El conde Magnus - M. R. James - Amantes de la literatura

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8.06.2025

El conde Magnus - M. R. James


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El conde Magnus es un cuento del escritor brit谩nico M. R. James, publicado en 1904 en Ghost Stories of an Antiquary. Narra la historia de Mr. Wraxall, un curioso viajero brit谩nico que explora una antigua mansi贸n en Suecia mientras investiga para un libro. Durante su estancia, descubre un oscuro secreto relacionado con el antiguo propietario de la mansi贸n, el conde Magnus, un hombre violento cuya vida estuvo marcada por el misterio y las artes oscuras. La curiosidad de Wraxall lo llevar谩 a desenterrar secretos que pondr谩n a prueba su cordura y su seguridad personal.

El conde Magnus
M. R. James
[Cuento completo]

Lo 煤ltimo que explicar茅 al lector en estas p谩ginas es de qu茅 modo llegaron a mis manos los documentos a base de los cuales he construido este relato. Pero antes debo explicar la clase de documentos que poseo.

Consisten, parcialmente, en una serie de apuntes para un libro de viajes, uno de esos vol煤menes tan corrientes en los a帽os 1840 a 1850. El Journal of a Residence in Jutland and the Danish Isles, de Horace Marryat, es un ejemplo t铆pico de la clase de libro a que me refiero. El tema suele ser la descripci贸n de alg煤n pa铆s poco conocido del continente. Tienen ilustraciones al boj o al metal. Proporcionan informaci贸n acerca de los hoteles y de los medios de comunicaci贸n, tal como la que ahora esperamos encontrar en una gu铆a, y reproducen conversaciones con extranjeros inteligentes, con mesoneros ocurrentes y con locuaces campesinos. En una palabra, se trata de unos libros que en lenguaje moderno llamar铆amos «period铆sticos».

Partiendo, como hab铆an partido, de la idea de reunir material para un libro de ese tipo, los documentos a medida que aumentaron fueron asumiendo el car谩cter de testimonio de una experiencia personal, y ese testimonio fue continuado hasta la v铆spera, casi, de su terminaci贸n.

El escritor era un tal Mr. Wraxall. Mi conocimiento de 茅l se basa por completo en sus escritos, y de ellos deduzco que era un hombre de edad madura, due帽o de algunos medios de fortuna y que estaba solo en el mundo. Al parecer, no ten铆a hogar fijo en Inglaterra, sino que era hu茅sped permanente de hoteles y pensiones. Es probable que alimentara la idea de instalarse definitivamente en alg煤n lugar en el futuro, cosa que no lleg贸 a realizar; y creo tambi茅n que el paso de los a帽os fue apagando aquel deseo, hasta hacerlo desaparecer.

Parece ser que Mr. Wraxall hab铆a publicado un libro, y que 茅ste versaba sobre unas vacaciones que en cierta ocasi贸n hab铆a pasado en Breta帽a. No puedo decir m谩s, acerca de su obra, ya que una minuciosa b煤squeda a trav茅s de las obras bibliogr谩ficas me ha llevado a la conclusi贸n de que debi贸 publicarla an贸nimamente, o bajo un seud贸nimo.

En cuanto a su car谩cter, no resulta dif铆cil formarse una opini贸n superficial. Debi贸 ser un hombre inteligente y culto. Parece que estuvo a punto de graduarse en Oxford. Su mayor defecto era un exceso de curiosidad, un buen defecto para un viajero, pero evidentemente un defecto que, al final, le cost贸 muy caro.

En el curso de lo que fue su 煤ltima expedici贸n, estaba preparando otro libro. Hace cuarenta a帽os, los pa铆ses escandinavos eran muy poco conocidos de los ingleses, y a Mr. Wraxall le impresionaron profundamente. Debi贸 inspirarse en algunos libros antiguos de la historia de Suecia, y se le ocurri贸 la idea de dar a luz un libro acerca de aquel pa铆s, alternando las notas de viaje con episodios de la historia de algunas de las grandes familias suecas. En consecuencia, se procur贸 cartas de presentaci贸n para algunas personas de elevada categor铆a de Suecia, y emprendi贸 el viaje a principios del verano de 1863.

No es necesario hablar de sus viajes por el Norte, ni de su estancia de algunas semanas en Estocolmo. 脷nicamente me creo obligado a mencionar que alg煤n savant residente all铆 le puso tras la pista de una importante colecci贸n de documentos familiares pertenecientes a los propietarios de una mansi贸n campestre de Vestergothland, y le consigui贸 una autorizaci贸n para examinarlos.

