—George me gustar铆a que le echaras un ojo al cuarto de jugar de los ni帽os.
—¿Qu茅 le pasa?
—No lo s茅.
—Pues bien, ¿y entonces?
—S贸lo quiero que le eches una ojeada, o que llames a un psic贸logo para que se la eche.
—¿Y qu茅 necesidad tiene un cuarto de jugar de un psic贸logo?
—Lo sabes perfectamente —su mujer se detuvo en el centro de la cocina y contempl贸 uno de los fogones, que en ese momento estaba hirviendo sopa para cuatro personas—. S贸lo es que ese cuarto ahora es diferente de como era antes.
—Muy bien, ech茅mosle un vistazo.
Atravesaron el vest铆bulo de su lujosa casa insonorizada cuya instalaci贸n les hab铆a costado treinta mil d贸lares, una casa que los vest铆a y los alimentaba y los mec铆a para que se durmieran, y tocaba m煤sica y cantaba y era buena con ellos. Su aproximaci贸n activ贸 un interruptor en alguna parte y la luz de la habitaci贸n de los ni帽os parpade贸 cuando llegaron a tres metros de ella. Simult谩neamente, en el vest铆bulo, las luces se apagaron con un automatismo suave.
—Bien —dijo George Hadley.
Se detuvieron en el suelo acolchado del cuarto de jugar de los ni帽os. Ten铆a doce metros de ancho por diez de largo; adem谩s hab铆a costado tanto como la mitad del resto de la casa. «Pero nada es demasiado bueno para nuestros hijos», hab铆a dicho George.
La habitaci贸n estaba en silencio y tan desierta como un claro de la selva un caluroso mediod铆a. Las paredes eran lisas y bidimensionales. En ese momento, mientras George y Lydia Hadley se encontraban quietos en el centro de la habitaci贸n, las paredes se pusieron a zumbar y a retroceder hacia una distancia cristalina, o eso parec铆a, y pronto apareci贸 una sabana africana en tres dimensiones; por todas partes, en colores que reproduc铆an hasta el 煤ltimo guijarro y brizna de paja. Por encima de ellos, el techo se convirti贸 en un cielo profundo con un ardiente sol amarillo.
George Hadley not贸 que la frente le empezaba a sudar.
—Vamos a quitarnos del sol —dijo—. Resulta demasiado real. Pero no veo que pase nada extra帽o.
—Espera un momento y ver谩s —dijo su mujer.
Los ocultos olorificadores empezaron a emitir un viento aromatizado en direcci贸n a las dos personas del centro de la achicharrante sabana africana. El intenso olor a paja, el aroma fresco de la charca oculta, el penetrante olor a moho de los animales, el olor a polvo en el aire ardiente. Y ahora los sonidos: el trote de las patas de lejanos ant铆lopes en la hierba, el aleteo de los buitres. Una sombra recorri贸 el cielo y vacil贸 sobre la sudorosa cara que miraba hacia arriba de George Hadley.
—Unos bichos asquerosos —le oy贸 decir a su mujer.
—Los buitres.
—¿Ves?, all铆 est谩n los leones, a lo lejos, en aquella direcci贸n. Ahora se dirigen a la charca. Han estado comiendo —dijo Lydia—. No s茅 el qu茅.
—Alg煤n animal —George Hadley alz贸 la mano para defender sus entrecerrados ojos de la luz ardiente—. Una cebra o una cr铆a de jirafa, a lo mejor.
—¿Est谩s seguro? —la voz de su mujer son贸 especialmente tensa.
—No, ya es un poco tarde para estar seguro —dijo 茅l, divertido—. All铆 lo 煤nico que puedo distinguir son unos huesos descarnados, y a los buitres dispuestos a caer sobre lo que queda.
—¿Has o铆do ese grito? —pregunt贸 ella.
—No.
—¡Hace un momento!
—Lo siento, pero no.
Los leones se acercaban. Y George Hadley volvi贸 a sentirse lleno de admiraci贸n hacia el genio mec谩nico que hab铆a concebido aquella habitaci贸n. Un milagro de la eficacia que vend铆an por un precio rid铆culamente bajo. Todas las casas deber铆an tener algo as铆. Claro, de vez en cuando te asustaba con su exactitud cl铆nica, hac铆a que te sobresaltases y te produc铆a un estremecimiento, pero qu茅 divertido era para todos en la mayor铆a de las ocasiones; y no s贸lo para su hijo y su hija, sino para 茅l mismo cuando sent铆a que daba un paseo por un pa铆s lejano, y despu茅s cambiaba r谩pidamente de escenario. Bien, ¡pues all铆 estaba!
