. All铆 se puso de nuevo a prueba mi paciencia. Clavado en la puerta principal, un aviso cruel, un trozo de papel en el que alg煤n vecino grosero y mal intencionado hab铆a escrito a l谩piz:”l谩rgate, si no… ”


III

Posiblemente a causa de los lamentables sucesos, las pesadillas me molestaron aquella noche m谩s que en las precedentes. Excepto en un detalle: hab铆a m谩s continuidad en las escenas que transcurr铆an mientras yo dorm铆a profundamente. Era tambi茅n mi bisabuelo, Asaph Peabody, el que aparec铆a en mis sue帽os, pero su aspecto era ahora tan siniestro que resultaba amenazador. Su gato se mov铆a a su lado con el pelo del cuello erizado, las puntiagudas orejas tiesas y la cola levantada: una monstruosa criatura, que se deslizaba o volaba detr谩s de 茅l. Llevaba algo, algo blanco o del color de la piel, pero mi l贸brego y oscuro sue帽o no me permiti贸 ver que era, atraves贸 bosques, cruzo campos, pas贸 entre 谩rboles; viajaba por estrechos pasadizos, y una de las veces estoy seguro que se hallaba en un pante贸n o en una tumba. Pude reconocer tambi茅n algunas partes de la casa. Pero no estaba solo en los sue帽os: le acompa帽aba un siempre, en el fondo, un difuminado pero monstruoso hombre negro, no un negro, sino un hombre de negrura tal que era literalmente m谩s oscuro que la noche, pero con llameantes ojos, como si fueran de fuego. Hab铆a toda una serie de criaturas alrededor del viejo hombre: murci茅lagos, ratas, horrendos y peque帽os seres medio humanos, medio ratas. Adem谩s, tuve algunas alucinaciones al mismo tiempo, ya que de vez en cuando, entre im谩genes, me parec铆a o铆r un llanto ahogado, como si un ni帽o estuviese sufriendo y, al mismo tiempo, una horrenda carcajada, y una voz que entonaba: “Asaph ser谩 otra vez. Asaph crecer谩 otra vez”.

Cuando finalmente despert茅 de esas ininterrumpidas pesadillas amanec铆a, y pod铆a jurar que se manten铆a en la habitaci贸n y retumbaba en mis o铆dos el llanto del ni帽o, como si proviniese de las mismas paredes. No dorm铆 m谩s, pero me qued茅 tumbado en la cama, con los ojos abiertos, pregunt谩ndome que ocurrir铆a la pr贸xima noche, y la siguiente, y la siguiente. La llegada de los trabajadores polacos de Boston me distrajo temporalmente de los sue帽os. Eran hombres inexpresivos y callados. El jefe, un hombre fuerte, llamado Jon Cierciorka, trataba con displicencia y despotismo a los hombres que ten铆a a sus 贸rdenes. Musculoso, de cerca de cincuenta a帽os, consegu铆a que los otros tres hombres obedecieran sin dudar a su mandato, como si le temiesen. Le hab铆an dicho al arquitecto que no pod铆an venir hasta dentro de una semana, pero se hab铆a retrasado el otro trabajo, y aqu铆 estaban: hab铆an venido de Boston tras haber enviado un telegrama al arquitecto. Pero ten铆an en su poder los planos y sab铆an cu谩l era su tarea.

Lo primero que hicieron fue quitar el yeso de la pared norte de la habitaci贸n que estaba justamente debajo de la habitaci贸n secreta. Ten铆an que trabajar con cuidado, porque no pod铆a tocarse la pared maestra que soportaba la segunda planta. El yeso, seg煤n pude observar, era de aquel antiguo que se preparaba a mano y hab铆a que quitarlo antes de poner una nueva capa; se hab铆a descolorido y cuarteado con los a帽os, de modo que la habitaci贸n era pr谩cticamente inhabitable. Lo mismo hab铆a que hacer con la esquina de la casa que ahora ocupaba yo, pero como hab铆a introducido all铆 muchos cambios, les llevar铆a m谩s tiempo. Observ茅 el trabajo de aquellos hombres durante un rato, y ya me hab铆a acostumbrado al ruido de los golpes cuando, de pronto, se pararon. Esper茅 un momento, y luego me dirig铆 al hall. Tuve el tiempo suficiente para verlos agrupados frente a la pared, persignarse supersticiosamente, apartarse un poco, y salir corriendo de la casa. Al pasar delante de m铆, Cierciorka me lanz贸 una parrafada de horror y furia. Pocos momentos despu茅s ya no estaban en la casa, y mientras yo permanec铆a clavado en el suelo, pude o铆r que su coche se pon铆a en marcha y se alejaba de mi propiedad.