La mansi贸n campestre, o herrgard, se llamaba R盲b盲ck (la pronunciaci贸n es algo parecido a Roebeck), aunque no es 茅ste su verdadero nombre. Es uno de los mejores edificios de su clase en todo el pa铆s, y su reproducci贸n en el libro Suecia antiqua et moderna, de Dahlenberg, grabada en 1694, la muestra exactamente igual que el turista puede verla hoy. Fue construida poco despu茅s del 1600, y en lo que respecta al material —ladrillo rojo con revestimientos de piedra— y al estilo, es muy parecida a una casa inglesa de aquella misma 茅poca. El hombre que la construy贸 era un v谩stago de la gran casa de De la Gardie, y sus descendientes la poseen a煤n. De la Gardie es el nombre por el cual les designar茅 cuando sea necesario mencionarles.

Recibieron a Mr. Wraxall con gran amabilidad y cortes铆a, y le rogaron que permaneciera en la casa todo el tiempo que durasen sus investigaciones. Pero 茅ste, prefiriendo la independencia, y desconfiando de su capacidad de conversar en sueco, se instal贸 en la posada del pueblo, la cual result贸 ser bastante c贸moda, al menos durante los meses de verano. Esta soluci贸n significaba un corto paseo diario desde la posada a la mansi贸n campestre: algo menos de una milla.

La casa se alzaba en medio de un parque, rodeado de altos 谩rboles. Pasados los 谩rboles se entraba en el vallado jard铆n, en el que hab铆a uno de los peque帽os lagos que tanto abundan en aquel pa铆s. Luego llegaba la tapia de la heredad, y se trepaba a un peque帽o otero, y en la cima del otero se alzaba la iglesia, rodeada de altos 谩rboles. A los ojos de un ingl茅s, resultaba un edificio muy raro. La nave central y las alas eran bajas y estaban llenas de bancos y de tribunas. En la tribuna occidental hab铆a un antiguo y hermoso 贸rgano, pintado de alegres colores con los tubos de plata. El techo era plano, decorado por un artista del siglo XVII con un extra帽o y espantoso «Juicio Final», lleno de c谩rdenas llamas, ciudades destruidas, buques ardiendo, almas en pena y oscuros y sonrientes demonios. El p煤lpito parec铆a una casa de mu帽ecas, cubierto de querubines y de santos pintados en la madera. Del pupitre del predicador colgaba una hornacina con tres relojes de arena.

En Suecia pueden verse actualmente iglesias de ese tipo, pero lo que distingu铆a a aqu茅lla era un a帽adido al edificio original. En el extremo oriental del ala norte, el propietario de la mansi贸n hab铆a hecho edificar un mausoleo para 茅l y para su familia. Era una construcci贸n octogonal, iluminada por una serie de ventanas ovaladas, y ten铆a el techo en forma de c煤pula, rematada por una especie de espiral: un estilo por el que los arquitectos suecos sienten especial predilecci贸n.

El techo estaba revestido de cobre y pintado de negro, en tanto que las paredes, al igual que las de la iglesia, eran cegadoramente blancas. Desde la iglesia no hab铆a acceso directo al mausoleo, el cual ten铆a su propia puerta de entrada en el lado septentrional.

Pasado el patio de la iglesia se llegaba al camino del pueblo, y tres o cuatro minutos de andar le dejaban a uno ante la puerta de la posada.

En el primer d铆a de su estancia en R盲b盲ck, Mr. Wraxall encontr贸 abierta la puerta de la iglesia, y tom贸 las notas de su interior que acabo de transcribir. En cambio, no pudo entrar en el mausoleo. Mirando a trav茅s del ojo de la cerradura, pudo apreciar 煤nicamente, que hab铆a hermosas estatuas de m谩rmol y sarc贸fagos de cobre, y una gran cantidad de adornos her谩ldicos, todo lo cual le hizo desear ardientemente poder pasar al interior del pante贸n para contemplar de cerca toda aquella riqueza.