Y all铆 estaban los leones, a unos metros de distancia, tan reales, tan febril y sobrecogedoramente reales que casi notabas su piel 谩spera en la mano, la boca se te quedaba llena del polvoriento olor a tapicer铆a de sus pieles calientes, y su color amarillo permanec铆a dentro de tus ojos como el amarillo de los leones y de la hierba en verano, y el sonido de los enmara帽ados pulmones de los leones respirando en el silencioso calor del mediod铆a, y el olor a carne en el aliento, sus bocas goteando.
Los leones se quedaron mirando a George y Lydia Hadley con sus aterradores ojos verde-amarillentos.
—¡Cuidado! —grit贸 Lydia.
Los leones ven铆an corriendo hacia ellos.
Lydia se dio la vuelta y ech贸 a correr. George se lanz贸 tras ella. Fuera, en el vest铆bulo, despu茅s de cerrar de un portazo, 茅l se re铆a y ella lloraba y los dos se detuvieron horrorizados ante la reacci贸n del otro.
—¡George!
—¡Lydia! ¡Oh, mi querida, mi dulce, mi pobre Lydia!
—¡Casi nos atrapan!
—Unas paredes, Lydia, acu茅rdate de ello; unas paredes de cristal, es lo 煤nico que son. Claro, parecen reales, lo reconozco… 脕frica en tu sal贸n, pero s贸lo es una pel铆cula en color multidimensional de acci贸n especial, supersensitiva, y una cinta cinematogr谩fica mental detr谩s de las paredes de cristal. S贸lo son olorificadores y ac煤stica, Lydia. Toma mi pa帽uelo.
—Estoy asustada —Lydia se le acerc贸, peg贸 su cuerpo al de 茅l y llor贸 sin parar—. ¿Has visto? ¿Lo has notado? Es demasiado real.
—Vamos a ver, Lydia…
—Tienes que decirles a Wendy y Peter que no lean nada m谩s sobre 脕frica.
—Claro que s铆… Claro que s铆 —le dio unos golpecitos con la mano.
—¿Lo prometes?
—Desde luego.
—Y mant茅n cerrada con llave esa habitaci贸n durante unos d铆as hasta que consiga que se me calmen los nervios.
—Ya sabes lo dif铆cil que resulta Peter con eso. Cuando le castigu茅 hace un mes a tener unas horas cerrada con llave esa habitaci贸n…, ¡menuda rabieta cogi贸! Y Wendy lo mismo. Viven para esa habitaci贸n.
—Hay que cerrarla con llave, eso es todo lo que hay que hacer.
—Muy bien —de mala gana, George Hadley cerr贸 con llave la enorme puerta—. Has estado trabajando intensamente. Necesitas un descanso.
—No lo s茅… No lo s茅 —dijo ella, son谩ndose la nariz y sent谩ndose en una butaca que inmediatamente empez贸 a mecerse para tranquilizarla—. A lo mejor tengo pocas cosas que hacer. Puede que tenga demasiado tiempo para pensar. ¿Por qu茅 no cerramos la casa durante unos cuantos d铆as y nos vamos de vacaciones?
—¿Te refieres a que vas a tener que fre铆r t煤 los huevos?
—S铆 —Lydia asinti贸 con la cabeza.
—¿Y zurcirme los calcetines?
—S铆 —un fren茅tico asentimiento, y unos ojos que se humedec铆an.
—¿Y barrer la casa?
—¡S铆, s铆…, claro que s铆!
—Pero yo cre铆a que por eso hab铆amos comprado esta casa, para que no tuvi茅ramos que hacer ninguna de esas cosas.
—Justamente es eso. No siento como si 茅sta fuera mi casa. Ahora la casa es la esposa y la madre y la ni帽era. ¿C贸mo podr铆a competir yo con una sabana africana? ¿Es que puedo ba帽ar a los ni帽os y restregarles de modo tan eficiente o r谩pido como el ba帽o que restriega autom谩ticamente? Es imposible. Y no s贸lo me pasa a m铆. Tambi茅n a ti. 脷ltimamente has estado terriblemente nervioso.
—Supongo que porque he fumado en exceso.