Sumido en confusiones, me dirig铆 al lugar en que hab铆an estado trabajando. Hab铆an picado bastante yeso; algunas de sus herramientas estaban a煤n esparcidas por el suelo. Hab铆an dejado al descubierto una parte de la pared, y todo el mont贸n de detritus que, a lo largo de los a帽os, se hab铆an acumulado all铆. Hasta me acerqu茅 a la pared, no pude ver lo que ellos vieron. Entonces comprend铆 lo que hizo salir de all铆 empavorecidos y lanzando imprecaciones: ¡En la base de la pared, entre amarillentos papeles que, a pesar de haber sido ro铆dos por los ratones, conservaban a煤n signos cabal铆sticos, y entre instrumentos de muerte y destrucci贸n cortos y afilados cuchillos cortos oxidados por lo que debi贸 de ser sangre se ve铆an los peque帽os cr谩neos o huesos de por lo menos tres ni帽os! Me qued茅 estupefacto. Pensaba en la est煤pida superstici贸n que hab铆a o铆do el d铆a anterior de boca de Ahab Hopkins y que ahora adquir铆a un siniestro significado. Eso fue cuanto pens茅 en aquel momento. Los ni帽os desaparec铆an bajo el imperio de mi bisabuelo; era sospechoso de brujer铆a, de entregarse a ceremonias en las que el sacrificio de ni帽os peque帽os desempe帽aba un papel primordial. ¡Ahora, aqu铆, dentro de las paredes de la casa, se encontraban los restos de unos ni帽os, lo que apoyaba las sospechas de la gente respecto a sus actividades inicuas!

Una vez pasado el estupor inicial, pens茅 que deb铆a actuar sin p茅rdida de tiempo. Si alguien tuviese noticia de este hallazgo, mi estancia aqu铆 estar铆a te帽ida de horrible amargura, a causa de los vecinos, temerosos de Dios. Sin dudarlo m谩s, corr铆 a buscar una caja de cart贸n. En el muro, recog铆 todos los vestigios de huesos que pude encontrar, y llev茅 esta horrible carga al pante贸n familiar, donde vaci茅 los huesos en el nicho que una vez contuvo los restos de Jedediah Peabody, convertidos en polvo por el tiempo. Afortunadamente, los peque帽os cr谩neos se pulverizaron, y quien rebuscara all铆 s贸lo encontrar铆a los restos de alg煤n muerto mucho tiempo atr谩s. S贸lo un experto ser铆a capaz de determinar la procedencia de aquellos huesos que no hab铆an llegado a deshacerse tanto como para eliminar toda posibilidad de identificaci贸n. Cuando los trabajadores polacos dijesen algo al arquitecto, yo lo negar铆a rotundamente.