Los documentos que tuvo ocasi贸n de examinar en la mansi贸n campestre eran precisamente lo que Mr. Wraxall deseaba para su libro. Hab铆a correspondencia familiar, diarios y libros de cuentas de los propietarios m谩s antiguos de la posesi贸n, cuidadosamente conservados y claramente escritos, llenos de pintorescos y divertidos detalles. El primer De la Gardie aparec铆a en ellos como un hombre fuerte y capaz. Poco despu茅s de haber sido edificada la casa hubo un per铆odo de disturbios en la regi贸n, y los campesinos se hab铆an amotinado, atacando varios castillos y causando algunos da帽os. El propietario de R盲b盲ck tom贸 una parte preponderante en la represi贸n del conflicto, y en los documentos hab铆a referencias a ejecuciones de cabecillas de la revuelta y a severos castigos infligidos con mano dura.

El retrato de aquel Magnus de la Gardie era uno de los mejores de la casa, y Mr. Wraxall lo examin贸 con gran inter茅s despu茅s de su primer d铆a de trabajo. No da ninguna descripci贸n detallada de 茅l, aunque sospecho que el rostro le impresion贸 m谩s por su expresi贸n de poder que por su belleza o bondad; en realidad, Mr. Wraxall escribe que el conde Magnus era un hombre horriblemente feo.

Aquel d铆a, Mr. Wraxall cen贸 con la familia y emprendi贸 el camino de regreso a la posada a 煤ltima hora de la tarde.

«Tengo que acordarme de pedirle al sacrist谩n —escribe— que me permita entrar en el mausoleo de la iglesia. Es evidente que tiene acceso a 茅l, porque al marcharme le he visto delante de la puerta, como si la estuviera abriendo o cerrando».

Encontr茅 que al d铆a siguiente, a primera hora de la ma帽ana, Mr. Wraxall sostuvo una conversaci贸n con el due帽o de la posada. Al principio, me sorprendi贸 que la anotara con tanta minuciosidad; pero no tard茅 en darme cuenta de que los documentos que estaba leyendo eran, al menos en sus comienzos, los materiales para el libro que estaba preparando, y que iba a ser una de aquellas obras casi period铆sticas que admiten la inclusi贸n de tales di谩logos.

Su prop贸sito, seg煤n dec铆a, era el de comprobar si las actividades del actual conde de la Gardie ten铆an alg煤n punto de contacto con las que eran atribuidas a su antepasado, el conde Magnus, y si la opini贸n popular le era favorable o no. Descubri贸 que el conde no era un hombre apreciado. En la 茅poca en que sus colonos le consideraban como su due帽o y se帽or, si llegaban tarde al trabajo eran atados al potro y azotados sin compasi贸n. Se hab铆an dado un par de casos de hombres que hab铆an ocupado tierras que limitaban con los dominios del conde, y cuyas casas hab铆an sido misteriosamente incendiadas en una noche de invierno, con toda la familia dentro. Pero lo que parec铆a ocupar de un modo especial la mente del posadero —ya que aludi贸 a ello m谩s de una vez— era que el conde hab铆a estado en el Peregrinaje Negro, y se hab铆a tra铆do algo o alguien con 茅l.

Como es l贸gico, ustedes se preguntar谩n, como se pregunt贸 Mr. Wraxall, en qu茅 consist铆a el Peregrinaje Negro. Pero su curiosidad en este aspecto debe quedar insatisfecha, como qued贸 la de Mr. Wraxall. El posadero no se mostr贸 dispuesto a dar una respuesta concreta, ni siquiera una respuesta, sobre aquel punto, y, como en aquel preciso instante le llamaron desde abajo, se march贸 evidentemente satisfecho. Unos minutos m谩s tarde asom贸 la cabeza por la puerta para explicar que le hab铆an llamado porque ten铆a que marcharse a Skara y no regresar铆a hasta la noche.

De modo que Mr. Wraxall tuvo que marcharse a su tarea cotidiana en la mansi贸n campestre sin poder satisfacer su curiosidad. Los documentos que estaba examinando en aquellos momentos no tardaron en dar otro curso a sus pensamientos, ya que se trataba de la correspondencia entre Sophia Albertina, de Estocolmo, y su prima casada Ulrica Leonora, de R盲b盲ck, durante los a帽os 1705-1710. Las cartas ten铆an un inter茅s excepcional, por cuanto aclaraban muchos aspectos de la cultura de aquel per铆odo en Suecia, como puede atestiguar cualquiera que las haya le铆do en la edici贸n publicada por el Comit茅 de Manuscritos Hist贸ricos Suecos.

