I
Cuando se fue acercando la 茅poca de ex谩menes, Malcolm Malcolmson decidi贸 irse a alg煤n lugar solitario donde pudiera estudiar sin ser interrumpido. Tem铆a las playas, por lo atractivas, y tambi茅n desconfiaba del completo aislamiento rural, pues desde hac铆a tiempo conoc铆a sus encantos. Lo que buscaba era un pueblecito sin pretensiones ni nada que le distrajese del estudio; y se decidi贸 a encontrarlo. Aguant贸 su deseo de pedir consejo a alg煤n amigo, pues pens贸 que cada uno de ellos le recomendar铆a un sitio ya conocido donde, sin duda, tendr铆a amigos a su vez. Malcolmson deseaba evitar a las amistades y ten铆a a煤n muchos menos deseos de trabar contacto con los amigos de los amigos. Por ello decidi贸 irse 茅l solo a buscar el lugar por s铆 mismo. Hizo su equipaje, consistente en una maleta con algunas ropas y todos los libros que necesitaba, y sac贸 billete para el primer nombre desconocido que vio en el itinerario local de ferrocarriles.
Cuando, al cabo de tres horas, se ape贸 en Benchurch, se sinti贸 satisfecho de lo bien que hab铆a conseguido borrar su pista para poder disponer del tiempo y tranquilidad con que proseguir sus estudios. Fue inmediatamente a la 煤nica posada del peque帽o y so帽oliento lugar, y tom贸 all铆 una habitaci贸n para pasar la noche. Benchurch era un pueblo donde se celebraban mercados, y durante una semana de cada cuatro era invadido por una enorme muchedumbre; pero durante los restantes veinti煤n d铆as no ten铆a m谩s atractivos que los que tendr铆a un desierto. Al d铆a siguiente de su llegada Malcolmson busc贸 por los alrededores a fin de encontrar una residencia a煤n m谩s aislada y apacible incluso que una posada tan tranquila como “El Buen Viajero”. Solamente encontr贸 un lugar del que prendarse y que satisfaciese verdaderamente sus mas exageradas ideas acerca de la quietud. En realidad, quietud no era la palabra m谩s adecuada para aquel sitio; desolaci贸n era el 煤nico t茅rmino que pod铆a transmitir cierta idea adecuada a su aislamiento. Era una casa vieja y anticuada, de construcci贸n pesada y estilo jacobino, con macizos aleros y ventanas, m谩s peque帽as 茅stas de lo acostumbrado y situadas m谩s alto de lo que es habitual en tales casas; estaba rodeada de una alta tapia de ladrillos s贸lidamente construida. Ciertamente, al examinarla, daba m谩s la impresi贸n de un edificio fortificado que de una vivienda ordinaria. Pero todas estas cosas agradaron a Malcolmson. “He aqu铆 — pens贸 — el mism铆simo lugar que buscaba, y s贸lo con conseguir habitarlo me sentir茅 feliz.” Su alegr铆a aument贸 cuando se dio cuenta de que, sin duda de ning煤n g茅nero, estaba sin alquilar en aquel momento.
En la estafeta de correos averigu贸 el nombre del agente, el cual qued贸 muy sorprendido al enterarse de que alguien quisiera habitar parte de la vieja casona. Mr. Camford, abogado local y agente de fincas, era un amable caballero de edad y confes贸 francamente el placer que le produc铆a el que alguien desease alquilar la casa.
— A decir verdad — dijo —, me alegrar铆a much铆simo por los due帽os, naturalmente, que alguien tomase la casa durante a帽os, aunque fuera gratuitamente, si con ello se pudiera acostumbrar al pueblo a verla habitada. Ha estado tanto tiempo vac铆a, que se ha levantado una especie de prejuicio absurdo a su alrededor, y la mejor manera de echarlo abajo es ocuparla… aunque solo sea — a帽adi贸, lanzando una astuta mirada a Malcolmson — por un estudioso como usted, que desee quietud durante alg煤n tiempo.
Malcolmson juzg贸 in煤til preguntar al agente detalles acerca del «absurdo prejuicio”; sab铆a que sobre aquel tema podr铆a conseguir m谩s informaci贸n, si la necesitaba, en cualquier otro lugar. Pag贸, pues, por adelantado la renta de tres meses, obtuvo un recibo y el nombre de una vieja que probablemente se comprometer铆a a “cuidar de 茅l” y se march贸 con las llaves en el bolsillo. A continuaci贸n fue a hablar con la posadera, que era una mujer de lo m谩s alegre y bondadoso, y le pidi贸 consejo acerca de qu茅 clase y cantidad de v铆veres y provisiones necesitar铆a con probabilidad. Ella levant贸 las manos estupefacta cuando 茅l dijo d贸nde pensaba alojarse.
— ¡En la Casa del Juez, no! — exclam贸, palideciendo.
脡l respondi贸 que no conoc铆a el nombre de la casa, pero explicad su emplazamiento y detalles. Cuando hubo terminado, contest贸 la mujer:
— ¡S铆, no cabe duda…; no cabe duda, es el mismo sitio! Es la Casa del Juez, no cabe duda.
Entonces 茅l pidi贸 que le hablase de la casa, por qu茅 se llamaba as铆 y que ten铆a en contra de ella. La mujer le cont贸 que la llamaban as铆 en el pueblo porque hac铆a muchos a帽os — no pod铆a decir cu谩ntos exactamente, dado que ella era de otra parte de la regi贸n, pero deb铆an ser unos cien o m谩s — hab铆a sido domicilio de cierto juez que inspir贸 en su tiempo gran espanto a cuanta del rigor de sus sentencias y de la hostilidad con que siempre se enfrent贸 con los acusados de su Tribunal. Acerca de lo que hab铆a en contra de la casa, no pod铆a decir nada. Con frecuencia ella misma lo hab铆a preguntado, pero nadie le supo informar. Sin embargo, el sentimiento general era de que all铆 hab铆a algo, y ella, por su parte, no tomarla todo el dinero del Drinkswater’s Bank, si con ello se ve铆a comprometida a permanecer una sola hora en la casa. Luego se excus贸 ante Malcolmson por su torpe conversaci贸n.
— Es que esas cosas no me gustan nada, se帽or, y adem谩s usted, un caballero tan joven, que se vaya, perd贸neme que se lo diga, a vivir all铆 tan solo… Si fuera hijo m铆o, y perd贸neme que se lo diga, no pasar铆a usted all铆 ni una noche, aunque tuviera que ir yo misma en persona y tirar de la campana grande de alarma que hay en el tejado. —La buena mujer hablaba tan evidentemente de buena fe, y con tan buenas intenciones, que Malcolmson, pese a la gracia que le hizo la perorata, se sinti贸 conmovido. Expres贸, pues, amablemente, cuanto apreciaba el inter茅s que se tomaba para con 茅l y luego a帽adi贸:
—Pero, mi querida Mrs. Witham, le aseguro que no es necesario que sic preocupe de m铆. Un hombre que, como yo, estudia Matem谩ticas superiores, tiene demasiadas cosas en que pensar para que pueda molestarle ninguno de esos misteriosos “algos»; y, por otra parte, su trabajo es demasiado exacto y prosaico para permitir en su mente el menor resquicio a misterios de cualquier tipo: ¡La Progresi贸n Arm贸nica, las Permutaciones, las Combinaciones y las Funciones El铆pticas tienen ya suficientes misterios para m铆.