Que ocurriese tal cosa era un vano temor por mi parte, pues los asustados polacos nunca dijeron al arquitecto por qu茅 raz贸n hab铆an dejado su trabajo. No esper茅 a conocer los hechos a trav茅s del arquitecto, que ya se encargar铆a de buscar alguien que se ocupase de continuar el trabajo. Guiado por un instinto que ignoraba poseer, me dirig铆 a la habitaci贸n secreta, con una potente linterna, decidido a someterla a la m谩s exhaustiva investigaci贸n. Casi de repente, al entrar, hice un escalofriante descubrimiento; aunque las huellas que hab铆amos dejado el arquitecto y yo cuando estuvimos en la habitaci贸n eran a煤n reconocibles, hab铆a otras, m谩s recientes, reveladoras que alguien, o algo, hab铆a estado en esta habitaci贸n despu茅s de haber estado yo en ella. Las huellas se distingu铆an claramente; las de un hombre descalzo e, igualmente inconfundibles, las huellas de un gato. Pero no era esta la m谩s terror铆fica evidencia de la siniestra ocupaci贸n. Proven铆an del 谩ngulo nordeste de la extra帽a habitaci贸n, de un punto en el que era imposible para un hombre estar de pie, y casi imposible para un gato. Pero all铆 estaban, y desde ese punto avanzaban en direcci贸n al escritorio negro, donde hab铆a algo mucho peor, aunque no me percat茅 de ello hasta toparme con el escritorio en mi intento de seguir las huellas.

El escritorio hab铆a sido manchado un poco antes. Un peque帽o charco de un l铆quido viscoso, como si hubiese salido de la madera; no m谩s de tres pulgadas de di谩metro, al lado de una se帽al en el polvo, como si un gato, o una mu帽eca, o un bulto hubiese yacido all铆. Me qued茅 observando, tratando de averiguar lo que pod铆a ser, con la luz de la linterna; alumbr茅 el techo para ver si se colaba el agua por alguna gotera, hasta que record茅 que no hab铆a llovido desde mi primera y 煤nica visita a esta habitaci贸n. Luego toqu茅 el l铆quido con el dedo y acerqu茅 茅ste a la luz. Su color era rojo, el color de la sangre, y simult谩neamente me di cuenta, sin que nadie tuviera que dec铆rmelo, que eso es lo que era. C贸mo hab铆a llegado hasta all铆 prefer铆a no pensarlo. Las m谩s terror铆ficas conclusiones se agolparon en mi mente, sin l贸gica alguna. Me retir茅 del escritorio. Me entretuve s贸lo en coger algunos de los libros encuadernados en piel, y el manuscrito que all铆 hab铆a; con esto en las manos me fui hacia otros espacios donde las habitaciones no estaban construidas en 谩ngulos extra帽os, que suger铆an dimensiones desconocidas para la humanidad. Me fui casi con cierto sentido de culpabilidad, hacia mi habitaci贸n, apartando los Libros cuidadosamente contra mi pecho. Extra帽amente, al abrir los libros tuve el presentimiento que conoc铆a su contenido. Y no los hab铆a visto antes, ni, si mal no recuerdo, tampoco hab铆a o铆do t铆tulos como: Malleus Maleficarum y el Daeinonialitas de Sinistrari.

Trataban de brujer铆as, con todo tipo de hechizos y leyendas, de la destrucci贸n de brujos con el fuego y de sus medios de trasladarse de un sitio a otro:

“Entre sus principales virtualidades est谩 la de transportarse corporalmente de un lugar a otro… enga帽ados por las falsas apariencias y los fantasmas de los demonios, cabalgan por las noches, seg煤n ellos creen y afirman, montados sobre ciertas bestias… o, simplemente, caminan por el aire en los espacios construidos para ellos y para nadie m谩s. El mismo Satan谩s enga帽a en sue帽os a la mente que tiene prisionera llev谩ndola por el camino del mal… ellos toman el ung眉ento, fabricado seg煤n instrucciones del Demonio con piernas de ni帽os, particularmente de aquellos que ellos mismos han matado, y untan con 茅l una silla o una escoba; de este modo, inmediatamente se elevan en el aire, ya sea de d铆a o de noche, y visibles, si lo desean, o invisibles…”

No le铆 m谩s de esto y segu铆 con Sinistrari. Al rato mi mirada cay贸 sobre este inquietante pasaje:

“Promittunt diabolo statis temporibus sacrificia, et oblationes; singulis quindecim diebus, ¡ve! Singulo mense saltem, necem alicujus infantis, aut mortale veneficium, et singulis hebdomalis alia mala in damnum huinani generis, ut, grandines, tempestates, incendia, mortem animalium…”