Por la tarde Mr. Wraxall hab铆a estado leyendo las cartas en cuesti贸n, y despu茅s de devolver las cajas en que estaban guardadas a sus respectivos estantes, cogi贸, al azar, algunos de los libros que ten铆a m谩s al alcance de la mano, a fin de decidir cu谩l de aqu茅llos revest铆a m谩s inter茅s para dedicarle su atenci贸n al d铆a siguiente. El estante que hab铆a delante de 茅l estaba ocupado, en su mayor parte, por una colecci贸n de libros de cuentas procedentes del primer conde Magnus. Pero uno de ellos no era un libro de cuentas, sino un libro de alquimia escrito por una mano que no era la del conde. Mr. Wraxall no estaba muy familiarizado con la literatura alquimista, y perdi贸 mucho tiempo, que pod铆a haberse ahorrado, leyendo los nombres y el comienzo de los diversos tratados: El Libro del F茅nix, el Libro de las Treinta Palabras, el Libro del Sapo, el Libro de Miriam, la Turba Philosophorum, y as铆 por el estilo. Luego expres贸 de un modo muy circunspecto su alegr铆a al descubrir, en una hoja de papel colocada entre las p谩ginas del libro, unas l铆neas escritas por el conde Magnus bajo el t铆tulo de «L铆ber nigrae peregrinationis». Es verdad que s贸lo hab铆a unas l铆neas, pero eran suficientes para demostrar que el conde Magnus se refer铆a a una creencia tan antigua como 茅l mismo y probablemente compartida por 茅l. Esto es lo que hab铆a escrito:

«Si cualquier hombre desea obtener una larga vida, si desea obtener un fiel mensajero y ver la sangre de sus enemigos, es necesario que vaya primero a la ciudad de Chorazin, y all铆 salude al pr铆ncipe…». Aqu铆 hab铆a una palabra tachada, aunque con cierto descuido, de modo que Mr. Wraxall estuvo casi seguro de que la palabra en cuesti贸n era a毛ris («del aire»). El texto no continuaba, s贸lo hab铆a una l铆nea en lat铆n: «Quaere reliqua hujus materiei inter secretiora». (Ver el resto de esta materia entre las cosas m谩s privadas).

No puede negarse que esto arrojaba una luz m谩s bien carmes铆 sobre los gustos y creencias del conde; pero para Mr. Wraxall, separado de 茅l por casi tres siglos, la idea de que se hab铆a ocupado de alquimia, y de una alquimia que ten铆a mucho de magia, s贸lo le convert铆a en una figura m谩s pintoresca. Y cuando, despu茅s de haber contemplado durante largo rato el retrato del conde Magnus que hab铆a en el vest铆bulo, Mr. Wraxall emprendi贸 el camino de regreso a la posada, su mente estaba llena del pensamiento del conde. No ten铆a ojos para lo que le rodeaba, ni olfato para la fragancia nocturna de los 谩rboles, ni o铆do para la brisa que murmuraba sobre el lago. Y cuando, s煤bitamente, alz贸 la mirada, qued贸 estupefacto al encontrarse ya en la verja del patio de la iglesia, y a unos minutos de distancia de su cena. Sus ojos se posaron en el mausoleo:

«¡Ah! —dijo—. ¡Est谩s ah铆, conde Magnus! Me gustar铆a much铆simo verte».

«Al igual que muchos hombres solitarios —escribe—, tengo la costumbre de hablar conmigo mismo en voz alta. Pero nunca aguardo una respuesta. Evidentemente, y quiz谩 por fortuna en este caso, no hubo ninguna voz ni ninguna dama que mirar: 煤nicamente la mujer que, supongo, estaba limpiando la iglesia, dej贸 caer alg煤n objeto met谩lico al suelo, y el sonido me sorprendi贸. El conde Magnus debe de estar durmiendo el m谩s profundo de los sue帽os».

La misma noche, el due帽o de la posada, que hab铆a o铆do decir a Mr. Wraxall que deseaba ver al capell谩n, le present贸 a aquel caballero en la posada. Tras concertar una visita al pante贸n de los De la Gardie para el d铆a siguiente, se entabl贸 una ligera conversaci贸n.

Mr. Wraxall, recordando que una de las funciones de los di谩conos escandinavos es la de instruir a los candidatos a la Confirmaci贸n, pens贸 que podr铆a refrescar su propia memoria acerca de un punto b铆blico.

—¿Puede decirme usted algo acerca de Chorazin? —pregunt贸.

El capell谩n pareci贸 sorprendido, pero no tard贸 en recordarle c贸mo hab铆a sido denunciada aquella ciudad.

—Lo s茅 —dijo Mr. Wraxall—. Y supongo que ahora estar谩 en ruinas.