Mrs. Witham se encarg贸 amablemente de suministrarle las provisiones pertinentes y el march贸 en busca de la vieja que le hab铆an recomendado para “cuidarle”. Cuando, al cabo de unas dos horas, regres贸 en compa帽铆a de 茅sta a la Casa del Juez, se encontr贸 con que le estaba esperando all铆 Mrs. Witham en persona, en compa帽铆a de varios hombres y chiquillos portadores de diversos paquetes e incluso de una cama, que hab铆an transportado en un carrito, pues, como dec铆a ella, aunque las sillas y las mesas pudiesen estar todas muy bien conservadas y utilizables, no era bueno ni propio de huesos j贸venes descansar en una cama que lo menos hac铆a cincuenta a帽os que no habla sido oreada. La buena mujer sent铆a evidente curiosidad por ver el interior de la casa, y recorri贸 todo el lugar, a pesar de manifestarse tan temerosa de los «algos” que, al menor ruido, se agarraba a Malcolmson, del cual no se separ贸 un instante.
Despu茅s de haber examinado la casa, Malcolmson decidi贸 fijar su residencia en el gran comedor, que era lo suficientemente espacioso para satisfacer todas sus necesidades; y Mrs. Witham, con la ayuda de Mrs. Dempster, la asistenta, procedi贸 a arreglar las cosas. Cuando entraron y desempaquetaron los bultos, vio Malcolmson que, con mucha y bondadosa previsi贸n, hab铆ale ella enviado de su propia cocina provisiones suficientes para algunos d铆as. La excelente posadera, antes de irse expres贸 toda clase de buenos deseos, y ya en la misma puerta, se volvi贸 a煤n para decir:
— Quiz谩, se帽or, como la habitaci贸n es grande y con mucha corriente de aire pudiera ser que no le viniera mal poner uno de esos biombos grandes alrededor de la cama, por la noche… Pero, la verdad sea dicha, yo me morir铆a si tuviera que quedarme aqu铆, encerrada con toda esa clase de… de “cosas” ¡que asomar谩n sus cabezas por los lados o por encima del biombo y se pondr铆an a mirarme! —La imagen que acababa de evocar fue excesiva para sus nervios y huyo sin poderse contener.
Mrs. Dempster lanz贸 un despectivo resoplido con aires de superioridad, cuando la posadera se fue, e hizo constar que ella, por su parte, no se sent铆a inclinada a atemorizarse ni ante todos los duendes del Reino.
— Le voy a decir a usted lo que pasa, se帽or — dijo—: los duendes son toda clase de cosas… ¡menos duendes! Ratas, ratones y escarabajos; y puertas que crujen, y tejas ca铆das, y pucheros rotos, y tiradores de cajones que aguantan firmes cuando usted tira de ellos y luego se caen solos en medio de la noche. ¡Mire usted el z贸calo de la habitaci贸n! ¡Es viejo…, tiene cientos de a帽os! ¿Cree que no va a haber ratas y escarabajos ah铆 detr谩s? ¡Claro que s铆! ¿y se imagina usted, se帽or, que se va a pasar sin ver a unas ni a otros? ¡Pues claro que no! Las ratas son los duendes, se lo digo yo, y los duendes son las ratas… ¡y no crea otra cosa!
— Mrs. Dempster — dijo Malcolmson gravemente, haci茅ndole una peque帽a inclinaci贸n —. ¡Usted sabe m谩s que un catedr谩tico de Matem谩ticas! Y perm铆tame decirle que, en se帽al de mi estimaci贸n por su indudable salud mental, le dar茅, cuando me vaya, posesi贸n de esta casa, y le permitir茅 residir aqu铆 a usted sola durante los dos 煤ltimos meses de mi alquiler, ya que las cuatro primeras semanas ser谩n suficientes para mis prop贸sitos.
— ¡Muchas gracias de todo coraz贸n, se帽or! — repuso ella —. Pero no puedo dormir ni una noche fuera de mi dormitorio. Vivo en la Casa de la Caridad de Greenhow, y si pasase una noche fuera de mis habitaciones perder铆a todos los derechos de seguir viviendo all铆. Las reglas son muy estrictas, y hay demasiada gente esperando una vacante para que yo me decida a correr el menor riesgo. Si no fuera por esto, se帽or, vendr铆a gustosamente a dormir aqu铆, para atenderle durante su estancia.
— Mi buena se帽ora — dijo Malcolmson apresuradamente —, he venido con el prop贸sito de estar solo, y cr茅ame que estoy agradecido al difunto Greenhow por haber organizado su casa de caridad, o lo que sea, en forma tan admirable que a la fuerza me vea privado de tener que soportar tan tremenda tentaci贸n. ¡San Antonio en persona no habr铆a podido pedir m谩s en cuanto a 茅sta!
La vieja rio 谩speramente.
— ¡Ah, ustedes los se帽oritos j贸venes — dijo —, no se asustan de nada! Ya lo creo que encontrar谩 usted aqu铆 toda la soledad que desea.
Se puso a trabajar, a limpiar y, a la ca铆da de la tarde, cuando Malcolmson regres贸 de dar un paseo — siempre llevaba uno de sus libros para estudiar mientras tanto —, se encontr贸 con la habitaci贸n barrida y limpia, un fuego ardiendo en el hogar y la mesa servida para la cena con las excelentes viandas llevadas por Mrs. Witham.
— ¡Esto s铆 que es comodidad! — se dijo, frot谩ndose las manos.
II
Cuando acab贸 de cenar y puso la bandeja con los restos de la cena al otro extremo de la gran mesa de roble, volvi贸 a sacar sus libros, arroj贸 m谩s le帽a al fuego, despabil贸 la l谩mpara y se sumergi贸 en el hechizo de su duro trabajo real. Prosigui贸 este, sin hacer pausa alguna, hasta cosa de las once, hora en que lo suspendi贸 durante unos momentos para avivar el fuego y la l谩mpara y hacerse una taza de t茅. Siempre hab铆a sido aficionado al t茅; durante su vida de colegio hab铆a solido quedarse estudiando hasta tarde, y siempre tomaba t茅 y m谩s t茅 hasta que dejaba de estudiar. Pero lo dem谩s era un lujo para 茅l y gozaba de ello con una sensaci贸n de delicioso, voluptuoso desahogo. El fuego reavivado salt贸, chisporrote贸 y arroj贸 extra帽as sombras en la vasta y antigua habitaci贸n, y, mientras se tomaba a sorbos el t茅 caliente, se despert贸 en 茅l una sensaci贸n de aislamiento de sus semejantes. Es que en aquel momento hab铆a empezado a notar por primera vez el ruido que hac铆an las ratas.