Se expon铆a como los brujos deben realizar, con cierta frecuencia, el asesinato de un ni帽o, o cualquier otro acto homicida de hechizamiento; su sola lectura me llen贸 de indescriptible sensaci贸n de alarma, y como consecuencia me limit茅 a mirar por encima los otros libros que hab铆a tra铆do: el Vitae Sophistratum de Eunapius, De natura Daemonum de Anania, Fuga Satanae de Stampa, Discours Des sorciers de Bouget, y otro volumen, sin t铆tulo, de Olaus Magnus, encuadernado en una piel suave y negra que m谩s tarde me di cuenta que era piel humana. La simple posesi贸n de estos libros significaba algo m谩s que una mera curiosidad en las artes de la brujer铆a; era una explicaci贸n tan evidente de las creencias supersticiosas relacionadas con mi bisabuelo y comentadas en Wilbraham y sus contornos, que comprend铆 al instante por qu茅 hab铆an persistido durante tanto tiempo. Pero ten铆a que haber algo m谩s, porque poca gente pod铆a conocer la existencia de estos libros. ¿Qu茅 m谩s? Los huesos en la pared, debajo de la habitaci贸n secreta, establec铆an una conexi贸n entre la casa de los Peabody y los cr铆menes que hab铆an quedado sin resolver durante tantos a帽os. Sin embargo, nadie conoc铆a su existencia. Ten铆a que haber alg煤n hecho en la vida de mi bisabuelo que estableciese aquella relaci贸n en la mente de sus vecinos, aparte su vida recluida y su fama de mezquino, que me era conocida.

No parec铆a existir la clave que resolviera el rompecabezas entre aquellos objetos encontrados en la habitaci贸n secreta, pero pod铆a quiz谩 haber algo en La Gazette de Wilbraham, que estaba a la disposici贸n de cualquiera en la Biblioteca P煤blica. Y as铆, media hora despu茅s me hallaba entre las monta帽as de peri贸dicos de aquel centro, a la busca de ejemplares atrasados de la Gazette. Llevaba tiempo, ya que mirar todos los ejemplares publicados a lo largo de los 煤ltimos a帽os de la vida de mi bisabuelo. No estaba seguro de hallar lo que buscaba, aunque los peri贸dicos de aquella 茅poca estaban menos obstaculizados por restricciones legales que los de mi tiempo. Busqu茅 durante una hora sin encontrar referencia alguna a Asaph Peabody. Me entretuve leyendo algunos relatos de acciones violentas perpetradas principalmente sobre ni帽os peque帽os de la vecindad de la casa de los Peabody. Invariablemente todos los relatos iban acompa帽ados de editoriales en los que se hac铆a referencia al “animal” que se dec铆a “Era una especie de gran criatura negra y, seg煤n se ha dicho, de diferentes tama帽os, algunas veces como un gato, y otras tan grande como un le贸n”. Sin duda esas variantes eran consecuencia de la imaginaci贸n de los testigos, principalmente ni帽os menores de diez a帽os, v铆ctimas de mordiscos y zarpazos a los que hab铆an escapado, con m谩s fortuna que aquellos otros menores desaparecidos peri贸dicamente, sin dejar rastro, durante el a帽o 1905. Pero no hab铆a menci贸n alguna de mi bisabuelo; hasta el a帽o de su muerte.

Entonces, y s贸lo entonces, el editor de la Gazette imprimi贸 lo que, seguramente, constitu铆an las creencias comunes acerca de Asaph Peabody.

“Asaph Peabody se ha ido. Se le recordar谩 por mucho tiempo. Hay algunos entre nosotros que le hemos atribuido poderes pertenecientes a eras pret茅ritas m谩s que a nuestros tiempos.