—Tienes aspecto de que tampoco t煤 sabes qu茅 hacer contigo mismo en esta casa. Fumas un poco m谩s por la ma帽ana y bebes un poco m谩s por la tarde y necesitas unos cuantos sedantes m谩s por la noche. Tambi茅n est谩s empezando a sentirte innecesario.
—¿Y no lo soy? —hizo una pausa y trat贸 de notar lo que de verdad sent铆a interiormente.
—¡Oh, George! —Lydia lanz贸 una mirada m谩s all谩 de 茅l, a la puerta del cuarto de jugar de los ni帽os—. Esos leones no pueden salir de ah铆, ¿verdad que no pueden?
脡l mir贸 la puerta y vio que temblaba como si algo hubiera saltado contra ella por el otro lado.
—Claro que no —dijo.
Cenaron solos porque Wendy y Peter estaban en un carnaval pl谩stico en el otro extremo de la ciudad y hab铆an televisado a casa para decir que se iban a retrasar, que empezaran a cenar. Conque George Hadley se sent贸 abstra铆do viendo que la mesa del comedor produc铆a platos calientes de comida desde su interior mec谩nico.
—Nos olvidamos del ketchup —dijo.
—Lo siento —dijo una vocecita del interior de la mesa, y apareci贸 el ketchup.
En cuanto a la habitaci贸n, pens贸 George Hadley, a sus hijos no les har铆a ning煤n da帽o que estuviera cerrada con llave durante un tiempo. Un exceso de algo a nadie le sienta nunca bien. Y quedaba claro que los chicos hab铆an pasado un tiempo excesivo en 脕frica. Aquel sol. Todav铆a lo notaba en el cuello como una garra caliente. Y los leones. Y el olor a sangre. Era notable el modo en que aquella habitaci贸n captaba las emanaciones telep谩ticas de las mentes de los ni帽os y creaba una vida que colmaba todos sus deseos. Los ni帽os pensaban en leones, y aparec铆an leones. Los ni帽os pensaban en cebras, y aparec铆an cebras. Sol… sol. Jirafas… jirafas. Muerte y muerte.
Aquello no se iba. Mastic贸 sin saborearla la carne que les hab铆a preparado la mesa. La idea de la muerte. Eran terriblemente j贸venes, Wendy y Peter, para tener ideas sobre la muerte. No, la verdad, nunca se era demasiado joven. Uno le deseaba la muerte a otros seres mucho antes de saber lo que era la muerte. Cuando ten铆as dos a帽os y andabas disparando a la gente con pistolas de juguete.
Pero aquello: la extensa y ardiente sabana africana, la espantosa muerte en las fauces de un le贸n… Y repetido una y otra vez.
—¿Ad贸nde vas?
No respondi贸 a Lydia. Preocupado, dej贸 que las luces se fueran encendiendo delante de 茅l y apagando a sus espaldas seg煤n caminaba hasta la puerta del cuarto de jugar de los ni帽os. Peg贸 la oreja y escuch贸. A lo lejos rugi贸 un le贸n.
Hizo girar la llave y abri贸 la puerta. Justo antes de entrar, oy贸 un chillido lejano. Y luego otro rugido de los leones, que se apag贸 r谩pidamente.
Entr贸 en 脕frica. Cu谩ntas veces hab铆a abierto aquella puerta durante el 煤ltimo a帽o encontr谩ndose en el Pa铆s de las Maravillas, con Alicia y la Tortuga Artificial, o con Aladino y su l谩mpara maravillosa, o con Jack Cabeza de Calabaza del Pa铆s de Oz, o el doctor Doolittle, o con la vaca saltando una luna de aspecto muy real —todas las deliciosas manifestaciones de un mundo simulado—. Hab铆a visto muy a menudo a Pegasos volando por el cielo del techo, o cataratas de fuegos artificiales aut茅nticos, u o铆do voces de 谩ngeles cantar. Pero ahora, aquella ardiente 脕frica, aquel horno con la muerte en su calor.
Puede que Lydia tuviera raz贸n. A lo mejor necesitaban unas peque帽as vacaciones, alejarse de la fantas铆a que se hab铆a vuelto excesivamente real para unos ni帽os de diez a帽os. Estaba muy bien ejercitar la propia mente con la gimnasia de la fantas铆a, pero cuando la activa mente de un ni帽o establec铆a un modelo… Ahora le parec铆a que, a lo lejos, durante el mes anterior, hab铆a o铆do rugidos de leones y sentido su fuerte olor, que llegaba incluso hasta la puerta de su estudio. Pero, al estar ocupado, no hab铆a prestado atenci贸n.