—Eso espero —replic贸 el capell谩n—. He o铆do decir a algunos sacerdotes ancianos que el Anticristo naci贸 all铆; y se cuentan cosas…

—¡Ah! ¿Qu茅 clase de cosas? —inquiri贸 Mr. Wraxall.

—Cosas, iba a decir, que ya he olvidado —dijo el capell谩n.

Y casi inmediatamente le dio las buenas noches a su interlocutor.

El due帽o de la posada estaba ahora solo y a merced de Mr. Wraxall; y Mr. Wraxall no estaba dispuesto a desaprovechar la ocasi贸n que se le presentaba.

—Herr Nielsen —dijo—, esta ma帽ana me ha hablado usted de algo relacionado con el Peregrinaje Negro. ¿Qu茅 es lo que el conde se trajo de all铆?

Los suecos suelen ser lentos en contestar desde luego, el posadero no era una excepci贸n. No estoy seguro; pero Mr. Wraxall se帽ala el hecho de que el posadero se pas贸 por lo menos un minuto mir谩ndole, antes de pronunciar una palabra. Luego se acerc贸 m谩s a su hu茅sped, y con evidente esfuerzo rompi贸 a hablar:

—Mr. Wraxall, puedo contarle a usted esa historia, y nada m谩s… absolutamente nada m谩s. No debe usted preguntarme nada cuando se la haya contado. En tiempos de mi abuelo —es decir, hace noventa y dos a帽os—, hab铆a dos hombres que dec铆an: «El conde est谩 muerto; no debemos preocuparnos por 茅l. Esta noche iremos a cazar a sus bosques». Se refer铆an a los bosques que se encuentran detr谩s de R盲b盲ck y que usted ya ha visto. Los que les oyeron decir esto, les aconsejaron: «No vay谩is all铆; estamos seguros de que encontrar茅is personas que se pasean y que no deber铆an pasear. Deber铆an estar descansando, y no paseando…». Los dos hombres se echaron a re铆r. Los bosques no estaban vigilados, porque no hab铆a nadie que deseara cazar en ellos. La familia no estaba en la casa. Los dos hombres pod铆an hacer lo que les viniera en gana.

»Bueno, aquella noche fueron al bosque. Mi abuelo estaba sentado aqu铆, en esta habitaci贸n. Era una noche de verano, muy clara. A trav茅s de la ventana abierta, mi abuelo pod铆a ver y o铆r lo que suced铆a en el bosque.

»De modo que estaba sentado, en compa帽铆a de dos o tres hombres, escuchando. Al principio no oyeron absolutamente nada; luego oyeron a alguien —ya sabe usted cu谩n lejos est谩 el bosque—, oyeron a alguien que gritaba, como si estuvieran arranc谩ndole el alma del cuerpo. Todos los que estaban en la habitaci贸n se miraron entre s铆, y permanecieron sentados por espacio de unos tres cuartos de hora. Luego oyeron a alguien m谩s, a s贸lo trescientos pies de distancia. Le oyeron re铆r en voz alta: desde luego, no se trataba de ninguno de los dos hombres, y todos los que oyeron aquella risa hubieran jurado que no proced铆a de un ser humano. Despu茅s de esto oyeron cerrarse una gran puerta.

»Luego, cuando empezaba a hacerse de d铆a, fueron a ver al p谩rroco. Y le dijeron:

»—Padre, p贸ngase la sotana y el roquete, y vaya a enterrar a esos hombres, Anders Bjornsen y Hans Thorbjoern.

»Como puede ver, estaban convencidos de que los dos hombres hab铆an muerto. De modo que se dirigieron al bosque… mi abuelo nunca olvid贸 aquello. Dijo que todos ellos estaban muy asustados. Incluso el p谩rroco estaba muerto de miedo. Cuando los hombres que estaban con mi abuelo fueron a verle, les dijo:

»—He o铆do a alguien que gritaba, y despu茅s he o铆do una risa. Si no puedo olvidar esto, no creo que en adelante pueda conciliar el sue帽o.