Hab铆a un Peabody entre los condenados a la hoguera en Salem; y era de Salem de donde vino Jedediah Peabody y construy贸 su casa cerca de Wilbraham. Las supersticiones no pueden someterse al patr贸n de una l贸gica. Quiz谩 sea mera coincidencia que el gato negro de Asaph Peabody haya vuelto a ver desde su muerte, del mismo modo que el siniestro rumor que circula, y seg煤n el cual los restos mortales de Peabody no han sido expuestos antes del entierro porque los tejidos de su cuerpo han sufrido una alteraci贸n o porque al amortajarlo hubo una irregularidad que ha desaconsejado dejar el ata煤d abierto antes del entierro puede no ser m谩s que una maledicencia popular. Y tambi茅n son habladur铆as de viejas creer que un brujo debe ser enterrado boca abajo, sin ser jam谩s turbado, salvo para ser quemado por el fuego…”

Qu茅 modo tan extra帽o y evasivo de escribir. Pero me dec铆a mucho, desgraciadamente mucho m谩s de lo que esperaba encontrar. Hab铆an considerado al gato de mi bisabuelo como un familiar, pues todo brujo tiene su demonio particular, bajo cualquier forma exterior que quisiera adoptar. ¿Qu茅 cosa m谩s natural que confundir al gato de mi bisabuelo con su familiar, ya que lo es en mis sue帽os cuando aparece el viejo? Lo que m谩s me molestaba del articulo era la referencia al entierro boca abajo. Y sab铆a m谩s: que no deb铆an haber tocado su cuerpo, y sin embargo, lo hab铆an hecho. Y sospechaba a煤n m谩s: ¡Que algo caminaba por la casa de los Peabody, en mis sue帽os, sobre el campo, por los aires!


IV

Esa noche volv铆 a so帽ar. Acompa帽aba a los sue帽os una capacidad de o铆r tan agudizada que parec铆a estar escuchando sonidos cacof贸nicos de otras dimensiones. De nuevo mi bisabuelo hac铆a de las suyas, pero esta vez, parec铆a que su familiar el gato, se paraba algunas veces, giraba la cabeza y me miraba con una torcida mueca en su cara maligna. Vi al viejo con sombrero negro y vestimenta negra y larga, que caminaba por los bosques y atravesaba la pared de una casa, adentr谩ndose en una habitaci贸n oscura y con pocos muebles. Aparec铆a entonces ante un altar negro donde el hombre negro esperaba el sacrificio. Demasiado repelente para ser mirado, y sin embargo no tuve otro remedio que mirar, pues era tan intensa la fuerza de mis sue帽os que me impulsaba a enfrentarme con tan diab贸licos hechos. Y le vi a el y a su gato y al hombre negro otra vez, ahora en medio de un espeso bosque, lejos de Wilbraham, junto con otras gentes, ante un gran altar al aire libre, para celebrar misa negra y org铆as que ven铆an a continuaci贸n.

Pero no era siempre as铆 de claro: algunas veces, los sue帽os consist铆an en r谩pidos descensos a trav茅s de precipicios sin l铆mite y de crep煤sculos de singulares colores, y desconcertantes sonidos cacof贸nicos, donde la gravedad no significaba nada, precipicios ajenos a la naturaleza, de los que siempre me percataba en un plano extra-sensorial, capaz de o铆r y ver cosas de las que, despierto, nunca hubiese tenido conciencia. O铆 los cantos extra帽os de la misa negra, los gritos de un ni帽o moribundo, la discordante m煤sica de las flautas, las oraciones de homenaje invertidas, los gritos orgi谩sticos de los asistentes, aunque no siempre pod铆a verlos. Y algunas veces tambi茅n, aparec铆an en mis sue帽os conversaciones, fragmentos de palabras, sin sentido en s铆 mismas, pero que pod铆an explicarse de manera oscura e inquietante.

-¿Debe ser elegido?

-Por Belial, por Belceb煤, por Satan谩s…

-De la misma sangre que Jedediah, de la misma sangre que Asaph, acompa帽ado por Balor.

-¡Traedle ante el libro!