— Seguramente — pens贸 — no han metido tanto ruido durante todo el tiempo que he estado estudiando. ¡De haber sido as铆 me hubiera dado cuenta!
Mientras el ruido iba en aumento se tranquiliz贸 el estudiante dici茅ndose que aquellos rumores, sin duda, acababan de empezar. Era evidente que al principio las ratas se hab铆an asustado por la presencia de un extra帽o y por la luz del fuego y de la l谩mpara; pero a medida que pasaba el tiempo se hab铆an ido volviendo m谩s osadas y ya se hallaban entretenidas de nuevo en sus ocupaciones habituales.
¡Y cuidado que eran activas! ¡Y atentas al menor ruido desacostumbrado! ¡Sub铆an y bajaban por detr谩s del z贸calo que revest铆a la pared, por encima del cielo raso, por debajo del suelo, se mov铆an, coman, bull铆an, royendo y ara帽ando! Malcolmson se sonri贸 al recordar el dicho de Mrs. Dempster, “los duendes son las ratas y las ratas son los duendes”. El t茅 empezaba a hacer su efecto de estimulante intelectual y nervioso, y el estudiante vio con alegr铆a que ten铆aa ante s铆 una nueva inmersi贸n en el largo hechizo del estudio, antes de que terminase la noche, lo que le proporcion贸 tal sensaci贸n de comodidad que se permiti贸 el lujo de lanzar una ojeada por la habitaci贸n. Tom贸 la l谩mpara en una mano y recorri贸 la estancia, pregunt谩ndose por qu茅 una casa tan original y hermosa como aquella habr铆a estado abandonada tanto tiempo. Los paneles de roble que recubr铆an la pared estaban finamente labrados. El trabajo en madera de puertas y ventanas era bello y de raro m茅rito. Hab铆a algunos cuadros viejos en las paredes, pero estaban tan espesamente cubiertos de polvo y suciedad, que no pudo distinguir ninguno de sus detalles, a pesar de que levant贸 la l谩mpara todo lo posible para iluminarlos. Aqu铆 y all谩, en su recorrido, top贸 con alguna grieta o agujerillo bloqueados de momento por una cabeza de rata, de ojos brillantes que reluc铆an a la luz; pero al instante desaparec铆a la cabeza, con un chillido y un rumor de huida. Lo que m谩s intrig贸 a Malcolmson, sin embargo, fue la cuerda de la gran campana del tejado, que colgaba en un rinc贸n de la habitaci贸n, a la derecha de la chimenea. Arrastr贸 hasta cerca del fuego una gran silla de roble tallado y alto respaldo y se sent贸 a tomarse su 煤ltima taza de t茅. Cuando la termin贸, aviv贸 el fuego y volvi贸 a su trabajo, sent谩ndose en la esquina de la mesa, con el fuego a la izquierda. Durante un buen rato, las ratas le perturbaron el estudio con su perpetuo rebullir, pero acab贸 por acostumbrarse al ruido, igual que se acostumbra uno al tic-tac de un reloj o al rumor de un torrente; y as铆, se sumergi贸 de tal modo en el trabajo, que nada del mundo, excepto el problema que estaba intentando resolver, hubiera sido capaz de hacer mella en 茅l.
Pero, de pronto, y sin haber logrado resolverlo a煤n, levant贸 la cabeza: en el aire not贸 esa sensaci贸n inefable que precede al amanecer y que tan temible resulta para los que llevan vidas dudosas. El ruido de las ratas hab铆a cesado. Desde luego, ten铆a la impresi贸n de que hab铆a cesado hac铆a un instante, y que precisamente hab铆a sido este s煤bito silencio lo que le hab铆a obligado a levantar la cabeza. El fuego hab铆a ido acab谩ndose, pero aun arrojaba un profundo y rojo resplandor. Al mirar en esa direcci贸n, sufri贸 un sobresalto, a pesar de toda su sangre fr铆a.
All铆, encima de la silla de roble tallado y altas espaldas, a la derecha de la chimenea, estaba una enorme rata que le miraba fijamente con sus tristes ojillos. Hizo un gesto el estudiante como para espantarla, pero ella no se movi贸. En vista de lo cual, hizo 茅l como si fuera a arrojarle algo. Tampoco se movi贸, pero le ense帽贸, encolerizada, sus grandes dientes blancos; a la luz de la l谩mpara, sus ojillos crueles brillaban con una luz de venganza.
Malcolmson qued贸 asombrado, y, tomando el hurg贸n de la chimenea, corri贸 hacia la rata para matarla. Antes, sin embargo, de que pudiera golpearla, 茅sta, con un chillido que pareci贸 concentrar todo su odio, salt贸 al suelo y, trepando por la cuerda de la campana, desapareci贸 en la oscuridad, adonde no llegaba el resplandor de la l谩mpara, tamizado por una verde pantalla. Instant谩neamente, y extra帽o es decirlo, volvi贸 a comenzar de nuevo el ruidoso bullicio de las ratas tras los paneles de roble.
Esta vez, Malcolmson no pudo volver a sumergirse en el problema; pero, como el gallo cantase en el exterior anunciando la llegada del alba, se fue a la cama a descansar.
Durmi贸 tan profundamente que ni siquiera se despert贸 cuando lleg贸 Mrs. Dempster para arreglar la habitaci贸n. Solo lo hizo cuando la mujer, despu茅s de barrido el cuarto y preparado el desayuno, golpe贸 discretamente en el biombo que ocultaba la cama. A煤n estaba un poco cansado de su duro trabajo nocturno, pero pronto le despabil贸 una cargada taza de t茅, y tomando un libro sali贸 a dar su paseo matinal, llev谩ndose tambi茅n algunos bocadillos por si no le apetec铆a volver hasta la hora de la cena. Encontr贸 un paseo apacible entre los olmos, en los alrededores del pueblo, y all铆 paso la mayor parte del d铆a estudiando a Laplace. A su regreso, pas贸 a saludar a Mrs. Witham y darle las gracias por su amabilidad. Cuando le vio ella llegar — a trav茅s de una ventana de su santuario, emplomada con vidrios de colores en forma de rombo —, sali贸 a la calle a recibirle y le rog贸 que entrase. Una vez dentro, le mir贸 inquisitivamente y movi贸 la cabeza al decir:
— No debe usted trabajar tanto, se帽or. Est谩 usted esta ma帽ana m谩s p谩lido que otras veces. Estarse hasta tan tarde y con un trabajo tan duro para el cerebro no es bueno para nadie. Pero d铆game se帽or, ¿c贸mo pas贸 la noche? Espero que bien ¡No sabe usted cu谩nto me alegr茅 cuando Mrs. Dempster me dijo esta ma帽ana que le hab铆a encontrado tan bien y tan profundamente dormido cuando lleg贸!