»De modo que se dirigieron al bosque, y encontraron a los dos hombres en la misma linde. Hans Thorbjoern estaba de pie con la espalda apoyada en un 谩rbol, y no cesaba de empujar algo con las manos… algo que no estaba all铆, delante de 茅l. Por tanto, no estaba muerto. Se lo llevaron a la casa de Nykjoping, y muri贸 antes de la llegada del invierno, y se pas贸 el tiempo empujando algo con las manos. Tambi茅n Anders Bjornsen estaba all铆; pero estaba muerto. Y en lo que respecta a Anders Bjornsen puedo decirle a usted que hab铆a sido un hombre guapo, pero se hab铆a quedado sin rostro, porque la carne de su cara hab铆a desaparecido, dejando los huesos al descubierto. ¿Comprende usted esto? Mi abuelo no lo olvid贸 nunca. Le tendieron en una camilla que hab铆an llevado a prevenci贸n, cubrieron su cabeza con un lienzo, y el p谩rroco ech贸 a andar; y los hombres empezaron a cantar el salmo de los muertos con voz estrangulada. Y cuando llegaban al final del primer vers铆culo, uno de los hombres, el que iba detr谩s, call贸, y los otros miraron hacia atr谩s, y vieron que el lienzo hab铆a ca铆do, y que los ojos de Anders Bjornsen estaban abiertos, puesto que no hab铆a nada que los cubriera. Y no pudieron soportar aquella mirada. De modo que el p谩rroco decidi贸 que fueran a buscar herramientas para enterrar al muerto all铆 mismo…

Al d铆a siguiente, Mr. Wraxall record贸 que el capell谩n le esperaba inmediatamente despu茅s de la hora del desayuno, para acompa帽arle a visitar el pante贸n. La llave del pante贸n estaba colgada de un clavo en el p煤lpito de la iglesia, y se le ocurri贸 pensar que, dado que la puerta de la iglesia no se cerraba nunca, no le ser铆a dif铆cil efectuar una segunda visita, a solas, si su inter茅s la justificaba. Cuando entr贸 en el edificio, no le pareci贸 impresionante, ni mucho menos. Los monumentos, en su mayor铆a de los siglos XVII y XVIII, eran muy lujosos, y estaban llenos de epitafios. El centro de la nave estaba ocupado por tres sarc贸fagos de cobre, recubiertos de adornos finamente labrados. Dos de ellos ten铆an un crucifijo en la parte superior, seg煤n es costumbre en Dinamarca y en Suecia. El tercero, el del conde Magnus, en vez de crucifijo ten铆a grabada una efigie de tama帽o natural, y alrededor del sarc贸fago hab铆a varias franjas de adornos similares, representando diversas escenas. Una de ellas era una batalla, con un ca帽贸n humeante, y ciudades amuralladas, y grupos de soldados armados con picas. Otra representaba una ejecuci贸n. En una tercera, hab铆a un hombre corriendo a toda velocidad entre los 谩rboles, con los cabellos en desorden y las manos extendidas hacia delante. Detr谩s de 茅l corr铆a una extra帽a forma. Resultaba dif铆cil saber si el artista hab铆a querido representar a un hombre, y fue incapaz de darle el parecido adecuado, o si la monstruosa forma que ten铆a, respond铆a a un deliberado prop贸sito. En vista de la habilidad demostrada en el resto de la obra, Mr. Wraxall se sinti贸 inclinado a adoptar la 煤ltima idea. La figura era muy bajita, y llevaba un largo manto que le arrastraba por el suelo. La 煤nica parte de la figura que sal铆a de aquella especie de manto no ten铆a forma de brazo ni de mano. Mr. Wraxall lo compara con el tent谩culo de un pulpo, y a帽ade: «Al ver aquello me dije a m铆 mismo que se trataba, evidentemente, de una representaci贸n aleg贸rica: tal vez un demonio persiguiendo a una pobre alma, tal vez el origen de la historia del conde Magnus y de su misteriosa compa帽铆a».

Mr. Wraxall se fij贸 en las cerraduras —en n煤mero de tres— que aseguraban el sarc贸fago y que estaban finamente labradas en acero. Una de ellas se hab铆a desprendido y estaba en el suelo. Entonces, no deseando molestar m谩s al capell谩n ni perder su propio tiempo, emprendi贸 el camino de regreso a la casa.

«Resulta curioso comprobar —escribe— c贸mo funciona la mente, prescindiendo de todo lo que nos rodea, cuando recorremos un sendero con el cual estamos familiarizados. Esta noche, por segunda vez, he dejado de darme cuenta del lugar hacia el cual me dirig铆a (hab铆a planeado una visita particular al pante贸n para copiar los epitafios), para recobrar s煤bitamente la conciencia al llegar a la verja del patio de la iglesia y o铆rme a m铆 mismo murmurar: “¿Est谩s despierto, conde Magnus? ¿Est谩s durmiendo, conde Magnus?”, y algo m谩s que no consigo recordar. Al parecer, me he estado portando de tan extra帽o modo durante alg煤n tiempo».