Entonces, tuve uno de esos curiosos fragmentos de sue帽os en los que yo parec铆a tomar parte, particularmente uno en el que era llevado, alternativamente por mi bisabuelo y por el gato, hacia un libro encuadernado de negro en el que estaban escritos nombres con letras de fuego, con santo y se帽a en sangre, y en el que se me indic贸 que firmase, mientras mi bisabuelo guiaba mi mano, y el gato, a quien hab铆a o铆do llamar ”Balor” por Asaph Peabody, tras clavar sus pezu帽as en mi mu帽eca para que sangrase y pudiese mojar en ella la pluma, bailaba y hac铆a cabriolas. Hab铆a en este sue帽o un aspecto que se me aparec铆a estrechamente unido a la realidad. El camino del bosque hasta el lugar del encuentro discurr铆a cerca de un terreno pantanoso, y camin谩bamos por el barro negro, entre lodazales f茅tidos con un sepulcral olor a podrido: me hund铆 en el barro repetidas veces, mientras mi bisabuelo y el gato parec铆an flotar. ¡Por la ma帽ana, cuando finalmente me despert茅, despu茅s de haber dormido m谩s de lo normal, encontr茅 sobre mis zapatos, que dej茅 limpios al acostarme, una capa de barro negro que hab铆a aparecido en mis sue帽os!

Me levant茅 de la cama en cuanto los vi, y segu铆 las huellas marcadas en el pavimento con bastante nitidez; las segu铆 fuera de la habitaci贸n, escaleras arriba, y conduc铆an a la habitaci贸n secreta del segundo piso y una vez all铆, iban inexorablemente en direcci贸n a aquel misterioso 谩ngulo. ¡De all铆 hab铆an surgido las famosas huellas que se adentraban en la habitaci贸n! No pod铆a creerlo, pero mis ojos no me enga帽aban. Eso era una locura, pero no cab铆a negarlo, como tampoco pod铆a negarse que exist铆a un ara帽azo en mi mu帽eca. Sal铆 de la habitaci贸n dando tumbos, empezando a comprender vagamente por qu茅 mis padres hab铆an dudado en vender la casa Peabody; algo de su extra帽a historia les debi贸 de haber contado mi abuelo, porque seguramente fue 茅l quien hizo enterrar boca abajo al bisabuelo en el pante贸n de la familia. Y, por mucho que quisieran burlarse de las supersticiosas creencias que hab铆an heredado, no estaban dispuestos a arriesgarse. Comprend铆 tambi茅n por qu茅 no se quedaban mucho tiempo los inquilinos: la casa misma era una especie de foco que atra铆a fuerzas ajenas a la comprensi贸n y control de los seres humanos. Yo sab铆a ya que me hab铆a infectado con el h谩lito de la vivienda y, en cierto modo, era prisionero de la casa y su maligna historia.

Busqu茅 la 煤nica senda que pod铆a conducirme a alguna informaci贸n; el manuscrito del diario llevado por mi bisabuelo. Me dirig铆 a 茅l, sin desayunar siquiera, y pude ver que se trataba de una secuencia de notas, tomadas con letra fluida, junto con recortes de cartas, peri贸dicos, revistas, e incluso de libros que el hab铆a considerado de inter茅s. 脡stos no guardaban mucha relaci贸n, aunque todos trataban de acontecimientos inexplicables que, incluso a juicio del bisabuelo, deb铆an tener algo que ver con brujer铆a. Sus anotaciones eran cortas, pero reveladoras.

”Hice lo que ten铆a que hacer hoy. J. Vuelve a tener carne, es incre铆ble. Pero eso es parte del saber. Una vez se da la vuelta, todo empieza de nuevo. El familiar vuelve, y el barro recobra un poco de forma con cada nuevo sacrificio. El darle la vuelta ahora ser铆a in煤til. S贸lo est谩 el fuego.”

Y en otro lugar:

“Algo en la casa. ¿Un gato? Lo veo, pero no puedo cogerlo.”

“Definitivamente es un gato negro. De donde ha venido, no lo s茅. Pesadillas. Dos veces en una misa negra.”

“En el sue帽o, el gato me llev贸 hacia el libro negro. Firm茅.”

“En el sue帽o, un diablillo llamado Balor. Muy hermoso. Me explic贸 en qu茅 consist铆a su servidumbre.”