George Hadley se manten铆a quieto y solo en el mar de hierba africano. Los leones alzaron la vista de su alimento, observ谩ndole. El 煤nico defecto de la ilusi贸n era la puerta abierta por la que pod铆a ver a su mujer, al fondo, pasado el vest铆bulo, a oscuras, como cuadro enmarcado, cenando distra铆damente.
—Largo —les dijo a los leones. No se fueron.
Conoc铆a exactamente el funcionamiento de la habitaci贸n. Emit铆as tus pensamientos. Y aparec铆a lo que pensabas.
—Que aparezcan Aladino y su l谩mpara maravillosa —dijo chasqueando los dedos. La sabana sigui贸 all铆; los leones siguieron all铆.
—¡Venga, habitaci贸n! ¡Que aparezca Aladino! —repiti贸.
No pas贸 nada. Los leones refunfu帽aron dentro de sus pieles recocidas.
—¡Aladino!
Volvi贸 al comedor.
—Esa est煤pida habitaci贸n est谩 averiada —dijo—. No quiere funcionar.
—O…
—¿O qu茅?
—O no puede funcionar —dijo Lydia—, porque los ni帽os han pensado en 脕frica y leones y muerte tantos d铆as que la habitaci贸n es v铆ctima de la rutina.
—Podr铆a ser.
—O que Peter la haya conectado para que siga siempre as铆.
—¿Conectado?
—Puede que haya manipulado la maquinaria, tocado algo.
—Peter no conoce la maquinaria.
—Es un chico listo para sus diez a帽os. Su coeficiente de inteligencia es…
—A pesar de eso…
—Hola, mam谩. Hola, pap谩.
Los ni帽os hab铆an vuelto. Wendy y Peter entraron por la puerta principal, con las mejillas como caramelos de menta y los ojos como brillantes piedras de 谩gata azul. Sus monos de salto desped铆an un olor a ozono despu茅s de su viaje en helic贸ptero.
—Lleg谩is justo a tiempo de cenar —dijeron los padres.
—Nos hemos atiborrado de helado de fresa y de perritos calientes —dijeron los ni帽os, cogidos de la mano—. Pero nos sentaremos un rato y miraremos.
—S铆, vamos a hablar de vuestro cuarto de jugar —dijo George Hadley. Ambos hermanos parpadearon y luego se miraron uno al otro.
—¿El cuarto de jugar?
—De lo de 脕frica y de todo lo dem谩s —dijo el padre con una falsa jovialidad.
—No te entiendo —dijo Peter.
—Vuestra madre y yo hemos estado viajando por 脕frica; Tom谩s Swift y su le贸n el茅ctrico —explic贸 George Hadley.
—En el cuarto no hay nada de 脕frica —dijo sencillamente Peter.
—Oh, vamos, Peter. Lo sabemos perfectamente.
—No me acuerdo de nada de 脕frica —le coment贸 Peter a Wendy—. ¿Y t煤?
—No.
—Id corriendo a ver y volved a cont谩rnoslo.
La ni帽a obedeci贸.
—Wendy, ¡vuelve aqu铆! —dijo George Hadley, pero la ni帽a ya se hab铆a ido. Las luces de la casa la siguieron como una bandada de luci茅rnagas. Demasiado tarde, George Hadley se dio cuenta de que hab铆a olvidado cerrar con llave la puerta despu茅s de su 煤ltima inspecci贸n.
—Wendy mirar谩 y vendr谩 a cont谩rnoslo —dijo Peter.
—Ella no me tiene que contar nada. Yo mismo lo he visto.
—Estoy seguro de que te has equivocado, padre.
—No me he equivocado, Peter. Vamos.
Pero Wendy volv铆a ya.
—No es 脕frica —dijo sin aliento.
—Ya lo veremos —coment贸 George Hadley, y todos cruzaron el vest铆bulo juntos y abrieron la puerta de la habitaci贸n.
Hab铆a un bosque verde, un r铆o encantador, una monta帽a p煤rpura, cantos de voces agudas, y Rima acechando entre los 谩rboles. Mariposas de muchos colores volaban, igual que ramos de flores animados, en torno a su largo pelo. La sabana africana hab铆a desaparecido. Los leones hab铆an desaparecido. Ahora s贸lo estaba Rima, entonando una canci贸n tan hermosa que llenaba los ojos de l谩grimas.
George Hadley contempl贸 la escena que hab铆a cambiado.