Encontr贸 la llave del pante贸n en el lugar donde hab铆a esperado encontrarla, y copi贸 una gran parte de los epitafios que deseaba copiar; en realidad, se qued贸 en el pante贸n hasta que la luz empez贸 a faltarle.

«Debo de haberme equivocado —escribe— al decir que una de las cerraduras del sarc贸fago de mi conde estaba abierta; esta noche he visto que dos de ellas est谩n sueltas. Las he recogido y las he puesto cuidadosamente sobre el antepecho de la ventana, despu茅s de tratar infructuosamente de colocarlas en su sitio. La otra sigue estando firme, y, aunque creo que se trata de una cerradura de muelle, no he conseguido descubrir c贸mo se abre. De haberlo conseguido, creo que me hubiera tomado la libertad de abrir el sarc贸fago. Resulta muy raro el inter茅s que siento por la personalidad del feroz, y me temo que desagradable, conde Magnus».

El d铆a siguiente fue el 煤ltimo de la estancia de Mr. Wraxall en R盲b盲ck. Recibi贸 una carta relacionada con ciertas inversiones que aconsejaban su inmediato regreso a Inglaterra; su tarea con los documentos hab铆a terminado pr谩cticamente, y el viaje era largo. En consecuencia, decidi贸 despedirse, a帽adir unos datos finales a sus notas, y marcharse.

Las notas finales y las despedidas le tomaron m谩s tiempo del que hab铆a esperado. La hospitalaria familia insisti贸 en que se quedara a comer —com铆an a las tres—, y eran las seis y media cuando cruz贸 la verja de hierro de R盲b盲ck. Emprendi贸 el camino de regreso lentamente, deseoso de saturarse, ahora que la viv铆a por 煤ltima vez, de la sensaci贸n del lugar y de la hora. Y cuando lleg贸 a la cima del otero donde se alzaba la iglesia, se detuvo unos minutos, contemplando la ilimitada perspectiva de los 谩rboles cercanos y distantes, bajo un cielo de color verde agua. Cuando al fin se dispuso a marcharse, se le ocurri贸 la idea de que deb铆a despedirse del conde Magnus, as铆 como del resto de los De la Gardie. La iglesia estaba a veinte metros de all铆, y Mr. Wraxall sab铆a d贸nde estaba colgada la llave del pante贸n. Al cabo de un rato se encontraba junto al gran ata煤d de cobre, y, como de costumbre, habl谩ndose a s铆 mismo en voz alta.

«En tus tiempos fuiste un individuo de cuidado —estaba diciendo—, pero por eso mismo me gustar铆a verte, o, mejor a煤n…».

«En aquel preciso instante —escribe— not茅 un golpe en el pie. Lo sacud铆 con cierta violencia, y algo cay贸 al suelo con un chasquido. Era la tercera, la 煤ltima de las tres cerraduras del sarc贸fago. Me inclin茅 a recogerla, y antes de que me hubiera incorporado de nuevo o铆 un ruido chirriante y vi perfectamente que empezaba a levantarse la tapadera del ata煤d. Tal vez me port茅 como un cobarde, pero lo cierto es que por nada del mundo hubiese podido permanecer all铆 un segundo m谩s. Sal铆 del espantoso mausoleo en menos tiempo del que tardo en escribir —casi con tanta rapidez con que las hubiera dicho— estas palabras; y lo que me asust贸 todav铆a m谩s fue que no pude hacer girar la llave en la cerradura de la puerta. Mientras estoy sentado aqu铆, en mi habitaci贸n, anotando estos hechos, me pregunto a m铆 mismo (la cosa ha ocurrido hace menos de veinte minutos) si aquel ruido chirriante contin煤a, y no puedo contestar en ning煤n sentido. Lo 煤nico que s茅 es que hubo algo m谩s de lo que he escrito que me alarm贸, pero no puedo recordar si fue una sensaci贸n auditiva o visual. ¿Qu茅 es lo que he hecho?».

