Aceite de perro - Ambrose Bierce - Amantes de la literatura

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10.31.2025

Aceite de perro - Ambrose Bierce


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Me llamo Boffer Bings. Nac铆 de padres honestos en uno de los m谩s humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mi madre pose铆a un peque帽o estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron h谩bitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se opon铆an al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposici贸n, ni el asunto hab铆a sido debatido nunca pol铆ticamente: simplemente era as铆. La ocupaci贸n de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los due帽os de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en m铆. Mi padre ten铆a, como socios silenciosos, a dos de los m茅dicos del pueblo, que rara vez escrib铆an una receta sin agregar lo que les gustaba designar Lata de 脫leo. Es realmente la medicina m谩s valiosa que se conoce; pero la mayor铆a de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros m谩s gordos del pueblo ten铆an prohibido jugar conmigo, hecho que afligi贸 mi joven sensibilidad y en una ocasi贸n estuvo a punto de hacer de m铆 un pirata.

A veces, al evocar aquellos d铆as, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro.

Una noche, al pasar por la f谩brica de aceite de mi padre con el cuerpo de un ni帽o rumbo al estudio de mi madre, vi a un polic铆a que parec铆a vigilar atentamente mis movimientos. Joven como era, yo hab铆a aprendido que los actos de un polic铆a, cualquiera sea su car谩cter aparente, son provocados por los motivos m谩s reprensibles, y lo elud铆 meti茅ndome en la aceiter铆a por una puerta lateral casualmente entreabierta. Cerr茅 en seguida y qued茅 a solas con mi muerto. Mi padre ya se hab铆a retirado. La 煤nica luz del lugar ven铆a de la hornalla, que ard铆a con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes. Dentro del caldero el aceite giraba todav铆a en indolente ebullici贸n y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me sent茅 a esperar que el polic铆a se fuera, el cuerpo desnudo del ni帽o en mis rodillas, y le acarici茅 tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qu茅 guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los ni帽os, y mientras miraba al querub铆n, casi deseaba en mi coraz贸n que la peque帽a herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.

Era mi costumbre arrojar los ni帽os al r铆o que la naturaleza hab铆a provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atrev铆 a salir de la aceiter铆a por temor al agente. “Despu茅s de todo”, me dije, “no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguir铆a sus huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo de la incomparable Lata de 脫leo por otra especie de aceite no tendr谩n mayor incidencia en una poblaci贸n que crece tan r谩pidamente”. En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre m铆 indecibles penurias arrojando el ni帽o al caldero.

Al d铆a siguiente, un poco para mi sorpresa, mi padre, frot谩ndose las manos con satisfacci贸n, nos inform贸 a m铆 y a mi madre que hab铆a obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los m茅dicos a quienes hab铆a llevado muestras. Agreg贸 que no ten铆a conocimiento de c贸mo se hab铆a logrado ese resultado: los perros hab铆an sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias. Consider茅 mi obligaci贸n explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habr铆a paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja de una fusi贸n de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. Mi madre traslad贸 su estudio a un ala del edificio de la f谩brica y cesaron mis deberes en relaci贸n con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los peque帽os superfluos, ni hab铆a por qu茅 conducir perros a su destino: mi padre los desech贸 por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite. Tan bruscamente impulsado al ocio, se podr铆a haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue as铆. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegi贸 de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era di谩cono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!

Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedic贸 a 茅l con renovada asiduidad. No se limit贸 a suprimir a pedido ni帽os inoportunos: sal铆a a las calles y a los caminos a recoger ni帽os m谩s crecidos y hasta aquellos adultos que pod铆a atraer a la aceiter铆a. Mi padre, enamorado tambi茅n de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversi贸n de sus vecinos en aceite de perro lleg贸 a convertirse en la 煤nica pasi贸n de sus vidas. Una ambici贸n absorbente y arrolladora se apoder贸 de sus almas y reemplaz贸 en parte la esperanza en el Cielo que tambi茅n los inspiraba.

Tan emprendedores eran ahora, que se realiz贸 una asamblea p煤blica en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifest贸 que todo nuevo ataque contra la poblaci贸n ser铆a enfrentado con esp铆ritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reuni贸n desanimados, con el coraz贸n destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consider茅 prudente no ir con ellos a la aceiter铆a esa noche y me fui a dormir al establo.

A eso de la medianoche, alg煤n impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitaci贸n del horno, donde sab铆a que mi padre pasaba la noche. El fuego ard铆a tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para ma帽ana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tom谩ndose su tiempo para dejar suelta toda su energ铆a. Mi padre no estaba acostado: se hab铆a levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus prop贸sitos. Inm贸vil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. De pronto se abri贸 la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. Tambi茅n ella estaba en ropas de noche, y ten铆a en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.

Tampoco ella hab铆a sido capaz de negarse el 煤ltimo lucro que le permit铆an la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitaci贸n, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, 茅l para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. No s茅 cu谩nto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad dom茅stica, pero por fin, despu茅s de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.

El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanz贸, tom贸 a mi querida madre en los brazos desde帽ando su resistencia, la arrastr贸 junto al caldero hirviente, reuni贸 todas sus 煤ltimas energ铆as ¡y salt贸 adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisi贸n de ciudadanos que hab铆a tra铆do el d铆a anterior la invitaci贸n para la asamblea p煤blica.

Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las v铆as hacia una carrera honorable en ese pueblo, me traslad茅 a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el coraz贸n lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provoc贸 un desastre comercial tan terrible.

(The Oakland Tribune, 11 de octubre de 1890)

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