— Oh, s铆, perfectamente — repuso 茅l sonriendo —: todav铆a no me han molestado los “algos”. Solo las ratas. Son un aut茅ntico batall贸n, y se sienten como en su propio cuartel. Hab铆a una de aspecto diab贸lico, que hasta se subi贸 a mi propia silla, junto al fuego; y no se habr铆a marchado, de no haberle yo amenazado con el hurg贸n; entonces, trep贸 por la cuerda de la campana y desapareci贸 por all谩 arriba, por encima de las paredes o el techo; no pude verlo bien, estaba muy oscuro.
— ¡Dios nos asista — exclam贸 Mrs. Witham — , un viejo diablo, y sobre una silla junto al fuego! ¡Tenga cuidado, se帽or! ¡Tenga cuidado! Hay a veces cosas muy verdaderas que se aseguran en broma.
— ¿Qu茅 quiere usted decir? Palabra que no comprendo.
— ¡Un viejo diablo! El viejo diablo, quiz谩. ¡Vaya, se帽or, no se r铆a! — pues Malcolmson hab铆a estallado en francas carcajadas—. Ustedes la gente joven creen que es muy f谩cil re铆rse de cosas que hacen estremecer a los viejos. ¡Pero no importa, se帽or! ¡No haga caso! Quiera Dios que pueda usted seguir riendo todo el tiempo. ¡Eso es lo que yo le deseo! — y la buena se帽ora rebos贸 de nuevo alegre simpat铆a, olvidando por un momento sus temores.
— ¡Oh, perd贸neme! — dijo entonces Malcolmson — No me juzgue descort茅s; es que la cosa me ha hecho gracia… eso de que el viejo diablo en persona estaba anoche sentado en mi silla… — y, al recordarlo, volvi贸 a re铆r. Luego, march贸 a su casa a cenar.
III
Esa noche el rumor de las ratas empez贸 mas temprano; con toda certeza exist铆a ya antes de su regreso, y solo ces贸 mientras les dur贸 el susto causado por la imprevista llegada.
Despu茅s de cenar, se sent贸 un momento junto al fuego a fumar, y luego de levantar la mesa empez贸 a trabajar como otras veces. Pero esa noche las ratas le distra铆an m谩s que la anterior. ¡C贸mo correteaban de arriba abajo, y por detr谩s y por encima! ¡C贸mo chillaban, ro铆an y ara帽aban! ¡Y c贸mo m谩s atrevidas a cada instante, se asomaban a las bocas de sus agujeros y por todas las grietas, hendiduras y resquebrajaduras del z贸calo, brillantes los ojillos como l谩mparas diminutas cuando se reflejaba en ellos el fulgor del fuego! Mas para el estudiante, sin duda ya acostumbrado a ellos, estos ojos no ten铆an nada de siniestros; al contrario, s贸lo les notaba un aire travieso y juguet贸n. A veces, las m谩s atrevidas, hac铆an salidas al piso o a lo largo de las molduras de la pared. Una y otra vez, cuando le empezaban a molestar demasiado, Malcolmson hac铆a un ruido para asustarlas, golpeaba la mesa con la mano o emit铆a un fiero “iChst! iChst!”, de modo que ellas huyesen inmediatamente a sus agujeros.
As铆 transcurri贸 la primera mitad de la noche; luego, a pesar del ruido, Malcolmson se fue sumergiendo cada vez m谩s en el estudio.
De repente, levant贸 la vista, como la noche anterior, dominado por una s煤bita sensaci贸n de silencio. En efecto, no se o铆a ni el m谩s leve ruido de roer, ara帽ar o chillar. Era un silencio de tumba. Record贸 entonces el extra帽o suceso de la noche precedente, e instintivamente mir贸 a la silla que hab铆a junto a la chimenea. Entonces le recorri贸 por el cuerpo una extra帽a sensaci贸n.
All铆, en la gran silla de roble tallado y alto respaldo, al lado de la chimenea, se hallaba la misma enorme rata que le miraba fijamente con unos ojillos f煤nebres y malignos.
Instintivamente tom贸 el objeto mas pr贸ximo a su mano, unas tablas de logaritmos y se lo arroj贸. El libro fue mal dirigido y la rata ni se movi贸; de modo que hubo de repetir la escena del hurg贸n de la noche anterior; y otra vez la rata, al verse estrechamente cercada, huy贸 trepando por la cuerda de la campana de alarma. Tambi茅n fue muy extra帽o que la fuga de esta rata fuese inmediatamente seguida por la reanudaci贸n del ruido de la comunidad. En esta ocasi贸n, como en la precedente, Malcolmson no pudo ver por qu茅 parte de la habitaci贸n desapareci贸 el animal, pues la pantalla verde de la l谩mpara dejaba en sombras la parte superior del cuarto, y el fuego brillaba mortecino.
Mirando a su reloj, observ贸 que era cerca de medianoche, y, no descontento del divertimento, aviv贸 el fuego y se prepar贸 su nocturna taza de t茅. Hab铆a trabajado perfectamente sumergido en el hechizo del estudio y se crey贸 merecedor de un cigarrillo; as铆, pues, se sent贸 en la gran silla de roble tallado, junto a la chimenea, y fum贸 gozoso. Mientras lo hac铆a, empez贸 a pensar que le gustar铆a saber por d贸nde lograba meterse el bicho, pues empezaba a acariciar la idea de poner en pr谩ctica al d铆a siguiente algo relacionado con una ratonera, una trampa para ratas. En vista de ello, encendi贸 otra l谩mpara y la coloc贸 de tal forma que iluminase bien el rinc贸n derecho que formaban la chimenea y la pared. Luego apil贸 todos libros que ten铆a y los coloc贸 al alcance de la mano para arroj谩rselos al animal si llegaba el caso. Finalmente, levant贸 la cuerda de la campana y coloc贸 su extremo inferior encima de la mesa, pis谩ndolo con la l谩mpara. Al manejar la cuerda, no pudo por menos de notar cu谩n flexible era, sobre todo teniendo en cuenta su grosor y el tiempo que llevaba sin usar. “Se podr铆a colgar a un hombre de ella”, pens贸 para s铆. Cuando hubo terminado sus preparativos, mir贸 a su alrededor y dijo complacido:
— ¡Ahora, amiga m铆a, creo que vamos a vernos las caras de una vez!