—Id a la cama —les dijo a los ni帽os. 脡stos abrieron la boca.
—Ya me hab茅is o铆do —dijo su padre.
Salieron a la toma de aire, donde un viento los empuj贸 como a hojas secas hasta sus dormitorios.
George Hadley anduvo por el sonoro claro y agarr贸 algo que yac铆a en un rinc贸n cerca de donde hab铆an estado los leones. Volvi贸 caminando lentamente hasta su mujer.
—¿Qu茅 es eso? —pregunt贸 ella.
—Una vieja cartera m铆a —dijo 茅l.
Se la ense帽贸. Ol铆a a hierba caliente y a le贸n. Hab铆a gotas de saliva en ella: la hab铆an mordido, y ten铆a manchas de sangre en los dos lados.
Cerr贸 la puerta de la habitaci贸n y ech贸 la llave.
En plena noche todav铆a segu铆a despierto, y se dio cuenta de que su mujer lo estaba tambi茅n.
—¿Crees que Wendy la habr谩 cambiado? —pregunt贸 ella, por fin, en la habitaci贸n a oscuras.
—Naturalmente.
—¿Ha cambiado la sabana africana en un bosque y ha puesto a Rima all铆 en lugar de los leones?
—S铆.
—¿Por qu茅?
—No lo s茅. Pero seguir谩 cerrada con llave hasta que lo averig眉e.
—¿C贸mo ha llegado all铆 tu cartera?
—Yo no s茅 nada —dijo 茅l—, a no ser que estoy empezando a lamentar que hayamos comprado esa habitaci贸n para los ni帽os. Si los ni帽os son neur贸ticos, una habitaci贸n como 茅sa…
—Se supon铆a que les iba a ayudar a librarse de sus neurosis de un modo sano.
—Es lo que me estoy empezando a preguntar —George Hadley clav贸 la vista en el techo.
—Les hemos dado a los ni帽os todo lo que quieren. Y 茅sta es nuestra recompensa… ¡Secretos, desobediencia!
—¿Qui茅n fue el que dijo que los ni帽os son como alfombras a las que hay que sacudir de vez en cuando? Nunca les levantamos la mano. Son insoportables…, admit谩moslo. Van y vienen seg煤n les apetece; nos tratan como si los hijos fu茅ramos nosotros. Est谩n echados a perder y nosotros estamos echados a perder tambi茅n.
—Llevan comport谩ndose de un modo raro desde que hace unos meses les prohibiste ir a Nueva York en cohete.
—No son lo suficientemente mayores para ir solos. Se lo expliqu茅.
—Da igual. Me he fijado que desde entonces se han mostrado claramente fr铆os con nosotros.
—Creo que deber铆amos hacer que ma帽ana viniera David McClean para que le echara un ojo a 脕frica.
Unos momentos despu茅s, oyeron los gritos.
Dos gritos. Dos personas que gritaban en el piso de abajo. Y luego, rugidos de leones.
—Wendy y Peter no est谩n en sus dormitorios —dijo su mujer.
Sigui贸 tumbado en la cama con el coraz贸n lati茅ndole con fuerza.
—No —dijo 茅l—. Han entrado en el cuarto de jugar.
—Esos gritos… suenan a conocidos.
—¿De verdad?
—S铆, much铆simo.
Y aunque sus camas se esforzaron a fondo, los dos adultos no consiguieron sumirse en el sue帽o durante otra hora m谩s. Un olor a felino llenaba el aire nocturno.
—¿Padre? —dijo Peter.
—¿Qu茅?
Peter se observ贸 los zapatos. Ya no miraba nunca a su padre, ni a su madre.
—Vas a cerrar con llave la habitaci贸n para siempre, ¿verdad?
—Eso depende.
—¿De qu茅? —solt贸 Peter.
—De ti y de tu hermana. De que mezcl茅is 脕frica con otras cosas… Con Suecia, tal vez, o Dinamarca o China…
—Yo cre铆a que ten铆amos libertad para jugar a lo que quisi茅ramos.
—La ten茅is, con unos l铆mites razonables.
—¿Qu茅 pasa de malo con 脕frica, padre?
—Vaya, de modo que ahora admites que has estado haciendo que aparezca 脕frica, ¿es as铆?
—No quiero que el cuarto de jugar est茅 cerrado con llave —dijo fr铆amente Peter—. Nunca.
—En realidad estamos pensando en pasar un mes fuera de casa. Libres de esta especie de existencia despreocupada.