Y poco despu茅s:

“Balor vino hoy hacia m铆. Nunca hubiese dicho que era el mismo. Es un gato tan hermoso como lo era el joven diablillo. Le pregunte si bajo esta misma forma hab铆a servido a J. Indic贸 que s铆. Me condujo hacia la esquina que es el extra帽o y extra-dimensional 谩ngulo que conduce al exterior. J. lo hab铆a construido as铆. Me ense帽贸 c贸mo caminar a trav茅s de ella…”

No pod铆a leer m谩s. Ya hab铆a le铆do demasiado. Sab铆a ahora lo que hab铆a ocurrido con los restos de Jedediah Peabody. Y sab铆a lo que ten铆a que hacer. Por mucho que me asustara lo que pudiera encontrar, fui sin demora al pante贸n de los Peabody, entre en 茅l, y me obligu茅 a ir al ata煤d de mi bisabuelo. All铆, por primera vez, observ茅 una placa de bronce clavada debajo del nombre de Asaph Peabody, y lo que en ella hab铆a grabado:

“¡Ay de aquel que turb茅 su descanso!”

Entonces levant茅 la tapa. Aunque deber铆a hab茅rmelo esperado, de todos modos, me horroriz贸 lo que vi. Los huesos que hab铆a visto con anterioridad estaban muy modificados. Lo que hab铆a sido m谩s que huesos y trozos de huesos, polvo y jirones de ropa, hab铆a sufrido una espantosa metamorfosis. La carne empezaba a crecer otra vez en los restos de mi bisabuelo, Asaph Peabody. Carne que proven铆a del mal, que empezaba a revivir gracias al mal desde que yo inconscientemente hab铆a dado vuelta a sus restos mortales. ¡Y esa otra cosa dentro del ata煤d, el pobre, espeluznante cuerpo de aquel ni帽o que hab铆a desaparecido de la casa de George Taylor hac铆a menos de diez d铆as y que ya ten铆a una apariencia de piel endurecida, acartonada, como si hubiese sido vaciado, y parcialmente momificado!

Hu铆 del pante贸n, anonadado por el terror, pero s贸lo para hacer la hoguera que era necesario encender. Trabaj茅 con rapidez, por si alguien me sorprend铆a, aunque sab铆a que la gente hab铆a rehuido la casa de los Peabody durante mucho tiempo. Una vez hecho esto saqu茅 el ata煤d de Asaph Peabody y su contenido y lo deposit茅 en la hoguera, igual que muchos a帽os antes hab铆a hecho Asaph Peabody con el ata煤d de Jedediah y su contenido. Me qued茅 contemplando como se consum铆an el f茅retro y lo que hab铆a dentro; fui el 煤nico en o铆r el desapacible y espeluznante lamento que surgi贸 de las llamas, como el fantasma de un grito. Durante toda esa noche continuaron encendidas las brasas de la hoguera. Las ve铆a desde la ventana de la casa. Y dentro vi algo m谩s. Un gato negro que entr贸 por la puerta de mi habitaci贸n y que me miraba torvamente. Record茅 el camino pantanoso que hab铆a tomado, las huellas en el barro, y el barro en mis zapatos. Record茅 el ara帽azo en mi mu帽eca, y el libro negro en que hab铆a firmado. Al Igual que lo hab铆a firmado Asaph Peabody. Me volv铆 hacia donde estaba el gato entre las sombras, y lo llam茅 suavemente:

-¡Balor!

Se acerc贸 y se sent贸 sobre sus patas traseras, en el umbral de la puerta. Cog铆 el revolver del caj贸n de mi mesa y le dispar茅. Sigui贸 mir谩ndome sin mover un solo m煤sculo. Balor. Uno de los demonios menores.

脡ste era, entonces el legado Peabody. La casa, los terrenos, los bosques, eran 煤nicamente los aspectos materiales de los 谩ngulos extra-dimensionales de la habitaci贸n secreta, el camino del pantano, las firmas en el libro negro. Y ahora me hago una pregunta: ¿Qui茅n cuando est茅 muerto y sea enterrado como los otros, me dar谩 la vuelta?

FIN

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