Reanud贸 su estudio, y aunque al principio le distrajo algo el ruido que hac铆an las ratas, pronto se abandon贸 plenamente a sus proposiciones y problemas.
De nuevo, s煤bitamente, fue reclamado por su alrededor. Esta vez no hab铆a sido s贸lo el s煤bito silencio lo que le llamo la atenci贸n; hab铆a, adem谩s, un ligero movimiento de la cuerda, y la l谩mpara se tambaleaba. Sin moverse, mir贸 a ver si la pila de libros estaba al alcance de su mano y luego desliz贸 su mirada a lo largo de la cuerda. Mientras miraba, vio que la gran rata se debajo caer desde la cuerda a la silla de roble, se instalaba en ella y le contemplaba. Tom贸 un libro con la mano derecha y, apuntando cuidadosamente, se lo arrojo a la rata. 脡sta, con r谩pido movimiento, salt贸 de costado y esquiv贸 el proyectil. 脡l, entonces, tom贸 un segundo y luego un tercero, y se los lanz贸, uno tras otro, pero sin 茅xito tampoco en ambas ocasiones. Por fin, y en el momento en que se dispon铆a a arrojarle un nuevo libro, la rata chill贸 y pareci贸 asustada. Esto a ament贸 a煤n m谩s su avidez por dar en el blanco; y el libro vol贸 y alcanz贸 a la rata con golpe resonante. Lanz贸 el animal un terrorifico chillido y, echando a su perseguidor una mirada de terrible malignidad, trepo por el respaldo de la silla, desde cuyo borde superior dio un gran salto hasta la cuerda de la campana, por la cual subi贸 con la velocidad del rayo. La l谩mpara que sujetaba la cuerda se tambale贸 bajo el s煤bito tir贸n, pero era pesada y no lleg贸 a caer. Malcolmson sigui贸 a la rata con la mirada y la vio, merced a la luz de la segunda l谩mpara, saltar a una moldura del z贸calo y desaparecer, por un agujero, en uno de los grandes cuadros colgados de la pared, invisibles bajo la capa de polvo y suciedad.
— Ya echar茅 ma帽ana una ojeada a la vivienda de mi amiga —se dijo el estudiante, mientras iba recogiendo los vol煤menes tirados por el suelo —. El tercer cuadro a partir de la chimenea. No lo olvidar茅 —cogi贸 los libros uno a uno, haciendo un comentario sobre ellos a medida que le铆a sus t铆tulos—. Secciones del Cono, ni la roz贸, ni tampoco Oscilaciones cicloides, ni los Principios, ni Cuaternidades, ni laTermodin谩mica. ¡脡ste es el libro que la alcanz贸! Malcolmson lo tom贸 del suelo y mir贸 su t铆tulo. Al hacerlo, se sobresalt贸 y una s煤bita palidez cubri贸 su cara. Mir贸 a su alrededor inquieto, y se estremeci贸 levemente mientras murmuraba para s铆:
— ¡La Biblia que me dio mi madre! Qu茅 extra帽a coincidencia! — Se volvi贸 a sentar y se puso al trabajo; las ratas del z贸calo reanudaron sus cabriolas. No le molestaron, sin embargo: de alg煤n modo, su presencia le proporcionaba una cierta sensaci贸n de compa帽铆a. Pero no pudo concentrarse en el estudio, y, despu茅s de esforzarse in煤tilmente en dominar el tema que ten铆a entre manos, lo dej贸 con desesperaci贸n y se fue a la cama, mientras el primer resplandor de la aurora penetraba furtivamente por la ventana que daba al Oriente.
Durmi贸 pesada pero desagradablemente y so帽贸 mucho: cuando le despert贸 Mrs. Dempster, ya muy entrada la ma帽ana, su aspecto era de haber descansado mal, y durante unos pocos minutos no pareci贸 darse cuenta exactamente de d贸nde se encontraba. Su primer encargo sorprendi贸 bastante a la criada.
— Mrs. Dempster, cuando me ausente hoy de casa, quiero que coja usted la escalera y limpie el polvo o lave esos cuadros… especialmente el tercero a partir de la chimenea… Quiero ver que representan.
Hasta bien entrada la tarde estuvo Malcolmson en la sombr铆a olmeda, estudiando; a medida que transcurr铆a la jornada, al notar que sus asimilaciones mejoraban progresivamente, le fue volviendo el alegre optimismo del d铆a anterior. Hab铆a conseguido ya solucionar satisfactoriamente todos los problemas que hasta entonces le hab铆an burlado, y se hallaba en un estado de alegr铆a tal que decidi贸 hacer una visita a Mrs. Witham en “El Buen Viajero». Encontr贸 a la posadera en un confortable cuarto de estar, acompa帽ada de un desconocido que le fue presentado como el doctor Thornhill.
La mujer no parec铆a hallarse totalmente a gusto, y esto, unido a que 茅ste se lanzase inmediatamente a hacerle una serie de preguntas inopinadas, hizo pensar a Malcolmson que la presencia del doctor no era all铆 casual, por lo cual dijo sin ambages:
— Dr. Thornhill, contestar茅 con placer cualquier preguntar que quiera hacerme, si usted primero me contesta a una que deseo hacerle yo.
El doctor pareci贸 sorprendido, pero al momento sonri贸 y repuso:
— ¡Hecho! ¿De qu茅 se trata?
— ¿Le pidi贸 a usted Mrs. Witham que viniera aqu铆 a verme y aconsejarme?
El doctor Thornhill qued贸 un momento desconcertado, y Mrs. Witham enrojeci贸 vivamente y volvi贸 la cara hacia otro lado; pero el doctor era un hombre sincero e inteligente y contest贸 en seguida con franqueza:
— As铆 lo hizo, en efecto, pero quer铆a que no se enterase usted. Supongo que han sido mi torpeza y mi apresuramiento quienes le han hecho a usted sospecharlo. Pero en fin, lo que me dijo fue que no le agradaba la idea de que usted estuviese en esa casa completamente solo, y tomando tanto t茅 y tan cargado. Efectivamente, deseaba que yo le aconsejase a usted dejar el t茅 y que no se quedara a estudiar hasta muy tarde. Yo tambi茅n fui buen estudiante en mis tiempos, y por ello espero que me permita tomarme la libertad de darle un consejo sin ofenderle, puesto que no le hablo como un extra帽o, sino como un universitario puede hablar a otro.
Malcolmson le tendi贸 la mano con sonrisa radiante.
—¡Venga esa mano, que dicen en Am茅rica! — exclam贸 — Le agradezco much铆simo su inter茅s, y tambi茅n a Mrs. Witham; y su amabilidad me obliga a pagarles en la misma moneda. Prometo no volver a tomar t茅 cargado, ni sin cargar, hasta que usted no me d茅 permiso. Y esta noche me ir茅 a la cama a la una lo m谩s tarde. ¿De acuerdo?