—¡Eso ser铆a espantoso! ¿Tendr铆a que atarme los cordones de los zapatos yo en lugar de dejar que me los ate el atador? ¿Y lavarme los dientes y peinarme y ba帽arme?
—Ser铆a divertido un peque帽o cambio, ¿no crees?
—No, ser铆a horripilante. No me gust贸 que quitaras el pintador de cuadros el mes pasado.
—Es porque quer铆a que aprendieras a pintar por ti mismo, hijo.
—Yo no quiero hacer nada excepto mirar y o铆r y oler. ¿Qu茅 otra cosa se puede hacer?
—Muy bien, vete a jugar a 脕frica.
—¿Cerrar谩s la casa pronto?
—Lo estamos pensando.
—Creo que ser谩 mejor que no lo pens茅is m谩s, padre.
—¡No voy a consentir que me amenace mi propio hijo!
—Muy bien —y Peter penetr贸 en el cuarto de jugar.
—¿Llego a tiempo? —dijo David McClean.
—¿Quieres desayunar? —pregunt贸 George Hadley.
—Gracias, tomar茅 algo. ¿Cu谩l es el problema?
—David, t煤 eres psic贸logo.
—Eso espero.
—Bien, pues entonces 茅chale una mirada al cuarto de jugar de nuestros hijos. Ya lo viste hace un a帽o cuando viniste por aqu铆. ¿Entonces no notaste nada especial en esa habitaci贸n?
—No podr铆a decir que lo notara: la violencia habitual, cierta tendencia hacia una ligera paranoia ac谩 y all谩, lo normal en ni帽os que se sienten perseguidos constantemente por sus padres; pero, bueno, de hecho, nada.
Cruzaron el vest铆bulo.
—Cerr茅 la habitaci贸n con llave —explic贸 el padre—, y los ni帽os entraron en ella por la noche. Dej茅 que estuvieran dentro para que pudieran formar los modelos y as铆 t煤 los pudieras ver.
De la habitaci贸n sal铆an gritos terribles.
—Ah铆 lo tienes —dijo George Hadley—. Veamos lo que consigues.
Entraron sin llamar.
—Salid afuera un momento, chicos —dijo George Hadley—. No, no cambi茅is la combinaci贸n mental. Dejad las paredes como est谩n.
Con los ni帽os fuera, los dos hombres se quedaron quietos examinando a los leones agrupados a lo lejos que com铆an con deleite lo que hab铆an cazado.
—Me gustar铆a saber de qu茅 se trata —dijo George Hadley—. A veces casi lo consigo ver. ¿Crees que si trajese unos prism谩ticos potentes y…?
David McClean se ri贸.
—Dif铆cilmente —se volvi贸 para examinar las cuatro paredes—. ¿Cu谩nto hace que pasa esto?
—Algo m谩s de un mes.
—La verdad es que no me causa ninguna buena impresi贸n.
—Yo quiero hechos, no impresiones.
—Mira, George querido, un psic贸logo nunca ve un hecho en toda su vida. S贸lo presta atenci贸n a las impresiones, a cosas vagas. Esto no me causa buena impresi贸n, te lo repito. Conf铆a en mis corazonadas y mi intuici贸n. Me huelo las cosas malas. Y 茅sta es muy mala. Mi consejo es que desmontes esta maldita cosa y lleves a tus hijos a que me vean todos los d铆as para someterlos a tratamiento durante un a帽o entero.
—¿Es tan mala?
—Me temo que s铆. Uno de los usos originales de estas habitaciones era que pudi茅ramos estudiar los modelos que dejaba la mente del ni帽o en las paredes, y de ese modo estudiarlos con toda comodidad y ayudar al ni帽o. En este caso, sin embargo, la habitaci贸n se ha convertido en un canal hacia… ideas destructivas, en lugar de una liberaci贸n de ellas.
—¿Ya has notado esto con anterioridad?
—Lo 煤nico que he notado es que has echado a perder a tus hijos m谩s que la mayor铆a. Y ahora los has degradado de alg煤n modo. ¿De qu茅 modo?
—No les dej茅 que fueran a Nueva York.
—¿Y qu茅 m谩s?
—He quitado algunos de los aparatos de la casa y les amenac茅, hace un mes, con cerrar el cuarto de jugar como no hicieran los deberes del colegio. Lo tuve cerrado unos cuantos d铆as para que aprendieran.
—Vaya, vaya.