¡Pobre Mr. Wraxall! Sali贸 para Inglaterra al d铆a siguiente, tal como hab铆a planeado, y lleg贸 sano y salvo; y, sin embargo, a trav茅s de lo que escribi贸 a partir de entonces, he podido llegar a la conclusi贸n de que estaba moralmente destrozado. Uno de los varios cuadernos de notas que me han llegado con los documentos, da una pista —no me atrevo a decir la clave— de sus experiencias. La mayor parte de su viaje lo hizo por mar, y encuentro no menos de seis trabajosos intentos de enumerar y describir a sus compa帽eros de viaje. Las anotaciones son de este tipo:

«24. Pastor del pueblo de Sk盲ne. Chaqueta negra y sombrero negro.

»25. Un comerciante de Estocolmo que se dirige a Thollh盲ttan. Chaqueta negra y sombrero pardo.

»26. Hombre con levita negra, muy larga, y sombrero de ala ancha, todo muy anticuado».

Esta 煤ltima anotaci贸n est谩 subrayada, y lleva el siguiente a帽adido: «Tal vez id茅ntico al n.潞 13. Todav铆a no he visto su cara».

El resultado concreto de la cuenta es siempre el mismo. En la enumeraci贸n aparecen veintiocho personas, y una de ellas es siempre un hombre con levita negra, muy larga, y sombrero de ala ancha, y la otra «un hombre bajito, con t煤nica oscura y capuch贸n». Por otra parte, a la hora de las comidas s贸lo aparecen veintis茅is pasajeros, sin que en ella est茅n presentes los dos que han sido citados en 煤ltimo lugar.

Al llegar a Inglaterra, Mr. Wraxall desembarc贸 en Harwich, y all铆 decidi贸 ponerse fuera del alcance de alguna persona o personas a las cuales no cita, pero por las que es evidente cre铆a ser perseguido. En consecuencia, alquil贸 un carruaje —no confiaba en el ferrocarril— y se hizo conducir al pueblo de Belchamp St. Paul.

Cuando lleg贸 all铆 eran las nueve de una noche de agosto, iluminada por la luna. A trav茅s de la ventanilla del carruaje desfilaban los campos. De pronto, llegaron a un cruce de caminos. Y all铆, de pie, completamente inm贸viles, hab铆a dos hombres: el m谩s alto llevaba un sombrero de ala ancha, el m谩s bajito se cubr铆a la cabeza con un capuch贸n. Mr. Wraxall no tuvo tiempo de verles la cara, y los dos hombres no hicieron ning煤n movimiento que 茅l pudiera distinguir. El caballo se encabrit贸 y se lanz贸 a un desenfrenado galope, mientras Mr. Wraxall se hund铆a en su asiento, presa de un sentimiento muy parecido a la desesperaci贸n. Hab铆a visto a aquellos dos hombres en ocasiones anteriores.

Llegado a Belchamp St. Paul, tuvo la suerte de encontrar un alojamiento aceptable, y, durante las veinticuatro horas siguientes, vivi贸 relativamente en paz. Sus 煤ltimas notas fueron escritas ese d铆a. Est谩n redactadas de un modo tan confuso, que no puedo reproducirlas 铆ntegramente, aunque su sentido est谩 bastante claro. Mr. Wraxall estaba esperando una visita de sus perseguidores —ignoraba c贸mo y cu谩ndo—, y repite constantemente: «¿Qu茅 es lo que he hecho?», y «¿No hay esperanza?». Sab铆a que los m茅dicos le tratar铆an de loco, y que la polic铆a se reir铆a de 茅l. La persona en cuesti贸n ha desaparecido. ¿Qu茅 otra cosa pod铆a hacer, sino cerrar su puerta y apelar a Dios?

El a帽o pasado, en Belchamp St. Paul, la gente recordaba a煤n la llegada de un caballero muy raro, una noche del mes de agosto, a帽os atr谩s; y recordaba que a la ma帽ana siguiente fue encontrado muerto en su habitaci贸n, y que hubo una encuesta; y que el jurado que vio el cad谩ver qued贸 tan impresionado, que siete de sus miembros se desmayaron, y ninguno de ellos quiso hablar de lo que hab铆a visto. Y que la gente que estaba al cuidado de la casa alquilada por el difunto se hab铆a marchado aquella misma semana. Pero nadie sab铆a nada que proyectara un poco de luz sobre el misterio.

Ocurri贸 que el pasado a帽o la casita en cuesti贸n lleg贸 a mis manos como parte de un legado. Hab铆a estado vac铆a desde 1863, y no parec铆an existir perspectivas de alquilarla o de venderla. Y los documentos de que acabo de darles un extracto fueron encontrados en un armario, debajo de la ventana del mejor de los dormitorios de la casa.

FIN

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