—Estupendo —dijo el m茅dico — . Ahora cu茅nteme usted todo lo que ha visto en el viejo caser贸n — acto seguido relat贸 Malcolmson con todo detalle cuanto en las dos 煤ltimas noches le sucedi贸. Fue interrumpido de vez en cuando por las exclamaciones de Mrs. Witham, hasta que, finalmente, al llegar al episodio de la Biblia toda la emoci贸n reprimida de la posadera encontr贸 salida en un tremendo alarido, y hasta que no se le administr贸 un buen vaso de co帽ac con agua no se recompuso. El doctor Thornhill lo escuch贸 todo con expresi贸n de creciente gravedad, y cuando la narraci贸n lleg贸 a su fin y Mrs. Witham qued贸 tranquila, pregunt贸:
— ¿La rata siempre trepa por la cuerda de la campana de alarma?
— Siempre.
— Supongo que ya sabr谩 usted — dijo el doctor tras una pausa — qu茅 es esa cuerda.
— ¡No!
— Es — dijo el doctor lentamente — la misma que utilizaba el verdugo para ahorcar a las v铆ctimas del cruel juez — al llegar a este punto, fue interrumpido de nuevo por otro grito de Mrs. Witham, y hubo que poner otra vez en juego los medios para que volviera a recobrarse. Malcolmson, despu茅s de consultar su reloj y observando que ya era casi hora de cenar, se march贸 a su casa, no bien ella se hubo recobrado.
Cuando Mrs. Witham volvi贸 a su ser del todo, asaete贸 al doctor Thornhill con col茅ricas preguntas sobre que pretend铆a al meterle tan horribles ideas en la cabeza al pobre joven.
— Ya tiene all铆 demasiadas preocupaciones — a帽adi贸.
El doctor Thornhill replic贸:
— ¡Mi querida se帽ora, mi prop贸sito es muy distinto! Lo que yo deseaba era atraer su atenci贸n hacia la cuerda de la campana y mantenerla fija all铆. Puede que se halle en un estado de gran sobreexcitaci贸n, por haber estudiado demasiado, o por lo que fuere, pero, sin embargo, me veo obligado a reconocer que parece un joven tan sano y fuerte, mental y corporalmente, como el que m谩s… Pero luego est谩n las ratas… y esa sugerencia del diablo… — el doctor movi贸 la cabeza y prosigui贸 —; me habr铆a ofrecido a ir y pasar la noche con 茅l, pero estoy seguro de que eso le habr铆a humillado. Debe ser que por la noche sufre alg煤n extra帽o terror o alucinaci贸n, y si es as铆, deseo que tire de esa cuerda. Como est谩 completamente solo, eso nos servir谩 de aviso y podremos llegar hasta 茅l a tiempo a煤n de serle 煤tiles. Me mantendr茅 despierto esta noche hasta muy tarde, y tendr茅 los o铆dos bien abiertos. No se alarme usted si Benchurch recibe una sorpresa antes de ma帽ana.
— Oh, doctor, ¿qu茅 quiere usted decir? ¿Qu茅 quiere usted decir?
— Quiero decir esto: que posiblemente, o mejor dicho, probablemente, oigamos esta noche la gran campana de alarma de la Casa del Juez — y el doctor hizo un mutis tan efectista como era de esperar por sus palabras.
IV
Cuando Malcolmson lleg贸 a su casa se encontr贸 con que era un poco m谩s tarde que de costumbre y que Mrs. Dempster se hab铆a marchado ya. Las reglas de la Casa de Caridad de Greenhow no eran de desde帽ar. Se alegr贸 de ver que el lugar estaba limpio y reluciente, encendido un alegre fuego en la chimenea y bien despabilada la l谩mpara. La tarde era muy fr铆a para el mes de abril y soplaba un viento pesado con una violencia tan r谩pidamente creciente que se pod铆a prever una buena tormenta para la noche. El ruido de las ratas ces贸 durante unos pocos minutos despu茅s de su llegada; pero, tan pronto como se volvieron a acostumbrar a su presencia, lo reanudaron. Se alegr贸 de o铆rlas, y una vez m谩s not贸 que en su bullicioso rumor hab铆a algo que le hac铆a sentirse acompa帽ado. Sus recuerdos retrocedieron hasta el extra帽o hecho de que las ratas s贸lo cesaban de manifestarse cuando aquella otra — la gran rata de ojillos f煤nebres — entraba en escena. S铆lo estaba encendida la l谩mpara de lectura, y su pantalla verde mantenla en sombras el techo y la parte superior de la habitaci贸n, de tal modo que la alegre y rojiza luz del hogar se extend铆a, c谩lida y agradable, por el pavimento y brillaba sobre el blanco mantel que cubr铆a el extremo de la mesa. Malcolmson se sent贸 a cenar con buen apetito y esp铆ritu vivaz. Despu茅s de cenar y fumar un cigarrillo se entreg贸 firmemente al trabajo, determinado a que nada le distrajese, pues recordaba la promesa hecha al doctor y estaba decidido a aprovechar lo mejor posible el tiempo disponible.
Durante casi una hora trabaj贸 sin inconvenientes, y luego sus pensamientos empezaron a despegarse de los libros y a vagabundear por su cuenta. Las actuales circunstancias en que se hallaba, la llamada de atenci贸n sobre su salud nerviosa, no eran de despreciar. Para entonces el viento se habla convertido en vendaval, y el vendaval en tormenta. La vieja casona, pese a su solidez, parec铆a estremecerse desde sus cimientos, y la tormenta rug铆a y bramaba a trav茅s de las m煤ltiples chimeneas y los viejos aleros, produciendo extra帽os y aterradores sonidos en las estancias y pasillos vacios. Incluso la gran campana del tejado deb铆a estar sufriendo los embates del viento, pues la cuerda sub铆a y bajaba levemente, como si la campana se estuviera moviendo un poco, y el extremo inferior de la flexible cuerda azotaba el suelo de roble con un ruido duro y seco.
Al escucharlo, Malcolmson se acord贸 de las palabras del doctor: “Es la cuerda que utilizaba el verdugo para ahorcar a las v铆ctimas del cruel Juez.” Se acerc贸 al rinc贸n de la chimenea y la tomo en sus manos para contemplarla. Parec铆a sentir una especie de morboso inter茅s por ella, y mientras la estuvo contemplando se perdi贸 un momento en conjeturas sobre quienes habr铆an sido esas v铆ctimas y sobre el l煤gubre deseo del Juez de tener siempre ante su vista una reliquia tan macabra. Mientras estaba all铆, el balanceo de la campana del tejado hab铆a seguido comunicando a la cuerda cierto movimiento; pero ahora, de pronto, empez贸 a notar una nueva sensaci贸n, una especie de temblor en la cuerda, como si algo se fuese moviendo a lo largo de ella.