—¿Significa algo eso?
—Todo. Donde antes ten铆an a un Pap谩 Noel, ahora tienen a un ogro. Los ni帽os prefieren a Pap谩 Noel. Dejaste que esta casa os reemplazara a ti y a tu mujer en el afecto de vuestros hijos. Esta habitaci贸n es su madre y su padre, y es mucho m谩s importante en sus vidas que sus padres aut茅nticos. Y ahora vas y la quieres cerrar. No me extra帽a que aqu铆 haya odio. Se nota que brota del cielo. Se nota en ese sol. George, tienes que cambiar de vida. Lo mismo que otros muchos, la has construido en torno a las comodidades. Ma帽ana te morir铆as de hambre si en la cocina funcionara algo mal. Deber铆as saber cascar un huevo. Sin embargo, descon茅ctalo todo. Empieza de nuevo. Llevar谩 tiempo. Pero conseguiremos obtener unos ni帽os buenos a partir de los malos dentro de un a帽o, espera y ver谩s.
—Pero ¿no ser谩 un choque excesivo para los ni帽os cerrar la habitaci贸n bruscamente, para siempre?
—Lo que yo no quiero es que profundicen m谩s en esto, eso es todo. Los leones estaban terminando su fest铆n rojo.
Los leones se manten铆an al borde del claro observando a los dos hombres.
—Ahora estoy sintiendo que me persiguen —dijo McClean—. Salgamos de aqu铆. Nunca me gustaron estas malditas habitaciones. Me ponen nervioso.
—Los leones no son reales, ¿verdad? —dijo George Hadley—. Supongo que no habr谩 ning煤n modo de…
—¿De qu茅?
—… ¡De que se vuelvan reales!
—No, que yo sepa.
—¿Alg煤n fallo en la maquinaria, una aver铆a o algo?
—No.
Se dirigieron a la puerta.
—No creo que a la habitaci贸n le guste que la desconecten —dijo el padre.
—A nadie le gusta morir… Ni siquiera a una habitaci贸n.
—Me pregunto si me odia por querer desconectarla.
—La paranoia abunda por aqu铆 hoy —dijo David McClean—. Puedes utilizar esto como pista. Mira —se agach贸 y recogi贸 un pa帽uelo de cuello ensangrentado—. ¿Es tuyo?
—No —la cara de George Hadley estaba r铆gida—. Pertenece a Lydia.
Fueron juntos a la caja de fusibles y quitaron el que desconectaba el cuarto de jugar. Los dos ni帽os estaban hist茅ricos. Gritaban y pataleaban y tiraban cosas. Aullaban y sollozaban y soltaban tacos y daban saltos por encima de los muebles.
—¡No le puedes hacer eso al cuarto de jugar, no puedes!
—Vamos a ver, chicos.
Los ni帽os se arrojaron en un sof谩, llorando.
—George —dijo Lydia Hadley—, vuelve a conectarla, s贸lo unos momentos. No puedes ser tan brusco.
—No.
—No seas tan cruel.
—Lydia, est谩 desconectada y seguir谩 desconectada. Y toda la maldita casa morir谩 dentro de poco. Cuanto m谩s veo el l铆o que nos ha originado, m谩s enfermo me pone. Llevamos contempl谩ndonos nuestros ombligos electr贸nicos, mec谩nicos, demasiado tiempo. ¡Dios santo, cu谩nto necesitamos una r谩faga de aire puro!
Y se puso a recorrer la casa desconectando los relojes parlantes, los fogones, la calefacci贸n, los limpiazapatos, los restregadores de cuerpo y las fregonas y los masajeadores y todos los dem谩s aparatos a los que pudo echar mano.
La casa estaba llena de cuerpos muertos, o eso parec铆a. Daba la sensaci贸n de un cementerio mec谩nico. Tan silenciosa. Ninguna de la oculta energ铆a de los aparatos zumbaba a la espera de funcionar cuando apretaran un bot贸n.
—¡No les dejes hacerlo! —grit贸 Peter al techo, como si hablara con la casa, con el cuarto de jugar—. No dejes que mi padre lo mate todo —se volvi贸 hacia su padre—. ¡Te odio!
—Los insultos no te van a servir de nada.
—¡Quisiera que estuvieses muerto!
—Ya lo estamos, desde hace mucho. Ahora vamos a empezar a vivir de verdad. En lugar de que nos manejen y nos den masajes, vamos a vivir.