Levantando la vista instintivamente, vio Malcolmson a la enorme rata que bajaba lentamente hacia 茅l, mir谩ndole fijamente. Solt贸 la cuerda y retrocedi贸 vivamente, mascullando una maldici贸n. La rata, dando la vuelta, trepo de nuevo por la cuerda y desapareci贸; y en ese instante Malcolmson se dio cuenta de que el ruido de las ratas, que hab铆a cesado un momento, volv铆a a comenzar.
Todo esto le dej贸 pensativo; entonces se acord贸 de que no hab铆a investigado la madriguera de la rata ni mirado los cuadros, como hab铆a pensado hacer. Encendi贸 la otra l谩mpara, que no ten铆a pantalla, y alz谩ndola, se coloc贸 frente al tercer cuadro a la derecha de la chimenea, que era por donde hab铆a visto desaparecer a la rata la noche anterior.
A la primera ojeada, retrocedi贸, tan bruscamente sobresaltado que casi dej贸 caer la l谩mpara, y una mortal palidez cubri贸 sus facciones. Entrechocaron sus rodillas, pesadas gotas de sudor afluyeron a su frente, y tembl贸 como un 谩lamo. Pero era joven y animoso, y consigui贸 de nuevo armarse de valor tras una pausa de pocos segundos, avanz贸 de nuevo unos pasos, alz贸 la l谩mpara y examin贸 el cuadro, que hab铆a sido desempolvado y lavado y era ya claramente distinguible.
Era el retrato de un juez vestido de purpura y armi帽o. Su rostro era fuerte y despiadado, maligno, astuto y vengativo, con boca sensual y nariz ganchuda de encendido color y forma semejante al pico de un ave de presa. El resto de la cara era de un color cadav茅rico. Los ojos, de un brillo peculiar, ten铆an una expresi贸n terriblemente maligna. Al contemplarlos, Malcolmson sinti贸 fr铆o, pues en ellos vio una verdadera r茅plica a los ojos de la enorme rata. Casi se le cay贸 la l谩mpara de la mano al ver a 茅sta mir谩ndole con sus ojillos f煤nebres desde el agujero de la esquina del cuadro y al notar el s煤bito cese del ruido de las dem谩s. Sin embargo, volvi贸 a reunir todo su valor y prosigui贸 el examen de la pintura.
El Juez estaba sentado en una gran silla de roble tallado y alto respaldo, a la derecha de una gran chimenea de piedra, junto a la cual colgaba una cuerda desde el techo, yaciendo en el suelo su extremo inferior enrollado. Con una sensaci贸n de horror, Malcolmson reconoci贸 en ese escenario la habitaci贸n en que se hallaba, y mir贸 despavorido a su alrededor como si esperase hallar alguna extra帽a presencia a su espalda. Luego volvi贸 a dirigir su mirada al rinc贸n que formaba la chimenea, y dando un grito desgarrado dej贸 caer la l谩mpara que llevaba en la mano.
All铆, en la silla del Juez, con la cuerda colgando tras ella, se hab铆a instalado aquella rata que ten铆a la misma f煤nebre mirada que 茅ste, ahora diab贸licamente intensa. Excepto el ulular de la tormenta, todo estaba en silencio.
La l谩mpara ca铆da hizo que Malcolmson volviera a la realidad. Afortunadamente era de metal y no se derramo el aceite. Sin embargo, la necesidad inmediata de recogerla seren贸 en seguida sus aprensiones nerviosas. Cuando hubo apagado la l谩mpara, se sec贸 el sudor de las cejas y medit贸 un momento.
— Esto no puede ser — se dijo— . Si sigo as铆 me voy a volver loco. ¡Basta ya! Promet铆 al doctor que no tomar铆a t茅. ¡Por Dios, que te ni a raz贸n! Mis nervios han debido llegar a un estado terrible. Tiene gracia que yo no lo note. Nunca en mi vida me he encontrado mejor. Pero ahora todo va bien ya, y no volver茅 a comportarme como un necio.
Entonces se prepar贸 un buen vaso de brandy y se sent贸 resueltamente para proseguir su estudio.
Llevaba as铆 cosa de una hora, cuando levant贸 la vista del libro, atra铆do por el s煤bito silencio. Sin embargo, el viento ululaba y rug铆a m谩s fuerte que nunca, y la lluvia ca铆a en turbiones contra los vidrios de las ventanas, golpe谩ndolos como si fuera granizo; pero en el interior no se o铆a nada, excepto el eco del viento bramando por la gran chimenea, como en arrullo de la tormenta. El fuego se hab铆a casi apagado; ard铆a ya sin llama, arrojando s贸lo un resplandor rojizo. Malcolmson escuch贸 atentamente y entonces oy贸 un tenue, chirriante ruido, casi inaudible. Proven铆a del rinc贸n de la estancia donde colgaba la cuerda, y el estudiante pens贸 que deb铆a producirlo el roce de la cuerda contra el suelo cuando el balanceo de la campana la hac铆a subir y bajar. Sin embargo, al mirar hacia all铆, vio, a aquella luz mortecina, que la rata, agarrada a la cuerda, la estaba royendo. La cuerda estaba ya casi ro铆da por entero, se pod铆a ver un color m谩s claro en el punto donde las hebras internas hab铆an quedado ya al descubierto. Mientras miraba, la tarea fue completada y la cuerda cay贸 con un chasquido sobre el piso de roble, al tiempo que, durante un instante, la gran rata permanec铆a colgada, como una monstruosa borla o campanilla, del cabo superior, que ahora empez贸 a balancearse de un lado a otro. Malcolmson sinti贸 por un momento otro brote brusco de terror al caer en la cuenta de que la posibilidad de comunicarse con el mundo exterior y pedir auxilio quedaba ya cortada, pero este sentimiento en seguida fue reemplazado por una intensa c贸lera, y agarrando el libro que estaba leyendo lo arrojo contra la rata. El tiro iba bien dirigido, mas antes de que el proyectil pudiera alcanzarla, esta se dej贸 caer aterriz贸 en el suelo con un blando sonido. Malcolmson se abalanz贸 instant谩neamente sobre ella, pero el animal sali贸 disparado y desapareci贸 en las sombras de la estancia. Malcolmson comprendi贸 que el estudio hab铆a terminado, por aquella noche al menos, y decidi贸 alterar la monoton铆a de su vida por medio de una cacer铆a de rata; quit贸 la pantalla verde de la l谩mpara para asegurarse un mayor radio de acci贸n de la luz. Al hacerlo, se disolvieron las tinieblas de la parte superior de la estancia y ante aquella invasi贸n de luz, cegadora en comparaci贸n con la oscuridad anterior, los cuadros de la pared se destacaron netamente. Desde donde estaba, ve铆a Malcolmson, justo enfrente de s铆, el tercero a la derecha de la chimenea. Se frot贸 sorprendido los ojos, y luego un gran miedo empez贸 a invadirlo.