Wendy todav铆a segu铆a llorando y Peter se uni贸 a ella.
—S贸lo un momento, s贸lo un momento, s贸lo otro momento en el cuarto de jugar —gritaban.
—Oh, George —dijo la mujer—. No les har谩 da帽o.
—Muy bien… muy bien, siempre que se callen. Un minuto, tenedlo en cuenta, y luego desconectada para siempre.
—Pap谩, pap谩, pap谩 —dijeron alegres los chicos, sonriendo con la cara llena de l谩grimas.
—Y luego nos iremos de vacaciones. David McClean volver谩 dentro de media hora para ayudarnos a recoger las cosas y llevarnos al aeropuerto. Me voy a vestir. Conecta la habitaci贸n durante un minuto. Lydia, s贸lo un minuto, tenlo en cuenta.
Y los tres se pusieron a parlotear mientras 茅l dejaba que el tubo de aire le aspirara al piso de arriba y empezaba a vestirse por s铆 mismo. Un minuto despu茅s, apareci贸 Lydia.
—Me sentir茅 muy contenta cuando nos vayamos —dijo suspirando.
—¿Los has dejado en el cuarto?
—Tambi茅n yo me quer铆a vestir. Oh, esa espantosa 脕frica. ¿Qu茅 le pueden encontrar?
—Bueno, dentro de cinco minutos o as铆 estaremos camino de Iowa. Se帽or, ¿c贸mo se nos ocurri贸 tener esta casa? ¿Qu茅 nos impuls贸 a comprar una pesadilla?
—El orgullo, el dinero, la estupidez.
—Creo que ser谩 mejor que baje antes de que esos chicos vuelvan a entusiasmarse con esas malditas fieras.
Precisamente entonces oyeron que llamaban los ni帽os.
—Pap谩, mam谩, venid enseguida… ¡enseguida!
Bajaron al otro piso por el tubo de aire y atravesaron corriendo el vest铆bulo. Los ni帽os no estaban a la vista.
—¿Wendy? ¡Peter!
Corrieron al cuarto de jugar. En la sabana africana no hab铆a nadie a no ser los leones, que los miraban.
—¿Peter, Wendy?
La puerta se cerr贸 dando un portazo.
—¡Wendy, Peter!
George Hadley y su mujer dieron la vuelta y corrieron a la puerta.
—¡Abrid esta puerta! —grit贸 George Hadley, tratando de hacer girar el picaporte—. ¡Han cerrado por fuera! ¡Peter! —golpe贸 la puerta—. ¡Abrid!
Oy贸 la voz de Peter fuera, pegada a la puerta.
—No les dej茅is desconectar la habitaci贸n y la casa —estaba diciendo. George Hadley y su mujer daban golpes en la puerta.
—No se谩is absurdos, chicos. Es hora de irse. El se帽or McClean llegar谩 en un momento y…
Y entonces oyeron los sonidos.
Los leones los rodeaban por tres lados. Avanzaban por la hierba amarilla de la sabana, olisqueando y rugiendo.
Los leones.
George Hadley mir贸 a su mujer y los dos se dieron la vuelta y volvieron a mirar a las fieras que avanzaban lentamente, encogi茅ndose, con el rabo tieso.
George Hadley y su mujer gritaron.
Y de repente se dieron cuenta del motivo por el que aquellos gritos anteriores les hab铆an sonado tan conocidos.
—Muy bien, aqu铆 estoy —dijo David McClean a la puerta del cuarto de jugar—. Oh, hola —mir贸 fijamente a los ni帽os, que estaban sentados en el centro del claro merendando. M谩s all谩 de ellos estaban la charca y la sabana amarilla; por encima hab铆a un sol abrasador. Empez贸 a sudar—. ¿D贸nde est谩n vuestros padres?
Los ni帽os alzaron la vista y sonrieron.
—Oh, estar谩n aqu铆 enseguida.
—Bien, porque nos tenemos que ir —a lo lejos, McClean distingui贸 a los leones pele谩ndose. Luego vio c贸mo se tranquilizaban y se pon铆an a comer en silencio, a la sombra de los 谩rboles.
Lo observ贸 con la mano encima de los ojos entrecerrados.
Ahora los leones hab铆an terminado de comer. Se acercaron a la charca para beber.
Una sombra parpade贸 por encima de la ardiente cara de McClean. Parpadearon muchas sombras. Los buitres bajaban del cielo abrasador.
(Publicado en The Saturday Evening Post, en 1950)

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