En el centro del cuadro hab铆a un espacio vac铆o, grande e irregular, en el que se ve铆a el lienzo pardo tan limpio como cuando lo colocaron en el bastidor. El fondo del cuadro estaba como antes con la silla, el rinc贸n de chimenea y la cuerda, pero la figura del Juez hab铆a desaparecido. Malcolmson, casi muerto de horror, fue girando lentamente, y entonces empez贸 a estremecerse y a temblar como un paralitico. Su fuerza parec铆a haberle abandonado, dej谩ndole incapaz de hacer el menor movimiento o acci贸n; incluso apenas era capaz de pensar. Solo pod铆a ver y oir.
All铆, en la gran silla de roble de alto respaldo, estaba sentado el Juez con su ropaje de purpura y armi帽o, los f煤nebres ojos brill谩ndole vengativamente, una sonrisa de triunfo en la boca, resuelta y cruel, mientras que sus manos sosten铆an un negro birrete. Malcolmson not贸 que la sangre hu铆a de su coraz贸n, igual que se siente en los momentos de ansiedad prolongada. Le pitaban los o铆dos. Sin embargo, pod铆a oir el bramar y aullar de la tempestad, y, a su trav茅s, desliz谩ndose sobre ella, le llegaron las campanadas de medianoche, en grandes repiques, desde la plaza del mercado. Durante un tiempo que se le antojo interminable, permaneci贸 inm贸vil como una estatua, sin respiraci贸n, con los ojos desorbitados, heridos de horror. A medida que iba sonando el reloj se intensificaba la sonrisa de triunfo en la cara del Juez, y cuando hubo sonado la 煤ltima campanada de medianoche, se coloc贸 su negro birrete en la cabeza.
Lenta y deliberadamente, el Juez se levant贸 de su asiento y cogi贸 el trozo de cuerda que yac铆a en el suelo, lo palp贸 con sus manos como si su contacto le produjese placer, y luego, deliberadamente, empez贸 a anudar uno de sus extremos hasta hacer un nudo. Apret贸 y comprob贸 茅ste con el pie, tirando de 茅l fuertemente hasta que qued贸 satisfecho, y entonces lo transform贸 en un nudo corredizo, que alz贸 en su mano. Despu茅s comenz贸 a moverse, a lo largo de la mesa, por el lado opuesto a donde se encontraba Malcolmson, con la mirada fija en 茅l, hasta que le adelant贸; entonces, con r谩pido movimiento, se coloc贸 ante la puerta. Malcolmson, en ese momento, se empez贸 a dar cuenta de que hab铆a ca铆do en una trampa e intent贸 pensar qu茅 deb铆a hacer. Hab铆a cierta fascinaci贸n en los ojos del Juez que no apartaba de 茅l, y que 茅l se ve铆a forzado a mirar. Vio que el Juez se le aproximaba — sin dejar de mantenerse entre la puerta y el joven — , levantaba el lazo y lo arrojaba en su direcci贸n como para capturarle. Con un gran esfuerzo, hizo un r谩pido movimiento lateral y vio c贸mo la cuerda ca铆a a su lado y la oy贸 golpear el suelo de roble. De nuevo levant贸 el Juez el nudo y trato de cazarle, sin apartar sus f煤nebres ojos de 茅l, y el estudiante consigui贸 evitarlo mediante un poderoso esfuerzo. Esto se repiti贸 muchas veces, sin que el Juez pareciera desanimarse o desconcertarse por sus fracasos, sino m谩s bien gozarse como un gato con un rat贸n. Por fin, en la cumbre de su desesperaci贸n, Malcolmson arroj贸 una r谩pida mirada a su alrededor. La l谩mpara parec铆a reavivada y una luz brillante inundaba la habitaci贸n. En las numerosas madrigueras y en las grietas y agujeros del z贸calo, vio los ojos de las ratas; y esta visi贸n, que fue puramente f铆sica, le proporcion贸 un detalle de bienestar. Mir贸 y vio que la cuerda de la gran campana de alarma estaba plagada de ratas. Cada pulgada estaba cubierta de ellas, y cada vez sal铆an m谩s a trav茅s del peque帽o agujero circular del techo, de donde emerg铆an, de modo que, bajo su peso, la campana empezaba a oscilar.
¡Ay! Oscil贸 hasta que el badajo lleg贸 a tocarla. El sonido fue muy tenue, pero ella no hab铆a sino comenzado su vaiv茅n, y ya ir铆a aumentando la potencia del ta帽ido.
Al o铆rse 茅ste, el Juez, que hab铆a mantenido fijos sus ojos en Malcolmson, los levant贸 y un gesto de diab贸lica ira contrajo sus rasgos. Sus ojos relucieron como carbones encendidos, y golpe贸 el suelo con el pie, haciendo un ruido que pareci贸 estremecer toda la casa. El pavoroso estruendo de un trueno rompi贸 sobre sus cabezas cuando el Juez volvi贸 a levantar el lazo, mientras las ratas segu铆an subiendo y bajando por su cuerda, como si luchasen contra el tiempo. Pero esta vez, en vez de arrojarlo se fue aproximando a su v铆ctima, y fue abriendo el lazo a medida que se aproximaba. Al estar cerca, pareci贸 irradiar algo paralizante con su sola presencia, y Malcolmson permanece贸 r铆gido como un cad谩ver. Sinti贸 los helados dedos del Juez en la garganta mientras le ajustaba el lazo. El nudo se apret贸. Entonces el Juez, tomando en sus brazos el r铆gido cuerpo del estudiante, lo levant贸 y coloc贸 en pie sobre la silla de roble y, subido junto a 茅l, alz贸 su mano y cogi贸 el extremo de la oscilante cuerda de la campana de alarma. Al alzarla, las ratas huyeron chillando y desaparecieron por el agujero del techo. Tomando el extremo del lazo que rodeaba el cuello de Malcolmson, lo at贸 a la cuerda que colgaba de la campana, y entonces, descendiendo de nuevo al piso, quit贸 la silla de all铆.
Al comenzar a sonar la campana de alarma de la Casa del Juez, se congreg贸 en seguida un gran gent铆o. Aparecieron luces y antorchas de varias clases, y silenciosamente la multitud se encamin贸, presurosa, hacia all铆. Golpearon fuertemente la puerta, pero no hubo respuesta. Entonces la echaron abajo y penetraron en el gran comedor; el doctor iba a la cabeza de todos.
Del extremo de la cuerda de la gran campana de alarma pend铆a el cuerpo del estudiante; y en el cuadro, la cara del Juez mostraba una sonrisa maligna.
(1891)

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